¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

Anna sintió cómo el tiempo se iba deteniendo a cada kilómetro que se alejaba de la Capital.

Ese lugar nunca había sido su hogar, pero mucho tuvo que pasar para que se diera cuenta de cuán lejos estaba de serlo. Sin embargo, ya todo quedaba atrás. Su trabajo, sus amigos, su vida social, todo lo que la ciudad representaba había dejado de tener sentido para ella. Afortunadamente, su trabajo como programadora le daba la posibilidad de no estar atada a una oficina, y estaba aprovechándolo para volver, para recuperar lo perdido.

Cuando llegó a la entrada de Rufino estuvo a punto de olvidar que se había ido. El mismo arco, con las mismas letras blancas, con la misma edad, la misma historia.

Siete cuadras desde la Ruta Nacional 7, girar a la izquierda, hacer tres cuadras y el portón de caño con tejido de alambre que rechinó dándole paso a la vieja estancia. El caserón era amplio pero, siendo de principios de siglo, tanto la electricidad como el estado general eran temas de los cuales tendría que encargarse rápidamente.

Anna bajó las maletas, buscó la habitación que en mejores condiciones creía que se encontraba y las dejó allí. De vuelta en el auto, fue al centro y buscó un electricista que le ayudase a devolverle la vida al caserón.

 

 

Tomó un par de meses pero finalmente Anna había logrado acostumbrarse a vivir sola, alejada del mundo. Ese mundo que fuera tan distinto solo un año atrás. Su ahora ex esposo, su hijo y ella habían vivido juntos en una casa en las afueras de la Capital. Durante los últimos veinte años, su vida había sido su hijo. Por él había dejado de trabajar tiempo completo y solo se dedicaba a hacer trabajos free-lance como programadora.

Desde pequeño, Iván había demostrado un apego extraordinario a su madre, y ella lo había retribuido con un cariño y una atención sin par. Ya muy de niño ella había comenzado a enseñarle las letras, y él logró leer con perfecta claridad a los tres años. Después siguieron las matemáticas y, mientras su madre le daba educación formal en la casa, descubrieron juntos la química.

Anna lo acompañó en sus primeros experimentos, en los años de estereología del secundario y en el ingreso a Química en el C.B.C. Juntos avanzaron por las primeras materias y Anna había armado en el cuarto de huéspedes de su casa un pequeño laboratorio básico en el cual practicar con Iván. Él le respondió avanzando a pasos agigantados en su carrera y con excelentes calificaciones.

Sin embargo, Anna se daba cuenta de que algo estaba pasando. Cuando él era chico ella y su marido habían tenido discusiones por la educación en casa, ya que él consideraba que Iván necesitaba interactuar con otros chicos, hacer amigos, lo que él llamaba “tener infancia”. Habían llegado a un acuerdo e Iván iba a hacer natación y fútbol todas las semanas, y en el verano participaba de las colonias de vacaciones.

Sin embargo, tanto en ese momento como al cursar el secundario Iván no lograba hacer amigos. Muchos se relacionaban con él, es cierto, pero principalmente era porque su capacidad le permitía enseñarles y ayudarlos con sus estudios. Nunca supo llevarse con ellos más allá del ámbito académico, y solo una vez había salido con ellos a bailar. Nunca le gustó y nunca insistió en volver, afortunadamente para Anna y su marido cuya relación volvía a ponerse a prueba por este tema.

Por eso mismo Anna veía con malos ojos cómo Iván iba acostumbrándose a la idea de quedarse con sus nuevos amigos a estudiar en locales de comida rápida, o quizás volver un domingo por la madrugada de la casa de uno de ellos. Si bien nunca salían, es cierto que pasaban mucho tiempo juntos, y Anna tenía miedo de que dejara de lado sus estudios por algún amigo o, mejor dicho, una “amiga”.

