¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

“Cuarenta minutos tarde y todavía no prende el fuego” pensaba Jacques, estresado, mientras rotaba su cuello para descontracturarse. El fondo de la pileta olímpica que le habían regalado la semana anterior para su cumpleaños debía tener algo roto, porque no había forma de hacer que el carbonoide prendiera para calentar la parrilla. Además, Muriel ya comenzaba a ponerse pesada. Con esas miraditas que le mandaba a cada rato, mientras alternadamente se rascaba las tecnobranquias y se acomodaba y reacomodaba los pechos dentro del sostén.

“Ni hablar, va a haber que subir y ver si los carbonoides de reserva funcionan”, resolvió Jacques.

Ajustó un poco el cinturón, hasta calibrar el peso correcto que le permitiera poder ascender, y nadó hasta arriba. Antes de salir del agua respiró profundo. Las reservas de carbonoide no estaban lejos de la pileta; apenas unos metros en el galpón de herramientas. De activar y desactivar las tecnobranquias seguramente perdería aún más tiempo del que ya había perdido hasta ese momento, así que intentaría llegar sin tanto embrollo.

“¿Quién me manda a hacer estas cosas?”, pensaba Jacques, mientras hacía fuerza para salir por el borde de la pileta. Pero internamente sabía que no había asado más delicioso que el que se hace en la pileta propia. Un brazo, luego otro y luego los restantes cuatro. Necesitaba de todas sus extremidades superiores para levantar los ochenta kilos de su prótesis coxal. En momentos como ése se arrepentía de haber elegido ocho ruedas en vez de cuatro, pero al fin y al cabo, para él la potencia y tracción cuando andaba en terreno seco lo valían.

“Mañana mismo hago instalar la rampa de acceso, pero primero tengo que hacer que esta maldita parrilla funcione.”

Jacques miró el cielo y vio densas nubes formando un “8” sobre su casa; debía apurarse. Tomó el control remoto de uno de los compartimentos de su prótesis y lo apuntó al galpón de herramientas. La almohadilla de silicona reconoció sus huellas digitales y la primera escotilla se abrió con increíble rapidez. El control remoto le pedía a continuación la clave de seguridad de la segunda escotilla. “¡Qué fastidio! Aunque está bien que Muriel se haya tomado tantas precauciones con las herramientas. Uno nunca sabe…” Intentó recordar la clave y la fecha de su aniversario al mismo tiempo. Seis malditos números en una estúpida combinación. Primero era el año; ésa era fácil. Fue el año del primer injerto; cuando había fornicado como nunca antes. Los centímetros extra en los dedos de la mano le habían dado una ligera fama de versatilidad por todo el conservatorio, que él supo aprovechar más que bien. No era que fuera mejor músico por ello, pero sí llegaba a un par de notas más allá que la mayoría; ampliaba el espectro. Sin embargo, eso fue sólo un efecto colateral de la maravillosa operación, pues la mejora principal había sido la ventaja abismal que le significaba en la cama. Cientos de ciborgs, neosphinxes, gente de la raza de los Gobernantes y hasta seres tan extraños como mujeres totalmente orgánicas habían gozado de su virtuosismo. La última en esa cadena de euforia y copulación había sido Muriel; las mejores tres tetas que había visto alguna vez. Aquel mediodía de increíble pasión a la luz de los fulgurantes soles, Jacques quedó tan sorprendido que decidió formalizar la relación ahí mismo con el tradicional intercambio de comida masticada (maíz con mayonesa en este caso, pues no había cerca trigo adobado con mercurio).

 

 

Mientras recordaba estas viejas épocas, añorando volver a una vida más simple, las tecnobranquias comenzaron a agitarse. Se estaba hiperventilando, y ni siquiera había logrado abrir la última puerta.

Volvió rápidamente a la pileta, completamente fastidiado. No pudo conseguir el carbonoide y no lograba recordar la fecha completa de su aniversario. Para lograr lo primero necesitaba la información de lo segundo; y preguntarle a Muriel, con el clima que había entre los dos, se tornaba imposible.

Cuando llegó al fondo pudo ver el carbonoide encendido y ya ubicado bajo la parrilla. Desconcertado, salió a la superficie.

—Era el simulador de oxígeno, parece. Le faltaba una ajustadita nomás —le dijo Muriel detrás suyo, mientras le ubicaba sutilmente un beso seco en la mejilla— Ah, y llamó mamá; ya están llegando.

