¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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CANADÁ

Ilustración: Pedro Belushi

Mañana, el esposo de Fanny la golpeará por primera vez en su breve vida matrimonial. Fanny revivirá ese frío día de noviembre veintisiete veces. Su esposo lo recordará una sola vez.

* * *

Este es el día que Fanny repetirá veintisiete veces:

La despertará un fuerte crujido. Estará sola en su cabaña construida sobre la ladera de la montaña, en el norte de Vancouver. Abrigada con la piel de ciervo y las mantas de lana, decidirá quedarse en la cama y no advertirá que el canal artificial, cuyo constante borboteo acuático se oye en todo momento, está en silencio.

Su esposo regresará a la cabaña con una de sus camisas de lana, la que ella lavó en el canal el día anterior, y le dirá:

—¿Cuántas veces te he repetido que no laves ropa en el canal?

Después, la golpeará.

Cuando él se marche, Fanny mirará el daguerrotipo de la pared, tomado el 7 de mayo de 1895, que los muestra a ambos el día de su boda, en San Francisco, y comprenderá que la montaña le ha hecho algo a su marido. Verá que la montaña ha despojado sus mejillas de la grasa juvenil, marcando grietas y surcos profundos. Verá que la montaña ha plantado en su barbilla unos pelos gruesos que ninguna hoja de afeitar logra eliminar. Verá que la montaña ha derramado en su corazón innumerables arroyos helados que han erosionado todo, salvo la dura piedra. Verá que, en los exiguos dos años que han pasado desde la boda, la montaña ha construido una nueva versión de su esposo.

Cuando él se marche, ella preparará el desayuno —siempre es avena con melaza y pasas de uva— y ascenderá por el sendero liso y resbaloso para llevárselo a los hombres de su marido. Los rebuznos de Boris, el mulo, la guiarán hasta los hombres, pero pasado el tercer día ya habrá memorizado el trayecto.

El capataz, Marty, es un leñador medio japonés que, antes de incorporarse a la cuadrilla del esposo de Fanny, perdió un ojo por culpa de una hoja de sierra defectuosa y de una botella de ron. Marty la verá acercarse con su único ojo y llamará a los hombres para que hagan una pausa en su trabajo, que consiste en cortar un árbol que habrán derribado esa mañana. Fanny pensará que nunca ha visto un árbol tan grande; hasta las secuoyas que conoció cuando niña le parecerán pequeñas al lado de este monstruo gris, y eso que dicen que las secuoyas son los árboles más grandes del mundo. Los hombres que estarán afanándose junto al árbol inmenso, cortando ramas, también son japoneses, aunque el primer día Fanny no lo sabrá y los llamará “los chinos”.

Marty estará bebiendo ron y, al tomar su cuenco de avena, le preguntará:

—¿Qué le pasó en la cara?

—Resbalé en un escalón congelado —responderá Fanny.

Fanny dará de comer a los chinos que, según ella, son parte de la conspiración de la montaña para construir una nueva versión de su esposo. Antes, la cuadrilla se componía de una mezcla de blancos y orientales, pero los blancos pensaban que debían cobrar al menos tres veces más de lo que les pagaban a los chinos y, cuando su marido se negó, dejaron el trabajo. Sólo Marty había recibido un aumento, porque era el único que sabía hablar con los chinos, y por eso se quedó en la montaña.

Después de que Marty y los chinos terminen de comer y de que Fanny alimente a Boris, el mulo, con una manzana que le ha traído, su esposo saldrá del bosque y le ordenará que lleve el desayuno a los hombres del aserradero y que luego regrese a sus tareas domésticas.

Fanny llevará el desayuno a los silenciosos chinos del aserradero y más tarde bajará de la montaña con la cacerola vacía. Sacará agua del canal para lavar la ropa.

Visto de frente, el canal tiene forma de V. Visto de lado, según Fanny, el canal parece una serpiente. Asciende por la ladera sobre pilotes de cedro hasta llegar a su nacimiento, un manantial de la montaña. En ese lugar, los hombres que construyeron el canal —su marido y la cuadrilla— desviaron la corriente hacia el cauce con forma de V. El canal es un arroyo artificial que ellos utilizan para enviar montaña abajo los troncos cortados que sirven para fabricar las tejas y paneles destinados a las ciudades en expansión que se encuentran en la llanura. El agua es muy fría. Los jefes de su marido construyeron una cabaña junto al canal, lejos del campamento principal, para que siempre haya alguien que vigile el canal y se asegure de que los troncos circulan bien, porque a veces se atascan en el canal, a veces caen ramas sobre él y, a veces, en especial el día anterior al día que se repetirá veintisiete veces, Fanny pierde alguna camisa que lava en el canal y la prenda se traba en una junta, se congela, se acumulan detritos y el canal se tapa.

