¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

 

A Jack Vance (1916-2013)

 

 

1

 

 

Esta noche las plantas del sforu se agitan como anémonas acuáticas alrededor del palacio del gran Mirobi, una construcción cónica coronada por una cúpula de cristales oscuros. Desde la cumbre de la colina, sobre toda la pequeña ciudad de Crooba, cae un foco de luz blanda entre unas nubes bajas y espesas de color añil: no, no es un espíritu celeste ni una divinidad secreta la que perturba la calma de los alrededores, sino una simple nave pardusca que desciende con lentitud bajo un murmullo monótono. Crooba dormita a estas horas como una criatura remolona, por lo que algunas cabras corretean asustadas por los cercados, algún insomne curioso se asoma por la ventana para descubrir el fulgor que le ha sobrecogido desde su dormitorio, y los gatos callejeros arquean sus lomos ante la presencia del intruso espacial. Por el jardín amurallado, un perro viejo y medio ciego se acerca ladrando ruidosamente mientras una figura alta y encorvada lo sigue sosteniendo un farol.

—¡Calla ya, chucho! —dice el anciano, un individuo que en las sombras se asemeja a un pajarraco envuelto en un manto gris, con unas botas demasiado grandes para sus pies retorcidos. Tras un siseo veloz, la compuerta mecánica de la nave se abre de golpe, y de ella sale un hombrecillo regordete, canoso y medio calvo, de patillas alargadas y nariz chata, casi porcina. Lleva en sus manos una especie de cajita ornamental, como un cofre en miniatura.

—Señor —dice el anciano con tono pomposo—. ¿Ha sido de provecho su viaje?

—Déjate de florituras, Elfax —responde el hombrecillo pasando de largo—. ¿Alguna noticia en mi ausencia?

—Ninguna, señor —se apresura a decir Elfax mientras alarga el bastón de su farol para que su simpático amo no tropiece con alguno de los pedruscos del sendero.

—Mejor, eso está mejor —el hombrecillo se felicita a sí mismo con un gesto arisco, apretando la cajita entre sus dedos gruesos—. La mejor noticia es siempre que no haya noticia. Tengo hambre, ¿está preparada ya mi sopa?

—La están haciendo, señor.

—Eso espero, y que tarde poco. Llevo varias horas sin llevarme nada al buche. Creo que esta es la última vez que voy a ese congreso de mierda. ¡La última! Que me parta un rayo si lo hago de nuevo.

—Señor —asiente Elfax, sin duda muy acostumbrado a asentir ante cualquier opinión o perspectiva de su jefe. Sin embargo, ya casi en la puerta del palacio, la luz ambarina del farol describe los detalles de oro y bronce del cofre misterioso.

—Veo, si me permite comentarlo, que se ha traído algo de su estancia.

—Mmm —murmura el jefe mientras su viejo pastor alemán le olfatea los pantalones—. Elfax, ¿le has dado de comer a Protoc?

—Su chuleta de siempre, señor.

—Bien, eso está bien —pero la ternura del amo dura lo mismo que una pasión juvenil, y pronto aleja al perro con la punta de su zapato—. ¡Venga, venga, fuera ya de aquí, ya me has visto!

Media hora más tarde, Mirobi permanece sentado a la mesa de su comedor, contemplando la caja de reojo. Con la servilleta en la solapa, como si fuera un bebé envejecido y gruñón, a veces murmura algo mientras mantiene la cuchara en su mano. Ha sido un congreso como cualquier otro, entre ampulosos casíopes ricos que lo ignoran sin disimularlo, y bajo esa previsible derrota frente al mayor juego de su casta, el Spaciograma, con cuyos números y signos aleatorios nunca ha sido muy afortunado en las apuestas. De forma invariable, los vencedores son al final los gerifaltes de mayor rango, los más influyentes y poderosos, los grandes señores de ciertos mundos industriales. Cuando era más joven se lamentaba con amargura por aquella injusticia tan obvia:

—¡Se están repartiendo la galaxia los mismos de siempre! —le decía a su madre, una réplica casi exacta de él salvo por las prominencias de sus pechos con forma de berenjena y cierta verruga gris en la mejilla, como la de una bruja de cuento de hadas antiguo. La señora Mirobi siempre era muy comprensiva con su vástago.

—Anda, nene —le consolaba, colocando una tierna mano en su chepa—, no te preocupes, ya tendrás tu oportunidad, cariño.

Pero su oportunidad no terminaba de llegar nunca y así pasaron los años, de congreso en congreso, viendo que otros congéneres jugaban al Spaciograma con mejores resultados que los suyos. Las reglas siguen siendo hoy tan sencillas como inalterables: en torno al tablero redondo de la Sala del Destino, en cuya pantalla electrónica se distribuyen los sistemas solares y nebulosas de la Galaxia de Ecbat, los casíopes juegan a un juego basado en ciertas alteraciones combinatorias. La jugosa recompensa del ganador es la de apropiarse de algunos sectores espaciales a los que aún no han accedido con las naves más veloces, pero a los que sin duda llegarán en veinte, treinta o cien años, según las predicciones marcadas por los sísmocros de la tecnología ordinaria. Solo así se consiguen los derechos absolutos de propiedad de algún sistema perdido o de algún fragmento recóndito aún no explorado por humanos ni máquinas; sólo así es posible cristalizar el nombre del futuro dueño en un registro casíope para que sean sus hijos, sus nietos o sus sucesores quienes se apropien de esos planetas y planetoides, de esas marismas galácticas o de esos polvos estelares a los que nadie ha bautizado hasta ahora.

Lógicamente, partiendo de una situación de desventaja por motivo de su estatus, Mirobi nunca ha llegado a conseguir lo que tanto ambicionaba: algún sistema solar completo con sus propios mundos, asteroides y estrellas. El Sistema Mirobi, así podría llamarlo, y así de hecho lo llama aún en sus sueños, los mismos que han venido a repetirse con las décadas, hasta que el muchacho feo y regordete, pero sumamente ambicioso, de Dorai se fue convirtiendo en el viejo cascarrabias que hoy todos conocen.