Un tanto aliviado, Jacques puso el motor en marcha y arrancó hacia la cocina. Muriel lo vio salir disparado sin siquiera devolverle el beso y ella también empezó a recordar viejas épocas. En especial, aquella aventura que tuvo con Pontze, el bufón de la corte del Reino del Sur… Pero eso ya formaba parte del pasado. Ahora estaba comprometida con Jacques y debía concentrarse en el ahora, en la cena con la gente del Coro Intergaláctico Interdimensional. Si todo salía bien, ella y Jacques serían reconocidos como buenos anfitriones y ¿quién sabe? tal vez algún día vendría gente del Gobierno, o algún rey o incluso hasta algún diplomático interdimensional.

Inflamada por delirios de grandeza, Muriel dio un saltito de alegría que la catapultó 20 metros en el aire.

—¡Ay, no! Me olvidé de recalibrar los tensores otra vez… ¡Ahora voy a estar un buen rato hasta que llegue al piso! Bueno, tranquila. A ver, hagamos la cuenta: Si son setenta kilos de fuerza en cada pierna, tenemos doscientos diez kilos en total. Si consideramos el peso del resto de mi cuerpo…

Así se quedó Muriel mientras el impulso seguía elevándola en el aire, llegando incluso más alto que los tubos acuíferos que se habían puesto tan de moda.

 

Mientras tanto, Jacques daba los últimos toques a los entremeses de esa noche: aletas de flughorn sazonadas como entrada, ensalada de algas rojas con huevos de hes-hes para acompañar la carne de la parrilla y para el postre, por supuesto, la placenta de un nraiol albino, secada a los soles con tres días de anticipación y endulzada con el menjunje que Trimar, la madre de Muriel, había mandado especialmente del sur. Era el plato que consideraba perfecto para la ocasión ya que, además de su exquisitez innegable, siempre le pareció el mejor agasajo que podía esperarse en una reunión del Coro Intergaláctico Interdimensional (o C.I.I.). En realidad, tanta ceremonia era algo que Jacques consideraba simple superstición o cábala, pero era bien sabido que la placenta de un nraiol albino, bien preparada, tenía múltiples beneficios en las cuerdas vocales. Y Trimar siempre lo exigía bien preparado.

Todo apuntaba a que seguramente esa noche sería para Jacques la gran oportunidad de volver al mundo artístico. Y por la puerta grande. Después de todo, sabía que el casarse con la hija de la directora del C.I.I. tarde o temprano traería sus beneficios. Más allá de los carnales, claro.

Tuvo su oportunidad en su juventud, tuvo su chance, pero lo había echado todo a perder. Se había enviciado con el polvo de nitrógeno; esa delicia color cian marmolada que le congelaba el cerebro y le liberaba las puntas de los dedos en un orgasmo musical. Era cosa común en eso días, pero no había que abusar de ello. Y él había perdido dos dedos principales por hacerlo.

Apenas si recordaba esa noche. Luego, con los datos de amigos y parte del público que estuvo presente, fue armando la totalidad de lo que aconteció: estaba desencajado, inserto en la música con todo su ser. El arpa nusiana vibraba en sus manos como si estuviera viva. Los dedos rozando los armónicos, saltando de melodía en melodía y entrelazándolo todo con la rítmica de un bajo oscuro que mantenía frenéticamente con su pulgar derecho. Y luego vino lo mejor. En medio del fortissimo que vislumbraba casi el final de la obra, aprovechó un compás de silencio de su mano izquierda para llevarla a su boca y arrancarse violentamente la falange distal de dos de sus dedos. Aún las tenía en la boca cuando terminó. Las escupió al público (que para entonces estaba enloquecido) y se retiró tras el estruendo de los aplausos. Muchos aún mencionaban ese recital y esa genial interpretación cuando lo veían. Pero claro, no todos habían visto las consecuencias de ello.

Se quedó un rato frente al conservador-transportador (o “contrans”, para abreviar), mirándose la mano lisiada hasta que una alarma en el reloj atómico de la pared le indicó con fatídica precisión que faltaba una hora para la cena. Para colmo, a su tanque de agua purificadora se le estaban acabando las reservas.

—Bien. Perfecto. Sí, todo bajo control. ¡Muriel! ¡Muriel, vení para acá! —Jacques estaba desesperándose. Estaba evitando a toda costa pedirle ayuda a Muriel para no gastar créditos en su tarjeta de compromiso. Pero realmente necesitaba esos dos pares de manos extra.

