¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

Ya es tarde y Mauro vuelve a casa. Los últimos comercios que permanecían abiertos cierran ya sus puertas, mientras que un par de coches y otros tantos peatones, a esas horas, es todo el ajetreo del que dispone esta parte de la ciudad. Esta noche no lo espera Eva; no acertaría a responder muy bien por qué, pero es así. Ha bebido, es cierto, y mucho, para qué engañarnos, aunque eso no hará que la olvide… Puede pensar que le ha dejado porque ahora no tiene dinero, pero lo cierto es que nunca tuvo demasiado… No sé, hay tantas cosas que no tienen sentido en esta vida… La verdad es que era una mujer realmente atractiva, sí, casi tan cautivadora como caprichosa; no se la podría calificar de mujer fatal, pero poseía una sonrisa maliciosa con la que conseguía cualquier cosa que se propusiese y que realmente la situaba muy próxima a aquel personaje interpretado por Marlene Dietrich en El Ángel Azul. Mauro la conoció en una de las exposiciones pictóricas de su amigo Oskar Yáñez, en un momento de bienestar por su parte y en uno de extrema debilidad y profundo malestar por parte de ella, pues no hacía demasiado tiempo que un desconocido pero acaudalado ingeniero de telecomunicaciones la había dejado en la estacada, habiéndola tratado como a una fulana vulgar.

Dejando aparte su pasado, no le fue difícil enamorarse de ella, y no fue por lástima, un sentimiento tan estúpido no puede hacer surgir la pasión o el amor en un ser humano; sin duda vio algo en ella que lo atrajo de manera irresistible… ¿Qué fue? Ni aún hoy sabría describirlo; quizá fuera la propia personalidad de Mauro la que le hizo escoger entre mil a aquella mujer… Cierto es que ella también puso de su parte.

Mientras la amistad entre ambos crecía, Eva intentó volver con aquel ingeniero: lo llamaba angustiada, preguntaba por él a sus amistades, y es que, mal que nos pese, este tipo de mujeres encuentra un extraño placer en arrastrarse por los hombres más crueles y desalmados, guardando sus despiadados comportamientos para aquellos que realmente las aman. Creo que siempre ha sido así y seguirá siendo una verdad absoluta.

 

 

Empieza a llover y no tiene paraguas, ni siquiera capucha; resultará un tópico, pero siempre es más fácil llorar bajo la lluvia. Se sube todo lo que puede el cuello del abrigo y acelera el paso. Todo es frío y triste en las aristas del miedo…

Fueron muchas las ilusiones que forjó con letras de oro en su juventud; llegaron a decir de él que era un genio, un tipo con un montón de ideas, un artista polifacético que, sin embargo, acabó montando una tienda de tatuajes para no morir de hambre; y es que del arte no se vive… Pero seguro que por aquel entonces jamás se le pasó por la cabeza encontrarse en un momento tan nefasto como éste. ¡Eh! ¿Cuánta gente se podía encontrar en su situación? Ya, pero eso no importa cuando es uno quien lo sufre.

Nunca de joven pensó que al llegar a casa sólo lo esperarían facturas sin pagar y un poco más de ron para acabar de ahogar las penas en él. Dormir, dormir es lo que necesita, y sin soñar; no pretende llenar su vida con otra pesadilla.

Resuenan las llaves del portal en su bolsillo. El silencio es total en una noche como ésta. Ni siquiera la lluvia llega a crear ese constante y monótono chasquido que en un momento triste tantas veces deseamos… No se molesta en encender la luz de la escalera y sube los peldaños envuelto en unos cuantos hilos luminosos que penetran por la ventana del descansillo y se abren paso en mitad de la penumbra. Abre la puerta de casa e inmediatamente se deja caer en un sofá que está lleno de mugre y de manchas impresas por la cerveza derramada en las últimas noches de soledad frente a un televisor que pronto será vendido en alguna tienda de artículos de segunda mano. El sueño lo atrapa y cree que es mejor irse a la cama antes de quedarse dormido en el sofá y despertar al día siguiente con una tortícolis atroz y un considerable malestar general. Se levanta y atraviesa el corto y oscuro pasillo que separa el salón de la habitación. Llega hasta la cama y se desploma sobre ella. Incluso allí tumbado se siente como si estuviera colgado del techo por medio de unos finos hilos; una burda marioneta que no es capaz de controlar su vida, sus instintos, su triste deriva hacia nadie sabe dónde. Duerme.

