Revista Axxón » «Hermano menor» (Capítulo 6), Cory Doctorow - página principal

¡ME GUSTA
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Capítulo 6

Créase o no, al día siguiente mis padres me hicieron ir a la escuela. Había logrado caer en un sueño afiebrado a las 3:00 de la madrugada, pero a las 7:00 del otro día mi papá estaba de pie junto a mi cama, amenazándome con sacarme de allí de los tobillos. Me las ingenié para levantarme —algo había muerto en mi boca mientras mis párpados estaban cerrados— y entrar en la ducha.

Dejé que mi madre me forzara a ingerir un trozo de tostada y una banana, deseando fervientemente que mis padres me permitiesen tomar café en casa. Podía beberme uno camino a la escuela, pero verlos sorber ese oro negro mientras yo deambulaba lentamente por la casa, me vestía y ponía los libros en la mochila fue horrible.

Había caminado mil veces hasta la escuela, pero ese día fue diferente. Subí y bajé las cuestas para llegar a Mission y en todas partes había camiones. Vi cámaras y sensores nuevos instalados en muchas de las señales de tránsito. Alguien había acumulado muchísimo equipo de vigilancia, esperando instalarlo cuando se diera la primera oportunidad. El ataque al Puente de la Bahía era exactamente lo que necesitaban.

Todo aquello hacía que la ciudad pareciese más avasallada; era como estar en un ascensor, incómodo por el cercano escrutinio de tus vecinos y de las ubicuas cámaras.

La cafetería turca de la Calle 24 solucionó mi problema con un vaso de café turco para llevar. Básicamente, el café turco es lodo que simula ser café. Es tan espeso que podrías plantarle una cuchara de punta y tiene más cafeína que las bebidas energizantes estilo Red Bull. Créele a alguien que lo ha leído en la Wikipedia: así se forjó el Imperio Otomano… con jinetes enardecidos que usaban el letal café-lodo negro azabache como combustible.

Saqué la tarjeta de débito para pagar y el turco hizo una mueca.

—No hay más débito —dijo.

—¿Eh? ¿Por qué no? —Le había pagado mi hábito cafeínico con la tarjeta durante años. El turco me regañaba todo el tiempo, diciéndome que era muy joven para beber ese líquido, y hasta se negaba a vendérmelo durante las horas de escuela, convencido de que me había escapado de clase. Pero, a lo largo los años, había surgido una especie de tosca comprensión mutua entre el turco y yo.

Sacudió la cabeza tristemente.

—No lo entenderías. Vete a la escuela, muchacho.

No hay una forma más segura de inspirarme el deseo de entender algo que decirme que no lo entenderé. Lo escruté, exigiéndole que me lo dijera. Pareció que iba a echarme fuera, pero cuando le pregunté si pensaba que yo no valía lo suficiente como para comprar allí, se abrió.

—La seguridad —dijo, recorriendo con la mirada la pequeña tienda, los toneles de alubias y semillas secas, las estanterías con alimentos turcos—. El gobierno. Ahora monitorean todo; salió en los periódicos. Ley Patriótica II… el Congreso la aprobó ayer. Ahora pueden controlar todas las veces que usas la tarjeta. Yo me niego. Yo digo que mi tienda no va a ayudarlos a espiar a mis clientes.

Se me cayó la mandíbula.

—Tal vez piensas que no es gran cosa. ¿Qué problema hay si el gobierno se entera de cuándo compras café? Que es una forma de saber dónde estás, dónde has estado. ¿Por qué crees que me fui de Turquía? Cuando el gobierno siempre está espiando al pueblo, no es bueno. Me mudé aquí hace veinte años, buscando libertad… no los ayudaré a robarme la libertad.

—Va a perder muchas ventas —le espeté. Quería decirle que era un héroe y estrecharle la mano, pero fue eso lo que me salió—. Todo el mundo usa tarjeta de débito.

—Quizá ya no tanto. Quizá mis clientes vienen aquí porque saben que yo también amo la libertad. Estoy haciendo un letrero para la ventana. Puede que otras tiendas hagan lo mismo. Me han dicho que la ACLU (Unión Americana por las Libertades Civiles) los demandará por esto.

