¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

Sobre lo ocurrido en el almacén “El Pato” durante la payada en contrapunto entre el Tape Ortiz y el sargento Primitivo Garmendia, en el verano de 1879.

 

Mi nombre es José Terradas, cura vicario del Tandil. Estoy a cargo de la Parroquia del Santísimo Sacramento. Siendo el verano del año de mil ocho cientos setenta y nueve, volviendo de Buenos Aires, me encuentro en viaje hacia el pueblo de Brandsen. Allí visitaré a una familia amiga, para luego continuar mi marcha en el ferrocarril del sur y regresar a mi parroquia. El primer tramo del viaje lo realizo gracias a la invitación de un hacendado de la zona que se ofreció gentilmente a compartir su carruaje, ya que su casa está cercana a mi primer destino. Tomamos por el antiguo camino a Las Inundadas hasta llegar a Las Lomas de la Ensenada. Una travesía monótona de parajes secos y salitrosos. Torcemos hacia el poniente, dando la espalda al lejano río. Dejamos atrás pastizales y algunas tenues elevaciones, ocasionalmente atravesadas por un ligero arroyito. Es todo lo que se ofrece a la vista. Finalmente, pasado el mediodía, llegamos a la posta que se encuentra en los campos de Gómez de la Vega. Se decide, por problemas en el carruaje, pasar la noche allí.

Como faltan varias horas para oscurecer, a pesar del calor, me aventuro a dar un paseo. Siguiendo el consejo de un vecino, me dirijo al almacén El Pato, distante menos de media legua de la posta.

Mientras camino, repaso mentalmente mi estadía en Buenos Aires. Agradezco a Dios haber tenido la oportunidad de entregar en mano al Excelentísimo y Reverendísimo Arzobispo de esta Arquidiócesis, doctor León Federico Aneiros, el Statu Animarum de la parroquia. Como era de esperarse, luego de leerlo, se ofreció a ayudarme en todo lo que necesite. En dicho escrito menciono los logros obtenidos y los problemas que persisten, contra los cuales he decidido enfrentarme con todas mis energías.Los malones han disminuido dejando de ser el gran azote que devastaba la región. Ahora debo luchar contra la indiferencia religiosa, el amancebamiento y la poca concurrencia a oír misa, sobre todo, la total inasistencia de los hombres. Hay además otros vicios menores que, a falta de la luz del progreso, son difíciles de erradicar.

Llego a un encuentro de caminos y, según las indicaciones recibidas, a la derecha tropiezo con el almacén. Apenas me acerco a la puerta se escuchan primas y bordonas ahogadas entre risas y bullicio. Mis ojos, todavía castigados por el sol, no me permiten distinguir claramente el interior. Humo, poca luz, olor a tabaco y vino, detrás de una deshilachada cortina. Cuando ingreso me recibe un paisano risueño y como si supiera de qué se trataba aquello, me dice:

—Son el Tape y el Sargento, por fin se han encontrado. Se venían prometiendo y hoy ninguno pudo esquivarse.

Viendo mi expresión de desconcierto me explica con entusiasmo y sin mezquinar ademanes:

—El sargento Primitivo Garmendia es un veterano de Cura Malal. Estuvo al mando de una partida cuyos hombres, sorprendidos, bajaron sus patrias al toparse con un rendido cacique junto a cincuenta indios de chusma y treinta de lanza. El Tape Ortiz lleva el apellido de su madre. Para algunos, es el hijo de un mazorquero dueño de los campos vecinos. Para otros, el de aquel gaucho divertido cuya hazaña fue escapar de la partida tapándole la cabeza a su caballo con el poncho y saltando montado desde un barranco al Paraná, logrando huir flotando y prendido a la cola de su flete. Las propias, son muchas para contar.

