¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

Archivo de Agosto 2011

CUBA

Para Mercy, la Pastora.

 


Ilustración: Tut

Suena el despertador y lo pienso dos veces antes de abrir los ojos, tratando de adivinar dónde estoy. Quiero saber si me he trasladado durante el sueño, para evitarme decepciones. (A falta de una palabra mejor he dado en llamar traslaciones a estos inexplicables incidentes.) Tanteo a mi alrededor y respiro, aliviada: la suavidad del colchón, la blandura de las almohadas, el aire acondicionado que me acaricia los poros indican que estoy en mi cama. Aunque… ¿acaso la otra no es mi cama también?

Despego los párpados y contemplo mi cuarto con la claridad que me dejó la operación con láser, la que me liberara hace dos años de los odiados espejuelos. Y recuerdo de pronto todo lo que tengo pendiente: revisar la cámara oculta que debió filmar mis andanzas durante el tiempo en que no estuve (o no estuvo mi espíritu) en ésta, mi casa californiana. Y la cita con el psicólogo. Hoy me toca encontrarme con el doctor Patterson, que debe considerarme uno de los bichos más raros que ha tratado en su larga carrera de loquero profesional.

Lo bueno que tienen estas traslaciones, si es que algo bueno tienen, es que me permiten apreciar mejor mi cómoda existencia en este mundo. Este mundo es San Diego; el otro, al que salto sin motivo aparente, es La Habana de mis calores, la que me vio nacer.

Camino descalza hasta el baño, consciente de la suavidad de la alfombra en la que se me hunden, deleitados, los pies, y me detengo ante el espejo, donde se refleja una mujer de cuarenta años que quiere parecer de treinta. Cabello con mechas doradas y largo hasta los hombros, bata de seda blanca, aretes de brillantes y un rostro que todavía conserva restos de la crema hidratante Estée Lauder con que me embadurné antes de acostarme. Gracias al gimnasio al que acudo tres veces por semana y a los menjunjes anticelulitis, luzco, si no como una quinceañera, al menos juvenil.

Les tengo, sin embargo, un miedo atroz a los espejos. A veces me ha ocurrido que dos imágenes se cruzan en la luna de azogue. La de aquí y la de allá se superponen como fotos borrosas y se taponan mutuamente. Por suerte, no me sucede hoy. El día comienza bien.

Me doy una ducha. La lluvia tibia que me envuelve como un aura de protección me reconforta. Después voy al jardín, donde tengo plantados tomates, albahaca, perejil y un montón de flores que ponen una nota psicodélica sobre el césped recién podado. Compruebo que la tierra todavía está húmeda, corto una rosa y la coloco en un florero del comedor. Luego me dirijo al teléfono y escucho dos mensajes de Annette Foster y de Janet Branch, agradeciéndome el tea party que organicé ayer por la tarde y del que, por supuesto, no tengo el más leve recuerdo.

Dennis, mi marido, ya salió para su trabajo (yo soy ama de casa, lo que aquí llaman homemaker). Aunque no entiende este fregado de las traslaciones, la idea de que empezara a verme con el doctor Patterson fue de Dennis, lo único que se le ocurrió para ayudarme. Y comprendo que, cualquiera que mire lo que sucede desde afuera, concluirá objetivamente que tengo la azotea llena de guayabitos verdes, o los cables cruzados, o un tornillo fuera de su lugar.

A Patterson intenté aclararle el asunto con una referencia a La noche boca arriba, pero este buen señor, que vivió en Argentina diez años y habla un español bastante pasable, no conocía la obra. Así que no sirvió de nada decirle que, como el personaje de Cortázar, me encuentro flotando entre dos mundos, con la diferencia de que los míos coexisten en el tiempo y de que no me estoy muriendo, que yo sepa. Por otro lado, mi problema no es de una noche: hace más de diez años que vivo así.

Todo empezó en La Habana. Es otra cosa que tengo que contarle a Patterson cuando nos veamos. Que no se trata, como él piensa, de una reacción de nostalgia a la patria que dejé atrás, de un ramalazo de añoranza que me hace imaginarme en la isla varias noches a la semana. No, las traslaciones comenzaron hace años, justo la noche en que conocí (o que no conocí, según como se mire) a Dennis.

