Revista Axxón » «La voz del abismo» (parte 2), Yoss - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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—Vamos, tíos, agarramos a ese niñato grande y gritón por el cogote, y se lo retorcemos antes de que pueda abrir la boca. Y si grita, pues lo hacemos callar… por las malas si es necesario —rojo de coraje, el cura vasco dio un puñetazo sobre la mesa, haciendo saltar un ajado volumen de Ratas en las Paredes, la única selección de cuentos de Howard Philips Lovecraft publicada en Cuba—. Y si ese calvo de Abigaíl trata de impedirlo, lo acogotamos también a él… o al mismísimo Cthulhu si se nos da la oportunidad.

—Julián, Julián, las cosas no siempre se resuelven a la tremenda —trató de calmarlo Yosvany, recogiendo el libro de la Colección Dragón con un gesto que era a la vez despectivo y respetuoso.

El rabino era un hombre alto, tan delgado que rozaba lo esquelético, sencillamente vestido con jeans y camisa a cuadros y sin barba; para nada la imagen clásica del sabio judío, eso sin contar con su improbable nombre, aunque, cuando se lo mencionamos, sólo se encogió de hombros y masculló algo sobre la afición de su madre por la Y, y de que no todos los judíos debían necesariamente llamarse Samuel o Moisés.

—Ese muchacho y su voz increíble son sólo una manifestación de Yog-Sothoth en este plano de existencia. Abigaíl es mucho más, como mínimo un shoggoth con forma humana, tal vez hasta un avatar de un dios del caos menor; los maneja como a marionetas… con cuidado, porque son marionetas poderosas, como la esclusa de un dique, controlan la entrada de las aguas pútridas que son los Antiguos. Quiere decir que si únicamente destruimos su carne, será peor el remedio que la enfermedad; eliminado el obstáculo, quedará libre el paso no sólo para su Amo, Yog-Sothoth, sino mucho peor, para Cthulhu el Señor de las Aguas y toda su prole…

—¿Cómosabes que son el Yog-Sothoth y el Cthulhu ésos? —le pregunté intrigado al joven rabino, tomando el tomo de sus manos—. ¿No pudiera ser cualquier otro? Por ejemplo, el capricornio ése de los mil hijos, Shub-no-sé-qué-cosa… ¿O Hastur, Nyarlathotep el Caos Reptante, o Azathoth? Vaya nombrecitos que tienen esos antiguos de Lovecraft, por cierto. ¿O el Wendigo? Tú mismo dijiste que aquellos pies deformes y congelados de la abuela eran como los que describía el Algernon Blackwood ése…

—No hay confusión posible. Yog-Sothoth conoce la puerta, Yog-Sothoth controla la puerta, Yog-Sothoth es la puerta —salmodió Yosvany—, tiene que ser siempre el primero en entrar. Cthulhu es el Señor de las Aguas… lo lógico es que sea él el siguiente, al menos en una isla. Además, ¿no recuerdas el cántico?

—Ah, el cántico, sí —murmuré, aún no muy convencido—. Pero, ahora que lo pienso: puertas… caminos… aguas. ¡Elegguá y Olokkún! Tal vez yo podría…

—Ni lo intentes —la mano sarmentosa de Lin Cheng, el viejo mago taoísta, se alzó vibrante—. Los Antiguos son potencias más viejas y más poderosas que los orishas o los loas… nuestros dioses y espíritus existen sólo porque ellos dejaron sus tronos vacíos cuando su hora pasó y las estrellas dejaron de favorecerles. Pero todo lo que se va puede regresar. Ése es el propósito de las puertas, dejar salir, dejar entrar. Yin y yang… tal vez al fin y al cabo lo mejor sea no hacer nada y dejar que las cosas se desenvuelvan solas.

—No es momento para el wu-wei taoísta —gruñó Julián, y el chino lo miró tan asombrado como un físico nuclear al que un zapatero le corrigiese un enunciado de la Teoría de la Relatividad—. Hay que hacer algo. Ese Abigaíl no es sino un brujo de la peor especie, y sus señores, los Antiguos, no son más que demonios. «No permitirás que una bruja viva». «Y matará al dragón que está en el fondo el mar» —leyó de su Biblia, y por un momento todos fuimos capaces de imaginárnoslo mil años antes, capellán arengando a los cruzados en la toma de Jerusalén… o en el medioevo, inflexible inquisidor a las órdenes de Torquemada, dirigiendo la quema de brujas y herejes.

—Después de todo, casi puede decirse que tenemos suerte de que sea Cthulhu —sonrió Yosvany—. Es potente, muy potente, pero la sutileza no es su fuerte. Si Nyarlathotep estuviese detrás de todo esto, probablemente todavía ninguno de nosotros se habría dado cuenta. Si fuese cosa de Shub-Niggurath, serían mujeres, probablemente embarazadas… y muchas. Lástima que no sea Azathoth, es poderosísimo, pero totalmente idiota.

—Idiota sí, idiota no. Loas dicen: «Hay que parar muchacho que llama caos» —resonó por primera vez en largo rato la profunda voz de bajo de Antoine el haitiano, tan gordo y sonriente como un buda de la felicidad, sólo que negro y con las encías casi tan blancas como su resplandeciente dentadura; la marca de los mejores bocors vudúes.

—Y sin olvidarse del albino —dijo con su voz suave y cascada el viejo Lin Cheng, mesándose la rala barba y consultando un enorme y vetusto libro de tapas de cuero—. Lo advierte el I-Ching: «El gran enemigo no es el que más grita sino el que trama sus acechanzas en silencio», el hexagrama no puede ser más claro.

—Loas tienen miedo; dicen: «Peligro, peligro grande» —insistió Antoine, acariciándose pensativo su protuberante vientre—. Papá Legba y Maitre Carrefour dicen también: «Hay que parar a viejos loas».

—Ah, qué buena noticia. Nunca se me hubiera ocurrido a mí solo. Y, por cierto, ¿te dicen cómo? —pregunté yo, burlón—. Porque mis orishas lo único que saben decir desde hace tres días es «Lo que se sabe no se pregunta». Ah, no, se me olvidaba; Ikú también dice que lo que no está vivo no se puede matar; Elegguá que hay caminos de los que él no es dueño. Y Olokkún que en el mar hay otro fondo más allá del fondo que él gobierna. No lo entiendo, nunca el ekuele había dicho cosas así. Es como si tuvieran miedo de hablar.

—¿No te parece suficiente prueba de que los Antiguos existen? —replicó Yosvany, alzando triunfal el volumen publicado por Alianza Editorial de En las Montañas de la Locura como si fuera La Biblia o La Torah—. Ya te expliqué que Lovecraft no inventó nada, que su mente supersensible sólo sintonizó con las trazas espirituales de presencias malignas y poderosas, y luego lo escribió, aunque los judíos hemos sabido siempre de su existencia, incluso antes de Abdul Al-Hazred; para ocupar la Tierra Prometida de Canaán luchamos contra sus hijos, los pueblos de Gog y Magoth.

—Loas preguntan: ¿y no escribió cómo vencerlos, ese Lovecraft? —se interesó Antoine, que había sacado de un bolsillo algo que se parecía notablemente a un hígado crudo y se lo estaba comiendo a despecho de las muecas de asco que no podía dominar Julián.

—Lo malo es que en la cosmología de Lovecraft —explicó desesperanzado el sacerdote vizcaíno, evitando cuidadosamente mirar… quizás sospechaba que aquel hígado no era de ningún animal conocido, aunque dudo que hubiese podido demostrarlo—, los Grandes Antiguos son simplemente invencibles. Fue su albacea y amigo, August Derleth, el que inventó el Signo Arquetípico, un simple pentáculo, para dar una esperanza a los hombres, pero nadie…

—Pero nadie cree que el Signo funcione realmente, ¿no? —le quité la palabra de la boca al cura, haciéndole a Antoine desesperadas señales para que dejase para otro momento su «merienda» por necesaria que fuese; los bocors vudúes, muchos de cuyos ritos implican el derramamiento de su propia sangre, deben comer mucho para no morir de anemia—. ¿Y entonces?

