¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

Capítulo I – Sólo desierto

 

El dolor le invadió la pantorrilla y sintió cómo la respiración entrecortada, producto de la huida, lo ahogaba.

Frente a él y tan sólo a cien metros estaba la boca de un túnel de purificación, tan cerca que casi podía sentir la brisa generada por los ventiladores que giraban monótonamente en su interior, pero por experiencia sabía que no lograría llegar ni a la mitad de la distancia que lo separaba de la libertad, sólo le quedaban diez segundos desde el momento en que el dardo lo alcanzó para buscar una alternativa de acción. El túnel debía esperar.

10, 9, 8… Los latidos acelerados del corazón le martillaban el pecho.

Con la última reacción de sus músculos alcanzó un área de descanso y se parapetó detrás de un banco semioculto por dos setos de fedrias. Activó el control de energía en su guante derecho y tocó la torre de iluminación cercana al banco, dejando toda la calle a oscuras.

7, 6, 5… Los oídos le zumbaban dolorosamente.

Digitó con torpeza el código de primeros auxilios sobre el panel de su muñeca.

—O… odon… a veinte miligramos —balbuceó casi al borde del desmayo.

—Comando no reconocido —respondió, indiferente, la computadora.

—Omodona veinte miligramos —repitió con la máxima claridad posible.

Sintió el vaciado de la cápsula en su torrente sanguíneo.

4, 3, 2…

Estud percibió el alivio casi inmediatamente y la rigidez de sus miembros inferiores comenzaba a ceder cuando el silbido de los motores de ión que impulsaban a las ocicletas atrajo su atención. Estaban demasiado cerca.

Intentó ponerse de pie y las piernas le respondieron a medias, se masajeó con ímpetu los músculos y se asomó sobre el primer seto para ver que los guardias que lo perseguían se detenían entre dos edificios, a sólo una calle detrás de él.

—Acerté con el último disparo —comunicó uno de los guardias a su compañero.

—Si así fuera estaría tirado en este mismo lugar y, además, ¿quién crees que dejó la calle a oscuras?

—Te repito que le di —y le mostró el recuento en el visor del arma, tres disparos, un impacto—. Debe estar caído inconsciente por aquí mismo.

—Hay que ser precavidos —contestó el compañero mirando hacia la impenetrable oscuridad de la calle—, dividámonos para cubrir el área, tú ve a rodear el edificio para llegar del otro lado de la calle y yo continuaré derecho para no dejarle salida posible.

Estud observó en todas las direcciones tratando de detectar cualquier otro movimiento, pero la ciudad de Mestris en ese extremo estaba vacía, todo el mundo había asistido a la última reunión del Consejo. Ese día se decidía quién estaría la próxima década al frente de la empresa.

Mestris contaba con todos lo elementos para catalogarla como ciudad pero había sido construida para albergar a Mestronics, la segunda empresa en importancia en el desarrollo de bio-comunicación, cuya única meta era destronar a Enlact, la empresa líder del mercado.

No había sido casualidad elegir el día de la votación para la operación. La ausencia del personal de la empresa en la calles le permitía moverse con cierta libertad y contaba, además, con que la guardia mejor entrenada estaba custodiando la Junta del Consejo.

La patrulla que lo seguía lo había detectado diez minutos atrás y el contador, que había iniciado al principio de la persecución, indicaba en el visor que le quedaban por lo menos quince minutos hasta que pudieran darles apoyo, tiempo mínimo que tardarían en llegar desde el otro extremo de la ciudad donde se celebraba la reunión. Con cruda certeza, si no lograba salir de la ciudad en ese lapso, estaría irremediablemente atrapado.

Estudió mentalmente las opciones que tenía y supo que, pese a la oscuridad, no había forma de llegar al túnel sin enfrentarse al guardia que se dirigía hacia él.

Dejó que la ocicleta se fuera acercando y programó seis señales de interferencia en el módulo de defensa.

