¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

Otoño.

En la vereda de ladrillos, despareja y rota como la dentadura de un viejo indio, dentro de dos cuadrados de tierra por donde se asomaba una espesa cabellera verde, seguían creciendo aquellos dos paraísos centenarios que alguien había plantado mucho tiempo atrás. Dos gruesos troncos con ramas que se alzaban hacia el sol como garras de donde pendían cientos de venenosos racimos dorados. Dos nudosos tallos que, en las tenebrosas noches de invierno, parecían vigilar la calle con ojos ciegos.

A sus espaldas un seto de arbustos, como una muralla, se retorcía y devoraba al enmohecido alambrado que originalmente había cercado la casa separándola del resto del mundo. Luego, un pilar de donde colgaba el desvencijado portón amarillo. Más allá un sendero atravesaba el jardín de guijarros, naranjos y maleza, por donde ni las alimañas se atrevían a pasar, y detrás de todo eso, al final del camino de baldosas, mi hogar: un agujero negro en una calle sucia y gris.

Era un edificio viejo, muy viejo, de esos que tienen las habitaciones pegadas a la medianera, sin comunicación entre sí, y cuyas puertas dan a un estrecho corredor que hace las veces de sala y comedor. Con cables colgando de los muros, apenas sostenidos por finas abrazaderas, cruzando de la sala a los dormitorios como negras venas de cobre y plástico, que se perdían en oscuras bocas, o debajo de los antiguos dibujos del empapelado. En el frente, sólo dos ventanas con postigos de hierro. Atrás, separados del resto de la casa, la cocina, el baño y un angosto galpón donde, no me pregunten por qué, estaba la fragua.

En esa vieja casona de revoques vencidos, de puertas chirriantes, de habitaciones extremadamente pequeñas o excesivamente grandes, vivía junto a mi esposa. Julia, la de cabellos dorados. Julia, la de níveo rostro. Julia, la de los ojos color de tormenta. La de los días felices, lejanos, como un puerto en otro mundo.

Dentro de esa casa, vetusta y cargada de odio, su belleza y juventud fueron marchitándose. El arado del tiempo había hecho surcos en su rostro, pero el alcohol la marcó mucho más profundamente. Vivía ebria. Reaccionaba de manera agresiva ante cualquier sugerencia, o simplemente se encerraba en sí misma. A veces la encontraba sentada en la cocina con la mirada perdida en algún punto, los ojos inyectados en sangre y una botella vacía sobre la mesa. Otras, la hallaba tendida en la cama, tiesa y fría, mientras las hojas muertas del parral se arremolinaban junto a la puerta del comedor. ¡Oh Dios, qué horrible! ¡Ambos sumergidos en esa atmósfera opresiva, en ese tenebroso ambiente donde se entreveía el contorno gélido de un infierno sin llamas que me helaba el corazón y el alma! ¡Juro que no quise hacerlo, pero un día…!

La maté. Me tenía harto.

Podrían considerarlo asesinato. Tal vez. Pero… ¿qué jurado me condenaría? ¿Y qué verdugo sería capaz de ejecutar la sentencia? Ninguno, les aseguro. Y aunque ahora esté de acuerdo en que mis actos, abominables, no tienen justificación; aunque en este momento confiese mi culpa, me sienta arrepentido e implore un castigo, estoy absolutamente convencido que saldé mi deuda aún antes de cometer los hechos que narraré a continuación.

Fue durante una melancólica tarde de junio. Me estremezco al recordarla. Sombras de tormenta reptaban como criaturas informes por el techo mientras que en el cielo parecía estar formándose una nueva constelación. Las nubes se arrastraban pesadamente y amenazaban con desplomarse sobre nosotros. Densos cúmulos negros emergían desde el horizonte. Y una interminable fila de hormigas rojas, que se atropellaban y pisoteaban ensanchando la columna en su apuro por regresar, corrían, pequeñas y brillantes, desde ninguna parte hasta algún lugar en el galpón.

