Revista Axxón » «Hermano menor» (Capítulo 9), Cory Doctorow - página principal

¡ME GUSTA
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Capítulo 9

Papá estaba tan enojado que pensé que iba a reventar. ¿Recuerdas cuando te dije que muy rara vez lo había visto perder la calma? Esa noche, la perdió más que nunca su vida.

—No me vas a creer. Ese policía, que tenía unos dieciocho años, no paraba de decirme «Pero, señor, ¿por qué ayer estuvo en Berkeley si su cliente se encuentra en Mountain View?». Yo le explicaba una y otra vez que doy clases en Berkeley, y entonces me decía: «Creí que usted era consultor», y empezábamos de nuevo. Era una especie de comedia de enredos con policías bajo la influencia del rayo de la estupidez.

»El colmo fue que él seguía insistiendo con que yo había estado en Berkeley hoy también, y yo le respondía que no, y él decía que sí, y entonces me mostró mi facturación del FasTrak ¡y decía que yo había circulado por el puente de San Mateo tres veces! Y eso no es todo —dijo, y tomó aire, y yo me di cuenta de que estaba furioso de verdad—. Tenían información de dónde había estado… lugares que no tienen cabinas de peaje. Me escudriñaron cuando iba por la calle, al azar. ¡Y la información estaba equivocada! Puta madre… ¡nos espían a todos y ni siquiera son competentes!

Me desplacé hacia la cocina, donde él despotricaba, y lo miré desde la puerta. Los ojos de mamá se encontraron con los míos y ambos levantamos una ceja, como diciendo: ¿Cuál de los dos le va a contestar «Te lo dije»? Le hice una seña con la cabeza. Ella podía usar sus poderes conyugales para neutralizar su furia de un modo que estaba fuera de mi alcance como simple unidad filial.

—Drew —le dijo. Lo tomó del brazo para detener su caminata de un lado al otro de la cocina mientras sacudía los brazos como un predicador callejero.

—¿Qué? —saltó él.

—Creo que le debes una disculpa a Marcus. —La voz de mamá se mantenía equilibrada, suave. Papá y yo somos los irascibles de la casa; mamá es una roca total.

Papá me miró. Sus ojos se angostaron mientras lo pensaba un minuto.

—Está bien —dijo finalmente—. Tienes razón. Yo hablaba de la vigilancia competente. Estos tipos son unos aficionados. Perdona, hijo. Tenías razón. Fui un ridículo. —Estiró la mano y estrechó la mía; después me dio un abrazo firme, inesperado—. Dios, ¿qué le estamos haciendo a este país, Marcus? Tu generación merece heredar algo mejor que esto. —Cuando me soltó, vi las profundas arrugas de su rostro, líneas que yo nunca había notado.

Volví a subir a mi habitación y jugué algunos juegos en la Xnet. Había un buen multijugador, un juego de piratas de relojería en el que había que hacer misiones cada uno o dos días para darles cuerda a todos los resortes motores de tu tripulación, antes de poder salir a saquear y rapiñar de nuevo. La clase de juego que yo odiaba pero que no podía parar de jugar: muchas misiones repetitivas que no eran para nada satisfactorias de completar, un poco de combate jugador contra jugador (pelear para ver quién sería el capitán del barco) y no tantos buenos enigmas para resolver. Generalmente, jugar este tipo de juegos me inspiraba nostalgia por el Loca Diversión en Harajuku, que balanceaba las correrías en el mundo real con la solución de enigmas en línea y la planificación estratégica en equipo.

Pero hoy era justo lo que necesitaba. Entretenimiento para no pensar.

Mi pobre papá.

Yo le había hecho eso. Antes se sentía feliz, confiado en que el dinero de sus impuestos se gastaba en mantenerlo a salvo. Yo había destruido esa confianza. Era una falsa confianza, claro, pero le permitía seguir adelante. Viéndolo ahora, abatido y quebrado, me pregunté si ser un esclarecido desesperanzado era en verdad mejor que vivir en el paraíso de los tontos. Aquella vergüenza — la que sentía desde que había entregado mis contraseñas, desde que me había quebrado— regresó, provocándome apatía y el deseo de escapar de mí mismo.