 

 

Es mediodía, y aunque el sol no luce con plenitud, la claridad es tal en la habitación de Mauro que le es inevitable abrir los ojos. Tiene la garganta completamente seca y la cabeza como una calle asaltada por un martillo neumático. Aún así, ni siquiera gesticula para mostrar su desaprobación por el estado tan deplorable en el que se encuentra; sin duda desearía permanecer sumergido en una eterna embriaguez que le hiciera olvidar todo lo que la vida ha hecho de él sin que se diese cuenta.

Clava su mirada en el techo, y el primer recuerdo del día es para ella. Una lágrima brota y recorre su sien hasta caer en la almohada. Al parecer, todo fue un engaño; aquel sueño tan gratificante se ha convertido ahora en bocanadas de dolor y amargura. Cuántas veces ha creído ser la persona más estúpida de la faz de la Tierra.

Mauro se incorpora y llega hasta la cocina, donde lo espera un poco de leche que no se molesta en calentar. Una camisa gruesa y unos vaqueros es todo lo que necesita para incorporarse a su diaria tarea laboral. Baja lentamente la escalera y una vez en la calle, la rutina adquiere su carácter más automático y la más pura inercia le conduce hasta su tienda: Tatoo Shower. En ella se siente como un santo dentro de su capilla: muerto, pero en paz y tranquilo. Sí, porque Mauro ha perdido el entusiasmo por cualquier cosa; ya no le encuentra atractivo a esa pequeña faceta del arte pictórico llamada tatuaje; ya no le apasionan las formas, ni los colores, esos dibujos llenos de estética pero carentes de significado excepto para el que los lleva en su piel.

Aún así, abre la puerta de su decaído negocio. ¿Por qué no iba a hacerlo? Al fin y al cabo la rutina es lo único doloroso que soportamos con la mayor de las resignaciones.

 

 

No han transcurrido ni cinco minutos desde la apertura del local cuando por la puerta aparece un hombre alto, de unos cuarenta y tantos años, muy elegantemente vestido. A Mauro le sorprende tan inesperada visita, pero más por el aspecto del individuo en cuestión que por el hecho de ser el primer cliente que entra en la tienda desde hace por lo menos una semana. Saluda con una caricaturesca sonrisa a la par que se quita las gafas de sol con una mano y ofrece la otra a Mauro, que corresponde al saludo.

—Buenos días.

—Hola, qué tal.

—No sabía que el horario de apertura fuera tan peculiar… Son casi las…

—Oh, sí, ya, disculpe… Ayer fue un día muy agitado… —responde Mauro sin ninguna expresividad.

—Bueno, me presentaré. Soy Miguel Salgado, representante de…

—¿Representante? —se sorprende Mauro.

—Así es. Nos conocimos en una exposición de Oskar Yáñez, el dibujante, hace unos cuantos años, pero supongo que no se acordará de ello…

—Si le soy sincero, no.

—La razón por la que estoy aquí no es otra que haber oído hablar últimamente de usted, muy bien, por cierto…

—No será para tanto… —Mauro hace una breve pausa—. Y ¿quién le ha hablado tan bien de mí?

—Oh, bueno, es usted muy conocido, aunque no lo crea, al igual que su situación actual, de la que se habla también mucho últimamente entre la gente del gremio. —Echa un vistazo general a la tienda. Su voz acoge un tono claramente despectivo.

—Eso es algo que no es de su incumbencia…

—¡Oh, sí, ya lo creo que sí! Yo he venido a sacarlo de esta pocilga…

—¡Qué! —se altera Mauro.

—Como quiera, de este sitio, que creo que no lo merece. Mire, me han hablado de usted, he visto trabajos suyos y, realmente, se merece algo más… ¡Qué digo, muchísimo más! No desperdiciaría mi tiempo, ni mi dinero, en usted de saber que a la larga no me reportaría beneficios. Créame.