A sólo unos pocos metros de él, el guardia golpeó molesto el tablero de censores.

—Inútiles rastreadores, nunca funcionan bien cuando se los necesita.

Para cuando el guardia volvió a levantar la vista de los indicadores, ya era demasiado tarde, el golpe de un puño lo impactó en el medio del rostro, haciéndole caer de espaldas, inconsciente, sobre la calle.


Ilustración: Valeria Uccelli

Estud, con un punzante dolor aún en sus músculos, montó la ocicleta y se dirigió hacia su única vía de escape.

El guardia que aún quedaba había completado el rodeo del edificio y avanzaba lentamente sobre la calle transversal al túnel cuando la ocicleta cruzó la esquina sin siquiera darle tiempo a darse cuenta de que el piloto no era su compañero.

—Due, ¿viste algo? —farfulló al intercomunicador.

Pero sólo hubo silencio e inmediatamente el estruendo de una fuerte explosión.

—Maldición —protestó airadamente el guardia, y aceleró a toda la potencia.

La ocicleta rugió y en unos segundos se encontró frente a la boca del túnel, pero sólo percibió un olor acre en el aire y vio que de los ventiladores no quedaban más que despojos. Ya no había nadie.

El aire frío del exterior golpeó con furia el rostro de Estud y, con alivio, giró para ver cómo se alejaba la muralla de la ciudad. Por el momento ningún habitante de la ciudad, sin importar cuánto deseara atraparlo, lo seguiría, debido al pánico que les provocaba la posibilidad de contaminarse. Si bien Hectra era un planeta habitable para los seres humanos, su biodiversidad no era compatible con los estándares de asepsia requeridos en el montaje de los dispositivos que se fabricaban en Mestris. Cualquiera de los empleados que estuviera en contacto con el ambiente del planeta tenía por delante semanas de controles antes de poder reingresar al complejo.

Estud había ganado más tiempo, pero aún la cacería no había terminado y debía preparase para enfrentar un peligro mayor: enviarían lo antes posible un grupo de autómatas detrás de él y, según la información logística que había comprado, la respuesta no tardaría más de una hora en hacerse efectiva, aunque sospechaba por la fuente poco confiable de donde la había obtenido que el grupo de rastreadores estaría listo inclusive antes de ese tiempo.

El motor comenzó a fallar y saltó con pericia unos segundos antes de que la ocicleta cayera desplomada inerte. La energía que impulsaba los vehículos de la ciudad provenía de los núcleos energéticos y los más externos, distribuidos a lo largo del muro, tenían un alcance de trescientos metros. Lo mínimo indispensable para que los androides de mantenimiento realizaran trabajos de reparación en la muralla.

Se incorporó sacudiéndose el polvo y reparó en la luz de alerta que titilaba en su cinturón. Abrió lentamente el compartimento, casi había olvidado en la adrenalina de la huida que no había tenido tiempo de guardar adecuadamente el botín del robo.

El núcleo de emisión brillaba intacto en la palma de su mano, una esfera de un profundo color negro con tan sólo el tamaño de su pulgar y el poder de canalizar todo el tráfico de información de un pequeño planeta.

Extrajo de su mochila una cápsula de brica y colocó el núcleo dentro de ella.

Activó al máximo el exoesqueleto de su traje, ya no había motivo para seguir manteniéndolo en pasivo, la interferencia de los núcleos de la ciudad, que hubieran causado serios daños a los controles, estaban fuera de alcance.

Levantó el visor del casco y observó cómo amanecía en el desierto que cubría ciento cincuenta kilómetros de desolación en cualquier dirección alrededor de Mestronics.

Desplegó el mapa tridimensional desde el módulo navegador y ubicó su posición, notando que si bien no había escapado por donde tenía planeado originalmente, no se había desviado más de unos pocos kilómetros del punto marcado como óptimo para llegar a su vehículo, el cual lo aguardaba oculto en límite sur de la selva de transición.

