¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

“Azul no es el cielo, pero es bastante bueno para vivir”, así decían los paisanos cuando regresaban del campo para las casas, luego de varios meses de estar lejos soportando un trabajo demoledor.

 

 

Desperté sin saber por un segundo dónde me hallaba. El vagón era parte del sueño, como los recuerdos y los rieles ahora sepultados bajo la herrumbre y los pastizales. El tren que solía llevarme desde Buenos Aires a los pagos de Azul ya no corría más, el traqueteo que me había acunado largo tiempo había callado, y el placer de levantar la ventana y asomar la cabeza aspirando el aire a borbotones, sin que me importaran los asientos duros, había desaparecido.

Ahora viajaba cómodo en el micro que se deslizaba silencioso, sus plásticos y telas de poliéster me mantenían abrigado tras los vidrios. El horizonte todavía era el mismo, una línea recta trazada con lápiz y regla que separaba el campo, cubierto de pastizales y montes como manchas dejadas al azar, del cielo. Los árboles se aferraban con desesperación a la tierra, como si tuvieran que cargar al cielo sobre sus espaldas, y nosotros quedábamos en el medio, pisando de puntillas, caminando como sobre una cuerda floja agitada por el viento.

 

 

—He recibido quejas del cura, parece que ayer se te han salido todos los diablos—me dijo Rosa mientras nos acercábamos al cementerio—. ¿Te han comido la lengua los ratones? Aguantá la penitencia entonces y portate bien, que el cementerio no es lugar para tus fechorías y no te vayás lejos, que tengo que andar chillando como las gallinas cuando les retuercen el cogote para encontrarte —se rió mostrando los dientes carcomidos por mascar tabaco.

—Ramón me ha dicho que soy hijo natural —dije al fin.

—Mirá que sos duro como corcho seco para largar prenda. ¿Y sabés que ha querido decirte?

—No, pero lo dijo escupiendo, como cuando insulta.

—No es nada que hayás hecho vos, en todo caso.

—¿Es por eso que mis tías no quieren criarme?

—Vaya uno a saber cómo piensa alguna gente de Buenos Aires, se consideran tan buenos y se permiten hacer estas maldades.

Bajamos del colectivo y caminamos en silencio, bajo el chasquido pesado de las chancletas de Rosa. Sus tobillos hinchados no soportaban los zapatos. Yo marchaba mirando el piso y arrastrando los pies más de la cuenta. Las calas se agitaban apretadas en los brazos fornidos de la antigua criada de la familia, como si las flores hicieran el intento de escapar del destino tan sombrío que les aguardaba.

Una vieja casa de ladrillos sin revoque, el almacén y algún que otro rancho rodeaban el campo santo y en ese descampado a merced de los vientos ya desde la distancia podía verse, apostada en la entrada, la silueta del enorme ángel de piedra. Desde allí contemplaba la llanura con los labios apretados, soportando estoicamente la inmensidad. Sus alas carecían de las delicadas plumas que suelen pintar los artistas. “Son para otros ambientes esos detalles”, me había dicho Rosa, restándole importancia. Me aterraban esos ojos oscurecidos, cargados de memorias, condenados a custodiar la entrada, mientras advertía con la espada a los impíos que, al atravesar el umbral, ya no iban a estar en un territorio sujeto a las leyes humanas.


Ilustración: Guillermo Vidal

“Parece salido del cincel de un loco”, decía Rosa cuando miraba la mole extraña de reojo, y se persignaba repitiendo “Bendito Salamone, que Dios lo tenga en la Gloria”. Para mí, Salamone era el nombre del ángel. Estaba convencido de que había sido tallado en otro mundo y se había vuelto roca para no caer en la locura, después de llevar plagas y desatar apocalipsis por todo el universo, callando soles como si fueran velas. Este visitante de los cielos, con rasgos que recordaban vagamente a los humanos, había terminado en nuestros campos. Impávido a pesar del dolor que cobijaba, parecía capaz de levantar vuelo en cualquier instante, echando luces sobre la tierra como los carros de los profetas.

Las palabras las descubrí después, no las conocía en aquel entonces, solo me extasiaba bajo esos pies cubiertos de barro y musgo. El ángel soportaba el frío sin una queja, mientras que yo tiritaba sin control a pesar del sobretodo. Al cruzar el portal sentía caer su mirada como un rayo, mientras una gélida lengua de acero me bajaba por la espalda. No me atrevía a girar para enfrentarlo. Cada domingo me preguntaba cuándo levantaría la espada para dejarme tendido en el pasto, seco tras los primeros fríos. Imaginaba mi cabeza cercenada viendo cómo mi cuerpo se desangraba a unos pasos, antes de exhalar el último aliento. Me parecía un milagro salir indemne en cada visita. Alguna vez un viejo amigo visitó el cementerio y se quedó asombrado. Desde el mismo sitio me envió un mensaje que decía: “Ahora comprendo por qué te fascina la ciencia ficción”.

 

 

A la vuelta ya caía el rocío, y Rosa me ajustó con fuerza la gorra que se abrochaba bajo la pera. La tela áspera me picaba; era de rombos azules y rojos, un regalo de mis tías.

—Enviaron una encomienda, pero de ellas ni miras—acotó Rosa con despecho.

No era del todo cierto: mis tías habían hecho una pasada rápida en las vacaciones de invierno para a ver cómo estaba. “Arisco, se escapa cuando llegan las visitas”, comentaron mientras se sentaban tiesas en las sillas de paja, mirando de reojo el piso de tierra de la cocina. No las quise imaginar con urgencia de ir al baño: la letrina no era para ellas. Se habían ido rápido, dejándome pegado el olor a pancaké con el beso de despedida.

