¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

Después fue el silencio, más súbito, más grande y terrible que antes. El silencio de la laguna, preñado de misterio.

Rodolfo Walsh

 

 


Ilustración: Tut

Y ahora, en la alta noche, los oía llorar.

Tal vez supieron que fue él por las manchas de sangre en su ropa. Manchas secas —que aún no se habían borrado—, y que ellos, seguramente, lograban oler en la distancia.

Él sabía de su olfato, aunque jamás hubiera imaginado que alcanzara semejantes extremos.

Los aullidos de los perros le llegaban ahogados, gemidos de recién nacido. Agudos, perforaban la quietud, roían las paredes de la cabaña, se perdían simétricos acribillando la llanura.

A pesar de ser un hombre de ciudad, él se había acostumbrado a la soledad bulliciosa de la Pampa, a ese silencio a gritos que el campo vociferaba cada noche.

Pero estos aullidos eran una cosa nueva, jamás los había oído antes.

Los perros —ahora dudaba de que fueran perros— andarían lejos: si no, él podría observarlos a través de la ventana, por el finísimo espacio entre cortina y cortina.

Afuera, el cuarto creciente trastocaba el caldén en un gigante de erizadas garras. Los chañares fofos se desmelenaban bajo esa media luna.

El llanto surgía desde la vastedad del campo.

Él había matado a Garm esa misma tarde, y tal vez sus viejos compañeros lo habían hallado tirado sobre el sendero: la boca abierta, el cuerpo encogido, la cola entre las patas.

—Pero fue un accidente —gritó, apretando el rosario blanco que llevaba al cuello—, no tuve intención. Era mi fiel compañero.

Se sintió estúpido. ¿A quiénes les gritaba? ¿Por qué se rendía ante la certeza de que venían por él?

Tal vez su instinto de cazador le revelaba esta vez su condición de presa. No resultaba fácil de explicar, pero esos quejidos le sabían a inminente venganza. ¿O tanta soledad lo estaba enloqueciendo?

Los aullidos cesaron. El viento zumbó en la noche, y él se dejó avasallar por el silencio.

Miró por entre las cortinas: ahora las ramas del caldén se balanceaban frenéticas en la oscuridad.

Apartado de la ventana, se arrimó a la mesa, y bebió del pico de la botella de Old Smuggler. No es el mejor whisky del mundo, se dijo, pero sirve para noches así.

Descolgó el farol. Le gustaba el relumbrar del falso Rembrandt en la pared opuesta a la única ventana.

“El sacrificio de Abraham”. Durante los primeros días en la cabaña, esa escena le había desatado pesadillas. Ahora lo acompañaba en el insomnio: entre los desvelos, el patriarca sujetaba la cara de Isaac, a punto de ser sacrificado. El Ángel del Señor descendía oportunamente y detenía la mano del viejo. Y caía el cuchillo.

Aunque se trataba de una reproducción, jamás se atrevió a deshacerse de ella.

Apuró otro trago y se acercó a la biblioteca, lo primero que le había llamado la atención al comprar la cabaña. La dueña —una viuda que había perdido al marido en un accidente de caza— no quiso llevarse nada, ni el falso Rembrandt ni, mucho menos, aquel mueble de cedro con sus anaqueles repletos.

Desde entonces, él sobrellevaba las madrugadas con aquellos tesoros que aprendió a venerar.

 

 

Un aullido lejano lo sacó de sus cavilaciones. Desistió de la lectura. Volvió a colgar el farol del gancho que pendía del cielorraso. Se sentó. Encaramó los pies sobre la mesa, apoyó el Winchester contra el respaldo de una de las sillas. Jugó con las cuentas de su rosario.

El Tigre le había regalado ese rosario años atrás, cuando empezaron a trabajar juntos y todavía el país y la ciudad no le deparaban hostilidades. No sólo a él le había obsequiado uno, sino que —tenía entendido—, también al resto de los muchachos.

—Mientras lo lleves —le había dicho el Tigre, mirándolo a los ojos— nada malo te va a suceder.

Nunca había aprendido cómo se rezaba. El Tigre sí sabía. No sólo rezaba el rosario sino que asistía a misa.