Mi personaje era un marinero del barco pirata Carguero Zombi; se había quedado sin cuerda en mi ausencia. Tenía que enviar mensajes a todos los demás jugadores de mi barco hasta encontrar alguno que quisiera darme cuerda. Eso me mantuvo ocupado. Me gustaba, en realidad. Había algo mágico en el hecho de que un completo extraño te hiciera un favor. Pero como se trataba de la Xnet, sabía que, en cierto sentido, todos los extraños eran amigos.

>¿Dónde estás?

El personaje que vino a darme cuerda se llamaba Lizanator y era femenino, aunque eso no significaba que fuese una chica. Los varones tenían una rara propensión a jugar con personajes femeninos.

>San Francisco.

>No, estúpido. ¿Qué lugar de San Fran?

>¿Por qué, eres un pervertido?

La frase habitualmente interrumpía esa línea de conversación. Por supuesto, todos los juegos estaban llenos de pedófilos, depravados y policías haciendo de carnada para pedófilos y depravados (¡aunque yo esperaba que no hubiera policías en la Xnet!). Nueve de cada diez veces, una acusación de ese estilo era suficiente para que el otro cambiara de tema.

>¿Mission? ¿Potrero Hill? ¿Noe? ¿Bahía Oriental?

>Sólo dame cuerda ¿OK? Grax.

Dejó de darme cuerda.

>¿Asustado?

>Cuido mi seguridad. ¿Qué te importa?

>Simple curiosidad.

Sentía que ella emitía malas ondas. Obviamente, lo suyo era más que simple curiosidad. Lo mío… llamémosle paranoia. Me desconecté y apagué la Xbox.

 

 

***

 

A la mañana siguiente, papá me miró por encima de la mesa y dijo:

—Por lo menos, parece que la situación va a mejorar. —Me pasó un ejemplar del Chronicle, abierto en la tercera página.

Un vocero del Departamento de Seguridad Interior ha confirmado que la delegación San Francisco ha solicitado a Washington un aumento de presupuesto del 300% y más personal.

¿Qué?

El General de División Graeme Sutherland, oficial comandante de las operaciones del DSI en el norte de California, confirmó dicha solicitud durante una conferencia de prensa realizada el día de ayer, destacando que un brote de actividad sospechosa en la zona de la Bahía motivaba el pedido. «Estamos rastreando un brote de actividad clandestina y creemos que los saboteadores están fabricando deliberadamente falsas alertas de seguridad para socavar nuestros esfuerzos».

Me puse bizco. No era posible.

«Esas falsas alarmas son potenciales ‘señuelos de radar’ creados con la intención de disimular ataques reales. La única manera efectiva de combatirlos es aumentar la cantidad de personal y de analistas para poder investigar a fondo todos los indicios».

Sutherland subrayó que las demoras experimentadas en toda la ciudad eran «desafortunadas» y se comprometió a eliminarlas.

Tuve una visión de la ciudad con cuatro o cinco veces más agentes del DSI, traídos hasta aquí para compensar mis propias ideas estúpidas. Van tenía razón. Cuanto más los combatiera, peor se tornaría la situación.

Papá señaló el periódico. —Puede que estos tipos sean tontos, pero son tontos metódicos. Seguirán invirtiendo recursos en este problema hasta resolverlo. Es manejable, sabes. Analizar todos los datos de la ciudad, investigar todas las pistas. Atraparán a los terroristas.

Perdí el control. —¡Papá! ¿Te estás oyendo? ¡Hablan de investigar prácticamente a cada persona de la ciudad de San Francisco!

—Sí —dijo—, exacto. Descubrirán a todos los que no pagan la cuota alimentaria de sus hijos, a todos los vendedores de droga, a todos los malhechores y a todos los terroristas. Sólo espera. Podría ser lo mejor que le sucedió jamás a este país.

—Dime que estás bromeando —le dije—. Te lo ruego. ¿Piensas que tenían estas intenciones los que redactaron la Constitución? ¿Qué hay de la Declaración de Derechos?

—La Declaración de Derechos se escribió antes del data-mining —dijo. Estaba asombrosamente sereno, convencido de tener razón—. El derecho a la libre asociación está muy bien, pero ¿por qué no permitirle a la policía investigar tu red social para descubrir si pasas el rato con pandilleros o terroristas?

—Porque es una invasión a mi privacidad —respondí.

—¿Cuál es el problema? ¿Qué prefieres tener, privacidad o terroristas?

