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¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA


Ilustración: Aradano

A través de la ventana sucia los veo venir y me hago el distraído. No tengo miedo, son dos infelices. De reojo, reviso la mesa. No hay cuchillos, ni tenedores. Apenas el cenicero relleno de gris y puntos amarillos y una cafetera sobre la hornalla. Nada peligroso a mi alrededor, eso los alentará. Pongo los codos sobre las rodillas y espero. Que me vean tranquilo y entren, así será más fácil.

La puerta retumba. Una, dos, tres, seis veces. Pienso en levantarme y abrirles para simplificarles el trámite. Deberían haberse quedado con sus máquinas de escribir. Con el noveno golpe, la puerta se separa del marco un poco, con sutileza, como si un sirviente me pidiera permiso para traerme el diario. El de anteojos se asoma, atraviesa la entrada rápidamente, blande un pedazo de caño oxidado. El viejo se asoma detrás de la ventana y me apunta con un treinta y ocho. La forma en que lo sostiene me dice que es tan ajeno a él como esa cafetera lo fuera a mis ancestros.

—Quieto —dice el viejo.

—Hombre, no va a necesitar eso.

—Cerrá la boca. Poné las manos arriba de la mesa —dice el de anteojos.

—Ya no hacen falta las armas. Si hubiera deseado seguir el combate, los habría atacado y destruido antes siquiera de que lo advirtieran —les digo, aflautando mi voz, vistiéndola de llanto, mientras tanteo el as bajo la manga.

—¡Dale! —ordena el anteojudo y agita el fierro sobre mi cabeza. Un movimiento y será mío. Despacio, cumplo con lo que me pide.

Es bueno que confíe, es bueno que se acerque. Este es mi prioridad, el otro tiene un revólver, pero no podría darme ni a quince centímetros. En cuanto haya pulverizado a este, será cuestión de perseguir al otro unos metros y tacharlo de la lista. Casi que puedo anticipar los próximos minutos…

—¡Cuidado, tiene un arma! —grita el viejo. No puede haberla visto, no hay manera. No sobresale de mi palma. No es un hombre de armas, no, pero inventó a muchos como yo. Subestimé su imaginación. El otro tampoco la ve, pero descarga rápido el fierrazo sobre mi mano, aplastándola contra la mesa antes de que pueda apuntar. Me rompe al menos cinco dedos. Tiene algo, una rabia profunda, la misma que golpea el teclado cada día es la que ahora fractura mis huesos. Su oficio debe ser más violento de lo que pensaba. Presiono mal el interruptor y debo soltar el arma. No me queda otra alternativa que observarla desintegrarse en el suelo.

—¡Hijos de puta!

—Tranquilo, deforme. Ahora poné la mano que te queda sana al ladito de la otra —quiero saltarle a los ojos y estrellarle los vidrios de sus lentes contra el iris, pero tiene un caño. Siento el dolor y algo muy adentro mío se niega a volver a sentirlo en alguna otra parte del cuerpo. Me convenzo de que todo está bien, sólo debo encontrar otra oportunidad.

—Hacé como te dice —indica el viejo, empujándome el cañón contra la nuca. Yo hago y me dejan permanecer sentado. El viejo me trae agua en un vaso lleno de polvo.

—No le des nada a esta basura —dice el de anteojos, e interpone el caño entre el vaso y yo.

—Es agua, nada más.

—Dale —dice el de anteojos, quitando la barrera.

El viejo me acerca la bebida con la mano izquierda extendida. Detrás, la derecha pegada contra el cuerpo apunta el revólver. Si disparara así, se dislocaría el pulgar. Bebo. El dolor ya es mío. Ahogo mi bronca y la dejo que se hunda en el vaso. El de anteojos ha vislumbrado un cigarrillo a medio terminar en el cenicero y lo toma.

—Está rica. Gracias.

—De nada —responde el viejo. El otro lo deja tácitamente haciendo guardia y se acerca a la mesada para encontrar algo con que prender el resto de cigarrillo.

—No intentes ninguna otra estupidez —dice a la luz de un fósforo y sorbe la colilla.

