¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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MÉXICO

 

Me hallaba de pie en la sala de espera del espaciopuerto, contemplando las naves ir y venir, con el último holomensaje de mi hermana Gretel cargado en mi memoria. Me agradaba repasar sus holomensajes, aunque en ellos descargara toda su bilis contra mí.


Ilustración: Maléfico

El tablero anunciaba que el Trovador III estaba a punto de llegar. En el pasillo, todas las miradas se posaron sobre la última pasajera, como si se tratara de un desfile de moda. Tenía razones para deslumbrarlos: medía más de dos metros, iba provista de una armadura escarlata que la hacía ver como un cangrejo. Su rostro lucía pálido y sus párpados se sostenían con esfuerzo. El casco le cubría la circunferencia del cráneo como un verdadero traje de skie. Al movimiento de cada una de sus articulaciones, dejaba escapar un elegante sonido hidráulico. Sus miembros artificiales se accionaban automáticamente, controlados por señales mioeléctricas. Una maraña de alvéolos salía por la nuca hasta conectarse en su correosa espalda, haciéndola parecer a Medusa. Daba la impresión de ser tosca y torpe; era como ver a un gorila bailar con el Ballet Bolshoi. Incluso así lucía encantadora.

Había hecho cuatro recambios en los últimos dos años, una cifra que pocos alcanzan a hacer. La vida podía ser estimulante en el satélite, pero tenía un precio difícil de pagar. Aquí, en Tierra, las cosas estaban al alcance de la mano, pero la gente llevaba una existencia magra y aburrida. Gretel buscaba su última oportunidad, así tuviera que picar piedra para conseguirla.

Apenas movió sus delgados labios cuando se dirigió a mí:

—Te reconocí al instante, Han. —Sus característicos ojos color azul se clavaron en los míos.

—¿Gretel?

—Sí, soy yo. Las preguntas para después, ¿quieres?

—Lo que tú digas —dije, sin dejar de contemplarla—. Supongo que no tiene importancia.

—No, no la tiene.

Entramos a una cafetería del espaciopuerto. Ella pidió una horrible mezcla de alcohol con betabel y yo una Coca- Cola.

—¿Dónde vives? —preguntó, alejada de mí como si fuera un leproso.

—En el centro —contesté—. No es el gran lujo pero es espacioso.

—¿No es el gran lujo, dices? —Sus cejas se alzaron con antipatía.

—No te preocupes, está limpio. Ya he invitado a algunas chavalas y no escuché quejas de ellas. Puedes escoger un hotel de cinco estrellas, si quieres.

—Entonces, vete al diablo, oh querido hermanito —masculló, sin dejar de lanzarme centellas por los ojos.

Intentaba algo que pudiera cambiar la conversación, pero fracasé. Su defensiva surgió con tal espontaneidad que no pude acertar a disimular mi malestar con evasivas o atenuar la brusquedad en mis gestos.

Nuestro primer encuentro en años resultó ser un fracaso.

 

 

Abrí de golpe la puerta de mi apartamento. Gretel tuvo que agacharse para pasar por el marco y casi tropezó con las protuberancias que salían de la alfombra.

—Disculpa por los cables —dije—. Tuve que usar el piso debido a que las paredes no soportaban tanto calor.

Deambuló por toda la sala, con una mirada parca e indiferente, arrojando una mirada a los audiolibros de ciencia y a los aparatos desarmados que proliferaban. Sus pisadas resonaban en la madera como tabiques de alta densidad.

Hice un clic con la cabeza y escogí algo de bosanova para ambientar. También preparé algo de comer. Tomé asiento en la mesa y Gretel se conformó con poner una rodilla en el suelo. Nos encontramos sin nada que decir y mantuvimos el silencio por mucho rato.

Gretel hizo una extraña mueca con los dientes. Con su exoesqueleto mecánico lucía como una estatua de Afrodita, justo en medio del Olimpo para ser contemplada por los visitantes. Me sonrió. Por primera vez me había sonreído y no pude disimular la sorpresa.

—Leí tu último holomensaje. ¿Dices que tienes una cita en Silbercom? —preguntó por fin.