 

 

Jamás hubiera imaginado que una noche, a las cuatro y media de la madrugada, iba a recibir un llamado desesperado de una compañera de Iván, que le decía que estaban en el hospital y que él se había desmayado en su casa. Si bien Iván había abandonado los deportes a los doce años, nunca había sido un chico con problemas médicos. Al llegar al hospital su confusión se volvió mayor, ya que los médicos le dijeron que Iván había ingresado en coma alcohólico y que, si bien le habían hecho un lavado de estómago y se encontraba con fluidos, todavía no había recobrado la conciencia.

Las horas pasaban e Iván no se despertaba. Anna no podía creerle a la amiga, ya que ella juraba y perjuraba que solo había tomado un trago de vodka. Los médicos tampoco podían entender la situación. El pulso se debilitaba a cada momento, la respiración se hacía más larga y espaciada hasta que finalmente dejó de respirar. Un tubo y un pequeño motor reemplazaron a sus pulmones, y los signos vitales parecieron mejorar, pero nada lograba sacarlo de un sueño que ya parecía volverse eterno.

Anna hizo guardia al lado de su hijo durante todo el día. Le hablaba, le contaba lo que había pasado desde el día anterior que se había ido, le adelantaba alguna de sus próximas clases de química, le decía que lo amaba. Poco antes de anochecer, Iván despertó por un instante. Anna se aproximó más a su rostro y trató de sonreírle. Iván quiso hablar, pero descubrió que el tubo se lo impedía. La miró con detenimiento, con una profundidad que, de repente, se volvió una distancia inconmensurable a medida que su mirada se vaciaba. Segundos después, Iván volvía a dormir, para nunca despertar.

 

 

Poco tiempo pasó entre esta desgracia imprevisible y una mucho más fácil de vislumbrar. El fino hilo que unía a Anna con su marido murió con Iván, y la distancia se agrandaba más con las continuas disputas por la muerte de su hijo. Anna creía con firmeza que él nunca debería haberse alejado de sus costumbres familiares y que la desgracia podría haberse evitado. Su marido, por otro lado, pensaba que Iván no debía haber sido tan mimado de chico y que, si hubiera tenido más contacto con sus compañeros de secundaria, si hubiera salido más a bailar, si se hubiera “avivado”, no se habría emborrachado hasta ese punto.

La separación fue inmediata, y el divorcio rápido. Anna no quería saber nada más con su marido, y el solo tenerlo cerca le hacía recordar las tristezas pasadas. Nada pidió y nada obtuvo en el divorcio, excepto el bolso en el que puso la ropa que pudo y quiso retener, la computadora con la que se ganaba el sustento y el auto que había usado para llegar hasta Rufino.

 

 

La mente de Anna iba a la deriva por los recuerdos. Frente a ella el fuego de la chimenea espantaba la terrible noche de tormenta. Los rayos iluminaban las paredes intermitentemente y el trueno sonaba tan cercano que uno parecía flotar entre las nubes. De repente, uno de los truenos trajo consigo un gemido angustioso.

Anna se sobresaltó. ¿Algún animal habría entrado en la quinta, asustado por la tormenta? La noche era cerrada, pero el desesperado pedido de auxilio fue demasiado para ella. Tomando las debidas precauciones, prendió la luz exterior y se asomó al umbral de la puerta.

En la tenue penumbra, al extremo del arco de luz, una figura escasamente perceptible se acurrucaba contra el tronco de un árbol apenas al amparo de la lluvia. Anna no podía distinguir si era animal o humano, pero por el tamaño no podía ser mayor que un niño o un perro. Temiendo que corriese si se acercaba, intentó llamarlo hacia la luz, pero o no la escuchaba por el ruido de la tormenta o estaba demasiado asustado para ir con ella.

Luego de un par de intentos infructuosos, Anna decidió acercarse. A pesar de la lluvia avanzó lentamente, siempre intentando llamar su atención. Finalmente, cuando se encontraba apenas a un paso, pudo distinguir un lomo y acercó su mano a él.

La criatura no se asustó al sentir el contacto, sino que giró su cabeza lentamente y la miró con aprensión en los ojos. Anna reaccionó velozmente, cobijándolo en sus brazos y llevándolo dentro de la casa, donde lo acomodó a los pies de la hoguera.