Nos miramos unos a otros, sin respuesta. Son casi las dos de la mañana y llevamos por lo menos cuatro horas discutiendo. Cinco hombres sabios de corazón puro: un sacerdote católico español, un auténtico rabino judío (aunque sea medio mulato), un mago taoísta chino, un babalao y un bocor vudú haitiano tratando de encontrar la mejor manera de enfrentar a ¿dioses? ¿demonios? ¿monstruos? En todo caso, seres no humanos, ajenos, que intentan infiltrarse en nuestro mundo, que sabemos reales aunque no aparezcan ni en La Biblia, ni en La Torah, ni en el I-Ching, ni en ningún viejo patakín o leyenda yoruba, y de su existencia hablen sólo algunos obscenos apócrifos árabes y los cuentos y novelas de un escritor norteamericano medio loco de principios del siglo XX, un neurótico que creyendo crear con su pluma toda una nueva cosmogonía fantástica sólo logró reflejar en palabras los horrores que acechan al otro lado del subconsciente y de la realidad.

—Si no hay cómo combatirlos y ni siquiera podemos matarlos, entonces ¿qué nos queda? —bufó el padre Julián—. ¿Rendirnos? Ni muerto le voy a regalar la plaza a Yog-Sothoth, ni a ese Cthulhu… antes pongo una bomba en esa tribuna, aunque me digan terrorista de la ETA, total, si ya soy vasco y si tengo que volar en pedazos yo mismo, seré una víctima de la fe.

—Calma, Julián, que así mismo empezaron las Cruzadas y mira lo poco que resolvieron —trató de calmarlo Yosvany, con suave ironía—. Además, sospecho que no nos canonizarían con tanta facilidad como al Padre Pío o al español fundador del Opus Dei. Piensa, piensa: si ésta fuera una tarea para soldados o guerreros, ahora estarían discutiendo aquí karatecas, judocas, ninjas, qué sé yo, con la policía, las Tropas Especiales, el ejército, no nosotros.

Recordé el razonamiento que me decidiera a no llamar a las autoridades. No era ni más ni menos válido que el de Yosvany, aunque fuera algo más pragmático y menos místico.

—Eso; no es un combate en el plano de la materia el que nos espera —susurró el anciano Lin Cheng con su voz suave y cascada—. Las bestias del mundo de las sombras no están hechas de carne, hueso y sangre como nosotros… ningún arma humana puede dañarles.

—Quizás serviría un lanzallamas… como el fuego no es verdaderamente materia —sugirió aún el terco Julián—. Porque no me imagino parando a esas bestias con un exorcismo.

—Lanzallamas, ja… cura, no debe ver tantas películas de horror —se rió a mandíbula batiente Antoine, mostrando sus dientes y encías aún manchados de rojo. Pero luego, poniéndose serio, añadió en su dulcísimo español afrancesado—: Loas dicen, unir fuerzas de cinco cultos noche más corta del año en lugar de poder, lugar de poder para todos. Y si no se puede destruir puerta, hay que quitar la llave.


Ilustración: Pedro Belushi

—La noche más corta del año es la del solsticio de verano; el 21 de junio —reflexionó, intrigado, el padre Julián—. Eso por lo menos está claro. Pero ¿lugar de poder? ¿Quitar la llave?

—Dios existe y nos ama, Olofi sea loado. Es este sábado… el día antes del concierto —yo sonreí, aliviado—. Y, Julián, a lo mejor no estabas tan desencaminado con lo del exorcismo… lugar de poder, quitar la llave, cómo no. Un rito de purificación de cinco religiones que no mate a Saúl, sino que sólo lo libere de la influencia de Abigail. Y hay que hacerlo en un sitio sagrado para todos.

—Solsticio de verano, quitar la llave, sí. Bravo por la purificación —se quedó pensando Yosvany, y luego dijo muy bajito—. En mi credo, desde que fue destruido el templo de Salomón, lugar sagrado es cualquiera donde un hombre lea La Torah y abra su corazón a Jehová.

—¡Eso! Un templo —dijo al punto Julián—. No hay sitio más sagrado… si tu sinagoga no es bastante grande, podemos usar mi iglesia.

El rabino ya iba a replicar en mala manera cuando Lin Cheng intervino, conciliador:

—Demasiado tuya, poco de Yosvany, o de Obdulio, nada mío, ni de Antoine —negó el viejo chino—. Ni una sinagoga ni una iglesia; ningún templo. Debe ser un lugar donde nuestros poderes se toleren todos, donde ninguno sea más fuerte que otro.

—Por ejemplo, ¿aquí? —se burló Yosvany—. Hasta ahora parece que nos llevamos bastante bien, pese a ciertos curas cabezones que se creen dueños por lo menos de la llave de los truenos.

—Lo siento, Yosvany —murmuró Julián, cabizbajo—. Yo no quise…

—Éste no es un lugar de poder —gruñí—, es mi casa.

—Casa de babalao, siempre casa de orishas, casa de bocor, siempre hogan… lugares de poder —rió Antoine otra vez, ahora comiéndose un dulce tan lleno de crema y azúcar en polvo que ningún diabético habría podido siquiera mirarlo—. Pero loas dicen cosa distinta; dicen: umbral de casa de nadie, umbral de templo de nadie, umbral de casa de todos, umbral de templo de todos.

—Es un acertijo —murmuró el mago taoísta secándose las manos sudadas en su embarrado delantal (en la vida cotidiana era cocinero del Tai Peng, un pequeño restaurante del barrio chino que estaba haciendo su agosto gracias a la generosidad y el sentido comercial de Eusebio Leal)—, me gustan los acertijos… casa de nadie, templo de nadie, casa de todos, templo de todos. Interesante. —Sacó tres monedas de centro perforado y las lanzó al aire, para anotar la posición en que habían caído.

—No hay tiempo ahora para el I-Ching. ¿Un aeropuerto? —propuse en broma, para sentir acto seguido la verdadera respuesta vibrando dentro de mí, imposible de ignorar—. No, ya sé lo que dicen los loas: ¡un cementerio!

—Casa de todos, casa de nadie, templo de todos, templo de nadie… pues sí, puede ser un cementerio —gruñó el padre Julián, y mirando muy serio al obeso haitiano, advirtió—, aunque no me gusta, huele a magia negra. ¿Qué loa es ese tuyo tan hablador, Antoine? No es Papá Legba, ni Maitre Carrefour… ¿No será por casualidad el Barón Samedi, el dueño de los cementerios? ¿No serás tú mismo un zombi?

—Los zombis no comen —ironizó Yosvany, pero mirando también él suspicaz al haitiano.

—Cura y rabino blancos conocen bien vudú —se rió a su vez el obeso bocor, aunque al menos a mí me pareció algo nervioso—. Sí, Barón Samedi mon loa. Loa no malo ni bueno, sólo maldad o bondad humana puede manejarlo. Pero dice mejor puerta de cementerio, no cementerio… dice monstruos demasiado potentes en cementerio mismo hasta para él. Barón Samedi tiene miedo, eso malo, mucho malo.

—El I-Ching dice: «busca la casa rodeada por cuatro caminos» —intervino entonces el chino, terminando de consultar el libro taoísta de las transformaciones—. Extraño, es un hexagrama con muchas interpretaciones, pero sospecho que literalmente significa…

—Una casa entre cuatro caminos, eso es casi una isla. Una isla en tierra de otra isla. Y encima, en el umbral de un cementerio —resopló Yosvany—. Facilito, facilito. La Habana es una ciudad de urbanismo loco, pero no creo que ni siquiera en Jerusalén se encuentren muchas casas así.

—Lástima —resopló el padre Julián—, porque también cualquier sitio consagrado por un sacerdote católico ordenado puede ser santuario. Bastaría con rociar un poco de agua bendita por cada esquina y armar un altar para…

—Yo sé de una casa así —dije de repente y cuando todos me miraron, expliqué—: Es un edificio de dos plantas, está entre 23, 18, 20… y basta con cruzar Zapata para estar en el cementerio.

—¿En El Vedado? —observó, escéptico, Yosvany—. No me da mucho ambiente místico, la verdad.

—El ambiente lo hacen los hombres… podría servir —dijo pensativo el mago chino—, sólo hace falta que podamos entrar.

—Y si no podemos, se rompe una puerta y ya —repuso el enérgico padre Julián—. Una cerradura o un candado no nos van a impedir que mantengamos fuera de este mundo a ese Cthulhu y toda su prole de engendros blasfemos.

