Revista Axxón » «Hermano menor» (Capítulo 8), Cory Doctorow - página principal

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Capítulo 8

Yo no era el único jodido por los histogramas. Había mucha gente con patrones de viaje anormales, con patrones de uso anormales. Lo anormal es tan común que prácticamente es normal.

La Xnet estaba llena de historias similares, y también los periódicos y la TV. Atrapaban a maridos engañando a sus esposas, a esposas engañando a sus maridos, a jóvenes que se veían a escondidas con novias o novios ilícitos. Un chico que no les había dicho a sus padres que tenía SIDA fue descubierto cuando iba a la clínica a buscar sus drogas.

Toda esa gente tenía algo que esconder; no eran culpables, pero tenían secretos. Había mucha más gente que no tenía absolutamente nada que ocultar y que, sin embargo, rechazaba el hecho de que la secuestraran y la interrogaran. Imagínate que alguien te encierra en la parte trasera de un coche de policía y te exige una demostración de que no eres terrorista…

No se trataba solamente del transporte público. La mayoría de los que conducen un auto por el área de la Bahía lleva un pase FasTrak prendido en el parasol. Es una «cartera» que funciona por señales de radio y que paga los peajes cuando cruzas los puentes, ahorrándote la molestia de hacer cola durante horas en las cabinas de peaje. Habían triplicado el costo del peaje para cruzar el puente si pagabas en efectivo (aunque siempre daban una versión inexacta de esto, diciendo que el FasTrak era más barato, pero nunca que salía más caro si se pagaba con dinero en efectivo, anónimo). Cualquier reparo que quedara después de eso, desapareció cuando el número de carriles para pagar en efectivo quedó reducido a uno solo por cabecera de puente, para que las colas se hicieran todavía más largas.

De modo que, si eres residente local o si andas en un coche alquilado de una agencia local, tienes el FasTrak. Pero resulta que las cabinas de peaje no eran los únicos lugares donde podían leerte el FasTrak. El DSI había instalado lectores de FasTrak en toda la ciudad: cuando pasabas delante de ellos, registraban la hora y tu número de identidad, construyendo una imagen aún más perfecta del quién, el dónde y el cuándo en una base de datos que seguía creciendo gracias a las «cámaras de exceso de velocidad», «cámaras para los que pasan la luz roja» y todas las demás cámaras enfocadas a los números de matrícula que habían brotado como hongos.

Nadie había reflexionado demasiado en todo esto. Pero ahora que la gente estaba prestando más atención, todos comenzábamos a notar pequeñas cosas, como el hecho de que el FasTrak no tuviera un botón de apagado.

Por lo tanto, si conducías un coche eras proclive a ser detenido por una patrulla del SFPD que quería saber por qué últimamente estabas haciendo tantos viajes al Home Depot y de qué se trataba ese otro viaje a Sonoma a medianoche la semana pasada. Las pequeñas marchas de protesta durante los fines de semana se multiplicaban en toda la ciudad. Cincuenta mil personas marcharon por la calle Market después de una semana de iniciado este monitoreo. Me importaba un rábano. A la gente que había ocupado mi ciudad no le interesaba lo que querían los nativos. Eran un ejército conquistador. Ya sabían cómo nos sentíamos al respecto.

Una mañana, bajé a desayunar justo a tiempo para escuchar que papá le decía a mamá que las dos empresas de taxis más importantes harían «descuentos» a la gente que usara unas tarjetas especiales para pagar los viajes, supuestamente creadas para que los conductores estuviesen más seguros, reduciendo la cantidad de efectivo que llevaban encima. Me pregunté qué pasaría con la información sobre quiénes tomaban cuáles taxis y en qué lugares.

Me di cuenta de lo cerca que había estado del desastre. El nuevo cliente indienet se introdujo como actualización automática justo cuando la situación comenzó a empeorar. Jolu me dijo que el 80% del tráfico que veía en Pigspleen ahora estaba encriptado. La Xnet se había salvado por un pelo.

Pero papá me estaba volviendo loco.

—Estás paranoico, Marcus —me dijo un día, en el desayuno, cuando le comenté que el día anterior, en el BART, había visto a dos policías revisando minuciosamente a unos sujetos.

—Papá, es ridículo. No están capturando terroristas ¿verdad? Sólo se trata de que la gente tenga miedo.

