¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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CANADÁ

El destino lo condujo como al supervisor de un autobús a la imponente entrada del salón de baile del Centro Cívico, más allá de la mesa de admisión en donde recibió su credencial y su bolsa de regalos, hasta llegar al puesto de su editor en una esquina posterior. Allí estaba: la legendaria antología, colorida pero bastante escalofriante como para llamar su atención. Tomó un ejemplar para revisarla atentamente, vio su nombre en la tapa, en el tercer lugar contando desde arriba y sintió una oleada de satisfacción. Su primera venta como escritor.

—¿Le gusta la ciencia ficción?

Miró a la muchacha detrás del escritorio, una criatura frágil con ojos brillantes y pelo largo y oscuro.

—Seguro que sí —dijo, y mostró el libro—. Soy Nigel Harris. —Tocó la portada con un dedo—. Estoy en la tapa.

—¡Nigel! —exclamó ella mientras se levantaba de la silla. Caminó alrededor de la mesa y lo abrazó con feroz intensidad—. Estoy tan feliz de conocerle. —Se echó para atrás y lo miró con deleite—. Soy Stefany Rose, la editora.

—Oh —asintió—. Grandioso. —Se veía más joven que lo que había imaginado por su correo electrónico. ¿Y por qué ese contacto corporal agresivo?

—Tengo su cheque —dijo ella.

Nigel sonrió.

—Genial.

—Arriba —señaló—. Lo buscaremos después.

—No hay problema. —Agitó una mano con cortesía.

Stefany lo condujo del lado de la mesa del vendedor.

—Tome mi lugar por un minuto. Usted vino desde lejos. ¿Quiere que le traiga un capuchino?

—Seguro. —Se sentó y miró a su alrededor—. ¿Qué pasa si alguien quiere comprar uno?

—Hay un lector de tarjetas en la caja. —Lo tocó con el pie—. Sólo entreténgalo hasta que yo regrese. Pregúnteles si quieren su firma, ¿de acuerdo?

¿Su firma? Mi Dios. Asintió a su espalda con consternado abandono y giró para ver una manada de adolescentes que se acercaba dubitativamente a la mesa, una masa vestida de alta costura. Una muchacha joven tomó una copia de la antología.

—¿De qué se trata? —Tenía un arete de cristal en el lado izquierdo de la nariz y un pequeño tatuaje en la sien.

—Es una antología temática titulada Tribus Perdidas.

La dio vuelta.

—¿Usted la escribió?

—Una de las historias, “Esplendor Familiar”. Hay diez historias en total. Es una buena inversión. —Ahora sonaba poco convincente. ¿Era lo mejor que podía hacer para promover el libro?

La muchacha sonrió e inclinó una cabeza de rizos despeinados.

—¿Sobre qué es su historia?

—Bien, es sobre una raza perdida de otro planeta que queda abandonada y se dispersa sobre la Tierra cuando su nave choca contra el océano. Es sobre su lucha por encontrarse unos a otros sin ser atrapados por el gobierno, y el amor que surge entre dos de ellos cuando finalmente se conectan. Se parecen a los humanos pero tienen poderes psíquicos especiales.

La chica frunció los labios y asintió.

—Wow. Compraré uno. ¿Lo firmará para mí?

Palmeó los bolsillos, sintió que su cara enrojecía.

—Uh… —Echó una ojeada a la caja bajo la mesa y vio un bolígrafo—. Sí. —Alzó un dedo y se agachó por un segundo.

—Para Helen —indicó ella y echó un vistazo alrededor de la habitación—. ¿Puede poner la fecha de la Convención también, por favor?

—Aquí tiene su café, señor —dijo Stefany detrás de él—. ¿Puedo traerle alguna otra cosa?

—Uh… —Giró para ver su guiño cómplice instándolo. Se encogió de hombros—. A esta damita le gustaría comprar un ejemplar.

—Brillante —dijo Stefany—. ¿Débito o crédito?

Dos adolescentes más se alinearon detrás de Helen para comprar copias mientras Nigel daba más detalles sobre su historia: códigos secretos en la red para reunir a los alienígenas, eventos públicos clandestinos y misteriosos contactos psi. Parecía haber pulsado una cuerda de interés en ese grupo etario perpetuamente excluido.

—Usted tiene un talento innato —señaló Stefany, cuando los adolescentes se alejaron en masa—. “Esplendor Familiar” es un fenomenal atisbo de la verdad.

Nigel miró de reojo a la joven editora. Su sonrisa era radiante, su cara, beatífica.