Recalculó el trayecto y cargó noventa por ciento en la variable de velocidad de desplazamiento del exoesqueleto. El simulador se quejó del porcentaje indicando un riesgo de falla demasiado elevado en los servos, pero no le prestó la menor atención a la advertencia. No tenía otra posibilidad, debía alcanzar lo antes posible la relativa seguridad de la selva si quería tener una oportunidad.

Los servos comenzaron a acelerar y bajó la visera del casco que se oscureció y se convirtió en una pantalla que mostraba el entorno digitalizado con todos los indicadores de la información que el traje recogía de su entorno segundo a segundo.

El día se presentaba totalmente despejado y el frío de la noche muy pronto sería reemplazado por el calor atormentador del día. Se concentró en el punto que le indicaba el rumbo a seguir a medida que aceleraba gradualmente.

Dentro de la ciudad, dos patrullas de apoyo llegaron hasta el guardia que asistía a su compañero, el cual comenzaba a dar señales de recuperación.

—¿Qué ocurrió? —inquirió el capitán de las patrullas.

—Señor, perseguíamos un infiltrado pero cuando lo teníamos rodeado logró evadirnos y escapó por ese túnel.

—Maditos incompetentes —rugió el capitán— veré que sean asignados a guardias por un mes.

El guardia aún semiinconsciente logró hablar.

—Creo que anuló mis censores, señor.

—Y estoy seguro de que un dardo lo rastreó… señor —agregó el segundo guardia con timidez.

—Ya veo, se enfrentaron a un profesional y se burló de ustedes.

—Sí, señor… no, señor —se retractaron los dos al unísono.

—Ya tendrán tiempo de dar explicaciones sobre la ineptitud que mostraron hoy —espetó el capitán, dándoles la espalda—, ahora lleve a su inútil compañero a la unidad sanitaria.

Los dos guardias se alejaron en dirección al centro de Mestris.

El capitán digitó su código de seguridad en la consola de comunicación.

—Mul en línea dos —anunció una voz metálica en la oficina de presidencia.

—¿Cómo vamos, capitán? —preguntó un rostro adusto en el visor.

—La fase uno está completa, señor. ¿Procedo con la fase dos?

—Adelante.

La comunicación se cerró en la ocicleta de Mul sin otra aclaración.

Miró a su segundo y le ordenó que activara a tres epilotes.

—¿Tres, señor? ¿No será arriesgar demasiado?

—Obedezca y no piense —rugió Mul—, usted no conoce a este hombre, tres epilotes serán sólo un juego para él.

—Sí, señor.

Cuarenta minutos después la esclusa de la puerta exterior se abrió y el grupo de rastreadores salió disparado, levantando una nube de polvo a su paso.

Los epilotes duplicaban en velocidad, armas y precisión de rastreo al equipo de Estud, siendo considerados las mejores herramientas de persecución y captura en aquellos planetas donde estaba vedado volar, como era el caso de Hectra.

El líder del grupo sondeó el llano y fijó las coordenadas del fugitivo, calculando la velocidad de desplazamiento en ochenta kilómetros por hora. Analizó las posibles rutas y concluyó que era imposible interceptar el objetivo antes de que llegara al perímetro del desierto, por lo que eligió una ruta paralela en la que la mayor velocidad de la que disponían los acercara lo suficiente para intentar disparar antes de que el objetivo se guareciera en la espesa selva de Hectra.

Un sonido agudo en la consola principal arrebató a Estud de su concentración. Vio sobre el centro de su visera un aviso de detección.

Desplegó nuevamente el mapa tridimensional y pudo ver que tres autómatas avanzaban en paralelo a su ruta.

El sol estaba ya sobre el horizonte, el desierto hervía bajo sus pies y el sudor le bañaba el rostro.

Otro aviso parpadeó delante de su ojo izquierdo, en este caso, una alerta de blanco fijado.