—Puede que todavía no hayan capturado terroristas, pero seguro que están sacando mucha escoria de las calles. Mira los vendedores de droga… dicen que han puesto en la cárcel a decenas de ellos desde que empezó esto. ¿Recuerdas cuando te robaron esos drogadictos? Si no encarcelas a los que les venden, todo se vuelve cada vez peor. —El año anterior me habían robado en la calle. Fueron bastante civilizados. Un tipo flaco que olía mal me dijo que tenía una pistola; el otro me pidió la cartera. Hasta me dejaron conservar mi tarjeta de identidad, aunque se llevaron la de débito y el Fast Pass. No obstante, me asusté tremendamente y quedé paranoico, mirando hacia atrás por encima del hombro durante semanas.

—Pero la mayoría de la gente que detienen no está haciendo nada malo, papá —dije. Esto ya me afectaba los nervios. ¡Mi propio padre!—. Es una locura. Por cada culpable que agarran, tienen que castigar a miles de inocentes. No es bueno.

—¿Inocentes? ¿Sujetos que engañan a sus esposas? ¿Vendedores de droga? Los defiendes, ¿pero qué me dices de toda la gente que murió? Si uno no tiene nada que ocultar…

—¿Entonces no te importaría que te detuvieran a ti ? —Hasta ahora, los histogramas de mi padre habían demostrado ser de una normalidad deprimente.

—Lo consideraría mi deber —dijo—. Estaría orgulloso. Me haría sentir más seguro.

Para él era fácil decirlo.

 

 

***

 

A Vanessa no le gustaba que yo hablara de este tema, pero era demasiado inteligente para que yo me aguantara de mencionar el asunto por mucho tiempo. Nos reuníamos constantemente y hablábamos del clima, la escuela y otras cosas; entonces, de alguna manera, yo volvía a la cuestión. Cuando sucedía, Vanessa lo tomaba bien —no volvió a convertirse en Hulk para atacarme—, pero yo percibía su disgusto.

No obstante…

—Y mi papá me dijo «Lo consideraría mi deber». ¿Puedes creerlo, maldita sea? O sea, ¡por Dios! Casi le cuento que me metieron en la cárcel, para preguntarle si creía que eso también era nuestro «deber».

Estábamos sentados en el césped del parque Dolores, después de la escuela, mirando a los perros que atrapaban frisbees.

Van había hecho una parada en su casa para cambiarse; se había puesto una vieja camiseta de una de sus bandas tecno-brega brasileras preferidas, Carioca Proibidão, «el hombre de Río prohibido». La había conseguido en un concierto en vivo al que habíamos asistido todos dos años antes, escapándonos a escondidas para vivir una gran aventura en el Cow Palace, pero había crecido cinco o seis centímetros desde entonces: le quedaba ajustada y se le levantaba a la altura del vientre, dejando al aire su pequeño ombligo chato.

Se recostó bajo el sol débil, con los ojos cerrados detrás de las gafas de sol, moviendo los dedos de los pies calzados con sandalias. Conocía a Van desde siempre y, cuando pensaba en ella, generalmente veía a la niñita que hacía tintinear sus pulseras hechas con rodajas de latas de gaseosas, que tocaba el piano y que bailaba espantosamente mal. Sentados allí, en el parque Dolores, de repente la vi tal cual era. Y estaba totalmente bu3n4… es decir, buena. Era como mirar esa imagen que parece un jarrón y advertir de pronto que también son dos rostros. Veía que Van era la Van de siempre, pero también que era condenadamente bonita, algo que jamás había notado.

Por supuesto, Darryl siempre lo supo; y no creas que no me sentí deprimido otra vez cuando me di cuenta.

—No puedes contárselo a tu papá, lo sabes —dijo ella—. Nos pondrías a todos en peligro. —Tenía los ojos cerrados y su pecho subía y bajaba con la respiración, cosa que me distraía de una forma realmente bochornosa.

—Sí —dije con abatimiento—. Pero el problema es que yo sé que miente como un perro. Si le ordenaran a mi padre que detuviera el coche y lo obligaran a demostrar que no es un acosador de niños o un terrorista narcotraficante, se volvería un energúmeno. Se saldría totalmente de sus cabales. Odia que lo pongan en espera cuando llama por la factura de la tarjeta de crédito. Si lo encierran en la parte trasera de un coche y lo interrogan durante una hora, puede sufrir un aneurisma.

—Ellos se salen con la suya porque los normales se sienten superiores a los anormales. Pero si detuvieran a todos, sería un desastre. Nadie llegaría jamás a ningún sitio; se pasarían el tiempo esperando que la policía los interrogara. Colapso total del tránsito.

Vaya.

—Van, eres un genio total —dije.

—No me digas —respondió. Tenía una sonrisa perezosa y me miró a través de sus ojos a medio abrir, casi románticos.