Se dio cuenta de que una serenidad absoluta se había apoderado del campo. Sólo la hería el habitual rumor nocturno: chillidos de murciélagos y canto de grillos. Esa repentina paz, que agradeció con un suspiro, lo llevó al pasado. Y recordó entonces las circunstancias en que había hallado a Garm. Lo había encontrado una tarde de junio, hacía casi un año. Perdido, el cimarrón merodeaba el sendero. Ese día él andaba como siempre, con el caño de su rifle sobre el hombro, cuando Garm —que todavía no cargaba con ese nombre— lo vino a olfatear. A pesar del aspecto salvaje que traía, no temió que el perro lo atacara. Una gran mancha blanca en la trompa le daba cierto aire de inocencia. Él le tendió una mano franca, abierta, que Garm lamió gustoso.

Desde entonces anduvieron siempre juntos.

Otro aullido largo —esta vez desde mucho más cerca— lo arrancó del recuerdo. Agarró el Winchester y se tiró contra la ventana: los chañares continuaban con su baile enloquecido. La luna creciente apareció atravesada por ristras de nubes.

Después, otra vez nada.

—¡Malditos! —gritó—. ¡Vengan por mí!

Entonces la vio: reflejándose en las cortinas, moviéndose rauda, una sombra.

Las paredes temblaron. El farol se balanceó. Lo que haya sido que golpeó la cabaña poseía una fuerza descomunal.

Él destrabó la puerta. La abrió apenas. Apoyó su espalda en el marco y con el Winchester apuntó en todas direcciones.

Cuando se decidió a salir, lo recibió la soledad. El viento arreciaba. Conjeturó que con semejante fuerza desenraizaría los chañares.

Respiró profundo. La noche estrellada se devoraba el campo entero. Las nubes: aves de paso perdiéndose más allá del horizonte.

Se cubrió con el antebrazo, un bollo de papel le pegó en la frente. Ramas, pedazos de soga, cables, trapos, danzaban arremolinados en un embudo vertiginoso.

La F100 se sacudía.

Podría manejar hasta la siguiente cabaña, o hasta el pueblo y dormir en la hostería de don Pedro. Pero no iba a abandonar su casa por unos cimarrones de mierda.

¿Y la sombra? ¿Qué había sido aquella sombra?

Un jabalí muy grande, seguro. No un ciervo. Un ciervo no descarga semejante ímpetu.

Pensó que la tensión y el Old Smuggler y la fuerza del Pampero contribuían a su turbación.

Remolinos de tierra lo obligaron a entrecerrar los ojos. Revisó el frente de la cabaña. No encontró huellas.

En la parte trasera descubrió dos terribles desgarros.

—No es un jabalí —dijo—. Debe ser otro animal, ¿pero cual?

Otra vez se sorprendió hablando solo.

Entró. Se rió. La solitaria llanura podía enloquecer a cualquiera.

Le dio el último trago a la botella. No debía hacer eso, pero desde que abandonó la ciudad, el alcohol se transformó en su mejor amigo.

El mareo lo fatigaba. Destapó la segunda.

Se prometió no huir. Fuera lo que fuera, presentaría batalla. A pesar de la bebida, todavía mantenía firme el pulso para empuñar su rifle. Resultaba milagroso: sus manos temblaban por cualquier motivo, pero sosteniendo un arma conservaban la juventud y sobriedad de antaño.

No se dejaría asustar por unos cuantos perros que sólo se movían por instinto. No él, que de joven se había enfrentado a la más peligrosa y tenebrosa de las bestias: el hombre.

Y jamás había padecido el miedo.

Tampoco era la primera vez que la hostilidad de la Pampa se manifestaba en su contra. Pero intuía que esta noche se presentaba distinta.

Distraído, recorrió las cuentas del rosario.

Una vez le tocó presenciar cómo los perros salvajes deshacían un ciervo. Juntos, resultaban más bravos que un batallón. Él contaba con su fiel Winchester, pero intuía que la jauría no bajaba de cincuenta.

 

 

Ahora el mismísimo viento lloraba. Miró por la ventana. Ciertas noches confundía el llanto del Pampero con el de algún animal. El Pampero Sucio: lo oyó otra vez arrastrarse por el techo. Lo vio levantar polvareda y golpear contra los arboles.

Los chañares inclinaron sus ramas, vencidos. El caldén resistió la embestida sin doblegarse. Luego sobrevino la calma, y con la calma una brisa que se adivinaba a través del vidrio.