Fanny odiará el canal.

Las otras tareas de Fanny incluyen reparar una teja de cedro del techo por donde cae agua, arreglar un escalón de cedro roto en la escalera que conduce a la casa, sentarse en la mecedora de cedro y remendar los calcetines de su esposo y barrer el aserrín de cedro de la cabaña. Todo está hecho de cedro porque el cedro no se pudre.

Fanny odiará el cedro.

Todas las tardes se levantará una tormenta de lluvia. Cuando sea hora de preparar la cena, Fanny volverá a subir la montaña rumbo al campamento principal, donde duermen los hombres, y se dirigirá a la cabaña que oficia de cocina, también hecha de cedro. Para entonces, la tormenta de lluvia se habrá convertido en tormenta eléctrica. Preparará la cena, un guiso de cerdo, papas y cebollas, y les dará de comer a todos. Marty, mucho más borracho que por la mañana, hará chistes sobre la mala calidad de sus comidas.

—He probado comidas ya ingeridas y vomitadas por otro que sabían mejor que esto.

Los chistes no serán los mismos todos los días.

Cuando ella sirva el té al finalizar la cena, su esposo meterá la mano en su chaqueta y sacará la piña más hermosa que ella haya visto en su vida. De color cobre y semitransparente, la piña no parecerá ser de pino, de abeto ni de cedro… podría ser una combinación de los tres. Ella tomará la piña y pensará que, tal vez, la montaña aún no ha terminado de construir una nueva versión su marido.

Después de lavar los platos, Fanny caminará hasta su casa sola, atravesando la tormenta, con la luz de los rayos como única guía. Encontrará a su esposo anotando cifras en el libro de contabilidad. No podrá hablarle de lo sucedido esa mañana porque su padre nunca permitió que ninguna de sus cinco hijas le discutiera nada y porque tratará de utilizar la fuerza de su mente para obligar a su marido a levantar la vista y hablarle, pero no lo logrará. Tratará de avivar el fuego para atemperar el frío de la cabaña de cedro quemando pequeños trozos de cedro, pero el frío no disminuirá.

Las paredes de la cabaña retumbarán con los truenos. Su marido se meterá en la cama primero. Ella aguardará, con la esperanza de que el calor corporal de él entibie las sábanas heladas, pero eso no ocurrirá porque la montaña habrá drenado todo el calor de sus miembros. Ella se meterá en la cama con su esposo y juntos darán un respingo cada vez que un trueno sacuda la cabaña y levante polvo de cedro.

Entonces, un rayo refulgirá tanto que su resplandor atravesará las sólidas paredes de madera de su hogar.

Cuando el rayo pase, se llevará todo con él y el día comenzará de nuevo.

* * *

No todos los días serán iguales.

* * *

El segundo día, Fanny se despertará al oír el fuerte crujido y descubrirá que no tiene ningún hematoma en la mejilla. Supondrá que ha tenido un sueño terrible y muy vívido. Cuando su esposo entre en la cabaña con la misma ropa congelada que taponó el canal y vuelva a golpearla, ella se preguntará si acaso puede ver el futuro como su hermana mayor, que afirmaba haber presentido la muerte de su madre. Se hará cargo de sus tareas domésticas, las mismas tareas del día anterior. Esa noche, cuando los truenos retumben y ella y su marido estén acostados uno junto al otro, dando respingos sobre el colchón relleno de aserrín de cedro, Fanny rezará para que mañana sea un nuevo día.

* * *

El tercer día Fanny se levantará sin un rasguño y su marido se encargará de volver a lastimarla. El tercer día Fanny tomará conciencia de que la están obligando a revivir este día, este día en especial en el que su esposo la golpea.

Cuando lleve el desayuno a los hombres, el tuerto Marty mirará su rostro amoratado y le dirá:

—Espere, déjeme adivinar. Resbaló en un escalón congelado.

—¿Usted también lo recuerda? —le preguntará ella—. ¿Este día vuelve a repetirse?

—El mismo día —dirá él—. La misma mierda. —Y beberá ron de un jarro.

Fanny pensará que quizás el día dejará de repetirse si puede impedir que su esposo la golpee.