—Sí, mañana en la tarde —dije—. Al parecer, se interesó por el folletín que elaboraste. Espero que no me arrepienta de haberte invitado.

—¿Quién trabaja contigo?

—Hasta ahora mi organización cuenta con un solo miembro: yo. Tuve que costear mi invento por mis propios medios. Creo que ha valido la pena.Bien, aquí tienes tu oportunidad, Gretel.

—Es lo que espero: una buena oportunidad.

—Escucha, criatura —dije, con un tono tranquilizador. Conduje su pesada mole a la luz y volví a tomar asiento; ella hizo lo mismo—, quiero hablarte de algo importante. Este invento tiene una aplicación mercantil o de publicidad nunca antes vista. Hace un mes lo descubrí. Aún es muy inestable, pero con un poco más de investigación y los fondos suficientes puedo llegar a dominarlo. La única persona capaz de consentir esto y usarlo en un negocio rentable es Silbercom.

—Y su competencia —añadió ella—. Cuando tienen muchos enemigos, estos tipos están dispuestos a arriesgar más de la cuenta. No suelen medir las consecuencias de sus actos.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, intrigado.

—Hoy en día no se buscan herramientas, sino armas —contestó, esta vez con un parpadeo—. Un arma que pretenda dejar fuera a la competencia, y eso me hace pensar que los días de competencia leal y pactos de caballeros se han acabado. Encontrar socios leales es difícil: uno nunca sabe cuándo le enterrarán un puñal en la espalda después de haber firmado las escrituras de la casa. Es una suerte que hayas pensando en mí para inclinar la balanza a nuestro favor. No soy muy ambiciosa, ¿sabes?

—No, no lo sabía —mentí.

Llegó el momento de dormir. Ella sabía que iba a tener una noche difícil: el exoesqueleto puede servir para cualquier cosa, excepto para jugar a las escondidas y echar sueño. Al poco tiempo me pidió que la ayudara a despojarse de él, debido a que la gravedad comenzaba a cobrarle factura. Yo iba depositando cada una de las piezas en un maletón. Debían pasar ocho horas hasta que se enfriaran para usarlas de nuevo.

Cuando quedó completamente libre, me sorprendió aún más su aspecto. Realmente era escuálida, sin embargo, conservaba su buena dotación de carne en los lugares en los que realmente la necesitaba. Su cuello era tan frágil como una rama, su espina dorsal sobresalía en la parte inferior de su espalda y sus ojos se hundían todavía más. Sus pechos no eran más grandes que un piquete de mosco, pero sus pequeñas nalgas hacían dos deliciosos bultos. Debo decir que la miré a conciencia en ese momento, aunque después se me estampó su bella imagen en la mente. Me pidió que la alzara y la llevara a su habitación.

Minutos después, abrí sigilosamente la puerta y la contemplé desde el quicio. Su rostro era idéntico al mío y su lecho se parecía a la ostra de Venus. Rápidamente me despojé de mi ropa y alcé la delgada sábana para acostarme junto a ella. Dormía boca arriba, con su perfil recortado bajo la luz del exterior. Con mi mano derecha casi rodeé su angosta cintura. Arrojé un fleco suyo hacia atrás, rozando intencionadamente su mejilla. Su ombligo me incitaba cada vez más al acto.

Ella abrió los ojos, totalmente paralizada, y me miró de lado.

—¿Acaso quieres partirme en dos, idiota? —preguntó, con un gruñido.

—Yo… no. Por supuesto que no.

—Entonces no me toques.

Me siguió con la mirada hasta asegurarse de que yo había abandonado la habitación.

 

 

Nos dirigimos al rascacielos de cien pisos que albergaba Silbercom. Yo parecía un actor novato que recita su diálogo antes del estreno de una obra de teatro; era algo incómodo pero debía hacerle frente a esta presión. Me pregunté si Pierre y Marie Curie habrían tenido el mismo problema.