Saco la cámara que he ocultado en lo alto del librero (perfecta para el espionaje casero, tal como la anuncian en SkyMall). Empiezo a bajar las imagines y voilà… aquí estoy yo, la fecha es la de ayer a las diez y media de la mañana. Me veo tomando el desayuno en la mesita de la cocina, preparando el comedor para el tea party, pidiéndole a Lety que por favor sacuda bien los forros de las sillas para que estas gringas tan criticonas no salgan diciendo que qué cubana más cochina… Todas las acciones son cien por ciento compatibles con mi personalidad habitual. Para todo el que me conoce, sigo aquí durante mis traslaciones, y es tan solo mi espíritu, mi alma, mi materia pensante, lo que vuelve a Cuba de contrabando.

El día de ayer se desenvuelve en la pantalla: recibo a Janet y a Annette, les sirvo té, scones y mermelada. Comemos, hablamos boberías, se termina el tea party, llega Dennis, le doy un beso y en el Spanglish que hemos inventado como un juego de a dos me burlo de mis invitadas… Sigo mirando escenas anodinas hasta que me doy cuenta de que se hace tarde para la consulta. Entonces apago la computadora, escondo la cámara de video y saco el coche del garaje.

Por el camino hago nota mental de pasar a la vuelta por la casilla de correos para ver si ha llegado mi pasaporte cubano actualizado, que pedí hace seis meses. No es que tenga intenciones de regresar a Cuba desde aquí (ya vuelvo lo bastante en mis traslaciones) pero como el pasaporte antiguo se había vencido y una nunca sabe… En fin.

 

…Doctor, perdone, pero usted está equivocado. Aquí no se trata de morriña, ni ése es el camino. La primera traslación me sucedió en Cuba, una tarde en que mi mejor amiga, Pastorita Méndez, fue a buscarme para que la acompañara al Museo Napoleónico, a una conferencia que iba a dar un profesor de la Universidad de California. Yo le dije que no, que me dolía la cabeza y que no tenía ganas de oí hablar mierda. Usted dispense, pero una charla de historia de Francia era lo que menos me interesaba escuchar entonces. Estábamos en pleno periodo especial, en el año 94, y yo me había pasado el día corriendo de un lado para otro y lidiando con los camellos (no, no son animales de cuatro patas, sino vehículos de doce ruedas, una especie de buses ensamblados), y estaba mal comida y mal vestida, y encima de eso que venga un tipo a hablar de Revolución Francesa, anda ya.

A mí la historia me fascina y hasta me considero culta, no me interprete mal. Allá en Cuba enseñaba literatura en la universidad y me gusta muchísimo leer, ya le he contado que hasta cruzo la frontera a Tijuana todos los meses nada más que para buscar libros en español. Pero en aquel momento, señor mío, con la panza vacía y el cerebro calenturiento, no estaba la Magdalena para tafetanes ni una servidora para charletas.

…¿Qué? No, esa tarde no pasó nada más. Me quedé muy tranquila en casa (es decir, en el apartamento de mi madre, allá en la Avenida Carlos III). Por la noche, sin embargo, soñé que iba a la conferencia y conocía a un americano llamado Dennis Page, que primero se ponía a hablar conmigo y luego me invitaba a cenar. Al Polinesio nada menos, un restaurante donde hacen el mejor arroz frito de La Habana y un pollo a la barbacoa para chuparse los dedos.

A la mañana siguiente no me extrañó el haber soñado con comida, algo muy natural cuando una se acuesta con el estómago vacío. Luego Pastorita me contó de la conferencia, lo divertida que había sido y demás, pero todo quedó ahí, y en mi vida real, en mi vida cubana, no volví a saber del conferencista y ni siquiera me enteré de cómo se llamaba.

¿Pastorita? Ah, es mi mejor amiga, vecina de Centro Habana, con quien me escribo todavía. Mi socia le mete en la misma costura a la santería, al espiritismo de cordón, a la teosofía y trata de tú a tú a madame Blavatsky. ¡A ella es a quien en justicia debían pasarle estas rarezas, no a mí!