* * *

El cuarto día, se levantará de la cama cuando el fuerte crujido la despierte. Correrá por los bosques, junto al canal sostenido por pilotes de cedro. Resbalará, se golpeará la espinilla y sangrará. Encontrará a su esposo en el sitio donde la camisa congelada y los detritos acumulados taponan el canal. Le pedirá perdón, le rogará que no la golpee, pero la montaña ha construido una nueva versión del hombre que ama y él la tirará al suelo de un puñetazo. Durante el resto del día, Fanny se quedará en cama y su pierna sangrará hasta manchar las sábanas.

Al día siguiente, la pierna estará intacta.

* * *

El quinto, sexto y séptimo día, Fanny se quedará en la cama. Esos tres días serán iguales. Su esposo llegará con la ropa congelada y la golpeará aunque ella se refugie bajo las mantas. Después, se quedará acostada en la cama y esperará. Los cuervos graznarán a la misma hora todos los días. La lluvia llegará puntualmente y caerá a raudales por la teja que ella no ha reparado. Su esposo llegará después de la cena y ella le dirá que no se siente bien. Él le responderá:

—Por hoy puedes quedarte en cama, pero que esto no se repita mañana.

Mañana, esto se repetirá.

* * *

Después de esos tres días en cama, Fanny se levantará al escuchar un fuerte crujido. Se preguntará: “¿Es el ruido del puño de mi marido contra mi cara? ¿Es el ruido del enorme árbol gris que se cae? ¿Es el ruido del mundo partiéndose en dos? ¿Son los tambores del Infierno? ¿Estoy muerta?”.

Su esposo la golpeará y ella preparará el desayuno. Lo llevará montaña arriba. Cuando encuentre a los hombres junto al árbol gigantesco, Boris, el mulo, será el primero en acercarse y olfateará su bolsillo, buscando la manzana que ella se habrá olvidado de traer.

Marty empujará al mulo a un costado.

—Maldita sea, usted tenía razón —dirá—. El día se repite. ¿Qué demonios pasa?

Ella tomará el jarro lleno de ron de Marty y se lo beberá de un trago. Sentirá calor por primera vez desde que se mudó a la montaña. Su marido saldrá del bosque y la enviará a dar de comer a los hombres del aserradero. Una vez terminado el desayuno, regresará a la cabaña de cedro, abrirá el baúl de su marido y encontrará la botella de oporto que les regaló su tío para la noche de bodas. El vino dulce la mantendrá en calor toda la tarde y ella mirará el daguerrotipo de la pared.

Tomará conciencia de que la montaña también la ha cambiado a ella. Su piel, siempre pálida, le parecerá delgada como la escarcha que cubre el canal de cedro por la mañana. Su cabello, antes largo y de color avellana, colgará como el liquen de los árboles, veteado de gris. Y sus ojos, que la mirarán desde el espejo de afeitarse que su marido nunca usa, serán del color de la tierra húmeda de la montaña.

Esa noche se le quemará la cena. Su marido le regalará la piña translúcida y cobriza cuando ella sirva el té. Cuando esté lavando los platos en la cocina, y los chinos bebiendo sake, y su marido de regreso en la cabaña, Marty, el capataz tuerto, le llevará una botella y le dirá:

—El mejor ron que he probado.

—Estaría mal desaprovecharlo —dirá ella.

Y él reirá y su aliento olerá a destilería.

—Todas las mañanas aparece lleno —dirá él—. El sueño de todo borracho.

Se tomarán toda la botella.

—En realidad, no son chinos —dirá Marty mientras beben y la lluvia se estrella contra el techo—. Son japoneses. Menos mal que no hablan inglés, porque si nos oyeran llamarlos chinos se irritarían. Y yo tampoco soy medio chino. Mi papá era británico y mi mamá japonesa.

—¿Cómo se conocieron? —preguntará ella.

—Mi padre tenía mucho dinero y le encantaban las orientales —responderá él.

Ella reirá. Él, no.

—¿Por qué los demás no se dan cuenta de que el día se repite? —dirá ella.

Él le ofrecerá otro jarro repleto.

—¿Qué importa? —dirá—. Más ron para nosotros.

Los truenos retumbarán a su alrededor y ella hablará. Haber crecido en San Francisco le parecerá más maravilloso, visto a través de la lente opaca del ron. Le contará a Marty de sus cinco hermanas, del padre que las crió después de que su mujer muriera al dar a luz a la última. Hasta llorará un poco cuando le cuente de su madre, del recuerdo de un día de niebla en el que ambas se habían puesto a mirar los barcos que entraban al puerto.

Cuando la tormenta llegue a su apogeo, Marty dirá:

—Ya se termina, creo.

—Odio los rayos —dirá ella. Estirará el brazo y tomará la mano de Marty, que será nudosa, parecida a una raíz y totalmente distinta de la de su marido—. Especialmente ese último.

