¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

 

 


Ilustración: Valeria Uccelli

Art descifró la hora en su reloj de pulsera, sobreponiéndose una vez más a su testarudo cerebro, para el cual las saetas giraban en la dirección incorrecta. Negarse a vestir un reloj digital era la manera en que Art protestaba por un mundo hostil a los zurdos.

¿Cinco minutos ya? El proyeccionista se había quedado dormido; era la única explicación. El pobre Basil había llegado a una edad en la que ya sólo pensaba en su inminente retiro y en la injusta agonía del decano de los cines de Verlinden, vampirizado por las multisalas de los centros comerciales. Art se cansó de esperar a que detuviesen la proyección (ya los títulos de crédito desfilaban por la pantalla); se levantó, echó una última mirada al desierto patio de butacas y salió al pasillo.

No había nadie en el ambigú. Tampoco vio al señor Jones, sentado junto a la taquilla releyendo a Kipling, como tenía por costumbre. Por un momento, Art imaginó a los empleados del cine en la sala de proyecciones, intentando reanimar a Basil, fulminado por un infarto. Descartó esa ocurrencia por siniestra. Apoyó la mano en la puerta descolorida del Capitol y volvió la vista al interior del cine, que parecía retenerle con una silenciosa llamada. Es sólo nostalgia, pensó. Le entristecía saber que todo aquello sería pronto abandonado a la oscuridad y el silencio.

Empujó el batiente y salió a la calle.

Tardó en darse cuenta de que su aparición había hecho detenerse las conversaciones, las risas y los pasos de los transeúntes. Un automovilista estupefacto paró su coche al verle y un adolescente quitó el volumen a su radio portátil y le dedicó una expresión justificable en quien contempla una aparición del Averno o a un engendro alienígena. Una niña a la que Art devolvió la mirada comenzó a llorar y se abrazó a su aterrorizada madre. Un joven dejó caer la bolsa de aperitivos que estaba comiendo. Más conductores apagaron sus motores y sacaron la cabeza por la ventanilla de sus vehículos para mirarle. El silencio agigantó los latidos del corazón de Art y el susurro de su ropa. Ignoró a la gente y caminó hacia su casa, espiado por docenas de incrédulos ojos garzos.

¿De dónde habían salido tantos urbanitas de aspecto nórdico? ¿Acababan de ser invadidos por Suecia? ¿Qué convertía a Art en un espectáculo para aquella gente? Se examinó. Su reflejo en un escaparate le devolvió la tranquilidad: no llevaba la ropa sucia ni la bragueta abierta, no le habían salido cuernos, no tenía una aureola ni sobrevolaban su cabeza horribles arpías. Su cabello negro seguía tan rizado y espeso como siempre y su tez olivácea conservaba un saludable bronceado estival. Entonces ¿por qué le miraba todo el mundo?

Espera.

Todos eran rubios, pálidos y de ojos azules.

¿Qué es esto, uno de esos programas de cámara oculta? Aquella gente le miraba como si nunca hubiesen visto nada parecido. ¿Qué estaba pasando? Sabía que no era el único de cabello negro y ojos oscuros de Verlinden pero ¿adónde habían ido los demás?

Al doblar una esquina se encontró de narices con un matrimonio joven que llevaba un niño. La mujer comenzó a gritar; el niño se encaramó a los brazos de su madre chillando de terror. El hombre dudó un momento antes de armarse de valor y empujarle lejos de su esposa.

—¡No te acerques a mi mujer, negro, negro, negro!

—Pero, oiga… —protestó.

—¡No me hables! ¡No me contamines con tu voz! ¡Vuelve a tu jaula, negro! ¡Vuelve a tu selva! ¡Aléjate de mi mujer, negro!

A pesar de su cólera, aquel hombre temblaba de miedo y parecía capaz de morirse del susto si Art le hubiese dicho “¡Buh!”. Intentó explicarle al furioso desconocido que era libanés, no negro, pero el hombre le empujó con más fuerza todavía. Art se alejó de la pareja, alisó su camisa y cruzó a la acera opuesta. Un coche estuvo a punto de atropellarle. El conductor se le quedó mirando, boquiabierto.

—¿Habéis visto eso?

—¡Ha atacado a esa pobre mujer!

—¡No podemos consentirlo!

—¡La atacó a ella y al niño!

—¿Para qué pagamos impuestos? ¿Para que los negros anden sueltos por la calle?

—¡Que alguien llame a la policía!