Suspiró.

Descolgó el farol.

Empinó otro trago.

Cualquier hombre que tomara de esa manera ya hubiera perdido la razón. Pero él jamás se emborrachaba. Su lucidez se aferraba a la realidad con desesperación, y su cabeza no sucumbía a los embates del whisky.

Regresó a la biblioteca, eligió un libro cualquiera. El azar le deparó uno de los tomos de Los mitos griegos, de Robert Graves, en la traducción de Álvaro Rodríguez Arguello. El volumen deslumbraba en su tapa con una ilustración de Juan Pablo Wansidler, en la cual el universo helénico se dilataba entre un laberinto borroso de colores y formas. En ese impactante collage convivían inquietantes cíclopes entreverados con terroríficas quimeras y naves de inframundo.

Leyó.

Leyó con avidez.

Las fábulas de Orfeo lo atraparon. Se dejó llevar por el misterio del mar de los Argonautas, por la valentía y el tesón de Heracles.

Se fascinó con la historia del Rey Licaón, quien asó la carne de uno de sus propios hijos y se la dio de cenar a Zeus. El Amo del Olimpo se percató de lo macabro de esa acción, y como acto de justicia, lo convirtió en lobo, y maldijo a toda su descendencia.

Él rememoró que en La Metamorfosis de Ovidio —cuya incompleta colección había ojeado en la biblioteca del despacho del Tigre— se relataba que los integrantes de esa descendencia poseían el atributo de la inmortalidad. Y que sólo podía ser abolido mediante la herida con un objeto de plata.

Cerró el volumen.

Tomó otro trago.

Y se acordó de Phelinger.

¿Por qué se le dio por acordarse de aquel periodista? ¿Qué oscura trama de su pensamiento se lo trajo a la memoria?

Tal vez porque se sentía emboscado, como se habrá sentido Phelinger en aquel operativo. Aunque ese cagatintas lo había enfrentado en el último minuto. Sólo con la mirada, es cierto. Pero él acusó la ira del tipo, antes de borrarlo de un disparo.

 

 

Los aullidos volvían a romper la calma.

Se pegó a la pared.

Los perros andarían por Laguna del Pampa, o más allá.

Quizá no lo buscaban a él. Tal vez perseguían algún ciervo herido.

Aullidos de lobo, pensó, pero es imposible: no hay lobos por aquí.

Conjeturó que no excedían la cantidad que había imaginado en un principio.

—No más de treinta —dijo en voz alta—, pero se los oye lejos.

Como si nada, retornó el silencio. Ahora la brisa apenas agitaba a los chañares. La imponente sombra del caldén se proyectaba bajo las estrellas.

Volvió a sentarse.

Abrió otra vez el volumen.

Leyó la historia de Orión de Beocia, “el hombre más guapo y el cazador más astuto que existía”. En esas páginas se relataba la conmovedora pasión que lo ligaba a Mérope, la hija de Enopión. Las largas jornadas de cacería en la isla de Quíos. También los inexplicables celos de Apolo, que creyó que Artemisa —su hermana— se había enamorado de ese simple mortal; la astucia del escorpión que el dios envió para asesinarlo. Y finalmente la muerte de Orión en manos de la propia Artemisa, engañada por Apolo. Graves revelaba que la diosa, afligida, convirtió al cazador en una constelación, perseguida eternamente por un escorpión gigante, para que todo el mundo recordase los celos y las mentiras de Apolo.

Absorto, él asimilaba el misterio de las leyendas.

Se extrañó que se obviara a Sirius, el perro de Orión, que —sabía— lo acompañaba en todas sus aventuras.

Cuando él salía de caza, con Garm, no le interesaba recorrer largas distancias en búsqueda de presas, sino preparar emboscadas.

Le fascinaba el rito, lo que solía denominar “el sublime instante del cazador”. Apostarse en algún sitio de la llanura, y aguardar, con el rifle apoyado sobre el antebrazo, la llegada de un ciervo colorado o de un jabalí.

Entonces, cuando el llano le entregaba una presa, inmerso en el goteo cadencioso del tiempo, se deleitaba en contemplarla en la mira.

Y luego, en el momento oportuno, gatillaba.

