¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

 

Nos encontramos en la sede central de Seguros EXA-Rewurshit Asoc. El agente de seguros Smithandwinston está asustado. Su jefe, el Sr. Bigmoney está que trina.

—¡Estoy hasta las narices de SKP! ¡Smithandwinston, es usted un idiota y un inepto!

—Pe… pero señor Bigmoney, ¡si al principio usted apoyó la idea con verdadera energía!

—Ya, pero entonces no imaginaba que nos llegarían tantos recursos sobre las pólizas SKP. ¡Nos van a arruinar!

—Podríamos subir las tasas.

—¡Claro que las subiremos! Pero primero tenemos que conocer el alcance de los recursos ya existentes. ¡Y evaluar correctamente el riesgo que podemos asumir! ¡Fue su evaluación tan ridículamente baja la que nos está llevando a la ruina!

—Señor Bigmoney, sólo puedo decirle que lo siento.

—¡Nada de “lo siento”, imbécil! ¡Si quiere seguir con nosotros, ponga manos a la obra!

—Como ordene usted, Sr. Bigmoney…

 

Uno de los primeros afectados que visita Smithandwinston está en Kansas City. Se trata de Peter Englishman.

—Buenas tardes, señor Englishman. Me llamo Smithandwinston y represento a Seguros EXA-Rewurshit Asoc. Le llamé por teléfono desde el aeropuerto.

—¿Me van a dar ya el puñetero cheque?

—Disculpe, señor Englishman, pero estamos aún en plena evaluación de los daños. Recibirá usted su indemnización en cuanto se completen las gestiones.

—¡Y entre tanto, no tengo vehículo para ir al Mall! ¡Tienen ustedes que conseguirme uno, pero ya mismo!

—Estoy convencido de que podremos arreglar ese problema, señor Englishman. Pero primero debo ver su vehículo, si no tiene inconveniente.

—De acuerdo. Vea la jodida ranchera, si es que no le han bastado con las fotos que envié por e-mail.

Los dos se dirigen al garaje. Smithandwinston observa interesado que hay tres coches, aparte de la ranchera, por lo que se pregunta si será cierto que no puede ir al centro comercial. Pero prudentemente no dice nada. El señor Englishman tiene una póliza contra todo riesgo, incluido el SKP, así que tiene derecho a ser indemnizado. Y si dice que no puede ir al Mall, es que no puede ir al Mall. Aunque tenga otros coches en su casa…

La ranchera es una Ford de color negro, con todo el aspecto de ser nueva. Lamentablemente, es dudoso que pueda siquiera arrancar el motor, pues tiene un enorme boquete en todo el capó, que afecta también a la cabina.

Es justo como si algo hubiera caído del cielo sobre la camioneta. Y ese “algo” tenía forma humana.

—¿Y dice usted que le cayó cuando estaba parado en el semáforo?

—Eso mismo. Ese tío es un jodido peligro para la población. No entiendo cómo le dejan volar así.

—Bien, señor Englishman, creo que usted podrá recibir su indemnización en el plazo de una semana. Si lo desea, puedo acompañarle a la tienda para reservar su nuevo vehículo.

—¡OK! He estado pensando en que voy a comprarme una Hummer. Es más cara que la Ford, pero también más fuerte.

—Si me lo permite, señor Englishman, tan sólo podemos cubrir el importe pactado.

—¡OK! ¡Yo pagaré la diferencia, lo que no cubra el seguro ese de mierda!

—Como usted prefiera…

 

El segundo afectado que visita Smithandwinston está en Montreal. La señora Gallafesta aún da claras señales de nerviosismo.

—¿ Ydice usted que viene de la aseguradora?

—En efecto, señora Gallafesta. Represento a Seguros EXA-Rewurshit Asoc. ¿Podría ver los daños, si es usted tan amable?

—Vaya usted con la criada, porque a mí aún me entran los temblores cuando paso por la planta alta.

—Es igual.

—¡Dolores!

—¡Diga, señora Gallafesta!