Llegamos rápidamente al piso 99 en un cilindro de presión y la puerta se deslizó en el acto. Gretel me advirtió:

—El que nos aborden con rapidez no quiere decir que seamos muy importantes. Si por ellos fuera, nos dejarían diez horas esperando. Deben cumplir con exactitud sus compromisos. ¿Entiendes lo que digo?

—Muy claro, hermanita. Como tú digas.

Justo detrás del fino escritorio se encontraba Eddie Silbernagi, director de operaciones de Silbercom. Era un hombre de anchos hombros y aspecto astuto, su barbilla estaba azulada por una magnífica afeitada. Examinaba con expresión interesada un folletín de nuestra empresa ficticia. Alzó la mirada y fue a recibirnos. Su sonrisa era tan engañosa como la de un político.

—Encantada de conocerlo —dijo Gretel.

—Mis colaboradores han quedado impresionados por su giro comercial, dama y caballero —observó Silbernagi, con una mano en su barbilla—. Por lo que me han dicho, sus actividades son realmente novedosas.

—Así es, licenciado Silbernagi —dijo Gretel—. Pero no debe pensar que esto es un simple estudio. Nuestra sociedad ha sido aprobada por los más altos estándares de manejo y calidad.

Silbernagi la miró, enseguida depositó el folleto sobre la mesa. Gretel asintió con interés y eso me impresionó: ni el ejecutivo más grande hubiera tenido ese comportamiento ante un monstruo corporativo como Silbernagi.

—Eso es algo que no deja de intrigarme —dijo éste—. Nosotros somos una compañía que se encuentra en total expansión por todo el Sistema y estamos a punto de abandonar la matriz por cuestiones de lógica. Nos transferiremos ladrillo por ladrillo a Cúpula Tycho. El punto es que ustedes ignoran por completo que la Tierra ha dejado de ser un planeta de negocios.

—Licenciado Silbernagi —dijo Gretel—. No podemos estar más de acuerdo con usted, excepto en una cosa: nosotros no hemos venido a buscar una alianza.

—¿Qué dice? —preguntó Silbernagi. Su tono melodioso había desaparecido.

—Por favor, permanezca tranquilo. No venimos a perjudicarlo. En realidad, no representamos a ninguna clase de sociedad mercantil. Somos unos simples comerciantes. Tenemos algo que tal vez le interese, y hemos decidido que la mejor manera de hacérselo saber es hacernos pasar por una compañía importante.

Silbernagi se mordió los labios al mismo tiempo de que nos examinaba con más suspicacia.

—Permítanme un momento.

Pensé que estaba por oprimir el botón de «MUERTE». La pantalla se encendió. En ella apareció una apetecible trigueña con una sonrisa.

—No me pase recados de ningún tipo —dijo Silbernagi—. De ningún tipo.

—Sí, licenciado —dijo la trigueña.

La pantalla se apagó. Eddie Silbernagi volvió a recuperar la expresión anterior.

—No me malinterpreten, pero ustedes son lo que yo llamo «artesanos». Colocan sus productos a la vista de todos en espera de que alguien los compre en la calle. Pero ¿qué pasaría si no hubiera a quién vender? Recurrirían a la venta ambulante, casa por casa. Ustedes han tocado a la mía de la manera más ocurrente para venderme un producto. Deben ser muy optimistas.

—Muy optimistas, licenciado —aseguró Gretel.

—Bien, veamos de qué se trata.

Mostré el pequeño emisor-receptor de datos que reposaba sobre la palma de mi mano. Era un artilugio burdo y tosco; Silbernagi debió pensar que era una reliquia sin valor.

—Es perfecto —dije, con un tono de orgullo—. Sin conexiones neuronales, sin transmisiones a microondas. No necesito usarlo como injerto, ni siquiera como panel. Puedo pasar desapercibido con él y lo mejor es su interior: nanobots replicantes. ¿Comprende lo que eso significa? Significa que pueden servir como una fábrica para hacer una reproducción masiva.Funcionan a partir de la recolección de materia inorgánica desechable. Permítame darle detalles. —Me aclaré la voz y lo miré directamente a los ojos—. Diferentes materiales, al ser expuestos a condiciones fuera de su ambiente, liberan cantidades significativas de su propia materia al oxidarse, corroerse o erosionarse, materia que mis nanobots sintetizan en pequeños bloques para reconstruirlos.