—No hace falta enredarnos con la policía. Si me acordé fue porque uno de mis ahijados, Eduardo, trabaja ahí —los tranquilicé—. Porque lo mejor es que tampoco es una casa, sino un local de la Empresa Provincial de Mantenimiento de Jardines o algo así. Pero nos olvidábamos de un pequeño detalle…

—Sí, yo también había pensado en eso —refunfuñó Yosvany—. ¿Cómo vamos a llevar hasta ese sitio entre cuatro calles a Abigaíl y, sobre todo, a Saúl? No creo que aceptasen venir con nosotros por las buenas, y entonces… no es que dude del valor o la fe de mi amigo Julián, ni de su vigor, y Antoine también parece bien robusto, pero la verdad es que no nos veo secuestrando por la fuerza a dos personas, y menos a dos tipos tan peligrosos como esos dos. Porque si a Saúl se le ocurriese gritar… no quiero ni pensar lo que podría pasar, ya han visto lo que es capaz de hacer. No sé ustedes, pero lo que es yo no me arriesgaría a que me convirtiera en piedra, me prendiera fuego o desencadenase algo todavía peor con esa maldita voz suya.

—Y además, está Daymarita, la biznieta de Obdulio —recordó aún Julián—, tampoco creo que ella quiera venir por las buenas. Eso, si el tal Abigaíl no la ha hechizado también de algún otro modo.

Todos nos quedamos en silencio durante algunos segundos. Realmente, una cosa era planear un rito de purificación abstracto contra unos desconocidos y fantasmagóricos seres maléficos, y muy otra violentar la voluntad de tres personas reales, que ya es delito. Y si además una de ellas es de tu propia sangre, y otra capaz de hacerte estallar en llamas sólo con su voz…

—Como dijo Yosvany, éste es un trabajo para hombres sabios, no para guerreros, pero quizás algunos brazos fuertes nos serían de gran ayuda… —acotó Lin Cheng al cabo de un par de larguísimos segundos.

—Por favor, éste no es el momento de invocar a San Fan Cong —refunfuñó Julián, sorprendiéndonos de nuevo con su conocimiento sobre las religiones no cristianas y su indomable falta de tacto—, aunque si apareciese con dos o tres ninjas de ésos nos haría un gran favor.

—Los ninjas son guerreros japoneses —aclaró el chino, inmutable—. Pero su sistema de combate y su filosofía toda se basan en el tao y el wu-shu chinos y da la casualidad de que en mi restorante trabajan como camareros Alberto y Michel, dos muchachos que practican ese viejo arte marcial. Son jóvenes y fuertes, rápidos como avispas y conocen los puntos vitales del cuerpo, con un poco de suerte, podrían inmovilizar a Daymarita, al albino y hasta a Saúl antes de que pudiese utilizar su famosa voz.

—Sí, podría ser —caviló Julián—. Eso, si logramos saber dónde se esconden, y cómo llegar a ellos. Por ahora, más que guerreros, nos hacen falta espías y ladrones.

El obeso haitiano y yo nos miramos, sonriendo, y al fin dije:

—Eso déjalo de parte nuestra, tengo algunos ahijados muy hábiles en ciertos oficios no precisamente aceptados por la policía y me parece que Antoine también conoce unos cuantos. Dénos un par de días y sabremos no sólo la dirección donde viven, sino hasta la marca de calzoncillos que usan esos dos.

 

*****

 

Pero resultó más fácil decirlo que llevarlo a cabo.

Por tres días los haitianos de Antoine peinaron la ciudad junto con mis ahijados y hermanos de la potencia Ubioko Sese Efí en busca del albino y su pupilo. Y hay que decir en su honor que lograron encontrarlos… varias veces. Unas solos, otras acompañados de una muchacha muy joven, con un ojo azul y el otro verde, siempre vestida de negro.

Sólo que, por muy disimuladamente que actuaran, los descubrían siempre… y bastaba con que el nieto de la difunta Omaida empezara a tararear o silbar para que sus supuestos vigilantes se encontrasen súbitamente con los pies como encolados a la calle, incapaces de dar ni un solo paso y obligados a contemplar resignadamente cómo sus objetivos se alejaban muy orondos. Incluso una vez el albino se le acercó a uno a menos de dos metros de distancia, y echándole el humo de su retorcido tabaco encima, sólo dijo, con una sonrisa indescifrable y una voz más amenazadora que mil navajas:

—Ni lo intenten, nunca van a poder.

¿Resultado? Que al cabo de setenta y dos horas no sabíamos más que al principio sobre el sitio donde mi biznieta, el ciego que veía y el mudo que cantaba pasaban el tiempo cuando no estaban sobre el escenario.

Pero siempre hay una solución para cada enigma. Y esta vez vino de Yosvany, que demostró ser un perfecto émulo de Sherlock Holmes; fue a la biblioteca y buscó en una enciclopedia de habanos. Resultó que los singulares tabaquitos que fumaba siempre Abigaíl se llamaban Culebra; eran de origen filipino, también los habían fumado famosos personajes, como el psicoanalista Jacques Lacan (debió ser un tipo enrevesado, también) y en estos momentos la única fábrica cubana que los producía era la Partagás.

Con la ayuda de Servilio, un abakuá que era torcedor allí, logramos saber todavía más; desde hacía años los Culebra apenas se comercializaban, la producción era tan pequeña que ya sólo los vendían en la misma fábrica, y por pedido especial. No, ni Servilio ni ningún otro de los que trabajaban con él recordaban a ningún albino calvo ni de largos cabellos blancos que hubiera venido regularmente a la fábrica a comprar o encargar aquellos cigarros. Pero, claro, siempre quedaba la posibilidad de hacérselos enviar a la casa con un mensajero, para eso la Partagás tenía un convenio especial con DHL.

Y hablando del rey de Roma, Samuel, un judío de la comunidad de Yosvany, trabajaba en DHL. Y Hermenegildo, un feligrés de la parroquia de Julián, había sido contador hasta que se jubiló. Bastó con que el ex contable le echara una mirada a los libros de la Partagás y luego los comparara con los registros informatizados de la empresa de envíos postales para que saltara la vieja dirección de Abigaíl. Tipo metódico, el albino; por veinte años se hizo enviar sus cigarros favoritos a la casona de la calle Marqués González. Me impresionó el detalle; con lo caros que cuestan los envíos, y la cantidad de Culebras que el palero fumaba, aquello significaba que sus ingresos siempre habían sido, más que abundantes, principescos, al menos para el estándar habanero.

O que sacaba el dinero de alguna otra parte.

La larga lista de envíos se interrumpía, por supuesto, cuando el palero desapareció del panorama, después de la muerte de Omaida en Bacuranao y ya no había ningún otro Abigaíl en los registros de la Partagás o la DHL.

Parecía un callejón sin salida, pero Hermenegildo debió ser un contador bueno de veras en sus tiempos; al cabo de un par de horas de confrontar páginas y páginas de números del libro mayor de la Partagás con los registros de la computadora de DHL, logró reducir al mínimo el círculo de posibilidades: dejando aparte a fallecidos, extranjeros y mujeres, quedaba una lista de sólo veinticinco nombres de personas que en la actualidad recibieran Culebras sistemáticamente. Lo único que hacía falta era comprobarlos a todos, visitando casa por casa si era preciso.

Recordando la advertencia-amenaza del albino, decidimos seguir el ejemplo de Sherlock Holmes. Pero si el detective creado por Conan Doyle eligió a sus Irregulares de Baker Street entre los pilluelos de las pandillas callejeras, nosotros fuimos más serios. Julián pasó por encima de su ortodoxia y habló con unos testigos de Jehová que le debían un favor. Los hermanos aceptaron colaborar encantados con sólo saber que se trataba de una «batalla contra el Gran Dragón» y, acostumbrados a tocar sin vergüenza a todas las puertas, no tardaron ni un día en visitar las veinticinco direcciones.

En veinticuatro casas los recibieron con distintos grados de amabilidad (creo que hasta lograron vender unos cuantos números de Atalaya) y no eran ni Abigaíl ni Saúl. En la casa número veinticinco, aunque tocaron como locos, nadie les abrió. Era el número 1410 en la calle 23 entre 20 y 22, un caserón casi en ruinas, mitad castillo feudal, mitad mansión estilo holandés. Ni siquiera hizo falta que viéramos allí a Saúl, Abigaíl o a mi biznieta; bastó con que los cinco pasáramos en un carro por delante para que supiéramos, con algo que no era la vista, el olfato ni ningún otro sentido, que aquél era el lugar donde nuestros enemigos se escondían. Y todos pensamos que Dios existía, y que estaba de nuestro lado porque la casa entre cuatro calles al lado del cementerio estaba a menos de doscientos metros de allí.

