¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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URUGUAY

Mientras viajaba en el ómnibus pensaba en el recibimiento que me daría mi abuela. Hacía años que no la veía y en cuestión de minutos iba a presentarme en su casa para pedirle que me dejara vivir con ella, al menos hasta que mi situación económica se regularizara.

Bajé del vehículo y caminé dos cuadras mirando el cielo adelgazado, los paraísos que bordeaban las calles y las viviendas cenicientas que se recostaban en el aire quieto.

La casa de la abuela dormía en la luz fría de Montevideo.

Abrí el portoncito de lata, atravesé el jardín lleno de hormigas y golpeé la puerta.

Al cabo de un rato, vi una sombra moverse atrás de la ventana.

Hubo un chirrido de goznes y la abuela apareció en el umbral. Era obesa y no muy alta. Casi no tenía cuello. Los esponjosos brazos le caían sobre los costados de una vieja solera que dejaba adivinar unos senos exuberantes. Su rostro parecía una naranja exprimida y sin color. Unos pelos hirsutos, tristemente escasos tratándose de una mujer, le brotaban de forma desordenada. Algunos le llovían sobre las líneas grises de los ojos.

—¡Abuela…! —dije, procurando expresar una emoción que no sentía.

Ella me miró con dificultad, también con extrañeza, como si lo hiciera a través de una cortina de humo.

No dijo nada. Se quedó observándome. Esperé en vano que pronunciara una palabra. Insistí:

—Soy yo, abuela, tu nieto.

Inclinó la cabeza hacia un costado, como hacen los perros, frunció apenas el entrecejo, y sus labios se separaron dejando ver una rendija. Cuando pensé que iba a hablar, sonrió de forma dubitativa.

Estiré una mano para apoyársela sobre uno de sus flácidos brazos, como si ese acto mínimo bastara para anular la distancia que nos separaba. Su piel babosa me provocó un escalofrío.

—Te vine a visitar —insistí.

Nuevamente me respondió el gris silencioso de sus ojos.

Incómodo, metí una mano en mi mochila y saqué un frasco.

—Mirá, abuela, te traje dulce de tomate.

Tuve la sensación de estar hablando con una niña pequeña a la que uno le ofrece un caramelo a cambio de un beso, pero en ese momento no encontré otra salida.

Tomó el presente entre los dedos gordos y cortos. Lo miró con cierto interés.

Mostró una sonrisa encogida, hizo un gesto afirmativo con la cabeza, se dio media vuelta y comenzó a caminar para adentro de la casa.

La seguí. Después que entramos cerré la puerta.

Había un fuerte olor a encierro, que se mezclaba con el hedor a yuyos verdes que le salía de las axilas.

Caminé tras ella, observando su calva incipiente y los pelos blancos que le brotaban de la espalda. No pude evitar que mis ojos se posaran en sus nalgas: amplias, esféricas y duras, absolutamente injustificadas en una mujer de su edad.

Cuando llegó a la cocina, abrió un destartalado armario, sacó un cuchillo, un plato y un paquete de galletas malteadas. Colocó todo en la mesa y desparramó las carnes de su trasero sobre una abnegada silla.

Sujetó el tarro de dulce con intención de abrirlo. Su rostro se arrugó aún más y las manos se le crisparon. Al ver sus brazos fofos y los dedos que se ponían blancos por el esfuerzo, pensé que no lo iba a lograr, pero lo consiguió, como si la fuerza le viniera de otro lado.

Empezó a untar las galletas de forma exagerada.

Corrí una de las desvencijadas sillas y me senté.

La abuela mordió una galleta que chorreaba dulce.

—Hace tiempo que no nos vemos… —resoplé—. Tengo tanto que contarte: me casé, tengo dos hijas…

Masticaba con aparatosidad.

—…Mi mujer trabaja como administrativa en una mutualista. ¿Vos en cuál estás, abuela?

Pero no me miraba a mí, sino al plato.

—Bueno, después cuando te acuerdes, me decís. Macarena cursa primero, y Sofía segundo. Parece que les gusta la escuela.

La abuela tomó otra galleta desbordada de dulce y le hincó los dientes.

—Yo trabajo en una librería. Ahora estoy en el seguro de paro, pero en unos meses se soluciona.

Cerré la boca y paseé mis ojos por las paredes descascaradas, llenas de manchas de humedad. Telarañas en los ángulos del techo y polvo donde uno mirase. Todo allí era viejo, sucio y olía mal. Esa casa, con todo lo que tenía dentro, no debía existir. Pero, por alguna misteriosa razón, el Tiempo había dejado su trabajo de exterminio sin concluir, y se había alejado de aquel sitio, olvidándose por completo de él.

Me levanté y fui hasta el baño. No estaba mejor que el resto de la vivienda y no tenía calefón. Oriné. Abrí la canilla y salió un hilo de agua. Con una lasca de jabón me lavé las manos, luego me sequé con mi propio pañuelo.

Sentí asco de mí mismo. Únicamente a un miserable como yo se le podía haber ocurrido ir a vivir con una abuela que no veía desde hacía años. Pero no tenía a quién recurrir. La plata del seguro me alcanzaba para comer, pero no para un alquiler. Estaba solo en el mundo. Mis padres habían emigrado a España y mi mujer, de la que me acababa de separar, no me quería ni ver.