—Mmm —murmura, dejando la cuchara sobre el plato ya vacío. Mira las paredes grises de ese salón, repletas de cuadros de antepasados que le observan con ese rictus a medio camino entre la serenidad y la burla. De hecho, el viejo óleo de su tío Hirba es el que le provoca los peores malestares: un gordo barbudo de ojillos diminutos que le sonríe en la penumbra como si le complaciera verle de nuevo arrastrando su fracaso a cuestas. ¿Cuántas veces ha visto al tío Hirba sonreírle tras sus regresos sin victoria en esas asambleas amañadas? No lo sabe, no le importa, no quiere saberlo. Solo una vez estuvo a punto de conseguirlo: un casíope de estirpe media y él eran los únicos que quedaban en el tablero. Se jugaban el modesto Sector Ugama, media porción del sistema solar de Undraurus, en total unos tres planetas habitables (pero ninguno habitado), el más cercano a unos veinte años luz. Una mala jugada en el último movimiento de sus fichas simbólicas redujo su gloria a cenizas.

Pero en este último congreso Mirobi no ansiaba vencer en el Spaciograma: la resignación es el residuo que queda siempre de una voluntad insatisfecha, y la de nuestro casíope sobrevivía desde hacía tanto tiempo que ya casi no pensaba en ninguna forma de victoria. Incluso cuando creía sentirse amargado por volver de nuevo a su diminuto mundo de alta gravedad, en el fondo no estaba afligido ni descompuesto por sus frustraciones; después de todo, nunca había conocido otra suerte que la del fracaso, y la de percibir cómo casíopes de mayor estirpe se iban adueñando de la galaxia por los caprichosos designios de un juego de azar y estrategia.

 

 

2

 

 

Poco antes de irse a su dormitorio, aún sentado a la mesa del comedor, su mayordomo se acerca para recoger los platos en una bandeja metálica. Por un segundo observa la papada ridícula de Elfax, las bolsas de carne mustia que caen por debajo de sus ojos vidriosos y obedientes.

—Elfax —dice al fin, con las manitas sobre los brazos de su sillón.

—¿Señor? —responde Elfax, ya con la bandeja repleta de cosas entre sus manos.

—¿En qué nos hemos convertido, muchacho?

—¿Señor? —pregunta Elfax levantando suavemente una ceja, ese signo familiar de asombro camuflado de algún modo por el caparazón de su propia flema.

—¡Déjate de chorradas! —ruge Mirobi, impaciente.

—Ehm…

—Me refiero a lo que somos ahora. Por todos los dioses, ¡mírate en un espejo! Y a Lucenwa, ¿la recuerdas? ¡La contraté porque estaba buena, y ahora parece un mozo de carga, gorda como un ballenato! Hasta Protoc es ya una birria ciega que solo menea la cola.

—Los años pasan, señor —descubre Elfax, mientras el agua que queda en el vaso sobre la bandeja vibra bajo el pulso inestable del mayordomo.

Mirobi distiende un poco los músculos de su rostro comprimido.

—Somos dos vejestorios en una ciudad apestosa llena de cabras y pastores. Eso es lo que somos, ni más ni menos.

—Señor… —susurra Elfax, y en seguida traga saliva al detectar un fuego de ira repentina en los ojos de su amo.

—Elfax, puedes irte a la mierda.

—Sí, señor —dice Elfax, y se marcha rumbo a la cocina.

Irritado, Mirobi se recluye poco después en su sala de estudio, una amplia habitación con muebles grandes y anticuados, una chimenea de fuego sintético y una librería que contiene en sus anaqueles largas series de libros líquidos, pequeñas cápsulas llenas de códigos que concentran toda clase de información posible, desde somníferos tratados de política hasta estudios obsoletos sobre leyes civiles. Como en la nave, Mirobi intenta abrir el cofre que le vendieron en la periferia del gran Pabellón Casíope, donde se agolpan los tenderetes de los comerciantes locales. Un anciano diminuto lo agarró del brazo para ofrecerle la caja.

—No busque más —le dijo.

—No tengo tiempo —gruñó Mirobi, y quiso deshacerse de la mano del pequeño anciano, una figura calva y arrugada como una pasa, envuelta en una túnica de monje o de mendigo. Un parche de tela sucia ocultaba su ojo izquierdo.

—Precisamente eso es lo que le vendo: tiempo. Tenga, tómela. Solo cuesta veinte orhams. Una ganga.

—¿Me toma el pelo? —y Mirobi se fijó en el cofre tallado, en las vetas rojas y verdes de la tapa cóncava, en sus aristas de oro puro.

—Veinte orhams y es suya.

—¿Qué tiene dentro?

El anciano vaciló por un segundo.

—¿Ve esto? —señaló, ignorando su comentario—. Es una cerradura orgánica, un plotex. Si pulsa así se abre, ¿lo ve?

El cofre se entreabrió un segundo con un destello ilusorio y en seguida volvió a cerrarse solo.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Mirobi con el ceño fruncido, pero admirado por aquel truco.

—Es un glipsa, un fenómeno cósmico a pequeña escala; lo llaman “capullo de luz” o “gusano de fuego”, pero tiene su propio núcleo.

—¿Su propio núcleo?

—Es una reducción de sol en miniatura, ya no se hacen cosas así, demasiado caras. Los erbulogas eran maestros en eso hace miles de años. Además no ciega nunca, imposible. Aquí donde lo ve, este cofre fue tallado en el planeta Xie, mucho antes de que hubiera ningún congreso. Es único, se lo aseguro.

Mirobi arrugó su nariz, abriendo las fosas nasales.

—¿Se cree que está hablando con un mojigato de ésos que vienen por aquí, eh?

El anciano levantó la palma de su mano libre.

—Los dioses me libren, excelencia.

—¿Me vende una cajita con alguna pila arcaica por veinte orhams y pretende que me crea que estoy ante una maravilla antigua?

El pequeño vendedor lo miró por un momento con su único ojo, y Mirobi no tuvo fuerzas como para reaccionar de alguna forma.