—De ahora en más, sólo le compraré a usted —le dije. Muy en serio. Metí la mano en el bolsillo—. Eh… pero ahora no tengo efectivo.

Arrugó los labios y asintió.

—Mucha gente me dijo lo mismo. Está bien. Dona el dinero de hoy a la ACLU.

En dos minutos, el turco y yo habíamos intercambiado más palabras que en todo el tiempo que yo había frecuentado su tienda. No tenía idea de que él albergaba esas pasiones. Sólo pensaba en él como en mi simpático traficante de cafeína del barrio. Ahora sí le estreché la mano y, cuando salí de la tienda, sentí que los dos nos habíamos unido al mismo equipo. A un equipo secreto.

 

 

***

 

Había perdido dos días de escuela, pero al parecer no había perdido muchas clases. La habían cerrado durante uno de esos días, mientras la ciudad se esforzaba por recuperarse. El día siguiente lo habían dedicado, aparentemente, a llorar a los que ya no estaban y se presumía que habían muerto. Los periódicos publicaban biografías de los desaparecidos, textos conmemorativos personales. La red estaba llena de obituarios cápsula, miles de ellos.

Lo embarazoso fue que yo figuraba entre ellos. Sin saberlo, puse un pie en el patio de la escuela y pronto se oyó un grito; un momento después, estaba rodeado de cien personas que me palmeaban la espalda, me estrechaban la mano. Un par de chicas que ni siquiera conocía me besaron, y fueron besos más que amistosos. Me sentía una estrella de rock.

Mis profesores se autocontrolaron apenas un poco. La Sra. Gálvez lloró tanto como mi madre y me abrazó tres veces antes de dejarme sentar en mi pupitre. Había algo nuevo en el frente del aula. Una cámara. La Sra. Galvez advirtió que la estaba mirando y me entregó la manchada fotocopia de una solicitud de autorizacióncon membrete de la escuela.

El Consejo del Distrito Escolar Unificado de San Francisco había celebrado una sesión de emergencia durante el fin de semana; por votación unánime, habían decidido solicitar el permiso de los padres de todos los chicos de la ciudad para colocar cámaras de televisión de circuito cerrado en todas las aulas y corredores. La ley decía que no podían obligarnos a asistir a la escuela si había cámaras en todos lados, pero no que no podíamos renunciar voluntariamente a nuestros derechos constitucionales. La carta decía que el Consejo estaba seguro de obtener el consentimiento de todos los padres de la ciudad, pero que se implementarían medidas para darles clase, en aulas separadas y «desprotegidas», a los alumnos cuyos padres presentaran objeciones

¿Por qué ahora teníamos cámaras en las aulas? Por los terroristas. Por supuesto. Porque, al volar un puente, los terroristas habían dado a entender que la próxima vez le tocaba el turno de las escuelas. En todo caso, esa era la conclusión a la que había llegado el Consejo.

Leí la carta tres veces y levanté la mano.

—¿Sí, Marcus?

—Sra. Gálvez, es sobre esta nota…

—Sí, Marcus.

—¿Acaso el objetivo del terrorismo no es asustarnos? Por eso se llama terrorismo ¿no?

—Supongo que sí. —Toda la clase me miraba. Yo no era el mejor estudiante de la escuela, pero me gustaban los buenos debates en clase. Estaban esperando escuchar lo que iba a decir a continuación.

—¿Y no estamos haciendo lo que los terroristas quieren? ¿No ganan ellos si demostramos miedo y ponemos cámaras en las aulas y todo eso?

Se oyeron unas risas nerviosas. Otro levantó la mano. Era Charles. La Sra. Gálvez le indicó que hablara.

—Poner cámaras nos mantiene a salvo y nos hace sentir menos asustados.

—¿A salvo de qué? —dije, sin esperar el permiso para hablar.

—Del terrorismo —dijo Charles. Los demás asentían.

—¿De qué manera? Si un terrorista suicida entrara corriendo aquí y nos hiciera explotar a todos…

—Sra. Gálvez, Marcus está violando la política de la escuela. Se supone que no debemos hacer chistes sobre ataques terroristas…

—¿Quién está haciendo un chiste?