El resplandor del rayo atravesará las paredes de la cabaña y, cuando pase, se llevará todo con él y el día comenzará de nuevo.

* * *

La despertará el fuerte crujido. No tendrá manchas de hematomas en el rostro. No sentirá una resaca que nuble su mente. Su esposo la golpeará. Llevará el desayuno montaña arriba. Los cuervos graznarán. En lugar de regresar montaña abajo después del desayuno, buscará a Marty, se meterán furtivamente en la cabaña-cocina del campamento principal y abrirán la botella de ron que habrán vaciado el día anterior. Él le contará un poco más de la vida en los barrios pobres de Tokio y ella le contará del mercado de pescadores de San Francisco.

Harán lo mismo varios días.

* * *

El doceavo día, después del crujido, después del golpe de su esposo y después del desayuno, Marty y ella se echarán bajo uno de los grandes árboles que los leñadores aún no han derribado. La botella de ron, llena hasta la mitad, estará a sus pies. Hablarán de por qué el día sigue repitiéndose.

—¿Cree que es por el árbol gigantesco? —dirá ella—. Nunca he visto otro así.

—Yo tampoco —dirá él.

—¿Qué ocurrirá si no lo cortan? —dirá ella.

Él se encogerá de hombros y responderá:

—Todos los días comienzan con usted en la cama. En mi caso, es allá, al lado del árbol, justo cuando el maldito se desploma. Cae un rayo y de pronto aparezco en ese lugar, de pie y viendo a mis hombres derribar ese árbol enorme.

—Entonces es el árbol —dirá ella.

Marty sacará de su bolsillo una bolsita y una extraña pipa larga, el tipo de pipa de las que Fanny ha oído ciertos rumores.

—¿Qué importa? —dirá él—. Si hay que quedarse atascado en un día, este no es de los peores.

Marty pondrá un trocito de brea en la pipa, encenderá un fósforo e inhalará. Le pasará la pipa a Fanny.

—No debería hacer esto —dirá ella, pero tomará la pipa, fumará y se quedará acostada en el suelo húmedo, al lado de Marty, hasta que empiece a llover y desciendan la montaña para cenar.

* * *

Del día trece al veintitrés, Fanny fumará opio con Marty y recordará muy poco. Cuando la encuentre haciendo esto, su esposo hablará con ella. La reprenderá. La golpeará. Le regalará la piña translúcida y cobriza, nacida de un árbol que ella jamás ha visto. Fanny sabrá que lo más conveniente sería hablar con su esposo, contarle que el día se repite una y otra vez y decirle que quiere que la montaña le devuelva al hombre del daguerrotipo, el hombre con el que se casó, pero también aceptará la piña que él le regalará, la hermosa piña que es prueba de que la montaña aún no ha terminado de construir la nueva versión de su marido, y se preguntará si ya habrá sido suficiente. El opio facilitará el no responder a esa pregunta. Nada de esto le hará daño mientras siga fumando.

* * *

Igual que todos los días, el vigésimo cuarto comenzará con el fuerte crujido, con el puño de su esposo y con el canal taponado. Después del desayuno, ella buscará a Marty y fumarán opio bajo el mismo árbol viejo donde habrán fumado por primera vez. También se tomarán el ron que nunca se acaba y fumarán un cigarrillo de cáñamo. Ella perderá el conocimiento.

Cuando despierte, Marty estará sobre ella con el pantalón en los tobillos. Ella lo sentirá penetrarla y el opio le habrá sacado las ganas de gritar, pero igual gritará. Él le tapará la boca con sus dedos como raíces y la mantendrá fuertemente cerrada hasta eyacular su semen caliente y pegajoso, que chorreará por las piernas de ella. Se echará de espaldas, a su lado, y suspirará.

—Estoy casada —dirá ella cuando los dedos de Marty se aparten de su boca y el opio le permita hablar.

—Mañana —dirá él— esto no habrá sucedido.

Encenderá otro cigarrillo de cáñamo. Cuando se lo pase a Fanny, ella lo apagará contra la palma de Marty. Él gritará y ella se subirá la ropa interior y correrá montaña abajo. Escapará de las zonas deforestadas y se meterá en el bosque, donde aún sobreviven árboles enormes. Correrá y llorará. Se lamentará por la pérdida de la santidad de su matrimonio. Maldecirá haber aceptado aquel primer sorbo del jarro de Marty.

Odiará el canal, los rayos, los cedros y a sí misma.