Art sintió un peso creciente en su pecho. Bajó por una calle en cuesta. A su paso, la acera se vaciaba de paseantes y los automóviles se detenían. Docenas de miradas vigilaban sus movimientos. Una multitud blonda y de ojos azules. Ni un solo moreno, castaño o pelirrojo.

Un coche de policía le cortó el paso al final de la calle. Dos agentes se apearon y le apuntaron con sus armas.

—¡No te muevas, negro! —gritó el más joven—. ¡Arriba las manos!

—¡Cuidado! —gritó el otro—. ¡Seguro que está armado!”

—Pero… oigan… —intentó decir Art.

—¡Ni una palabra, negro! —gritó el más joven, aunque no osó acercarse—. ¡Las manos arriba y de rodillas!”

—Yo no he hecho nada…

—¡Y aún tiene los cojones de decir que no ha hecho nada! —exclamó el otro, cubriendo a su compañero.

—Pero…

—¡Las manos arriba negro o te meto un tiro, lo juro por Dios!

Art vio un callejón a su derecha.

Algo se encendió en su interior.

Echó a correr.

Varios disparos, el silbido de un rebote, gritos y maldiciones. Apuró la zancada, maldijo el tabaco; entró en el callejón, esquivó un viscoso cubo de basura en el que chispeó una bala, corrió más deprisa. Art no sabía adónde iba ni le importaba, sólo corrió, corrió, corrió, sublevado el corazón en su pecho; giró a la izquierda, llegó a una bifurcación, ¿derecha o izquierda?, la izquierda siempre le ha dado suerte, ¡mierda!, callejón sin salida.

Buscó una escapatoria. Ventanas demasiado altas. La pared no se podía escalar. Una tapa de alcantarilla. La levantó, liberando una pestilencia indescriptible. Un trozo de escalerilla oxidada. Oyó cerca a los policías, gritándose instrucciones. No lo pensó. Descendió a la nauseabunda humedad, rezando para que los peldaños no cediesen bajo su peso. Devolvió la tapa a su lugar, procurando no hacer ruido, y siguió bajando, atormentado por las arcadas, hasta tocar el fondo. Apoyado en una pared que rezumaba limo se alejó de la boca de alcantarilla. Ojalá que la otra bifurcación de la calle no esté también cortada y a los policías se les ocurra inspeccionar la única salida posible, pensó.

En la oscuridad más absoluta, inmerso en aquella atmósfera pestilente, su estómago claudicó. Oyó el vómito chapotear ante sus pies. Su corazón parecía el pistón de un motor pasado de vueltas, pero seguía funcionando. Intentó normalizar su respiración.

¿Qué le ha pasado a Verlinden? ¿De dónde han salido estos ángeles arios del infierno? ¿Dónde están los morenos, los pelirrojos, los negros, los asiáticos, los trigueños…? ¿Quién se los ha llevado? ¿Cuándo y cómo se han apoderado de la ciudad estos clones nazis? Acaso siempre han estado ahí, creciendo en la sombra, bajo sus propias narices, dedicados a socavar la civilización desde dentro mientras planeaban acabar con todo lo que no fuese rubio y de ojos azules. ¿Es que nadie los vio venir? ¿Cuándo se produjo la sustitución? ¿Nadie hizo nada para evitarla? Todo parecía en orden aquella mañana. ¿Tan rápido han cambiado las cosas? ¿O sólo es una pesadilla?

No. No se vomita en las pesadillas.

¿Cuánto llevaba allí abajo? En la oscuridad parece que no corre el tiempo. Perdió casi todo el tabaco al intentar sacar su encendedor. Hizo girar la espuela y no se produjo chispa alguna. Había perdido la piedra. Blasfemó. Lo arrojó lejos. Un golpecito y luego un chapoteo.

Una débil luz se encendió a su derecha. Gritó.

—Silencio —exigió una voz femenina. El haz de luz lo examinó de arriba abajo y luego se volvió hacia la cara de una preciosa chica de piel caoba, rizada melena negra y labios carnosos como la pulpa de una ciruela. —¿Tehan seguido?

—Creo… creo que no…

—Vamos… no debemos quedarnos tan cerca de una salida… Sígueme.

Feliz de encontrar una presencia amistosa, Art siguió a la chica a través de las cloacas. Bajaron y subieron escalerillas, se deslizaron de costado por grietas y pasillos que no parecían hechos para un ser humano, caminaron por interminables galerías de pútrida fetidez, evitando a las ratas e insectos. Cuando Art ya creía que aquel viaje no tendría fin, llegaron hasta una puerta de hierro comida por la herrumbre. La chica golpeó y se abrió una mirilla.