La senilidad de la vieja representaba una ventaja. No tendría que explicarle nada y tampoco sería capaz de presentarme oposición. El lugar era un mugrero, pero, ventilándolo un poco, haciendo limpieza y algunas reparaciones, podía mejorarse. No para transformarlo en un sitio digno, pero sí al menos para que yo viviera en él.

Apoyé la mochila sobre la mesa y saqué el termo y el mate.

—Qué suerte, abuela, ahora vas a tener quien te cuide.

Sobre la cocina a gas había una caldera oscura de hollín. La llené de agua y la puse a calentar. Mientras la abuela se sumergía en el plato de galletas con dulce y en su propia senilidad, me puse a hacer un inventario de mis nuevas posesiones. Todavía no eran formalmente mías, aunque, considerando el deterioro físico y mental de su propietaria, esa era una minucia.

La habitación de la abuela tenía paredes blancuzcas, lamidas por la humedad y un piso de madera apolillado. Una cama de fierro, de dos plazas, tendida con una colcha vieja. Una mesita de luz, una lámpara con pantalla de tela color rosa, artísticamente cagada por las moscas. La insufrible escupidera asomando bajo la cama. Un ropero de madera buena, con olor a ropa de difuntos. Vestidos y visos deteriorados: antiguallas que ni siquiera eran concebibles en su vetusta propietaria. Tan sólo alguna solera insulsa y pobre lograba zafar del anacronismo que había herido de muerte a las prendas. También ví unos vestidos increíblemente estrechos, chillones y extrovertidos, que me hicieron imaginar a mi abuela jovencísima, dibujando filigranas en una pista de baile. Y después estaban las ropas del abuelo, enormes y oscuras, como conviene a la dignidad de los muertos. Había una foto pegada en la cara interna de la puerta del ropero, pero no era de él, sino de Sandro, el cantante, que me miraba con ojos gitanos y lujuriosos.

El cuarto restante era el que yo ocupaba cuando iba a pasar los fines de semana. La ventana que daba a la calle estaba cerrada, pero una luz difusa se colaba por las rendijas de las persianas. Las paredes y el piso presentaban los mismos síntomas de decadencia que el resto de la casa. No había nada en la habitación, salvo una cama de madera de una plaza. El último en utilizarla había sido el abuelo, muerto de cáncer tras una larga agonía. Recordé su cara huesuda hundida en la almohada y sus ojos vidriosos. Guiado por un impulso insano, estiré una mano para retirar la frazada gris que cubría la cama. Antes de hacerlo, la imagen de una sábana blanca exhibiendo una mancha marrón relampagueó en mi mente. Pero no había nada. Sólo un viejo colchón sobre la parrilla de tablas. Coloqué la frazada en su sitio y salí. Lo importante era que tenía un dormitorio para mí.

A pesar del tiempo transcurrido, yo recordaba que la casa de la abuela poseía un espacio que siempre me había seducido. Hasta tanto no pusiera mis pies en él, sabía que no iba a poder apropiarme definitivamente de la vivienda, y no me refiero a una apropiación física. Después de que el agua hirvió, conteniendo una sonrisa, abrí la puerta que daba al fondo. La anciana me miró con los ojos bien abiertos, como si recién en ese momento reparara en mi presencia, pero se quedó sentada frente a sus galletas, sin decir palabra.

Con el mate en una mano y el termo abajo del brazo, descendí los nueve escalones.

El patio con plantas. La reposera de la abuela. Y el terreno de quince metros, dividido por dos caminitos de cemento. Unas cañas podridas tiradas sobre la tierra negra recordaban que en una época se habían cultivado tomates, pero ya no quedaba nada plantado, a excepción de un membrillo y un naranjo. Al fondo se erguía un muro alto de grategos, a la izquierda otro de ladrillos, y a la derecha un tejido parcialmente cubierto por una enredadera.

Avancé despacio por uno de los senderos y respiré satisfecho.

Ahora sí, me dije. Este fue siempre mi lugar. Y entonces, sin necesidad siquiera de cerrar los ojos, volví a ver al niño que tantas veces había jugado en ese mismo fondo. El pelo lacio y brillante le caía abundante sobre la frente, como en la foto más antigua que conservé durante años. Tenía una camiseta a rayas, un pantalón corto y unos zapatos acordonados. Estaba en cuclillas, empujando un camión verde y largo que transportaba animales de la selva…

En el galpón, contiguo al patio, encontré muchas cosas: un tocadiscos, bolsas con ropa vieja, recibos y papeles antiguos, álbumes de fotos, tablones, fierros herrumbrados, electrodomésticos rotos… Entre tantas porquerías pude rescatar algunas que me sirvieron: sábanas, una almohada, y una reposera, con la tela gastada, como la del patio, pero firme pese a los años.

Luego fui hasta mi cuarto, abrí la ventana para que entrara aire nuevo, y empecé a tenderme la cama. Cuando terminé experimenté cierto alivio, como si recién en ese momento hubiese resuelto mi problema de vivienda. Pero este sentimiento no me duró mucho porque, al abandonar la habitación, volví a reparar en la mujer con la que iba a vivir. La abuela tenía una solidez de viento, de bruma. La sentía vaporosa como los recuerdos que flotaban y se quedaban atrapados en el techo de la casa. Se iba deshaciendo de a poco, dejando la tinta gastada de su vida en las paredes y en los pisos de madera, sin darse cuenta de que se moría, que se levantaba sólo para seguir muriendo, arrastrando las piernas y las ganas de seguir andando, con los brazos derrotados y la tristeza colgándole en la cara. Pasaba como la contracara de una mujer que vivía en otro tiempo y estiraba una mano para arrancar una naranja del árbol…

La observé hasta que bajó al fondo. Se sentó en la reposera y relajó su cuerpo como si hubiese llegado a un destino anhelado. La luz apaciguada de la mañana acariciaba su frente.