—Acompañe a este caballero a la planta alta para que vea el boquete, y responda amablemente a todas sus preguntas. Y dígale a Marco que me traiga otra tila, pero más fuerte. ¡Y caliente!

—Eso haré, señora. Usted, caballero, si es tan amable de seguirme.

Smithandwinston sigue a la doncella con mucho gusto, pues realmente vale la pena. Se trata de una jovencita de unos veinte años, cuya escueta minifalda pende ante él mientras suben las escaleras.

Por la cabeza de Smithandwinston pasan algunas ideas que no se atreve a llevar a cabo. Ligarse a las empleadas de los clientes no entra en la política de la empresa.

Cuando llegan al ático de la mansión, él siente que le vendría muy bien una tila para calmarse. Pero al ver el estado del techo se le olvidan las ganas de jugar a Don Juan.

Una parte realmente apreciable del tejado se ha venido abajo. Exactamente como si algo hubiera caído desde el cielo.

—Y para mí el susto fue mayúsculo —explica la joven—. Casualmente estaba aquí con el chofer cuando cayó el fulano ése sobre el techo. El estrépito fue enorme, y la señora subió a toda prisa. Justo a tiempo de ver como el tío ése volvía a echarse a volar, saliendo por el boquete.

Smithandwinston se imagina el suceso. La chica está con el chofer… y es probable que no estén precisamente revisando las existencias. Cuando están de pleno ocupados en… en lo que fuera, sienten que algo cae sobre el techo. Deben dejar lo que están haciendo, justo a tiempo para que la señora no les sorprenda. Ésta ha subido corriendo tan pronto como ha oído el estrépito.

Aunque, por suerte para ellos, la señora está más interesada en la figura que se levanta de entre los escombros. Se trata de un hombre vestido con un traje ajustado de color verde y una capa roja. Se sacude el polvo y se lanza a volar, sin siquiera pedir disculpas.

Todo eso es lo que imagina Smithandwinston. Y tiene razón, porque lo sucedido ha sido más o menos así.

 

Smithandwinston visita a varios afectados en todo el mundo. Y dos semanas después de recibir el rapapolvo de Bigmoney, entrega el informe a su jefe.

Según sus cálculos, la póliza contra SKP deberá elevarse al triple para compensar los pagos. Bigmoney toma nota; en la próxima reunión de los socios ejecutivos, propondrá subirla al cuádruplo. No se acaba de fiar de Smithandwinston.

 

Entre tanto, ajeno a estos problemas económicos, un joven repartidor de pizzas recorre la ciudad en su motocicleta. Lleva un pedido que alguien ha efectuado por teléfono (dos margaritas y una romana, todas pequeñas y con refrescos). Se salta un semáforo en rojo pero apenas escucha los insultos de un automovilista. Cruza por un paso de peatones para no tener que dar un rodeo por la rotonda con todo su tráfico. Y finalmente, recorre un callejón en dirección contraria. Un coche viene de frente, pero él lo esquiva subiendo a la acera. Ignora los pitazos del conductor, como es habitual. También hace caso omiso del gesto obsceno que aquél le hace con la mano.

Aparca sobre la acera frente a un edificio de oficinas. Abre el portabultos y coloca el pedido en su bolsa.

De repente, oye una voz lejana. Muy lejana. Llega desde las montañas.

¡Hay una mujer en peligro!

¡Es un trabajo para Superkataplof!

Como no hay cabinas telefónicas a mano, entra en el portal del edificio. Allí se quita la ropa a toda velocidad.

Pero no se queda desnudo. Bajo la ropa de repartidor de pizzas en moto, aparece el traje verde lechuga con la capa rojo sangre.

Superkataplof deja allí tirado todo el pedido, junto con su ropa. Y sale volando por el aire.


Ilustración: Tut

Con su súper-oído, Superkataplof localiza la dirección exacta desde dónde ha venido el grito de socorro.

Gracias a su supervelocidad, alcanza la velocidad supersónica… aunque el estampido sónico rompe alguna que otra ventana cercana.

Y justo cuando está a pocos segundos de las montañas, Superkataplof pierde sustentación. Se cae.