Es un momento muy extraño, piensa Mauro para sí; de hecho lleva ya mucho tiempo sumergido en un mundo que cada vez se hace más inexplicable y tormentoso. No es que haya visto la luz con la aparición de este personaje rebosante de cinismo, aunque parezca tener la solución a todos sus males, pero lo mejor que puede hacer es aguzar su últimamente desusado ingenio e intentar sacar algo positivo de este encuentro. Sí, ahora se encuentra débil y en un momento muy delicado, pero ha de empezar a dominar las situaciones, a resurgir de la mierda en la que se halla metido.

—¿Es que es usted mi ángel de la guarda? —se resuelve a preguntar Mauro tras unos cuantos segundos de silencio.

—No, ni mucho menos, yo sólo he venido a hablar de negocios con usted. Su arte me parece de calidad y yo exploto las cualidades de los artistas para mi propio beneficio, comprende; parece mentira que ya no se acuerde de cómo funciona este negocio…

—Puede que sea eso, o que simplemente no estoy de humor para escuchar nada esta mañana…

—Pues si ése es el problema, vendré otro día y le hablaré de unas cuantas propuestas muy interesantes… ¡Cuento con usted, no me falle! —El representante hace el gesto de encaminarse hacia la puerta del establecimiento, pero la voz de Mauro lo detiene.

—Pero por qué yo. Usted mismo ha resaltado la situación en la que me encuentro. No tengo nombre, por mucho que usted se empeñe, y, sinceramente, mi estado anímico no es el más propicio para crear nada, ni una línea, ni una sola pincelada; puede buscar a cualquier novato con talento y sacarle mayor rendimiento, seguramente será un muchacho con ilusiones que sólo piense en crear su obra maestra mientras usted lo maneja a su antojo y se llena los bolsillos con billetes de quinientos…

—Lógicamente le pediría algo a cambio, un pequeño favor…

—Me lo suponía…

—Le puedo asegurar que es usted a quien busco, no arriesgaría un ápice de no estar convencido de que su talento y su situación actual le harán aceptar mi propuesta; se trata de un simple tatuaje; un tatuaje que cambiaría su vida… Oh, sí, la vida que se merece, la de un gran artista; tendrá todo lo que desee y más, puede estar seguro de ello, pero tiene que ser usted quien lo haga.

—¿Tanto misterio por un tatuaje? ¿Un simple tatuaje es lo que tengo que hacer? Por Dios, es lo que he estado haciendo los seis últimos años… No puede ser tan fácil… Pero no creo que sea yo la persona adecuada. No sé muy bien lo que está intentando proponerme, pero no me gusta nada.

—Aceptará. ¿O es que quiere seguir metido en la mierda de vida en la que se encuentra? Un pequeño favor es lo que le pido, y a cambio, convertiré la basura de su vida en lingotes de oro… Usted decide…

 

 

Son las tres y la luz inunda ya por completo hasta el más recóndito espacio de la lujosa habitación; las tersas sábanas de rosada seda acarician la humedecida espalda de Mauro. Parece sentirse tranquilo, relajado, sosegado… Ha tomado de todo y ya no sabe para qué. Estos últimos días su agenda ha sufrido cambios o más bien reveses considerables a pesar de encontrarse en su apogeo artístico. Algunas de sus exposiciones variaron el día de inauguración por no poder localizarlo, y realmente hubiera sido mejor que no lo hubiesen encontrado, pues sus últimas apariciones en público han sido un espectáculo bochornoso, aunque no tanto para él como para toda la nueva chusma de pseudo-intelectuales y buitres comerciales que lo rodean y lo siguen como si de un dios se tratase. Si él fuera realmente consciente de su situación, daría gracias al Cielo por la extraña lealtad que Salgado tiene hacia su palabra dada. De no ser así, vete a saber si no estaría criando malvas desde hacía ya algún tiempo en alguna humilde fosa común. Él, con sus hábiles manos de tatuador, fue quien lo hizo, y aunque Salgado tiene la llave de su libertad a buen recaudo y lo deja disfrutar de un prometido bienestar, que raya el desenfreno, todo puede darse la vuelta de forma tan simple como se voltea una tortilla en la sartén. Sí, porque él fue quien aceptó tatuar sobre la piel de aquel tipo al que ni siquiera conocía el veneno mortal que le hizo caer fulminado. No le importó hacerlo en su momento; en aquella época podía haber sido él quien hubiese terminado sus días rígidamente tumbado en un banco del parque. Ahora, estoy convencido de que ni siquiera lo recuerda; tiene demasiada porquería metida en las venas para ser consciente de que de alguna manera su vida sigue siendo tan triste como antes. Sí, puede disfrutar de los placeres que le reporta el dinero, de mujeres hermosas, manjares suculentos, joyas, premios, copiosas cenas entre miles de cínicas sonrisas, cochazos de lujo, alcohol en abundancia… Pero sigue estando en el mismo lugar de siempre; mentalmente está anclado en un punto de partida que no supo proponerse correctamente tras la marcha de Eva. Ésa es la puta realidad, y nunca ha querido afrontarla. Supongo que ya ni eso le importa.