—Gracias a los dos —dijo la Sra. Gálvez. Tenía una expresión de verdadera desdicha. Me sentí un poco mal por haberme apropiado de su clase—. Creo que este debate es realmente interesante, pero me gustaría dejarlo en suspenso para una futura clase. Creo que estos temas son muy emotivos para que los discutamos hoy. Ahora, volvamos a las sufragistas ¿quieren?

De modo que pasamos el resto de la hora hablando de las sufragistas y de las nuevas estrategias de presión que inventaron para lograr que cuatro mujeres se metieran en las oficinas de todos y cada uno de los bichos del Congreso, con el fin de hacerles saber lo que ocurriría con sus respectivos futuros políticos si continuaban negándoles el voto a las mujeres. Normalmente, era la clase de tema que me gustaba en serio: gente pequeña obligando a los grandes y poderosos a ser honestos. Pero hoy no podía concentrarme. Tal vez era por la ausencia de Darryl. A los dos nos gustaban los Estudios Sociales… habríamos sacado los LibrosEscolares segundos después de de habernos sentado, para iniciar una sesión de IM usando un canal oculto y charlar sobre la lección.

Había copiado veinte discos del ParanoidXbox la noche anterior y los tenía todos en la mochila. Se los entregué a la gente que yo sabía que se dedicaba mucho a los juegos. Todos habían recibido una o dos Xbox Universal el año anterior, pero la mayoría había dejado de usarlas. Los juegos eran muy caros y no muy divertidos. Los llevé aparte entre clase y clase, en el almuerzo y en la sala de estudio, y canté alabanzas al cielo por los juegos para ParanoidXbox. Gratuitos y divertidos… juegos sociales adictivos, con montones de personas geniales que los jugaban en todo el mundo.

Regalar una cosa para venderte otra es lo que llaman «negocio hoja de afeitar». Las empresas como Gillette te dan afeitadoras gratis y después te matan cobrándote una fortuna por las hojas de afeitar. Los cartuchos de impresora son lo peor: la champaña más cara del mundo es barata comparada con la tinta de inyección, que cuesta centavos cuando la compras al por mayor.

Los negocios hojas de afeitar dependen de que tú no puedas conseguir las «hojas» en otro lado. Después de todo, si Gillette gana nueve dólares de los diez que cuesta cada hoja de repuesto, ¿por qué no fundar una empresa competidora que sólo gane cuatro dólares vendiendo una hoja idéntica? Un margen de ganancia del 80% es el tipo de cosa que hace que el empresario promedio comience a babear y abra los ojos como platos.

Por lo tanto, las empresas hojas de afeitar, como Microsoft, invierten un enorme esfuerzo en lograr que sea ilegal y/o muy difícil competir con ellas en la fabricación de hojas de afeitar. En el caso de Microsoft, ha incluido contramedidas en todas las Xbox, con el fin de impedir que utilices el software lanzado por los fabricantes que no le han pagado a Microsoft su dinero sucio para tener derecho a vender programas para Xbox.

Las personas con las que hablé no le dieron mucha importancia a este tema. Se animaron cuando les conté que los juegos no estaban vigilados. En estos días, cualquier juego en línea está repleto de indeseables de toda índole. Primero, los pervertidos que intentan convencerte de que vayas en persona a un sitio remoto, donde pueden hacerte cosas raras y actuar como recién salidos de El silencio de los inocentes. Después, los policías que simulan ser chicos apetecibles para poder arrestar a los pervertidos. Sin embargo, lo peor de todo son los supervisores que se pasan el tiempo espiando nuestros diálogos y delatándonos si violamos las Condiciones de Servicio, que dicen: nada de coqueteos, nada de malas palabras y nada de «lenguaje explícito o solapado que se refiera de manera insultante a cualquier aspecto de la orientación sexual o la sexualidad».

No estoy excitado las 24 horas del día, pero soy un chico de diecisiete años. De vez en cuando, el sexo aparece en la conversación. Pero que Dios te ayude si aparece en el chat de un juego. Un verdadero mata-charlas. Nadie vigilaba los juegos de ParanoidXbox, porque no los manejaba una empresa: eran juegos escritos por los hackers porque se les dio la gana.