—Eso es tan relativo…

—¿Qué es relativo? —pregunta el viejo, el revólver cuelga junto a la rodilla, ya sin apuntar.

—Por ejemplo, esto que hacen ustedes. No hace falta, es una estupidez, una lamentable.

—Puede ser, pero no seremos nosotros quienes lo lamentemos. Una vez que lleguemos al fondo de todo…

—Si llegamos —interrumpe el viejo.

—Vamos a llegar. ¿O nos metimos en esto para nada?

—Era un decir, nomás.

—¿Pero cómo? —pregunto. —¿Ni siquiera están seguros de lo que están haciendo?

Sí, no, responden al unísono y se miran. El de anteojos intenta atravesar al viejo con la mirada potenciada por los lentes, como un rayo de sol quemando a una hormiga a través de una lupa. El viejo la resiste con una dubitación ignífuga.

—Hombre, es algo muy serio —le digo—. Yo no estaría acá si no estuviera seguro. ¿A qué se dedica?

—Ya lo sabe, te está jodiendo —interrumpe el de anteojos. El otro responde igual.

—Guionista de historietas.

—Historietas… qué interesante —bebo para darme tiempo a pensar mi próxima frase—. No tanto como para apuntarme con un revólver. Justo a mí.

—Perdón, señor Ma…

—¡Perdón las pelotas! —dice el de anteojos e interrumpe mi entrevista dándome un fierrazo en la oreja. —No te confundas. ¿Quién pensás que mandó a los hombres-robot cuando entrevistábamos al Profesor Favalli? ¿Quién creés que metió a esos cascarudos de mierda en tu casa? ¡Todavía continúa con prácticas de la invasión!

—Es que parece frágil —me mira fijo mientras me sostengo la oreja con la mano sana. Aprieto la herida para exagerar mi expresión de dolor. Lo necesito de mi lado.

—¿Por qué te pensás que llegamos hasta acá?

La respuesta no llega tan rápido como debiera. El de anteojos respira agitado, los nudillos blancos alrededor del fierro. Prosigo con mi actuación.

—Tiene sangre al costado de la cara —dice. Ya somos dos contra uno. Suelto un quejido.

—Esto no se ensaya, nada te prepara. Hace unos días nada más, vos escribías aventuras fantásticas, yo estaba con mis crónicas y jugando al ajedrez.

—Esto iba a ser…no sé. ¿Puedo decirlo? Divertido. Un policial en forma de historieta. Una fantasía periodística. Otra porquería en la que se gasta tinta todos los días para que algunos lean algo y se entretengan un rato. Por lo menos estábamos innovando con la investigación y el guión. ¿No? ¿Por qué nosotros?

—No sé. Azar, y algo que no podemos olvidar. No te podés olvidar.

—Lo que nos trajo acá —todo lo que el viejo tenía de inseguro desaparece. Deja el revólver sobre la mesa, tan cerca, y me toma de las solapas. Me cagan a palos y ahora me arrugan el traje, cómo voy a disfrutar esto.

—¿Quién mató a Polsky? ¿Quién lo mató? —Sus palabras me caen en la cara en forma de gotas de saliva tibia y aliento a yerba mate.

Quiero reírme de él y de su cruzada. Dedo a dedo me acerco al revólver. Sigue gritando esas dos preguntas. No me interpelan, por más que las repita una y otra vez. No sabe qué preguntar. Sigue y yo avanzo medio centímetro más. Quiero reírme sintiendo su aliento de muerto, imaginando su cara cuando encontró el cadáver del jubilado, su impresión ante un cascarudo que no estaba en un manual de historia, la orina en sus pantalones cuando los hombres-robot hicieron zumbar los primeros tiros sobre su cabeza. Su impotencia para proteger a su familia y estar ahora mismo confiando que estén bien en la casa de esa tía en Bella Vista, como si fuera una fortaleza invisible y alejada. Ya siento en las yemas la madera nacarada. Su tacto me anticipa que le voy a volar la cabeza con un balazo en la sien y después sacrificaré el brazo resistiendo el último fierrazo del de anteojos antes de que le ponga los cinco tiros restantes en el estómago. Quiero reírme, pero la cara no me responde.