Aj. Odiaba discutir así con papá. Necesitaba un café.

—Vamos, papá. Quitarnos la privacidad no es lo mismo que capturar terroristas: solamente es causarle molestias a la gente normal.

—¿Cómo sabes que no están capturando terroristas?

—¿Dónde están los terroristas que capturaron?

—Estoy seguro de que veremos los arrestos a su debido tiempo. Sólo espera.

—Papá, ¿qué diablos te pasó desde anoche? Estabas dispuesto a tirarles una bomba nuclear a los policías que te detuvieron…

—No uses ese tono conmigo, Marcus. Lo que me pasó desde anoche es que tuve la oportunidad de pensarlo y de leer esto —sacudió el periódico—. La razón por la que me detuvieron es que los malos están creando interferencia activamente. Necesitan ajustar sus técnicas para superar las interferencias. Pero van a lograrlo. Mientras tanto, que te detengan ocasionalmente en la calle es un precio muy bajo que hay que pagar. No es momento de jugar al abogado y hablar de la Declaración de Derechos. Es momento de hacer algunos sacrificios para mantener la ciudad a salvo.

No pude terminar la tostada. Puse el plato en el lavaplatos y me fui a la escuela. Tenía que salir de allí.

 

 

***

 

Los usuarios de la Xnet no estaban felices con el aumento de vigilancia policial, pero no se quedaron de brazos cruzados. Alguien llamó a un programa radial de la emisora KQED y dijo que la policía estaba perdiendo el tiempo, que podíamos enmarañar el sistema más rápido de lo que ellos podían desenredarlo. La grabación estuvo al tope de las descargas de Xnet esa noche.

—Esto es «California en Vivo» y estamos hablando con un oyente anónimo que llama desde un teléfono público de San Francisco. Tiene información propia acerca de las demoras que hemos estado sufriendo en la ciudad esta semana. Oyente, estás en el aire.

—Sí, ja, esto es sólo el principio ¿sabes? O sea, digo, recién empezamos. Que contraten a un billón de cerdos y pongan un puesto de control en todas las esquinas. ¡Los anularemos a todos! Y, o sea, toda esa mierda de los terroristas… ¡no somos terroristas! Dejen de joder, digo, ¡en serio! Interferimos al sistema porque odiamos a Seguridad Interior y porque queremos a nuestra ciudad. ¿Terroristas? No sé ni deletrear «jihad». A ver si se calman.

Sonaba como un idiota. No sólo por las palabras incoherentes, sino por el tono de regodeo. Parecía un chico escandalosamente orgulloso de sí mismo. Era un chico escandalosamente orgulloso de sí mismo.

La Xnet estaba en llamas con todo esto. Mucha gente pensaba que había sido un idiota en llamar, mientras otros lo creían un héroe. Me preocupaba la posibilidad de que hubiera una cámara apuntando al teléfono público que había usado. O un lector de RFID que tal vez había olfateado su Fast Pass. Esperaba que hubiera tenido la inteligencia de borrar sus huellas digitales de la cabina, de no quitarse la capucha y de dejar sus RFID en casa. Pero lo dudaba. Me preguntaba si muy pronto tocarían a su puerta.

La manera de enterarme que había ocurrido algo grande en la Xnet era que, de pronto, recibía un millón de correos electrónicos de gente que quería poner a M1k3y al tanto de los últimos acontecimientos. Mi casilla de correo se volvió loca exactamente cuando estaba leyendo sobre el Sr. No-Sé-Deletrear-Jihad. Todos tenían un mensaje para mí: un enlace a una página de la Xnet, a uno de los tantos blogs anónimos basados en el sistema de publicación de documentos Freenet, que también usaban los chinos que abogaban por la democracia.

>Por un pelo

>Hoy por la noche estábamos clonando en el Embarcadero, yendo de aquí para allá, dándole a todo el mundo una nueva clave para el coche, la puerta, el Fast Pass o el FasTrak, echando un poco de pólvora falsa. Había policías por todos lados, pero somos más inteligentes que ellos; vamos allí casi todas las noches y nunca nos atrapan.

>Pero hoy nos atraparon. Fue un error estúpido. Fuimos torpes, nos arrestaron. Uno que estaba de incógnito capturó a mi amigo y después caímos todos. Habían estado vigilando a la gente por largo rato; por allí cerca tenían uno de esos camiones y nos llevaron a cuatro; el resto se escapó.

