¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

 

Siempre que veo el crepúsculo ensangrentado me viene a la cabeza el recuerdo de mi amigo Carlos. Fue extraña la amistad que nos unió, y el motivo es, sin duda, la propia naturaleza de mi compañero, compleja y llena de matices a tener en cuenta.

Antes no lo veía así, de hecho, pero es posible que lo que le ha ocurrido a Carlos sea en parte por mi culpa. Por no haber estado con él en todo momento. Por no haber intentado escarbar en su pequeño mundo de tinieblas.

En realidad, creo que estoy escribiendo esto del mismo modo que un asesino escribiría su confesión de culpabilidad. Sereno, pero al mismo tiempo paralizado por dentro del miedo.

Conocí a Carlos en el instituto Ciudad de los Poetas, donde ambos estudiamos secundaria. No era la persona con la que mejor me llevaba por aquel entonces. Ni siquiera estábamos en la misma clase, que es tanto como decir que pertenecíamos a universos paralelos. Su grupo, de hecho, era uno de los más conflictivos del centro, y eso teniendo en cuenta que ya el centro en sí resultaba ser globalmente conflictivo.

Carlos y yo entramos a la vez en el instituto, pero por lo que en un principio pensé que era una cuestión meramente aleatoria, a él le tocó aquella clase de repetidores que, de media, eran dos cursos mayores que él. El caso es que, afortunadamente para su integridad física, los años posteriores los grupos se mezclaron y coincidimos más adelante. Luego, por otro lado, no llegamos a ser verdaderos amigos hasta que no coincidimos nuevamente en el último año, en clase de Economía, pero esa es otra historia. El caso es que fue entonces cuando me enteré de por qué le había tocado en suerte estar en el grupo de los pandilleros al entrar a los estudios de grado medio.

Ocurría que el instituto tenía un acuerdo con el Colegio de Huérfanos Ferroviarios, situado en la Dehesa de la Villa, por el que sus alumnos eran reintegrados en centros de la zona para que pudieran seguir con estudios superiores. La mayor parte de sus alumnos, como el propio nombre del colegio indicaba, eran hijos de trabajadores de ferrocarriles muertos en accidentes laborales. Pero digo en su mayor parte porque había excepciones, y Carlos era una de ellas. De hecho, su historia me impresionó tanto que no dudé en considerarle un auténtico amigo, puesto que contar algo como lo que me contó sólo podía indicar que su confianza en mí era completamente incuestionable.

Carlos no era huérfano. Y tampoco era hijo único. Tenía un hermano de su misma edad, pero un desdichado día, cuando ambos tenían ocho años y estaban solos en la casa, encontraron la llave del armario de su padre, y allí había una pistola. Su padre era vigilante de seguridad en una vieja estación clausurada, y por eso tenía la licencia de armas reglamentaria. Cogieron la pistola para jugar y, teniendo en cuenta que el arma fue toqueteada y pasó de unas manos a otras durante alrededor de dos horas, el desastre fue inevitable. Se disparó en las manos de Carlos y mató a su hermano. La desgracia se cernió sobre la familia, que decidió mudarse y venir a vivir a mi barrio. Pero los infortunios no habían acabado para mi amigo.

Porque sus padres nunca pudieron volver a mirarle a los ojos. Nunca pudieron tratarle como a su hijo. Para ellos era el asesino de su hermano, y aunque su reacción era humana, no era en absoluto comprensible. Aquel maltrato psicológico hizo mella en Carlos, que empezó a desarrollar una enfermedad mental que, en sus peores momentos, le hacía incluso ver alucinaciones. Así las cosas, sus padres decidieron darle en adopción al Colegio de Huérfanos Ferroviarios, con edad suficiente como para que nadie se interesara por él. Varios años después se divorciaron, cada uno se casó de nuevo por su lado, tuvieron hijos respectivos y se desentendieron de él por completo. Como una mancha que ocultar debajo de la moqueta, como un archivo inútil que mandar a la papelera de reciclaje.

Carlos no se sobrepuso de aquel trauma. Tomaba pastillas recetadas por un psiquiatra, que frenaban los peores episodios de su enfermedad, pero que, a cambio, le dejaban secuelas depresivas. Con todo, sacó voluntad suficiente para ir al instituto e incluso acabar secundaria. Luego de eso estuvo un par de años en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, pero no tardó en dejarlo por completo.

Después de aquel día nunca volví a hablar de nuevo con Carlos sobre aquel tema. Ni siquiera llegó a decirme el nombre de su hermano, ni yo se lo pregunté. Lo mejor que podía hacer por él era escucharle en ese momento y convertirme en parte de su futuro, no de su pasado.

No diré que mi amistad con Carlos era una amistad normal. Eso hubiera sido faltar a la verdad. Pero sin duda era una amistad que merecía la pena conservar. A medida que los años pasaron empezamos a compartir todo un imaginario de anécdotas y recuerdos. Siempre estaba ahí cuando me apetecía dar una vuelta, y era el primero en apuntarse a cualquier plan que se me ocurriera sugerir. Hubo momentos malos, por supuesto, momentos en los que su depresión nublaba su mente y le volvía taciturno, huraño y agresivo, puesto que uno de los síntomas más comunes de la depresión masculina es la manifestación de un carácter hostil en el que la padece.