De modo que los adictos a los juegos adoraron esa historia. Aceptaron los discos ávidamente y prometieron hacer copias para todos sus amigos… al fin y al cabo, los juegos son más divertidos cuando los compartes con amigos.

Cuando llegué a casa, leí que un grupo de padres había presentado una demanda contra el Consejo Escolar por las cámaras de vigilancia en las aulas, pero que ya habían perdido la moción para conseguir una orden restrictiva contra ellas.

 

 

***

 

No sé a quién se le ocurrió el nombre Xnet, pero era pegadizo. La gente hablaba de la «red X» en el autobús. Van me llamó para preguntarme si sabía del tema y casi me quedo sin aire cuando deduje de qué me hablaba: los discos que yo había comenzado a distribuir la semana anterior habían sido copiados y entregados de mano en mano y, en el lapso esa semana, habían llegado hasta Oakland. Me daban ganas de mirar por encima del hombro… como si hubiera violado una regla y ahora el DSI estuviese por venir para hacerme desaparecer del todo.

Habían sido semanas difíciles. El BART ya había desechado completamente el pago de boletos en efectivo, cambiando a tarjetas RFID «sin contacto» que había que mover delante de los molinetes para pasar. Eran buenas y convenientes, pero cada vez que usaba una pensaba que me estaban rastreando. Alguien de la Xnet publicó un enlace a un informe de una tal Electronic Frontier Foundation (Fundación Frontera Electrónica), que hablaba de la forma en que se podían utilizar esas tarjetas para rastrear a las personas e incluía breves relatos sobre pequeños grupos de gente que habían protestado en las estaciones del BART.

Ahora yo usaba la Xnet para casi todo. Había creado una dirección de correo alternativa a través de Pirate Party, un partido político sueco que odiaba la vigilancia en Internet y prometía conservar las cuentas de correo en secreto para todo el mundo, incluida la policía. Yo ingresaba estrictamente por la Xnet, saltando de la conexión de Internet de un vecino a la de otro, manteniendo el anonimato —eso esperaba— a lo largo de todo el trayecto hasta Suecia. Ya no usaba w1n5t0n. Si Benson podía adivinarlo, cualquiera podía. Mi nuevo nombre, que surgió de improviso, era M1k3y. Recibía muchos correos de gente que, en los chats y los foros, se había enterado de que yo podía ayudarlos a resolver problemas de configuración y conexión de la Xnet.

Echaba de menos el Loca Diversión en Harajuku. La empresa había suspendido el juego por tiempo indeterminado. Dijeron que por «razones de seguridad» pensaban que no era buena idea ocultar cosas para que la gente saliera a buscarlas. ¿Y si alguien pensaba que era una bomba? ¿Y si alguien ponía una bomba en ese mismo lugar?

¿Y si me fulmina un rayo mientras ando con paraguas? ¡Prohíban los paraguas! ¡Luchen contra la amenaza de los rayos!

Seguí usando mi laptop, aunque sentía que se me erizaba la piel cuando lo hacía. Si no la usaba, quienes la habían intervenido se preguntarían por qué. Se me ocurrió navegar al azar todos los días, un poco menos cada día, para que cualquiera que me estuviera vigilando percibiera que cambiaba mis hábitos lentamente, no dando marcha atrás en forma repentina. Más que nada, leía aquellos lúgubres obituarios, los de los miles de amigos y vecinos que habían muerto en el fondo de la Bahía.

A decir verdad, hacía cada vez menos tarea con el correr de los días. Estaba ocupado en otras cosas. Copiaba pilas de CD del ParanoidXbox diariamente, cincuenta o sesenta, y recorría toda la ciudad para dárselos a gente que, según iba enterándome, también estaba dispuesta a grabar sesenta copias y repartirlas entre los amigos.

No me preocupaba demasiado que me atraparan haciendo esto, porque la buena cripto estaba de mi lado. Cripto es criptografía, o «escritura secreta», y existe desde los tiempos de Roma (literalmente: Augusto César era un gran aficionado a ella y le gustaba inventar sus propios cifrados; algunos de ellos siguen usándose hoy en día para codificar los remates de los chistes en el correo electrónico).

