¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

Los dedos cambian de una tecla a otra con gran velocidad. La sala de chat a la que ha ingresado se llena de mensajes muy rápidamente. Allí, si se quiere ser leído por todos, hay que apurarse y, si es necesario, escribir dos, tres o cuatro veces lo mismo. Aunque tampoco es conveniente excederse, porque en caso de hacerlo siempre está la posibilidad de ser baneado.

Cristian vive con su esposa en un departamento en Palermo, sobre Libertador. Es gerente de una empresa de medios española, que ha incurrido en una práctica que, hoy en día, ya se ha tornado común: desembarcar en Argentina para conseguir mano de obra barata. No tiene hijos, pero en el futuro proyecta tener dos. Una nena y un varón, en lo posible.

Ahora está hablando con una mujer que vive, como él, en Palermo, y, según ha dicho, es casada y tiene cuatro hijos, dato que, por cierto, resulta irrelevante para una persona que quiere realmente a su pareja. O al menos dice quererla mucho. Aunque ese sentimiento, por otro lado, y en el mundo de Cristian, tiene un significado que deja fuera todo aquello que tenga que ver con el sexo, de manera que él la puede querer mucho a su mujer, a su “gatita” (así suele llamarla cuando está de humor, es decir, pocas veces), pero eso no quiere decir que no pueda, al mismo tiempo, tener un “encuentro fisiológico” con otra mujer. Una cosa, en el mundo de Cristian, no contradice a la otra. Así como tampoco se considera un engaño tener sexo virtual con alguien que esté dispuesta a mostrar su cuerpo luego de un arduo trabajo retórico, trabajo para el que él está bien preparado: ha estudiado con detenimiento la retórica aristotélica, la nueva retórica, la teoría pragma-dialéctica de los holandeses, y ha puesto en práctica esos conocimientos con excelentes resultados.

Luego de los clisés habituales que se utilizan para entrar en contacto con el otro, la mujer con la que está chateando ahora le ha preguntado en qué consiste su trabajo; pero él esta vez no ha dicho que su puesto es de gerente, como acaba de hacer con otra persona; a ella le ha confesado que, en realidad, su tarea consiste en cargar y redactar eventos que suceden en Valencia, bajo una identidad que no es la suya, en un portal de entretenimientos español. “A los españoles los engañan y a nosotros nos explotan”, acaba de decir. A lo que la mujer ha respondido: “Sí, y lo peor es que nos damos cuenta y nos gusta”. “Exacto. Y yo diría que no sólo nos gusta sino que…”.

Pero de pronto los dedos han comenzado a entumecerse. Recién recorrían el teclado con agilidad. Ahora apenas caminan con esfuerzo, como quien viene de un largo peregrinaje sin dormir. En su casa se escuchan ruidos, e irrumpe una voz de mujer que le arranca a su rostro un gesto de fastidio: “¿Te pensás quedar ahí toda la noche, Rodolfo? Si querés, te llevo una frazada y dormís sentado”.

Y entonces Rodolfo (llamémoslo así por un rato) comienza a construir las frases con las que se despedirá de la mujer con la que está chateando, pero sus dedos recorren el teclado armando las suyas, como si pudiesen discernir por ellos mismos lo más conveniente para esa situación, y al final ha resultado una frase tan ingeniosa que ni pensándola, reconoció él más tarde.

Ahora es el día de mañana de hace un rato, de ayer. Afuera es domingo y han comenzado a caer algunas gotas. Rodolfo se ha despertado y observa detenidamente a su esposa, que duerme con la boca semiabierta y respira muy fuerte; pero evita el contacto físico con ella, como cuando está enojado. Ahora mira el reloj: son las cinco y media de la mañana, así que vuelve a cerrar los ojos. Piensa. Ahora intenta no pensar. Se da vuelta. Se concentra en el ruido del reloj. Abre los ojos de golpe, los cierra. Se suena los dedos de los pies. Recuerda la primera vez que vio a su esposa, luego de acordar una cita en el chat. Mira el reloj nuevamente: ya son las seis; es decir, un horario en que tiene auto-permitido levantarse. Se levanta. Se dirige hacia la heladera, la abre y se sirve un vaso de jugo de naranja, que coloca sobre el escritorio de la computadora. Su mujer, en tanto, parece seguir durmiendo. En el mundo de Rodolfo, las mujeres duermen mucho. Diez, once, doce horas, y a veces más.

En la sala de chat hay poca gente. Sólo quedan los trasnochados, o aquellos que dejan encendida la máquina incluso cuando están durmiendo. O los robots de las grandes compañías, que generan publicidad automáticamente, no importa dónde.