Corriendo, llegará a un precipicio. Tendrá un momento de vacilación al borde del abismo. No habrá nadie siguiéndola. Saltará y, al caer, pensará en los barcos y la niebla.

Se estrellará contra las rocas y morirá.

* * *

El fuerte crujido se oirá por vigésima quinta vez. Ella se levantará. Sin hematomas. Sin resaca. Sin haber muerto. Sin el semen pegajoso de Marty entre sus piernas.

Escuchará a su marido subiendo los escalones. Soportará el puñetazo. Los cuervos graznarán. Finalmente, su marido logrará restablecer el flujo de agua del canal. El rugido invadirá la cabaña, se filtrará hacia el interior de Fanny y la colmará de audacia.

En el aserradero de su esposo, los chinos japoneses convierten los cedros en perfiles: troncos cortados con forma de cuña que encajan en el canal con forma de V. Una vez, su marido sorprendió a los hombres navegando por el canal con una balsa angosta, fabricada con un perfil de cedro ahuecado. Confiscó la balsa y la escondió debajo de la casa, advirtiéndole a Fanny que nunca tocara ese objeto tan peligroso. Sin embargo, ahora ella apartará las telarañas y las maderas enmohecidas hasta encontrar esa embarcación no más ancha que sus caderas, profunda como el largo de su antebrazo e igual de larga que la altura de su esposo. Arrastrará la balsa escaleras arriba por medio de una soga atada en la proa y la llevará hasta el borde del canal. Subirá, se pondrá junto a la balsa y, por un momento, quedará hipnotizada por las aguas espumosas que corren rápidamente bajo sus pies. Después, deslizará la balsa hasta el agua y dejará que el rugiente arroyo que su marido ha desviado la arrastre montaña abajo.

Sus alaridos harán que los cuervos y los pájaros carpinteros salten de sus ramas, sobresaltados. La balsa se golpeará contra los recodos del canal. El agua le empapará las faldas de lana hasta hacerla temblar de frío, pero ella no soltará la soga. Aunque estará aterrada durante todo el descenso por el canal de cedro, una parte de ella cantará de alegría por haber escapado.

Más adelante, a través de la arboleda, verá una expansión de color azul oscuro. El canal la escupirá al lago Rice, un depósito de retención desde donde los perfiles se transportan a la ciudad por medio de otro canal. Ella nadará hasta la superficie aunque sus ropas empapadas la arrastraren hacia abajo. La primera vez que tome aire después de haberse hundido le parecerá un bautismo.

Un perfil saldrá volando del canal, le golpeará el muslo y su pierna se romperá en dos lugares. Tratará de gritar y tragará agua. Uno de los leñadores que reman por el lago para arrear los perfiles advertirá su lucha por sobrevivir. Será un hombre rubio, pálido y demasiado joven para que le crezca la barba. Remará hasta ella, la sacará del agua y la llevará a la cabaña, también de cedro, donde viven esos leñadores.

Casi todos serán blancos. La reprenderán por navegar en el canal, aunque todos ellos han navegado en el canal. Irán a buscar un médico.

Hablar con estos hombres que no son Marty ni su marido será el mejor momento de Fanny en los últimos veinticinco días. El dolor de su pierna será insoportable. Rechazará el whisky y el opio que le ofrecerán.

Acostada en un catre que olerá a sudor, lodo y cedro, pensará que ha escapado, que la repetición ha terminado. Que vendrá un médico y todo saldrá bien.

El joven leñador entrará y le dirá que han mandado a buscar a su esposo. Más tarde, el mismo leñador regresará para decirle que el médico llegará mañana.

—Tiene que venir hoy —dirá ella. No creerá en esa palabra… “mañana”.

—Vendrá lo más rápido que pueda —dirá el joven leñador.

La lluvia comenzará levemente más temprano que arriba de la montaña. Le dolerá la cabeza detrás de los ojos, su pierna latirá al unísono con su corazón y, cuando la sangre vaya llenando las cavidades que los huesos rotos han abierto en su carne, se le hinchará como se hincha el cedro mojado.

Después del retumbe del primer trueno, el joven leñador entrará y le dirá:

—Hay alguien que quiere verla.

A pesar del dolor, ella se sentará, esperando que sea el médico o su marido, pero la persona que pasa por la puerta no es ninguno de ellos. Es un niñito de siete u ocho años, tal vez indio, chino o japonés. Fanny no podrá determinarlo por la suciedad que lo cubre. El niño se acercará a ella y le dirá.

—Tú no has aparecido antes. ¿Eres como nosotros?

—¿Qué sabes de todo esto? —responderá ella. Su corazón retumbará más fuerte que los truenos—. ¿El día se repite para ustedes también?