Quiero reírme y veo una fracción del abismo en sus ojos. Porque todo esto que debería causarme gracia me dice que no es un héroe. Es un pusilánime, un idiota. Un tipo común como tantos otros, pero por alguna razón se animó y está acá, clavado en frente mío. Tendría que estar metido en un pozo, pero me sostiene de las solapas y me escupe en la cara. Es la fracción de segundo en que me cae esa ficha cuando tengo miedo. No de él, sino de muchos más como él. Puedo cargarme a estos dos pero, ¿a cuántos más podrán sostener mis dos solapas?

—¡Soltalo! —grita el de anteojos. —Miralo cómo se puso, así no nos sirve.

—No puedo haber hecho nada, estará actuando —dice y levanta el revólver de la mesa, sin notar lo cerca que estuve.

—Tiene piel suelta en la cara, mirá. —¿Qué dice? Me acaricio la mejilla y la siento muy suave, miro mis dedos y los encuentro grises.

—¡Ese traidor! La glándula, ¡a mí! —río.

—¿De qué habla? —los dos toman distancia y me miran como si fuera a estallar.

—¡Che!

—Que me estoy muriendo. Eso me pasa. Me quedan unos pocos minutos. Fui traicionado, hombres. Traicionado por el que buscan. La glándula es una parte de la historia de mi pueblo que no debería volver. Se supone que el miedo ya no nos hace mella.

—Está actuando, no le hagas caso —dice el viejo, justo ahora que logró mucho más de lo que buscaba.

—¿Quiénes te hicieron esto? ¿Quién te manda? Hablá.

—No, quiénes no. Quién.

—No te hagas el misterioso. Explicá o morite de una vez si es verdad lo que decís.

—Yo fui el brazo operativo. Estuve en la casa de Polsky la noche del crimen. Aparté del caso a los giles, aunque nada bastó para alejarlos a ustedes dos. Hasta ahí llega mi responsabilidad, pero esto no se acaba con mi muerte. Juan Salvo, ése es el que buscan.

—Está delirando.

—¿El héroe de la invasión?

—Sí, hombres, sí. El senador. La puta madre, ni diciéndolo sin vueltas lo creen. —Las lágrimas caen por mi cara arrastrando sedimentos de piel, formando surcos en mis mejillas.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta el viejo al de anteojos y se deja caer, se sienta en el suelo.

—Seguir investigando, hasta el final —responde el otro. —Vamos a necesitar una prueba. Danos algo con lo que podamos agarrar al que te traicionó. Algo con lo que podamos trabajar. —Como si yo le importara. Pero esa triste mentira basta para convencerme.

—Empezá por ellos.

—¿Ellos? ¿Quiénes?

—No, ellos no. E.L.L.O.S., la organización. Busquen a José Rigrespez. Es mi nombre. Aten cabos.

—Pero…

—Tienen que irse, ya. Su familia en Bella Vista.

—¿Qué pasa con mi familia? —dice el viejo y se pone de pie otra vez.

—Una escuadra de hombres-robot la vigila. Si no saben nada de mí para las ocho…

Los veo irse por la línea de ojo que puedo mantener abierta haciendo un tremendo esfuerzo. Respirar es durísimo. Mis ancestros eran esclavos, yo creí ser mi propio jefe y morí igual que ellos. Cometí las mismas atrocidades casi por placer. Si no hubiera sido tan necio con el pasado, si tan sólo pudiera recordar la canción. Mimnio…

Matías Buonfrate nació en Argentina en 1986. Estudia Comunicación Social y trabaja en Proyecto Coopar, cooperativa de Diseño y Comunicación. Pueden encontrarlo en Twitter como @ringoka.

Hemos publicado en Axxón: PECHO FRÍO.


Este cuento se vincula temáticamente con CONTINUM PI, de M.C. Carper; LA NEVADA MORTAL, de Jorge Claudio Morhain y DE OTROS MUNDOS, de Héctor Germán Oesterheld.


Axxón 221 – agosto de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Universo de autor clásico : Cómics : Argentina : Argentino).


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