De todos modos, Alberto y Michel, los amigos de Lin Cheng expertos en artes marciales, confirmaron la presencia del muchacho y el albino esa misma noche: montaban guardia cuando los vieron salir a eso de las dos de la madrugada, pero al intentar seguirlos, simplemente se les perdieron. Alberto, muy apenado, dijo que Saúl empezó a canturrear, luego él y el albino se metieron en las sombras y pareció como si se disolvieran en ellas.

¿Nuevos poderes? Aquello volvió a poner sobre la mesa el problema fundamental.

¿Quién le pondría el cascabel al gato?

Pregunta: ¿Cómo reducir a la impotencia a alguien que con un par de sonidos te puede hacer estallar en llamas, inmovilizarte en el lugar o escabullírsete en las sombras? Los chinos y su wu-shu podían ser rápidos, muy rápidos pero, ¿qué hombre puede ser más rápido que el sonido?

Respuesta: Alguien para quien el sonido simplemente no existe.

La noche del 21 de junio, mientras un muy intrigado Eduardo me daba la llave para que Julián, Yosvany, Antoine, Lin Cheng y yo entráramos en el local de la Empresa Provincial de Mantenimiento de Jardines y empezáramos a preparar las condiciones para un rito de purificación que en realidad no sabíamos muy bien cómo desarrollar, otros cinco hombres saltaron la cerca de la casa 1410 de la calle 23.

Todos eran voluntarios. Todos sabían a lo que se arriesgaban; Ramón, un estibador del puerto mulato y abakuá; Rubén, un linotipista chino; Moisés, un carnicero judío. Adrián, un carpintero católico; y William, un barrendero jamaiquino que había vivido durante años en Port-au-Prince. Este último, más que negro era gris, se movía muy despacio, olía tan mal y era tan tranquilo que Julián sugirió medio en broma que se trataba de un zombi, pero al ver la cara de Antoine, prefirió no hacer más comentarios.

Ninguno era casado, tenía hijos u otra familia que pudiera echarlo mucho de menos. Todos eran sanos y fuertes, aunque no todos jóvenes, y si bien ninguno de ellos conocía las artes marciales como Alberto y Michel, tampoco corrían demasiado riesgo o al menos eso creíamos.

Los habíamos llamado «Comando Silencio», y no sólo por el secreto en que debían desarrollar su misión.

Todos eran sordomudos.

 

*****

 

Yosvany se había leído por lo menos media Torah; Antoine había ingerido lo que me parecieron kilos de hígado crudo y dulces; Lin Cheng había quemado muchísimos palillos de incienso frente a las imágenes de Confucio, San Fan Cong y otros espíritus protectores chinos; y el padre Julián había celebrado una minimisa con candelabros, hostias y hasta vino consagrado. Creo que tomó más de un sorbo, pero no lo culpo. Dándome buches de ron para rociar a los santos, yo mismo me bebí casi media botella antes de darme cuenta.

En fin, que habíamos terminado los preparativos del local y eran ya bien pasadas las doce cuando regresaron los sordomudos con su carga: Saúl, Abigaíl y Daymarita, los tres atados y amordazados con todas las de la ley.

Y dos cadáveres.

No había sido una operación sin bajas. Rubén Chiao no compondría nunca más una página del periódico del casino Chung Wah con sus complicados ideogramas, ni Adrián Velázquez volvería a clavar un clavo o serruchar un tablón en su taller.

Nerviosamente, dos de los tres sobrevivientes (William no era muy hábil con las manos) le contaron a Yosvany, el único de nosotros que entendía su lenguaje de signos, que Saúl y el albino debían haberlos estado esperando; el muchacho abrió la boca, y aunque obviamente no oyeron nada, las cosas empezaron a estallar. Vidrios, metales, maderas, el aire mismo parecía hacerse pedazos a su alrededor. Pero como les habíamos advertido que debían esperar algo así, no dejaron que el miedo les ganara; el grisáceo jamaiquino fue el primero en reaccionar y agarró por el cuello al larguirucho adolescente. Entre todos lograron reducirlo, y también al albino. Pero no antes de que un trozo de cristal que saltó «casualmente» cortara la yugular del joven chino-cubano, y un certero puntapié del palero ¿ciego? quebrara la espina dorsal del viejo, aunque todavía robusto, carpintero de origen gallego.

Mi biznieta también debió defenderse como una gata; múltiples arañazos en las caras y brazos de sus tres captores lo demostraban. Los de William eran especialmente profundos, pero ni siquiera sangraba. Yo miré a Julián, suplicándole con los ojos que no hiciera comentarios; si era un zombi, al menos estaba con nosotros.

Como ya el «Comando Silencio» había cumplido con su parte, y el exorcismo-rito de purificación no iba con ella, pedí a Ramón, el estibador abakuá, que devolviera a Daymarita casa de su madre. Pero el inmenso mulato se negó rotundamente, lo mismo que los demás; él y los otros habían arriesgado el pellejo para atrapar a dos tipos que ni siquiera conocían porque creían de veras que eran la encarnación del mal en la Tierra y que nosotros podíamos vencerlos; y ahora no querían perderse el espectáculo. Llevaría a mi biznieta a Hong Kong o a la Luna si yo quería, pero sólo después de que todo terminara.

Así fue como Daymarita se quedó. Bendita sea la curiosidad humana; si no llega a ser por el interés de aquellos tres sordomudos en no perderse el «show», el rito no habría funcionado. Estaríamos todos muertos, y peor aún, La Voz del Abismo habría dado su concierto en la Tribuna Antiimperialista José Martí, la puerta se habría abierto, y con Yog-Sothoth libre, Cthulhu sería de nuevo el dueño del mundo.

Allí estaba la gente por la que luchábamos: un estibador, un carnicero y un barrendero cubiertos de moretones y arañazos, pero esperando con toda la confianza del mundo a que cinco hombres de corazón puro y supuestamente sabios los libraran de una amenaza que no comprendían del todo.

Pero nosotros sólo nos mirábamos unos a otros sin saber muy bien qué hacer, impotentes frente a un albino ciego y cabecirapado y un adolescente larguirucho y melenudo que aunque silenciados por gruesas mordazas y atados de pies y manos a pesados muebles, nos parecían tan peligrosos como un nido de víboras.

Noté que algo se movía en la garganta de Saúl, como si una gran ameba respirase bajo su nuez de Adán y se lo señalé a los demás. No era agradable de ver pero menos todavía lo eran los ojos de Abigaíl. Aquellos globos blancos sin pupilas parecían mirarnos desde el otro lado de una sima dimensional y aterradora, prometiendo tormentos eternos e infinitos si no lo liberábamos… y si lo liberábamos también.

Fue el padre Julián quien dio el primer paso; cubierto con su túnica blanca orlada de encajes y su estola, con un humeante incensario en la mano, comenzó por rociar agua bendita sobre nuestros dos prisioneros, para luego acercarse, blandiendo una cruz tan pesada como para romperle el cráneo a cualquier demonio con un solo golpe si no funcionaba el exorcismo, y empezar a trazar con ella signos complicadísimos sobre las cabezas de ambos.

Pero Yosvany lo interrumpió, tocándole el hombro con el pesado rollo de la Torah:

—No, Julián. Todos a la vez o no servirá de nada.

Segundos después, mientras el sacerdote católico retomaba su exorcismo, ahora reforzado con invocaciones como «Deja este cuerpo, bestia inmunda, yo te conjuro» y otras en lo que al menos a mí me pareció latín, amén de profusión de hostias arrojadas como confettis, yo me quité la camisa y los zapatos y comencé a azotar a Saúl y a Abigaíl con un ramo de albahaca al tiempo que giraba a su alrededor sonando el agogó, mascullando en yoruba y rociándolos alternativamente con grandes bocanadas de humo de tabaco (un Cohíba Lancero, no un Culebra, por si acaso) y buches de ron. Antoine, sin camisa y descalzo como yo, se había cortado los brazos con un cuchillo de bronce (los bocors vudúes no deben tocar el hierro, so pena de perder de golpe todos sus poderes) y derramaba gotas de su propia sangre, extrañamente oscura, sobre los dos prisioneros, rezongando también él una extraña letanía en creole que puso a temblar como una hoja a William el jamaiquino.

