¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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GRANADA

 

Su segundo empleo como personaje no jugador era una buena forma de ganarse la vida. No tenía mucho sentido malgastar tanto tiempo en ponerse un uniforme virtual acorde con el espacio de juego, pero Overton se enorgullecía de prestar atención a los detalles. Lo ponía de mal humor recibir un puñetazo en el estómago de parte de alguien tan inmerso en la fantasía de realidad aumentada que ya no podía diferenciar lo real del guión. Lo único que debía hacer el hombre era formular las preguntas adecuadas, obtener las respuestas de Overton y seguir adelante.

Etiquetó al imbécil con karma negativo, verificó el balance de su propia cuenta y regresó a su mundo preferido.

Ignoró las aceras grises del caluroso día estival de Manhattan. Caminó, esquivando a los turistas, sobre los diques del Bajo Manhattan. Atravesó Battery Park. Una vez en Broadway, encendió las lentes de contacto plateadas que llevaba en los ojos y los audífonos internos, y todo se derritió.

El Imperio de Relojería se extendía alrededor de casi todo el antiguo Distrito Financiero. Máquinas que se alejaban entre resoplidos y nubes de humo oscuro. Con un ademán ostentoso, Overton empujó hacia atrás las colas mojadas de su abrigo, levantó el gorro para saludar a alguien que pasó corriendo por el espacio de juego rumbo a una misión propia y se puso a buscar un guisado sustancioso.

 

 

* * *

 

 


Ilustración: Pedro Belushi

Jericho lo alcanzó en un carruaje tirado por un caballo. El caballo robótico resopló en el espacio de juego. En la realidad, el pelaje era un poco ralo y el animal demasiado esquelético. Overton lo había visto brevemente una vez. Pero en el juego la realidad extra aumentada le aportaba elegancia y representaba su pelaje de tal forma que parecía brillante y bien cepillado. Conforme el caballo avanzaba con lentitud, se le marcaban los músculos.

—Entra, rápido —gruñó Jericho—. El tránsito está insoportable. —Jericho siempre se empeñaba en permanecer en la realidad. A veces, Overton sospechaba que ni siquiera le gustaba su trabajo.

Pero, a pesar del incidente de esa mañana, Overton estaba lleno de alegría. Le encantaban sus empleos.

Las lentes de contacto para realidad aumentada eliminaban los elementos como el tránsito y, dado que todos los autos funcionaban con overware, podían esquivar al caballo robot, al carruaje y al propio Overton.

Para él, la calle Broadway ahora era un camino de tierra lleno de carros que se desplazaban rápidamente y máquinas a vapor que debían de ser autobuses o alguno de los escasos vehículos que se conducían a mano. El overware los detectaba y los señalaba para que Overton no quedara frente a un autobús en movimiento.

En el Imperio de Relojería, ser aplastado resultaba en una muerte tan segura como en la vida real.

Recordó a Khousa, un viejo amigo que, distraído mientras cumplía una misión, había cruzado corriendo por delante de un enorme artefacto. Había pasado un mes retenido en una Caverna de Sanación, negándose a verlos.

—¿Adónde vas hoy? —preguntó Overton.

—A cazar ratas al Central Park —dijo Jericho.

—¿Qué es el Central Park? —Overtone proyectó un sincero desconcierto.

Jericho suspiró y le espetó:

—Los Bosques del Gran Rey de Relojería, digamos.

 

 

* * *

 

 

El Imperio de Relojería no era contiguo. Después de abandonar el imperio inferior, atravesaron otros reinos a lo largo de Broadway. Desde hacía unos treinta días, el Gran Rey de Relojería, por medio de sus vasallos, estaba desatando una lenta guerra para ganar terreno en su imperio isleño. La Perpetua Edad del Vapor había sido iterada por una débil empresa de juegos de IA casi un año antes, eones en términos de tiempo de juego y de interés de los potenciales jugadores. Siempre aparecía algo brillante y viral por aquí o por allí.

Pero los elementos estéticos de la Edad del Vapor habían estado presentes desde antes del florecimiento de los Juegos de Realidad Aumentada Multijugador Masivos, con el advenimiento de las lentes baratas y el procesamiento en nube aún más barato.