La contemplé un rato y volví la vista hacia el interior de la casa. Sentí que había un silencio que continuamente se iba espesando sin emoción y metiéndose para adentro de las cosas. Pronto me di cuenta que la casa de la abuela no tenía reloj, ni radio, ni televisor. Los artefactos debieron irse rompiendo uno tras otro, hasta que en algún momento su vivienda quedó insonorizada, al igual que ella misma. En la casa de mi mujer siempre había un equipo de audio y tres televisores: uno en el dormitorio que antes compartía con ella, otro en el cuarto de las niñas y el restante en el comedor. Era normal que todos estuviesen encendidos al mismo tiempo y que tuviéramos que hablar a los gritos.

Respiré hondo, disfrutando aquella tranquilidad.

Eran las once y la abuela no daba señales de interesarse por el almuerzo. Vivía sola, así que probablemente estuviese acostumbrada a comer a deshoras.

Bajé hasta el fondo. Acerqué mi rostro al suyo y le pregunté:

—¿Qué querés comer, abuela?

Se tomó un tiempo para contestar.

—…Pasta.

En un almacén, que no existía cuando yo frecuentaba el barrio, compré un pan flauta, un litro de vino, otro de agua mineral, tallarines, queso rallado y pulpa de tomate.

De regreso, abrí la puerta intentando que no hiciera ruido, para no perturbar la tranquilidad de ese reloj descompuesto en el que había decidido recluirme.

Guardé las botellas en la heladera, puse a hervir los fideos, le agregué un poco de agua a la salsa, para aligerarla, y en pocos minutos ya estábamos almorzando.

La abuela tenía muy buen apetito. Yo pensé que iba estar contenta, pero en ningún momento dejó de exhibir sin orgullo esa expresión característica de los uruguayos: una tristeza desdramatizada, contagiosa como un bostezo. Comió dos platos suculentos, y entre ambos nos repartimos equitativamente el vino. Durante la comida no dijo palabra alguna, pero yo le hablé de mi ex esposa Verónica, lo lindas e inteligentes que eran sus bisnietas, mi trabajo en la librería, la crisis económica, el tiempo, el almacén donde había comprado las cosas para cocinar, la tranquilidad del barrio, los años que habían pasado, y lo apenado que me sentía por no haberla visitado en tanto tiempo.

Sólo después de pasarle el pancito al segundo plato, murmuró:

—…Yo conocí a una Verónica que era modista.

La miré, procurando que mis ojos no revelaran la pena que me daba verla en ese estado. Me hacía acordar a los flippers, aquellas maquinitas en las que jugaba cuando era niño. Uno empujaba una bola con un resorte y nunca sabía en qué agujero iba a caer. Así de impredecible era la mente de la abuela frente a los estímulos que recibía.

Lavé los platos, los puse en el escurridor y bajé hasta el fondo.

La abuela ya estaba recostada en la reposera, con el rostro levantado hacia el cielo, mirando por encima de los grategos. El almuerzo la había dejado amodorrada.

Abrí la otra reposera y me senté a su lado.

Creo que no se enteró de mi presencia, y si lo hizo yo no me di cuenta.

Me puse a mirar hacia donde supuestamente ella lo hacía. Las nubes caracoleaban perezosas dejando un agujero central en un punto alto de la bóveda.

No fui capaz de decidir si la abuela tenía los ojos puestos en ese lugar o en otro mucho más lejano. En todo caso, ahora la sentía tibia, añosa, hojaldrada. Recosté la cabeza en el respaldo y me abandoné al placer de aquel momento. Veía cómo una luz limonada iba ganando espacio sobre las sombras y extendiéndose sobre la abuela. Su nuevo rostro, suavizado, me reveló un insospechado aspecto de ángel.

Cerré los ojos y la imaginé ingrávida, a punto de elevarse en el aire sosegado. La vi volar sobre los canteros del fondo, los árboles, los grategos…

Después sentí en los párpados que la luz había mermado y abrí los ojos. Las nubes tapaban el sol y una claridad de ceniza iluminaba los objetos.

La abuela tenía los ojos cerrados, el rostro sombrío y las manos arrolladas sobre la falda. Era sólo una niña acurrucada en un ropero.

Puse la mente en blanco y me dormí.

Me despertó una música alegre que provenía del terreno que estaba a la derecha del nuestro. Era algo como un bolero, pero no tan meloso. Una melodía entradora, agradable.

La abuela estaba con los ojos cerrados. Movía la cabeza hacia los costados, y repetía:

—No, no…

—¿Qué pasa, abuela?

—Siempre me molesta esa mujer, con la música ruidosa.

El volumen era bajo, pero ella parecía sinceramente afectada. Tomé una de sus manos y comencé a acariciarla. Al cabo de unos segundos se calmó, pero después de unos acordes intempestivos volvió a descompensarse.

—Otra vez. ¿Por qué? —expresó, obnubilada y temblando.

—Vamos —le indiqué.

La tomé del brazo y la llevé hasta su propia cama.

Le quité los zapatos, la ayudé a recostarse y la observé hasta que se durmió.