—Hablando en serio. Podemos hacerlo. Podemos alterar los perfiles fácilmente. Es fácil lograr que detengan los coches de la gente.

Se sentó, apartó el cabello de su cara y me miró. Sentí un pequeño salto en el estómago, pensando que realmente la había impresionado.

—Los clonadores de RFID —dije—. Son totalmente fáciles de hacer. Pasas el firmware por un lectoescritor de diez dólares comprado en Radio Shack y listo. Lo que debemos hacer es caminar por ahí e intercambiar tags entre sujetos al azar, sobreescribiendo los Fast Pass y los FasTraks con códigos de otras personas. Eso hará que todos se tornen raros y chiflados, que todos parezcan culpables. Entonces, colapso total del tránsito.

Van arrugó los labios, bajó las gafas de sol y vi que estaba tan furiosa que no podía hablar.

—Adiós, Marcus —dijo, y se puso de pie. Antes de que me diera cuenta, estaba alejándose tan rápido que prácticamente corría.

—¡Van! —la llamé, mientras me levantaba y salía tras ella—. ¡Van! ¡Espera!

Aumentó la velocidad, obligándome a correr para alcanzarla.

—¿Van, qué diablos pasa? —le dije, agarrándola de un brazo. Se sacudió para liberarse, tan fuerte que me golpeé en la cara con mi propia mano.

—Eres un psicópata, Marcus. Vas a poner a todos tus amiguitos de la Xnet en peligro de vida y, como si fuera poco, vas a convertir a todos los habitantes de la ciudad en sospechosos de terrorismo. ¿No puedes detenerte, antes de que le hagas daño a toda esa gente?

Abrí y cerré la boca un par de veces.

—Van, el problema no soy yo, son ellos. No voy a arrestar a la gente, ni a encarcelarla, ni a hacerla desaparecer. Los que están haciendo eso son los del Departamento de Seguridad Interior. Estoy peleando para obligarlos a detenerse.

—¿Cómo? ¿Empeorando la situación?

—Tal vez tiene que empeorar para poder mejorar, Van. ¿No es eso lo que decías? Si detuvieran a todos…

—No me refería a eso. No quise decir que hicieras arrestar a todo el mundo. Si quieres protestar, únete al movimiento de protesta. Haz algo positivo. ¿No aprendiste nada de Darryl? ¿Nada ?

—Puedes estar bien segura de que sí —dije, perdiendo la calma—. Aprendí que no se puede confiar en ellos. Que si no peleas contra ellos, los estás ayudando. Que si los dejamos van a convertir a este país en una cárcel. ¿Qué aprendiste tú, Van? ¿Aprendiste a estar todo el tiempo asustada, a sentarte derecha, a bajar la cabeza, esperando pasar inadvertida? ¿Piensas que las cosas van a mejorar? Si no hacemos nada, el futuro no será mejor que la situación actual. De ahora en más, todo se volverá cada vez peor. ¿Quieres ayudar a Darryl? ¡Ayúdame a hundir a esos tipos!

Ahí estaba de nuevo. Mi juramento. No sólo liberar a Darryl, sino hundir a todo el DSI. Era una locura; hasta yo lo sabía. Pero era lo que tenía planeado hacer. Sin ninguna duda.

Van me empujó enérgicamente con las dos manos. Era fuerte por el atletismo de la escuela —esgrima, lacrosse, hockey sobre césped, los deportes típicos de las escuelas para chicas— y terminé con el culo en la mugrienta acera de San Francisco. Se fue y no la seguí.

 

 

***

 

Lo más importante de los sistemas de seguridad no es cómo funcionan, sino cómo fallan.

Esa fue la primera frase de mi primer posteo en el blog de Rebelión Abierta, mi sitio de Xnet. Firmaba como M1k3y y estaba listo para ir a la guerra.

>Puede que los escaneos automáticos estén pensados para atrapar terroristas. Puede que atrapen un terrorista, tarde o temprano. El problema es que también nos atrapan a nosotros, aunque no estemos haciendo nada malo.

>Cuanta más gente atrapan, más frágiles se vuelven. Si atrapan a demasiadas personas, se mueren.

>¿Entienden la idea?

Pegué mis instrucciones para construir un clonador de RFID y algunas estrategias útiles para acercarse a la gente lo suficiente como para poder leer y reescribir sus tags. Puse mi propio clonador en el bolsillo de mi chaqueta de motocross vintage, de cuero negro y con bolsillos blindados, y partí rumbo a la escuela. Logré clonar seis tags entre mi casa y la Secundaria Chávez.

Ellos querían guerra. Iban a tener guerra.