—Es suya —susurró el anciano, agarrándole de la muñeca—, por eso se la vendo tan barata. Un precio simbólico. Esta caja fue hecha para usted. No me diga que no le gustaría tener lo que casi nadie tiene en ningún mundo.

¿Por qué la había comprado? En muchas otras circunstancias se habría deshecho del anciano con un tirón brusco y habría entrado en la Sala del Destino para jugarse como siempre sus créditos y algo más de su pobre prestigio. Pero algo en los ojos de aquel espectro parlanchín le había convencido de llevarse ese cofre de luz, sin ningún uso práctico aparente; algo que quizá tuviera relación con los innumerables fracasos de tantas visitas a Quilímaca, viendo cómo verdaderos patanes se hacían con el control futuro de la galaxia y él sólo se conformaba con ser mencionado en un libro de registro de casíopes activos o, lo que es igual, de miembros de la misma casta que aún no han pasado a mejor vida. O acaso sólo deseaba salir de aquel mundo y de aquella sala con algo entre sus manos, ¿quién sabe?


Ilustración: Guilermo Vidal

Mirobi se ajusta ahora sus lentes esféricas y observa de cerca el plotex de la cerradura: en apariencia no es más que una de esas viejas babosas semi-fosilizadas que absorben el sudor de su dueño al tocarlas y permiten abrir los resortes con su mero contacto. Ya tiene varios plotex en objetos de cierto valor que ha necesitado personalizar a su gusto para que nadie, ni siquiera ese inútil de Elfax, tenga la tentación de husmear dentro. Indeciso, aprieta la substancia oscura hasta que algo se libera en el mecanismo secreto, como un click sordo. Poco a poco, el cofre se abre con la lentitud de una cajita de música, pero esta vez no vislumbra ningún resplandor asombroso sino una luz pálida y flotante que ondula en el interior como una luciérnaga.

—¿Y qué mierda esperabas, Mirobi? —se reprende a sí mismo: ha comprado un juguete inútil. Alarga un dedo pero el nimbo de luz se reduce de tamaño, como si pretendiera eludir su presencia. Entonces, justo cuando iba a cerrar la caja y olvidarla en algún armario de su palacio, se fija en el cuadro de fichas mecánicas que figura en el reverso de la tapa abierta, números y signos dentro de pequeños tableros esféricos.

—Vaya — murmura. Pronto se da cuenta de que debajo de cada signo hay unos engranajes diminutos que se mueven como los mecanismos regulares de un reloj olvidado. Mirobi sospecha que debe tratarse de algún artificio inútil para mantener cerrada la caja incluso si algún astuto ladrón decidiera cortar el dedo de su legítimo dueño y aplastarlo contra el plotex de la cerradura. Pero el pacífico resplandor que flota dentro lo desconcierta un poco: ¿un residuo luminoso de un sistema oculto de defensa, como el flash de una cámara, para sorprender a un intruso y dejarle ciego durante horas? Ha oído hablar de cosas así; sin duda, no es descartable. Desde luego no es un sol reducido, como le vendió ese parlanchín tuerto.

—¡Bah! —se dice, y ya se dispone a cerrar la tapa cuando la aureola parece crecer ante sus ojos, los resortes de émbolos y engranajes se aceleran y Mirobi permanece atónito, casi hipnotizado.

—¿Qué…?

Una luz blanca inunda la habitación con un murmullo apagado. Al recuperar algo su visión se da cuenta de que está sentado sobre la alfombra de la estancia, y que la cajita ha caído debajo de una mesa.

 

 

3

 

 

Asustado, pestañea confuso y se fija en las molduras del techo, en las estanterías y los muebles de alrededor. Al fin se levanta y recoge el cofre con la sana intención de tirarlo a la basura. Casi tiene ganas de embarcarse de nuevo en su nave y volver al mundo de convenciones para darle las gracias a esa vieja pasa por venderle un cacharro absurdo. Una ganga… ¡Nadie se burla de Mirobi!, se dice furioso y abre la puerta. Por el corredor apenas repara en que ya es de día, y que haces de luz polvorienta caen por los ventanucos dejando traslucir una nebulosa de partículas de polvo flotante; Mirobi atraviesa el polvo y la luz como una exhalación, abre otra puerta y se encuentra en el patio de entrada, pero pronto lo detienen unas voces extrañas y familiares al mismo tiempo.

—Pero ¿qué mierda pasa aquí? —dice, absorto, al entornar sus ojos por la luz diurna. Hace un minuto era noche cerrada en Crooba y ahora parece ser mediodía. Es posible que el destello le haya dejado inconsciente durante varias horas y no se haya dado cuenta hasta ese momento.

Se refugia detrás de unos setos jóvenes, que parecen haber crecido en una sola noche, y al fin distingue a un hombrecillo con poco pelo, sentado en una butaca mientras toma el sol y lee algo en un disco holográfico. Mirobi estudia los gestos displicentes del enano; es joven y feo, y parece afectado por una especie de tic nervioso en el labio superior.

—Dioss… —susurra Mirobi y casi está a punto de salir de entre los arbustos, pero en ese instante algo le congela los músculos.

—¡Elfax! —grita el hombrecillo, que ahora arroja al suelo el disco lector. Al cabo de un minuto aparece un hombre alto y encorvado, con el pelo negro cubierto de tinte y grasa vegetal y un bigotillo recto en su rostro bovino.

—¿Señor?

Viendoa esos dos fantasmas de una realidad imposible, Mirobi aprieta la cajita entre sus manos como si fuera a partirla. Le falta el aire para respirar como suele hacerlo, desdeñando lo que inhala y expulsándolo con prisa por los orificios peludos de su nariz chata. Pero lo peor no es verse a sí mismo y a su mayordomo como si fuesen dos verdaderos extraños, sino recordarlo todo como si hubiera transcurrido apenas el día antes.

—¿Está preparada ya mi nave? —dice el Mirobi joven.

—Sí, señor —confirma este nuevo Elfax—, y sus créditos también.

—Bien, salgo en cosa de cinco minutos.