—Aquí vamos —se dijo a sí mismo, mirando los tres discos rojos que se dirigían hacia él en la pantalla de rastreo.

Activó maniobras de evasión en el control del traje y su andar comenzó a oscilar calculando y ajustando la trayectoria según el terreno permitía.

El primer disco estalló a unos pocos metros gracias a un viraje de sesenta grados de último segundo.

—Activar duplicación —gritó con desesperación a la computadora.

Sobre ambos lados se consolidaron sendas imágenes de él mismo irradiando un resplandor cegador.

Dos estallidos más retumbaron levantando una nube de arena y las imágenes se esfumaron.

Una nueva alerta brilló en la visera.

—¿Y ahora qué? —se preguntó con enfado.

—Probabilidad alta de falla, servos reduciendo capacidad al setenta por ciento, daños en acumuladores laterales —acusó la computadora.

Estud miró hacia abajo y notó una voluta de humo amarillo saliendo del traje. Una esquirla había penetrado en las baterías secundarias.

El verde de la selva se acercaba y marcó “deshabilitar” sobre la protección de fallas. El traje crujió y la velocidad aumentó nuevamente.

—Falla inminente en veinte segundos, cronómetro ajustado —fue lo último que se escuchó de la computadora antes de que desactivara el asistente de voz.

La selva envolvió casi al mismo tiempo a Estud y al grupo de rastreadores, sólo separados por dos kilómetros de vegetación.

La pierna izquierda dejó de responderle y rodó sin control sobre la pendiente de un pequeño cráter hasta llegar a la base. Rápidamente quitó los seguros del exoesqueleto, desprendiéndose de él, y se alejó tosiendo por el humo que despedían las baterías.

Verificó la posición y vio que sólo cuarenta metros lo separaban de su vehículo. Aguzó el oído y pudo escuchar el ruido del follaje desgarrándose. Los epilotes atravesaban la tupida vegetación sin importar qué hubiera a su paso.

Con la prisa que la situación exigía colocó un detector de movimiento, dos cargas de coortad alrededor y corrió en dirección a su monoplaza.

Unos segundos después la onda expansiva lo arrojó de bruces al suelo. Se quedó quieto cubriéndose para evitar los despojos, mientras activaba el asistente de voz.

—Veinte metros, veinte metros más —se dijo a sí mismo—. Búsqueda de actividad en zona —murmuró.

—No hay actividad, zona despejada —concluyó la computadora.

El monoplaza desplegó la alerta.

—Identifíquese.

—Sólo yo esta vez —gritó.

—Bienvenido, encendiendo sistemas —anunció el monoplaza, abriendo la puerta derecha.

Estud se había sentado en la mullida butaca, cuando la consola se puso completamente roja y la computadora dio la alerta.

—Actividad en perímetro, precaución, precaución.

Un fogonazo azul eléctrico estalló a sólo un metro del vehículo.

—Escudos —sentenció, cerrando el compartimento.

El segundo impacto fue directo, haciéndolo saltar de su asiento al que no había podido sujetarse.

El líder de los rastreadores terminaba de subir la pendiente con sólo una oruga en funcionamiento y su única arma activa disparando sin interrupción.

El monoplaza activó su escudo a máxima potencia y se elevó con un ruido ensordecedor tres metros sobre el suelo, el máximo permitido en Hectra sin ser considerado violación de vuelo.

Dos impactos más se reflejaron en el escudo sin penetrarlo.

Aplicó toda la energía a los propulsores y el vehículo zumbó en dirección noroeste dejando al epilote sobreviviente atrás y sin chance de continuar su persecución.

 

 

Capítulo II – El trato

 

Indira, tercer planeta del sistema Drópea en la constelación de Serqua.

La humedad de Indira era superior al noventa por ciento en los días de estío y los trajes monocromáticos fluorescentes estaban de moda, haciendo el ambiente aún más estresante.