Silbernagi aprobó con la cabeza. Continué:

—Estos organismos tienen la función hoy en día de realizar operaciones médicas sin la más mínima intervención del hombre y también pueden ahorrar tiempo en la elaboración de un objeto gracias a sus comandos implementados.

—¿No cree que haya riesgo de toxicidad? Quiero decir, ¿son peligrosos?

—Eso es lo que en cierto sentido estipula el mito de algunos científicos. Nuestros nanobots son capaces de identificar cuándo se llega a cierto nivel tóxico o radioactivo. Interrumpen la secuencia y, después de un breve tiempo, comienzan a recapitular todo el proceso.

—¿Puede hacer una demostración?

Me llevé el dispositivo de almacenamiento a la ranura de mi cabeza y comencé a descargarlo. Sentí el característico dolor de cabeza que me viene cuando hago eso: no siempre toda descarga es gratis. Abrí los ojos y con los dedos en la boca formé una tenaza. Comencé a expulsar la esfera, era tan duro como cagar un ladrillo. Los ojos casi se me salían de las cuencas.

—Aquí… está… —mascullé, con poco aliento.

La tomé con manos temblorosas. No era más grande que una lata de cerveza y su peso era tan ligero como el de una pelota de tenis. Sus bordes metálicos eran tan perfectos que la luz de la estancia corría libremente sobre su circunferencia. Las yemas de mis dedos la tantearon en busca del punto exacto.

—Permítame su bolígrafo, licenciado Silbernagi.

Lo coloqué en la superficie de la mesa. Súbitamente, el bolígrafo fue engullido por la superficie de metal.

—En este momento mis replicantes están reconociendo la estructura plástica del bolígrafo, incluida la composición química de la tinta, para crear moléculas gemelas.

La esfera dejó ver una pequeña protuberancia. Ésta comenzó a extenderse y a sobresalir del contorno. Ahora se había convertido en una réplica fiel del bolígrafo original. Silbernagi tomó los dos, sin saber cuál de ellos era el suyo.

—Oiga, usted sí que es una caja de sorpresas. ¿Qué más tiene en su cabeza?

—Eso le costará más —cortó Gretel—. ¿Tenemos un trato o qué?

Silbernagi la observó, ligeramente molesto. Se volvió hacia mí y dijo:

—Lo felicito por su invento, jovencito. Es obvio que usted domina este campo y, sobre todo, que es un habitante de la Tierra, y eso, permítame decirlo, no se ve todos los días. Creo que puede tener múltiples aplicaciones en mis negocios. Pero por ahora deben darme tiempo para someterlo a la Junta Directiva. Es el proceso normal.

Gretel cambió de postura e hizo vibrar su exoesqueleto.

—¡Oiga! No crea que somos idiotas. Esto no es lo que queríamos. Usted puede hacer con él lo que quiera: uso doméstico, uso comercial, yo qué sé. Nosotros le ofrecemos un producto que puede cambiarle la vida. No necesita pensarlo.

—Tiene razón pero… ¿cree que pueda obtener otro a partir del prototipo? Hacer que se reproduzcan por sí solos. Me interesa obtener un colectivo de replicantes para crear infinidad de objetos. Uno solo no abarcará el mercado de Silbercom y todas sus aplicaciones.

—No veo de qué forma hacerlo —observé.

—¿Qué tal un espejo? —intervino Gretel—. Podemos hacerles saber con una simple imagen que son ellos mismos el objeto al cual queremos reproducir.

—No está mal —consideró Silbernagi.

Gretel expulsó un compartimiento de su muslo y sacó un espejo del tamaño de su mano. Lo acercó a sólo unos cuantos centímetros de la esfera. Por unos momentos no sucedió nada. La esfera rodó medio cuerpo lentamente, hasta posarse casi de frente a su propia imagen. Una pequeña ola vibró en su superficie, le sucedió un ligero temblor. Enseguida se sacudió.

—¡Lo va a hacer! —gritó Gretel.