>El camión estaba repleto como lata de sardinas, con toda clase de personas, viejos, jóvenes, negros, blancos, pobres, todos sospechosos. Había dos policías tratando de hacernos preguntas y los de incógnito seguían trayendo más gente. Casi todos trataban de llegar a los primeros puestos de la fila para terminar de una vez por todas con el interrogatorio, así que nosotros quedábamos cada vez más atrás. Pasamos horas ahí. Hacía mucho calor y cada vez había más gente, no menos.

>A eso de las 8:00 p.m. fue el cambio de turno y vinieron dos policías nuevos que les gritaron a los que ya estaban, diciendo «¿Qué mierda pasa? ¿No están haciendo nada ustedes?». Se pelearon de verdad y después los dos primeros se fueron y los nuevos se sentaron en sus escritorios y hablaron en susurros un rato.

>Entonces uno se levantó y empezó a vociferar «VÁYANSE TODOS A CASA, POR DIOS. TENEMOS MEJORES COSAS QUE HACER QUE MOLESTARLOS CON MÁS PREGUNTAS. SI HAN HECHO ALGO MALO NO LO HAGAN MÁS Y QUE ESTO SIRVA DE ADVERTENCIA PARA TODOS USTEDES».

>Un grupito de hombres de traje se enojaron muchísimo y eso fue CÓMICO porque diez minutos antes estaban quejándose porque los tenían ahí encerrados y ahora estaban furiosos porque los dejaban ir… o sea, ¡decídanse!

>Pero nosotros nos separamos rápidamente, salimos y volvimos a casa para escribir esto. Hay gente de incógnito por todas partes, creo. Si estás clonando, mantén los ojos abiertos y prepárate para correr cuando haya problemas. Si te agarran, trata de esperar, porque están tan ocupados que lo más probable es que te dejen ir.

>¡Y están tan ocupados por nosotros! Toda esa gente del camión terminó allí porque nosotros los clonamos. ¡Sigan clonando, entonces!

Sentí que iba a vomitar. Esas cuatro personas —chicos que yo nunca había visto— casi habían desaparecido para siempre por algo que yo había iniciado.

Por algo que yo les había dicho que hicieran. Yo no era mejor que un terrorista.

 

 

***

 

Aprobaron la solicitud de presupuesto del DSI. El Presidente apareció en TV con el Gobernador para decirnos que ningún precio era demasiado alto cuando se trataba de seguridad. Tuvimos que verlo al día siguiente, en una asamblea que se hizo en la escuela. Mi papá festejó. Había odiado al Presidente desde el día en que salió electo, diciendo que no era mejor que el anterior y que el anterior había sido un completo desastre, pero ahora no hacía más que hablar sobre lo firme y dinámico que era.

—Debes tener paciencia con tu padre —me dijo mamá una tarde cuando volví de la escuela. Había estado trabajando desde casa todo lo que podía. Mamá trabaja por cuenta propia y es especialista en reubicación: ayuda a personas británicas a instalarse en San Francisco. La Alta Comisión del Reino Unido le paga por responder correos electrónicos de británicos desconcertados de todo el país, que están totalmente confundidos por lo frikis que somos los norteamericanos. Se gana la vida explicando cómo son los norteamericanos, y decía que en esos días era mejor hacerlo desde casa, donde no tenía que ver a ningún norteamericano ni hablar con ellos.

No me hago ilusiones sobre Gran Bretaña. Puede que nuestro país esté dispuesto a arrojar su Constitución a la basura cada vez que uno de la jihad nos mira bizco pero, como aprendí gracias a mi proyecto independiente de Estudios Sociales en noveno grado, los británicos ni siquiera tienen Constitución. Tienen leyes que te harían erizar el vello de los dedos de los pies: pueden encarcelarte durante un año entero si están verdaderamente seguros de que eres terrorista, aunque no tengan suficiente evidencia para demostrarlo. Ahora bien: ¿cuán seguros pueden estar si no tienen suficiente evidencia para demostrarlo? ¿Cómo hacen para estar tan seguros? ¿Acaso te han visto cometer actos terroristas en un sueño tremendamente realista?