Libre de radios, televisores y relojes, su mundo no había tenido otra posibilidad que ir creciendo hacia adentro. Por eso cualquier intromisión del exterior le resultaba insoportable. A fin de cuentas había vivido años aislada. A mí también me gustaba el silencio y la soledad, y podía entender que ella quisiera permanecer así, desconectada.

Fui hasta mi cuarto, saqué el celular de la mochila y llamé a Verónica. Era arduo darle explicaciones, porque tenía una tendencia natural a no escuchar y a hablar a los gritos. Pero finalmente le conté que estaba viviendo con la abuela, y que tan pronto como me fuera posible iría a recoger mis pertenencias, sobre todo algo de ropa y quizás un par de libros. Mi ex mujer me dijo que mis hijas preguntaban por mí, y me recriminó que, tras la separación, había olvidado despedirme de ellas. Le aseguré que iría pronto y le pasé la dirección de la abuela, por si algún día querían visitarnos.

Administré con cautela el dinero del seguro de paro y no tuve necesidad de salir a buscar empleo. Limpié un poco la casa, apenas lo imprescindible, y me acostumbré a una rutina. Por la mañana hacía las compras, regaba las plantas y cocinaba. Después del almuerzo dormíamos la siesta, de tarde tomábamos mate y en la noche comíamos cualquier cosa.

La abuela era distinta a cualquier persona que hubiese conocido. A veces, repentinamente, su cara se llenaba de angustia y sus manos parecían escurrir un trapo empapado en odio. Y tan sólo un momento después, con la misma facilidad que alguien se despoja de un vestido o enciende una lámpara, ella hacía caso omiso del peso de los años y avanzaba: emergente, vertical, como si se hubiese mojado el rostro en un charco de luz.

Pese a que sus cambios de ánimo dependían de eventos que estaban lejos de mi comprensión, nunca me molestaba, ni me gritaba. Me dejaba apoyar la cabeza en su falda y estaba largo rato acariciándome el cabello.

Si bien continuó bañándose muy poco, un día comenzó a ocuparse de su aspecto personal. Se perfumó con una colonia ordinaria, se probó vestidos chillones que ya no eran de su talle y se pintó la cara con una petaca vieja y lápices de labios revenidos. El resultado de esa transformación fue grotesco, pero yo no le dije nada, porque vi que una sonrisa empezaba a dibujarse sobre su infelicidad. Además, sabía que nunca saldría así a la calle, y que aquello que pasara dentro de la casa sólo era asunto de nosotros dos.

La abuela buscaba mi compañía y trataba de entablar una conversación, aunque, con su deterioro mental, eso le resultaba cuesta arriba. Por lo general, mientras estábamos sentados en el fondo, pronunciaba alguna frase ambigua y se conformaba con tomarme de la mano. En determinado momento, muy ingenuamente, llegué a creer que mi compañía la estaba ayudando a recuperar la lucidez, como cuando me contaba un episodio de su juventud o me preguntaba por algún libro raro. Sin embargo, apenas al día siguiente de esta presunción, volvía a encontrarme con una mujer triste, de mirada humosa, pensamientos enraizados en el viento y palabras decapitadas. Así fui acostumbrándome a sus intermitencias y a lo impredecible de su carácter.

Ilustración: Aradano

A los dos meses, más o menos, de haberme instalado, mi mujer me envió un mensaje de texto preguntándome cuándo iba a ir a buscar mis pertenencias. Le respondí que pronto y le dejé saludos a las niñas, de parte mía y de la abuela. Ese mismo día, mientras almorzábamos, le dije a la anciana que debía ir hasta la casa de mi ex esposa. Ella se afligió mucho. Le aclaré que iría a buscar algunas mudas de ropa, y que para la noche ya estaría de regreso, pero aun así no se quedó tranquila.

Después de comer tomó mi mano y me hizo acompañarla hasta el galpón. Una vez allí corrió unas tablas, arrastró unas bolsas pesadas y comenzó a vaciarlas frente a mí. Eran las camisas, los calzoncillos, las medias, el pijama, los buzos, los zapatos y los pantalones del abuelo.

Pensé en explicarle lo insensato de todo aquello, pero vi sus ojitos empañados, sus manos ansiosas que apretaban la tela del vestido y callé.

Los calzoncillos y las medias, como tenían elástico, me quedaron bastante bien. Con los buzos y las camisas no hubo mayor problema, porque a mí me gusta usar la ropa holgada. Sin embargo, a los pantalones y el pijama la abuela debió zurcirles unos dobladillos de por lo menos diez centímetros. Y no hablemos de los zapatos, fue imposible apropiarme de ellos: el abuelo calzaba cuarenta y seis.

De modo que postergué la visita a la casa de mi ex mujer, y la realidad de la abuela me fue cubriendo más y más, como hace la marea con una rama clavada en la arena de la playa.

Aunque todavía conservaba mis dos mudas de ropa, la abuela insistía siempre en que usara las prendas de su difunto esposo. Decía que me quedaban mejor y que me hacían parecer más hombre, más serio. Yo sólo me las quitaba para salir, pero después de un tiempo me las dejé permanentemente. Mis salidas eran puntuales y no hablaba con nadie, únicamente quería hacer las compras, o cobrar el dinero del seguro, y regresar pronto.

Cuando quise darme cuenta ya hacía más de tres meses que vivía allí y estaba acostumbrándome a los ritmos y las atmósferas del lugar. Sin esforzarme, había logrado recuperar ese espacio blando que todo hombre lleva en su interior, pero que la sociedad se empeña en destruir.