La esfera comenzó a engullir la parte inferior del espejo hasta que terminó por cubrirlo como una capa de chocolate. Lo deshizo hasta transformarlo en estado líquido. Crestas y vaivenes se encumbraban y resbalaban en explosiones lánguidas, sin que quedara ningún vestigio de la forma original. Durante una fracción de segundo se me oprimió la garganta. Gretel estaba nerviosa, como si adivinara que iba a pasar algo. El licenciado Silbernagi, sentado del otro lado de su escritorio, se puso tieso, sin quitarle la mirada de encima a mi océano replicante.

La masa se apaciguó, pero comenzó a abandonar otro fragmento de proporciones menores. Volvió a su forma original, al igual que el otro.

Ahora había dos esferas.

Las facciones de Silbernagi se endurecieron. Fijó la vista en mí y tragó saliva.

—Mhh —musitó.

Gretel se llevó los puños a las caderas.

—Ahí lo tiene —dijo—. Y como a usted le interesa adquirir al mayoreo, a nosotros nos agradará el pago inmediato y, por supuesto, justo.

—Dos mil jornadas —propuso Silbernagi.

—¡Pero el costo de producción fue de mil! —protesté.

—Ese es el precio, amigo. Tómelo o déjelo.

Gretel y yo nos miramos, tratando de ponernos de acuerdo. Terminé por ceder.

—Trato hecho —declaró Gretel—. ¿Quiere ponerlo por escrito?

Silbernagi mandó llamar a la secretaria para que trajera un talonario. Elaboró el cheque en segundos y se lo extendió a Gretel para que lo firmara. Estaba a punto de hacerlo cuando algo la interrumpió.

—¿Oyen ese sonido? —preguntó.

—Parece un ronroneo —observó Silbernagi, rascándose con inquietud el mentón.

Dirigí la mirada al escritorio y no pude disimular que algo no estaba bien.

—¡Oh, no! —musité.

—¿Qué pasa? —preguntó Silbernagi.

—¿Alguien sabe dónde quedaron las esferas?

Llegó un quejido de metal desgarrado, como si el frío intentara encoger la materia más resistente. Miramos debajo del escritorio de Silbernagi, incluso Gretel hizo el esfuerzo. Las esferas se habían reagrupado y multiplicado en decenas, como si fueran cajas de huevos recién vueltos a la vida.

—¿Qué sucedió? —preguntó Gretel, abarcando con una sola mirada todos los detalles.

—Al parecer el proceso todavía no terminaba. Mientras discutíamos, ellos dedujeron que eran el objeto a replicarse. Creen también que el escritorio es un material de desecho.

De nuevo se escuchó el mismo sonido de metal. El escritorio se convirtió en una masa de múltiples protuberancias, una encima de la otra.

—Tenemos que salir de aquí —dije.

—Esta es mi oficina —reclamóSilbernagi, entre la lealtad a su segundo hogar y la angustia más desordenada.

—Entonces que así sea —me dirigí hacia Gretel—: No debes dejar que te estudien, mucho menos que te toquen o pueden sacar la conclusión de que eres un objeto obsoleto.

—¿Crees que dejen de reproducirse? —preguntó.

—Lo dudo, a menos que rompamos la secuencia.

Gretel miró su exoesqueleto como si estuviera en ropa interior enfrente de un lascivo grupo de romanos.

La sujeté por la muñeca y tiré de ella; apreté el paso como quien desea salvar su vida. Silbernagitomó sus antigüedades del aparador y corrió rápidamente; su rostro era una mezcla de horror y angustia. Un charco plateado se escurría por el suelo de la oficina y más allá de sus límites. En poco tiempo todos los objetos fueron sustituidos: no eran más que protuberancias inestables que no tardaban en convertirse en fieles réplicas de la esfera. Todos comenzamos a dirigirnos hacia las puertas.La secretaria tuvo un ataque de pavor al ver que los controles de seguridad no respondían: la instalación solar había sufrido un desperfecto.

Ya fuera de la oficina, Gretel cargó un mueble e hizo una barrera con él para atrancar la puerta. Los demás tomamos cuanto vimos útil e hicimos lo mismo.