Las calles del mercado de bienes perdurables estaban atestadas, dándole a Estud la seguridad de que podía desaparecer rápidamente si se complicaba el acuerdo de la entrega de la mercadería.

Un vendedor de biplazas, vestido completamente de amarillo, anunciaba las virtudes de los estabilizadores del nuevo equíptero con una bonificación del veinte por ciento sobre el precio total.

En el centro de la peatonal, un puesto con luces de neón, la iluminación más cara a la que se podía aspirar dentro de la restricción de consumo de energía, exponía una pareja de cyborgs que recorrían un cubículo mono ambiente transparente, mostrando cómo la habitabilidad era compatible con el reducido espacio.

Estud recorrió la multitud a su alrededor y las alertas de sus sentidos se dispararon cuando divisó sobre su hombro al contacto del intercambio, que se movía entre la gente, mirando y no observando. El instinto de Estud le decía que no era uno más: aunque su vestimenta a la moda verde flúo y su andar errático eran plausibles, nada podía ocultar la búsqueda que estaba realizando. Lo buscaba a él o, mejor dicho, a quien tenía el núcleo.

El contacto le realizó un gesto de saludo con la cabeza.

Dejó que lo alcanzara deteniéndose en el puesto de prótesis dentales, y caviló unos segundos pensando cómo podía una prótesis dental ser un bien perdurable.

—¿Busca algo para el futuro? —comentó el contacto a un lado de Estud.

—Siempre pienso en el futuro.

—¿Y qué hay del presente?

—No mucho más que una entrega por realizar.

—Justo lo que vengo a ofrecer y de la forma más simple —dijo casi en susurros el contacto, sosteniendo un molar de muestra en la palma de la mano.

—Claro que es simple si tienen el dinero —interrumpió Estud caminado nuevamente por el boulevard.

El contacto apresuró el paso para colocarse a su lado.

—Nada como un negociante, aunque el precio ya fue pactado.

—No busco cambiar el trato…. ¿Dónde y cuándo? —lo apresuró Estud.

—Yo y el dinero en pasaje Furt tres ochenta y tres, mañana nueve AM.

Estud se detuvo en seco y lo miró por primera vez directo a los ojos.

Era un poco más bajo que él y de tez morena, con un cuerpo más bien delgado.

—No me importa el dinero o venderle el núcleo al mejor postor, por lo que no están en posición de regatear —le escupió en la cara—. Si no está tu jefe presente mañana, al cual debo decir que ya tengo identificado, no obtendrás nada de mí.

El contacto trató de balbucear una respuesta, pero Estud desapareció entre la multitud sin darle tiempo a la más mínima retórica.

Diez horas después Estud despertó con la boca pastosa y la cabeza recordándole que el licor de Indira está preparado para no dejar testigos.

El día se presentó nuevamente húmedo y se colocó el exoesqueleto no con poca dificultad, para luego ocultarlo debajo del sobretodo morado metalizado.

A medida que se acercaba al pasaje Furt disminuía la gente que deambulaba. Un mendigo tirado en la esquina de una fábrica abandonada le extendió la mano temblorosa y Estud le arrojó dos drians.

—Gracias, señor, hoy brindaré en su nombre —carraspeó el mendigo para luego sumirse nuevamente en su sopor de alcohol.

Faltaban diez minutos para las nueve de la mañana y la ubicación era un taller de reparación de ocicletas oculto entre dos edificios abandonados.

—Búsqueda actividad zona —murmuró.

—Tres individuos planta inferior, dos individuos planta superior, tres individuos en vehículo parte posterior —acusó la computadora.

Una brisa le arremolinó el cabello dándole alivio de la humedad.

Golpeó la puerta y una pequeña rendija se corrió. Apareció el rostro hirsuto de un guardia con ojos escrutadores que lo recorrieron de arriba abajo, segundos después, las bisagras rechinaron y la portezuela se abrió.