Y hoy se ha despertado como otros tantos días, envuelto en oro, pero sumergido de nuevo en esa estúpida tristeza de la cual no acepta su procedencia. ¿Tanto le impactó aquella mujer?

¿Qué es lo que buscas realmente en esta vida, Mauro? Seguro que no es nada productiva esa monomanía que te atrapa, cuando el verdadero problema ya no es Eva, sino lo que Eva te dio y que jamás encontraste en otro cuerpo, ni antes, ni después; sí, eso la hace única, pero no la mejor… Ni siquiera eso quiere decir que mereciera la pena. Cuántos dan lo máximo y lo que dan no vale nada. Desengáñate, Mauro, se puede vivir sin eso que tú buscas tan desesperadamente. Ella te lo dio y fue real, aunque ahora ya no exista y todo aquello se haya perdido en la nada… para siempre… Sí, ya lo sé, Mauro, es como morir… como estar ya muerto…

Suena el teléfono en ese momento. Es Salgado que pregunta por el estado de su “pupilo”. Sí, en parte se preocupa por Mauro, pues influido por el alcohol y las drogas puede llegar en cualquier momento a decir algo que no resulte beneficioso para ninguno de los dos. Hace unos días que Salgado fue interrogado, aunque de forma rutinaria, sobre la desaparición de aquel conocido suyo, aquel traficante de obras de arte. Nada dijo, pues nada sabía; ésa fue su declaración. Se sintió algo incómodo, pero tenía la certeza de que el cadáver estaba a buen recaudo. Por si acaso, había decidido llamar a Mauro, como si necesitara cerciorarse de que la situación estaba totalmente bajo control.

—¿Cómo nos encontramos esta mañana, genio?

La voz no ha sido muy bien escuchada por Mauro y todo lo que sale de su boca es una respuesta tan poco inteligible como le había resultado la pregunta formulada por Salgado.

—Bueno, veo que la noche ha sido larga, te llamaré más tarde, ¿ok?

Salgado cuelga el teléfono sin aparente preocupación; creo que ya está acostumbrado a encontrar al artista en ese estado.

Es entonces cuando Mauro parece despertar. Reacciona bruscamente, como si se hubiese acordado de algo urgente, una cita a la que se llega tarde, o algo así…

Corre de forma atropellada hacia el servicio; cuando llega, se detiene ante el lavabo y se agarra el brazo izquierdo hasta acercarlo lo más posible al espejo.

—¡No puede ser! ¿Qué coño es esto? —grita de súbito lleno de exasperación.

—¿Qué demonios es esto? —vuelve a maldecir.

 

 

Mauro no ha podido más y ha decidido salir a la calle. Mira al cielo y se lamenta de cómo esas repentinas nubes han echado a perder una tarde soleada de otoño. Sin rumbo fijo camina con rapidez por las aceras, como huyendo, o tal vez buscando algo. Está desconcertado; no entiende nada de lo que le está ocurriendo. Es demasiado absurdo pensar que alguien le ha tatuado aquello mientras dormía o estaba totalmente borracho, pues aquella escena que comenzaba a intuirse cada vez con mayor claridad en su brazo, no parecía ser obra de ningún tatuador. Si hacía un par de días que aquello le había comenzado a salir en la piel, no podía ser un tatuaje, pues sin duda su piel estaría abultada por los pinchazos sufridos y sentiría, al menos, algunas molestias. Nada de eso era la realidad. Aquel dibujo había hecho acto de presencia sin motivo, sin objeto aparente, y eso le desconcertaba.