Lin Cheng, muy tranquilo, disponía en una enrevesada figura alrededor de ambos prisioneros una serie de ramitas, piedrecitas, velas y palillos de incienso encendidos, vasos de agua y trocitos de papel cubiertos de ideogramas chinos tan incomprensibles como los cánticos pentatónicos que el viejo mago entonaba. En cuanto a Yosvany, tras haberse atado en torno al brazo una larga tira de cuero recubierta de letras hebreas y una extraña cajita cuadrada sobre la cabeza (luego supe que se llamaban filacterias), colgándole del cuello una pesada placa en la que brillaban doce piedras de colores diversos, leía muy calmadamente la inefable Torah.

Todos esperábamos no sé qué, pero algo terrible y espantoso, sin duda. Sólo que, por lo visto, no lo esperábamos con suficiente fe; pasaron treinta segundos, un minuto, dos, era una cálida noche de verano, y Antoine y yo ya estábamos completamente empapados, mientras que varias manchas de oscura humedad orlaban la antes nívea casulla del padre Julián. Hasta las frentes de Lin Cheng y el rabino empezaron a cubrirse de goticas.

Pero nada ocurrió. Excepto que afuera el cielo, hasta ese momento despejado, se cubrió de nubarrones y empezó a caer un suave chubasco. Y que una sonrisa satisfecha se perfiló en los ojos del albino, aún atado y amordazado, como diciendo «Hagan lo que quieran, no podrán ni con él ni conmigo, ni mucho menos con los amos a los que servimos».

—No funciona —dije, y me detuve, jadeando, mareado y con los ojos llenos de puntos luminosos—. No quieren… salir… y yo… si sigo… así me va a… dar un… infarto.

Antoine, tan bañado en sudor que su negra piel parecía barnizada, resopló con esfuerzo.

—Loas dicen «Falta fuerza de mujer nueva».

—¿Mujer nueva? —Julián se rascó la reluciente calva—. ¿Una virgen?

Todos miramos hacia mi biznieta, que seguía luchando por liberarse, terca.

—Ni hablar —dijo aterrado Yosvany, ajustándose sobre la frente la cajita que se le había resbalado con el sudor—. Dicen que algunos de los antiguos pueblos invocaban a Yog-Sothoth con sacrificios humanos.

Lin Cheng me miró como si no hubiera oído al rabino, y yo asentí.

—Podría funcionar —dijo el chino—, si logramos hacerlo salir, sería mucho más vulnerable —y ambos nos acercamos a Daymarita, mirándola, dubitativos.

—Obdulio, no puedo creer que estés proponiendo que… tu propia biznieta para… —comenzó a decir Julián, tartamudeando de furia.

—Una doncella, claro. Pero, ¿servirá? —El viejo chino se acercó a la muchacha, rascándose la cabeza—. Tal vez ya no sea… esta juventud de hoy es tan precoz, y lleva casi dos semanas con él, hay que comprobar —Sacó su I-Ching y comenzó a tirar las tres monedas de rigor.

—Lo es —dije, con una seguridad que estaba muy lejos de sentir, y la tomé por el brazo—. Algo me dice que esos dos también tenían planes para los que su virginidad era esencial.

La pesada mano de Julián se me posó en el hombro, y me dijo, muy serio:

—Obdulio, lo siento, yo no puedo permitírtelo. Sacrificar vírgenes es la peor clase de rito pagano.

Pero la mano de Antoine debió ser más pesada todavía sobre el hombro del cura vasco:

—No sacrificio, loas dicen: «Viejo horror quiere el mundo, pero no sabe resistir llamado de sangre de virgen noche más corta del año».

Mirando las gotas de sangre que manando de las muñecas del obeso bocor manchaban su antes nívea túnica ritual, el padre Julián no dijo nada, pero tampoco me soltó.

—Julián, coño, no seas terco, puede que tenga razón —resopló Yosvany, secándose el sudor de la frente—. No sería un sacrificio, sino una especie de cebo.

—Pero, tíos, hostias, sangre es sangre… —El cura, aunque aún no parecía muy convencido, soltó su presa en mi hombro y dio un puñetazo en la pared—. Sea, carajo, que también la Eucaristía es sangre de Cristo, lo que no entiendo es ¿qué puede tener que ver una virgen con esas bestias? No pueden ni pensar en violarla, no son humanos, y…

—El I-Ching dice «La suciedad ansía la pureza» —sentenció en aquel momento Lin Cheng, alzando la vista de su libro—. Yo digo que debemos probar otra vez, desde el principio.

—Con tal de que esa muchachita todavía no haya… con tu perdón, Obdulio, pero es que estas mulaticas son muy revoltosas —refunfuñó aún Julián, pero ya aceptando.

Afuera el chubasco se había convertido en una lluvia con todas las reglas, y hasta con algunos truenos ocasionales. El parte meteorológico no había anunciado nada de aquello, pero ya se sabe, no es una ciencia exacta.

Volvimos a empezar desde el principio… sólo que ahora Daymarita no estaba en la habitación de al lado, sino que, a pocos metros de los otros dos prisioneros, forcejeaba con tanta rabia que los esfuerzos combinados de Ramón, Moisés y William apenas lograban retenerla, aunque no bastaron para evitar que, al resbalársele un instante la mordaza, derramase sobre nosotros una retahíla de insultos tan sorprendentemente sucia y variada hasta para una adolescente crecida en una cuartería que todos nos quedamos boquiabiertos por un instante.

Pero tan pronto como la hicieron callar, volví a verter nuevamente humo y ron sobre Saúl y Abigaíl. Y de nuevo Antoine derramó su sangre sobre ellos, Lin Cheng siguió disponiendo sus misteriosos papelitos, inciensos, ramitas, Yosvany recomenzó a leer la Torah tocando ora una, ora otra de las doce piedras de su pectoral, y Julián volvió a su «Yo te conjuro, bestia inmunda, abandona este cuerpo, por el poder del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo».

Pero ahora no era igual. Esta vez había una fuerza extraña en mis movimientos, un sabor metálico en el ron y el humo, un énfasis raro en los latinazgos del padre Julián y otra inspiración en el yiddish del rabino Yosvany. Había más entusiasmo hasta en el metódico disponer de objetos de Lin Cheng, y en cuanto a Antoine… su cuchillo de bronce subía y bajaba, su sangre casi negra manaba de sus brazos mil veces cortados en enérgicos surtidores, trazando curvas escarlatas en el aire, pero ni una sola gota parecía caer al suelo, o sobre nosotros: todas iban a dar a Saúl y también a Abigaíl, que se retorcían ambos a su contacto como si lo que los mojaba fuese ácido sulfúrico y no simple hemoglobina.

Nuestras palabras se volvían a cada segundo más tajantes, nuestros movimientos más frenéticos, nuestros giros más veloces… algo iba a pasar, la tensión crecía, hasta los tres sordomudos podían percibirlo, y se removían, nerviosos, de tal modo que mi enfurecida biznieta estuvo a punto de escurrírseles de entre las manos un par de veces, y la mordaza volvió resbalársele, con lo que la reemprendió con los insultos.

Era una situación que no podía durar, pero que tampoco parecía tener salida. Daymarita derramaba sobre nuestros tímpanos lo peor de su vocabulario, y nosotros girábamos, salmodiábamos, hacíamos gestos furiosos, como locos desesperados, esperando ¿qué? No podíamos saberlo. Sólo intuíamos que Algo estaba a punto de suceder.

Pero no sucedía, nada sucedía.

Y entonces Antoine hizo algo completamente inesperado: con un salto que cualquiera consideraría fisiológicamente imposible para alguien de su peso y complexión, cayó sobre Ramón, Moisés y William, y antes de que los sordomudos pudieran hacer nada, su ensangrentada hoja cortante bronce trazó un tajo larguísimo sobre el brazo de mi biznieta y giró ofreciendo aquella sangre en la punta del cuchillo a Saúl y Abigaíl, como se ofrece un bocado a un niño en una cuchara.

Recuerdo que grité, de sorpresa y de rabia, porque nadie había dicho que Daymarita debía resultar herida, y me adelanté, para… ¿para qué? ¿Para impedir que Antoine volviese a cortarla? Tal vez.