La abuela, con su solo ejemplo, me enseñaba a escuchar detrás del silencio. Siempre la encontraba sentada en su reposera, recibiendo como un bálsamo las luces del cielo, ovillándose sobre sí misma, envuelta en la eterna y dulce tristeza del Sur, presintiendo los refugios del frío, los caminos aéreos, los colores finales.

Me sentaba a su lado y descansaba del mundo. Veía los pastitos que movía la brisa y los insectos diminutos que trepaban por el tallo de las flores. Ella me abrazaba contra sus pechos enormes y tibios y me besaba en la mejilla. Se había encariñado tanto conmigo que un buen día comenzó a llevarme el desayuno a la cama. Estaba contenta, no sólo se pintaba y se arreglaba con sus vestidos más pintorescos, sino que sonreía todo el tiempo, y a veces, sin importar lo que estuviera haciendo, se le escapaban risitas breves y eléctricas.

Ya no se molestaba cuando la vecina encendía la radio, e incluso lograba tararear algún fragmento de canción.

Cierta tarde, al asomarme al fondo, la vi parada junto al tejido. Aunque no conseguí distinguir a la vecina, escuché claramente cuando la abuela decía:

—Yo ya pensaba que no, pero una nunca sabe…

Tal vez, de haberle prestado más atención a aquella frase, hubiese logrado anticiparme a los sucesos que estaban por alterar completamente mi vida. Pero en ese momento no comprendí el peso de las palabras y seguí con la rutina habitual, ignorante de todo peligro.

Después de la cena le dije hasta mañana a la abuela y me fui a acostar.

Estuve cerca de una hora con la cabeza apoyada en la almohada, sin poder dormir. Un extraño presentimiento, alimentado por ruidos que escuché en el silencio de la noche, me mantuvieron en vigilia.

De pronto, como una gota que cae de una nube densa y oscura, sucedió lo que nunca me hubiese animado a considerar.

Lustrosa de afeites, hediendo a sudor, cremas y perfume barato, ella avanzaba en la oscuridad, poniéndome por delante el rojo rabioso de sus labios pintados.

Yo quería decirle a mis brazos que la detuvieran, que por nada del mundo debían permitirle traspasar el umbral de la puerta, pero ya estaba dentro del cuarto. Cerré los ojos para que la imagen retrocediera; fue inútil resistirme. Al abrirlos, la abuela se quitó frente a mí el camisón que llevaba, revelándome la sobrecogedora luz de su cuerpo desnudo.

Ella se subió a la cama y nos hundimos. Comenzó a faltarme el aire y creí que me moría; podía sentir lo que hacía mi abuela y ver mi propia mano que apretaba las sábanas blancas.

Entonces experimenté una humedad infernal y un delicioso terror que me aspiraba.

Hubiese querido huir de aquella ciénaga inmunda, pero me hundía más y más, y, cuando saqué una mano, no fue para escapar, sino para acariciar el seno movedizo que se metía en mi boca.

Después que todo terminó, ella se fue para su cama y quedé solo con mis pensamientos.

Pero yo no quería pensar. Me levanté, calenté agua, me bañé en un latón, y volví a acostarme.

Afortunadamente no tardé en dormirme.

Me desperté horas más tarde, cuando el día empezaba a clarear. La abuela no había venido a despertarme con el desayuno; mejor así, porque no lo hubiese podido soportar.

Sabía que con las luces del día todo se vería terrible. Un sentimiento de vergüenza embotaba mi mente impidiéndome tomar cualquier decisión. Mientras me vestía, advertí que el silencio de la casa se había vuelto en mi contra, porque amplificaba las voces de mi interior.

Abrí la puerta del fondo y bajé.

Avancé a través del aire cristalino.

Ella descansaba en su reposera. Coloqué la mía a su lado y me senté. Tenía la cara sin maquillaje y apuntaba sus ojos hacia el cielo.

Esperé impaciente a que dijera alguna cosa, pero no dijo ni hizo nada. Al cabo de un rato me convencí de que el bochornoso episodio que habíamos protagonizado jamás sería un tema de conversación. Simplemente quedaría como uno de esos tantos secretos que las familias de todas las épocas han debido soportar. Algo horrible que habría de envenenar las frases y las miradas más inocentes. Continuamente deberíamos fingir que no había ocurrido o que ya lo habíamos olvidado, pero nada sería igual.

Alcé la vista y me dejé arrastrar por los devaneos de las nubes.

Sin mirarme, la abuela apretó mi mano entre la suya, como si deseara hacerme entender que comprendía mi angustia. Después de un largo rato, giró la cabeza hacia mí. Me observó con sus ojos brumosos y dijo que existía un sitio que la mayoría de la gente ni siquiera imaginaba. Al principio creí que trataba de captar mi atención, pero luego la observé y pensé que abajo de ese rostro, conocido e impersonal, había otro, ondulante como una llama, que intentaba comunicarse conmigo.

Al día siguiente, el ocaso volvió a encontrarnos sentados en las reposeras del fondo. Yo estaba encantado con aquel espectáculo: el aire apacible de la tarde y los colores frutales del cielo. La abuela sonreía. Sus manos acariciaban la tela de la solera como si interpretaran el sentido oculto de los tonos flotantes.