La inercia, ese acto devastador que nos inculca poco a poco la rutina como a dóciles alumnos, conduce a Mauro hasta uno de los bares de estudiantes que solía frecuentar años atrás y a los que realmente no había dejado de acudir hasta que la fama y el lujo lo apartaron de allí, no hace tanto tiempo, llevándolo por otros caminos muy diferentes, y por qué no decirlo, bastante menos interesantes, personal e intelectualmente hablando. Al entrar, le viene a la mente un montón de recuerdos de su época estudiantil, e incluso recuerda haber llevado a Eva a aquel lugar, cuando estaban juntos, y ella le pidió que le contase algo sobre su pasado.

Llega hasta la barra. La camarera es una chica joven, a la cual desconoce por completo; esboza una leve sonrisa y se dice a sí mismo que algo tendría que haber cambiado desde que no pisaba por allí. La muchacha se acerca hasta Mauro y éste le pide una cerveza.

Es entonces cuando desde el otro lado de la barra alguien se queda observando a Mauro, como si creyera haberlo reconocido entre tal cantidad de clientela. Espera pacientemente a que Mauro levante la vista para echar un vistazo general al ambiente del bar y, cuando lo hace, le llama la atención con un acentuado movimiento de brazos. Una vez que tiene la certeza de que Mauro le ha identificado, se acerca hasta él:

—¡Eh, Mauro, cuánto tiempo!

—¡Hombre, Marcos, qué tal! ¿Qué, cómo van las cosas, tío? ¿Qué es de tu vida? —le responde Mauro, intentando en un principio disimular su extremado nerviosismo.

—Bueno, nos podría ir mejor, para qué engañarte. Aquí andamos, pudriéndonos otro año más en la Facultad, entre montañas de inútiles apuntes y viendo venir un futuro que nos convertirá en proletarios, por mucho titulillo universitario que tengamos, si es que no acabamos en el paro…

—No será para tanto —intenta consolar Mauro a su amigo, a pesar de lo mucho que le está costando seguir la conversación.

—¡Claro, eso lo dices tú que no te va nada mal, según me han contado!

—No estés tan seguro… no me encuentro nada bien…

—¿Problemas de salud? —Mauro asiente y duda si debe contarle a Marcos algo de lo que le está ocurriendo. Hace un amago, pero al final calla. Marcos, intrigado, completa la pregunta—. ¿Has ido al médico?

—No —fue toda la respuesta de Mauro.

—Pero ¿qué es lo que te ocurre, tío; no será grave, verdad? —exclama Marcos ya con verdadera inquietud.

Mauro, sin despegar la vista de la barra y con el botellín de cerveza entre las manos, comienza a hablar, al principio en un tono sumamente bajo, pero que poco a poco irá elevando:

—Hace unos días que me salió como una especie de moratón en el brazo; en un principio pensé que sería por algún golpe que me hubiese dado contra las paredes estando borracho… Sabes, llevo una temporada un poco mala… y quizá bebo demasiado. Pero lo extraño de la situación es que cada vez que la observo, que observo esa especie de mancha, parece que se ha hecho más grande y que va cobrando poco a poco una forma más o menos nítida, una figura, ¡¡¡un tatuaje…!!!

El estudiante, que se ha dejado llevar un instante por la fantástica historia que le está contando Mauro, reacciona y sonríe.

—¡Eh, tío, me quieres tomar el pelo! ¡Joder, se me había olvidado lo cachondo que eras… por un momento…!

—¡Que no, que es cierto, mira! —Mauro descubre su brazo izquierdo y su amigo lo observa, aún descreído del argumento de su contertulio.

—¡Eh, tío, pero si eres tú tatuando a otro jambo! —se sorprende el estudiante.

—¿Qué?

Es entonces cuando Mauro, que desde hacía unas horas no había vuelto a mirar, por miedo, el tatuaje, clava la mirada en el dibujo y palidece. El sudor empieza a correr vivo por su frente, hasta los párpados le tiemblan en un incontrolable impulso nervioso. Dos cuerpos, se podía intuir en su brazo la figura de dos cuerpos humanos, uno de ellos sentado de espaldas al otro, dejándose hacer un tatuaje… ¡¡¡y sin duda el tatuador que permanecía de pie era él!!!