Y el estampido borraba el silencio, y un desplomarse hueco y seco se convertía en la señal para que el perro corriera al lugar de la caída.

Algunos cazadores podrían burlarse de su práctica heterodoxa, pero la paciencia y la espera conformaban su don.

Tampoco le agradaba expone sus trofeos en machimbre. Su gozo residía en el acto mismo, y no en un exhibicionismo ulterior, y del todo inútil.

Pero hoy había sido distinto. Él se encontraba como siempre, en una quietud tensa y expectante, cuando apareció el ciervo, titubeando entre los pastizales y el camino.

Lo esperó. Dejó que el instinto del animal lo condujera por donde se le antojara: su destino no proporcionaba muchas opciones. Al cabo de un rato quedó perfectamente recortado en la circunferencia del visor. Pero un aullido seco estremeció la llanura. La presa huyó a toda carrera y él entonces disparó: una sombra se interpuso entre el proyectil y el ciervo.

Cuando bajó su arma, Garm yacía ensangrentado.

Se arrojó sobre el perro. Lo abrazó. Lloró. Lloró como pocas veces en su vida.

Garm —dijo—, qué hiciste. Por qué te cruzaste de esa manera.

Fue hasta la camioneta. Descansó, apoyadas sus manos en el volante. Después buscó una pala y una bolsa. Cuando volvió, Garm había desaparecido.

Lo buscó por la llanura. La sangre del perro se secaba en su camisa.

Tal vez el cimarrón que aulló, se dijo, o un jabalí, se lo habrán llevado.

Ahora estaba seguro de que fueron los cimarrones.

 

 

Pelhinger.

¿Por qué recordaba a Phelinger?

Tal vez porque no percibió el miedo en los ojos de aquella alimaña.

El Tigre lo había convocado para ese operativo. No lo citó en su despacho, como de costumbre. Lo llevó al bar de Libertador. Le entregó un sobre grande de papel madera, y le tiró las fotos sobre la mesa.

No lo conocía.

¡Qué raro! Es famoso —dijo el Tigre—. Phelinger. Viene jodiendo desde hace tiempo, es de los que no aprenden nunca. Mirá que ya dimos cuenta de su hija.

Examinó las fotos con más cuidado: la calva pretendía abrirse camino entre surcos de pelo castaño. Los anteojos gruesos, de carey negro, descansaban sobre una nariz triangular.

El tipo poseía un aire inocente, casi inofensivo.

—Lo queremos muerto, ¿entendés? —el Tigre hablaba mirándolo fijamente—. Preparamos un plan especial para este mierda.

Él escuchaba con atención.

—Es un símbolo para ellos —el Tigre hablaba con apasionamiento, pero sin levantar la voz más de lo imprescindible—. Pensamos exhibirlo ante esos pelotudos que tenemos enjaulados. Le vamos a tirar el cadáver de este hijo de puta sobre la mesa. Que sepan, carajo, que no guardamos miramientos con nadie.

Él volvió a mirar las fotos: Phelinger fumando. Phelinger con una cámara fotográfica colgada de su cuello. Phelinger en París, con la Torre Eiffel de fondo. Phelinger, firmando libros en el salón de una biblioteca.

—Jodimos a su contacto —el Tigre continuaba con su informe—, el muy cagón cantó como un chorlito. Serpiko sabe trabajar muy bien. Igual que vos, Chacal, es el mejor de todos. Cada uno en lo suyo, indispensables.

Él no dijo nada, sonrió apenas.

—El guacho este anda clandestino, así que suponemos que va a caer armado a la cita. Los muchachos llegarán con los móviles, como siempre.

Lo distrajo el sonido de unas risas. Un grupo de copetudas hacía tintinear las copas de champagne.

—Para tu tranquilidad —dijo el Tigre—, es una gran rata, de los que husmean en los sitios más recónditos.

Él le contestó que no hacía falta que le diga nada, que conocía su deber.

Sólo lo inquietaba una duda:

—Phelinger es Judío, ¿no?

—No —dijo el Tigre—, su verdadero apellido es Daggio o Daunio. Phelinger es sólo el seudónimo con el que firma sus blasfemias.

—Perfecto.

—Fijate, está todo bien claro en el expediente —dijo el Tigre, señalando con el mentón el sobre de madera—. Leelo y la semana que viene realizamos la reunión general.