El caso fue que a partir de ese día en que no fui a la conferencia, mis sueños dejaron de ser como los sueños de otra gente, o los míos hasta entonces. De secuencias normales y corrientes relacionadas con lo cotidiano, o pesadillas, o vaguedades de esas que no se pueden describir, pasaron a convertirse en otra vida, en ésta, en la que el conferencista llamado Dennis Page se enamoraba de mí y nos casábamos en La Habana y me traía a vivir aquí a San Diego.

Conforme pasaban los años, el sueño se hizo cada vez más complejo. Soñé que traía a mi madre (ahí por poco se me convierte en pesadilla, hasta que la zumbé de cabeza para una nursing home) y que hacía nuevas amistades y en fin, que me hallaba muy pancha en esta vida, en la que lo conozco a usted, y estoy aquí. Dígame con franqueza: ¿estoy loca, doctor Patterson? ¿Usted cree que lo estoy?

 

—¡Que sí, carajo, que estás más loca que una cabra! Mira que quedarte dormida en esa butaca, toda encogida que pareces un garabato, en vez de irte a la cama anoche. Levántate de una vez, que llevas doce horas roncando y te vas a volver más anormal de lo que eres.

Ésa es mi dulce madre, madre que no es de vinagre aunque merecería serlo, halándome por los pies para que me despierte. Abro los ojos miopes (porque aquí no me he hecho cirugía láser), tanteo hasta encontrar los espejuelos y toco los muelles salientes del viejo butacón donde me quedé aletargada anoche, y en el que he amanecido hoy. Y me agobia, aún antes de poner los pies en las baldosas, el calor asfixiante de esta mañana de mayo habanero. Camino hasta el baño perseguida por la voz ácida de mi madre:

—Que te apures y bajes a la bodega, ¡dale! Que me dijo Manina que ya llegó el pollo y, si no corres, se acaba y comeremos mierda.

Mierda es lo que hay en el inodoro, que tiene rota la cadena, y tampoco puedo usar el único cubo de agua que nos queda para descargarlo. Me lavo a jarrazos con ese mismo cubo y me miro de reojo en el espejo desazogado y roto que está encima del lavamanos. Desde la luna turbia me contempla una mujer de cuarenta años que parece ya cerca de la cincuentena: pelo castaño corto, con canas en las sienes, arrugas en las comisuras de los labios y patas de gallina, que aquí no hay Restilene ni Botox.

Todavía no he acabado de secarme y ya se me ha cubierto el cuerpo entero de gotitas cálidas y salobres. Me visto y bajo a la carnicería, donde me entero de que, en efecto, ya se terminó el pollo.

—Vino muy poco, pero cuando te toque la otra quincena entonces comes más —me dice el carnicero para consolarme.

Sigo hasta la universidad. Menos mal que me queda cerca porque aquí, desde luego, no tengo más coche que el de San Fernando. La clase que debo impartir (literatura española decimonónica) empieza a las once. Cuando llego, a las once y cuarto, ya no quedan más de dos estudiantes, los abelarditos de siempre, esperándome en el aula con paciencia benedictina. Los despacho diciéndoles que me duele una muela y que tengo que ir al dentista, y me escabullo.

Hasta aquí, el plan me va saliendo bien. Un plan que empezó a cocérseme en la mente después de mi consulta con Patterson ayer por la tarde.

—Sería bueno que regresaras a tu antigua casa —me dijo—. Vuelve a encontrarte con tu ciudad, con tu barrio, y así te darás cuenta de que no te dejaste a ti misma atrás, que ése es el leitmotiv de esos sueños que te atormentan.

A mí aquello me pareció una estupidez mayúscula, porque yo sé perfectamente que, en mi vida de allá, no estoy aquí. (Parece un trabalenguas, pero no es así.) Yo hablo con Pastorita a cada rato y ella me mantiene informada de los chismes del barrio y si me hubiera visto por alguna parte, no habría dejado de advertírmelo.