Mirobi siente un vértigo repentino al distinguir los rasgos del hombre que fue en ese individuo que parece haberle suplantado en su propio palacio. Al poco rato se acerca un perro robusto de ojos claros con la lengua sacada.

—Buen perro —dice el nuevo Mirobi mientras golpetea con su mano en la cabeza de su mascota.

Entonces algo sacude a Mirobi desde dentro, como una revelación más grande que la circunstancia inexplicable de haber viajado al pasado de su propia vida: de repente se encuentra en el mismo día en que viaja al congreso casíope de hace unos catorce, quince años, no puede precisarlo con exactitud, pero lo recuerda. ¿Qué significa eso? Inquieto, se aleja del jardín como puede hasta refugiarse detrás de un muro que ya no debería existir y bajo un árbol cuyas raíces aún permanecen sujetas a la tierra. Reflexivo, mira el cofre y no entiende bien lo que sucede. De alguna forma milagrosa, el nimbo de luz de esa cajita le ha trasladado a otro punto del tiempo. ¿Pero por qué razón a ese día y no a otro? El Mirobi de su juventud se dispone ahora a volar en la nave para reproducir su fracaso… de repente algo se le atraganta, nota que un calor de fuego lo invade en oleadas continuas y que sus viejos músculos y articulaciones se entumecen.

—No puede ser… —masculla, y ya no necesita imaginarse un futuro que se ha convertido en pasado: la nave volverá como siempre, como lo ha hecho la noche anterior, y Protoc le esperará en el jardín como de costumbre. Ninguna variación, ningún cambio. Nervioso, Mirobi se escurre con sigilo por un sendero de gravilla hasta acercarse al reactor aéreo que tuvo antes de comprar el que tiene ahora, un modelo anterior y más lento. La puerta está abierta, así que solo necesita subir la rampa y esconderse entre las sombras de la bodega de carga.

 

 

4

 

 

Durante un buen rato, notando las vibraciones por el espacio, Mirobi se siente como un polizón en su propia nave. Ese anciano le dio la clave del futuro, piensa, eufórico. Al principio le había resultado inconcebible golpear su cráneo cuando estuviera más concentrado pilotando la máquina, pero después de haber digerido todas sus reticencias, supuso que la mejor manera de reconstruir sus fracasos era la de hacer desaparecer al imbécil responsable de todos ellos, es decir, él mismo. Ya no puede reconocerse en ese joven con un tic nervioso tan molesto al verlo desde fuera; impetuoso y vehemente, tan soberbio que no podría ganar nunca ni aunque tuviera la combinación ganadora delante suyo. Mirobi lo mira silencioso: el cuerpo tirado en el suelo, inmóvil, con media cabeza abierta por el golpe y la sangre que corre sin descanso por los paneles artificiales. ¿Cómo ha podido conseguirlo?

—Demasiado fácil —se dice ahora. Es curiosa la emoción de matarse a uno mismo, o al hombre que una vez fue, pero no había otra alternativa posible. De esa forma, durante el resto de su viaje se entretiene en recoger todos los datos y archivos que su propio cadáver ha almacenado en un ordenador con el propósito de hacerse una idea del congreso al que se dirige. Al fin lo descubre: es la reunión sagrada en la que los casíopes mayores apostaron el gran sector de Aadra. Sentado en el sillón de pilotaje recuerda la partida, los miembros más insignes que participaron en el juego, incluido el barón de Ostrkv, que fue a la postre el vencedor y futuro propietario de una de las regiones más poderosas de la galaxia. Está seguro de que nada de lo que sucede es casual, y que la cajita le ha desplazado hasta allí con el objeto de enmendar sus males.

Aunque ya no está para esos trotes, resuelve arrastrar el cadáver de sí mismo hacia una cámara lanzadera para deshacerse de todas las pruebas que le incriminen en el delito más absurdo de la historia. Protestando a solas, Mirobi tira del cuerpo mientras nota un dolor agudo en su espalda.

—¡Maldito imbécil! —masculla una vez tras otra—. ¡Maldito fracasado!

Cuando al fin termina, se agacha para reconocerse un poco.

—Deja que los mayores hagan el trabajo, nene —y lanza una carcajada abrupta.

Una hora más tarde, divisa el cadáver flotando por el espacio como un muñeco roto.

—Bueno, y ahora vamos a ocuparnos de lo que importa.

Por esa época, en Quilímaca reinan los príncipes consortes de la Tercera Dinastía Casíope, dos ancianos que entonces se pasaban todo el santo día comiendo pasteles con mucho azúcar y rememorando sus hazañas en cierta guerra ya medio olvidada por las crónicas oficiales. Pero lo que absorbe a Mirobi durante las vicisitudes de su nuevo viaje es la recreación de la partida. Nunca ha podido olvidarla porque estuvo basada desde el principio en un error de cálculo y en un farol obvio por parte del barón seboso. Ignorado por los grandes casíopes, que casi lo vieron como un relleno en su mesa de apuestas, nadie reparó en su presencia, ni antes ni después de aquella partida. Por aquellos años apenas resultaba visible; luego pasaría a convertirse en uno de esos maduros y venerables casíopes que se sientan a la gran mesa redonda bajo la inercia de la tradición, individuos tristes y confusos que ya saben de antemano y con completa certidumbre que no serán ellos los ganadores sino otros, y que así habrá de ser hasta que otros viejos como ellos los reemplacen con idénticas funciones.

Tras dormir dieciocho horas en la cámara suspensoria, Mirobi se levanta quejumbroso y se viste como si hoy fuese el día de su boda: sabe bien dónde encontrar el traje de ceremonias. Las señales de los paneles electrónicos indican una llegada pronta a Quilímaca, y desde la pantalla principal de la nave es posible distinguir su esfera verdosa.

—Seis y ocuma, amigo barón. Seis y ocuma —murmura todo el tiempo con una sonrisa grotesca que arruga su frente: sabe muy bien cuándo y dónde saldrá el número y los signos ganadores. Luego, Mirobi introduce su cofre en una bolsa que cuelga de su hombro.

—Ahora veremos quién gana, mamarrachos.