—Quiero decir… —dijo ella—. Es casi verdad, ya lo sabe. Los alienígenas no terminaron en el océano. Se eyectaron de la nave mientras descendía y quedaron dispersos por todo el país, desde la frontera oriental a la frontera occidental. —Sacudió su pelo oscuro con confianza.

—Sí. —Nigel movió la cabeza, siguiéndole la corriente. Había muchas historias en el libro y no había leído ninguna aún—. Es posible.

Stefany lo escudriñó por un momento.

—Bien, es una conjetura brillante —repitió ella y sorbió su capuchino—. ¿Quiere dar una vuelta y mezclarse con la gente común? —Hizo un guiño otra vez y jaló otra silla. Se palmeó la rodilla y Nigel se preguntó si estaba coqueteando, pero otros dos clientes que se acercaban a la mesa desviaron su atención.


Ilustración: Pedro Belushi

Cuando sus colegas llegaron finalmente para hacerse cargo de sus tareas, Stefany lo llevó al ático por su cheque. Él se quedó en el pasillo mientras ella entraba a su habitación de hotel y regresaba con una cartera negra y voluminosa llena de papeles. Buscó por un minuto y miró hacia arriba.

—¿Ha visto el panorama desde el techo? Es fabuloso. Venga.

Nigel la siguió diligentemente mientras ella empujaba la barra de la puerta y salía afuera. El aire estaba frío y fresco, un poco ventoso a esa altura. Stefany caminó hasta el borde y señaló la costa salpicada de veleros a la distancia. El sol, que se estaba ocultando, tenía un tinte rosado entre las nubes.

—Es magnífico —dijo él.

—Los alienígenas pueden volar, Nigel. Me preguntaba por qué no usó eso en su historia.

Stefany miró el interior de su cartera otra vez, rebuscó y finalmente sacó el sobre con el modesto adelanto de sus derechos de autor, el primero de toda su vida. Pero lo retuvo, esperando su respuesta.

Nigel frunció el ceño.

—¿Tienen alas?

—Tienen un gen antigravedad. No es aerodinámica.

—Ahh —asintió él—. Genial.

Ella lo estudió.

—Me sorprende que no lo supiera. Se ha perdido tanto en dos generaciones.

—Correcto —dijo él, mientras se estiraba para asir el sobre sagrado, su cheque inaugural como escritor. Sintió un renovado sentido del destino, una absolución.

Una ráfaga del viento se elevó y se llevó el papel como una cometa. Stefany se estiró para agarrarlo, perdió el equilibrio y se tambaleó sobre el borde.

—Nigel —dijo y extendió un brazo hacia él.

Por instinto la agarró y trató de retroceder, pero su peso en movimiento los lanzó a los dos al precipicio. Un momento de pánico ingrávido lo atontó mientras el horizonte se inclinaba y el sacudón hervía en su abdomen como una espiral de muerte. Sintió un viento fugaz sobre la cara, tuvo una visión de la tumba y se encontró flotando, sujetando a Stefany por el brazo. Miró el paisaje de la ciudad, repentinamente tranquilo, el destello del sol rosado en las ventanas, una bandada de palomas girando alrededor de una torre. Una paradoja pareció enroscarse a su alrededor con holgura, una antigua verdad aclarada.

—Regresemos al techo, Nigel —jadeó Stefany, mientras se esforzaba en agarrar su muñeca con ambas manos—. Y bienvenido a la familia.

TÍTULO ORIGINAL: Gathering Glory. Traducción de Graciela Lorenzo Tillard.

Steve Stanton es canadiense y se desempeña en la actualidad como Presidente de SF Canada, una asociación bilingüe de escritores, artistas y otros profesionales del campo de la Ciencia Ficción, Fantasía, Horror y Ficción Especulativa. Sus historias cortas han sido publicadas en quince países y traducidas a una docena de idiomas. Su primera novela “The Bloodlight Chronicles: Reconciliation” ya está en las librerías y tiene una secuela a punto de publicarse.

Hemos publicado en Axxón: EL LADRÓN DE TIEMPO y PAREJA PERFECTA.


Este cuento se vincula temáticamente con DONACIANO, de Fernando José Cots; ALIEN, de Claudio Guillermo del Castillo; ¡MALDITA SUEGRA!, de José Vicente Ortuño y ALIENÍGENZOOS, de Carlos Daniel Joaquín Vázquez.


Axxón 219 – junio de 2011

Cuento de autor norteamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Contacto con extraterrestres : Poderes psíquicos : Canadá : Canadiense).


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