Después de la consulta pasé por la nursing home a ver a mi madre. Ella también sabe de las traslaciones pero allá no se atreve a llamarme loca, Dios la libre. Que si se pone a joder mucho la mando a uno de esos asilos de pobres que hay en Miami con una patada por el fondillo. La encontré comiéndose unos tacos de pollo de Rubio´s y quejándose, por variar, de las asistentas y de los ruidos que hacen los otros viejos por las noches. Puyas disimuladas para que la lleve a vivir de nuevo conmigo pero forget it. El pobre Dennis, que nunca se disgusta ni pierde la paciencia, me dijo un día: querida, tu madre is such a bitch. Un día se le ocurrió a la doña meterse en nuestro cuarto y empezar a hocicar, Dennis se dio cuenta y hasta ese día le llegó el amor a la suegra. Él mismo le buscó la nursing home y hasta me ayudó a transportar sus trastos.

Dennis es un encanto, pero no creo que haya muchos cortados por su molde. Aquí no me he casado todavía, y me parece que ya no lo haré. En primer lugar, porque no he encontrado quien cargue conmigo, y en segundo, porque a no ser que mi marido cuente con un sitio adonde llevarme (algo poco probable en estos tiempos) tendríamos que apencar con mi madre y eso sería suficiente para matar la más apasionada de las relaciones carnales.

Pero volviendo a ayer, a allá, al salir de la nursing home me encontré en la casilla de correos el pasaporte y el visado que llevaba seis meses esperando. Entonces pensé que era algo sincrónico el que Patterson me hubiera hablado de regresar a Cuba y que me llegase, de improviso, la manera de hacerlo. Algo sabría el hombre, que no estudió en Harvard por gusto. ¿Y si tenía razón…?

Llamé ipso facto a una agencia de viajes de Miami y reservé pasaje para hoy en un vuelo de Cubana. Después tomé un avión, de San Diego a Miami. El boleto me costó mil trescientos dólares, por ser de última hora, pero Dennis, tan comprensivo, dijo que valía la pena si el viaje iba a curarme de esas pesadillas insólitas. Y hoy debo haber tomado otro avión, vuelo Miami-La Habana, que aterrizará en el aeropuerto José Martí a las dos de la tarde.

Voy hasta la parada de la ruta 76 y me pongo en la fila. Esto es una locura, ya lo sé. Lo más probable es que pase calor en el bus y huela pestes de todos los colores por una idea que no tiene pies ni cabeza, pero yo quiero hacerlo. Suena ridículo, lo admito, pero me reconforta la idea de que voy para el aeropuerto… a recibirme a mí.

 

A recibirme a mí, según tengo entendido, no fue nadie. En primer lugar, porque nadie sabía de mi visita a Cuba. Pastorita no tiene teléfono, sólo usa (a veces) el de una vecina de malas pulgas, y me daba apuro llamarla para decirle que llegaría, literalmente, de un día para otro. De modo que no recuerdo nada del viaje ni cómo transcurrieron mis primeras horas en La Habana, puesto que ese día me había tocado estar… allá.

Calculo que tomé un taxi y le pedí que me llevara al Hotel Habana Libre (o Habana Meliá, o como se llame ahora) porque allí amanecí al día siguiente. Lo primero que hice fue volver a mi barrio. Cuando pasé por frente al edificio donde viví con mi madre por más de veinticinco años descubrí que estaba pintado de un color diferente al que veo cuando me traslado. En nuestro apartamento se había aposentado una familia de veinte santiagueros que, muy amables, me dejaron pasar y examinar el sitio, y a los que acabé regalándoles veinte dólares por la molestia.

Luego le di la gran sorpresa a Pastorita. Le expliqué de las traslaciones, cosa que ya había insinuado por carta y por teléfono, en esta vida, en la otra tampoco le había dado muchas explicaciones. Me dijo, seria, que aquello había que investigarlo a fondo. —Voy a consultar el caso con GuruBai, un amigo que sabe más que yo de todas estas cosas, y ya verás que le encontramos una solución.

Desafortunadamente, GuruBai estaba en Pinar del Río, así que no nos fue posible hablar con él.