Afortunadamente, esta vez ha caído sobre unos árboles y apenas ha roto algunas ramas. Un excursionista lo mira levantarse, curioso.

Nuevamente, Superkataplof se lanza al vuelo. Y llega a tiempo de salvar a una joven excursionista de un oso rabioso. Recoge a la chica con sus fuertes brazos y se echa a volar… para caerse de nuevo sobre un pajar.

La chica y Superkataplof salen del interior del pajar ante el asombro de un granjero. La joven se sacude la paja y se le queda mirando. Casualmente, el granjero es joven y soltero; la chica también…

Superkataplof deja a los dos allí. Tal vez sea el inicio de un romance, ¡gracias a la intervención de Superkataplof!

Llega volando al edificio donde dejó las pizzas, y su ropa. ¡Otra vez todo ha desaparecido!

Por suerte, tiene ropa de recambio en su casa. Pero lo que no puede reponer es la moto… pues también ha desaparecido.

Tiene que llamar a la empresa para reportar el robo. Y volver en el Metro, mientras otro repartidor vuelve a llevar las pizzas y los refrescos, pues el cliente asegura que no ha recibido nada.

Todo eso lo ha de pagar Mozarelli, el joven repartidor de pizzas. El otro yo de Superkataplof.

El señor Tagliatelli, el gerente de PizZassTrass, no entiende cómo es que aún mantienen el contrato de Mozarelli. Ese joven lleva ya desaparecidas cuatro motos y también cerca de veinticinco pedidos. Parece un imán para los chorizos.

Por suerte, él siempre paga las pérdidas, así que realmente no suponen un perjuicio para la empresa. Más bien…

Tagliatelli hace cuentas en su PC y concluye que los gastos del joven repartidor superan ampliamente su salario; pero si él lo paga, lo cierto es que resulta beneficioso para la empresa. Además, cada pedido que pierde es otro pedido que se realiza, por lo que la empresa vende el doble a fin de cuentas.

Decide recomendar que le mantengan el contrato. Aunque siga extraviando pedidos e incluso material, mientras lo pague…

 

Es otro día en la vida de Mozarelli, repartidor de pizzas de PizZassTrass. Montado en su moto recorre la ciudad, ignorando las señales de tráfico y las pitadas de los automóviles, que siempre andan envidiando su facilidad por moverse entre el tráfico endiablado.

Lleva un pedido bastante voluminoso, más de lo habitual: cinco familiares “Extra doce ingredientes” y una docena de refrescos de cola de dos litros. Seguramente será el pedido de alguna fiesta…

Va por la Avenida de los Joyeros, conocida por el gran número de joyerías y talleres de fabricación de joyas que hay en ella.

Todas las tiendas están cerradas, como es lo lógico al ser domingo.

¿Todas? ¡No! Allí mismo hay una con la puerta abierta y un coche en la entrada.

¡Un momento! Hay algo que no encaja…

¡Es un asalto!

¡Un trabajo para Superkataplof!

Maldiciendo a la Compañía Telefónica que ha retirado todas las antiguas cabinas telefónicas cerradas, tan útiles para cambiarse, Mozarelli entra en un callejón. Junto a unos contenedores de basura deja su moto.

Por suerte, esta vez encuentra una cadena que le sirve para dejar amarrado su vehículo. Mientras se cambia, no pierde de vista lo que sucede en la joyería, gracias a su súper-oído.

No necesita volar, porque está justo al lado. Corriendo a velocidad supersónica (el estampido sónico rompe varias cristaleras en otras joyerías), Superkataplof entra por la puerta de la joyería asaltada.

De inmediato, Superkataplof comprende que algo no va bien. Acaba de perder todos sus superpoderes.

Por suerte, los ladrones huyen a la desbandada. Suben al automóvil que está en la puerta y desaparecen. Superkataplof no puede perseguirlos, así que les deja huir como conejos asustados.

En el suelo está el botín, un saco lleno de oro.

Superkataplof lo recoge y nota cómo la radiación del oro es la responsable de la pérdida de sus poderes. Suelta el saco y se aleja hacia la puerta. No hay nada de oro en las cercanías.