Ellas presentían lo que iba a suceder.

En la distancia un tren traqueteaba y silbaba.

Julia rompía obsesivamente el revoque de una de las ulceradas paredes que rodeaba la casa. La miré con indiferencia y luego encendí un cigarrillo, di una larga pitada y dirigí mis ojos al cielo. Una brisa suave y fría comenzó a correr provocando pequeños remolinos de polvo y hojas, exiguos fantasmas de viento que pronto se transformarían en monstruos. La temperatura comenzó a descender y el firmamento se puso de un gris verdoso. La tormenta no tardaría en caer.

Silencio.

Una larga ceniza rebotó en mi pantalón y cayó al suelo. Mi mano se dirigió inconscientemente a la boca y los músculos de mi rostro se contrajeron al inhalar la nueva bocanada. Luego, un fuego abrasador, una puñalada, un latigazo de humo azul en los ojos. Muy lejos, un estampido; y más tarde otro.

La noche avanzaba con luces de plata.

—Julia, dejá eso.

Un murmullo y una risita burlona.

—Julia.

No hubo respuesta.

Fue entonces cuando, ciego de ira, apretados los dientes y los puños cerrados. La sangre helada en mis venas. Ebrio y loco, no vi nada más que la figura de ella rasgando y rasgando la resquebrajada medianera. Un odio amargo brotó de mis entrañas y algo explotó en mi interior. El irresistible deseo de matar se apoderó de mí y perdí el control. La arrastré dentro de la cocina, tomé una filosa y oscura cuchilla y la hundí en su garganta, creyendo que con ello me liberaba. ¡Cuán equivocado estaba! ¡Qué lejos me hallaba de la verdad! El drama recién comenzaba.

 


Ilustración: Valeria Uccelli

A mi alrededor todo estaba silencioso y en penumbras. El cuerpo yacía a mis pies. Fascinado, lo miré durante un tiempo incomprensible mientras las sombras caían como un manto. Una mueca triste le cruzaba el rostro. Al verla me pregunté por qué no había gritado. ¿Acaso murió súbitamente o sólo estaba paralizada por el horror? Estos interrogantes me produjeron una gran inquietud y hubieran terminado obsesionándome de no haber tenido entre manos una tarea que exigía mi mayor atención: deshacerme del cadáver. Absorto en negros pensamientos apenas si me di cuenta que afuera se había desatado el temporal. Mi corazón latía apresuradamente. Estaba excitado y aterrado a la vez. ¿Qué haría con ella? No podía sacarla tranquilamente por la puerta de calle y exponerme a ser descubierto. Debía pensar en otra cosa. ¿Y si fuese a la policía a decirles que así la había encontrado a mi regreso? No; ni pensarlo. ¿Y si hiciese esto, o aquello otro? Esto no era seguro. Aquello era peligroso. Pensé en mil formas de sacar el cuerpo de la casa. Ninguna era factible. Hasta que al fin, algo más calmado a causa del efecto producido por la lluvia, elaboré un plan perfecto: la descuartizaría.

Fue una obra macabra. Aún no comprendo cómo pude realizarla con tanta frialdad. Sumergido en una oscuridad brevemente iluminada por resplandores de trueno. Totalmente bañado en sangre. Abstraído, como si estuviese tallando una escultura en mármol, a golpes de hacha y ayudado por la cuchilla, corté primero sus brazos. Después me dediqué a las piernas. Más tarde separé su cabeza del tronco. Y por último arranqué sus manos. Para cuando terminé estaba exhausto; muerto de cansancio, si me permiten la expresión, por lo que dejé todo como estaba, entorné la puerta de la cocina, crucé el patio y, sin cambiarme siquiera, me tiré sobre la cama.