Sólo hay dos mujeres: Jazmín y Pamela. Cristian saluda a una, copia el saludo y después lo pega en la ventanita privada de la otra. Ninguna contesta. Quizás pertenecen al grupo de los que dejan abierto el chat toda la noche. Pero no: unas líneas más arriba, allí donde van los mensajes generales, hay frases escritas por ambas. Si no contestan es porque deben estar hablando con otra persona, o haciendo otra cosa, visitando algún sitio. Quién sabe. Acaso ni siquiera sean reales.


Ilustración: Laura Paggi

Luego de esperar unos minutos, Cristian ya está casi por salir de esa sala; pero, de pronto, una de ellas contesta. Le dice “hola”, le pregunta dónde vive y la edad.

Cristian ahora tiene treinta y nueve años y es soltero. Vive en un departamento, en Caballito, y es jefe de recursos humanos de una empresa muy grande de la que no puede dar el nombre. Estuvo enamorado en varias ocasiones, pero sus parejas siempre lo han decepcionado. “Y eso que no exijo mucho”, está explicando ahora. “Sólo pido que sean leales, sinceras y buenas personas: nada más que eso”. “Ni nada menos que eso”, se apura en responder la mujer. “Hoy en día es muy difícil encontrar alguien de tales características. Estamos en el 2031, recordalo”. “Sí, en el 2031 después de Cristo, o en el año 19 después de… bueno, digamos después de lo que pasó en el 2012, como se cuenta ahora”. “Sí, bueno, como fuera, lo que te quiero decir es que yo también tuve varias decepciones. Muchas. Pero con el tiempo aprendí a no esperar mucho de los hombres o, lo que es lo mismo, a conocerlos mejor”.

Pero claro que él no es un hombre más, de esos de los que, con mucha razón, no se puede esperar nada. No pertenece a la raza de los previsibles, de los infieles, de los estructurados. Cristian es un hombre importante, con ideales caballerescos, que si debe sacrificarse por una doncella no lo piensa dos veces. Tendrá otros defectos, por supuesto. Pero a las mujeres las trata como se merecen, como los hombres de antes. Y así lo está aclarando él mismo ahora: “Seré un bicho raro, dirás; pero no podría dejar siquiera que una mujer pase un día sin una rosa. Sinceramente lo digo”.

Y lo ha dicho sinceramente, de veras. Porque Cristian es así en serio: un romántico, un galán. El marido ideal, casi para cualquier mujer (o, por lo menos, para las pocas que aún pretenden casarse). Todo lo contrario de Rodolfo, que ahora, por cierto, ha levantado la vista de la computadora y ha escuchado el ruido que hace su esposa al levantarse, mientras bebe el jugo que se había servido para satisfacer sus necesidades orgánicas.

“(…) Cuando terminé de estudiar letras”, continúa Cristian, pues la mujer le ha pedido que explique cómo ha llegado a ser jefe en una empresa importante, “conseguí trabajo en una editorial, a través, por supuesto, de un conocido. Allí mi tarea consistía en corregir tanto las obras literarias de los escritores, como los informes y boletines que algunas empresas enviaban y cuyo destino era una red interna. Era el tiempo de la guerra, el año 2015, o año 3, como quieras llamarlo. Argentina, Venezuela, Paraguay, Ecuador y Bolivia habían formado la Asociación Latinoamericana en Defensa del Agua y el Petróleo (ALDAP) —te cuento esto porque con diecisiete años dudo mucho que lo sepas, sobre todo teniendo en cuenta que ya han sacado la historia de los colegios argumentando que nadie necesita profesores que expliquen apenas diecinueve años de humanidad—. En el otro bando estaba Estados Unidos, naturalmente. Estados Unidos y la llamada “Coalición del Norte”, integrada también por Gran Bretaña, Rusia, China y Francia, entre otros. Ellos querían…”.

De pronto, Rodolfo ha sentido una mano sobre su hombro y se ha dado vuelta enseguida. Era su esposa. Los ruidos que había escuchado antes al final eran verídicos. Su esposa ahora está allí, y quizás ha leído lo que está escribiendo en el chat. Sus ojos son ojerosos y tiene el pelo revuelto.

“¿Ya arrancás con esto tan temprano?”, dice, fastidiosa. Pero él no le contesta, en parte porque no sabe qué decir y en parte porque no quiere ponerse a discutir tan temprano. “Son las seis y media de la mañana”, continúa entonces ella. “Las seis y media de la mañana y ya estás como un tonto hablando con esta máquina. ¿Tanto te duele la realidad que tenés que evadirte día y noche? ¿No te cansás de mentir tanto? ¿Es mejor la máquina, son mejores las mujeres virtuales que yo? ¿Acaso no te satisfago? ¿Para qué cazzo te casaste entonces conmigo, eh? Te lavás la ropa solo, la planchás solo, incluso te cocinás solo… ¿Era necesario?