Nuevamente tiene sus superpoderes.

Ahora se acerca al saco.

Ya no tiene poderes.

Justo en ese momento llega la policía. Al romperse las cristaleras de las otras joyerías, han sonado las alarmas que están conectadas con la central. Los agentes han llegado y se encuentran a Superkataplof con un saco de oro en el interior de una de ellas.

Se lo llevan detenido.

Al menos los polizontes le hacen caso cuando él les pide que recojan todas las grabaciones de las cámaras de seguridad.

En el coche de la policía primero, y después en la comisaría, Superkataplof sabe que tiene todos sus poderes intactos, por lo que no tendría inconveniente alguno en salir volando, dejando a los polis con un palmo de narices. Pero no le interesa, pues prefiere que la policía colabore con él.

No es que le sirva de mucho, pues de hecho para los agentes Superkataplof no es más que un entrometido que mete sus narices donde no le importa. En otras palabras, que nunca le han ayudado ni lo más mínimo.

Pero no importa.

En la comisaría, consigue que se visualicen las imágenes de las cámaras de seguridad. Muestran cómo entran los ladrones, rompiendo la puerta con el coche, recogen su botín y se disponen a huir cuando aparece Superkataplof. Al verlo, los amigos de lo ajeno abandonan el saco y suben al coche.

Superkataplof sale sin cargos y está a punto de llamar a un taxi cuando recuerda que puede irse volando.

Aunque durante su vuelo, cae un par de veces, destrozando otros tantos coches (cuyos conductores llevan un reloj de oro y una cadena del mismo metal, respectivamente).

Finalmente, llega donde dejó su moto. Esta vez no se la han llevado, pero el pedido ha desaparecido.

¡Otra vez debe recurrir a sus fondos personales para pagarlo!

¡Menos mal que en su casa, Superkataplof tiene un colchón relleno con billetes! De hecho, duerme sobre millones, pues el colchón de su cama está lleno de billetes de alta denominación. Coge un billete de 100 y se lo lleva para pagar las pizzas robadas.

 

Por la noche, Mozarelli está en su casa. Solo.

Piensa en lo sucedido por la tarde en la joyería. Si las radiaciones del oro le afectan, le ocurre algo muy similar al efecto de la kriptonita en otro superhéroe muy conocido.

¿Qué hacer?

No se le ocurre nada.

Tal vez debería pedir ayuda a sus lectores.

¿O no?

No debería comentar públicamente el efecto que le produce el oro. Si lo averiguan los enemigos de la ley y del orden, ¡será el desastre!

Pero no obstante, confía en su gente. Tal vez si les indica que guarden el secreto, nadie lo revelará…

Finalmente, toma su decisión. Entra en su blog y crea un nuevo mensaje.

«Os voy a contar un secreto», escribe.

Por la mañana, todos los medios de información tienen la noticia en primera plana.

«El oro afecta a Superkataplof».

 

Han pasado varios meses, y Superkataplof apenas ha podido ayudar a alguna viejecita a cruzar la calle sin ser atropellada. Todos los enemigos de la ley llevan oro encima, aunque sea una placa bajo la camisa, y Superkataplof no puede hacer nada contra ellos.

Mientras tanto, en Seguros EXA-Rewurshit Asoc., el agente Smithandwinston ha presentado un nuevo informe sobre SKP. Y esta vez el señor Bigmoney está satisfecho con el mismo.

—¡Buen trabajo, Smithandwinston! Está clara la relación entre SKP y la presencia del oro. Todo lo que hemos de hacer es subir las pólizas a quienes lleven oro encima, o lo tengan en su casa. Y quienes nos garanticen que no llevan oro, tendrán descuento.

—Es usted muy inteligente, señor Bigmoney.

—Me alegro de que lo reconozca, Smithandwinston. Creo, por cierto, que se merece un ascenso. ¿Qué le parece dirigir la Oficina de Siniestros Virtuales?

—¡Señor Bigmoney, no creo estar capacitado para ese puesto!