El cuarto estaba atestado de ocicletas en reparación, un motor colgaba de dos cadenas sobre el banco de trabajo. Desde el fondo, bajo la penumbra de la luz central, se acercó el contacto.

Estud disparó sin darles tiempo a los otros guardias a reaccionar y el contacto cayó inerte.

Ambas manos señalaron formando una ve con los cañones a los dos guardias que quedaban y de las escaleras asomaron sus armas los tiradores de la planta superior.

Los guardias se miraron entre sí, aturdidos por lo eventos, cuando la cortina en el fondo del taller comenzó a elevarse.

El multiplaza ingresó con las luces encandilando a Estud.

Dos guardaespaldas de pulcra etiqueta blanca plateada bajaron del vehículo y a continuación descendió Gad, el presidente de Enlact.

Gad miró el cadáver delante del vehículo y luego fijó su mirada en Estud.

—¿Qué le hace creer que puede hacer lo que quiera? —espetó.

—¿Que soy el poseedor del producto que me enviaron a buscar? —rezongó Estud, sin separar la vista de los guardias.

—¿Y si no le sirviera eso para conservar la vida?

Estud vislumbró una sonrisa en el rostro del presidente y comprendió que no tenía salida.

—Transferencia máxima —murmuró a la computadora.

Los guardaespaldas de Gad se revolvieron incómodos y uno se acercó para susurrarle al oído que había detectado una señal de transmisión.

—¿Qué intenta…? ¿Traer ayuda? —lo increpó Gad.

—Tengo toda la ayuda que necesito justo aquí mismo, ya verá —gritó Estud, mientras comenzaba a disparar.

Los dos guardias apuntados y los del segundo piso bajaron disparando a discreción. Los guardaespaldas arrojaron a Gad dentro del multiplaza y se separaron hacia ambos lados.

Un guardia más cayó bajando la escalera y Estud se ocultó detrás de una línea de ocicletas sobre el frente del taller.

—Dígame, señor Gad, es así cómo se llama ¿no? —gritó Estud.

Gad presionó el comunicador exterior del multiplaza.

—Sí, señor Estud. Así lo llaman a usted ¿no?

—Sólo mis amistades, señor Gad —ironizó Estud, cambiando de posición sobre ambos lados de la fila de ocicletas.

Uno de los guardaespaldas recorría la fila del lado izquierdo y el segundo del lado derecho, con sus inconfundibles las chaquetas plateadas.

—Tiempo estimado para finalización de transferencia —susurró Estud.

—Un minuto veinte segundos —acusó la computadora.

Cuando el último guardia que había bajado de la planta superior cruzó la sala Estud disparó a las cadenas del motor y éste aplastó al mercenario.

Ambos guardaespaldas comenzaron a disparar sobre la ubicación de Estud sin interrupción.

En el último segundo, cuando ya alcanzaban su posición, Estud arrojó sus armas a ambos lados, dándoles unos segundos para que cesaran los disparos.

—Ya, señores —gritó, asomándose con las manos sobre su cabeza.

Los guardaespaldas, sin dejar de apuntarle, se acercaron lentamente para luego derribarlo con un golpe en el estómago.

Gad descendió del vehículo y caminó hacia Estud.

—Ya ve… ¿Qué buscaba? ¿Matarme quizá?

—En mi bolsillo derecho está el módulo para que lo tome —comentó Estud, escupiendo sangre.

Gad deslizó lentamente su mano en el bolsillo y extrajo la cápsula de brica.

—Sabe, Estud, ya tengo el diseño de este transmisor en mi oficina.

Estud no se inmutó, pero la frase había confirmado sus peores sospechas.

—Usted y el presidente de Mestronics hicieron un trato, ¿no?

—Qué perspicaz es y debo decir que está en lo cierto.

—Transferencia completa —anunció la computadora.

—Sólo quiero saber por qué —increpó Estud.