 

 

***

 

Si alguna vez decides cometer una estupidez como construir un detector automático de terrorismo, primero tienes que aprenderte esta lección de matemáticas. Se llama «la paradoja del falso positivo» y es sobrecogedora.

Digamos que contraes una enfermedad nueva, llamada Super-SIDA. Sólo una persona en un millón se contagia el Super-SIDA. Desarrollas un análisis para detectar el Super-SIDA que tiene una precisión del 99%. Es decir, que arroja el resultado correcto el 99% de las veces: positivo si el sujeto está infectado y negativo si el sujeto está sano. Le haces el análisis a un millón de personas.

Una persona en un millón tiene Super-SIDA. Una de cada cien personas a las que sometes al análisis genera un «falso positivo»: el análisis dice que tiene Super-SIDA, pero no lo tiene. Eso es lo que significa «una precisión del 99%»: hay un 1% de error.

¿Cuál es el 1% de un millón?

1.000.000/100 = 10.000

Una persona en un millón tiene Super-SIDA. Si analizas a un millón de personas al azar, puede que encuentres un solo caso genuino de Super-SIDA. Pero los análisis no van a identificar a una sola persona como enferma de Super-SIDA. Van a identificar a 10.000 personas.

Tu análisis con un 99% de precisión funcionará con un 99,99% de imprecisión.

Esa es la paradoja del falso positivo. Cuando tratas de encontrar algo verdaderamente poco común, la precisión de tu análisis tiene que estar a la altura de la rareza de la cosa que estás buscando. Si tratas de marcar un píxel en la pantalla, un lápiz bien afilado es un buen puntero: la punta del lápiz es mucho más pequeña (más precisa) que un píxel. Pero la punta de un lápiz no te sirve para marcar a un átomo de la pantalla. Para eso necesitas un puntero —un análisis— cuya punta tenga un tamaño igual o menor al de un átomo.

Así es la paradoja del falso positivo y así es como se aplica al terrorismo: los terroristas son verdaderamente escasos. En una ciudad de veinte millones de habitantes como Nueva York, puede haber uno o dos terroristas. Tal vez diez como máximo. 10/20.000.000 = 0,00005%. Un veinte milésimo.

Son bastante poco frecuentes. Ahora, digamos que tienes un software que puede revisar todos los registros bancarios, o los registros de los peajes, o los del transporte público, o los de las llamadas telefónicas de la ciudad y que atrapa terroristas el 99% de las veces.

En un grupo de veinte millones de personas, un análisis con una precisión del 99% identifica a doscientas mil personas como terroristas. Pero sólo diez de ellas son terroristas. Para arrestar a diez tipos malos, tienes que imputar e investigar a doscientas mil personas inocentes.

¿Adivina qué? Los análisis para detectar terroristas no tienen, ni remotamente, una precisión del 99%. Más bien, del 60%. Hasta del 40%, en algunos casos.

Lo que significa todo esto es que el Departamento de Seguridad Interior estaba programado para fracasar rotundamente. Intentaba localizar eventos increíblemente escasos —personas terroristas— con sistemas imprecisos.

¿Es de extrañar que hayamos logrado crear tanto caos?

 

 

***

 

Salí por la puerta del frente silbando, un martes por la mañana, cuando la Operación Falso Positivo ya llevaba una semana. Seguía el ritmo de una música nueva que me había bajado de la Xnet la noche anterior; muchos le enviaban a M1k3y regalos digitales, en agradecimiento por haberles dado esperanza.

Giré hacia la Calle 23 y, con cuidado, subí por los estrechos escalones de piedra tallados en la ladera de la colina. Cuando descendía, pasé junto al Sr. Perro Wiener. No sé el nombre verdadero del Sr. Perro Wiener, pero lo veo casi todos los días, paseando a sus tres jadeantes perros Wiener, subiendo la escalera hasta el pequeño parque. Adelantarse a ellos en la angosta escalera es casi imposible; yo siempre terminaba enredado en una correa, empujado hacia el jardín de otra persona o posado en el parachoques de algún automóvil estacionado junto al borde de la acera.

El Sr. Perro Wiener es, evidentemente, Alguien Importante, porque tiene un reloj lujoso y usa un hermoso traje. En mi mente, me lo imaginaba trabajando en el distrito financiero.

Ese día, cuando pasé a su lado rozándolo, disparé mi clonador de RFID, que ya estaba cargado en el bolsillo de mi chaqueta de cuero. El clonador succionó los números de sus tarjetas de crédito, de las llaves de su coche, de su pasaporte y de los billetes de cien que llevaba en la cartera.