—¿En dónde?

—Ya te voy a avisar, me están infiltrando por todos lados.

El Tigre sonrió, y llamó al mozo.

 

 

Los aullidos llegaban ahora desde todos los puntos cardinales.

Tomó otro trago, calculó que faltarían cuatro horas para el amanecer —el reloj: otro artilugio que abandonó al dejar la ciudad—. Entreabrió la puerta. El viento había cesado. Las estrellas seguían dominándolo todo. El sueño no lo visitaba.

Resignado, volvió a prenderse al pico de la Old Smuggler.

Cuando fue lo de Phelinger, el frío anunciaba que el otoño se venía con crudeza. A pesar de que apenas había anochecido, el plenilunio se derramaba sobre Buenos Aires. Él aguardaba sobre el techo de un edificio en Combate de los Pozos, una construcción baja. Phelinger apareció en el mismo instante en que los muchachos se bajaron de los autos. Fue un grave error. El muy turro se avivó y disparó primero. Y los muchachos respondieron. La poca gente que transitaba corrió a refugiarse en los porches de los edificios. Phelinger —tiempo después lo supo— se defendía apenas con una Walther PPK 22. Detrás de un inmenso tilo, los mantenía a raya. Pero él ya lo divisaba en la mira: podía volarle la cabeza en cualquier momento. En cambio prefirió estudiarlo, disfrutar de ser el dueño de esa vida que estaba a punto de culminar.

Y fue ahí que Phelinger lo descubrió: el guacho miró hacia arriba, y él estuvo a punto de cometer la estupidez de echarse hacia atrás. Pero siguió apuntándolo, y creyó vislumbrar algo en esos ojos. Detrás de los gruesos lentes, las pupilas de su presa se enrojecían.

Phelinger arrojó su pistola. Se apartó del árbol, se paró debajo de la luz de mercurio y abrió los brazos en cruz.

Él no espero más. Disparó. Y le dio en medio del pecho. Antes de que cayera definitivamente, fue barrido por la descarga de los muchachos.

No se quedó a mirar como lo metían en alguno de los autos. Desarmó su Remington, bajó por las escaleras, y aguardó en vano al móvil que lo sacaría del teatro de operaciones.

Acabó yéndose en un taxi.

Ese fue su último trabajo para el Tigre. A orillas del Río de la Plata, una mañana de viento y llovizna, se volverían a encontrar, diez años después.

 

 

Ahora a los aullidos los oía muy cerca, como si aquello que lo acechaba se dispusiera a entrar en acción.

Se asomó entre las cortinas.

¿Estarían ahí, detrás de los chañares?

Agarró el Winchester, y de golpe las paredes se sacudieron. Varios libros saltaron de sus anaqueles. La copia del Rembrandt cayó al piso. El vidrio de la ventana estalló. Él arrancó las cortinas y sólo distinguió sombras. Enloquecidas sombras que se movían en todas direcciones.

La jauría corría y aullaba y rodeaba la cabaña.

El trataba de apuntar, pero esas sombras no se aquietaban nunca.

—Mierda —gritó—. ¡Qué carajo quieren!

Un aullido más potente que los otros lo obligó a soltar el Winchester. Cayó de rodillas, y se tapó los oídos.

Luego sobrevino el silencio.

Se asomó entre los vidrios rotos. La quietud del paisaje lo desconcertó. Observó las hojas del caldén, extáticas, como si el universo entero respondiese a una orden secreta de inmovilidad.

Un nuevo aullido volvió a ensordecerlo. Y el llanto y el movimiento retornaron. Las hojas del caldén se agitaron otra vez. Y la jauría —o lo que fuera— se alejó por el camino que lleva al pueblo.

—¡Se van! —gritó él—, los malditos huyen.

Abrió la puerta.

Vio como las sombras se perdían más allá de Laguna del Pampa.

Respiró profundo.

Se dejó caer en la silla.

Se rio. Se rio a carcajadas.

Por fin todo había terminado. Podía escucharlos cada vez desde más lejos.

Volvió a reírse.

Debo reconocer, se dijo, que por un instante me atravesó el temor.

Terminó la segunda botella. La levantó a la luz. Leyó: “Finest Scotch Whisky”.