La cripto es matemática. Matemáticas difíciles. No intentaré explicarlo en detalle porque tampoco sé tantas matemáticas como para entenderlo. Busca en la Wikipedia si de verdad te interesa.

Pero esta es la versión que figura en CliffsNotes (el sitio web norteamericano que publica guías de estudio para estudiantes secundarios): algunos tipos de funciones matemáticas son terriblemente fáciles de resolver en una dirección y tremendamente difíciles de resolver en la dirección opuesta. Es fácil multiplicar dos números primos grandes y obtener un número gigantesco. Es dificilísimo tomar cualquier número gigantesco y deducir qué multiplicación de dos primos da como resultado ese número.

Eso implica que si descubres una forma de codificar algo basándote en multiplicaciones de números primos grandes, decodificarlo sin conocer esos números primos te va a resultar difícil. Horrorosamente difícil. O sea… no podrían hacerlo ni todas las computadoras que se hayan inventado, trabajando juntas las veinticuatro horas, los siete días de la semana, durante tres mil millones de años.

Cualquier mensaje criptográfico se compone de cuatro partes: el mensaje original, llamado «texto común»; el mensaje codificado, llamado «texto cifrado»; el sistema de codificación, llamado «cifrado»; y, finalmente, la clave, el material secreto que introduces en el cifrado, junto con el texto común, para generar el texto cifrado.

Antes, la gente dedicada a la cripto trataba de mantener todo esto en secreto. Todas las agencias y gobiernos tenían sus propios cifrados y además sus propias claves. Ni los nazis ni los aliados querían que los otros supieran cómo codificaban los mensajes, y menos aún que conocieran las claves que empleaban para decodificarlos. Parece buena idea ¿no?

Equivocado.

La primera vez que alguien me habló del asunto del factoreo con números primos, inmediatamente dije: «De ningún modo, son patrañas. O sea, seguro que es difícil factorear primos, lo que quieras. Pero antes también era imposible volar, ir a la Luna o tener un disco duro con más de unos pocos kilobytes de capacidad de almacenamiento. Alguien tiene que haber inventado una forma de decodificar los mensajes». Me imaginaba una montaña hueca, llena de matemáticos de la Agencia de Seguridad Nacional leyendo todos los correos electrónicos del mundo y riéndose por lo bajo.

De hecho, es bastante parecido a lo que ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Es por esa razón que la vida no se parece demasiado al Castle Wolfenstein, donde pasé muchos días cazando nazis.

El tema es que los cifrados son difíciles de mantener en secreto. Los matemáticos deben guardar el secreto y, si se los utiliza ampliamente, todas las personas que los usan también deben mantenerlos en secreto; si alguno se cambia de bando hay que inventar un cifrado nuevo.

El cifrado nazi se llamaba Enigma. Usaban una pequeña computadora mecánica que se llamaba Máquina Enigma para codificar y decodificar los mensajes. Todos los submarinos, barcos y destacamentos debían tener una, de modo que era inevitable que, tarde o temprano, alguna cayera en manos de los Aliados.

Cuando sucedió, la crackearon. La tarea fue encabezada por mi héroe personal de todos los tiempos, un sujeto llamado Alan Turing, que prácticamente inventó la computadora como la conocemos hoy en día. Por desgracia para él, era gay: cuando terminó la guerra, el estúpido gobierno británico lo obligó a inyectarse hormonas para «curar» su homosexualidad y acabó por suicidarse. Darryl me regaló una biografía de Turing cuando cumplí 14 años —envuelta en veinte capas de papel y dentro de un batimóvil de juguete reciclado— y desde entonces soy adicto a Turing.

Los Aliados, decía, tenían la Máquina Enigma y podían interceptar montones de radiomensajes nazis, cosa que no servía de mucho, dado que cada capitán tenía su propia clave secreta. Como los aliados no disponían de las claves, la máquina no los ayudaba en nada.