Ya no podía más. Sin embargo, antes de quedarme dormido, arrullado por un repiquetear incesante, la idea de ser el último asesino previo a que las aguas del diluvio cubrieran la tierra, vino a mi mente. El último asesino, con los músculos doloridos y la inteligencia embotada. El último asesino…, el último…, el último…

Algo sobrenatural y escalofriante estaba sucediendo bajo los titilantes destellos de la tormenta. La mano de Julia, al principio tímidamente, pero al fin con los calculados y repulsivos movimientos de un arácnido, dejando una huella oscura y húmeda tras de sí, se arrastraba lentamente, siseando, hacia donde yo me hallaba. Mi cuerpo se encontraba absolutamente rígido e indefenso. Mi conciencia no ignoraba la conclusión, estaba alerta. Pero las órdenes del cerebro eran desoídas. Mientras, el miembro mutilado se acercaba. Desesperado me quise mover. Fue en vano, ya no podía hacerse. Era demasiado tarde. La mano estaba sobre mí, apretando, apretando… ¡Apretando!

El cielo estalló. Se estremeció. Un frío resplandor iluminó el mundo. Un grito aterrador, al borde de la locura, escapó de mi garganta. Temblando incontrolablemente encendí la luz de la habitación, salté de la cama y busqué en todos los rincones. Nada. ¡Oh Dios, nada! Entonces, y sólo entonces, comprendí que únicamente se trataba de una pesadilla.

A la mañana siguiente desperté con un terrible dolor de cabeza. Un pálido sol se entreveía a través de las nubes. Ya no llovía, pero algunas gotas todavía se desprendían de los árboles. El sueño de la noche anterior me había dejado un sabor amargo. Un sueño perturbador que, lejos de terminar, me aguardaba del otro lado de la casa.

No tenía miedo, mas dilaté todo lo que pude el tiempo de reencontrarme con la espantosa mueca de Julia. Todavía tenía que encontrar la manera de justificar la ausencia en mi empleo así que me lavé, cambié mis ropas; cerré puertas y ventanas; aseguré el viejo portón con candado y salí a buscar un teléfono público.

A los cinco minutos y con el problema resuelto, estaba de regreso. En el camino había decidido poner en marcha la segunda de las tres partes del plan, que consistía en reducir a cenizas lo que quedaba de Julia. No podía perder un minuto. Encendí la fragua. Transporté una a una las porciones del cuerpo. Las rocié con aceite y las arrojé, intercalando trozos de plástico para disimular el olor de la carne quemada, al voraz fuego. Ignoro cuánto tiempo permanecí, sudando y respirando ese nauseabundo hedor, pero la única manera de llevar a buen puerto la horrible tarea que el Señor me había encomendado era, a pesar de cualquier sacrificio, no parar hasta concluir. El resultado no pudo ser mejor: un confuso y oscuro montón de polvo imposible de ser analizado.

Mas no había que dejar nada al azar. Aún faltaba dar el último paso, gracias al cual toda prueba en mi contra, junto con sus restos, desaparecería. Tercer paso que se realizaría mezclando arena, cal y cemento con la porquería, para luego cubrir con eso las paredes que carecían de revoque. Entonces tomé las herramientas y puse manos a la obra.

Al principio me sentí alegre, exaltado, pero con el correr de las horas, mientras una nueva noche caía, la sensación de haber sido visto y un remordimiento atroz comenzaron a roerme las entrañas. De a poco esos sentimientos se fueron apoderando de mí, tanto que no pude continuar. Mis pensamientos vagaban sin control, mi vista se hallaba clavada, como atrapada por un extraño poder, en el muro sobre el que estaba trabajando. Los objetos se me caían de las manos. Fue inútil seguir intentando. “Quizás mañana”, pensé. Dejé todo, seguro de no haber olvidado nada que me condenara, y me hundí en el revoltijo de sábanas, colcha y ropa sucia, me abracé a la almohada, pensando en ella casi con frenesí y pronto quedé profundamente dormido.