Carlos tenía la virtud de obsesionarse con facilidad. Era una consecuencia de su enfermedad. Todo tenía que estar en orden, las cosas tenían su lugar y su momento. Por eso cuando aparecía un nuevo incidente en su vida, por inocuo que pudiera parecer —la renovación del carnet de identidad, tener que ir una hora antes al trabajo— su mundo, la enorme maquinaria de relojería que lo componía, se desplomaba y eso le provocaba grandes agobios que alguna vez desembocaban en crisis de ansiedad.

Pero cuando hace poco Carlos me habló de la caja, supe que eso no era como las otras veces.

La encontró en la calle, caminando hacia la oficina postal del barrio, según me contó. Estaba junto a unos cubos de basura y, como yo mismo pude ver, era bastante grande, llegándome hasta la rodilla. Estaba fabricada en cartón y tenía las solapas superiores abiertas.

Lo extraño de todo esto era que estaba llena de cintas de vídeo y ponía Carlos Laguna en un lateral, coincidiendo con su nombre y primer apellido.

Estaba escrito con rotulador negro, malamente garrapateado. Pero podía leerse con claridad, no había lugar a dudas de lo que decía. Las cintas, por otro lado, parecían bastante viejas, pero en todo caso operativas. Ninguna etiqueta las identificaba, y todas estaban protegidas, como si con eso se quisiera dar a entender que el contenido era importante.

Teniendo en cuenta el historial de mi amigo, mi primera impresión, y la más lógica, fue suponer que él mismo había comprado las cintas y preparado la caja, y que lo más probable era que todas estarían vírgenes. Sin embargo, insistió en que no estaba inventándose nada. Dijo que la letra de la caja no era suya, algo que yo mismo podía corroborar, al menos si la había escrito en circunstancias normales. Sospeché que quizás se estaba saltando la medicación, pero ante mi insistencia siguió jurando que no estaba siendo víctima de ninguna alucinación ni comportamiento extraño, que no había dejado ni una sola de sus montones de pastillas.

Volví a casa mirando al techo del metro, preocupado y, al mismo tiempo, intrigado. No habíamos podido ver las cintas porque Carlos ya no tenía el vídeo instalado. Estaba en el trastero y tardaría bastante sólo para encontrarlo. Pero lo encontraría, sin lugar a dudas. Y en ese momento me planteé si no debería haber estado con él en el momento de ver las cintas, ya no sólo para intentar calmarle o vigilarle, para satisfacer incluso mi propia curiosidad.

Pero mi curiosidad no hizo más que incrementarse de manera exponencial con el paso de los días. Porque durante todo el resto de la semana, por mucho que le llamé por teléfono, no contestó ni una sola vez, y tampoco respondió a mis mensajes de móvil ni de correo electrónico. Una día que pasaba por allí, incluso llegué a llamar al timbre, pero no había nadie o no quiso abrirme.

Al fin, el sábado por la mañana, me llegó un mensaje al correo electrónico.

 

De: Carlos Laguna <claguna@gmail.com>

Enviado: sábado, 15 de noviembre, 2008 10:13:22

Asunto: cintas

 

Al principio sólo tenían nieve. Pero eso cambió cuando se me ocurrió mirar una de ellas marcha atrás. Cuando se me ocurrió apretar el botón de rewind.

 

Ese era todo el mensaje. Así de escueto y directo, como la mayoría de los mensajes de correo electrónico, pero revelándome lo que yo ya sospechaba, que en todo ese tiempo no había pensado en otra cosa, y llegué a dudar que hubiera ido tan siquiera a trabajar. Le respondí que debía salir, que sería una buena idea si quedaba conmigo para tomar algo y me lo contaba con más detalle. En realidad sólo una pequeña fracción de mí mismo quería escuchar más de aquella historia, lo que quería de verdad era sacarle de aquella casa opresiva y alejarle de aquel montón de cintas endiabladas que estaban agravando su salud mental.

Sorprendentemente, Carlos accedió sin reservas a salir a la calle, y ese fue el verdadero comienzo de mis dudas. Porque esperaba haber tenido que insistir más, haber tirado de él para lograr que le diera el aire, y en vez de eso, accedió gustoso a contármelo, como si pudiera demostrarme que no estaba loco, que aquello no era producto de su enfermiza imaginación.

Vino hasta mi casa, donde le ofrecí un café. Trajo consigo una de aquellas cintas, como si fuera la prueba definitiva que debía ver cuanto antes. Como sea que yo también tenía el vídeo sepultado entre trastos viejos, dejó la cinta en la mesa y se limitó a contarme lo que había visto.

Como esperaba, insistió en el hecho de que si veía las cintas normalmente sólo había interferencias, tal y como me relató brevemente en el mensaje, pero que al pasarlas al revés, pulsando el botón de rewind, aparecían imágenes grabadas. Imágenes un poco más rápidas de lo normal y sin sonido, como ocurre cuando se visiona el contenido de una cinta al revés, pero imágenes que distaban mucho de ser nieve.