—Con eso será suficiente —dijo Silbernagi.

Yo tenía mis dudas.

Varios elementos de seguridad que se detuvieron ante la presencia de Silbernagi miraron con incredulidad la puerta mientras era invadida. La primera esfera sustituyó al pomo de cuarzo y enseguida le tocó el turno a las paredes colindantes.

Uno de los guardias disparó su arma de fuego, aumentando la descarga a proporciones semiatómicas. Era inútil: la masa engullía las descargas fácilmente. Observé cómo los marcos de la puerta caían bajo su propio peso hasta desvanecerse en el núcleo de la masa que se agitaba y se multiplicaba. De los mandos de seguridad brotó otra esfera. Ya habían desparecido las paredes, y el zócalo comenzaba a morir para renacer en nuevos elementos. La máquina de café fue tragada por completo. Ante nuestros ojos el cielo raso, las cornisas, los archiveros y las macetas con plantas se desgajaban de sus viejas pieles. Las luces de recepción solar se deshicieron y los pasillos quedaron en penumbras.

Logramos seguir en pie el tiempo suficiente para ver las etapas de demolición. A mi alrededor se movían los empleados nerviosamente; en el ambiente flotaba una ácida sensación de miedo y sobresalto. Un instante después nos apretujamos en el elevador.

Durante un segundo sentí el exoesqueleto de Gretel antes de que la corriente de la turba la apartara de mí. Luché contra la marea, tratando de encontrarla. El elevador se atoró y dejó de funcionar; a decir verdad el efecto gravitante lo mantuvo a salvo de caer, pero algunos empleados trataron de descender por la abertura.

Supe que se dirigían a una muerte segura, por lo que intervine:

—Vamos, cálmense; estoy seguro que encontraremos una salida.

Renunciaron a su intento y entonces me di cuenta de lo que estaba sucediendo: muchos de ellos yacían en el suelo, algunos desmayados, otros lesionados. Los gritos de terror contrastaban con la silenciosa marcha de las esferas mientras alteraban la estructura del edificio. El techo se inclinó en ángulos improbables y el piso comenzó a ondular en forma extraña.

Por un momento sentí que todo a mi alrededor se paralizaba, ya que no podía avanzar ni liberar siquiera un miembro.

De pronto fui empujado hacia un resquicio junto a la pared; no había ningún otro hueco disponible, pero tuve la oportunidad de escuchar claramente las pisadas de Gretel.

—¡Gretel, aquí! ¡Aquí estoy!

De forma resuelta, avanzó hacia mí. Hizo a un lado a toda esa gente como si se tratara de una institutriz en un jardín de niños.

Comenzaba a perder el aire cuando ella llegó hasta mí.

—¿Puedes sujetarte de mi cuello? —preguntó.

—Si hace falta —alcancé a decir.

La gente trató de subirse encima de ella, pero Gretel se deshizo de ellos.

—¿Sabes cómo salir? —pregunté—.Es decir… ¿puedes ver?

—Por supuesto — y añadió, como si eso lo explicara todo—: Visión infrarroja.

Nos abrimos paso entre montones de gente confundida; dejamos atrás obstáculos que aparecían y se esfumaban en pulsaciones alocadas. Alcanzamos las escaleras, con Gretel avanzando de tres en tres escalones. De pronto se detuvo.

—Mi traje… —dijo con un hilillo de voz lleno de desdicha—. Lo han tocado.

—¿Dónde?

—En el hombro. Son tres.

—¿Cómo lo sabes?

—El sistema del traje los detectó. Tengo que quitármelo.

Encendió una luz próxima a su hombro. Ahí estaban, con un calor reciente emanando de sus cuerpos. Tuve que apresurarme para abrir los broches y sacarla de todo ese metal. Cuando terminé, gran parte de la armadura estaba siendo atacada por la masa.

—¡Abrázame, Hansel!

Salté sobre ella y la obedecí tratando de no ejercer demasiada fuerza. Los contornos de sus pómulos emergían debajo de sus ojos impacientes. La tomé con delicadeza por su liso vientre, mis brazos lograron el mejor cuenco que podía existir.