 

 

5

 

 

Nadie puede impedirlo: en cuestión de unas pocas horas Mirobi vence en el juego sagrado e institucional por el control de Aadra y sale de la Sala del Destino como el casíope más insigne del grupo. Ninguno de los presentes, incluido el barón de Ostrkv, ha oído hablar jamás de él, pero todos aceptan que se trata del padre o el tío de ese pobre inútil que acudió al congreso anterior y se pasó toda la partida mirando de reojo a unos y otros. Tal como lo ha soñado tantas y tantas veces, Mirobi firma el contrato de propiedad de Aadra y se le unge con un broche de casíope mayor con derecho exclusivo a explotar esas regiones en el futuro y una donación conjunta de veinte millones de orhams. El presidente del clan, un cónsul de ojos saltones y barbilla puntiaguda como el mascarón de proa de un barco, se le acerca para estrecharle la mano.

—Es un gran día para el clan, hermano —le dice, y aprieta sus dedos.

—Gracias, cónsul —responde Mirobi, apretando a la vez la suya. Por un segundo ambos mantienen las manos aferradas en un simpático desafío que consiste en ver quién grita de dolor antes. Con los dientes apretados, el presidente se aproxima a la peluda oreja de Mirobi.

—No sé quién es usted, pero le prometo que esto no quedará así. Aadra solo puede pertenecer a los grandes clanes. Faltan ochenta años para lograr la tecnología suficiente para que llegue allí, para hacerse con lo que hoy ha ganado aquí, por alguna razón que se me escapa.

—Amigo mío —masculla Mirobi, exultante—. No se preocupe por mí. Ochenta años no son nada.

Descorazonado, el cónsul y presidente de la mesa mayor casíope suelta al fin la mano de su huésped y lo deja irse por los corredores del castillo de los príncipes. Envuelto en una capa gris que oculta la saca en cuyo interior se esconde su cofre, Mirobi sale ante la mirada recelosa o cargada de ira de sus colegas, a los que saluda con una sonrisa y asintiendo suavemente. Tiene la impresión de haber hecho dos viajes sucesivos con menos de un día de diferencia cuando en el fondo le separan quince años de ese futuro en el que aún está en su estudio rememorando sus antiguos fracasos. Ahora es el jefe y gobernador de Aadra, de todos los planetas y constelaciones que contiene, y poco a poco irá construyendo su futuro como mejor le convenga. Abstraído, mientras camina por una plaza bordeada de setos azules y rojos, se palpa un poco el bulto de la caja: un pequeño artefacto temporal movido por alguna maquinaria secreta. Lo que le resulta evidente es que el artificio ya estaba conectado antes de que pudiera abrirlo, con las fechas exactas grabadas para que le desplazasen hacia el momento oportuno. Pero ¿quién ha podido hacer algo así?, piensa, si bien este pensamiento se disuelve pronto en la marea misma de su euforia.

Esa misma noche, unos poderosos delegados autóctonos con pelucas malvas le invitan a una lujosa cena a la que también asisten los príncipes, carcamales que apenas se enteran de nada de lo que ocurre a su alrededor y que sonríen o miran a los demás invitados con muecas de asombro. Solo los redactores oficiales casíopes pueden registrar el evento, sentados a prudente distancia de la mesa de comidas. Los príncipes, que en su época serán objeto de mofas póstumas, se acercan a saludarle pestañeando algo aturdidos, apenas sujetos en sus bastones.

—Felicidades, joven —dice el mayor de los dos ancianos—. Nos alegra que haya venido. Nadie hace mejores pasteles que los suyos.

—Gracias, excelencias.

Más tarde, a solas en su habitación de huésped victorioso, rodeado de doncellas morenas que le acarician la calva como si fuese una bola mágica, Mirobi reflexiona sobre las enormes posibilidades de su juguete cósmico y sobre la estupenda forma de disfrutarlo a solas, pero pronto empieza a pensar en sus nuevos enemigos, en esa chusma elitista que no acepta que haya ganado la partida y roto el orden establecido de sus trampas ancestrales.

—¡Fuera de aquí, zorras! —grita, y las doncellas se marchan, dejándolo solo en la habitación. Luego abre la bolsa y saca la caja. Intentarán algo, seguro, medita: los casíopes mayores no van a permitir que salga vivo de Quilímaca. Tampoco tiene por qué regresar a su palacio, no ahora, y aprieta el plotex del cofre hasta que la tapa se abre con lentitud. Alguien ha programado la caja a esa época, pero también es posible hacerlo para cualquier otra, pasada o futura. Mirobi se detiene a pensarlo un poco: podría volver a su juventud, revivir al Mirobi al que ha matado en la nave, incluso regresar para ver el rostro de su abuelo, por ejemplo. Pero el lirismo glorioso de esa perspectiva se consume pronto ante nuevas posibilidades, sin duda mucho más portentosas y útiles. Ese cofre no existe solo para reconstruir su pasado sino para mejorar su futuro, piensa. Con paciencia, hunde sus uñas en los resortes de la tapa, pero las piezas apenas se mueven.

De pronto, alguien llama a la puerta.

—Señor, el cónsul mayor desea verle —dice una voz femenina. Una trampa, murmura Mirobi, y se devana en seguir girando una ruedecilla de bronce mientras el nimbo luminoso flota como una llama ingrávida.

—¿Señor?

No hay duda alguna: tiene que salir de ahí como sea, cuanto antes. El único problema que encuentra a su paso es que no tiene ni la más remota idea de cómo funciona ese chisme. Unos nudillos golpean la puerta con insistencia.

—¿Está usted bien? —resuena una voz ronca, poco femenina. Ochenta años quilímacos podrían ser ciento treinta en su mundo y unos veinte en Galpa, pero al menos resulta factible guiarse por algún criterio. Tras un momento de silencio los golpes vuelven a la puerta, pero al fin los pasos se alejan por el corredor a toda prisa.

—Volverán —masculla Mirobi, que no ceja en su empeño de darle vueltas al disco diminuto para ver si hace algo. Media hora más tarde ha dejado de dar vueltas al mecanismo: los resortes permanecen inmóviles.