Varias veces relató, e insistió en ello, que siempre que intentaba apretar el botón de pausa la nieve regresaba, y al apretar rewind de nuevo, la imagen volvía a aparecer. Desmontó una de las cintas, miró el rollo una y otra vez, pero parecía estar en perfecto estado, aunque no sabía mucho de aquellas cosas. Llegó a desmontar incluso el televisor, algo que me preocupó pues una vez, en una crisis anterior, se comportó de manera similar.

Pero lo que me hizo estremecerme y preocuparme por su salud fue cuando relató que lo que había en las cintas eran fragmentos de su propia infancia.

Por supuesto, por más que lo intentó, no logró convencerme de semejante historia. Pero lo intentó una y otra vez, con una vehemencia que no había visto antes en él. Dijo que tenían detalles que él mismo había olvidado, como el color de las paredes de su antigua habitación, o el coche de Majorette que siempre solía llevar consigo. Dijo también que había algo raro en las imágenes, pues siempre salía sólo él, y nadie más que él, estuviera donde estuviera. Añadió, sin embargo, que aún no las había visto todas, pero que no tardaría en acabar esa misma noche, pues apenas le quedaba un par por visionar. Después de aquello se marchó a su casa y me dejó en un estado de gran preocupación.

Aquella fue la última vez que hablé con él.

Durante los días siguientes volví a no tener noticias de él, pero teniendo en cuenta todo lo que me había narrado, intenté tenerle más controlado. Me pasé varias veces por su trabajo, pero me dijeron que no había estado allí en toda la semana anterior ni en la presente, y que no había manera de encontrarle. Me acerqué a su casa, pregunté a los vecinos y ninguno le había visto, ni siquiera escuchado al otro lado de la pared, algo bastante peculiar puesto que las paredes del edificio donde vivía eran muy delgadas.

Ante el panorama, llamé a la policía, que a su vez llamó a los bomberos para que echaran abajo la puerta de su apartamento. Cuando entraron, la casa estaba vacía. El televisor estaba en efecto desmontado y despiezado en el suelo, lo mismo que gran cantidad de cintas de vídeo. La infame caja estaba en una esquina del salón, y todas las persianas estaban echadas. Pero de Carlos, ni rastro.

Dado que fui yo quien avisó a la policía, me interrogaron exhaustivamente. Les expuse lo mejor que pude no sólo todo lo relativo a las cintas de vídeo, sino también la personalidad de Carlos y su enfermedad. La policía me dijo que su tarea sería más difícil de lo normal debido a que tendrían que discernir cuáles de las cosas que me había contado eran reales y cuáles ficticias, si no lo eran todas.

Como es evidente, les rogué para que me tuvieran informado en todo momento. Pero como pude suponer, y no tardaron en decirme, en las cintas no había más que nieve, sea cual fuere el sentido en el que se visionaban.

Sin embargo, en mi interior aún recordaba la conversación que tuve con él justo antes de que desapareciera, y lo sereno que se le veía, a pesar de lo que extraño de su historia. Y luego, por otro lado, estaba la cinta que me dejó. Cinta cuya existencia oculté a la policía. ¿Por qué? Aún trato de preguntármelo. Pero pensé que una cinta más llena de nieve no les serviría de mucho.

¿Y a mí de qué me serviría?, pensé. ¿O es que acaso estaba dispuesto a creer a mi amigo?

¿Qué ocurriría si, al verla, sucediera lo que dijo, que al principio sólo saliera nieve pero que una vez apretara rewind empezara a ver imágenes pasando ante mis ojos? ¿Estaba dispuesto a aceptar tal posibilidad?

Cogí una escalera y subí al armario, donde estaba mi viejo vídeo guardado. Sin embargo, a la hora de instalarlo, no sólo no tenía claro cómo poner los cables, sino que no sabía sintonizar el canal adecuado. El interminable día que había padecido y la tensión que me dominaba no ayudaron en mi labor, por lo que finalmente decidí dejarlo para el día siguiente, cuando regresara de la jornada laboral.

Por la mañana a primera hora, sin embargo, no tardó en llamarme de nuevo la policía para que hablara con ellos, por lo que opté por llamar al trabajo y contar la situación, tras lo que me dieron el día libre. Acto seguido fui a la comisaría, donde me contaron las nuevas noticias del caso.

Al parecer Carlos tenía un blog. Uno de creación reciente, unas pocas semanas. Me preguntaron cuándo me contó por primera vez lo de las cajas y, al contestarles, añadieron que eso cuadraba con la fecha en la que la cuenta del blog había sido abierta. Sólo había mensajes suyos, pero habían decidido dejarlo operativo, por si podía recibir contestación de alguien y así obtener una pista más reciente de su paradero. Al mismo tiempo, me pidieron que lo leyera y me advirtieron de lo extraño de su contenido, sin duda producto de la imaginación de una persona con un grave desorden patológico, en lo que ellos trataban de relacionar el caso con otros aún abiertos, como un escritor que desapareció el verano anterior cuando fue a pasar un tiempo al Valle del Lomadán, un pueblecito de la provincia de Madrid.