—Lo está, Smithandwinston, estoy seguro de que lo está.

A Smithandwinston sólo le falta besar los zapatos del señor Bigmoney. No lo hace porque éste no se lo pide, porque si lo hiciera…

 

Sin embargo, ya son muy pocas las veces que en Seguros EXA-Rewurshit Asoc. tienen que abonar alguna indemnización por Pólizas SKP.

Lo cierto es que Superkataplof apenas sale a volar.

Sus enemigos usan el oro para vencerlo, y así no puede hacer nada.

El peor de los criminales es Cara-Careta. Un delincuente muy peligroso, que usa anillos de oro, cadena de oro, pulsera de oro y además lleva una máscara de oro. O sea, una que realmente es más-cara.

Cuando Superkataplof encuentra a Cara-Careta haciendo alguna de sus fechorías, no puede hacer nada pues pierde todos sus poderes. Lo mejor, salir corriendo y llamar al 112.

De todos modos si oye alguna viejecita en peligro, o algo por el estilo, Superkataplof aún puede hacer algo. En esas ocasiones sale a volar para salvar a cualquier desgraciado en apuros.

Y así, una vez más, Mozarelli escucha a alguien que lo necesita. Una voz débil, de una anciana menesterosa, que escucha gracias a su súper-oído.

—¡Es un trabajo para Superkataplof! —exclama y tras esconderse en un portal se cambia y sale volando.

Cae sobre un coche, cuyo conductor lleva un reloj de oro, pero Superkataplof se levanta de entre los restos del capó y sigue su vuelo.

¡Allí está la viejecita! Es una mujer muy mayor, que está tirada en medio de la calzada; un coche está detenido junto a ella.

Superkataplof se posa a su lado. No parece estar herida.

—¿Qué le ocurre, señora? —pregunta.

—A ella, nada, pero a ti sí que te va a ocurrir algo, gilipollas. —Un hombre sale del interior del coche. Lleva máscara de oro, ¡es Cara-Careta!

Superkataplof no puede huir, pues los secuaces lo han rodeado. Sin poderes, no puede impedir que le amarren y le pongan una mordaza.

—¿Qué hacemos con él, jefe? —pregunta uno de ellos.

—¡Vamos a tirarlo al mar! —responde Cara-Careta.

Y para asegurarse de que no recupere sus poderes, Cara-Careta se desprende de su máscara y se la pone a Superkataplof. Éste reconoce a un agente de Seguros EXA-Rewurshit Asoc.

—¡Es usted Smithandwinston!

—¡Qué te creías, imbécil, que sólo vendiendo seguros uno tiene para vivir! Y ahora me importa un pito que me hayas reconocido, dentro de poco vas a podérselo contar a Neptuno y a las sirenas.

Smithandwinston, o mejor Cara-Careta se ríe a carcajadas.

Introducen a Superkataplof en el maletero del coche.

La viejecita, entretanto, se ha levantado como si tal cosa y también ha subido al coche; es otra secuaz, como ahora comprende Superkataplof.

Lo llevan al muelle y lo arrojan al agua salada.

Superkataplof cree tener sus horas contadas. Apenas le queda el tiempo de ahogarse… pero no se ahoga.

Al contrario, el efecto combinado del agua salada y la radiación del oro en la cara tienen un efecto inmunizante.

¡Superkataplof ha recuperado sus poderes!

Rápidamente, usando la súper-velocidad y la súper-fuerza, se desprende de las cuerdas y se quita la careta. Ahora puede llevarla en la mano mientras vuela, saliendo del agua con tal velocidad que se forma una ola enorme que arrastra varios botes al mar.

Localiza el coche de Cara-Careta y desciende sobre el capó, de pie.

Los malvados delincuentes se ven sorprendidos. A pesar del oro que llevan encima, no pueden impedir que Superkataplof los sujete con trozos de metal que arranca del mismo coche. Incluso la vieja recibe su merecido. Todos ellos son metidos a la fuerza en el interior del coche destrozado.

Superkataplof le pone una más-barata a Smithandwinston, un saco para tapar su cara, pues quiere que la policía reciba la misma sorpresa que sintió él al descubrirlo.