—Vamos, ¡haz algo! —ruge y agita con la mano el nimbo flotante a escasos centímetros del fondo, pero el cofre no emite respuesta alguna.

Desesperado, Mirobi da un manotazo a la tapa, que se cierra de golpe.

—Estoy atrapado —se dice, y una sonrisa mordaz se le dibuja dando forma a su propia angustia: es el rey de un reino que no conocerá nunca, el señor de una ilusión fabulosa y cruel. La ironía le resulta insoportable, y casi le dan ganas de golpear furiosamente la caja hasta destrozarla contra alguna de las paredes. En lugar de eso, mira el disco de archivo casíope en una mesa, un documento supremo que constata sus nuevos dominios, aún intangibles pero reales, a una distancia insuperable para esa época pero no para la futura, cuando los reactores permitan acceder a sus mundos y sus asteroides.

—Mmm —muge.

Se asoma por la ventana de su habitación de huésped: bajo la luz celeste de una de las tres lunas de ese planeta, unos hombres lo miran y lo señalan, mientras otros corren hasta desaparecer debajo de unos soportales de piedra. No tardarán mucho en entrar, se dice, en apresarle para hacerle algunas preguntas, para saber cómo pudo burlar todos los trucos del barón y vencer en una partida ya amañada de antemano. Entonces se sienta en la cama, con la cajita sobre sus rodillas, y mientras presiente el rumor de nuevos pasos que se acercan a su estancia, aprieta la babosa de la cerradura y abre el resorte: un resplandor de cámara fotográfica baña las paredes y el techo y disuelve el universo en una fracción de segundo.

 

 

6

 

 

El aire transpira un olor a raíces húmedas y madera podrida. Ahora, una fina llovizna resbala sobre su calva, golpeando en la tapa del cofre que sostiene entre sus manos. Mirobi ojea los alrededores, las ruinas de lo que una vez fue el palacio de los príncipes casíopes y las casas de los gobernadores locales, sombras medio derruidas bajo la tormenta. Al norte, más allá de una colina formada por escombros a modo de hermoso y humeante vertedero, resplandecen los edificios cristalinos y metálicos de una ciudad que no se parece a Quilímaca. Vuelve a meterse la caja en su bolso, mientras desciende gruñendo por una especie de sendero de gravilla.

—¿Dónde puñetas estoy? —ruge, pero en verdad es consciente de que no es una pregunta adecuada ni oportuna. Es necesario saber el momento y no el espacio que le rodea, que ya lo conoce y de sobra, o al menos lo intuye a través de ciertos detalles que el paisaje le comunica, en un fragmento de arcada o sobre una fachada al sur. Es obvio que el artefacto lo ha desplazado hacia algún instante del futuro en el que los recintos presidenciales han sido demolidos por la erosión del tiempo, o por alguna hecatombe, una guerra o un terremoto. El problema es saber a qué época exacta lo ha enviado, ayudándole a huir de los secuaces de aquellos casíopes que no tenían demasiada disposición para aceptar la derrota en la Sala del Destino. Sea como sea es libre, y lo más importante, logró ganar aquella partida y hacerse con los derechos de propiedad y explotación de Aadra, convirtiéndose en el casíope más poderoso del clan, el más admirado y odiado de la galaxia.

—Pues es verdad —refunfuña, y se detiene un momento al distinguir en la bruma lluviosa a varias figuras que se acercan. Es posible que hayan pasado cuarenta, cincuenta años, o puede que menos, ¿quién lo sabe? De cualquier forma, esto le lleva a la desconcertante conclusión de que también aquí debe estar ya muerto, como lo estuvo en el pasado a manos de sí mismo. Pero el futuro es un buen refugio en el que recluirse, en principio porque es ahí donde podría disfrutar de los logros de su antigua hazaña.

De pronto, nota un ruido a sus espaldas: dos hombres más se acercan por detrás de las ruinas de un pabellón sin ventanas. En el fondo, Mirobi desprecia tanto al hombre que fue como al que será porque, en cierta forma, ninguno de ellos es él mismo. De modo que debe informarse bien de lo que ha ocurrido con las dinastías casíopes y con su propio mundo para poder actuar en consecuencia: si aún se mantienen los pactos sagrados, nadie podrá negarle lo que es suyo por derecho propio, el mismo por el que los remotos ascendientes de su casta reemplazaron ciertas guerras eternas por acuerdos asumidos en una sala en torno a un tablero de juego con el nombre de Spaciograma.

Los individuos que ahora tiene enfrente son un hombre alto y robusto y dos jóvenes fibrosos de alturas y edades parecidas que llevan unos uniformes de color gris perla y unos estrafalarios sombreros de pico.

—¡Buenos días, señor! —dice uno de los muchachos, un joven de nuez protuberante, ojos pequeños y boca enorme.

—Buenos días —responde Mirobi con el ceño fruncido, mientras descubre que le han rodeado: los hombres de atrás se han detenido formando un coro silencioso alrededor suyo. El gigante del grupo mira al cielo, mientras las gotitas de lluvia se escurren por su rostro duro y ancho.

—¿Ha sido de provecho su viaje… señor?

Mirobi retrocede un paso, pero los tipos de atrás sonríen, expectantes.

—¿Qué pasa aquí?

El joven que acaba de hablar se adelanta un poco. Entonces alarga su mano y le apunta con un pequeño dispositivo mecánico: enseguida algo se inyecta en su pecho, apenas un picor o una suave irritación cutánea.

—Nada de lo que tenga que preocuparse, créame —responde al fin el extraño, mientras Mirobi hace un amago para sacar el cofre y abrir la tapa.

—Por favor, no haga eso —le dice una voz aguda a su espalda—. Usted no sabe manejarlo.

Inquieto, Mirobi trata de interpretar los gestos burlones.

—¡A la mierda! —grita, y extrae la caja, pero justo en ese instante algo lo envuelve, como un globo viscoso que lo inmoviliza como a un insecto en una piedra de ámbar. Desde el interior de una burbuja, nuestro casíope grita como un poseso e insulta a sus agresores, pero la verdad es que nadie puede oírle.