El niño asentirá con su cabeza mugrienta.

—¿Lo has visto? —dirá él—. Creemos que lo han talado.

—¿El árbol? —responderá ella—. Esta mañana, los hombres de mi marido derribaron un árbol inmenso.

—¿Dónde? —preguntará él.

Fanny señalará la montaña. —El canal sube trece kilómetros y pasa junto a mi cabaña. El árbol está dos o tres kilómetros más arriba.

El niño suspirará… un sonido que, según ella, correspondería más a un hombre viejo, de muchas veces la edad de este chico.

—Es muy lejos —dirá el niño—. Casi todos nosotros empezamos junto al lago. Tardé todo el día en llegar aquí.

—¿Sabes cómo detenerlo? ¿Sabes qué hacer?

El niño se sacará algo de la oreja y se limpiará la mano en su camisa embarrada.

—Los ancianos nos dijeron que el árbol tiene que volver a crecer —dirá—. Nos enviaron a encontrarlo.

—Mi esposo me regala una piña —dirá ella—. Una piña que no se parece a ninguna que haya visto. ¿Crees que será esa?

El niño se encogerá de hombros.

La fiebre, que le ha estado subiendo, ahora se apoderará de Fanny por completo. Sus palabras dejarán de tener sentido. El niño mugriento se sentará a su lado y le sujetará la mano hasta que muera.

* * *

El crujido. Su pierna estará curada; el hematoma habrá desaparecido de su mejilla. Su esposo subirá los escalones con su camisa congelada y su puño más frío que la camisa. Día veintiséis.

Ella se levantará del suelo. Llevará el desayuno a los hombres subidos al inmenso árbol muerto. Boris, el mulo, hociqueará su bolsillo, buscando la manzana que ella habrá olvidado.

—¿Dónde fuiste ayer? —le preguntará Marty cuando se acerque para que le sirva el desayuno. Ella no responderá nada—. No puedes quedarte callada para siempre. Estamos solos, preciosa, tú y yo. Nos conviene aprovecharlo al máximo.

Y le pellizcará la nalga y luego se alejará para comer la avena.

El marido de Fanny bajará la cuesta y le ordenará que lleve el desayuno a los hombres del aserradero, pero ella no le hará caso. Se subirá al árbol talado. El tocón tendrá cincuenta pasos de ancho. En el centro, ella encontrará un orificio de pocos centímetros de profundidad en cuyo fondo habrá aserrín fino. Alrededor del orificio, la madera estará ennegrecida a causa de un antiguo incendio. “Aquí”, pensará Fanny, “es donde debe ir la piña”.

—¿Qué haces allá arriba? —preguntará Marty. Tendrá una gran sierra de dos manos sobre el hombro y entrecerrará su único ojo.

—Nada —dirá ella—. Tengo trabajo que hacer.

Ella bajará por las tablas que los leñadores japoneses han calzado en el árbol para usarlas de plataformas durante el corte. Marty intentará agarrarla del brazo, pero ella se lo sacará de encima con un sacudón.

—Vuelve a buscar a Marty cuando quieras más —le dirá él.

Fanny buscará una piña, pero no encontrará ninguna. Tendrá que esperar hasta la cena, hasta que su esposo le regale la piña después de servir el té y ella se percate de que su esposo aún conserva algo de decencia. Con los platos sin lavar y la tormenta arreciando, subirá la montaña, sola bajo el diluvio, con la luz de los rayos como única guía.

Cuando llegue al árbol, descubrirá que Boris, el mulo, está esperándola. Muy silencioso, la seguirá en su caminata junto al árbol derribado. Fanny trepará otra vez al tocón. Cuando la saque del bolsillo de su camisa, la piña resplandecerá con una suave luz del mismo color que los rayos. Ella colocará la piña en el orificio descubierto más temprano. Aunque la piña cabrá bien, algo parecerá empujarla hacia fuera del orificio si ella no la sostiene. Fanny bajará del tocón para buscar piedras o palos que sirvan para mantener la piña en su sitio y entonces verá a Marty parado junto a un añoso árbol de cicuta.

—Ahora sí estoy intrigado —dirá él—. Desapareces un día entero y regresas con ideas nuevas de todo tipo.

—Déjame en paz —dirá ella. Él reirá y, a pesar de la lluvia, ella percibirá su olor a destilería.

Boris, el mulo, lanzará el rebuzno más fuerte que ella le haya escuchado jamás. Marty saldrá de la oscuridad de un salto, pero la camisa de Fanny estará demasiado mojada y se le escapará de las manos. Fanny trepará otra vez al tocón. Caerán los rayos y retumbarán los truenos. Ella sabrá que el último rayo se acerca.