Recoge el coche con su “preciado botín” y, volando, lo lleva hasta la comisaría más próxima.

El jefe de policía lo felicita, entre fastidiado y sorprendido.

A continuación, se dirige a donde dejó su moto con el pedido de pizzas. Esta vez ha habido suerte, la moto no ha desaparecido. Entrega el pedido sin novedad, pues aún está caliente.

Pero luego, cuando el ahora Mozarelli saca la cartera para contar el importe pagado, descubre en la bolsa, además, una careta de oro, una pulsera, un reloj, varios anillos y colgantes, todos de oro.

Es evidente que el oro no se lo va a dejar al Sr. Tagliatelli, el gerente de PizZassTrass. Mozarelli se lo lleva a su casa, donde guarda un montón de dinero que usa para rellenar el colchón, pues ni a Mozarelli ni a Superkataplof le preocupa el dinero.

 

Superkataplof está convencido de que sus problemas se han solucionado, pues ya el oro no le afecta. Se echa a volar, buscando “algún entuerto que desfacer” como superhéroe.

De pronto, pierde altura y se precipita dentro de una casa. Cae en la cocina.

Se levanta de entre los escombros y busca. No hay nada de oro a la vista, pero sí una enorme pizza con anchoas.

¡Ahora es el olor de las anchoas lo que le hace perder los poderes!

A partir de ahora, deberá tener cuidado cuando reparta pizzas con anchoas, pues ya no podrá hacer de Superkataplof.

Por suerte, son raras las pizzas con anchoas que debe repartir Mozarelli.

 

 

Félix Díaz ha estudiado Química, Ciencia y Tecnología de los Alimentos. Actualmente es profesor de Secundaria en el IES La Laboral.

Ha participado en diversos fanzines de ciencia ficción desde los ’80. De esa época son sus primeras publicaciones: Alma de Perro en la revista Nueva Dimensión e Historia de Draco, cuento infantil publicado por CajaCanarias en la colección “Historia de Draco y otros cuentos infantiles”. Primera publicación en 2005, Exilio, por Ediciones Idea. Posteriormente ha publicado Como el Fénix, Naufragios, Draco y otras historias para niños, Uzoné el pequeño astronauta y Jimmy Cara de Caballo, todos en la misma editorial. También ha publicado Crónicas de Bistularde, por Editorial Atlatis, Aquatia y Sombras del Pasado como autopublicación. Igualmente, ha participado en las siguientes antologías: Trece gramos de gofio estelar (Antología de cuentos canarios de ciencia ficción), Te lo cuento (I Certamen de Relatos Ábaco), Breviario de relatos (VII Certamen de Relatos Hiperbreves Publicaciones Acumán), Microantología del microrrelato II y Eros de Europa y América.

Es miembro del grupo Astroseti.org, dedicado a la divulgación científica.

Esta es su primera participación en la revista.


Este cuento se vincula temáticamente con SUPERHÉROE, de Diego Golombek; EL SUPERHÉROE, de José Vicente Ortuño; MÍNIMA EPOPEYA, de Claudio Guillermo del Castillo y ESA MALDITA MARIPOSA, de Saurio.


Axxón 219 – junio de 2011

Cuento de autor europeo (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Superhéroes : España : Español).


3 Respuestas a ““Superkataplof”, Félix Díaz”
  1. martín panizza dice:

    Tiene un dejo Cortazariano que me gusta. De hecho, me gusta toda ese universo de escritores onda Saki, Felisberto, Córtazar, Aira, algunas cosas de Fressán, Saurio, etc.
    Sí, lo metí a Saurio en el medio. Como que lo tenía merecido.

    Saludos,
    Martín.

  2. dany dice:

    Eso. Saurio se lo tiene merecido. Hay muchas cosas suyas que deberían encuadrarse.

  3. Juan Manuel dice:

    Félix: Tuve el gusto de evaluar tu cuento para Axxón: lo encontré muy gracioso. Me alegra de que lo hayan publicado, y te felicito :-)

  4.  
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