Ilustración: Guillermo Vidal

Ante tan colorido prólogo, decido observar el espectáculo. En el centro del local, una mesa con un par de tragos y dos sillas. En una el Tape: poncho sobre el calzón como chiripá, camisa de Crimea y brillantes botas de confección. En la otra, el Sargento: kepis en la cabeza, la chaqueta en la pierna de modo que se vean los chevrones y un amplio bombacho a lo zuavo. Enfrentados, guitarras en mano y rodeados por la concurrencia atenta y divertida. Me acerco al grupo, pido permiso para compartir una mesa, y comienzo a escuchar:

 

 

Tape Ortiz

 

1

 

Cuando andaba por Ajó

Me protegieron los frailes.

Y sobre ellos pregunto

Y respóndame derecho:

¿Por qué uno de ellos dormía

Con un balde sobre el pecho?

 

 

Primitivo Garmedia

 

2

 

Por Ajó yo nunca anduve,

No conocí tales frailes.

Pero sí mi lengua alcanza

Pa’ responderle derecho

Ese pobre fraile ténia

Una gotera en el techo. (¿No se fijó si llovía?)

 

3

 

Ahora me toca a mí

Preguntar en la ocasión.

No quiero echarle un sermón,

Escuche bien lo que digo

Y responda: ¿Pa’ qué sirve

La pelusa del ombligo?

 

 

Tape Ortiz

 

4

 

Es su turno, no lo niego

Y pregunte a voluntad.

No me asusta su sermón

Y le respondo con calma,

La pelusa es el tapón

Pa’ que no se escape el alma.

 

5

 

Como le gusta el sermón

A las alturas lo llevo

Y responda con soltura

A este pensar profundo:

¿Adónde irán los males

Cuando Dios acabe el mundo?

 

 

Primitivo Garmedia

 

6

 

A las alturas no temo

Y con soltura le digo:

Seguro que Dios los guarda

En un bolsillo profundo

Pa’ cuando le haga al hombre

Estrenar un nuevo mundo.

 

7

 

Astuto lo veo al Tape.

Parejero pa’l escape.

Con dos preguntas me animo

A ver si su cencia asombra:

¿Qué es la humanidad y cómo

Al suelo NO echa su sombra?

 

 

Tape Ortiz

 

8

 

La humanidad es un hilo,

Y por delgado, sin sombra.

Dos puntas o más tendrá

Según lo vengan cortando,

Sufriendo en todas habrá

Siempre un ñato cinchando.

 

9

 

Parejero yo seré

Y no solo pa’l escape.

Quizás tenga pretensión

de ser un buen pialador.

Pues demuestre respondiendo:

¿Qué es un conservador?

 

 

Primitivo Garmedia

 

10

 

Echar un pial es mi vicio,

No hay bruto que se me escape.

Conservador será aquel

Que tenga algo pa’ conservar

Y que cuando nada tuvo

Con la gente salió a chillar.

 

11

 

Sin quererlo me ayudó

Y de bolada, pregunto:

¿Por qué el que es ambicioso

Y no le gusta trabajar,

Los derechos de los otros

Siempre suele reclamar?

 

 

Tape Ortiz

 

12

 

Porque es la esperanza un mal

Que en la miseria enceguece.

Y los pobres desdichados

Siempre lo habrán de cantar

Al ladino candidato

Haciéndole fácil trepar.

 

13

 

Ya verá que soy crestiano

Pues de su pial me escapé.

Y siempre al humo me iré…

 

 

Repentinamente, el Tape enmudece. Frunce el ceño, aferra fuertemente su guitarra y permanece con la mirada perdida. El Sargento, luego de observarlo con asombro, adopta la misma expresión. Ambos, como si una fuerza interior los impulsara, comienzan a elevarse despegándose de sus sillas. Siguen su ascenso hasta una altura de dos varas y quedan flotando en el aire, frente a frente, inmóviles, temiendo desplomarse ante el menor suspiro. Hay un silencio de asombro que nadie se atreve a profanar. Los presentes los observan con fascinación cuando comienzan a aletear con los brazos lenta y temerosamente, como si el mantener el equilibrio dependiera de ello. Viendo lo inútil de la acción, desisten. Mirándose sorprendidos y hermanados por la desgracia, casi al unísono llevan lentamente las diestras hacia delante, estirando la punta de los dedos. Con torpeza pretenden tomarse de las manos para sacarse mutuamente del aprieto. Es inútil: los separa un abismo de pocos centímetros. Primitivo hace un par de movimientos con sus ojos, da a entender al paisano más cercano que tome las guitarras. El hombre mira aterrorizado hacia los costados y, respirando profundo, realiza la delicada operación. Coloca las guitarras sobre la mesa y se aparta rápidamente. Luego una intensa luz, una explosión y una pequeña nube de humo se disipa donde, unos instantes antes, estaban los desgraciados. El aire se arremolina en el lugar, concentrando un montón de barajas, puchos y sombreros.