Sólo que mi paso al frente se convirtió en un retroceso antes de que pudiese darme cuenta, y el grito se tiñó de terror en mi garganta, porque estaba ocurriendo algo, al fin, y no era agradable de ver.

Mi biznieta también había callado de golpe, como aterrada ante la vista de su propia sangre. Y yo tenía razón, entonces; aún no había conocido varón. Ante la roja ofrenda, Saúl se había puesto en pie con un solo movimiento.

¿Normal? Para nada; porque lo habíamos atado a un viejo buró de caoba que debía pasar de los cien kilos; Ramón y Moisés juntos habían pasado no poco trabajo para moverlo. Y para más INRI, lo amarraron de espaldas, como un azteca en la piedra de los sacrificios, de modo que los pies del nieto de Omaida ni siquiera tocaban el suelo hasta aquel momento. Pero ahora, firmes como raíces, sostenían no sólo su cuerpo sino también el pesadísimo mueble, en inestable verticalidad, y al que seguían ligándolo los recios nudos hechos por Ramón.

¿De dónde aquel muchacho alto pero delgadísimo había sacado la fuerza para aquella proeza? Todos retrocedimos aunque no tanto por evitar que todas las libras del mueble nos cayeran encima, como por otra clase de miedo.

La garganta de Saúl estaba vibrando cada vez más fuerte, era como si la piel de su cuello fuese una alfombra bajo la que se agitaban miríadas de ratas, como si tras su nuez de Adán hirviese algo que pugnaba por escapar y alcanzar aquella sangre virginal que le ofrecía Antoine sobre su hoja de bronce. Y al mismo tiempo, toda su delgada anatomía se tensaba contra la prisión de las cuerdas, como desesperada por liberarse de ellas y del peso del gran mueble de caoba.

—¡Sujétenlo! —rugió el obeso bocor, blandiendo el cuchillo ensangrentado como blandiría un mariscal su bastón de mando, pero retrocediendo ante Saúl—. ¡Que no lo alcance!

Como despertando de un sueño, Yosvany, Julián, Lin Cheng y yo nos lanzamos contra el buró, uniendo nuestras fuerzas para tratar de hacerlo volver al suelo. Pero hubiera sido lo mismo intentar doblar el tronco de un árbol. Con cien kilos de madera y cuatro hombres a sus espaldas, Saulito dio un paso, y otro, y otro…

Antoine, palidísimo, la espalda contra la pared, ya no podía retroceder más, cuando los tres sordomudos al fin comprendieron que debían unírsenos, y uno a uno, fueron soltando a la ahora extrañamente silenciosa Daymarita y lanzaron todo su peso contra el buró. Pero no fue hasta que el último, el lento pero aparentemente fortísimo William unió sus esfuerzos que lo logramos; la inestable verticalidad se rompió, las patas del pesado mueble de caoba saltaron en astillas al impacto de la caída, y La Voz del Abismo quedó de nuevo forcejeando boca arriba, tan impotente como una tortuga al revés, aunque mucho más fuerte; tan tremendos eran sus tirones que por dos veces creímos que a pesar de todos nuestros esfuerzos conseguiría levantarse, un adolescente de menos de sesenta kilos y amarrado contra siete hombres fuertes.

Antoine, mostrando su blanca dentadura y sus níveas encías en una sonrisa feroz, volvió a acercarse al muchacho inmovilizado, y mascullando cánticos en creole, agitó el cuchillo ensangrentado frente a sus narices, para luego alejarlo, y otra vez, y otra. La garganta de Saúl Acosta temblaba cada vez como tiemblan las agujas cuando pasa cerca el imán, y cada vez más fuertes eran sus tirones y forcejeos.

—¡No! —El aullido de Abigaíl rajó el silencio. Lo miramos de reojo; de algún modo se las había arreglado para romper la mordaza, a mordiscos, y ahora aullaba, desesperado—. ¡No… no! ¡Eso no! ¡Contrólate, no te dejes tentar! —y luego unos vocablos incomprensibles.

¿Necesitábamos acaso mejor confirmación de que estábamos haciendo lo correcto?

Pero si la necesitábamos, la tuvimos.

Ya el albino cautivo salmodiaba el odioso cántico, una y otra vez.

Yog Sotthoh R´Lyeh ptaghf

Ankh Cthulhu hybil fuagth arghh

Pero, Olofi sea loado, entonadas por él aquellas sílabas blasfemas no tenían ninguno de los terribles efectos que cuando las cantaba su pupilo, que seguía retorciéndose como una culebra atrapada en un lazo.

Hasta que una gota escarlata apareció, inesperada, en la tersa superficie de su cuello, rojísima y bella como un rubí. Y la gota se convirtió en dos, en varias, en una auténtica hemorragia que rajó su piel desde dentro, como mismo rajaría un gatito una bolsa de papel en la que alguien intentara aprisionarlo.

Hubo seis truenos ensordecedores y seis relámpagos deslumbrantes, uno tras otro, los conté; la llovizna afuera se convirtió en aguacero, y empezó a salir Aquello.

¿Cómo describirlo?

Una vez, en Regla, cuando era pequeño y la medicina no había avanzado tanto como ahora, vi sacarle una tenia a un muchacho, Daniel, recuerdo que se llamaba. Los médicos habían probado toda clase de remedios, pero el dichoso gusano no quería soltar aquella tripa, y los padres desesperados y sin dinero, veían a su hijo ponerse cada vez más pálido y delgado, pese a todo lo que comía. Así que se lo llevaron a un viejo mandinga que no era babalao, pero sabía mucho del monte y sus hierbas.

El anciano negro, muy calmado, le sobó la barriga al pobre niño y dijo que siempre quedaba un método infalible para acabar con el parásito, pero que sería terrible para el muchacho… y para sus padres.

Los tres aceptaron, ¿qué otra cosa les quedaba? Era la hora del almuerzo, y el anciano negro ató a Danielito boca arriba en una mesa larguísima, y se puso a comer en la otra punta. No pasó mucho rato antes de que, loco de hambre, el muchacho empezara a llorar y a gritar, rogando que lo soltaran, que le dieran comida, que le ardía la barriga. Los padres lloraban y se apretaban las manos, mirando al viejo mandiga; pero él, inflexible, siguió comiendo, diciendo todo el tiempo lo rico que estaba y lo mucho que le gustaba.

Y a la hora de la cena fue lo mismo, y al desayuno del día siguiente, y al almuerzo…

Cuando yo fui, ya Danielito llevaba cuatro días atado a la mesa, sin que por su garganta hubiese pasado otra cosa que agua. El padre y la madre, llorosos pero estoicos, habían estado a su lado cada minuto de la larga tortura, pese a que su hijo los había insultado y ofendido mil veces. Pero ya no debían quedar muchas energías en su cuerpecito enflaquecido; se desmayaba a ratos, y cuando se quejaba, apenas si se le escuchaba. Recuerdo que me dio mucha pena cuando lo vi, y que me pregunté si valía la pena sufrir tanto por librarse de un simple parásito.

Mucha gente había acudido aquel día, porque el viejo mandiga había dicho que sería el último de sufrimiento para el pobre muchacho, y todos querían ver a la odiada tenia, y ayudar si hacía falta. Y en efecto, a la hora de almuerzo, cuando el anciano negro se sentó en su extremo de la mesa a comer un plato de tasajo con boniato que olía a gloria, Daniel dejó de quejarse de repente, cerró los ojos, se desmadejó y su boca se abrió como para vomitar.

Pero no fue un vómito lo que brotó de su garganta, sino una especie de cabeza pequeña y monstruosa, sin ojos, pero llena de ganchos y ventosas, la visión más horrible que yo había visto hasta entonces.

La ciega cabecita se alzó un poco, se agitó, como olisqueando el aire, y empezó a reptar por la larga mesa hacia el negro y su plato de comida. Y tras ella fueron brotando de la abierta boca del pobre Daniel metros y más metros de cuerpo acintado y segmentado… tan largo era que algunos de los presentes tuvimos que poner otra mesa con mucho cuidado, para que aquel horrendo parásito siguiera reptando sin alcanzar el ansiado plato del que continuaba comiendo el mandinga, imperturbable.