En el sueño estaba Julia, otra vez.

Sin duda escapar de la propia conciencia es algo que muy pocos consiguen. A mí particularmente me resulta muy difícil luchar contra un enemigo tan poderoso. El recuerdo de esa mujer me perseguía hasta los rincones más oscuros de mi existencia. Me atormentaba de las formas más diversas, torturándome a través del terror o abrumándome con nostálgicas reminiscencias. En ninguna parte estaba libre de ello. En mi hogar vivía horas angustiantes. En el bullicioso patio de la escuela, donde pasaba mis tardes controlando la entrada y salida de alumnos y profesores, imágenes de días pasados revivían con tanta intensidad que me subyugaban, obsesionándome sin misericordia y, aunque trataba, no podía apartarlas de mis pensamientos.

Pero el más grave de los problemas era regresar. El remordimiento y la idea de que me hubiesen visto me preocupaba de tal manera que empecé a temer el retorno. ¡Qué lejos estaba la seguridad que la perfección del plan me inspiraba! Ahora todo el trabajo me parecía en vano. ¡Tantas precauciones, tantos esfuerzos, tantas penas, tiradas a la basura por culpa de un descuido! Hasta las manos de pintura empleadas en disimular los nuevos revoques resultaban inútiles.

Así, volvía una tarde sumido en esas reflexiones. La casa tenía un aspecto más melancólico que de costumbre. Cerré el portón tras de mí y me interné por la galería. En el medio del patio me paré y miré hacia cada uno de los lugares donde podría haber estado el observador. Sabía que si alguien conocía el secreto que aquellas paredes guardaban tan celosamente, todo estaría perdido. Pero por más que miraba no lograba ver un punto desde el cual pudiesen haberme visto. Sin embargo, en ese preciso instante me sentí vigilado. Intranquilo por ello, casi completamente rodeado por la oscuridad, abrí la puerta y entré al comedor.

Inmediatamente un rancio y penetrante olor me asaltó. Busqué a tientas el interruptor y lo accioné. La estancia quedó débilmente iluminada. El resto permanecía en sombras. Encendí un cigarrillo y, con no poco nerviosismo recorrí el lugar en busca de la hediondez. Registré cada rincón de las frías y húmedas habitaciones. Atravesé una y otra vez el sepulcral silencio sin encontrar nada. Mas, en la soledad infinita, una presencia maligna acechaba…

El miedo cayó sobre mí como el rocío cae sobre la hierba: imperceptiblemente. La angustia ahogó un suspiro. Las sombras me cubrían mientras que, más allá, una débil luz de dragón iluminaba como a un lienzo su figura sobre la pared reconstruida. Era tiempo de partir pero al verla me convertí en piedra. Ignoro por qué no me hice trizas al caer.

Sus ojos eran dos puntos negros, insondables, que me miraban desde el muro donde un perfecto retrato suyo había brotado, no existía otra explicación, durante mi ausencia. La impresión que me produjeron fue tal, el horror fue tan grande, que no pude sobreponerme y, allí mismo, me desplomé.

Al recobrar el sentido no abrí los ojos. Ni siquiera me moví. Temía moverme como quien teme dormirse luego de haber despertado de una pesadilla. Permanecí en la misma posición, acurrucado, callado y muerto de espanto, durante un tiempo incalculable. Todo daba vueltas en mi interior. Mi cabeza parecía a punto de estallar y mi ánimo se había esfumado. Sin embargo las cosas no podían quedar como estaban. Su imagen, fuera cual fuese su origen, podía perjudicarme sobremanera así que, reuniendo todo el valor que me fue posible, haciendo un esfuerzo del que no me creí capaz, me levanté, tomé pintura y brocha, y comencé a trabajar.