Rodolfo la escucha atentamente, pero no le responde nada, como si fueran (y quizás lo son) preguntas retóricas. Simplemente, la deja que se descargue. Sabe muy bien que no la está haciendo feliz y que ha cometido demasiados errores. En parte le da pena ella. Pero bueno, no puede hacer nada. Le hubiese gustado que las cosas se den de otra manera, pero ahora ya están así. Una lástima. Mientras hablaban en el chat había sido todo muy lindo, ambos habían encontrado que tenían una afinidad especial, que compartían casi los mismos gustos; pero, luego, en la convivencia física —está pensando Rodolfo ahora, mientras su mujer regresa a su habitación—, las cosas se dieron vuelta completamente, demostrándoles a ambos que una buena relación es algo más que tener los mismos gustos. Aunque tampoco tienen exactamente los mismos gustos… Pero no importa.

“La Coalición del Norte, te decía”, continúa Cristian ahora, “era un conjunto de países que se había reunido para obtener agua de los países latinoamericanos. Ellos venían acá, invadían y, grosso modo, argumentaban que lo hacían por nuestro bien”. “Sí, está muy bien lo que decís”, interrumpe ahora la mujer. “Es interesante y es bueno saberlo. Pero… ¿qué tiene que ver con lo que me estabas por contar?”. Entonces responde Cristian: “Es que aún no terminé. Ya lo vas a ver. Yo trabajaba, como te dije, para un grupo editorial muy grande, ¿no? Bueno, la cuestión es que cierto día viene un tipo de traje y entra en el despacho de mi jefe. En la oficina, como era el horario del almuerzo, había poca gente. Yo seguramente ya habría sospechado algo raro, porque en ese momento había dejando lo que estaba corrigiendo y me había puesto —disimuladamente, por supuesto—, cerca de la puerta para escuchar lo que decían”. “¿Y qué decían?”, interrumpe de nuevo la mujer, acaso en señal de que está escuchando y no se ha ido. “Al parecer el tipo”, continúa Cristian, como siempre manejando diestramente la conversación, “pertenecía a un grupo rebelde relacionado con el ALDAP, que, por si no te acordás, es la Asociación Latinoamericana en Defensa del Agua y del Petróleo. Bueno, no pude escuchar mucho de lo que se habló ahí, pero hubo un detalle que me llamó mucho la atención, un detalle por el cual he llegado a descubrir algo que hizo que me tuviera que esconder por los siguientes cuatro años…”. “¿Qué pasó?”, le pregunta la mujer, acaso entregada a un pacto ficcional sin darse cuenta. “Lo que pasó”, responde Cristian inmediatamente, “fue que el tipo en realidad trabajaba para Estados Unidos, para los malos, para…”.

Pero la conexión se ha interrumpido de golpe y la ventana del chat se ha cerrado sin causa aparente. Entonces Rodolfo, que mientras se desarrollaba la conversación pensaba en su esposa y tomaba jugo, maldice su suerte e intenta volver a conectarse; pero no puede: a cada intento surge un mensaje de error diferente, así que decide reiniciar la máquina. Mientras tanto, va hacia la cocina, abre la heladera y llena de nuevo su vaso con jugo de naranja. Su mujer aparece abruptamente detrás de él, por segunda vez en el día. En su cara —observa Rodolfo— comienzan a abrirse pequeñas grietas que, apenas en un instante más, dibujarán un gesto de resignación. Junto a ella hay una valija roja de cuero, de las antiguas. Casi no hace falta decir nada, pero ella de todos modos habla, acaso porque necesita hacerlo. “Me voy”, dice. “Me voy; ya no soporto más esta situación, esta pareja… que de pareja no tiene nada. Esta vida que de vida no tiene nada. Esta muerte perpetua que de muerte no tiene nada porque en mi vida incluso eso está vacío. Pero… ¿qué te digo a vos si ni siquiera te importa y además no entendés nada? Si por lo menos me hablaras, si aunque sea me mintieras, como hacés con las señoritas con las que hablás en esa máquina de porquería, en esa máquina que… ¡Basta, basta! Ya no más, Rodolfo. Me voy. Ya es muy tarde para todo. Lo he intentado una y mil veces, pero no funciona. Vos no vas a cambiar más. Me voy. Me voy”, concluye rotundamente, esforzándose por no derramar siquiera una lágrima. Luego agarra la valija, la levanta con esfuerzo y se dirige poco a poco hacia la puerta.