Al tiempo que lo hacía, cargaba números nuevos, tomados de otras personas que habían pasado cerca de mí. Era como intercambiar las matrículas de un puñado de autos, pero invisible e instantáneo. Le sonreí al Sr. Perro Wiener, como disculpándome, y continué bajando la escalera. Me detuve frente a tres coches el tiempo suficiente para suplantar las tags de sus FasTracks con números tomados de otros autos el día anterior.

Quizás pienses que mi conducta era un poco agresiva pero, comparado con muchos usuarios de Xnet, yo era cuidadoso y conservador. Un par de chicas de la carrera de Ingeniería Química de la Universidad de Berkeley habían descubierto cómo fabricar, a partir de productos comunes de cocina, una sustancia inocua que atraía a los perros detectores de explosivos. Se divertían en grande espolvoreándolo sobre los portafolios y chaquetas de sus profesores, para luego esconderse y observar cómo esos mismos profesores, al intentar entrar en los auditorios y bibliotecas del campus, caían bajo las embestidas voladoras de las nuevas cuadrillas de seguridad que habían brotado en todas partes.

Otros trataban de descubrir sustancias que arrojaran resultados positivos en los análisis de ántrax para esparcirlas en los sobres de carta, pero todos los demás pensaban que estaban locos. Por suerte, no parecían capaces de descubrirlas.

Pasé frente al Hospital General de San Francisco y asentí con satisfacción cuando vi las largas colas formadas delante de la puerta principal. También había un puesto de control de la policía, por supuesto, y suficientes usuarios de la Xnet —trabajando de médicos residentes, empleados de la cafetería y quién sabe qué— para asegurar que todas las insignias de allí dentro ya estaban clonadas e intercambiadas. Había leído que los controles de seguridad consumían una hora laboral de cada empleado y que los sindicatos amenazaban con huelgas a menos que el hospital hiciera algo al respecto.

Unas calles después, vi una cola todavía más larga en el BART. Había policías caminando de un extremo al otro de la fila, señalando personas con el dedo y llevándolas aparte para interrogarlas, revisar sus bolsos y palparlas de armas. Seguían demandándolos por hacer estas cosas, pero al parecer nada los frenaba.

Llegué a la escuela un poco temprano y decidí caminar hasta la Calle 22 para tomar un café. Pasé junto a un puesto de control policial donde detenían a los coches para hacerles una inspección secundaria.

En la escuela, las cosas no eran menos agresivas: los guardias de seguridad apostados en los detectores de metales también estaban controlando las tarjetas de identidad escolares con lectores ópticos y llevando aparte a los alumnos que hacían movimientos extraños para interrogarlos. No hace falta decir que todos hacíamos movimientos bastante extraños. No hace falta decir que las clases empezaban una hora tarde o más.

Las clases eran una locura. Creo que nadie podía concentrarse. Escuché al pasar que dos profesores hablaban de lo que habían tardado en llegar a sus casas desde el trabajo el día anterior, y que ese día planeaban escaparse más temprano.

No sabía qué hacer para reprimir la risa. ¡La paradoja del falso positivo ataca de nuevo!

Por cierto, nos dejaron salir más temprano y me fui a casa por el camino más largo, dando el rodeo por Mission para ver el caos. Largas hileras de coches. Estaciones del BART con colas que daban vuelta a la manzana. Gente insultando a los cajeros automáticos que no querían darles dinero porque les habían congelado las cuentas por actividad sospechosa (¡ese es el peligro de vincular tu cuenta bancaria directamente con el FasTrak y el Fast Pass!).

Llegué a casa, me hice un emparedado y me conecté a la Xnet. Había sido un buen día. Usuarios de toda la ciudad alardeaban sus éxitos. Habíamos paralizado a toda la ciudad de San Francisco. Los informes de los noticieros lo confirmaban: lo llamaban «el DSI perdió la chaveta» y le echaban la culpa a la falsa «seguridad» que supuestamente nos protegía del terrorismo. La sección comercial del San Francisco Chronicle dedicaba toda la primera plana a una estimación del costo económico de la seguridad del DSI, calculando las horas de trabajo perdidas, las reuniones no realizadas y demás. Según el economista del Chronicle, una semana de esta mierda le haría perder a la ciudad más dinero que la bomba del Puente de la Bahía.

Muajajaja.

La mejor parte: esa noche, papá llegó tarde. Muy tarde. Tres horas tarde. ¿Por qué? Porque lo habían obligado a detenerse, lo habían revisado, interrogado. Más adelante, le hicieron lo mismo de nuevo.

Dos veces.

¡Dos veces!

 

 

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