Al calor del fuego el pequeño perro lobo (pues, bajo la luz brillante, Anna creyó distinguir un lobato muy joven con algunos rasgos perrunos) pareció tranquilizarse, y dando dos vueltas sobre sí mismo se enrolló con su cabeza hundida en su cola y pareció dormir. Anna, llevada por el ejemplo, sintió sus ojos cerrarse mientras pensaba en que la luz de la chimenea parecía ir tiñendo de amarillo el lomo del animal.

 

 

Anna despertó con una extraña sensación a sus espaldas, como si alguien la observara. Tardó un segundo en despertar del todo y al fin se dio cuenta de que Ralph, pues así decidió llamar a su nueva mascota, había trepado sobre el respaldo del sofá y se había enredado entre su pelo apoyando su columna alrededor de sus hombros.

No queriendo incomodarlo, Anna fue moviendo lentamente sus brazos hasta tomar por debajo de sus patas a Ralph y, girando sobre sí misma, logró depositarlo en el suelo. Lentamente avanzó sobre el piso de madera para evitar crujidos y se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno.

Cuál no fuera su sorpresa al ver que los platos de la cena del día anterior se encontraban lavados y apilados en el escurridor. En la mesa central una taza con el vapor aún evaporándose la esperaba. Al acercarse vio que era café.

Sin dudarlo un instante se lanzó hacía los platos lavados y tomó la cuchilla de cortar carne, girando para ponerse de espaldas contra la heladera. Con cautela pero determinación recorrió la casa buscando al intruso sin poder encontrarlo.

Salió al vano de la puerta, mirando hacia la distancia. No pudo ver ninguna sombra sospechosa ni indicio alguno de un posible intruso. Bajando la vista a sus pies pudo ver que la tierra solo mostraba sus huellas producto de ir a buscar a Ralph en la tormenta.

Dio una vuelta alrededor de la casa, y el resto del suelo se encontraba intacto. Sin saber cómo reaccionar decidió volver a entrar, aprovechar el “regalo” que le habían dejado y tratar de averiguar si Ralph tenía dueño.

 

 

Varias semanas pasaron. Nadie respondió a los carteles pegados a través de la ciudad. Ninguno de sus vecinos reconoció a Ralph aunque, Anna no sabía por qué, en su mente sus actitudes no parecían coincidir con sus palabras.

De todos modos ambos habían llegado a conocerse. Juntos iban a hacer las compras, y Ralph acostumbraba jugar con ella peleando por las bolsas. Un tiempo después Anna se dio cuenta de que él quería llevarlas y, uniendo las asas de dos de las bolsas, improvisaba unas alforjas que montaba sobre su lomo.

Por otro lado a su alrededor los sucesos extraños habían ido incrementándose. Quizás fuese la vida solitaria a la que no estaba acostumbrada, pero más de una vez cuando fue a buscar un cepillo, o el control remoto, o algún utensilio que necesitase el mismo estaba al alcance de la mano, aunque estaba segura de que no lo había dejado allí. Los platos seguían apareciendo lavados, el desayuno listo.

Y últimamente había descubierto que la casa iba mejorando por sí misma. Al principio eran solo detalles, pero un día, al salir a hacer las compras, encontró que el portón ya no rechinaba, y el alambre se había sido vuelto a soldar. Lo más curioso fue que, si bien estaba segura de que el candado era nuevo, su llave lo seguía abriendo sin problemas.

Otro día fue la despensa. Anna se había prometido al verla por primera vez una limpieza a fondo, pero estaba segura de que esa promesa no iba a llegar a cumplirse. Un día, sin embargo, cuando fue a recargar la lata de café, encontró que las telas de araña habían desaparecido. La luz incluso parecía más brillante, y mirando con un poco de detalle Anna descubrió que la lamparita había sido cambiada.

Al principio estos episodios la tenían incómoda, pero con el tiempo fue acostumbrándose a la idea de un hada madrina que cuidaba de ella y hacía que su vida fuese más llevadera.