La brocha siseó al acariciar su cuerpo, ahora extrañamente bello y misteriosamente fascinante, y el hedor, por alguna desconocida razón, se trocó en una fragancia exquisita e hipnótica. Indiferente e implacable, pero amedrentado aún, continué hasta cubrir su cuerpo bajo un manto de impecable blancura. Y luego, al concluir, solté una carcajada loca y triunfal. Dejé la lata y me senté a descansar; pero no pude. Julia no descansaba. ¿Cómo podía hacerlo yo?

¡Julia! ¡Julia! ¿Qué fuerza sobrenatural te había hecho regresar de manera tan extravagante? ¿Qué capricho te mantenía aún con vida a pesar de todos mis esfuerzos? ¿Acaso había trabajado inútilmente?

Sin duda. No podía pensar de otro modo puesto que bajo la delgada capa de pintura, en el revoque, entre los ladrillos, circulando como savia en primavera por los oscuros y quejumbrosos rincones de la casa que ahora le pertenecía, ella existía, como la esencia misma de un sueño. De un sueño amenazador y hasta letal. No tardé mucho —cuando las primeras líneas de su rostro comenzaron a reaparecer en el muro— en comprender lo peligroso que resultaba continuar ante esa presencia por lo que, sin siquiera cerrar la puerta, con prisa y horror, abandoné la casa.

Un viento helado soplaba desde todas partes, aullando. Caminé en su compañía por calles sin nombre, oscuras e inciertas. Por veredas lóbregas como mi existencia, brevemente iluminadas por blasfemos relámpagos de automóvil. Seguido por la hostil mirada de cientos de ojos. De mil rostros fugaces que pasaron a mi lado, en procesión, ajenos a la tragedia que muy pronto, quizás, verían, asombrados e incrédulos, en los noticieros de todo el país.

Las luces de la estación del ferrocarril me sacaron de la abstracción. El lugar, salvo por una vieja pordiosera que se había acomodado en un rincón donde el viento no arreciaba, rodeada de bolsas con harapos, trozos de pan y rarísimos objetos de dudosa utilidad, estaba desierto. El mundo parecía haberse detenido. Era preciso que yo también me detuviese. Mis piernas ya no respondían. Estaba cansado y necesitaba dormir. Por tanto me senté en un duro banco de madera y no me moví hasta que un sol rojo y frío hizo arder los cristales de la ciudad.

La gente pululaba con impaciencia por el andén. De la mendiga no había rastro. La estación tenía un aspecto distinto. La época parecía otra. Un sonido de campanas coloniales vibraba en el aire. Sólo el cielo calmo era el mismo, girando en derredor del mundo que aún me esperaba. Entonces me levanté y fui en su busca. Seguramente habrá lugares menos tumultuosos que ese.

Nuevamente erré sin rumbo.

Caminé rumiando pensamiento, en busca de la salida del laberinto. No podía pasarme los días deambulando y las noches durmiendo a la intemperie. Me hallaba en una situación desesperada. El secreto de esta muerte me consumía. Sin embargo aún era dueño del arcano. Sólo yo, en el mundo de los vivos, sabía la verdad. Julia estaba confinada en el muro. Ciega, sorda y muda, ¿cómo habría de afectarme? ¿Acaso podía salir de su tumba a placer? ¡Claro que no! A menos que yo mismo la sacara. Y así lo haría.

La respuesta se presentaba ante mí con toda nitidez. Debía llevarla a la práctica. No había tiempo que perder. Volvería a casa y echaría abajo el revoque. Derribaría la pared, o el edificio entero si era necesario.

Inmediatamente me puse en camino.

Una diáfana brisa arrastró hacia mí el olor del monte y el río eternos. La noche era una alternativa lejana.

Antes de las diez de la mañana me hallaba frente al retorcido seto de ligustro observando cómo la vereda de baldosas rojas se hundía en el oscuro túnel que formaba el parral. Descendí por él rodeado por un silencio pavoroso. Atrás quedaba el mundo. Frente a mí, una zona brumosa y fantasmal, misteriosamente dotada de vida.