—¡¿Qué querés?! —le dijo ella, con la esperanza de acumular otro favor para cobrar cuando se casaran.

—Abrí el contrans y pedí al ultra-mercado lo que falta. Ahí está la lista. ¡¿Dónde estás?!

—¡Ya voy, ya voy! —gritó Muriel— ¿Sabés?, no hace falta gritar para todo. Soy perfectamente capaz de oírte claro por cualquiera de mis cavidades occipitales.

—Bueno… perdón —concedió suspirando Jacques, volviendo a pensar en todos los créditos de su tarjeta de compromiso que esto le costaría más adelante. —Pensé que te habían removido los transmisores junto con las orejas de juicio. ¿Te encargás de lo que hay que pedir?


Ilustración: Fraga

—Bien, pero mirá que faltan como diez minutos para que caiga del todo.

—¿Otra vez los tensores de tus piernas? —dijo Jacques, entre enojado y cansado. —Bueno, apenas toques tierra, ¿sí? Yo me tengo que ocupar del asado.

Una vez recargado su tanque de agua purificadora, Jacques aprovechó la pausa para respirar profundo y recuperar la compostura.

El rumor de un trueno lejano lo sacó de su pseudo tranquilidad y lo metió de lleno en el estupor. “No, ahora no”, pensó, reprimiendo las ganas de expulsar líquido de sus lagrimales.

Cuando salió de la cocina pudo ver y sentir cómo el agua comenzaba a burbujear y a formar leves haces ondulados fluorescentes por toda la pileta.

Inconscientemente lo sospechaba desde hacía un rato, pero recién ahora se daba cuenta plenamente. Desde que había salido a la superficie, en el intento fallido de conseguir el carbonoide, había visto en el cielo el cúmulo en forma de “8”; y era tan grande que tapaba un sol y la mitad del otro. Era la señal inequívoca de la lluvia ácida.

“Esto va a arruinar el asado”, pensó Jacques lapidariamente.

Pero la lluvia fue corta, apenas un chaparrón. Las aguas ya dejaban la tenue efervescencia de un rato antes, pero aún quedaba el tono luminiscente y verde, que era lo que en realidad arruinaba el sabor del asado.

“Piensa, piensa, piensa….” se atizaba mentalmente Jacques. “Vamos, estúpido despojo de homínido anfibio, debes encontrar la solución”.

Y entonces la luz se hizo en su mente: La reserva de orina que venía acumulándose hacía unos días en el sub-fondo del baño. El pH extremadamente alcalino de su orina y la de Muriel quizás fuera lo suficientemente fuerte para contrarrestar el sabor de la lluvia ácida. Pero debía actuar sin que Muriel lo notara, o sacaría a relucir todas sus manías de niña mimada que había heredado de su madre terrestre. Y tenía que hacerlo rápido; no había tiempo para desperdiciar. La única opción que veía posible era usar a los topo-bots para cavar un pequeño túnel directamente desde el baño a la pileta. Pero claro, estaban en el galpón de herramientas, cuya última puerta estaba todavía cerrada magnéticamente porque no podía acordarse de la maldita fecha de aniver…

—¡Bineka! —gritó en un golpe de inspiración, desempolvando milagrosamente de su cerebro la regla mnemotécnica que hacía todo mucho más simple: (2 ^ -10 / (3,86 * 1,552)) + 2449. —¿Cómo me pude olvidar de algo tan sencillo?

Apretó dos de los botones laterales del control remoto (que todavía sostenía en su mano inferior izquierda) y la última cerradura magnética se abrió. Jacques entró sin perder un facta-segundo más y se dirigió a las incubadoras esquivando cuanta herramienta inútil y anticuada se encontraba allí. Hasta tenían guardado un viejo “martillo” o como quiera que se llamaran esas cosas. Cuando llegó al pasillo de bio-herramientas, sacó dos de los pequeños pero laboriosos animalitos de sus nidos eléctricos. Desafortunadamente lo hizo con tanto apuro que uno de ellos, asustado, le mordió la mano justo en el lugar donde tenía lastimado. Jacques gritó como un desgraciado en treinta tonos diferentes al mismo tiempo. El topo-bot se asustó aún más y, refugiándose en sí mismo, se hizo una bolita temblorosa y chillante. Como Jacques no tenía tiempo para calmar al animal y además estaba enojadísimo por la mordida, lo dejó en su nido y se llevó otro. Esta vez, puso sus brazos para llevarlos como si fueran bebés de porcelana venusina y arrancó hacia la puerta de salida más cercana.