Admiró su propia fortaleza. Ni siquiera el alcohol se atrevía a subyugarlo.

Recordó que en el expediente de Phelinger se resaltaba su condición de abstemio, y que, paradójicamente, los tilos lo ponían nervioso.

La vida sucumbe al poder de la ironía, pensó. Justamente el último minuto de esa rata transcurrió bajo el abrigo de un tilo.

Por misiones como la de Phelinger, El Tigre había sufrido juicio y cárcel. Fue portada de diarios, y tema de debate en diferentes foros. Nunca lo nombró a él, pero a otros no pudo encubrirlos.

El Tigre soportó, con estoicismo, la humillación de responder ante un canallesco tribunal por actos acometidos en nombre de una nobleza superior. Nobleza que aquellos jueces jamás comprenderían.

—Pero no me importa —declaró en el juicio—. Fui educado para el sacrificio y la entrega, como el Cristo.

Años después le concedieron la amnistía. Apenas salió lo convocó a una reunión secreta, cerca del antiguo despacho, en un recodo del río.

La ventisca de aquella mañana mecía las aguas turbias. Unos nubarrones de plomo embotaban el cielo y desgranaban una fina llovizna.

Hacía mucho que no se veían. Se abrazaron.

—Hay que desaparecer, amigo mío —le dijo el Tigre—. Estos mugrientos nos entregan las migajas de un perdón miserable. Es el arreglo que se pudo hacer, pero no alcanza. Vos y yo sabemos que si hoy se puede dormir en este país, deviene de la gracia de nuestra abnegación.

—Son unos traidores…

Tal vez sobrecogidos por la emoción del encuentro, el silencio los arrebató. Las aguas del Río de la Plata golpeaban contra la escollera. Un pájaro planeó sobre la lejana torre de toma.

Es una gaviota, pensó él. No, una golondrina.

—Y encima —continuó el tigre— nos achacan lo de Phelinger, ¿te acordás?

—¿Nos achacan? Esa misión fue un éxito. Lo que nunca entendí es por qué jamás vinieron a sacarme del lugar.

El Tigre no respondió. Parecía concentrado en lo que tenía que decir:

—Sin embargo, Chacal, aquello… ese operativo… fue nuestra desgracia… Nunca pudimos exhibir el cadáver como pretendíamos.

El tigre, seriamente, lo miraba a los ojos. La ventisca se empeñaba en desordenarle el escaso cabello.

—No lo sabías ¿no? —le dijo.

—No —contestó él, encogiéndose de hombros—. ¿Qué sucedió?

El Tigre meneó la cabeza. No dijo nada. Intentaba encender un cigarrillo, y el viento y la llovizna se confabulaban para impedirlo. Él lo ayudó, cubriéndolo con sus manos. No recordaba que fumara.

—Andate, Chacal —le dijo—. Andate donde sea, que no te encuentren, que nunca sepan en donde estás. Vos, que no cargás con el peso de una familia, corrés con ventaja.

—Sigue fulera la mano.

—Andate. Hacé lo que te digo. Llevate los fierros… y andate. Es lo que más nos conviene: desaparecer.

Y así llegó al Valle de Chillén, de eso hacía más de veinte años. Y nadie sabía que se refugiaba allí.

Se acercó a la ventana. Arrancó los pedazos de vidrio incrustados en el marco. Los chañares dormitaban con las ramas inclinadas hacia sus raíces. El caldén señoreaba bajo la bóveda celeste.

Ahora la luna presentaba una circunferencia perfecta.

Imposible, se dijo, yo mismo vi el cuarto creciente.

Sin embargo la redondez lunar lo desmentía.

Especuló que hasta el cielo se le estaba burlando.

Se arrimó a la mesa.

Levantó la botella.

—Esto me perturba la percepción —dijo en voz alta.

Se sentó.

Conmovido, contempló la ilustración de la tapa del libro de Graves.

Wansidler había ejecutado una verdadera obra de arte. Entre los vericuetos del laberinto de aquella perfección se dilataban todas las historias, todos los personajes: el León de Nemea; Heracles; la Osa de Artemisa que amamantó a Atalanta; el Águila de Zeus; Teseo; Ariadna; Quirón el Centauro, llamado El Arquero; el Carnero de Frixo; el Toro que raptó a Europa; Pegaso; el Cisne de Leda; Orfeo y su lira; la nave Argos; el rey-lobo, y su infinita descendencia.