—Claro que quiere saber, y para describirlo basta con decir que en el pasado nos causó muchos dolores de cabeza hurtando prototipos de aquí y allá, pasándoselos a la competencia. Perdimos mucho dinero y usted ganó demasiados enemigos. Nada más simple que ponerse de acuerdo para eliminar el problema, debo darle el crédito de unirnos —rió Gad—. ¡Disparen! —gritó.

Una lluvia de muerte calló sobre Estud.

Gad se limpió la sangre del rostro.

—Está muerto —sentenció el guardaespaldas que había posado sus dedos sobre la carótida.

—Ya vámonos de aquí, ¡rápido! —contestó Gad, dirigiéndose hacia el multiplaza.

Los guardias de plateado comenzaron a caminar, pero se detuvieron a los pocos pasos con cara de pánico.

—Señor, detectamos otra señal.

—¿Y qué es? ¿Una llamada de auxilio?

—No, señor, proviene del cadáver y es una cuenta regresiva.

—¡¡¡¡¡¡IDIOTAS!!!!!!

La explosión iluminó diez kilómetros a la redonda, el taller y los dos edificios de al lado se desplomaron en una nube de fuego.

 

 

Capitulo III – Un nuevo comienzo

 

Rago era una pequeña luna del planeta Vicro en un sistema alejado de cualquier ruta comercial y visitado sólo por navegantes perdidos o prófugos de la justicia.

La caverna se iluminó con el resplandor de la consola al activarse. El contador se ajustó en la etapa uno de procesos. Comenzó la cuenta regresiva en quince horas.

Monótonamente, el brazo robótico retiró el cuerpo doscientos veinticinco del almacén.

La celda de clonación se abrió y el cuerpo fue depositado dentro con delicadeza.

—Iniciando recrecimiento, nutrientes aplicados.

Quince horas después la cámara de clonación se abrió.

El cuerpo ya desarrollado se incorporó a tientas y casi cayó al pisar el suelo, sujetándose del borde de la cámara.

—Clonación completada —anunció el sistema en el altavoz.

Estud 225 se dirigió a la ducha, un refrescante baño para quitar el material sobrante.

—Datos —gritó a la computadora.

—Todos los objetivos destruidos, ninguna comunicación realizada —determinó la computadora.

—Estado de grabación —solicitó mientras retiraba los últimos vestigios del capullo de clonación de sus piernas.

—Cien por ciento de memoria recuperada y cargada en clon 225.

La fortuna sonreía nuevamente a Estud o como lo llamaban en los bajos fondos los profesionales, el Inmortal.

Sólo quedaba una nueva misión por realizar: asesinar al presidente de Mestronics con el cual sostenía una deuda de sangre que debía ser saldada. Nadie más sabía que Estud continuaba vivo, lo que le daba la ventaja perfecta.

 

 

Gustavo Ramos nació en 1971 en la provincia de Buenos Aires y vive en el partido de Quilmes. Es técnico en Electrónica, se dedicó a la informática hace más de veinte años, especializándose en administración de seguridad y bases de datos. Escribir es una pasión que lo acompaña desde la infancia, pero que hasta ahora había mantenido en privado, por lo que no cuenta con antecedentes de colaboraciones y/o publicaciones. Agrega: “Como anécdota, puedo decirles que el libro que me acercó a la ciencia ficción (o quizá más a la fantasía en este caso) fue El mundo de Rocannon de Ursula K. Le Guin, lo que a su vez me convirtió en un ávido lector que siempre busca dentro del género cualquier publicación que me lleve una vez más a mundos nunca antes conocidos”.

Esta es su primera publicación en la revista.


Este cuento se vincula temáticamente con YUI, de Juan Pablo Noroña Lamas y FANTASMAS INOCENTES, de Alberto Mesa Comendeiro.


Axxón 220 – julio de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Tecnología : Conspiración : Argentina : Argentino).


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