—Es curioso —comenta uno del grupo, un caballero ancho de pelo castaño y patillas gruesas: con la mirada baja examina algo en una pequeña pantallita portátil.

—¿Qué es lo curioso, Mdrel? —le dice otro de sus compañeros, justo cuando el gorila apunta a su víctima con una especie de lápiz de plata y lanza un hilo casi invisible que se estrella en la superficie del globo. Trastornado e inerte, con las piernas y los brazos en una posición incómoda, Mirobi no comprende nada en absoluto.

—Ha aparecido más al sur de lo previsto —responde.

—Bah, un factor de distorsión. No tiene importancia.

Casi enseguida, la esfera transparente se eleva varios metros llevando en su interior a Mirobi congelado. Luego, el gigante lo arrastra por el hilo como si fuese un niño descomunal que pasea con su propia cometa. Los otros miembros de la pandilla se lamentan del aguacero, de estas épocas tan malas del año, del engorro de salir a los arrabales a cualquier hora. Se quejan mucho, pero no dejan de hacerse bromas unos a otros, a veces rebuscando entre las piedras y los arbustos por si descubren algún objeto de valor o de cierta importancia.

—¡Venga, nos vamos, que me estoy calando hasta los huesos! —anuncia el tal Mdrel.

A lo lejos, la ciudad resplandece envuelta en una bruma gélida.

 

 

7

 

 

Cuando la masa comprimida de aire se desvanece, Mirobi cae al suelo de mármol oscuro como un pelele exhausto. Apenas tiene conciencia de lo que ha pasado hace un segundo, solo que de pronto no podía gritar ni insultar a sus secuestradores, ni siquiera mover un dedo. De hecho, incluso su mente se ha mantenido bajo una especie de letargo enigmático, en la que sus ojos han tomado el papel de meras cámaras fotográficas de una realidad incomprensible: únicamente tiene nociones vagas y confusas de haber viajado en un vehículo oruga en el que lo transportaron por una carretera flotante, y luego de llegar a un edificio enorme y oscuro, con muchas escaleras y salones, entre hombres y mujeres que apenas lo miraban, como si fuera un saco de patatas y no el gran Mirobi. Al fin habían colocado la burbuja en una sala espaciosa, delante de un trono ocupado por un hombrecillo un poco mayor que él, calvo y con una barba grisácea de profeta iracundo. La película que lo contenía se había disuelto con un susurro gaseoso, dejándolo libre.

De rodillas, trémulo por la confusión, Mirobi pestañea tratando de distinguir los rasgos del hombrecillo, pero el entorno es umbroso y la distancia al trono aún demasiado grande.

—Acércate —le dice el hombre sentado, con su mano derecha sobre el pequeño cofre.

Mirobi obedece a regañadientes, absorto en las paredes colosales, en esas cristaleras anchas por las que cae una luz pálida y difusa, y luego, como quien no quiere la cosa, en el inmenso busto de piedra que sobresale por detrás del trono, el rostro de un calvo de nariz porcina y cejas gruesas que parece mirarle con desaprobación aterradora. Mirobi trastabilla al verlo, y ni siquiera se fija bien en el hombrecillo del sillón.

—Quizá —comienza a decir el individuo con calma— ahora te preguntes qué fue de los príncipes, de las apuestas del Spaciograma y de todo aquel rollo. Es una buena pregunta, muy buena, pero hoy estoy cansado para explicaciones. Ni tampoco me apetece.

Mirobi reconoce ya sus propios rasgos en el hombre que le mira con indiferencia.

—Tú —masculla, pero apenas entiende por qué ha dicho eso.

—Menudo imbécil —suelta el Mirobi barbudo, y tamborilea la cajita con sus dedos—. Mis rastreadores dicen que te mataste en la nave. ¡Pobre Mirobi de nuestra juventud! Por cierto, veo que has manipulado el rotor de este Octrodo. Menos mal que tengo muchos otros, pero no me gusta andar reparando estos objetos. Son muy caros, te lo aseguro. ¿Lo vas a pagar tú?

—¿Quién eres? —pregunta confundido, y aprecia que ambos están solos en la sala, o al menos así parece.

El Mirobi barbudo levanta una ceja mientras enseña un colmillo de su mejor sonrisa.

—Sé lo que estás pensando. ¿Y si me liquidas y me arrancas el cofre de la mano, eh? Podrías huir por algún pasadizo temporal, no es una idea tan estúpida como suena. Pero tiene varias dificultades, te lo digo yo, que sé algo de esto.

—¡Yo soy Mirobi, gusano! —ruge Mirobi, y se tambalea un poco.

—Por supuesto que lo eres, por supuesto. Por eso hiciste tu trabajo como se esperaba. Hemos vuelto a vencer en Quilímaca, amigo. Hace unas horas o seiscientos años, da lo mismo. Por cierto, no me digas que no echamos de menos al cretino de Elfax, ¿eh? Esas noches antiguas de regreso a casa, con la sopa por delante y Protoc mordiendo su hueso en un rincón. ¿Y Lucenwa, la del culo gordo? Ya solo son polvo de estrellas, o menos que eso, y sin embargo podrían volver a ser unos niños si quisiéramos.

—Yo… —balbucea, indeciso, y mira a todas partes.

—Eso es, tú.

—Vas a matarme —pronostica casi en voz baja, sin comprender nada de lo que sucede.

El Mirobi barbudo reclina su espalda sobre el trono.

—Verás, en esta época es deseable seguir con las apariencias. Lo único que hago es deshacer lo que ganaron otros, los barones y condes, y nuestra historia se va cambiando capa a capa, como una cebolla. Cuando eso pasa, aquí ya no son dueños ni de su sombra, ¿entiendes? Sus antepasados se han vuelto unos don nadie, unos parias, y ellos, lo mismo. ¿Que si voy a matarte, dices? No… para eso estás tú, supongo.