—¿Por qué no entrás a la Iglesia? —le pregunté a Rosa.

—¿No sabés?

Me quedé callado. No quería repetir lo que había escuchado por ahí.

—No estoy casada y no quiero las miradas sobre la nuca, juzgándome.

—La Virgen lo tuvo a Jesús pero no era hijo de su marido.

—¡Pero, si serás hereje! ¿Vas a comparar? ¿No le habrás dicho eso al cura? —Rosa se persignó como si pasara un gato negro por delante—. Sí que le has dicho. Con razón estaba tan enculado, ha de creer que soy yo la que te anima a decir esos disparates. Y después andás pregonando que vas a ser cura. No vas a durar un día diciendo esas cosas. Ya a la primera te meten en una encomienda con una estampilla en el culo y de vuelta pa’l rancho — largó la risa apenas terminó la frase.

 

 

En esta ocasión me tocaba a mí llevar las calas. “Ahora son caras y adornan las mesas más finas”, diría Rosa si hubiera podido acompañarme. Nunca había vuelto al cementerio y ahora regresaba solamente para visitarla. Todo parecía más pequeño que en los recuerdos, excepto el ángel. Dejé que las historias se espesaran en mi interior para volver a mirarlo. Sí, era el mismo, con sus ojos opacos, esperando el fin del mundo, o tal vez que fuera revocada su condena y alguien viniera a rescatarlo del olvido.

Coloqué las flores a los pies de la cruz de metal pintada de negro. Seguro que era usada. Atada con alambre, apenas se sostenía una placa de latón escrita a mano con letras desprolijas: Rosa Rodríguez. Pero no estaba allí bajo la tierra la que me había criado, la que se reía con ganas y me calentaba los pies con un ladrillo puesto en la brasas y envuelto en diario, o me ponía paños fríos para bajar la fiebre, mientras desde Buenos Aires mandaban cartas anunciando que, si me portaba bien, me llevarían unos días a la Capital.

A Rosa no le gustaba verme regresar abatido de esas vacaciones que me ofrecían como un hueso al perro.

—Los chicos juegan, hacen de las suyas, vuelven con los cachetes rojos, con la única preocupación de saber que en poco tiempo han de regresar a la escuela. Parecés un alma en pena, estás más flaco que una saraca, ¿no te han dado de comer? —farfullaba en la cocina, mientras yo revolvía el café con leche pensando en Buenos Aires.

Era cierto, volvía como un paria, como un exiliado de mi tierra, como si esa casa fuera la cárcel donde cumplía condena por un delito que no alcanzaba a comprender pero que igual debía purgar. Como si eso me garantizara el pasaje de regreso, esta vez para siempre, o el premio conquistado después de un largo sufrimiento. Me di cuenta de lo mucho que me había engañado cuando mis tías me vinieron a buscar un día cualquiera, y me arrancaron de la casa de Rosa como a una planta de una maceta, sin dejar de recordarme mis deberes y cuán agradecido debía estar. Supe, tarde tal vez, a quién le debía gratitud de verdad.

Luego de un rato de perder agua por los ojos, me alejé de la tumba y me senté en el banco de piedra bajo las alas del guardián de ojos oscuros, cuyos labios, sellados para siempre, nunca revelarían los horrores de este mundo o de cualquier otro. Ya no sentía la respiración del ángel rozándome la oreja, ni escuchaba el sonido de la espada escapando de la vaina. Pero cuántas historias había sembrado en mí el Centinela, entre el deslumbramiento y el miedo, con el lenguaje oscuro de la piedra. Mucho tiempo después dieron algún fruto y pude traducir esa lengua incomprensible en relatos de mundos perdidos, de seres exiliados que bajaban del cielo, de guardianes sin voluntad propia vigilando horizontes vacíos. Solo yo conocía el origen de estas desventuras. Detrás de mí el ángel asentía, con un movimiento imperceptible que podía significar complacencia o disgusto, pero no indiferencia. Cierta calidez emergió a la superficie, no digo que fuera experiencia nueva, puede que estuviera en viaje desde hacía tiempo y recién en ese momento caía en la cuenta de su existencia. Antes, tan atrapado por mis sueños de estar con mi familia de Buenos Aires, no la había podido apreciar. Había sido bueno Azul en mi vida, por más que no fuera el cielo.

 

 


Guillermo Vidal nació el 7 de marzo de 1955. Ha publicado cuentos breves y mini cuentos en los blogs Químicamente Impuro, Breves no tan breves y Ráfagas, parpadeos. Es fundamentalmente ilustrador; pueden ver sus obras en las portadas de Axxón y en muchos cuentos de la revista (También tiene su propia sala en el Museo de las Artes Fantásticas de Urbys). En breve, Ediciones Andrómeda publicará “Los sublimadores”, su primera novela de ciencia ficción.

Hemos publicado en Axxón: AUTOCLONACIÓN REVERSA, EL GUALICHO, EL PSICOPOMPO, SHOPPING INFINITO.


Este cuento se vincula temáticamente con EL REGRESO, de Daniel De Leo; MUERTE EN LA PULPERÍA, de Eduardo Poggi; y LOS INVASORES DEL SÁBADO, de Fernando Cots.


Axxón 253 – abril de 2014

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Ficción realista : Sociedad : Infancia : Argentina : Argentino).


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