Una vez en casa, y con el resto del día libre, decidí examinar ese blog del que nunca había tenido noticia, aunque tampoco es que hubiera tenido muchas ocasiones de saberlo, teniendo en cuenta su reciente creación. La mayoría de los post que había en él eran, en efecto, extraños. Pero me inquietó el hecho de que no eran la clase de desvaríos que esperaba de Carlos. Él tenía una vívida imaginación, pero las criaturas y situaciones que describía, con nombres tan extraños como Riesfer el Guía o Asserlar el Observador, no se parecían a nada que me hubiera relatado jamás. Las alucinaciones de Carlos eran reales, no estaban pobladas de seres abyectos y repugnantes como los que describía, pero eso no hacía que lo narrara con menos pasión, como si de verdad creyera en lo que estaba contando.

Hubo un post, sin embargo, que hizo que se me erizara la piel. Uno de los que tenían fecha más reciente en el blog.

 

Mie 12, Noviembre 2008

 

Nuevas pistas

 

Mi nuevo amigo me está enseñando el camino que debo seguir. He logrado reconocer el edificio, el Colegio de los Huérfanos Ferroviarios. No sé cómo pude haberlo olvidado. Gracias a él mi vida está empezando a cobrar sentido.

Fui allí en cuanto pude, cruzando el espectral camino de la calle Pirineos y su media acera limitando con la tétrica arboleda nocturna. No quisieron atenderme ni dejarme acceder a los archivos. No importa. Es posible que en las demás cintas esté la información que necesito.

Por cierto, he descubierto el emblema de mi nuevo amigo. Se trata del que aparece en el botón de rebobinado de los vídeos, dos flechas que señalan hacia la izquierda. También aparece en los vídeos, a veces de esta manera, a veces como una flecha doble.

Aún no he visto a mi nuevo amigo, pero espero verle pronto.

 

Publicado por Carlos Laguna en 00:47 0 comentarios

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La policía ya me había contado que al parecer Carlos estuvo en los alrededores del lugar donde se ubicaba el Colegio de los Huérfanos Ferroviarios, y que se comportó de un modo sospechoso, inquietando a los testigos que presenciaron su llegada. Pero eso no era lo que me asustaba del post. Me asustaban las menciones reiteradas a su ‘nuevo amigo’. Lo cierto era que no sabía qué me producía más inquietud, que ese amigo fuera real o estuviera en su mente. En ambos casos se abrían nuevas incógnitas cuya respuesta podría no desear averiguar.

Me pasé todo el resto del día mirando el blog, pero no pude sacar nada en claro de ninguna otra entrada del mismo. En muchos de ellos seguía con su peculiar denominación de entidades y seres de pesadilla, e incluso repetía constantemente páginas web como gidnahsknil.de, notpron.net, muidicxe.org y, sobre todo, sessenkrad.com, páginas que fui incapaz de hallar aunque, a juzgar por los comentarios que encontré al respecto,, me constaba que existieron o aún debían existir, ocultas dentro de la inmensa y laberíntica maraña de datos que es Internet.

Cuando fui a dormir por la noche era incapaz de conciliar el sueño. Sabía que tenía que haber algo más que pudiera hacer, y por eso me levanté de la cama y volví al comedor, con la idea de pasarme toda la noche probando cables si era necesario.

Estuve aproximadamente desde las cuatro hasta las seis de la mañana peleando con el vídeo, pero sin ningún resultado. Era tan viejo que carecía de cable euroconector, lo que dificultaba mi tarea. Frustrado, arrojé los cables a un lado, y cayeron junto a la misteriosa cinta, haciendo un ruido hueco.

Fue en ese momento cuando me giré, frunciendo el ceño.

Cogí los cables y los arrojé de nuevo al suelo. El ruido no era el mismo. Repetí la operación, de nuevo no surgió ese sonido ahogado que había llamado mi atención. ¿Qué hice la primera vez que no repliqué las demás? Cansado, me llevé la mano a la cara y traté de pensar con calma. La primera vez estaba frustrado y los lancé a ciegas. Cayeron en el primer lugar que encontraron, chocando con la cinta.

La cinta.

Agarré la cinta y la agité. Las bobinas se movían ligeramente de un lado a otro. Sin embargo, algo más parecía moverse en su interior. A través de la parte superior noté que la cinta no tenía rollo dentro. Hasta ese momento no me había dado cuenta.

Busqué varios destornilladores en la caja de herramientas, me quedé con el del tamaño adecuado y comencé a desenroscar los tornillos. Los dos primeros fueron sencillos, pero para los tres restantes tuve que buscar un segundo destornillador de mejor calidad que el que estaba usando. Nada más terminar separé la carcasa en dos y todo su contenido aterrizó en el suelo. Las bobinas se limitaban a poco más que dos círculos minúsculos, y el interior había sido serrado para dejarlo lo más hueco posible, por lo que montones de virutas y piezas de plástico que estaban aprisionadas se liberaron y desparramaron por todas partes. El rollo de película se limitaba sólo a la banda visible desde un lateral. Pero lo que más me sorprendió fue cuando me di cuenta de que semejante labor de diseño respondía a la intención de ocultar un bloc de notas dentro de la cinta, tirado en el suelo como todo lo demás. Empecé a sentirme como si yo mismo estuviera siendo víctima de alucinaciones.

Sobre la cubierta roja, en una etiqueta, decía Libreta de Laguna.