—¡Maldito capullo! —grita Mirobi acalorado, pero al abalanzarse bajo un impulso ciego de rabia, algo vuelve a dejarle mudo e inerte: la burbuja lo recubre de inmediato dejándolo desvalido, mientras el otro Mirobi se levanta de su asiento y se acerca con parsimonia.

—Supongo que sabes lo que es un sísmocro. Bueno, yo siempre lo pregunto. A veces me llevo alguna sorpresa, no te creas. El caso es que todos esos aparatos dejaron de servir para algo, de la noche a la mañana. Las ecuaciones y los cronogramas se volvieron una pura basura. Justo como los gallos pomposos de nuestras asambleas, siempre con esos trucos de salón para repartirse los sistemas solares. Como si fuera una tarta, ¿lo recuerdas? Eso creo, porque acabas de venir de allí.

Mirobi trata de mover la boca pero la mandíbula se mantiene rígida, en un rictus de desconcierto prolongado.

—Voy a contarte un pequeño secreto —prosigue el Mirobi mayor, con las manos en la espalda—: fui yo el que reventó todas las predicciones de sus máquinas. ¡Paf, así de fácil! Hoy, poco a poco nos vamos haciendo de otras áreas del pasado, y las reconstruimos según nos interesa. Imagina cuántas asambleas quedan por ganar, cuántos nuevos planetas y colonias.

Mirobi observa el pequeño aro que brilla en el lóbulo de la oreja de su oponente.

—No me mires así, cabeza de chorlito. Si te sirve de consuelo, no lo has hecho tan mal para ser un inútil. Ganaste, ¿no? Pues eso es lo que importa a fin de cuentas. Aadra es importante, pero también lo son Punta Fénix, Ozuma y otros sistemas que todavía no tengo en mis vitrinas. ¿No pensarás que viajabas solo, eh? De todas formas, no has metido mucho la pata, así que date por satisfecho. Los hay peores.

Apenas un rato más tarde aparece un joven encorvado que, tras sacarlo de la sala empujando la burbuja, lo lleva por un corredor como si fuese un escarabajo pelotero. Mareado, Mirobi maldice al impostor barbudo que se cree él mismo, pero también al idiota que fue una vez cuando iba en aquella nave y decidió eliminarse por pura codicia. Luego, escuchando las risas de varios desconocidos que ni siquiera lo miran, alguien lo arroja por un orificio del suelo a través del cual va cayendo sin remedio por una cámara hueca y esférica plagada de celdas redondas. El globo transparente cae con una calma onírica, como guiado por algún principio misterioso.

—¡Yo soy Mirobi, cretinos! —ruge desde dentro, pero pronto se fija en el interior de las celdas de ese panal hueco. Sobre cada una de ellas figuran un signo y una fecha grabadas.

—¡Eh, mirad, uno nuevo! —grita alguien, y Mirobi reconoce a un muchacho regordete y aún con pelo que se asoma desde su ventanuco circular, viéndole desplomarse por la cámara ingrávida.

—¡Hola, precioso! —dice otro detrás suyo, mucho mayor que el joven, de ojillos feroces y ya con arrugas en su cara de nariz chata.

—¡Míralo cómo cae, jajaja! —comenta una versión enloquecida, con una cicatriz profunda que le cruza la frente y varias ronchas en la calva.

Así los ve asomarse para recibirle en esa especie de completo archivo de Mirobis de diversas épocas, un macabro museo habitado por grotescos imitadores. En su desesperación, y mientras desciende con la lentitud de un globo de aire, al fin reconoce al anciano, o a uno de ellos, con la venda sucia cubriendo parte de su fea cara y ese ojo único que le observa muy serio desde su prisión angosta. Trata de llorar pero solo ríe, arrugando la cara como un bebé que patalea impotente: los desprecia a todos, a los que fueron y a los que serán, a todos los Mirobis posibles porque sólo él ganó la partida, sólo él pudo conseguirlo. Sólo él… en la cámara parece existir ahora un ambiente de fiesta, como el de una multitud de congregados que dan la bienvenida a un extraño que los hará sentirse menos solos.

Resignado, como algunos de sus vecinos más meditabundos, nota al fin que la burbuja se desplaza con suavidad hacia un hueco vacío y lo introduce en su nueva casa pegándose a los bordes externos como una ventosa. Yo soy Mirobi, se dice con obstinación, señor de Aadra y de los mundos y planetas que lo pueblan, de sus soles y nebulosas. Un rato después, mientras se recrea en esa visión espléndida, Mirobi nota que en las celdas de los usurpadores ha vuelto a hacerse el silencio.

 

 

Carlos Pérez Jara (Sevilla, 1977) ha publicado hasta la fecha en diversas revistas de papel y electrónicas como Axxón, NGC3660, Bem On Line, la revista cubana Korad o la española Planetas prohibidos. Ha sido seleccionado como finalista en dos ocasiones para las antologías de cuentos de terror Calabazas en el trastero (editorial saco de huesos), tanto en el nº 6 (temática “Bosques”) como en el nº 11 (temática “Empresas”). Asimismo ha participado en la revista de ciencia ficción argentina PROXIMA, en los nº 14 (temática “monstruos”) y 15 (temática “viajes”).

Hemos publicado en Axxón: TEMPUS FUGIT, LEGADO, AL OTRO LADO DE LA LLANURA, LA DECIMOTERCERA CLÁUSULA, HIJA DE HELISURPA, PURGATORIO, ESPÍRITUS Y MARIONETAS, ORILÁN y CAPITÁN SOLOZA.


Este cuento se vincula temáticamente con LAS OPORTUNIDADES PERDIDAS, de Enrique José Decarli; SIEMPRE CONTIGO, de Ismael Rodríguez Laguna; K/T, de Claudio Guillermo del Castillo; CRONOELIPSIS, de Alejandro Alonso y CÍRCULOS Y ENGRANAJES, de Germán Amatto.


Axxón 243 – junio de 2013

Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Viajes en el tiempo: España: Español).


2 Respuestas a ““El gran Mirobi”, Carlos Pérez Jara”
  1. Cristian Caravello dice:

    Me gustó mucho este cuento. Felicitaciones, Carlos.

  2.  
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