Al cruzar el patio la gruesa alfombra de hojas secas que lo cubría crujió bajo mis pies. En el otro extremo la puerta seguía abierta, tal como la había dejado; tras ella, Julia esperaba.

Preludio.

Como en un sueño de opio me dirigí al galpón. En él guardaba la caja de herramientas. Busqué en su interior las que necesitaba y, con martillo y cincel en mano, volví al patio. Lo atravesé diagonalmente decidido a terminar con la pesadilla, pero al enfrentarme con el negro abismo que había detrás de la puerta, tuve miedo. Mi vista exploró esas profundidades, mas no me atreví a penetrarlas. Permanecí parado, como un condenado a muerte con su último cigarrillo en la boca, tratando de reunir el valor para entrar, hasta que al fin, merced a una suprema energía, crucé el umbral.

Fue como bajar a una vieja tumba, fría, lóbrega, inodora. Polvorienta. Todo estaba en su sitio: las sillas, la mesa, la brocha…, la efigie cristalizada de Julia. Su cuerpo desnudo y esbelto. Su figura conmovedoramente hermosa. La miré durante un rato, sin temor. Sus ojos parecían desafiarme. ¿Sería capaz de aniquilar tanta belleza?

La respuesta no se hizo esperar.

Levanté el cincel como una estaca, el martillo como una cruz, y comencé a golpear, sin vacilación, una y otra vez. El revoque saltaba en pedazos, crepitando al caer. Cada martillazo sonaba como un presagio hecho realidad en la sangre que brotaba de los raspones y cortaduras que herían mis manos. Sin embargo ya no sentía. Ni dolor, ni horror, ni arrepentimiento. Sólo fatiga e indolencia. Un cansancio moral a la vez que físico que me tornó, a partir de entonces, indiferente a todo.

Con Julia a mis pies, convertida en escombros, concluía el drama. Sólo restaba sacar a la calle los desechos, limpiar y poner orden. Para ello traje la escoba, algunas bolsas y una pala, y me dispuse a trabajar. Lo hice casi sin darme cuenta, y para cuando terminé las sombras del crepúsculo se habían adueñado de la escena. ¡Qué triste parecía todo bajo su agonizante luz!

Tiempo.

La noche me encontró reflexionando sobre el mañana. Otra noche. ¿Cuántas noches? Horas confusas en que las sombras inmortales se transforman en figuras grotescas, crujiendo y gimiendo enigmáticamente. Encubierto por ella, un susurro indiscernible. El percutir siniestro de miles de patas. Un perverso chillido, y el golpe de algo que cae y rebota…

Inquieto, me levanté, busqué el interruptor a tientas y lo accioné. La luz titiló y se encendió con mayor intensidad que de costumbre. No me sorprendió el verla ocupando cada rincón de la sala con mil expresiones distintas en un millón de rostros dispersos, pero si me aturdió sentir su mano sobre mi hombro. Instintivamente me sacudí para quitarla, pero fue inútil pues lo que había caído sobre mí no era su mano sino una de un millar de enormes arañas que pululaban por el cielo raso.

¡Arañas!

La lámpara cintiló, zumbó y murió. En las tinieblas un relámpago azul proveniente de los viejos cables iluminó brevemente la habitación. Las bestias subían por mis piernas mojadas. Luego, una chispa. Una débil explosión. Fuego. Luces de fuego. Calor de fuego a mi alrededor.

La noche era un espectro fugitivo que retrocedía ante el desesperado lamento de las autobombas, un trágico alarido rojo que se acercó despertando ecos, dobló con violencia y se detuvo dejando negras cicatrices en el asfalto caliente. Los bomberos corrían tratando de que el fuego no se propagase, pero todo parecía inútil. El calor era sofocante. La casa ardía y se derrumbaba. Mis ojos hechizados la veían desde una vereda lejana, fría y sin fuego, mientras mi mente desconcertada se preguntaba qué fuerza misteriosa me había salvado de la muerte.