Cogí el bloc de notas, tembloroso, y empecé a hojearlo. Estaba lleno en su práctica totalidad, aunque dado su tamaño no tuve del todo claro cuántas palabras podía haber escritas ahí dentro. La letra era la de Carlos, pero parecía frenética, apresurada, como si estuviera encerrado y sólo pudiera escribir en los ratos en los que no le estuvieran vigilando.

Miré la primera página, intentando serenarme.

 

Espero que te des cuenta de que oculté estas notas dentro de la cinta. No podía correr riesgos, y por eso no te hablé al respecto. Ellos están en todas partes, en todos los lugares. No siempre pueden vernos, ni nosotros a ellos, pero su presencia es más fuerte en presencia de máquinas. Por eso no me fío del teléfono, ni de Internet, ni siquiera de hablarte en voz alta. Escribí el blog para

 

Me detuve. Me estaba hablando a mí. Sólo a mí. ¿Me había integrado en su mundo de fantasía, o realmente estaba en peligro? Pasé la página y seguí leyendo.

 

Escribí el blog para engañar a mi nuevo amigo, como le llamo en él. Pero mi nuevo amigo no es mi amigo. Mi nuevo amigo es un monstruo, y desea mi destrucción. Su emblema es una flecha de dos puntas superpuestas, señalando hacia la izquierda, y debes evitarlo a toda costa. Si llegas a verlo, entonces estás siendo amenazado. En ese caso huye, todo lo lejos que puedas.

 

Seguí mirando páginas del bloc. Había grandes cantidades de datos, y según comentaba en algunas partes, los había obtenido de diversas páginas que había encontrado en Internet donde algunas personas narraban experiencias extrañas, como una estudiante que se quedó atrapada un fin de semana en su propia facultad o una aficionada a la astronomía que perdió la vista temporalmente en una visita ocasional al Planetario de Madrid.

Según Carlos, esas páginas no tenían nada que ver con sessenkrad.com y otras webs que mencionaba en el blog, a las que consideraba ‘datos infectados’. Por otro lado, la información que había extraído de esos testimonios hacía de la libreta que tenía en mis manos una fuente de información muy valiosa. Me empezó a doler la cabeza, y concluí que lo mejor que podía hacer era intentar descansar para seguir leyendo aquel bloc al día siguiente. Sin embargo, seguí sin poder dormir, y no sólo eso: mi mente empezó a visualizar algunas de las criaturas que Carlos mencionaba en Internet y en aquellas notas, provocándome vívidas pesadillas.

Me levanté temprano, aún con la ingenua idea de que podría ir a trabajar como cualquier otro día, pero no tardé en llamar para decir que me encontraba indispuesto y que me resultaría imposible ir. Debido a que nunca falté por enfermedad un solo día al trabajo en toda mi vida, no cuestionaron la veracidad de mi historia y tuve carta blanca para seguir investigando el misterioso bloc de notas.

A medida que seguí leyendo comprobé que, si lo que ponía en él era inventado, entonces mi amigo Carlos tenía un gran talento para crear todo un imaginario de seres terribles que conspiraban para buscar la ruina de la humanidad de múltiples maneras. A veces insistía en una guerra abierta entre dos de ellos, que se encontraban entre los más poderosos, y que mencionaba en párrafos como el siguiente:

 

A estos dos se les conoce como El Guerrero y El Destructor. Tienen muchos siervos y acólitos que ponen en práctica sus planes, aunque por lo visto no descartan actuar en ocasiones personalmente, si es que se puede aplicar semejante atributo a estos seres. El Guerrero es rápido y directo, y no desea más que nuestra inmediata extinción, como se desvanece la llama de un mechero en una racha de viento. El Destructor desea nuestra perversión, nuestra erradicación moral para obtener nuestro verdadero potencial para el Mal.

 

Sin embargo, de todas las criaturas que se mencionaban en el bloc de Carlos, en la que más se insistía era en una a la que llamaba el Zurdo. Parecía como si todo lo que hubiera encontrado relativo a él lo hubiera copiado tal cual lo leyó de Internet, añadiendo luego comentarios suyos.

 

El Zurdo quiere mi alma. Por eso me ha abierto las puertas del infierno. El camino hacia el infierno es dos veces a la izquierda, como su propio emblema […]. El Zurdo siempre ataca dos veces. Ya le he visto una vez. Antes moriré que verle de nuevo otra.

 

Todo el resto del bloc no era más que una sucesión interminable de datos acerca de muchas otras extrañas criaturas, y la información vertida en él era tan fascinante y cargada de peculiares consejos que de verdad llegué a creer en la existencia de ese mundo latente, ese infierno en la tierra que Carlos mencionaba de manera tan perseverante, como si de verdad fuera paralelo a la propia realidad, y estuviera allá donde la mirada no llega, o se para a mirar un momento, cree ver algo extraño, algo anormal, pero no tarda en mirar de nuevo y concluir erróneamente que no hay nada peculiar alrededor nuestro.

Por la noche, cuando fui a descansar, volví a tener de nuevo sueños inquietantes, y me planteé si no me estaba obsesionando del mismo modo que se obsesionó Carlos, buscando algo que ni siquiera sabía qué podía ser. Pero mi caso, pensé aún dormido, como si intentara combatir con las visiones terribles que poblaban mi mundo onírico, es distinto, pues yo estoy buscando a un amigo, y no descansaré hasta encontrarle.

