¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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CUBA

 

 

A Carl Sagan

 

 

La Kosmos, astronave insignia de la armada terrícola, se hallaba en problemas. El fiero ataque de los apestosos xorgs había tomado desprevenido al capitán Edward. Con uno de los propulsores iónicos en llamas quedaba poco por hacer. La Kosmos escoró hacia la derecha y se estrelló en la pata de una butaca.

—Pero el intrépido capitán Edward sobrevivió a la catástrofe —el niño aferró por la cintura al oso de peluche—, y sacando su pistola de rayos X, ¡fiu-fiu-fium!

—Láser, Max; rayos láser —le corrigió Clive desde su asiento frente al ordenador—. Con una pistola de rayos X lo único que hará tu capitán es ver qué merendaron los xorgs. ¿Por qué no te vas al cuarto? Ya es tarde y mañana hay escuela.

—¡Papito! —El exagerado puchero de Max hizo reír a su padre—. No son ni las ocho.

—¿Deveras? —Al rostro de Clive asomó la perplejidad. Consultó su digital de pulsera—: ¿Siete y media? Juraría que… —Entonces comprendió. Y miró el reloj que colgaba en una pared del despacho; una antigualla de péndulo inmune al «poder» de su hijo. Eran pasadas las nueve—. Max, ¿qué te he dicho sobre mentir?

—Perdóname, papá —Max abatió el mentón—. Pero tú me engañaste una vez, ¿recuerdas? Prometiste que mamá no nos dejaría.

Clive suspiró. ¿Cómo explicarle a un niño de ocho años que el cáncer no entiende de promesas? Se levantó y condujo a Max hasta la ventana. Era una noche de mil de estrellas.

—Max, mamá no se ha ido. ¿Ves aquel lucero que destaca en el firmamento? —Clive señalaba a Rasalhague, la estrella más brillante de la constelación Ofiuco—. Pues te diré algo: la he nombrado Elisse. Mientras nos ilumine, mamá estará con nosotros; y si le hablas, tu mensaje le llegará a la velocidad de un cohete.

—Bah, en setenta y cinco mil años —Max refrenó su incipiente entusiasmo.

Y Clive no pudo menos que aplaudir. El niño no había olvidado que la sonda Voyager 1 alcanzaría en ese tiempo las inmediaciones de la estrella más cercana a la Tierra.

—No, te oirá al instante porque eres un niño bueno que ahora se irá a dormir.

—¿Puedo jugar en el cuarto, papá? No mucho rato. ¿Puedo? ¿Puedo?

Clive se rascó una mejilla, actuando como si le costara la decisión. Finalmente dijo:

—Una hora, y a la cama.

—¿Vienes conmigo? —preguntó Max, saltando de alegría—. Sería estupendo que el teniente Pierre acompañara al capitán Edward. No estoy seguro de que él solito pueda espachurrar a los xorgs.

—Iré más tarde, ¿de acuerdo? Tengo trabajo por hacer.

Max miró con fastidio la pantalla del ordenador, donde a una fila de «unos» muy aburrida le sucedía otra, y otra… Según su padre, si aquellos «unos» se convertían en «ochos» o en «nueves», o mejor aún, en letras, él se haría muy famoso y, quizá, rico. Las letras le ayudarían a encontrar extraterrestres igual que los xorgs, aunque no tan malvados. Sin embargo, los «unos» se empeñaban en seguir siendo «unos», alejándolo cada vez más de papá.

Max tornó sus ojos azules muy abiertos hacia Rasalhague-Elisse:

—Quiero que vengan, mamá. ¡Quiero que vengan ya! —gimió.

Clive sintió pena por su hijo. Debería pasar más tiempo con él. Le alborotó el cabello rubio y lacio:

—En breve estaré contigo. —Hizo una cruz con los dedos—: Lo juro.

Max, enfurruñado, recogió sus juguetes y abandonó el despacho.

Clive volvió a su sitio frente al ordenador y se dedicó a observar con atención los datos que, vía la Universidad de Berkeley, le llegaban del radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico. Dos décadas llevaba colaborando en el proyecto SETI@home con la esperanza de asentar en papel un equivalente al mítico Wow! de Jerry R. Ehman, que en 1977 hiciera soñar a la Humanidad con sus hermanos de las estrellas. Pero los hombrecitos verdes, cuya existencia él defendía fervientemente, se negaban a dejarse ver. Clive acumulaba en el disco duro series interminables de «unos» (si acaso un «dos» ), lo cual indicaba que ninguna señal lo suficientemente potente (ni siquiera la improbable interferencia de un satélite artificial) era recibida desde el espacio en la frecuencia de transición hiperfina del hidrógeno; frecuencia en la que los expertos consideraban que una civilización extraterrestre avanzada intentaría comunicarse.