—¿A quién traes? —preguntó una voz. La chica enfocó a Art con su luz.

—Me llamo Art —dijo él.

—Lo perseguían los policías —explicó la chica.

—¿Seguro que no es un espía?

—No lo creo. Puedes ponerlo a prueba, si quieres.

El que había al otro lado de la puerta dudó un momento y luego abrió. Pasaron a una cámara abovedada que hacía las veces de almacén y lugar de reunión. El hedor, mezcla de cuerpos mal lavados y basura fermentada, no supuso una mejoría después del trayecto por los sumideros. Había otras personas allí, una media docena de hombres y mujeres morenos, mulatos o negros, un pelirrojo y una asiática pequeña y obesa. Seis desconocidos de rostros tiznados, de ropas mugrientas, que le recibieron con desconfianza. El que les había abierto era un jamaicano enorme, armado con una escopeta de caza.

—Me llamo Robert —dijo el jamaicano—. Estás muy limpio para ser un fugitivo. ¿Cómo has logrado sobrevivir tanto tiempo?

—¡No entiendo lo que está pasando! —protestó Art—. ¡Salí a la calle y todo había cambiado! ¿Cuándo comenzó esto?

—Hace años que llegaron, no sabemos muy bien de dónde y la gente como nosotros empezó a desaparecer —dijo la chica—. ¿Cómo es posible que acabes de enterarte? ¿Dónde has estado metido, en una isla desierta?

—Parece evidente que sí —suspiró Art, resignado.

—Unos pocos de nosotros nos refugiamos aquí —dijo Robert—. Tenemos armas y estamos esperando nuestro momento. Hay muchos otros escondites como éste. Estamos en contacto con el exterior, con otras ciudades que tienen nuestro mismo problema. Cuando seamos más y estemos mejor armados, reconquistaremos Verlinden calle por calle y casa por casa.

—Ah, no lo marees ahora con tus sueños revolucionarios —dijo la chica, y se dirigió hacia unas cajas de fruta apiladas al fondo del sótano—. Habrá tiempo para eso. ¿Tienes hambre, Art?

—Sí.

—¡Cógela! —le sonrió ella, arrojándole la manzana.

Art la atrapó al vuelo, con una sola mano.

Varias sillas cayeron al suelo cuando las personas que estaban sentadas en ellas se levantaron de golpe. La sonrisa de la muchacha se había desvanecido.

—¿Qué…? —dijo Art. ¿Qué había hecho mal?

—¡La mano de Lucifer! —exclamó alguien, señalando a Art.

—¡La mano de Lucifer, maldita sea! —exclamó Robert. Apuntó a Art con su escopeta—. ¡Te he dicho miles de veces que no traigas a desconocidos aquí! ¡Mira lo que ha pasado!

Dos hombres cayeron sobre Art y le retorcieron los brazos a la espalda.

—¡Un momento, un momento…! —se defendió, intentó liberarse, sin éxito.

—¡La mano de Lucifer, Dios, si ya notaba yo algo raro…! —decía Robert—. ¡Sacadlo de aquí antes de que nos contamine a todos!

Se llevaron a Art a rastras. Pasaron junto a su salvadora, que lloraba.

—La mano de Lucifer… —gemía—. ¿Cómo has podido hacerme esto?

Atravesaron un pasillo mal iluminado, abrieron una puerta y le arrojaron a la oscuridad. Art cayó y cayó durante una eternidad, a través de aquellas tinieblas insondables.

Cuando alcanzó el fondo del pozo, hizo crujir bajo su cuerpo las osamentas que lo alfombraban.

 

 


Nos cuenta Felipe Alonso Pampín:

“En cuanto a la pequeña reseña biográfica, baste decir que soy licenciado en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela y biblioadicto desde que tengo uso de razón. He colaborado en el pasado con pequeños fanzines de más bien escasa notoriedad y desempeñado diversas actividades profesionales mientras dedico, en mis horas muertas, a perpetrar relatos como el que les ofrezco y novelas que reciben casi tantos elogios como rechazos editoriales (a menudo, y valga la paradoja, de las mismas fuentes)”.

Hemos publicado en Axxón: CLUB PRIVADO.


Este cuento se vincula temáticamente con OTOÑO, de Teresa P. Mira de Echeverría; EL MONSTRUO, de M. C. Carper y DISMNESIA TEMPORAL, de José Vicente Ortuño.


Axxón 255 – junio de 2014

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Realidad paralela : Sociedad : Racismo : España : Español).


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