Ahora veremos por qué el secreto perjudica a la cripto. El código Enigma estaba fallado. Una vez que Turing lo estudió en profundidad, dedujo que los criptógrafos nazis habían cometido un error matemático. Cuando pudo echar mano de una Máquina Enigma, logró descubrir cómo crackear cualquier mensaje nazi, sin importar la clave que usara.

Eso les costó la guerra a los nazis. Es decir, no me malinterpretes. En buena hora. Créele a un veterano del Castle Wolfenstein. No te gustaría que los nazis gobernaran tu país.

Después de la guerra, los criptógrafos pasaron mucho tiempo reflexionando en el asunto. El problema consistía en que Turing era más inteligente que el desarrollador del Enigma. Cada vez que creabas un cifrado, eras vulnerable a que otro más inteligente que tú ideara una manera de decodificarlo.

Y cuanto más reflexionaban en ello, más se daban cuenta de que cualquier persona puede crear un sistema de seguridad que ella misma no es capaz de crackear. Pero que nadie puede adivinar lo que es capaz de hacer alguien más inteligente que uno.

Para comprobar que un cifrado funciona, tienes que publicarlo. Tienes que decirle cómo funciona a la mayor cantidad de gente posible, para que puedan atacarlo con todo lo que tienen, poniendo a prueba su seguridad. Cuanto más tiempo pasa sin que nadie encuentre un error, más seguro estás.

Y eso es lo que sucede actualmente. Si quieres resguardarte, no uses criptografía inventada por algún genio la semana pasada. Usa la que se haya aplicado el mayor tiempo posible sin que nadie haya podido deducir cómo crackearla. Ya seas un banco, un terrorista, un gobierno o un adolescente, usa los mismos cifrados que todos los demás.

Si tratas de usar uno propio, existe la posibilidad de que alguien encuentre una falla que se te pasó por alto y te meta un Turing por el culo, descifrando todos tus mensajes «ocultos» y riéndose de tus chismes tontos, tus transacciones financieras y tus secretos militares.

Por lo tanto, yo sabía que la cripto me protegería de los entrometidos… pero no estaba preparado para lidiar con los histogramas.

 

 

***

 

Bajé del BART y moví la tarjeta delante del molinete; me dirigía a la estación de la Calle 24. Como de costumbre, había un montón de gente rara pasando el rato en la estación: borrachos, fanáticos de Jesús, mexicanos intensos con la vista clavada en el suelo y un puñado de jóvenes pandilleros. Pasé junto a ellos mirando al frente, llegué a las escaleras y subí trotando a la superficie. Ahora mi mochila estaba vacía, ya no abultada por los discos de ParanoidXbox que había estado distribuyendo. Sentía los hombros livianos y el paso ligero mientras subía hacia la calle. Los predicadores seguían trabajando, exhortando a la gente en castellano e inglés sobre Jesús y esas cosas.

Los vendedores de gafas de sol espurias habían desaparecido, reemplazados por unos tipos que vendían perros robot que ladraban el himno nacional y levantaba la pata si les mostrabas una foto de Osama bin Laden. Probablemente había buen material en sus cerebritos; tomé nota mental de comprarme un par para desarmarlos. El reconocimiento de rostros era bastante novedoso en los juguetes. Hacía poco que había dado el gran salto: de los militares a los casinos que querían detectar tramposos y a las fuerzas de la ley.

Comencé a caminar por la Calle 24 hacia Potrero Hill y mi casa, balanceando los hombros, oliendo el aroma de los burritos que emanaba de los restaurantes y pensando en la cena.

No sé por qué se me ocurrió mirar hacia atrás por encima del hombro, pero lo hice. Tal vez por una de esas cosas del sexto sentido subconsciente. Sabía que me estaban siguiendo.

Había dos sujetos blancos, fornidos, con unos bigotitos que me hicieron pensar que eran policías, o bien ciclistas gay como los que siempre recorrían la calle Castro de arriba abajo, aunque los gay generalmente tenían mejores cortes de pelo. Estos dos vestían cazadoras del color del cemento viejo y jeans, con la cintura escondida. Pensé en todas las cosas que un policía podía llevar en la cintura, en el cinturón utilitario que usaba el tipo del DSI del camión. Ambos tenían auriculares Bluetooth.