Había casi diez metros de gusano fuera cuando salió el último trozo. Pero fue sólo cuando ya la cola del pequeño monstruo se había alejado unos cuantos centímetros de la boca del torturado niño que el viejo negro, siempre calmado, clavó la diminuta y horrible cabeza a la madera con el mismo tenedor que había utilizado para comer hasta el momento. Los padres de Daniel gritaron de júbilo y corrieron a liberarlo y a atiborrarlo de comida, mientras los diez metros de tenia vencida seguían retorciéndose sobre las mesas, durante largo rato.

Pero lo que empezó a brotar de la garganta abierta de Saúl Acosta era mil veces más horrible que la más horrenda de las tenias.

Y no sólo porque fuese mucho más grande; una pitón también lo sería. Pero Aquello no era una pitón. Aquello no tenía el aspecto de nada viviente conocido. Aquello, en realidad no podía decirse que tuviera un verdadero aspecto, ni que estuviera realmente vivo.

Aquello era como una nube de coles podridas y como una serpiente de fuego frío, pero no era ni una nube ni una serpiente. Era como un hongo gelatinoso o una ameba de sombras, era una abominación informe que no tenía razón de existir en este mundo, que probablemente ni siquiera existía del todo en esta realidad, así que lo que veíamos era apenas una sombra suya, una silueta a la vez transparente y macizamente oscura que se alzó lentamente desde el cuello del muchacho que la había hospedado durante años y años, cambiando de contornos a cada momento, ominosa y terrible como la peor de las cobras o el más salvaje de los vampiros inimaginables, olisqueando el aire y girando a un lado y al otro como si no pudiese ver, pero sí sentir, sin error posible.

Y dirigiéndose hacia el bocor haitiano con la misma inexorabilidad de un misil autoguiado, pero mucho más lentamente, aquella mole semilíquida semigaseosa dejó atrás al exánime Saúl.

Era un depredador atacando a su víctima, pero en total silencio, sin siseos ni rugidos, como si fuera del cuerpo de Saúl toda su magia sonora resultase impotente o superflua. Era una visión tan espantosa que Antoine retrocedió de nuevo, su piel tan blanca como sus encías o sus dientes, y el cuchillo de bronce con la ansiada sangre se le cayó de las manos temblorosas. La bestia ajena a este universo se abalanzó hacia al tintinear de la hoja de bronce, hacia la sangre, y todos contuvimos el aliento, intuyendo que si lograba alcanzarla y absorber su fuerza, regresaría a su cubil en la garganta de Saúl, más poderosa que nunca, y podría ser el fin.

Antoine chasqueó los dedos y William, el jamaiquino, se interpuso en el camino de Aquello, pero su valor y su obediencia no sirvieron de nada; fue absorbido. O disuelto, o devorado, o simplemente borrado en el lapso de abrir y cerrar los ojos, y la monstruosidad se hizo más grande y más densa.

Pero el padre Julián, se abalanzó con un alarido interponiéndose en su camino y la golpeó con su pesado crucifijo. Fue como golpear una nube de humo o un chorro de agua, pero la bestia retrocedió, exudando un olor espantoso. Julián, envalentonado, volvió a golpearla. Y ahora Yosvany, blandiendo el rollo de su Torah como si de un garrote se tratara, se le sumó.

Antes de saber muy bien qué hacíamos, todos estábamos luchando físicamente con aquel horror. Golpearlo con las manos era como tocar un fango pútrido y denso, una neblina viscosa y húmeda que nos manchaba las manos con su sucia consistencia gelatinosa. El impacto de cualquier objeto no consagrado no parecía tener otro efecto que desorganizarlo, y apenas momentáneamente, porque enseguida volvía a su forma o carencia de forma original, y a su propósito de alcanzar aquella sangre. Sólo cuando Lin Cheng hundió sus varillas de incienso encendidas en su evasiva sustancia pareció dolerle un poco, porque la nube se hizo más clara un instante, y el terrible hedor se alzó aún más potente.

Envalentonados, atacamos con más rabia; yo lo rocié con ron y le lancé varias bocanadas de humo de tabaco, y se detuvo de nuevo, como dudando. Pero sólo cuando Antoine volvió a cortarse sus castigados brazos para rociarlo con su negra sangre fue que Aquello empezó a retroceder… como si, comprendiendo al fin que no éramos los adversarios inofensivos que había supuesto, y que afrontaba un peligro real, tratara de regresar a su seguro cubil de carne en la garganta de Saúl.

Pero Yosvany hizo un par de señas rápidas, y Ramón y Moisés, aunque temblorosos, entendieron y obedecieron. Alzando el buró al que estaba atado el muchacho, le tiraron encima a mi anonadada biznieta y salieron corriendo como si el pesado mueble con sus dos «pasajeros» humanos fuese ligero como una pluma, supongo que encantados de abandonar aquel lugar que acababa de costarles a otro amigo.

El padre Julián arrojó más agua bendita sobre el ser imposible, que pareció hacerse más sólido y perder tamaño, como si se concentrara su materia. Lin Cheng dio fuego a uno de sus papeles cubiertos de caligramas chinos y se lo arrojó también, y la bestia de otra dimensión se encogió más aún, como si intentase esconderse y no supiese dónde. Pero fue la acción de Yosvany de abrir la Torah en toda su extensión y rodearlo con ella la que precipitó las cosas de un modo inesperado.

Aquello pareció plegarse sobre sí mismo hasta ser apenas un trazo negruzco y pastoso sobre las losetas del suelo, un asqueroso escupitajo que se arrastraba como una mezcla de serpiente, ameba e insecto inmundo, buscando desesperadamente una salida. Pero sólo para encontrarse con el límite infranqueable de la sagrada Torah, con el agua bendita que le seguía rociando Julián y con la cera de las velas rojas con que la acosaba Lin Cheng. Y entonces, como una salpicadura de fango salta en el aire, Aquello reunió sus últimas fuerzas y saltó hacia Abigaíl.

En el fragor de la lucha final con el terrible parásito de Saulito, nos habíamos olvidado por completo del palero ciego, aunque, retenido por muchas vueltas de soga en un pesado sillón de caoba que hacía juego con el buró al que habíamos atado a Saulito, no había dejado de debatirse ni de entonar su blasfemo sonsonete.

Yog Sotthoh R´Lyeh ptaghf

Ankh Cthulhu hybil fuagth arghh

Hasta que aquel chisguete ¿viviente? de inmundo barro cayó sobre su cara, se deslizó por su mejilla y, pese a sus desesperadas convulsiones y gritos, entró por su boca. Recuerdo haber gritado con rabia. ¿Todo aquel esfuerzo sólo para que la bestia cambiara un escondite por otro?

Pero acto seguido fuimos arrojados contra las paredes por una explosión, fortísima aunque extrañamente lenta, que llenó todo el local de la Empresa Provincial de Mantenimiento de Jardines de un humo pastoso y verduzco de una fetidez incomparable.

Incapaces de resistirla, salimos a trompicones, tosiendo y lagrimeándonos los ojos, creo que Julián y Lin Cheng vomitaron, y a los demás nos faltó poco. Pero el insoportable humo se disipó enseguida, y cuando volvimos a entrar, con grandes precauciones, porque no sabíamos a qué nuevo engendro tendríamos que enfrentar, no encontramos más que un pesado sillón de caoba patas arriba, a medias quemado, a medias manchado de un mucílago hediondo, que también impregnaba un confuso montón de cuerdas caídas, ropas vacías y huesos que habrían podido ser humanos, si no fuera por su blandura gelatinosa. Unos huesos que se disolvieron en pocos segundos en un mucílago descolorido que luego se evaporó rápidamente, como si este mundo no quisiera acogerlo.

 

*****

 

Ése fue el final de La Voz del Abismo.

Ramón y Moisés, después de soltar a Saulito del buró, lo subieron al viejo Chevy del 53 del carnicero y, junto con Daymarita, los llevaron al Hospital Calixto García. Yosvany había tenido la precaución de asegurarse de que esa noche estuviera de guardia en Urgencias Ruth, una doctora que él conocía. La joven ginecóloga se portó bien, no hizo preguntas, y aunque de otorrinolaringología no recordaba mucho, su cura de urgencia fue la que salvó la vida del nieto de la difunta Omaida, aunque, claro, no pudo devolverle la voz.

En cuanto a Daymarita, después de todos sus insultos y la herida en el brazo, estaba inconsciente y en estado de shock. Pero mi familia es gente dura; después de dormir casi treinta y seis horas seguidas se despertó pidiendo agua, y sin recordar nada de lo que le había pasado desde el momento en que llegamos al Patio de María aquel viernes de junio, ni mucho menos de qué herida era aquella cicatriz en el brazo, que le llegaba desde el codo casi hasta la muñeca.