Cuando desperté, ya casi al mediodía, hacía frío. Mucho frío. Me levanté y traté de buscar la ventana que se había quedado abierta, pero todo estaba cerrado. Al mismo tiempo, noté cómo el día se había levantado mustio, y parecía a punto de llover en cualquier momento.

De repente encontré la libreta tirada en el suelo, como si una corriente de aire la hubiera arrojado ahí donde estaba. Cuando la cogí, reparé en las últimas páginas. No me sonaba que las hubiera leído antes, más aún teniendo en cuenta lo importante de la información que recogían.

 

Esta mañana he despertado y en el cielo brillaba la luz del atardecer. Intenté frotarme los ojos, me tomé la medicación, pero la visión no se desvaneció. Debería estar amaneciendo, pero en vez de eso un sol moribundo corona el horizonte. Lo he mirado durante más de cinco minutos y no se ha movido, como si estuviera atrapado en un instante del tiempo.

Sé lo que significa. Es la señal de que llega el momento. Sólo me queda una cinta por ver, y no puedo verla aquí en casa. Es una cinta de un vídeo Beta. Y sólo recuerdo un lugar de mi infancia donde hubiera un vídeo Beta. Mi antiguo colegio, donde tenían ambos tipos de vídeo, éste y el VHS, por miedo a elegir el modelo perdedor.

He salido un momento a la calle y están desiertas. Oigo gritos a lo lejos, y la luz rojiza que cubre las escasas nubes no parece desaparecer. El camino es largo, pero tengo que acabar con esto de una vez por todas. Tengo que averiguar la verdad, aunque él esté allí, esperándome.

 

Estaba seguro de no haber leído eso antes. Según esas notas, Carlos se había dirigido a su antiguo colegio. Nunca me habló de él, del mismo modo que tampoco me mencionó jamás el nombre de su hermano. Pero sí que me dijo los nombres de sus padres. Traté de hacer memoria y sólo logré recordar el de su padre, Juan Ángel. El resto fue cuestión de buscar en la guía. Había cuatro opciones en Madrid, y lo que hice para descartarlas fue fácil, sencillo y directo. Preguntaba por la persona en cuestión y luego le decía que tenía algo importante que decirle en relación a su hijo Carlos.

De las cuatro personas a las que llamé, dos dijeron que no tenían ningún hijo llamado Carlos —una de ellas directamente no tenía hijos—, otra dijo que se pondría en un momento, y sólo una colgó sin dar explicaciones. Apunté el domicilio, en la zona de Avenida de América, y fui corriendo hacia allí.

Cuando llegué y llamé al timbre, como sospechaba, no contestaron. Pero esperé cuidadosamente apartado del portal hasta que alguien salió y aproveché para colarme dentro. A partir de ahí sólo tuve que inventarme una buena excusa para el portero y seguir mi trayecto.

Cuando estuve frente a la puerta del piso, llamé primero al timbre y luego a base de golpes. Comencé a decir en voz alta todo lo que se me ocurriera que podía motivar a ese sujeto a abrirme la puerta. Finalmente, al mencionar que su hijo estaba en peligro, me dejó pasar.

Aquel hombre no estaba solo. Una mujer y dos niños, presumiblemente su familia, la que reconstruyó tras el divorcio de su anterior esposa, estaban en una esquina de la habitación, tremendamente asustados. Entonces fue cuando comprendí que cuando me marchara de allí aquel tipo tendría muchas cosas que explicar.

El hombre me hizo pasar a un despacho y nada más estuvimos dentro me ofreció dinero si me callaba y decidía no volver a molestarle con historias de su hijo Carlos. Extrañado, empecé a concluir que había algo más de lo que parecía a simple vista en todo aquel asunto, y tuve la tentación de derribarle de un puñetazo, pero decidí que era mejor para el bienestar de mi amigo que obtuviera la información que había ido a buscar cuanto antes. Le pregunté el colegio en el que sus hijos estudiaron, a lo que suspiró por lo bajo y me dijo que se trataba del Colegio Público David Jasso, en Villaverde Alto. Me dispuse a marcharme cuando de repente aquel sujeto me hizo una confesión. Ya estaba jubilado, pero todas las mañanas abría el cajón de su escritorio y echaba un vistazo a su arma. Sin embargo aquella mañana no había nada dentro, a pesar de que lo cerraba con candado.

Le miré sin decir una sola palabra, y me limité a correr escaleras abajo hasta llegar a la boca del metro. Elegí el trayecto más corto posible, que consistía en dos trasbordos, y traté de imaginarme lo que sería para Carlos tener que avanzar por lo que él decía que era una ciudad desierta —desierta de gente, al menos— con una luz carmesí en el cielo, atravesando media ciudad hasta llegar a su destino. Me pregunté si incluso no había hecho un alto en el camino parecido al que acababa de hacer yo, para apropiarse del arma de su padre, pero preferí no pensar más en ello y concentrarme en llegar cuando antes al lugar donde supuestamente había ido mi amigo.