Las vibraciones de su Nokia lo sobresaltaron. Se fijó en el número del llamante: 12345. Era Max. Por supuesto, él no tenía móvil; el 12345 era el número que Max se había inventado al descubrir que podía interactuar con cualquier dispositivo electrónico, no importaba su complejidad.

—¿Qué pasa, Max?

—Papito, al capitán Edward le está entrando sueño. ¿Te falta mucho?

El reloj de péndulo marcaba las diez.

—Ya casi. ¿Por qué, mientras, no reparas la Kosmos? Edward y Pierre la necesitarán para escapar. Hay demasiados xorgs, ¿no te parece?

—¿Cómo sabes la cantidad, papá, si no estás aquí? Además, el capitán Edward nunca huye de sus enemigos. Y sí, hay miles de millones de xorgs.

—Aguarda unos minutos, ¿quieres?

En el auricular se escuchó un clic. Max había «colgado».

Clive le quitó la batería a su móvil para evitar futuras interrupciones, se puso las manos en la nuca y recostó la cabeza en el espaldar de la silla.

Le preocupaba el niño. Cada día empleaba con mayor asiduidad aquel raro don que apareciera tras la muerte de Elisse. Él se había atrevido a hablar del asunto únicamente con Barney, su hermano. Clive temblaba de solo imaginar largas sesiones con psicólogos, o peor aún: psiquiatras. No, Max era un chico tierno que merecía…

Lo despertó el sonoro bip-bip del ordenador. Se incorporó y, frotándose los ojos, bostezó. Dos ráfagas más de bips lo sacaron definitivamente de su modorra. Y lo que vio en la pantalla hizo que se disparara hacia el teclado.

Guardar. Imprimir.

Los latidos del corazón de Clive se aceleraron. Casi arrancó la hoja que salía perezosa de la vieja LX-300 y la colocó ante sí, con la boca abierta:

 

103 segs 1 1 1 1 1 1 2 1 1 3
104 segs 3 A 7 O T 4 P P 6 I
105 segs G J 5 8 U S O 9 M A
106 segs E 5 Q 4 U 3 1 3 O 1
107 segs 1 1 2 1 1 Iniciando nueva secuencia…
Tiempo 0.0 s 0.1 s 0.2 s 0.3 s 0.4 s 0.5 s 0.6 s 0.7 s 0.8 s 0.9 s

 

¿Sería posible que le hubiera tocado a él; que veinte años de desvelos fueran premiados con el éxito? Desde el 6EQUJS de Wow! no se había registrado una señal hasta treinta veces más intensa que el ruido de fondo del espacio y, por ende, atribuible a la existencia de vida inteligente «allá afuera».

Clive verificó su duración: apenas tres segundos.

Algo no encajaba. De provenir la señal de un lugar remoto e «inmóvil» (un planeta fuera del Sistema Solar, como cabía esperar) debió mantenerse en la ventana de observación del radiotelescopio durante 107.4 segundos antes de que éste, que era fijo, la perdiera a causa de la rotación de la Tierra. La mínima secuencia que temblaba en sus dedos sugería… el tránsito de la fuente emisora muy cerca del radiotelescopio. Si en la vecindad de Plutón o en la de Marte, Clive era incapaz de establecerlo al desconocer el rumbo, sentido y velocidad de traslación de… ¿la nave?

¡Le urgía decirle a Barney!

Él le daría el curso adecuado a la información. Sus contactos en la Universidad de Berkeley y la NASA asegurarían que no tomaran a Clive por uno de esos gandules que, para llamar la atención, acostumbraban a proveer datos falseados a los supervisores del Seti@home.

Como ya eran las doce de la noche, garrapateó en la hoja un «¡Están aquí!» , pensado para la historia, y marcó el número de fax de su hermano. Su propio fax comenzó a zumbar. Cuando la hoja cayó en la bandeja inferior, Clive se acordó de Max. Y se sobó el cuello: de nada valdrían las explicaciones.

Salió corriendo del despacho y enfiló el pasillo que conducía al cuarto del niño. Entornó la puerta. Max se había dormido abrazado al capitán Edward. Con paso quedo llegó hasta la cama y se recreó contemplándolo. Era hermoso, su pequeño. Lo cubrió con el edredón y apagó la luz. Ni siquiera lo besó, por no despertarlo.