Seguí andando; el corazón se me salía del pecho. Lo esperaba desde el comienzo. Estaba esperando el DSI se percatara de lo que estaba haciendo. Tomaba todas las precauciones, pero Pelo Corto me había dicho que estaría vigilándome. Me había dicho que estaba marcado. Me di cuenta de que estaba esperando que me secuestraran y me llevaran de vuelta a la cárcel. ¿Por qué no? ¿Por qué Darryl tenía que estar preso y yo no? ¿Por qué iba yo a gozar de una ventaja? Ni siquiera tenía el coraje de contarles a mis padres, o a los de Darryl, lo que verdaderamente nos había sucedido.

Apuré el paso y repasé mentalmente mi inventario. No tenía nada incriminatorio en la mochila. No demasiado incriminatorio, en todo caso. Mi LibroEscolar estaba funcionando con el crack que me permitía enviar mensajes instantáneos y esas cosas, pero la mitad de la escuela lo usaba. Había cambiado el modo de encriptar el material de mi teléfono; ahora sí tenía una partición mentirosa que podía convertir a texto normal con una contraseña, pero todo lo bueno estaba oculto y se necesitaba otra contraseña para abrirlo. La sección oculta se veía como basura aleatoria —cuando encriptas datos, se vuelven indistinguibles del ruido azaroso— y ni siquiera se darían cuenta de que existía.

No tenía discos en la mochila. Mi laptop estaba libre de evidencia incriminatoria. Por supuesto, si se les ocurría examinar bien mi Xbox, era game over. Por así decirlo.

Me detuve donde estaba. Había hecho lo máximo que podía para cubrirme las espaldas. Era hora de enfrentar mi destino. Entré en el puesto de burritos más cercano y pedí uno con carnitas —cerdo triturado— y porción extra de salsa. Ya que iba a caer, que fuera con el estómago lleno. También me compré un vaso grande de horchata, una bebida de arroz helada que es como un budín de arroz acuoso y semidulce (es mejor de lo que parece).

Me senté a comer y me invadió una calma profunda. Estaba a punto de ir a prisión por mis «crímenes», o no. Desde el secuestro, mi libertad no había sido más que una vacación transitoria. Mi país ya no era mi amigo: ahora estábamos en bandos distintos y yo sabía que nunca podría ganar.

Los tipos entraron al restaurante cuando estaba terminando el burrito y a punto de pedir unos churros —masa frita con azúcar y canela— de postre. Supongo que estaban esperando afuera y se cansaron de mi tardanza.

Se ubicaron detrás de mí, encerrándome contra el mostrador. Tomé el churro que me entregaba la encantadora abuela y le pagué; antes de volverme, comí un par de bocados rápidos. Al menos quería probar un poco de mi postre. Podía ser el último postre que comería en muchísimo tiempo.

Después me di vuelta. Los dos estaban tan cerca que vi el grano que tenía en la mejilla el de la izquierda y el pequeño moco que tenía el otro dentro de la nariz.

—Disculpen —dije, tratando de empujarlos para pasar. El del moco se desplazó para bloquearme el paso.

—Señor —dijo—, ¿puede acompañarnos? —Hizo un gesto hacia la puerta del restaurante.

—Perdón, estoy comiendo —le dije, y volví a avanzar. Esta vez, me puso la mano en el pecho. El tipo respiraba rápidamente por la nariz y hacía flamear el moco. Creo que yo también respiraba con agitación, pero era difícil escucharme por cómo me golpeaba el corazón.

El otro hombre bajó una solapa de la cazadora, revelando una insignia del SFPD.

—Policía —dijo—. Por favor, venga con nosotros.

—Déjenme buscar mis cosas —dije yo.

—Nosotros nos ocupamos —dijo. El del moco dio un paso para acercarse más a mí y apoyó un pie contra la parte interna del mío. En algunas artes marciales también se hace eso. Te permite sentir si el otro desplaza su peso, si se prepara para moverse.

Pero yo no iba a salir corriendo. Sabía que no podía ganarle la carrera al destino.

 

 

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