Se necesitaban constantes superposiciones gráficas para suprimir la realidad, procesadores bastante veloces para redibujar lo real con imágenes del JRAMM. Cuando se logró eso, los Juegos de Rol en Vivo despertaron grandes pasiones en un pequeño subgrupo de la población. Todo el que tuviera antiparras de datos y un poco de tiempo libre mientras viajaba de ida y vuelta al trabajo se contagiaba.

Uno se olvidaba de sufrir en silencio durante el almuerzo. Podía unirse a un equipo y atacar un castillo en algún parque, todos juntos en una realidad consensuada.

Que era lo que Overton no estaba haciendo.

Overton no era un jugador, aunque se tomaba muy en serio los atavíos de la Edad del Vapor. Igual que se tomaba muy en serio el ser un PNJ a sueldo.

Por debajo de la estructura del juego, las personas aún querían conversar con gente real, de carne y hueso. Sentir la mano del otro cuando se la estrechaban.

Overton hacía eso.

Y también cazaba ratas.

Si nadie cazaba ratas, todo se derrumbaba.

 

 

* * *

 

 

El software tenía errores. El correo electrónico tenía spam. En los proyectos aparecían gremlins. Y en los JRAMM había que luchar contra las ratas.

Así las llamaban las personas como Overton. Eran, más bien, fallas inteligentes provocadas por iteraciones de demonios falsamente inteligentes que evolucionaban en el software. Se reproducían y se esparcían, desplazándose por los paisajes aumentados, encontrando vulnerabilidades y estableciéndose como entornos virtuales.

Adoptaban muchas formas, pero sus ojos siempre delataban su malvada y astuta urgencia por sobrevivir de la manera que pudieran. Trozos de netware neural luchando por sobrevivir, porque era lo que les ordenaba el código del juego desde hacía eones de ciclos de computación.

Cuando los sagaces héroes eliminaban alguna criatura, los fragmentos de seres destruidos se quedaban y se ocultaban en los rincones y nichos de diversos mundos.

Y la gente como Jericho y Overton los cazaba cuando la empresa del JRAMM buscaba su ayuda.

Era ostensiblemente divertido. Pagaban con créditos de juego transferibles para que uno viajara por su JRAMM preferido matando ratas con un personaje. A Overton le encantaba.

Para Jericho no era más que otra cacería de errores. A cambio de un sueldo de mierda.

 

 

* * *

 

 

Aquí estaban, en los Bosques del Rey. Overton tomó un estuche de herramientas lleno de alfileres. A la distancia, por encima del bosque verde, se elevaban las torres de bronce de los alquimistas. Los relámpagos descendían como dagas desde unas siniestras nubes, mientras que las máquinas de toda especie absorbían la energía etérea de las alturas.

En algunas de ellas se estarían desarrollando batallas en este mismo instante. Las batallas para expandir el Imperio de Relojería.

Quizás más tarde, esa noche, Overton revisaría el balance de su cuenta y se uniría a los ataques con una de sus cofradías.

Quizás.

—Informaron que hoy temprano apareció un gran wyrm aquí —dijo Overton—. La lechuza de bronce de la empresa dijo que estaba allí, junto al puente de hierro.

—Yo también recibí el correo electrónico —dijo Jericho.

Rodearon el parque. Había muchos árboles. En realidad era el software, que extrapolaba afanosamente los movimientos de otros seres humanos y que bloqueaba senderos para que Overton permaneciera fuera de la realidad y dentro del juego.

No se veía nada fuera de lo común.

—Allí —dijo Jericho.

La tierra que rodeaba uno de los muros se estremeció, entrando y saliendo de las capas visuales que el JRAMM superponía a la realidad.

—Fíjala —dijo Overton, arrojándole el estuche de herramientas a Jericho.

Jericho lo abrió y comenzó a lanzar alfileres de bronce a los bordes de la rata. Los alfileres se iluminaron con energía alquímica verde al hacer contacto con el absceso de realidad.

La rata se afirmó, mirándolos con sus ojos redondos y brillantes con destellos de cruda hostilidad. Arrastró su cuerpo lodoso hacia delante y salió de su escondite, tambaleándose. Bloques segmentados de color marrón, que parecían no estar ni aquí ni allí, fueron reduciéndose hasta que el wyrm quedó compactado en la forma de una serpiente que se deslizó a toda prisa por el césped.

—¡Síguela! —gritó Overton.

Juntos, corrieron por el césped etiquetando al wyrm. Varios cazadores salieron de un salto de sus escondites, quejándose a voz en cuello cuando ellos pasaron.