 

 

El tiempo fue pasando, y los episodios fueron incrementándose. Un día se acabó el café y, aunque estaba segura de que tampoco quedaba más en la despensa, al decirle a Ralph ¡Vamos a las compras! este no la siguió como siempre, sino que se acercó a la puerta de la despensa y comenzó a golpearla con su pata. Anna insistió un par de veces, pero finalmente fue a la despensa y, para su sorpresa, la totalidad de la provisión de café estaba allí.

Y no se detuvo ahí. El azúcar, el café, nada parecía acabarse. Cada día al amanecer la heladera se hallaba igual que la mañana anterior. Todo lo que ella consumiera volvía a aparecer, como por arte de magia. Un día, solo por curiosidad, vació el contenido completo de la heladera, giró el sillón en dirección a la cocina y se dispuso a vigilar toda la noche,

Despertó por la madrugada sintiéndose extrañamente observada. Trepado sobre el respaldo del sofá Ralph dormía enredado en su pelo y con la columna en sus hombros. Lo despertó gentilmente y juntos fueron a la heladera, que se encontraba llena y perfectamente organizada.

 

 


Ilustración: Tut

Anna hizo las paces con el nuevo orden de las cosas. Nunca fue muy dada para las personas, y el ver que todas sus necesidades de interacción se veían completamente anuladas hacía que fuera fácil convivir con ello.

Un día su computadora dejó de funcionar, pero Anna no se preocupó. Al día siguiente, sin embargo, seguía sin funcionar. Pasaron los días y Anna, indecisa, no sabía si debía abandonar la casa para conseguir que la repararan. Finalmente se decidió, y guardando la máquina en un bolso se dispuso a salir. Sin embargo, al decirle a Ralph ¡Vamos a pasear! este no la siguió como acostumbraba, sino que se acercó al sillón y girando sobre sí mismo dos veces, hundió su cabeza en su cola. Anna comprendió instantáneamente, y no volvió a insistir.

El tiempo se detuvo casi por completo. De no ser por el paso de las estaciones, Anna nunca se hubiese dado cuenta de que los días pasaban. La casa mantenía su esplendor, la comida era siempre fresca y abundante. La vida era un continuo devenir de paseos por la arboleda y tazas de café frente a la chimenea.

El invierno llegó, y los paseos por la arboleda se fueron espaciando hasta desaparecer. Lentamente, las mañanas y las tardes fueron acortándose y las noches se fueron alargando. Con ellas la rutina de Anna también se modificó. Cada vez amanecía más tarde, y eventualmente perdió la costumbre de desayunar, pasando directo al almuerzo. Las tazas de café reemplazaron a la cena y la cama a la chimenea.

Su admirador secreto, siempre pendiente de ella, la acompañó en estos cambios. El desayuno fue reemplazado por el almuerzo y el café empezó a ocupar más espacio en la despensa, en reemplazo de las galletas del desayuno y de las pastas de la cena. La casa seguía manteniendo su impecable orden, pero empezaba a notarse que, en su intento de agradar a su admirada, el alcance de los esfuerzo iba achicándose a los lugares frecuentados y su dedicación incrementándose.

El arreglo de la habitación había pasado de ser un simple acomodamiento o cambio de las sábanas a un juego nuevo cada día. El hogar tenía leña fresca y diferentes variedades de ramas verdes todos los días, que le daban al ambiente un aroma nuevo y exótico.

Los almuerzos eran cada vez más elaborados, con recetas que Anna nunca había probado y sabores que nunca creyó posibles. El café empezó a tener cada día una nueva sorpresa, quizás un chocolate, quizás una pequeña gota de licor, canela, nunca se sabía de qué podía venir acompañado.

Anna parecía disfrutar estas sorpresas, aunque ya no le causaban impacto. Aceptaba la vida con su acompañante misterioso y la apreciaba, como el bebé aprecia a la madre que está pendiente de cada mínimo suspiro de su criatura. Era bueno sentirse querida de ese modo, y más aún después de todo lo que había pasado.