Y, de pronto, su memoria se iluminó.

Y advirtió por qué se había acordado de Phelinger.

Decidido, abrió el libro y volvió a leer el mito de Liacón. Y mientras leía creyó oír aullidos que regresaban, creyó oír garras trepando por las paredes de la casa.

“… La noticia de los crímenes cometidos por los hijos de Licaón llegó al Olimpo, y el mismo Zeus fue a visitarles disfrazado de viajero pobre. Tuvieron la desfachatez de servirle una sopa de menudos en la que habían mezclado las vísceras de su hermano Níctimo con otras de ovejas y cabras. Zeus no se dejó engañar y, derribando de un golpe la mesa en la que le habían servido aquel repugnante banquete —el lugar fue llamado después Trapezo—, los convirtió a todos en Lobos…”

La cabaña temblaba, pero él se mantenía absorto, hipnotizado por la certeza de la revelación.

“… Licaón engendró una multitud de hijos, pero al que más amaba era a su primogénito: Daunio…”

Ahora los aullidos sonaban sobre el techo. Y él oía, como desde un sueño, las garras que lo resquebrajaban.

Daunio, pensó. Daunio era el verdadero apellido de Phelinger.

Daunio, hijo de Liacon: el Lycanthropus.

Suspiró. Cerró el libro. Como si volviera en sí, miro a su alrededor: ya lo acorralaban.

Lentamente, sin dejar de observar a las fieras, agarró su Winchester y retrocedió hasta la ventana rota.

Los lobos permanecían en actitud expectante. Tal vez aguardaban una señal del amo. Toda Jauría respondía siempre a uno.

Entonces, algo le llamó la atención. No fue una sensación. No fue ni siquiera un ruido. La certeza de que lo vigilaban acaparó sus sentidos.

Se dio vuelta, y detrás de la ventana, en medio de la llanura, lo reconoció: parado sobre sus patas traseras, aun conservaba cierta apariencia de hombre.

—Grandísimo hijo de puta — le gritó.

El animal —si de veras se trataba de un animal— no le contestó, tal vez ni lo oyó.

Él vio como los ojos se le inyectaban de rojo.

—Turro de mierda —gritó— te maté una vez, y te voy a volver a matar.

Disparó: una, dos, tres veces.

Pero al instante rememoró a Ovidio, y supo que todo sería inútil.

Entonces los lobos se le arrojaron encima. Lo obligaron a soltar el wínchester. Lo mordieron, le clavaron sus garras en los brazos, en las piernas.

Boca arriba, lo arrastraron hacia la intemperie.

Creyó que las heridas no eran graves, que las fieras habían controlado sus instintos. Se dio cuenta de la verdad cuando un dulce sopor lo fue ganando: se iría desangrando lentamente.

Lo sorprendió la presencia de un bulto acurrucado junto a él. A su lado, entre un revolotear de moscas, yacía el cadáver de su perro.

—Garm —dijo—, amigo mío. ¿Quién te trajo hasta aquí?

Oyó una explosión, después otra. Como pudo levantó su cabeza: la cabaña y la camioneta ardían.

Volvió su cara al cielo, a ese firmamento atiborrado de estrellas.

—¡Allí reina Orión! —murmuró—, ¿ves, Garm? Y también Sirio, su fiel compañero.

Escupió sangre. Consideró que esos astros entramaban una historia muy antigua, y que él y Garm simbolizaban en la tierra el reflejo fugaz de ese universo.

Aceptó la derrota. Entendió que le habían retribuido con su misma moneda, que todo el tiempo jugaron con él, que la desaparición del cadáver de Garm formó parte de una astuta elucubración para distraer su pensamiento. Se dio cuenta, también, que participó del deleite de otro, de ese “sublime instante” que sobrepasaba el goce de la muerte misma.

Parpadeó. Sabía lo que sucedería.

Vio pies descalzos que se acercaban. Contempló otra vez el cielo: una cara le tapó las estrellas.

La cara se colocó casi contra la suya. La recordó, a pesar de la metamorfosis. La antigua calva había desaparecido bajo la maraña de una melena hirsuta. La piel afloraba detrás de un oscuro pelambre. La boca se abría en aullidos desde donde asomaban colmillos afilados.