Cuando llegué a la estación de Villaverde Alto, comprobé cómo empezaba a descender la luminosidad a pesar de ser relativamente pronto, ya que el invierno se encontraba cerca en el calendario. Pregunté a un par de guardias de seguridad del metro que me remitieron a un bar al otro lado de la avenida. En el bar me enteré que no tenía más que seguir toda la bocacalle hasta llegar al final de la misma. Le agradecí las indicaciones al dueño y corrí todo lo aprisa que pude.

Cuando llegué al colegio, en el número 1 de la calle, comprobé por qué todo el mundo conocía tan bien su ubicación. Se encontraba abandonado, e incluso una de las paredes, a la altura de la tercera planta, estaba derrumbada casi por completo. A pesar de ello, una triste verja lo rodeaba, y no me quedó más remedio que esperar mi ocasión para saltarla sin que nadie me viera hacerlo y resguardarme acto seguido tras los muros de ladrillo desnudo que había en el exterior, junto a una canasta oxidada y sin aro.

Al avanzar por el interior del colegio noté que era más grande por dentro de lo que parecía por fuera. Muchas paredes tenían agujeros, y en algunas se notaba el vacío dejado por algún mueble importante que alguien decidió llevarse de allí. Había unas pocas sillas y algunas mesas, pero salvo eso, poco más de importancia, al menos en los pasillos.

De repente escuché ruido proveniente de la zona superior, y subí corriendo las escaleras. Al mismo tiempo que lo hacía, noté cómo desde las ventanas con barrotes del descansillo se colaba una luz cálida que no sólo parecía confirmar que finalmente no llovería, sino que además el sol estaba en proceso de esconderse.

Cuando llegué arriba, comprobé que la entrada al segundo piso estaba cerrada desde el otro lado y por eso seguí subiendo. La tercera planta, sin embargo, estaba abierta. Giré el pomo y me encontré con un espectáculo desolador.

Gran parte de las paredes del lugar estaban caídas, y algunas de ellas formaban ondulaciones como si fueran una montaña rusa, cortando la hilera de ladrillos de manera abrupta. El suelo estaba lleno de escombros, y había más trastos tirados.

En el suelo, junto a un gran mueble con televisor, había un vídeo.

Me acerqué lentamente, como si fuera el cadáver de un animal peligroso. Era un Sanyo Betacord VTC 5000. Estaba conectado a un televisor de la misma marca y en condiciones bastante deplorables, pero tal vez todavía podía emitir. El conjunto no estaba enchufado, pero al contrario que el resto de los trastos tirados por la zona, se encontraba vagamente limpio. Como si alguien le hubiera quitado el polvo, aunque fuera con la mano. En concreto la tapa superior del vídeo, por donde se metían las cintas Beta, estaba libre de toda la mugre y porquería que lo rodeaban por las demás zonas.

Me levanté y miré por uno de los enormes agujeros de la pared hacia el horizonte, preguntándome dónde estaría Carlos. Más o menos al mismo tiempo, el sol estaba descendiendo en el horizonte y una luz roja bañó toda esa planta del colegio.

Justo después, escuché un tiro.

Me volví precipitadamente y corrí hacia la izquierda, ya que me pareció escucharlo venir de allí. Justo mientras lo hacía pensé que estaba volviendo sobre mis pasos, pero ese razonamiento se detuvo cuando vi a mi amigo tirado bocabajo en el suelo, con un arma cerca de su mano y un disparo en la cabeza. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que se había disparado a sí mismo. Sin embargo, parecía que aún respiraba. Saqué el teléfono móvil y llamé en seguida a emergencias.

Después de colgar reparé en la cinta que estaba junto a él, en el suelo.

No era una cinta de formato VHS, por lo que deduje que debía ser el casete Beta que mencionaba en las notas. Lo cogí con ambas manos y, como si estuviera moviéndome contra mi voluntad, me acerqué hacia el vídeo que estaba más adelante.

Estuve un buen rato, creo que fueron minutos, pero a mí me parecieron horas, de cuclillas junto a aquel aparato, planteándome qué era lo próximo que debía hacer. Estiré el dedo, que se movía con ligeros espasmos, hacia el botón de eject, situado sobre todos los demás, dispuestos en hilera. Creo que al mismo tiempo que lo hacía la luz empezó a descender, y noté una ligera brisa de aire frío, o quizás sólo fuera una apreciación mía. El caso es que de repente escuché las sirenas de la ambulancia, y me detuve, guardándome la cinta en el abrigo.

Aunque la ayuda llegó a gran velocidad, Carlos entró en coma y no lograron sacarle de él. Desde entonces sigue en el hospital, con escasas posibilidades de despertar, aunque a veces pienso, mientras le veo ahí tumbado, que es mejor para él que descanse al fin en paz.

Sobre todo después de haber descubierto el contenido de la cinta que estaba tirada junto a él.

No me costó demasiado encontrar un vídeo Betamax que estuviera en condiciones. En concreto, compré uno a través de eBay, y aún después de recibirlo en casa por correo, pasaron varios días hasta que me decidí a usarlo. Una noche, finalmente, vencí mis temores y lo puse en marcha.