Sí, es su propio rostro el que aparece reflejado en ese macabro y espontáneo cuadro, cuyo lienzo es, esta vez, la propia piel de Mauro. La otra cara también es reconocible: la del traficante de obras de arte que le presentó Salgado. Su gesto se descompone, y de una brusca sacudida, que hace derramarse la cerveza por toda la barra, aparta a su compañero y sale corriendo del local, presa de un inusitado pavor.

En la calle ha comenzado a llover con fuerza.

 

 


Ilustración: Valeria Uccelli

Mauro está sentado en la cama del dormitorio del hotel con una pistola en la mano. No sabe qué hacer. Supone que ellos, tarde o temprano, lo descubrirán todo; tienen una prueba fidedigna en su tatuaje. En él, un hombre inyecta un veneno en el cuerpo de otro por medio de una aguja de tatuar. La perfección del dibujo lo convierte en una obra maestra, casi maléfica, como si no hubiera sido hecha por una mano humana. Parecía ser más bien una macabra fechoría del diablo.

Ahora se pregunta por qué lo hizo; por qué acabó con la vida de aquella persona de la cual no sabía siquiera el nombre, sólo que era un traficante clandestino de obras de arte al que Salgado no podía ni ver. ¿Qué lo llevó a tan erróneo pensamiento, a tan nefasta acción?

¿Tan mal se encontraba en aquel momento? Sí, fueron meses muy difíciles, realmente duros, sin medios físicos, ni aliento moral para seguir entre toda esa multitud que se agolpa a diario en las calles de esta ciudad, tan perdidos como él, tan absurdos como su existencia, tan vacíos como su propia vida… Pero también podía haber llegado a pensar que jamás tuvo un momento tan favorable para no saber que una mala racha acaba pasando o que se puede vivir eternamente en ella llegándote a acostumbrar a esa vida llena de mediocridad e incluso de calamidades. Ha intentado esconderse, aislarse del mundo, pero ya no hay solución.

Y a Salgado, ¿qué lo movió a buscar un arma humana que lo desembarazase de aquel supuesto estorbo? ¿Tal era su afán de triunfo, de dinero, para cegarse de esa manera y acabar con todo aquello que se le pusiera por delante, incluso con la vida de un hombre? ¿Y cómo demonios lo pudo convencer de aquel macabro propósito?

Un eterno y convulso cuestionario se agolpa en su cerebro, y pasa tan rápido ante sus cansados ojos que ni siquiera es capaz de encontrarle respuesta a una sola de las preguntas del formulario. Todo ha perdido el sentido en su vida.. Todo se ha perdido.

Suena el teléfono, y a Mauro le parece que suena de una forma especial, como si estuviese irritado, como si fuera una llamada crucial a la que no se puede relegar al simple eco de su sonido contra las paredes de la oscura habitación. ¿Y si fuera Eva? ¿Y si después de casi un año de reflexión se hubiera dado cuenta de que realmente lo amaba y lo que deseaba era estar junto a él? Eso, al fin y al cabo es algo digno de ser valorado.

Sí, está seguro de que la voz que aparecerá al otro lado del teléfono será la de Eva, y eso es, en este momento, lo único que puede hacer variar el rumbo de la situación en la que se encuentra; una palabra suya lo sacaría de la oscuridad en la que se halla metido. Él estaría dispuesto a tragarse todo el orgullo, y sería capaz de perdonarla tan sólo con que una frase de perdón saliese de sus labios. La necesita en este instante más que a nada en el mundo, como si con ella fuera capaz de hacer frente a cualquier problema.

—¿Eva?

—¿Qué? ¡Oye, Mauro, me he pasado toda la puta mañana intentando localizarte!

Mauro no responde. Un silencio agónico irrumpe en las líneas del teléfono a pesar del ruido de fondo existente, ya que Salgado llama desde una cabina o desde algún bar.

—Mauro… Mauro… ¿Qué diablos pasa?

—Se acabó, Salgado. La hemos jodido…

—¿Cómo que la hemos jodido? ¿De qué estás hablando?

Las palabras que Mauro acaba de pronunciar parecen un imperativo categórico, un vaticinio del que no se puede escapar, del que nadie ha de salir bien parado.

—Estoy perdido, Salgado, tengo la prueba en mi propia carne; es un tatuaje que delata mi crimen, que me convierte en el asesino. Es el fin. Ya no merece la pena seguir. Sí, voy a poner fin a todo esto.