No sé en que momento empecé a sentirme mal, y tampoco pude identificar la causa. Tal vez fue un sonido o un olor que no tomé en cuenta cuando apareció. Sin duda algo pequeño que siguió creciendo mientras yo no lo veía… porque el cielo se transformó en una herida sangrante y la abuela se puso oscura, con los huesos de su rostro asomando como un fuego blanco. Me quedé quieto, fingiendo que nada había pasado.

Le pregunté si se sentía bien.

Ella dijo unas cosas que no entendí y me habló de otras que no escuché. Movía los labios, pero no emitía sonido alguno, como si sus palabras salieran en un lugar que no era este.

Continué mirando el cielo y después de un rato le pregunté si estaba cómoda.

La abuela me respondió que sí, y entonces pude ver que tenía el rostro sereno acariciado por las luces del Sur.

Esa misma noche, ella surgió, luminosa como un astro, en la negrura de mi habitación.

—Abuela… —le susurré —qué hermosa estás hoy.

Adelantó un brazo y con candor movió los dedos de una mano, dejando una estela fosforescente.

El resplandor avanzó hacia mí, devorando a su paso la oscuridad.

Al subirse a mi cama ésta se transformó en una laguna de luz. Sentí la tibieza deliciosa de los pensamientos de la abuela y vi sus ojos neblinosos y los vapores blancos que aleteaban sobre su espalda. Deslizó una mano y comenzó a acariciar mis partes íntimas. Nunca me habían tratado con esa dulzura. Nadie con esos labios húmedos, esa lengua acariciante… Creí que iba a derretirme, pero interrumpió sus juegos y salió de encima de mis piernas. Se llevó las manos a la espalda y con un solo movimiento se desprendió el sujetador. De inmediato sus enormes senos se desparramaron sobre mi rostro con violenta alegría. Me sentí como un pordiosero colado en un banquete, turbado con la sola vista de los manjares. Luego se sentó a horcajadas sobre mí, y con una mano experta me introdujo en su cuerpo ardiente. Apretó su pecho contra el mío, me encerró entre sus brazos y comenzó a sacudirse, mientras sus labios y su lengua caliente buscaban mi cuello y mis orejas y mis ojos y mi boca. Con cada furiosa arremetida su rostro se desfiguraba más y más hasta parecer una máscara horrorosa y cambiante que tironeaba de mi espíritu y me sumergía en un delicioso infierno, atávico y pestilente. No sé qué hice yo, pero recuerdo haber visto unos ojos inyectados en sangre, desmesuradamente abiertos, y también una hilera de dientes inferiores asomando más de lo normal. Después escuché un sonido gutural que se arrastraba y sentí el estallido de una luz blanca.

Al otro día, ni ella ni yo mencionamos lo ocurrido. Le preparé unas milanesas con puré y tomamos vino. Después del almuerzo, cuando bajamos al fondo, volví a comprobar la naturaleza extraordinaria de mi abuela. Iba delante mío, con su ligero balanceo, meneando sus nalgas duras y llamativas. Aunque no caminaba rápido, sentí que se me hacía imposible seguirla, porque no podía ingresar a su mismo sendero, como si para ella fuese una verdad incuestionable y para mí un mero dibujo. Me quedé parado y la observé. La vi alejarse y deshacerse frente a mis ojos como una nube. Se redujo a un pequeño trazo de color gris y desapareció. Más tarde, en otro sitio, comenzó a reaparecer. Primero fue un puntito, luego una mancha que se movía hasta ganar relieve y dimensiones. Lentamente regresó de donde estaba y la vi sentada en la reposera.

Por la tarde mi ex mujer me llamó por teléfono y me recordó, con su habitual mal humor, que hacía meses que no veía a las niñas. Le expliqué que estaba complicado con algunos asuntos importantes y que en cuanto me fuera posible les haría una visita. Me insultó de mil maneras, y apenas tuve tiempo de mandarle saludos míos y de la abuela, antes de verme obligado a cortarle. Normalmente, una conversación de ese tenor me habría dejado muy nervioso, sin embargo, en esa oportunidad, imaginé que mi cuerpo era un río que fluía incesantemente y al que nada ni nadie podría dañar.

Poco importaba que al observarla en el fondo yo pensara que mi abuela era una niña inmensa y aterciopelada, un ángel, una mujer iluminada, o simplemente una triste anciana. Mi única certeza era que, al abrirse la noche, ella volvería a meterse en mi cama y a brindarme su infinito amor.

Ninguna de las veces que tuvimos sexo —y fueron muchas— yo lo sentí como un hecho normal. Por el contrario, la certeza de que estábamos haciendo algo prohibido aumentaba mi excitación hasta límites inimaginables. Debo admitir que al principio su falta de higiene me provocaba náuseas, sin embargo, mi mundo empezó a cambiar cuando dejé de luchar contra los olores y me hundí voluntariamente en ellos. Los fui asimilando y llegué a apreciarlos, convencido de que me ayudaban a transportarme. Cada velada suponía la ejecución de un ritual en el que ella incorporaba energías arcanas y mi mente se elevaba hasta el umbral de una nueva conciencia.

Con el tiempo, ya no fue necesaria la complicidad de la noche. Andábamos todo el día abrazándonos dentro de la casa. En cualquier habitación, y sin importar la hora, reinaugurábamos la sublime experiencia, llegando a incorporar formas de placer que ella nunca antes había intentado realizar con el abuelo.