Pero llegó el día en que Anna dejó de levantarse de la cama. ¿Era realmente necesario? Ralph estaba continuamente a sus pies, la chimenea siempre prendida y, cada vez que dormitaba un poco, el café volvía a llenarse. ¿Qué más podía pedir?

Como de costumbre, su entorno se ajustaba a sus deseos, y así es como el almuerzo comenzó a subir a su cama todos los mediodías a despertarla. Si bien los sabores seguían siendo exquisitos, ya no lograban causarle asombro, y lentamente fue comiendo cada vez menos.

Su mente, cada día más plácida y llevada por el paisaje que veía desde su ventana, derivaba por los recuerdos de Iván, sus clases de química y el pequeño laboratorio, y mucho menos por las necesidades de su vida. ¿Y para qué?

Eventualmente, dejó de comer. Ralph, a sus pies, la miraba con preocupación en sus ojos. Ella dormía cada vez más, y cada vez más profundamente. El café se enfriaba varias veces antes de que despertara y tomara una taza.

Hasta que un día no despertó al almuerzo, ni al primer café, ni al segundo. Ralph se acercó a su cara y vio que, si bien dormía plácidamente, no parecía respirar, sino que suspiraba cada varios minutos. Con mucha paciencia y cariño comenzó a lamerle la cara y, tras pasar unos minutos, Anna despertó. Se sentó en la cama y acariciándolo, tomó la taza de café.

Esta nueva rutina fue tomando el espacio de las viejas y con el tiempo las siestas se fueron alargando, las caricias se fueron incrementando y los esfuerzos de Ralph parecían cada vez menos fructíferos. Un día, Ralph tardó más de media hora en despertarla. Cuando ella abrió los ojos no se levantó ni tomó su café. Minutos después, volvía a caer en el sueño.

Un sueño extraño en el que Ralph, convertido en una figura indefinida de color amarillo, hablaba con ella. En vano trataba de convencerla de que despertara, que comiese. Le decía que la primavera ya había llegado, que podían retomar sus caminatas, que seguramente eso haría que su apetito volviese a la normalidad, que ella volviese a la normalidad.

Anna, plácida, ajena, negaba todo con una sonrisa. No es necesario, Ralph. Sí lo es, tienes que despertar. El sueño se desarrollaba en la habitación, aunque ahora junto a su cama había una silla, y sentada en ella estaba la criatura que identificaba como Ralph. Ha pasado mucho tiempo desde que has comido algo. Estás muy débil, y temo que no sobrevivas la noche. Anna pensó que algo había de cierto en las preocupaciones de Ralph, pero las desestimó rápidamente. Te preocupas demasiado, te olvidas que alguien siempre vela por mí. Si, alguien vela por ti, pero no puedes poner tu vida en sus manos.

¿Por qué no? Porque nadie vive si no tiene el espíritu para vivir, y tú lo estás dejando de lado. Ralph se levantó y atendió al fuego, se retiró y volvió con una taza de café fresca, acompañada de unas medialunas. Anna, el café está listo. Y huele rico, como siempre me lo preparaste, dijo Anna despertándose de su sueño, para encontrar a Ralph a sus pies, oscureciéndose de a poco y la taza de café y las medialunas a su lado.

 

 

Tomó un par de semanas para que Anna recuperase sus fuerzas y volviese a levantarse. Desde que tuvo el sueño volvió a almorzar y eventualmente también a cenar. Tiempo después, bajaba las escaleras y tomaba sus comidas en la cocina. Recuperó la computadora de donde la había guardado y la llevó a reparar. Volvió a su trabajo y empezó a hacer algunas de las cosas de la casa por su cuenta.

Ralph la acompañaba gozoso, moviendo la cola a su alrededor y ayudándola como podía, ya fuera llevando herramientas o apoyándose en la escalera y haciendo como si la sostuviera. Anna lo premiaba con comida y caricias, pero cada vez las caricias eran más distantes, como si su mente se alejara del lugar.