A la mañana siguiente Clive fue a darle los buenos días a Max, obteniendo gruñidos de xorg por respuesta. Desayunaron en silencio. Luego Clive lo acompañó para que cogiera el bus escolar y una hora después tocaba a la puerta de su hermano.

—¿Recibiste mi fax?

—Lo recibí, lo recibí. —Dos negras ojeras pintaban de severidad el rostro de Barney, de suyo bonachón—. Y entérate: no me había acostado. Pudiste llamarme. ¿Te has preguntado desde cuándo no conversamos?

—Sí, lo siento —Clive parpadeó—: ¿Enviaste la secuen…?

—¡Claro que la envié! Menudo revuelo has provocado en la NASA. Ya me sé de memoria el cuestionario para estos casos: ¿A qué hora captaron la transmisión? ¿Es confiable la fuente? ¿Tendría dicha fuente un interés personal en…?

—¿Cuánto demorará el veredicto? ¿Te lo dijeron?

Barney se encogió de hombros:

—Una semana, tal vez dos. Ya avisarán.

—¿Dos semanas? —Clive parecía decepcionado.

—¿Y qué pensabas? Para hacer públicos los resultados hay que elucidar un sinnúmero de incógnitas. Y no hablamos aquí de una nimiedad. Podría tratarse del primer contacto con una civilización extraterrestre.

—¿Tú también lo crees así?

Barney rió con sorna:

—De ser otro el origen de la información, habría dudado; pero viniendo de ti, que te la pasas pendiente del cuchicheo de las estrellas… No imagino cómo no descubriste nada con anterioridad.

—Gracias, Barney, de verdad. Tengo que irme. Es que quisiera… Por si se repite.

—Sí, adelante. Escapa a tu mundo de alienígenas, galaxias y ordenadores.

Ilustración: Valeria Uccelli

Clive golpeó a su hermano en el abdomen con suavidad y le dio la espalda. De súbito, Barney exclamó:

—¡Caramba, por poco me olvido! Anoche, cuando se armó el jaleo, perdí el sueño… Bueno, eso lo habrás notado. Sabes que me encantan los anagramas, las sopas de letras…

—Ajá —Clive no disimulaba su impaciencia por marcharse.

—Pues para matar el tiempo me entretuve con tu secuencia y aquí están los resultados. —Barney le entregó a Clive su facsímil, cuidadosamente plegado—. Dale un beso a Max de mi parte —añadió, guiñando un ojo, y cerró la puerta.

Clive abrió la hoja en plena carrera hacia la estación del metro, y lo que leyó le hizo pararse en seco. Debajo de su «¡Están aquí!», Barney había escrito con grandes letras: PAPITO JUGAMOS O QUE.

 

 

Claudio Guillermo del Castillo Pérez nació el 13 de septiembre de 1976 en la ciudad de Santa Clara, Cuba. Es ingeniero en Telecomunicaciones y Electrónica; tiene un diplomado en Gerencia Empresarial. Actualmente trabaja en el aeropuerto internacional “Abel Santamaría”, como jefe de Servicios Aeronáuticos. Es miembro del Taller Literario Espacio Abierto, dedicado a la Ciencia Ficción, la Fantasía y el Terror Fantástico. Fue alumno del curso online de Relato breve, que impartiera el Taller de Escritores de Barcelona, en el período junio/agosto de 2009.

Ganador del I Premio BCN de Relato para Escritores Noveles (España) en 2009. Mención en la categoría Ciencia Ficción del I Concurso de Fantasía y Ciencia Ficción Oscar Hurtado 2009 (Cuba). Tercer Premio del Concurso de Ciencia Ficción 2009 de la revista Juventud Técnica (Cuba). Finalista en la Categoría Fantasía del III Certamen Monstruos de la Razón (España). Premio en la Categoría Fantasía del III Concurso de Fantasía y Ciencia Ficción Oscar Hurtado 2011 (Cuba).

Ha publicado sus cuentos en los e-zines Axxón, miNatura, Cosmocápsula, NGC 3660, Qubit; así como en Breves no tan breves, Químicamente impuro y Juventud Técnica.

Hemos publicado en Axxón numerosas ficciones breves además de: K/T, ESCENARIO 0: VALLE DE CHESSICK y ESCENAS DE LA PRESIDENCIA.


Este cuento se vincula temáticamente con ENSEÑANDO A LEER A PIE GRANDE, de Geoffrey W. Cole; LUCY EN EL PAIS DE LOS MONSTRUOS, de Ricardo Bernal y ELEGÍA AL AUSENTE PERFECTO, de Alejandro Alonso.


Axxón 228 – Marzo de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ficción especulativa : Contacto con extraterrestres : Cuba : Cubano).


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