De los tres días que pasé en La Habana, sólo estuve consciente uno, el segundo, así que me perdí la llegada y la salida. Pastorita me acompañó a tomar el avión el tercer día. Según ella, a quien llamé en cuanto me desperté aquí en San Diego, aquel último día, en que yo no era “yo,” me comporté normal… Por normal entiéndase que recordaba que me sucedían las traslaciones, así como todo lo que habíamos hecho antes, y que seguía intrigada por el misterio de mis sueños…

Ahora estoy en San Diego sin haber aclarado más que un punto: la Cuba que visité en la vida real no es la Cuba a donde me traslado por las noches. Big deal! Eso lo sabía yo sin necesidad de gastarme casi dos mil dólares en el chiste.

 

El chiste fue el regreso, en otro bus apestosísimo, después de que pasé dos horas plantada como una estaca en el salón de espera del aeropuerto. El chiste fue que un viejo me tocó las nalgas y yo, que ya venía furiosa, me volví y le menté la madre a boca llena, ante una audiencia de cien pasajeros. ¡Descarado!

Y cómo no iba a estar furiosa, tocamientos aparte. El vuelo de Miami llegó con retraso, y me pasé aquellas dos horas cocinándome al fuego lento de la impaciencia y la ilusión. Al fin salieron los pasajeros con sonrisas de cumpleaños y maletas de rueditas y mochilas y paquetes de todas las formas y tamaños imaginables, pero la única persona a la que yo esperaba jamás apareció. Así que me volví a la Avenida Carlos III cansada, jodida y sin dinero para tomar un taxi. Porque el dinero sí que no se traslada, mira que he hecho la prueba de dormir con un billetito de a veinte en el bolsillo de la bata o entre los dedos de los pies, sin resultado alguno.

Cuando volví a amanecer aquí, fui a ver a Pastorita y se lo conté todo. Ella, siguiendo la sugerencia que su otro yo (porque todos tenemos dobles, y Dios sabe si triples) me había dado, se puso en comunicación con GuruBai y éste concluyó que yo viajaba a un universo paralelo. ¿Y había alguna posibilidad de contactar con ese otro universo y encontrarme a mí misma en él, ya que no en éste? Pues sí, me aseguró, y la mejor manera de establecer ese contacto era usar un espejo y un par de velas, a la manera rosacruz.

Ahora me hace falta encontrar las dos velas, a ver dónde las hay. Todo se dificulta, hasta conseguir lo más mínimo: ése es el problema de estar aquí.

 

Estar aquí, estar allá… what´s the difference? He venido a entender que los dos universos, o paraversos, como los llama GuruBai, se encuentran conectados. Cuando hablé ayer con Pastorita (le dejé cincuenta dólares para que pudiera pagarle a su vecina por mis llamadas a horas intempestivas) ella me transmitió la sugerencia de su amigo de que usara dos velas y un espejo, a la manera rosacruz.

Voy a Target y compro un par de velas aromáticas, perfumadas con esencia de naranja. Dennis acaba de regresar de la universidad y, como otras veces, me pregunta si no extraño el contacto con los alumnos, si no quiero volver a la enseñanza, que con gusto él me “apoyaría” mientras me preparo. Gracias, le digo. Gracias, pero no.

Aunque revalidé mi licenciatura al año de llegar, aquí tendría que estudiar para una maestría y probablemente un doctorado si quisiera ingresar en la academia. Francamente, no tengo ganas. Es tan fácil y cómodo ser sólo una homemaker, alguien que no se interesa más que en plantar un jardín, comprarse ropas, hacer tea parties para las amigas y, por remate, dar viajes de gratis a otro paraverso. Bien mirado, ¿de qué me quejo?