Rodolfo la sigue con la vista y en ese instante le hubiese gustado tener un poquito de la retórica que tiene Cristian, por lo menos para consolarla y que no se vaya de allí tan triste. Pero él también lo ha intentado en varias ocasiones, sin ningún resultado. Lo único que puede hacer en ese momento es acompañarla, quizás ponerle una mano sobre el hombro. Además, ya es muy tarde para las palabras. Pronunciar alguna ahora lo único que haría es empeorar la situación. Acaso cualquier cosa que diga en este contexto sería considerada por ella una burla, que transformaría su resignación en un rapto de ira. Así que no, ¿para qué?

Rodolfo acompaña a su mujer hasta la puerta. Camina detrás de ella, sin animarse a ponerse a su lado. Recién ahora empieza a comprender lo importante que era su esposa en su vida y lo mucho que va a echar de menos su ausencia. Tantos años bajo un mismo techo (y esto es algo que, por cierto, ella decía mucho: “estamos bajo un mismo techo y no hacemos otra cosa que eso” ) no podrían olvidarse fácilmente.

Cuando llegan finalmente a la puerta, su esposa pone una mano sobre el picaporte y lo mira por última vez. Como si le diera pena, lo mira. Sus ojos ya no tienen ningún rencor ni reproche; ahora en ellos hay más bien cierta comprensión y ternura, aunque no la suficiente como para quedarse. Rodolfo lo comprende y lo acepta. Sabe que ya la ha hecho sufrir demasiado y que se merece un hombre que la quiera más o, al menos, que pueda acompañarla más. La pareja, ahora sí, está totalmente terminada.

Pero al girar por fin el picaporte, su esposa se detiene y pega un grito involuntario. En el umbral, frente a ella, hay un hombre de bigotes y, junto al cordón de la vereda, hay dos más arriba de un Mercedes. Cada cual se mira como si el otro constituyese una amenaza y la tensión se apodera de todos.

—¡José! —exclama de pronto el hombre al ver a Rodolfo, y en su cara se dibuja rápidamente una sonrisa victoriosa—. Veo que finalmente nos hemos encontrado. Tantas idas, tantas venidas, y al final hete aquí, en Barracas, justo cuando habíamos dejado de buscarte. Espero que ahora no seas tan habilidoso como antes para la fuga porque… —el hombre abre su mochila, agarra una botella de agua y se la ofrece con ironía—. Tomá, ¿querés?

Entonces Rodolfo, o José, o Cristian, mira compungido a su esposa; pero en seguida vuelve la vista al hombre y agacha la cabeza, como entendiendo que esta vez le ha tocado perder la partida.

—No, gracias —le responde—. Sólo quiero… quiero…

—Hablá, ¿qué querés?

—Quiero… despedirme de mi esposa, ¿puede ser? Es sólo un instante.

—¿Tu esposa? —el hombre mira alrededor y después se ríe ruidosamente—. Siempre tan esquizofrénico vos, José. Vamos, apurate y cooperá, porque la verdad, no tengo ganas de lastimarte. Dale.

 

 

Gonzalo Santos es profesor de Lengua y Literatura, graduado en 2008, y actualmente está haciendo un postgrado, una diplomatura en Ciencias del Lenguaje. Trabaja en varias escuelas secundarias estatales de la provincia de Buenos Aires y en un profesorado, también estatal, al que accedió por concurso y donde tiene a cargo la cátedra Taller de lectura, escritura y oralidad.

Además de haber publicado algunos cuentos en Axxón, ha obtenido una mención de honor en el concurso de poesía de la revista Artesanías Literarias, y en abril de 2010 apareció un relato suyo en la revista Aventurama.

Sus influencias literarias y filosóficas son el teatro del absurdo, el existencialismo de Sartre y el primer Heidegger, alguna página de Foucault, la narrativa de Saer, los universos de Kafka, la poesía de Pizarnik, las novelas de Arthur Clarke.

Ha aparecido en Axxón con los cuentos PERSONALIDADES, PERSONALIDADES II: AUTÓMATA DE BUENOS AIRES y EL CONSERVACIONISTA.


Este cuento se vincula temáticamente con ANOCHE-SER, de Adrián M. Paredes; AVATAR, de Laura Ponce y SECRETO DE CONFESIÓN, de Federico Schaffler.

Axxón 214 – enero de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia ficción : Alucinaciones, visiones : Realidad virtual : Argentina : Argentino).



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