Al principio sólo vi nieve, pero poco después apareció una imagen de Carlos, en el colegio, junto a aquel vídeo que no me atreví a utilizar en su momento. No me detuve a pensar hasta más tarde cómo era posible que algo como aquello estuviera grabado en una cinta, y en aquel momento ni me planteé algo así, sobre todo concentrado como estaba, escuchando lo que estaba diciendo.

—Este mensaje es para ti, amigo. Lamento todo el dolor que pude causarte con mi desaparición, pero tenía que saber la verdad, aunque eso me costara la vida. Y ahora la sé. Ya antes de que mis padres me abandonaran estaba mentalmente inestable. Ellos no lo soportaban, por eso me dieron en adopción. Luego se aprovecharon de mis alucinaciones para hacerme creer que tenía un hermano al que maté. Para que les dejara en paz, para que no tratara de localizarles.

Se escuchó algo fuera de cámara, algo que hizo que Carlos se girara. Al mismo tiempo, la luz pareció disminuir su intensidad.

—Ya viene —dijo, empuñando la pistola de su padre—. Siempre ataca dos veces. Cuida de la libreta que te di, puede ayudar a otros, ya que no me pudo ayudar a mí. Adiós, amigo. Espero que todo te vaya muy bien.

Se levantó de su sitio y salió del plano. Hubo unos veinte segundos completamente asfixiantes, en los que parecía como si la imagen estuviera pausada. Luego de eso se escuchó un disparo. Me fue completamente imposible discernir si se trataba del mismo que escuché yo.

Justo después empezó la nieve de nuevo.

De modo que Carlos nunca mató a su hermano porque nunca tuvo un hermano. El pobre chico sólo estaba enfermo y sus padres no sólo le dejaron de lado como a un proyecto fallido, sino que le hicieron sentir el horror y la culpa de un hecho terrible que no había cometido. En ese momento, decidí que vengaría a mi amigo y llevaría a esos monstruos a la justicia.

Me incorporé, dispuesto a apagar el vídeo, cuando de repente me detuve. Porque una tecla del mismo llamó mi atención, un botón que a nadie debería decirle nada importante, pero que en mi caso disparó mi sentido de alarma. El botón de rewind.

Me quedé así, quieto, sin hacer nada, sólo mirando aquel símbolo que me producía un pavor irracional. Y pensé al fin, apretándolo, que tenía que luchar contra mis demonios.

Al principio sólo salía nieve, como era de esperar puesto que había dejado correr la grabación un buen rato después de que Carlos terminara de hablar. Luego salió una imagen, y me sobresalté, pero no tardé en darme cuenta de que era la misma imagen que había salido justo cuando Carlos salió de plano.

La imagen permaneció en pantalla un buen rato, y fui incapaz de calcular si era el tiempo que debía estar o se estaba demorando demasiado. El caso es que en algún momento debía aparecer mi amigo, moviéndose marcha atrás para sentarse.


Ilustración: Valeria Ucelli

Pero eso no ocurrió. En su lugar, y ante mi mirada aterrorizada, dos brazos salieron de los laterales y avanzaron hacia la imagen, casi como si estuvieran arrastrándose hacia mí, manteniendo el resto del cuerpo de su dueño fuera de cámara.

Pero no fue eso lo que más pánico me dio. Ni tampoco el hecho de que se movieran de manera retorcida, repugnante, no indicando ninguna buena intención.

Lo que consiguió robarme el aliento y motivarme a echarme hacia atrás, presa del horror, fue que comprobé que tenía frente a mis ojos, como algo completamente repulsivo y antinatural, dos manos izquierdas.

Después de eso sólo interferencias, y después, silencio.

 

 

Magnus Dagon es un seudónimo de Miguel Ángel López Muñoz. Nacido en Madrid en 1981. En el año 2006 ganó el Premio UPC de novela corta, publicada después bajo el sello de Ediciones B. Ese año fue finalista también del Premio Andrómeda, al año siguiente del Premio Pablo Rido y en el 2009 ganador del IX Certamen de Narrativa Corta Villa de Torrecampo. Ha publicado relatos en numerosas publicaciones digitales y de papel. Es miembro de la asociación Nocte de escritores de terror. En abril de 2010 salió a la venta su primer libro, “Los Siete Secretos del Mundo Olvidado”, con la editorial Grupo Ajec. Es cantante y letrista del grupo musical Balamb Garden, que se puede escuchar AQUÍ.

Su cuento “Donde usted quiera llegar” obtuvo el primer lugar en el IX Certamen de Narrativa Corta Villa de Torrecampo.

Hemos publicado en Axxón: EL LÁNTURA, EL BRILLO DEL MAL, EL IMPERIO CAOS, NUEVO COMIENZO, COCHES AZULES, LOS NUEVOS DESCUBRIMIENTOS PERDIDOS: LOS HOLOGRAMAS, EL JUGADOR, BEYOND, SELOALV, RESET y DONDE USTED QUIERA LLEGAR.


Este cuento se vincula temáticamente con LA LLAMADA DE CTHULHU, de H.P. Lovecraft; EL SILBIDO DEL VIENTO EN LA VENTANA, de Héctor Vucetich y STATUS QUO, de Marcelo Dos Santos.


Axxón 219 – junio de 2011

Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Terror : Ser fantástico : España : Español).


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