Una madrugada, Ralph despertó y encontró la cama vacía. Primero miró a su alrededor, confundido, buscando. Enseguida la encontró en la cómoda, con el bolso con el que había llegado por primera vez.

Ralph contemplaba a su dueña desde lejos. Su pelo se había erizado y se estaba volviendo amarillento. Anna, sin percatarse de la situación, comenzó a preparar el bolso. De repente, al querer agarrar una remera para doblarla, la misma ya no estaba donde la había dejado. Se dio vuelta y la vio colgada en el armario.

Al volver con la remera, su bolso había desaparecido. Miró a Ralph y dudó por un instante. Ralph parecía haber crecido varios centímetros y su pelo rozaba el color del maíz. La luz me engaña, pensó, mientras revisaba debajo de la cama. ¿Dónde puede estar? se dijo girando hacia el armario. En el estante superior, el bolso estaba apoyado, con una de las correas aún moviéndose como un péndulo. Al acercarse y tomarlo, notó que estaba vacío, con el cierre cerrado y el candado de viaje puesto.

Pero Anna estaba decidida, y quiso volver a empezar. Fue entonces que se dio cuenta de que no era la luz engañándola, pues en ese momento Ralph medía más de dos metros, y su pelo se había transformado en una masa amarillenta y brillante.

No podemos irnos —creyó oír.

Podemos vivir en otro lugar, otro hogar —se sintió movida a decirle.

No, no podemos.

¿Por qué no?

Porque este es nuestro hogar ahora.

Un hogar son solo las personas que viven en él.

Entonces yo ya no tendría hogar.

Anna se congeló ante este pensamiento. ¿Cómo podía abandonarlo? Durante todo este tiempo había sido él, su hada madrina, el secreto admirador que todos los días tenía su café listo y la casa a punto.

¿Morirías?

Sería como si nunca hubiese existido.

No es así, siempre estarás conmigo. Rufino es solo un pequeño pueblo, el mundo está ahí afuera.

Rufino es mi destino, mi único mundo posible.


Ilustración: Tut

Ralph —Anna habló, mirándolo a donde logró entrever sus ojos— ambos estamos en una encrucijada. Tu mundo es Rufino, y si yo me fuera dejarías de existir. Mi mundo no es Rufino, y si yo me quedara viviendo este incesante día eterno, sería yo la que nunca hubiese existido. La vida es solo la suma de nuestras experiencias, la de la gente a la que influimos con ellas. Tú has sido un gran soporte para mí en tiempos en los que estaba herida y necesitada. Has sido mi refugio, mi proveedor, mi vida entera. Pero ahora debo empezar de nuevo. Quisiera que pudiésemos empezar juntos, pero si es imposible, te ruego que me dejes empezar de nuevo a mí, que me dejes intentar… ser… lograr…

Ralph dio un paso atrás y pareció encogerse nuevamente, su color se oscureció y una sombra de tristeza pareció cubrirlo. Anna pudo ver que finalmente él había comprendido, y desde la puerta le dio su última despedida.

 

 

Notas del autor

 

 

Diego Fernando Prado Riestra nació en Lanús, Provincia de Buenos Aires en 1977, es analista de sistemas y jugador de ajedrez amateur. Fue siempre un fanático ávido de la lectura y siempre tuvo el interés por la escritura en su mente. Durante sus años de adolescencia realizó sus primeros pasos, elaborando principalmente poesías cortas y una serie de cuentos cortos basados en la estructura narrativa de “La dimensión desconocida”.

Esta s su primera aparición en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con DUENDES, de Ramiro Sanchiz; EL ARGURO, de Ruth Ferriz y LOBOS ERRANTES, de Jenny Kangasvuo.


Axxón 237 – diciembre de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Fantasía : Ser fantástico : Argentina : Argentino).


Una Respuesta a ““Ralph”, Diego Fernando Prado Riestra”
  1. Quiero ser el primero, Diego, en decir que me sorprendiste muy gratamente.
    Espero que sigas por este camino.

  2.  
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