Y la vigilancia que hay en Gran Bretaña convierte a la de los EE. UU. en cosa de aficionados. El londinense promedio es fotografiado 500 veces por día tan solo mientras camina por las calles. Todas las matrículas de los coches se fotografían en todas las esquinas del país. Todos, desde los bancos hasta la empresa de transporte público, sienten un gran entusiasmo por rastrearte y espiarte si piensan que eres remotamente sospechoso.

Pero mamá no lo veía así. Abandonó Gran Bretaña en mitad de la secundaria y, aunque se casó con un muchacho de Petaluma y crió un hijo aquí, nunca se sintió como en casa. Para ella, esta siempre fue la tierra de los bárbaros y Gran Bretaña siempre sería su hogar.

—Mamá, pero está equivocado. Tú, entre todas las personas, deberías saberlo. Están echando al inodoro todo lo que hace grande a este país y él está de acuerdo. ¿Ya notaste que no han capturado a ningún terrorista? Papá habla mucho de que «necesitamos estar a salvo», pero le hace falta saber que la mayoría no nos sentimos a salvo. Nos sentimos en peligro todo el tiempo.

—Sé todo eso, Marcus. Créeme, no soy fanática de todo lo que está sucediendo en este país. Pero tu padre está… —Se quebró—. Cuando no regresaste después de los ataques, pensó que…

Se levantó y se preparó una taza de té, algo que hacía cada vez que se sentía incómoda o perturbada.

—Marcus —dijo—. Marcus, pensamos que estabas muerto. ¿Lo entiendes? Te lloramos durante días. Te imaginábamos reventado en pedazos, en el fondo del océano. Muerto porque unos cabrones habían decidido asesinar a cientos de desconocidos para demostrar algo.

Lo asimilé lentamente. Es decir, entendía que se habían preocupado. Habían muerto muchas personas con las bombas —cuatro mil era la cantidad estimada actualmente— y prácticamente todos conocían a alguien que aquel día no había vuelto a su casa. Había dos más de mi escuela que habían desaparecido.

—Tu padre estaba dispuesto a matar a alguien. A cualquiera. Había perdido la razón. Nunca lo has visto así. Yo tampoco lo había visto nunca así. Había perdido la razón. Se sentaba a esta mesa y maldecía, maldecía y maldecía. Palabras viles, palabras que jamás lo escuché decir. Un día, el tercer día, alguien llamó y él estaba seguro de que eras tú, pero era número equivocado y él tiró el teléfono con tanta fuerza que se desintegró en mil pedazos. —Yo ya me había preguntado por qué teníamos un teléfono nuevo en la cocina—. Algo se rompió dentro de tu padre. Te ama. Los dos te amamos. Eres lo más importante de nuestras vidas. Creo que no te das cuenta de eso. ¿Recuerdas, cuando tenías diez años, todo ese tiempo que estuve en Londres? ¿Recuerdas?

Asentí en silencio.

—Estábamos por divorciarnos, Marcus. Oh, ya no importa por qué. Fue una mala racha, cosas que ocurren cuando dos personas que se aman dejan de prestarse atención durante unos años. Él fue a buscarme y me convenció de que volviera, por ti. No pudimos soportar la idea de hacerte eso. Nos enamoramos otra vez por ti. Hoy estamos juntos por ti.

Sentí un nudo en la garganta. Nunca me había enterado. Nadie me lo había dicho.

—Entonces, ahora tu padre está pasando un momento difícil. No está en sus cabales. Tiene que pasar un tiempo antes de que regrese a nosotros, antes de que vuelva a ser el hombre que amo. Es preciso que, hasta entonces, cuente con nuestra comprensión.

Me dio un largo abrazo y advertí lo delgados que se habían puesto sus brazos, lo floja que tenía la piel del cuello. Siempre pensaba en mi madre como en una mujer joven, pálida, de mejillas rosadas, alegre, escudriñando todo con perspicacia a través de sus gafas con armazón de metal. Ahora, se veía un poco como una anciana. Yo le había hecho eso. Los terroristas le habían hecho eso. El Departamento de Seguridad Interior le había hecho eso. Extrañamente, los tres estábamos del mismo lado. Mamá, papá y todas esas personas cuyas identidades habíamos adulterado estaban del otro.