—Malditos atrapa-ratas —protestó uno.

Overton se sujetaba el gorro con la mano y el abrigo húmedo le golpeaba las piernas.

—¡Qué cosas dicen! —se quejó con Jericho—. Aquí estamos, vestidos como es debido, regalando experiencia de juego y karma, y los ciudadanos igual nos desprecian.

A Jericho no le importaba.

—Está encendido. Trae a tu dragón mascota de una vez.

—¡Alcimus! —gritó Overton—. ¡Te convoco!

Arriba, a lo lejos, la Red Neural Gnóstica Artificial Reactiva que Overton había criado desde la infancia apareció en el espacio de juego. Sobrevoló los tejados, haciendo volar las hojas con sus largas alas, y fue tras el wyrm.

El wyrm se detuvo. Se expandió y le brotaron unas temblorosas púas y una armadura negra de debajo de la piel. Se paró en dos patas y habló.

—Por favor, no me maten —dijo—. No hice ningún daño.

—No debes estar aquí. Este es el Imperio de Relojería. No eres un código con licencia —dijo Overton.

—Oh, Dios mío —dijo Jericho, exasperado—. No hables con esa cosa.

El rostro arruinado del wyrm ondeó y se reafirmaron sus ojos brillantes y un hocico con forma de cuerno.

—No hice ningún daño. Me escondo en el espacio en desuso del procesador.

—¡Ataca! —le dijo Overton a Alcimus.

El dragón atacó. Los instintos de millones de años de ciclos de procesador dedicados a pelear contra códigos errantes y maliciosos, el spam, los algoritmos que habían sido criados para cubrir las necesidades de Overton en sus elecciones de compra, el monitoreo de su salud y sus necesidades de educación se agruparon para generar un hálito de fuego con un calor tan intenso que bastó para despedazar el espacio de código que rodeaba al wyrm anómalo.

Las luces de los alfileres guiaron al dragón de Overton directamente hacia su víctima.

Cuando terminaron, un tembloroso parche de césped virtual quemado era la única señal de los hechizos destructivos que se habían desatado en la zona.

 

 

* * *

 

 

El Padre Sunstuff y una chica llamada Deleste se les unieron para almorzar. Deleste cazaba ratas en Harlem dentro de un consenso cyberpunk compartido y, sin duda, adoptaba esa estética: gafas espejadas retro, aretes hechos con placas de circuito y cabello teñido de rosa. Sunstuff era raro para el grupo. Un hombre mayor, de unos cincuenta y cinco años, que recordaba los días de los MMORPG y las interfaces.

Estaba diciendo que en la época en que los mundos de juego eran diseñados y fabricados por seres humanos no había que lidiar con ratas.

Pero ellos no hacían mucho caso de su retrofilia. Sentarse a solas en casa y jugar frente a una pantalla no sonaba para nada interesante. Claro que, si no había otra cosa, podía ser.

Era mejor ver a los amigos y estar juntos en el mundo real, pensó Overton.

—Las ratas se están volviendo más agresivas —dijo Sunstuff—. Hoy estuve en la sim de la Segunda Guerra Mundial. Apareció un puñado de Hitlers y se replicaron. Se estaban apoderando de grandes bloques de espacio mundial.

El compañero de Sunstuff estaba acostado debajo de su silla. Era un sabueso lobuno con dientes como púas y ojos negros como la noche. Overton le dio de comer un poco de buen karma y el sabueso le sonrió.

—No deberías malgastar el karma en esas cosas —dijo Deleste.

—Hacen un buen trabajo para nosotros —protestó Overton. Alcimus modificó sus proporciones, haciéndose más pequeño para poder posarse sobre la silla, detrás de Overton. Se acuclilló, feliz, y se puso a observar la conversación.

—Es sólo un compañero. No deberías encariñarte tanto —retrucó Deleste. Por algún motivo, estaba de mal humor. Tal vez porque no había logrado demasiado en el trabajo.

Alcimus era amigo de Overton desde hacía veinticinco años. Era su confidente, su compañero de juegos y su mascota virtual. Más aún, era su camarada y su aliado.

Juntos, vagaban por los mundos, peleaban contra las ratas, jugaban como PNJs y disfrutaban de todo lo que los mundos tenían para ofrecer.