Si hubiese dependido de nosotros, podríamos habernos dado amor hasta el final de nuestros días, pero, desgraciadamente, la gente que es feliz siempre termina siendo víctima de los seres mezquinos. Mi ex esposa me llamó una noche al celular, y me dijo que las niñas tenían ganas de verme y de conocer a su bisabuela, de modo que vendrían a visitarnos el domingo. Le insistí que no lo hiciera, pero ella, que jamás me había escuchado, tampoco quiso hacerlo en esa oportunidad.

Después que cortó intenté explicarle a la abuela los riesgos que esa visita podía significar. Yo estaba aterrado, porque ella carecía de contención y era capaz de besarme en la boca delante de todos, o de hacer cosas mucho peores.

A partir de ese momento empezó mi calvario. Tenía sólo un día para extirparle los hábitos que había adquirido a lo largo de semanas. Le prohibí que me llevara el desayuno a la cama, y que me manoseara cada vez que se cruzaba conmigo, y obviamente fui terminante respecto a meterse en mi cama. Creo que me entendió porque se puso muy triste y bajó la cabeza para que no la viera llorar. Pero tan sólo media hora después ya se me estaba tirando encima con fines previsibles. Me encontraba tan nervioso por la inminente visita que la empujé y le partí el labio de un puñetazo. La golpeé también en la sien. Reconozco que fue un error, porque eso iba a dejarle signos inequívocos de una golpiza que difícilmente podría explicar. Grité fuerte para no tener que escuchar su llanto patético de vieja senil y, cuando cayó al piso, la pateé varias veces. La dejé tirada en la cocina y me marché al fondo. Encerré mi cara entre las manos y lloré largamente.

De madrugada, me levanté de la cama y fui hasta el baño. Mientras orinaba, escuché un sonido extraño que provenía del fondo. Así como estaba, en pijama, abrí la puerta y descendí los nueve escalones.

Un viento gélido doblaba las ramas de los árboles y acicateaba las hojas para que danzaran en el aire turbio. Cuando elevé la vista vi a la abuela, levitando sobre el terreno. Una luz ácida le iluminaba el camisón, la cara y los escasos pero serpenteantes cabellos. La veía casi transparente, como una vieja bolsa de nylon. Daba vueltas por el predio, pero por alguna razón no podía volar un poco más alto y huir. Era penoso que pudiese despegarse así del suelo y luego fuera incapaz de ir a donde ella quisiera. Estiré una mano para tocarla, pero no la alcancé.

—Abuela… —dije despacio.

Ella se deslizó, llena de aire. Ni siquiera me miraba. Se enganchó en una rama, y aunque el viento le inflaba el vestido, no lograba liberarse. No entendía por qué todo tenía que ser tan triste. La abuela parecía un globo hinchado de aire muerto y yo no sabía cómo ayudarla.

Es un ángel víctima de la tempestad, pensé mientras el viento frío y húmedo golpeaba mi rostro, pero luego me di cuenta que era muchas más cosas de las que podía nombrar y que su verdadera naturaleza siempre estaría más allá de mi comprensión. La sentí ahuecada, vaporosa…

La observé un momento más, brillando y agitándose en la oscuridad.

Después di la vuelta, subí los escalones e ingresé en la casa.

Entré nuevamente al baño, me lavé la cara y las manos.

Fui hasta el cuarto de la abuela. Abrí la puerta y encendí la luz.

Ella estaba tirada boca abajo en la cama, y se quejaba dormida. Descorrí las sábanas y la observé. Sus carnes se hundían en el colchón. Tenía el rostro hinchado y violeta de moretones. Me dio pena y comencé a posar mis labios sobre sus heridas. Como también estaba lastimada en el resto del cuerpo, tuve que quitarle el camisón y la ropa interior. Luego de acariciarla y besarla con dulzura, comprendí que ella me deseaba, y, mientras afuera rugía el viento, le hice el amor.

Desperté de mañana, con el ruido del celular.

Me había dormido abrazado a la espalda de la abuela.

Encontré el aparato en la mesa de la cocina. Atendí. Verónica me avisaba que estaba saliendo con las niñas. Estimé que en el auto no podían demorar más de media hora.

Le respondí que estaba todo bien, y que la abuela se pondría muy contenta de verlas. Me vestí y ayudé a la anciana a hacer lo propio. No fue fácil, porque le dolía todo el cuerpo y algo tan simple como introducir un brazo dentro de una manga le arrancaba ayes de sufrimiento. Le puse un vestido floreado, medias limpias, un saquito de lana, y le calcé unas pantuflas.

La llevé hasta la cocina, la senté en una silla y estuve un rato peinándole los rebeldes cabellos.

Cuando terminé de aprontarla me di cuenta de que algo no encajaba. Era su cara. Tenía sangre reseca y manchas oscuras y abultadas.

—Debes estar linda para las bisnietas —le dije.

Tomé su petaca y la maquillé. Fue necesario utilizar los productos con generosidad. Tuve que darle una capa muy gruesa de base para lograr disimular las imperfecciones. Puse abundante rouge en los labios, coloreé los párpados de verde y apliqué rimel.

Después de hacer un gran esfuerzo me alejé unos pasos y contemplé mi obra: era horrorosa. Si las niñas veían aquello iban a salir corriendo despavoridas.

—Abuela… —le expliqué—, acordate de lo que hablamos, por nada del mundo menciones lo nuestro.

Pero no respondía, solo me observaba.