—¿Qué? ¿Un tatuaje? ¡Oye, Mauro, no entiendo nada de lo que me estás diciendo, pero tranquilízate, no hagas ninguna tontería, al menos hasta que yo llegue, entendido! Me tienes allí en un cuarto de hora… y por amor de Dios, no hagas ninguna estupidez.

Mauro ha colgado el teléfono sin dejar que Salgado concluya su última frase. El representante, enfurecido, lanza el auricular contra el receptor de la cabina en la que se encuentra y sale corriendo de ella en dirección al hotel en que se hospeda Mauro. Está dispuesto a usar las piernas de la forma más veloz que le sea posible, pero un taxi se cruza en su camino y cree que es mejor detenerlo para que le lleve hasta el lugar.

—¡Al Hotel Olimpo, por favor, es urgente!

El coche se encamina hacia el hotel lo más rápido que le permite el denso tráfico del centro de la ciudad: la multitud de vehículos, los impertinentes semáforos. Por primera vez en su vida Salgado se encuentra realmente nervioso, excitado. Acostumbrado a tener todo siempre bajo control, siente que esta vez algo ha fallado y el final no va a ser el esperado. Justo antes de llegar a la entrada principal del lujoso hotel, Salgado distingue un inmenso tumulto que se agolpa en las inmediaciones de la puerta. Es sin duda un mal presagio. Baja del automóvil y no puede creer lo que ve en medio de aquella increíble aglomeración de gente: es Mauro, que ha saltado desde el sexto piso y yace en el suelo con la cabeza totalmente abierta. La policía tiene acordonada la zona para impedir que la gran cantidad de curiosos se acerque más de lo debido al macabro escenario del suceso. Aún así, Salgado, visiblemente alterado, consigue adentrarse en el cordón policial y presencia a pocos pasos cómo ha quedado el cuerpo de su representado. Es una imagen impresionante. Bajo un plástico dorado, con el que acaban de cubrirlo en ese mismo instante, se puede apreciar que la sangre aún brota de su cuerpo.

—¿Sabe quién es? —le pregunta con voz queda uno de los policías al verlo allí conmocionado—. Su cara está totalmente desfigurada…

—Creo que sí… —afirma Salgado sin dejar de mirar el cuerpo inerte de Mauro, al fin y al cabo, su criatura de final inesperado…

Es entonces cuando reacciona y gesticula nervioso.

—¡Un tatuaje, déjenme ver su tatuaje! Lleva un tatuaje.

—¡Ah, sí, es cierto! —interviene uno de los policías—. El cadáver tiene un tatuaje en uno de sus brazos, es un nombre, un nombre de mujer… Eva, creo…

—¿Eva?

—Sí, mire —el policía le enseña una foto hecha hace pocos minutos en la que se puede apreciar el tatuaje.

Por un momento Salgado se tranquiliza… Al menos él estaba salvado…

 

 

Iván Ávila Nieto nace en Valladolid el 28 de febrero de 1978. Comenzó su carrera literaria ganando dos años consecutivos el concurso de Cuentos de Navidad de su colegio. Desde entonces ha publicado artículos y relatos en varios fanzines nacionales como El Centinela, Nitecuento o Sangre y Acero. En 2002 editó, junto con otros miembros del Grupo Artístico Index, el libro de fotopoemas “A Retazos”. Ya en 2005 ganó el primer premio del III Certamen de Poesía Rafael Alberti de Valencia de Don Juan. También consiguió llegar con uno de sus relatos a la fase final de la selección del Visiones 2009.

Este es su primer cuento publicado en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con LEYENDA A LAS PUERTAS DE UNA SALA DEL MUSEO DE ARTE MODERNO, de Mauricio-José Schwarz; EL ÁGUILA TATUADA, de Víctor Conde; LA HUELLA DE LA BESTIA, de Gonzalo Hernández Sanjorge y DETRÁS DE LA PUERTA, de Sergio Bonomo.

Axxón 212 – noviembre de 2010

Cuento de autor europeo (Cuentos : Fantástico : Terror fantástico : Culpa : España : Español).


Una Respuesta a ““El Tatuador”, Iván Ávila Nieto”
  1. fastidiosa dice:

    me gusto con final tragico te felicito

  2.  
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