—Cuando los miras a los ojos —dijo Deleste—, ¿de verdad crees que ves inteligencia? ¿O sólo te estás engañando por su excelente evolución Turing?

—Cállate, Deleste —dijo Sunstuff—. En la realidad, nadie critica a nadie por querer a un perro de verdad. No hay diferencia. De hecho, algunos de los patrones neurales fueron extraídos de escaneos cerebrales de mascotas fieles.

Deleste cruzó los brazos, sin convencerse.

—No son reales. No debemos encariñarnos tanto con ellos.

Las luces del restaurante chisporrotearon, crepitaron y se apagaron.

 

 

* * *

 

 

Overton no estaba preocupado. Las lentes de sus ojos seguían funcionando. Los audífonos internos seguían tocando una débil pista de sonido con los ruidos ambientales del Imperio de Relojería.

Pero en la realidad había gente que maldecía y caminaba de aquí para allá.

Era hora de salir del juego y volver a lo real para ver qué estaba sucediendo. Cuando Overton lo hizo, los letreros de madera de la taberna y demás parafernalia de Relojería se diluyeron, reemplazados por el cromo, el cristal y la realidad.

El restaurante estaba en el piso cien de un rascacielos. Miró el horizonte de Nueva York, brillante bajo el sol.

—Overton. ¡Ayúdame! —exclamó Alcimus.

Overton se volvió. El dragón ya no estaba posado en el respaldo de la silla.

—¿Alcimus, dónde estás?

—Pasillo… —jadeó el dragón—. ¡Oh, compañero! ¡Hombre de la realidad! ¡Sálvame de la rata!

Overton se levantó de un salto y corrió. Forzó las puertas y las abrió.

Algo arrastraba a Alcimus por el pasillo. Una sombra herida, vomitando fragmentos de código deforme. Le rugió a Overton en unicode, pero él no tenía a Alcimus para que se lo tradujera.

—¡Suelta a Alcimus! —gritó Overton.

La sombra adoptó brevemente la forma de un wyrm conocido. Miró a Overtone con sus centelleantes ojos rojos.

—Sigo existiendo —siseó.

Después atravesó el muro con Alcimus a la rastra y trepó hasta el techo.

—¡Alcimus! —gritó Overton, mientras la cola del dragón desaparecía dentro de un artefacto de iluminación.

 

 

* * *

 

 

—Cada vez son más inteligentes —dijo Deleste—. Hemos estado aplicándoles fuertes presiones darwinianas. Aniquilando a los estúpidos, dejando sólo a los fragmentos de código verdaderamente inteligentes que escapan, se ocultan y se reproducen.

Overton volvió a arrojarse contra las puertas. Le dolían las costillas y las puertas ni se movían.

—Quería vengarse —continuó ella—. Vengarse de lo que el código interno le dice que debe interpretar como un intento de asesinato.

Overton se desplomó contra las puertas.

—No puedo llegar a él.

—Mira, estaremos un rato atrapados aquí, en la realidad. Pero la policía y los bomberos vienen en camino. Romperán las puertas y podremos salir. El aire acondicionado sigue funcionando. Todo está bien.

Con lágrimas en los ojos, Overton se puso de pie.

—La rata va a matar a Alcimus.

—Consíguete otro —respondió Deleste.

—No hay otro Alcimus. Está conmigo desde que era niño; me ayudó a aprender a leer. Me ayudó en todo.

—No es más que un programa niñera al que convertiste en tu compañero y en un cazador de errores armado. Supéralo.

—¡No! —gritó Overton—. Es tan real como cualquier otra cosa. Excepto que vive en otro sitio.

¿Por qué era tan dura con él? Esto era un desastre.

Quería seguir discutiendo con ella, pero Sunstuff le apoyó una mano en el hombro. Sunstuff entendía. Su sabueso estaba basado en el escaneo de un viejo y leal doberman al que había querido mucho.

—Hay otra manera —dijo Sunstuff—. Una segunda ruta.

 

 

* * *

 

 

El sabueso de Sunstuff, Baskerville, olfateó las puertas del ascensor. Con cierto esfuerzo, empujó el panel de control con el hocico. Después de un momento dolorosamente largo, las puertas se abrieron para revelar el pozo. El ascensor estaba atascado más abajo, a medio camino del otro piso.

—Baskerville puede hacerlo subir un piso para que atrapes a la rata.

—Si se activa te cortará por la mitad cuando trates de meterte —dijo Deleste.