Podía pensar en muchas cosas: en la muerte que se avecinaba, en los proyectos que nunca vería completados, en mis viajes por el Sistema. Pero sólo me quedé hechizado por su encanto. Ella lo intuyó en mi mirada, y esperó pacientemente algún movimiento mío; después de todo, éste iba a ser el último acto afectivo de su hermano gemelo. Acerqué mi rostro al suyo y besé sus labios. Por un maravilloso momento fui correspondido.

Se apartó y me susurró:

—Podemos hacer el esfuerzo.

—No sé cómo.

—Sólo el esfuerzo…

Corrí hacia las escaleras más próximas con Gretel en brazos; no soy un hombre de músculos, por lo que soportarla era como levantar dos costales de harina sin faja. Me concentré únicamente en mover las piernas lo más rápido posible.

Salimos a un pasillo en el que varias personas corrían despavoridas. Una de ellas me empujó y casi estuve a punto de caer y aplastar a Gretel. Me enfadé pero continué la marcha. En un recodo advertí una luz que me resultó familiar. Era el vestíbulo, o lo que quedaba de él. Sus paredes comenzaban a metalizarse, aunque algunos resquicios estaban aún libres. En poco tiempo nos encontramos fuera del edificio que latía y se agitaba igual que una sustancia enloquecida.

Situado sobre la tierra del centro corporativo, el edificio había cobrado otra forma. Ahora yacía ahí la esfera de metal. Su nivel de crecimiento ya era mínimo.

La policía había formado una valla de seguridad para contener a la gente. Periodistas, paramédicos y público observaban, petrificados, aquel estúpido monumento.

Cuando acosté a Gretel sobre una camilla noté que alguien nos había seguido. Se trataba de Silbernagi.

—Aguarde —dijo—. Aún falta cerrar nuestro negocio de réplica.

Moví confundido la cabeza.

—¿Qué quiere decir con eso? —inquirí.

—¿Recuerda mi comentario acerca de abandonar la Tierra? Pues ahora pienso hacerlo. No se preocupe: mi seguro cubrirá los daños.

—Es un proyecto fallido —dije con frustración—. No sé de qué forma le puede interesar.

—Tenga. —Me dio una lista con los nombres de varias compañías desperdigadas por todo el Sistema—. Mis competidoras. Ahora haga lo mismo con ellas.

—¿Me está diciendo que mi invento es, después de todo, un arma?

—Es un excelente producto armamentista, amigo. Incrementaré su paga al doble. El traje cibernético de su adorable hermana va por mi cuenta. ¿Qué dice?

Miré el rostro huesudo y afilado de Gretel; sospeché que había escuchado nuestra conversación porque la vi esbozar una sonrisa. Tenía una muy buena experiencia en mercadotecnia; sabía lo que podía hacerse con un producto como este.

—Vaya, tal parece que tenías razón —le dije—: Nada más deja que tenga mi propio exoesqueleto y encuentre una clínica de recambio.

Siempre me agradaron las peleas justas.

 

 

Mauricio del Castillo nació en la Ciudad de México, en 1979. Es licenciado en la carrera de comunicación por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México. Pasa su tiempo libre dedicado a la lectura y a la imaginación. Entre sus escritores favoritos cita a Alfred Bester, Ray Bradbury, Cordwainer Smith, Philip K. Dick, Theodore Sturgeon, Harlan Ellison, Robert Sheckley, Stanislaw Lem, Ursula K. Le Guin, Robert Silverberg y John Varley. Ha colaborado para las páginas NGC 3660, Sitio de Ciencia Ficción y Otro Cielo.

Este es su primer cuento en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con PAREJA PERFECTA, de Steve Stanton; HISTORIA DE AMOR, de Carlos Almira Picazo; NANOBOTS EN EL CÉSPED, de Louis B. Shalako; NANOS de Diego Escarlon y SIN NOMBRE, de Eduardo J. Carletti.

Axxón 215 – febrero de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Nanotecnología : Cibernética : México : Mexicano).



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