Fanny pondrá la piña resplandeciente en el orificio del centro del tocón. Bajo la luz de un rayo, verá el rostro de Marty al borde del tocón. Con el rayo siguiente, lo verá subirse al tocón.

El último rayo cortará el aire. La piña que Fanny sujeta lanzará una luz que se unirá a la luz del rayo. Ella tratará de no soltar la piña, ni siquiera cuando el rayo atraviese su cuerpo. Marty saldrá despedido hacia atrás, lejos de la piña. Fanny no podrá seguir sujetándola. La piña saldrá rodando del orificio. La luz se replegará, absorbida por la piña, y cuando desaparezca por completo, el día comenzará de nuevo.

* * *

El día veintisiete comienza como todos los demás. El crujido. Su rostro intacto. Su esposo en los escalones. Esta vez, después del puñetazo, ella le dirá:

—Marty me hizo unas insinuaciones impertinentes hace unos días. No quiero volver a verlo.

—Es el único que sabe hablar con los chinos —dirá su marido.

—No me importa —responderá ella—. No le daré de comer.

Ese día, Fanny no llevará el desayuno montaña arriba. Trabará la puerta con muebles y se meterá en la cama para reunir fuerzas. Cuando escuche a Marty gritando fuera, se quedará quieta, incluso cuando él comience a darle puñetazos a la puerta.

—No te atrevas a acabar con esto —le dirá él—. No te atrevas.

Después de que empiece a llover, oirá que su esposo ha regresado. Él no podrá abrir la puerta y dirá:

—¿Qué está ocurriendo aquí?

—El tal Marty trató de entrar —dirá ella—. Te lo dije. Ese tipo no está en sus cabales.

Ella correrá el baúl y la silla de madera y dejará entrar a su marido. Élno sonreirá.

—Hablaré con él —dirá su esposo.

—Que no venga a cenar —responderá ella.

Los ojos de su marido, duros como las rocas contra las que Fanny se estrelló cuando saltó por el precipicio, se suavizarán un momento.

—Muy bien —dirá él—. Pero ve para allá y ponte a cocinar. Que esto no se repita mañana.

Ella irá a la cocina con su esposo. Preparará el mismo guiso que habrá preparado antes; todos los ingredientes estarán allí. Marty no vendrá a cenar. Ella lo escuchará maldecir allá fuera y tendrá mucho miedo de lo que él podrá hacer.

Después de la cena, su esposo meterá la mano en el bolsillo y le regalará la piña cobriza. En lugar de aceptarla, ella lo tomará de la mano y le dirá:

—Ven a la montaña conmigo. Tengo que mostrarte algo.

—Debo hacer la contabilidad —dirá él—. Y tú debes limpiar todo esto.

Fanny dudará. No sabrá si podrá enfrentar a este hombre que la montaña ha convertido en alguien diferente. Los truenos sacudirán la cabaña. Caerá polvo de cedro sobre su cabello. Guardará la esperanza de que la pequeña parte que queda del hombre con el que se casó será suficiente.

—Por favor —responderá—. Hazlo por mí.

Todos los chinos japoneses estarán mirándolos. Su marido asentirá y ella lo conducirá a la tormenta.

Subirán juntos por el camino resbaloso.

—¿Esto tiene relación con lo que ocurrió esta mañana? —preguntará él.

—No —contestará ella—. Sí. No lo sé. Sígueme.

Llegarán al claro donde el árbol gigantesco yace de costado. Boris, el mulo, los saludará con un fuerte rebuzno.

El mulo apoyará un flanco contra Fanny; ella lo acariciará entre las orejas y le dirá:

—Tú también lo recuerdas, ¿verdad?

El mulo los seguirá hasta el árbol.

—Está muy oscuro para quedarnos aquí —dirá su esposo.

—Un poco más —dirá ella.

—El rayo es el peor enemigo del leñador —dirá él.

—Sólo un poco más —dirá ella. No le soltará la mano.

Cuando lleguen al tocón gigantesco, ella se volverá hacia su marido y le sacará la piña del bolsillo.

—Por el amor de Dios, ¿qué…? —dirá él al ver que la piña resplandece con una tenue luz azul.

—Tenemos que plantarla —dirá ella—. Para que el árbol vuelva a crecer. No puedo hacerlo sola.

En ese momento, Marty saldrá corriendo del bosque con un hacha en la mano. Arremeterá directamente contra el esposo de Fanny.