El Tape y el Sargento habían desaparecido.

Transcurrieron algunos segundos durante los cuales todos coincidimos nuestras miradas en un mismo punto, donde no quedaba nada. La boca abierta y una expresión estúpida moldean nuestras caras. El grito áspero de un chimango, un vaso que se rompe y una concurrencia paralizada por el horror. El silencio se prolonga y don Pascal es el primero en reaccionar. Como dueño de almacén está acostumbrado a hacer frente a desplantes de borrachos, pendencieros y a todo tipo de situaciones peligrosas. Quizás para conservar el buen nombre de su negocio y vaticinando alguna consecuencia negativa que podría acarrear lo ocurrido, toma las guitarras, retira las copas de la mesa y vuelve detrás del mostrador, como si allí no hubiera ocurrido nada. Y eso es lo que dice, con voz fuerte y clara:

—¡¡¡Aquí no ocurrió nada!!!

Algún que otro peón se persigna y sin atreverse a levantar la vista, todos dirigen el rostro hacia sus tragos. Se vuelve a hablar del tobiano, se vuelve a hablar de la seca, y del gato aquel que atacaba la hacienda. De ese seco verano cuya temperatura inaudita transforma todo lo cotidiano en una escena irreal. El clima sofocante hace desconfiar de los sentidos. Nadie se atreve a comentar lo ocurrido. Lentamente, los paisanos se van retirando y también yo. No puedo callar pero tampoco compartirlo. No pude dormir y el día asomó casi sin darme cuenta.

Temprano, vuelvo a El Pato, la curiosidad me hace regresar. Don Pascal persiste en callar. Solo puedo saber, luego de gran esfuerzo, que había dispuesto de las pertenencias de los desdichados. El caballo y la guitarra de Garmendia quedarán a su cuidado hasta que alguien se acredite familiar y los reclame. Hizo llevar por un peón el caballo y la guitarra del Tape a su madre. No supo o no quiso decirme qué explicación de lo sucedido se le dio a la mujer. Y eso fue todo.

Nuevamente en el camino, destino el resto del viaje a intentar comprender. Ahora en la calma de la noche, ya instalado, me decido a garabatear estas líneas. Quizás hay cosas que no debieron haberse dicho nunca. No me atrevo a mencionarlas aquí. Confieso que el temor me ha llevado a reproducir únicamente algunos de los cantos escuchados, el resto deberán ser olvidados. Solo quedarán de aquella tarde estas letras, algunos rumores que por increíbles no prosperarán y lo que guardaré en mi memoria hasta el fin de mis días. Debo agregar, además, un lobuno incansable como el de Lamadrid y un bayo ruano que extrañarán el peso de sus jinetes.

 

 

Alfredo J. Martin nació en la ciudad de La Plata en 1964. Vive en El Rodeo, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Trabajó varios años en diseño gráfico e impresiones. En la actualidad colabora con un sitio en Internet y un blog.

En Axxón hemos publicado: EL MISTERIO DEL CAMPO DE SOJA.


Este cuento se vincula temáticamente con EL GAUCHO DE LOS ANILLOS. de Otis; SUPERVIVENCIA, de Jorge Pradella y DE LO ACONTECIDO AL CAPITÁN JOAQUÍN DÍAZ ALVARADO Y A LAS GENTES QUE CON ÉL IBAN. de Guabay.


Axxón 226 – Enero de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Gauchesco : Argentina : Argentino).


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