La calle, como un río, me separaba de aquel bombero que con una gruesa serpiente escupía agua sobre las ruinas. Me acerqué a él y le pregunté por Julia. Una multitud, sólo sombras, volaban a su alrededor como polillas. El hombre ni siquiera torció la cabeza cuando preguntó:

—¿Qué Julia?

—Mi esposa —respondí—. Estaba en la casa cuando el fuego…

—Ahí adentro no hay nadie.

—¡Escúcheme!—grité aferrándome a su uniforme. Tenía el rostro de lava hirviente y los ojos de hielo. Su boca era una filosa navaja.

—¿No entiende? —bramó—. La casa está vacía.

¿Era posible que no la hubiese visto? ¿El humo había ocultado sus rasgos? No sé. Todo era tan confuso…

Lo solté y me alejé como un perro al que han pateado en el trasero. Me apoyé en la reja de la casa de enfrente y vi cómo ese horror se convertía en cenizas y escombros. Pronto el fuego cedió y a medida que la noche ganaba terreno, las palabras de aquel domador de incendios comenzaron a socavar los cimientos de mi razón y una pregunta, que jamás me atrevería a hacer en voz alta, taladró mi espíritu imponiéndole dudas sobre lo acontecido, sobre mi existencia y sobre la de Julia.

¡Oh, Dios! ¡Cómo amé a esa mujer! Y ahora está tan lejos…, y yo, confinado en este lugar que no sé muy bien qué es, sospecho que el fuego no acabó con Julia; si es que hubo fuego… Si es que hubo Julia…

Pero ya nada importa puesto que yo mismo, aunque tal vez esperé demasiado, dibujé su cara en la pared.

 

 

Hugo Yáñez nació en Quilmes en febrero de 1958. Es Bibliotecario Documentalista. Fue miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires (filial Quilmes) durante el período 79/80. En esta institución también terció como locutor y coordinador de eventos. Miembro de la Comisión Directiva de S.A.D.E. (filial Sur Bonaerense) durante el período 92/95. Pro Secretario del Centro de Intelectuales de la Provincia de Buenos Aires durante el período 91/92, donde además coordinó el taller literario, participó como jurado en certámenes, y fue asesor y conductor del programa radial “Vientos del Sur”, producido por el C.I.P. y emitido durante 1992 por 107.9 FM Stereo Quilmes. Miembro de la Comisión de la Biblioteca Crisólogo Larralde desde el 2000 hasta el 2003. Miembro, desde 1999, de la Comisión de Asuntos Históricos del Área de Material Quilmes (Fuerza Aérea Argentina), que tuvo en custodia y exposición en su Museo Hangar Milliken el avión que piloteara el célebre escritor Antoine de Saint Exupéry.

Fue columnista del semanario El Periodista. Publicó trabajos en el diario La Prensa, las revistas Cuarta Dimensión, Flash, Temas y Fotos, El Ocultista, Karma 7 (Barcelona, España), Ecos de Santo Domingo (Rep. Dominicana), Vientos del Sur, el semanario Realidad y las publicaciones de S.A.D.E.: El Literato, y el Boletín Informativo.

Trabajos de su producción aparecen en los libros Siembra, Entre Rostros y Espejos, Alquimias Literarias, Nikánder y Entrelíneas. También en los sitios web El Literato (Sociedad Argentina de Escritores) y Extramuros (Universidad Nacional de Quilmes).

Actualmente vive en Córdoba y trabaja en el Instituto Universitario Aeronáutico.

Esta es su primera participación en la revista.


Este cuento se vincula temáticamente con DESDE LA CULPA, de Lucas Berruezo y FAIRLANE y DETRÁS DE LA PUERTA, de Sergio Bonomo.


Axxón 217 – abril de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Terror psicológico : Culpa : Argentina : Argentino).



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