—¿Qué haces, Marty? —dirá él.

Marty se limitará a gruñir, correr y levantar el hacha. El marido de Fanny sacará un cuchillo de su cinturón, se interpondrá entre ella y el capataz y, en ese momento, Boris, el mulo, lanzará una coz con ambas patas traseras. El animal le hundirá el pecho a Marty. El hacha caerá al suelo, junto al cuerpo laxo del capataz.

Fanny soltará la respiración que estaba conteniendo sin darse cuenta. Apoyará una mano en el hombro de su esposo.

—Tenemos que buscar ayuda —dirá él.

—Está muerto —responderá ella. Le dará unas palmadas en la cabeza al mulo y le dirá—: Buen chico.

Caerán los rayos, retumbarán los truenos y Fanny sabrá que la hora se acerca.

—Ven —dirá. Tomará a su esposo de la mano y trepará por las tablas encajadas en el tocón.

—Fanny, esto es una locura —dirá su marido.

—No tendremos otra oportunidad —responderá ella—. Marty regresará.

Su marido la seguirá.

Ella lo guiará hasta el centro del tocón. Colocará la piña resplandeciente en el orificio y le pedirá a su esposo que se arrodille junto a ella. Juntos, la mantendrán en su sitio.

—¿Y ahora qué? —preguntará él.

—Sujétala —contestará ella.

Llegará el rayo que reiniciará todo. La piña lanzará una luz que se unirá al arco eléctrico que desciende. La energía atravesará a Fanny y ella la verá atravesar también a su esposo. Verá que la mano de él que sujeta la piña se afloja.

—¡Sujétala! —gritará ella. El rayo durará más de lo que puede durar cualquier rayo. Durará lo que dure el universo.

Y pasará. Aturdidos, ambos caerán a un costado, aún respirando. El corazón del tocón se quemará y se pondrá negro, y lo mismo ocurrirá con la ropa de Fanny y su marido.

Los chinos japoneses los encontrarán cuando escuchen a Boris, el mulo, rebuznando en medio de la noche. Bajarán a Fanny de la montaña en una camilla hecha de sábanas con olor a cedro y a su esposo lo llevarán a lomo del mulo.

* * *

Por la mañana, despertarán en su camastro, en la pequeña cabaña, junto al canal rugiente. Sus ropas serán cenizas, pero su piel estará intacta. El marido de Fanny estará en la cama, junto a ella. Su cuerpo estará tibio. Despertarán juntos.

—Tenemos que hablar —le dirá ella.

Subirán la montaña y hablarán. Los árboles gotearán por la lluvia de la noche anterior. Los cuervos se quejarán. A mitad del camino, Boris se acercará a ellos y Fanny no se habrá olvidado de traerle una manzana. Treparán al tocón del árbol gigantesco.

Sobre la piña ennegrecida, estará creciendo un brote con un par de hojitas verdes extendidas hacia el cielo.

* * *

Todo esto sucederá mañana. Hoy, Fanny está lavando las camisas de su esposo en el canal. Una de las camisas se va con la corriente.

Ella piensa que él no advertirá su ausencia.

Título original: On the many uses of cedar © Geoffrey W. Cole
Traducción: Claudia De Bella © 2012.

Geoffrey W. Cole está titulado en Biología e Ingeniería y vive con su maravillosa esposa en Roma, Italia. Sus cuentos aparecieron en Clarkesworld, Orson Scott Card’s Intergalactic Medicine Show, Apex, On Spec, y próximamente en Dark Recesses y New Worlds. Geoffrey es miembro de SF Canada, asociación bilingüe de escritores, artistas y otros profesionales del campo de la Ciencia Ficción, Fantasía, Horror y Ficción Especulativa.

“Sobre los diversos usos del cedro” apareció por primera vez en el número 85 de la revista On Spec, Verano 2011. Locus Online lo catalogó como uno de los mejores cuentos publicados en On Spec ese año.

Ha publicado en Axxón Enseñando a leer a Pie Grande.


Este cuento se vincula temáticamente con DE ESPALDAS LA OSCURIDAD, de Graciela Lorenzo Tillard y Fabio Ferreras; FAIRLANE, de Sergio Bonomo y CÍRCULOS Y ENGRANAJES, de Germán Amatto.


Axxón 229 – Abril de 2012

Cuento de autor norteamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Bucle temporal : Abuso, maltrato : Ecología : Canadá : Canadiense).


3 Respuestas a ““Sobre los diversos usos del cedro”, Geoffrey W. Cole”
  1. Juan Pablo Noroña dice:

    Alabao.

  2.  
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