Mejor así, digo yo. Aunque Mara su madre nunca ha creído en tan oportuna amnesia y «la niña» aún no me ha perdonado que yo prefiera no contarle todo lo que pasó. En fin, ya bastante ha sabido por sus amiguitas, que como en esta Habana todo se sabe, algunas hasta la vieron del brazo de la efímera estrella de rock.

La memoria del muchacho tampoco ha retenido ningún suceso posterior a su primera presentación pública en el Patio de María. Una vez «exorcizado», la verdad es que no sabíamos muy bien qué hacer con él: como no tenía parientes y aún era demasiado joven para vivir por cuenta propia, decidimos al fin que se fuera a vivir con Moisés, nos pareció perfecto, para tenerlo vigilado. Pero el chico sin cuerdas vocales y el viejo carnicero hicieron tan buenas migas, que el judío, sin otra descendencia, decidió adoptarlo a los pocos meses. Saulito aprendió el oficio con la misma facilidad con que aprendió el alfabeto manual de los sordomudos, y un par de años después, al morir su padre adoptivo en un accidente de tránsito, se convirtió en el primer carnicero kosher de La Habana desde 1959 y empezó a trabajar en el hotel Cohíba. Todavía sigue ahí y parece que le va bien. Ya se sabe, el turismo tiene sus propias exigencias, es un renglón en continuo crecimiento, y como cada vez vienen más judíos…

El público olvidó a La Voz del Abismo con la misma rapidez con que lo adoró. Hoy por hoy, hasta especialistas en la historia del rock nacional como Julito Camacho y Alberto Manduley apenas si le dedican un par de párrafos al efímero fenómeno en sus exhaustivas enciclopedias. Tendencia, por sólo poner un ejemplo, ocupa diez páginas.

Mi biznieta Daymara y él nunca han vuelto a encontrarse. Y aunque después de aquellos sucesos no dejó de ser rockera para desesperación de su madre (perdió la virginidad un par de meses más tarde, con el baterista de un grupo de death-metal de Holguín) al menos ahora se toma las cosas con más calma. El mes que viene recibirá su diploma de Doctora en Medicina. ¿Especialidad? Otorrinolaringología. ¿Pura coincidencia? Ya no creo en ellas.

Yosvany, Julián, Lin Cheng, Antoine y yo seguimos reuniéndonos durante años. Primero una vez a la semana, luego una vez al mes, luego cada dos, cada tres meses, al fin una vez al año. Y siempre, entre juegos de dominó, comentarios sobre pelota, tragos de ron y saladitos, la conversación terminaba regresando a aquella terrible noche del solsticio de verano en la casa entre cuatro calles en las puertas del cementerio. La impresión general era que simplemente habíamos tenido mucha suerte y las interpretaciones de cada uno variaban.

En opinión de Antoine, Aquello era Yog-Sothoth en persona… o al menos una de sus mil encarnaciones posibles en este mundo y dimensión. Sin poder resistirse a las fuerzas combinadas del exorcismo que intentaba expulsarlo y la atracción de la sangre pura de mi biznieta, tuvo que abandonar su refugio en la garganta de Saulito, y cuando lo atacamos en su forma mucho más vulnerable de nube semilíquida, lejos ya el muchacho, buscó refugiarse en Abigaíl, la explosión había sido consecuencia de encontrar el sitio ya ocupado, porque el albino sí tenía cuerdas vocales, y no había que seguir preocupándose.

Según Yosvany, Aquello era a Yog-Sothoth como una lagartija a un dinosaurio, no la puerta, ni siquiera la llave, cuando más un timbre, una campanilla o el clavo de una bisagra. Un servidor menor, que al intentar enquistarse en la carne de Abigaíl se encontró con que el albino ciego era títere de alguna potencia más poderosa, quizás hasta el mismo Cthulhu. ¿O ya habíamos olvidado las circunstancias de la muerte de la vieja Omaida en Bacuranao, hacía tantos años? Y no por gusto había guiado todo el performance vocal de Saulito desde el principio, ni era ése el otro nombre que se repetía en las letanías. Y al choque de las fuerzas de ambos antiguos, la envoltura material y al menos parcialmente humana que era Abigaíl no pudo resistir la sobrecarga y estalló como un transformador cuando sube la tensión de repente.

Julián pensaba que fuera Yog-Sothoth, Cthulhu o el diablo en persona, si era inmortal, le habíamos dado tan duro en su sacrílego trasero que había preferido escapar por la puerta trasera a su cómodo infierno fuera de este mundo, pero que también, como que dos y dos son cuatro, Aquello era demasiado terco e hijo de puta para resignarse a que lo derrotaran cinco simples humanos, así que lo mejor sería estar atentos, y, por si acaso, vigilar de cerca a esos rockeros gritones y peludos que se decían satánicos y coqueteaban con esas fuerzas que es siempre mejor dejar tranquilas.

Yo, en realidad no tenía la menor idea de lo que había ocurrido ni de a quién habíamos enfrentado; Yog-Sothoth, Cthulhu o el Diablo Cojuelo… ni quería tampoco saberlo. Lo único que estaba claro y que importaba era que habíamos ganado nosotros, los buenos, y esta realidad y este mundo seguían siendo nuestros. Y si volvía Aquello u otro por el estilo, pues ya encontraríamos la manera de volver a ganarle. ¿No?

Y en cuanto a Lin Cheng, se limitaba a sacudir su arrugada cabeza, y acariciando su inseparable Libro de las Transformaciones, decir que todos teníamos razón y todos nos equivocábamos, y que en el fondo todo era lo mismo.

Ah, amigos, los extraño.

El tiempo ha pasado. Julián fue reclamado por su orden y regresó a España; Yosvany emigró a Israel; el viejo chino murió hace tres años: tenía ciento seis, ¡quién lo hubiera dicho! Pero cocinó en el Tai Peng hasta su último día. Y Antoine lo siguió el año pasado: infarto masivo, nunca dejó de engordar… y ahora sólo quedo yo.

Que, tras mucho pensarlo, pese al voto no declarado de silencio que los cinco mantuvimos todos estos años, he decidido contar esa historia. Para que si Aquello, u otro de su misma calaña, consigue de algún modo atravesar las barreras que lo separan de nuestro mundo, en busca de lo que una vez fue suyo, se encuentre con que los hombres lo están esperando como se merece.

Aunque, de todas formas, hay algo que me preocupa. La próxima vez, los que deban enfrentar la amenaza ¿serán capaces de reconocerla antes de que sea demasiado tarde, como hicimos nosotros? Y, sobre todo, ¿tendrán nuestra misma suerte al combatirla?

Quién sabe…

Pero, como diría Lin Cheng, ¿qué es la vida humana sino una brizna de paja que, arrojada al torrente de lo desconocido, lucha por mantenerse a flote? De lo que sí no tengo dudas es de que ellos, quienesquiera que sean los próximos hombres sabios, aunque comprendan que sus inmortales enemigos son mil veces más fuertes que ellos como lo comprendimos nosotros, lucharán del mismo modo, con todos sus conocimientos, hasta el final de sus fuerzas, y aún después, hasta que dure la esperanza.

Y la esperanza durará más que todos esos engendros del no tiempo y el no espacio. Porque es ésa la gran fuerza de la humanidad, la que Yog-Sothoth, Cthulhu y todos los Antiguos no entenderán nunca, por suerte para nosotros.

 

 

Este cuento se vincula temáticamente con LA LLAMADA DE CTHULHU, EL COLOR QUE CAYÓ DEL CIELO, EL PANTANO DE LA LUNA y DAGON, de Howard Philips Lovecraft; EL CAOS REPTANTE, de H.P. Lovecraft y Elizabeth Berkeley; y SELOALV, REWIND, DIE HÄNDE VOM ZESTRUN y J, de Magnus Dagon.


Axxón 224 – Noviembre de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Terror : Universo de autor clásico : Cuba : Cubano).


Una Respuesta a “«La voz del abismo» (parte 2), Yoss”
  1. Juan D. dice:

    Primera historia en muucho tiempo, que me hace de leerla de un tirón y con un gran entusiasmo por el desenlace. Felicitaciones y gracias por el relato.

  2.  
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