Me asomo a escrutar las nubes por si viene la lluvia. Porque el agua de tuberías no es igual a la que cae del cielo, que pinta de verde el césped, que hace florecer a mis rosas y enrojecer a mis tomates… Dennis me acompaña. En el fondo, sé que le agrada tener una mujer tradicional, que le cocine, que le tenga la casa como taza de oro y que le perfume las sábanas con lavanda…

¡Aleluya! Empieza a caer un aguacero de esos que estremecen de vez en vez al sur de California, con truenos y relámpagos. Corro a la casa y me siento detrás de la ventana, a mirar la lluvia caer. Y así llega la noche, sin que amaine el chubasco, que se convierte poco a poco en amago de tempestad. Dennis se acuesta, yo entro al baño, cierro la puerta y me siento delante del espejo con una vela a cada lado. Pero retumba el trueno y me estremezco. Tengo miedo. Mi abuela me enseñó que cuando tronaba los espejos debían cubrirse con sábanas para no atraer los rayos.

¡Los rayos! Un poco avergonzada de mi terror tercermundista, apago las velas, tomo una sábana del clóset, cubro el espejo y me escurro despacio hasta la cama donde Dennis ya ha empezado a roncar. Pa su escopeta. A mí me gusta mucho esta vidita californiana, de la que disfruto a retazos, para ponerla en peligro. Más vale prevenir que tener que lamentar.

 

—¡Más vale prevenir que tener que lamentar! —proclama mi madre a grito pelado—. Ponte a comer basura con esas velas a ver si quemas la casa y nos achicharras a las dos, idiota.

Son las dos y media de la mañana. Debo haberme quedado dormida allá hace poco rato, un par de horas tal vez. Me desperté de golpe, con un espasmo, por culpa de la lluvia que azota los cristales del balcón y sacude los framboyanes cual si quisiera desgajarlos. Me levanté, me puse los espejuelos y me encerré en el baño con las velas mientras la otra despotricaba. Espero a que se calle para empezar mi experimento porque con este escándalo no se concentra ni el propio Allan Kardec.

Mi otra yo, allá, tuvo miedo. Yo no lo tengo aquí. Ella querrá cuidar su vidita californiana, pero mi vidita cubana no es tan rica ni tan dulce para que me importe un comino preservarla. Si nos cae un rayo y nos achicharra a las dos, como dice mi madre, poco se va a perder.

Recuerdo uno por uno los consejos de GuruBay: “enciende las dos velas, pon una a cada lado y, con todas las luces apagadas, mírate a los ojos hasta que se empiece a difuminar tu imagen. Esto es lo que se hace para reconectar con encarnaciones anteriores, pero apuesto a que ahora lo que saldrá es tu encarnación en el otro paraverso. Tu otra yo casada con Dennis, la que viajó a una Cuba que no es ésta, porque vive en una California que no es la misma que tú y yo vemos, cuando la vemos, por la televisión.”

Con las velas prendidas me siento ante el espejo mientras escucho el llanto de la lluvia que se hace trizas contra el pavimento. Me concentro y ya creo ver una cara no del todo desconocida (mechas iluminadas, ojos con menos arrugas, un cierto aire de juventud) cuando un estruendo horrísono estremece el edificio hasta sus cimientos. Pasa un relámpago rojo y dorado por la luna de azogue, zigzaguea como una culebra, se me llena de chispas el cerebro y sólo tengo tiempo de preguntarme si habrá caído también, justo en este momento, otro rayo en San Diego.

 

 

Teresa Dovalpage nació en La Habana y ahora vive en Taos, Nuevo México. Ha publicado cinco novelas: Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde), A Girl like Che Guevara (Soho Press, 2004), Posesas de La Habana (PurePlay Press, 2004), Habanera, A Portrait of a Cuban Family (Floricanto Press, 2010) y El difunto Fidel (Renacimiento, 2011), que ganó el premio Rincón de la Victoria en Málaga en marzo del 2009, así como la colección de cuentos Por culpa de Candela (Floricanto Press, 2009). Su sexta novela, La Regenta en La Habana, será publicada en 2012 en España por el Grupo Edebé. Es reportera freelance para The Taos News y tiene un doctorado en literatura latinoamericana.

Esta es su primera aparición en la revista.


Este cuento se vincula temáticamente con DOBLE O NADA, de Sergio Gaut vel Hartman; ADIVINA, ADIVINANZA, de José Carlos Canalda y LA HUIDA, de Ramiro Sanchiz.


Axxón 221 – agosto de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Mundos paralelos : Cuba : Cubana).


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