 

 

***

 

Esa noche no pude dormir. Las palabras de mamá no dejaban de dar vueltas en mi cabeza. Papá había estado tenso y callado durante la cena y apenas nos habíamos hablado, porque yo no me creía capaz de evitar decirle algo equivocado y porque él estaba concentrado en las últimas noticias: Al Qaeda era definitivamente responsable por las bombas. Seis grupos terroristas diferentes se habían adjudicado los ataques, pero sólo el video que Al Qaeda había subido a la Internet revelaba información que el DSI decía que no había revelado a nadie.

Me quedé acostado en la cama, escuchando un programa de radio nocturno con llamadas de los oyentes. Se hablaba de problemas sexuales y lo conducía un gay al que normalmente me encantaba escuchar, porque le daba a la gente consejos muy crudos, pero buenos, y porque era muy cómico y extravagante.

Pero esta noche no podía reírme. La mayoría de los que llamaban querían preguntar qué hacer ante el hecho de que les resultaba difícil tener relaciones con sus parejas desde el día del ataque. Ni los programas de radio sobre sexo podían escapar del asunto.

Apagué la radio y escuché el rumor de un motor en la calle.

Mi habitación está en el piso superior de la casa, que es una dama pintada. Tengo un techo de altillo, en declive, y ventanas a ambos lados; desde una de ellas se ve todo Mission; desde la otra, la calle de nuestra casa. Pasaban coches con frecuencia, a toda hora del día y de la noche, pero había algo diferente en el ruido de este motor.

Me acerqué a la ventana que daba a la calle y levanté las cortinas. Abajo había un furgón blanco, sin marcas distintivas, cuyo techo estaba festoneado de antenas de radio, más antenas de las que yo jamás había visto en un vehículo. Estaba pasando muy lentamente por la calle; un plato pequeño ubicado en el techo giraba y giraba.

Ante mis ojos, el furgón frenó y se abrió una de las puertas traseras. Un sujeto con uniforme del DSI —a esta altura, ya podía detectarlos a cien metros de distancia— salió a la calle. Tenía una especie de dispositivo de mano cuyo resplandor azul le iluminaba el rostro. Caminó de atrás para delante, primero estudiando a mis vecinos, tomando notas con el dispositivo; después, se dirigió hacia mí. Había algo familiar en su manera de caminar, mirando hacia abajo…

¡Estaba usando un detector de WiFi! El DSI buscaba nodos de Xnet. Bajé las cortinas, me zambullí en mi habitación y corrí a la Xbox. La había dejado encendida, bajando unas animaciones muy buenas del discurso «ningún precio es demasiado alto» del Presidente, hechas por un usuario de Xnet. Arranqué el enchufe de la pared, me lancé de vuelta hacia la ventana y abrí las cortinas una fracción de centímetro.

El tipo estaba otra vez mirando hacia abajo, hacia el detector, caminando de un lado al otro frente a nuestra casa. Un momento después, regresó al furgón y se fueron.

Saqué la cámara y tomé todas las fotos que pude del furgón y de sus antenas. Después, las abrí con el editor de imágenes gratuito llamado The GIMP y eliminé todo de las fotos, excepto el furgón: borré la calle y todo lo que pudiera identificarme.

Las subí a la Xnet y escribí todo lo que pude sobre los furgones. Estos tipos, definitivamente, estaban buscando la Xnet. Era obvio.

Ahora sí que no podía dormir.

No había nada que hacer, salvo jugar a los piratas a cuerda. Incluso a estas horas, habría muchos jugando. El verdadero nombre de los piratas a cuerda era Botín de Relojería; lo habían creado unos adolescentes de Finlandia, amantes del death metal, para pasar el tiempo. Era un juego totalmente gratuito, que brindaba la misma diversión que cualquier servicio de 15 dólares por mes, como el Ender’s Universe, el Middle Earth Quest y el Discworld Dungeons.

Me logueé y ahí estaba yo, todavía en la cubierta del Carguero Zombi, esperando que alguno me diera cuerda. Odiaba esa parte del juego.

Le escribí a un pirata que pasaba:

>Eh, tú. ¿Me das cuerda?

Se detuvo y me miró.

>¿Por qué?

>Somos del mismo equipo. Además, ganas puntos de experiencia.

Qué imbécil.

>¿Dónde estás?

>San Francisco.

Esto comenzaba a parecerme conocido.

>¿Qué lugar de San Francisco?