Apretó su rosario contra el pecho.

Intentó musitar una oración, pero ya no le alcanzaron las fuerzas para ordenar sus pensamientos.

Phelinger, Daunio, o como se llamara esa maldita bestia, movió un brazo y le puso una garra sobre las manos: un dolor agudo lo obligó a gritar.

Cuando la bestia lo soltó sus manos ya no existían: chorros de sangre manaban de sus propias muñecas.

El rosario se tiñó de rojo.

 

 


En palabras del autor: “Mi nombre es Sergio Bonomo y nací en el verano de 1966. Me asomé a la literatura desde muy niño, ya que mi abuelo poseía un volumen de El libro de las mil y una noches y me leía una historia cada mañana. Cuando aprendí a leer, fui atrapado por las novelas de Salgari y de Julio Verne. Más tarde llegaron a mi vida Horacio Quiroga, Ray Bradbury, y luego Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Pero lo que realmente me llevó a intentar escribir de una manera decorosa fue mi fascinación por la obra de Edgar Allan Poe. Comencé a escribir relatos desde ese momento. Me dedico a realizar espectáculos de narración oral y coordino el ciclo de narración de cuentos Mester de Juglaría, en “The Classic”. Con “Historia de extramuros” obtuve el premio al autor local en el Primer Certamen Nacional de Cuentos “San Martín 2008”, organizado por la municipalidad de General San Martín. Ángela Pradelli, Agustín Romano y Fernando Sorrentino fueron los miembros del jurado. Publiqué mi cuento “Detrás de la puerta” en el no. 209 de la revista Axxón. Durante 2010 presenté narraciones orales en el ciclo Abriendo puertas, coordinado por Pedro Parcet. Mi relato “Fairlane” resultó finalista en el Premio Domingo Santos 2010, organizado por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror; en dicho concurso, fui el único autor finalista de nacionalidad no española. Fairlane fue publicado en el no. 214 de revista Axxón. Publiqué mi cuento “La noche de las fieras” en el suplemento cultural del diario Perfil. Desde 2009 pertenezco a las filas del Taller de Corte y Corrección, coordinado por Marcelo di Marco.”

Hemos publicado en Axxón DETRÁS DE LA PUERTA, FAIRLANE y EL ANILLO.


Este cuento se vincula temáticamente con ¿HA OÍDO LLORAR A LOS LOBOS?, de Daniel Flores; 1807, de Alejandro Alonso y ELLA, de Gustavo Courault.


Axxón 257 – agosto de 2014

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Seres fantásticos : Licantropía : Argentina : Argentino).


12 Respuestas a ““El sublime instante del cazador”, Sergio Bonomo”
  1. Ricardo Giorno dice:

    ¡Por favor, qué cuentazo! Redondo, espeluznante y terrible. ¡Felicitaciones!

  2. sergio dice:

    ¡¡¡Me encantó la ilustración de Tut!!! Muchas gracias

  3. Eduardo Poggi dice:

    ¡Felicitaciones, Sergio! Un cuento escrito con la fuerza y la poesía que te caracteriza. ¡Excelente!

  4. Pablo Vigliano dice:

    Qué cuento te mandaste Sergio Bonomo!!! Felicitaciones por tu gran trabajo, porque fluye y atrapa en sus garras. Me gustó la fuerza que conseguiste con el rosario, el Old Smuggler, el Winchester, “Los mitos griegos”, los aullidos, el viento, la cabaña sacudiéndose, los libros saltando, la ventana estallando. También me gustó toda esa historia del Chacal. Leyéndolo, me sentí en mi salsa. Tremendo!

  5. Jorge Del Río dice:

    Excelente historia, Sergio! Impecable, desde la ambientación hasta el trasfondo del personaje, y la vinculación con los mitos griegos. Relatos como estos son los que me demuestran todo lo que me queda por aprender…
    Saludos!!!

  6. sergio dice:

    ¡Gracias, Jorge!
    Gracias por tus elogios generosos, y por detenerte a leer el cuento. Leyendo y escribiendo, todos tenemos mucho que aprender. Eso es lo bueno de esta vida.

  7. Judith dice:

    Muy bueno!

  8. joaquín dice:

    MUy bueno.

  9.  
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