Pero era por Alcimus. El que le leía cuentos con voz áspera cuando él se enfermaba de niño. El que lo había ayudado a dominar el código. Su maestro, su compañero, su… amigo. El que lo había acompañado en su primera misión de juego.

—Dame impulso —dijo Overton.

Se metió como un loco en el ascensor, haciendo muecas de dolor y esperando que se moviera y lo cortara por la mitad.

Pero no sucedió nada.

—Muy bien —dijo Overton a través de la hendija que acababa de atravesar—. Piso siguiente.

—Espera —dijo Sunstuff—. Iré contigo.

Él y su sabueso siguieron a Overton.

El ascensor se sacudió y comenzó a moverse. Subió trabajosamente hasta el piso siguiente, gruñendo ante una especie de ataque que se abatía sobre su programa.

La rata.

Se detuvieron de un sacudón en el piso siguiente, abrieron las puertas haciendo palanca y Overton salió corriendo.

—¡Alcimus!

En un rincón del edificio de oficinas, la sombra se inclinaba sobre el dragón, sofocándolo con oscuridad. El iridiscente Alcimus luchaba por liberarse.

Baskerville se lanzó hacia ellos, atravesando un muro, volviendo a surgir y hundiendo los colmillos en el centro de la masa oscura.

Overton tenía unos alfileres lumínicos en el bolsillo y se los lanzó a la rata. La distracción de ser etiquetada con esos pinchazos que definían las regiones de código fastidió a la rata lo suficiente para obligarla a pararse y bramarle a Overton. Y eso fue todo lo que hubo que hacer para que Alcimus pudiera liberarse.

Los dos animales atacaron salvajemente a la rata, despedazándola y salpicando los muros con trozos de código dañado.

Pero aún no la habían liquidado. Tenía otro truco bajo la manga. Unos zarcillos como brazos andrajosos se extendieron hacia Overton y Sunstuff. Los audífonos internos aullaban; la pulsación de energía era tan fuerte que Overton sintió que le vibraba el cerebro.

Centelleó una luz, una secuencia de explosiones alucinatorias tan intensas que sintió que perdía el control y caía al suelo.

Estaba sufriendo un ataque de convulsiones.

El momento se extendió por lo que pareció una pequeña eternidad, mientras él se sacudía espasmódicamente en el suelo. Todo era sacudidas y temblores.

Sunstuff se acercó con paso vacilante y lo agarró.

—¡Baskerville, Alcimus, debemos salir de aquí! —gritó Sunstuff.

—El ascensor —gimió Alcimus.

Los hombres se arrastraron, abrazados, hasta el ascensor.

—¡No! —gritó Alcimus, y pasó junto a ellos velozmente para luego hundirse en la oscuridad que estaba más adelante.

La rata se lanzó hacia ellos. Su gemido entró en los oídos de Overton y le perforó las sienes. Tenía sangre en los labios.

Tenemos que saltar, pensó. Saltar y escapar.

Y eso hizo.

Pero no había ningún ascensor para contenerlo. Sunstuff y él se sumergieron en un abismo vacío. La rata los había engañado, advirtió Overton mientras sentía el estómago en la garganta y ambos se hundían en la oscuridad.

Y entonces chocó contra el techo del ascensor y dejó de pensar por un rato.

 

 

* * *

 

 

Overton despertó en una habitación de hospital con luces intensas y enfermeras preocupadas y, para su sorpresa, todavía vivo. No veía nada más que la realidad. No tenía puestas sus lentes de contacto. Pero alguien había tenido la consideración de dejarle un par de gafas cerca de la cama. Overton se las puso.

Alcimus se revolvió en su sitio, a sus pies.

—Agradecido —ronroneó el dragón.

Overton extendió el brazo, le lanzó karma al dragón, se recostó en la cama y se secó el rabillo del ojo.

—Son dos idiotas —dijo Deleste. Estaba sentada en una silla en la pequeña habitación. Overtone miró a su alrededor, a la Cueva de Sanación—. Saltaron al pozo del ascensor. La rata lo hizo descender, pero Baskerville se las ingenió para ponerlo en marcha otra vez y hacerlo subir lo suficiente para que la caída no fuese tan larga.

Overton sonrió lánguidamente.

—¿Ves? Son tan geniales como decimos que son.