Me deslogueé. Estaban sucediendo cosas raras en el juego. Salté a los blogs y comencé a reptar de uno al otro. Pasé por media docena antes de encontrar algo que me heló la sangre.

A los bloggers les encantan los cuestionarios. ¿Qué clase de hobbit eres? ¿Eres un gran amante? ¿A qué planeta te pareces más? ¿Qué personaje de tal película eres? ¿A qué tipo emocional perteneces? Los responden y sus amigos los responden y todos comparan los resultados. Entretenimiento inofensivo.

Pero lo que me aterró era el cuestionario que dominaba los blogs de la Xnet aquella noche, porque era cualquier cosa menos inofensivo.

  • ¿De qué sexo eres?
  • ¿En qué grado estás?
  • ¿A qué escuela vas?
  • ¿En qué parte de la ciudad vives?

Los cuestionarios graficaban los resultados en un mapa, con alfileres de colores que marcaban las escuelas y los barrios, y hacían recomendaciones poco convincentes sobre lugares donde comprar pizza y cosas así.

Pero mira esas preguntas. Piensa en mis respuestas:

  • Masculino
  • 12º
  • Secundaria Chávez
  • Potrero Hill

Había solamente dos personas en toda mi escuela que coincidían con ese perfil. Lo mismo debía de ocurrir en otras escuelas. Si querías descubrir quiénes eran los usuarios de la Xnet, podías usar esos cuestionarios para encontrarlos a todos.

Eso ya era bastante feo, pero peor era lo que implicaba: alguien del DSI estaba usando la Xnet para llegar a nosotros. La Xnet estaba intervenida por el DSI.

Había espías entre nosotros.

 

 

***

 

Le había entregado discos de Xnet a cientos de personas y ellas habían hecho lo mismo. Conocía bastante bien a los que les había dado los discos. A algunos los conocía muy bien. He vivido en la misma casa toda mi vida y he hecho cientos y cientos de amigos a lo largo de los años, desde los que iban a la guardería conmigo hasta los que jugaban al fútbol conmigo y los que jugaban JRV conmigo, los que conocía en discotecas, los que conocía de la escuela. Los de mi equipo de JRA eran mis amigos más íntimos, pero había mucha gente conocida en la que confiaba lo suficiente como para entregarle un disco de Xnet.

Ahora los necesitaba.

Desperté a Jolu haciendo sonar su teléfono y colgando después del primer timbre, tres veces seguidas. Un minuto después, estaba conectado a la Xnet, donde podíamos charlar con seguridad. Le dije que viera mi posteo del blog sobre los furgones con radio y regresó un minuto más tarde, completamente alterado.

>¿Seguro que nos buscan a nosotros?

En respuesta, le dije que viera el cuestionario.

>Oh por dios. Es nuestro fin.

>No, no es para tanto, pero tenemos que descubrir en quién podemos confiar.

>¿Cómo?

>Es lo que quería preguntarte. ¿En cuántas personas podrías asegurarme que confías totalmente, digamos, hasta el fin de la tierra?

>Eh… 20 ó 30, algo así.

>Quiero reunir un grupo de gente realmente confiable y hacer un intercambio de claves estilo red de confianza.

Una red de confianza es una de esas cosas geniales de la cripto de las que había leído pero nunca había intentado hacer. Es una manera, casi a prueba de tontos, de poder hablar con las personas de tu confianza sin que nadie más te escuche. El problema es que necesitas reunirte físicamente con los que pertenecen a la red; como mínimo una vez, para poder iniciarla.

>Entiendo, claro. No está mal. ¿Pero cómo vas a reunir a todos para la firma de claves.

>De eso quería preguntarte. ¿Cómo lo hacemos sin que nos arresten?

Jolu escribió unas palabras y las borró; escribió más y las borró. Yo puse:

>Darryl lo sabría. Dios, era grandioso para estas cosas.

Jolu no escribió nada. Después:

>¿Qué te parece una fiesta? ¿Qué tal si nos reunimos en algún sitio como adolescentes que hacen una fiesta? Así tendremos una excusa ya preparada, por si aparece alguien a preguntarnos qué estamos haciendo?

>¡Funcionaría, totalmente! Eres un genio, Jolu.

>Lo sé. Y esto te va a encantar: sé exactamente dónde hacerla, además.

>¿Dónde?

>¡En los baños Sutro!

 

 

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