Resoplé, ofuscado, y me miré las manos manchadas con sus asquerosas pinturas. Cuando levanté la cabeza, ella estaba intentando decirme algo. Un torbellino marrón giraba y quería succionarme hasta las profundidades de un sitio que no pertenecía a este mundo. Y después unas pinzas rojas se agitaron en el aire. La piel se me erizó de terror. Al mismo tiempo que aquella visión cautivaba mis sentidos, podía apreciar la imagen superpuesta de mi abuela, que movía los labios sin pronunciar palabra alguna. Le grité un insulto, y por toda respuesta ella hizo que su rostro relampagueara frente a mí, solo para que yo vislumbrara su verdadera naturaleza.

La abuela se paró y sujetó el picaporte de la puerta del fondo.

Le grité que no podía irse hasta que me prometiera que iba a mantener la boca cerrada.

Pero no me hizo caso y abrió la puerta. Grité desesperadamente, entonces giró y me observó. Al ver aquellos ojos que se reían de mí, comprendí que estaba anunciándome la conducta deleznable que planeaba tener cuando llegaran mis hijas. No lo pude soportar y avancé hacia ella. Yo únicamente quería sacudirla de los hombros, hacerla entrar en razón, asegurarme de que no iba a decir o hacer nada malo, explicarle, ayudarla a comportarse; en ningún momento tuve la intención de empujarla por la escalera. Lo peor es que no bajó rodando, sino que se precipitó de espaldas, sin tocar los nueve escalones.

En mi recuerdo la veo cayendo muy lentamente, como si nunca fuese a llegar al suelo. Mientras se desliza en el aire elasticado, mueve los labios y dice palabras que se hunden en el silencio. Yo quiero sujetarla de un brazo, pero entonces veo las formas que se agitan atrás de su rostro y, presa de un indescriptible horror, retiro la mano que podría salvarla.

Bajé la escalera y observé el cuerpo desmadejado en el piso. Junto a la cabeza había un inequívoco charco de sangre.

Mi familia iba a llegar de un momento a otro y no había tiempo que perder. Fui hasta el galpón, tomé una pala y comencé a cavar en la tierra negra.

Miré en distintas direcciones, por las dudas que algún vecino se hubiese asomado a espiar. No vi a nadie, pero no pude respirar tranquilo. En todo momento escuchaba pequeños ruidos, aunque no podía discernir si venían de cerca o de lejos, o tan siquiera del fondo, de la derecha o la izquierda.

Hacía tiempo que no hacía ningún tipo de trabajo y tras unas pocas paladas quedé bañado en sudor.

Después de hacer un pozo lo suficientemente grande, fui por la abuela.

La tomé de los pies y empecé a arrastrarla. Estaba increíblemente pesada.

Tuve que esforzarme para moverla unos pocos metros. Más allá de que ella pesaba sus buenos kilos, los nervios me traicionaban y no conseguía desplegar toda mi fuerza.

Me detuve un momento, con las manos en la cintura. Cuando elevé el rostro para tomar un poco de aire, encontré un cielo de tonos amarillos y ocres, como una hoja de papel que el fuego ha comenzado a morder por detrás.

Decidí poner fin a mi tarea. Sacando fuerzas de flaquezas, conseguí arrastrarla los metros que faltaban. Escuché una música que surgía de la casa lindera. Arrojé a la vieja dentro del pozo y le lancé un par de paladas de tierra. Ignoraba si la vecina se había asomado al tejido para poder ver dentro de la fosa, pero por si acaso me apuré a tapar el cadáver.

De pronto la música cesó. Miré hacia el tejido y no vi nada. Al volver la vista sobre la sepultura advertí con asombro que la tierra se estaba moviendo. Di un paso atrás y luego otro. Tropecé con algo y, al caer de espaldas, vi el cuerpo obeso y luminoso que salía de la tumba y ascendía en el aire, hasta quedar suspendido sobre mí. La abuela estaba hinchada y tenía el rostro rojo, como una bolsa de sangre a punto de estallar. De la espalda le salían dos alas inmensas, de puro fuego, desplegadas de par en par. Me miró con las cuencas humeantes de sus ojos y abrió las fauces, enseñándome unos dientes afilados y enormes.

Pero no siempre estoy seguro de que haya ocurrido así. A veces me parece que después de que bajé la escalera y la vi tirada en el piso, con la cabeza partida, ella movió los labios y me dio las gracias por haberla liberado. Luego un cuerpo sutil salió de su cuerpo físico, y comenzó a elevarse, envuelto en una luz de menta.

Sin embargo, desde que vivo en este sitio penoso al que me han traído contra mi propia voluntad, mi recuerdo más frecuente es otro. Yo estoy con la abuela, desayunando en la cocina y de pronto escucho el motor de un vehículo que se estaciona frente a la casa. Agudizo mi oído, porque creo que es el auto de Verónica. Siento risas y más tarde, el timbre. Abro la puerta de calle, beso a mis hijas y a mi esposa. La abuela aparece atrás mío, y, mientras avanza con un ligero balanceo y extiende los brazos para abrazar a las niñas, su rostro se llena de sol.

Este cuento se vincula temáticamente con SÁBADO A LA NOCHE, de Eduardo Carletti; BLUE, de Pablo Dobrinin y EL AMOR DE SUS VIDAS, de Ian Watson & Roberto Quaglia.


Axxón 230 – Mayo de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Sexo, incesto, culpa : Visiones : Uruguay : Uruguayo).


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