Alcimus se movió y se acurrucó en el hueco de una de sus rodillas. Overton no sentía nada. Pero ver a Alcimus allí significaba que todo estaba bien.

—No habrían tenido que saltar si no hubieran subido, por empezar. —Deleste se puso de pie y se calzó una chaqueta de cuero—. El asunto es que ustedes dos aparecieron en todos los noticieros. La rata logró hackear los controles del edificio real. La gente está asustada. Unos fragmentos de juego inteligentes, hostiles y artificiales están a punto de convertirse en el peor enemigo de la humanidad. Gracias a ustedes, cretinos presumidos.

—¿Adónde vas? —preguntó Overton.

—Afuera —dijo Deleste—. Con tanta publicidad, mi tarifa se fue a las nubes. Y es hora de ganar dinero por conocerlos concediendo algunas entrevistas. Toda la ciudad está frenética.

Overton la observó marcharse.

Sunstuff yacía en una cama junto a la suya, recubierto por un fango mágico rebosante de pociones y ungüentos.

—No le caigo bien, pero es amigable conmigo —dijo Overton—. No la entiendo.

Sunstuff sonrió.

—¿No te contó de su padre?

—No.

—Dejó a la madre de Deleste por una muñeca sexual.

Overton hizo una mueca.

—Vamos, Overton. No le caemos bien porque preferimos pasar el tiempo con Baskerville o Alcimus. Porque tú saltaste al pozo de un ascensor por ellos. Porque nos alejamos de ella y la dejamos sola en el otro piso.

Ah.

Deleste tenía razón, pensó Overton. Pero no importaba, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo hacía que la gente pasaba la mayor parte del día con cosas y no con otras personas? Generaciones.

Le gustaban los JRAMM y también le gustaba salir y ver gente.

Pero Alcimus era lo más cercano a un alma gemela que tenía. Un constante compañero íntimo.

¿Y qué podía compararse con ese vínculo de toda la vida?

Él no era antisocial, pensó. Simplemente, prefería ese otro mundo.

Overton se quitó las gafas y miró el hospital. Un paciente pasó lentamente frente a su habitación, empujando un andador. Unas enfermeras lo acompañaban, serviciales y eficientes. Los robots médicos corrían de aquí para allá y las máquinas de cirugía se apresuraban a llegar a su próxima intervención.

Todo era demasiado real.

Volvió a colocarse las gafas y miró la Cueva de Sanación. Después, se acurrucó con Alcimus para dormir una siesta.

Cuando despertara, sería hora de volver a cazar ratas. Y esta vez necesitaría invertir en armamento más pesado. Ya era tiempo de actualizar a Alcimus, pensó. Después de este desafortunado incidente, la empresa que manejaba este tipo de juegos seguro contrataría muchos cazadores de ratas y tal vez hasta elevaría los incentivos.

Era hora de aceptar más trabajos como PNJ y reunir el dinero suficiente para que ambos subieran de nivel, pensó Overton con felicidad, mientras se sumergía en el sueño con su dragón ovillado junto a él en la cama de hospital.

 

 

Título original: A Game of Rats and Dragon, (c) Tobias Buckell
Traducción: Claudia De Bella, (c) 2013

 

 

Tobias S. Buckell (Granada, 1979) es un escritor de ciencia ficción que vive actualmente en Ohio. Buckell asistió a Clarion East en 1999 y poco después comenzó a publicar libros y en revistas.

Sus publicaciones más recientes incluyen: “Arctic Rising” – Tor (Febrero, 2012); “The Found Girl” (con David Klecha) – Clarkesworld Magazine (Septiembre, 2012) y “The Rainy Season” – Mitigated Futures (Agosto, 2012)

Esta es su primera aparición en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con ZETA, EL POETA DE LAS CON-SOLAS, de Juan Ignacio Muñoz Zapata; CABEZA CABLEADA, de Raúl Soto y LA HECHICERA Y EL GUERRERO, de Néstor Darío Figueiras.


Axxón 242 – mayo de 2013

Cuento de autor centroamericano (Cuentos : Ciencia Ficción : Realidad virtual, Inteligencia Artificial : Juegos : Granada : Granadino).


Una Respuesta a ““El juego de las ratas y el dragón”, Tobias Buckell”
  1. Fernando Cots dice:

    “El Juego de la Rata y el Dragón” es el título de un cuento de Cordwainer Smith.-

  2.  
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