Una vez en el patio, soltó a los animalitos en el suelo y, usando el control remoto, les ordenó por medio de una pequeña descarga que cavaran un túnel que uniera el sub-fondo del baño con el fondo de la pileta. Los topo-bots sacaron sus garras de titanio y obedecieron con precisión matemática.

El truco estaba hecho. De a poco el agua comenzaba a retornar a su color original. La textura de la misma se sentía un poco más espesa al andar, pero por lo demás era casi seguro que nadie notaría el daño. Y en cuanto a la carne, seguramente tendría que acercarse y especiarla un poco más antes de que el sabor de la orina penetrase en la misma. Pero para estar seguro de que no quedaran restos de contaminación de la lluvia ácida, le convenía dejarlo así unos qlers más. No más de cinco qlers claro, si no, se pasaría.

Subió a guardar los topo-bots en su lugar, y al ver que finalmente Muriel ya estaba nuevamente en tierra , se apresuró a volver para terminar de preparar la mesa.

—Mamá ya llega, Jacques; acabo de verlos salir de los tubos acuíferos —le dijo sin sacar la cabeza del contrans, apenas lo oyó entrar en la cocina.

—¿Ya?

—Sí sí, deben estar terminando de acomodarse las posti-branquias. Sabes lo incómodo que es para ellos.

—Sí… ya sé —decía Jacques, mientras iba acumulando platos y cubiertos en sus extremidades superiores— Todavía no entiendo por qué no me pidieron que los vaya a buscar. Los tubos acuíferos son peligrosos. Sólo las castas más bajas lo utilizan ahora.

—Sabes cómo son los turistas, Jacques. Quieren probar la mayor cantidad de experiencias.

Muriel había asomado la cabeza para sacar algunos de los pedidos mientras hablaba con Jacques. Antes de volver a sumergirla de nuevo se acomodó la teta del centro, dejando que se viera ligeramente la aureola del pezón, y se arregló unos flecos despeinados de la cabellera.

“Debe estar coqueteando con el chico de los mandados de nuevo”, pensó Jacques, e hizo un gesto de desaprobación y hastío que Muriel no llegó a ver.

Cuando terminó de acomodar la mesa, pudo ver que la gente del coro ya estaba descendiendo, moviendo sus singulares extremidades nerviosamente, como renacuajos. Efectivamente traían puestas las posti-branquias, y uno podía ver cómo las tanteaban a cada rato, ya sea por lo incómodo o por temor a tenerlas mal puestas. Era lo malo de las posti-branquias: podían sacarse y ponerse con mayor facilidad, pero eran productos de calidad pésima.

 

 

En el recibidor, las paredes automáticas (un tanto obsoletas ya) empezaron a emitir el aroma acogedor y la música lounge típicos de los modelos antiguos. La madre de Muriel levantó una ceja reprobatoria, indignada frente a la falta de previsión por parte de su hija y yerno. “¡Qué horror! Ni siquiera se tomaron la molestia de poner las paredes al día. Increíble; ni una sola gaita en esta música de cuarta…” La gente del coro empezó a entrar en la casa, todos en fila y de mayor a menor grado de talento, como era costumbre. Detrás de la Señorama Bingen (la madre de Muriel) entró con paso imponente, vestido para la ocasión dentro de su exo-traje con interfaz empatizante, Fenrir, el trombonista más avezado de su dimensión. Su existencia era un misterio de la ciencia musical, pues no se entendía cómo era tan hábil siendo que desde pequeño le habían trasplantado su mente al cuerpo de un helecho. Porque si bien había conseguido modificar su trombón para adecuarse a su cuerpo vegetal, de alguna manera (que nunca quiso revelar) hacía sonar el instrumento como ningún pulmón podría haberlo hecho jamás. Su único problema era que se cansaba bastante rápido y por tanto debía descansar mucho tiempo antes y después de un concierto. Pero lo valía; cada nueva ovación lo llenaba de una alegría y emoción tan grandes que lo hacían estremecerse por todo su floema.

Detrás de Fenrir fueron pasando de a uno los demás integrantes, miembros de una raza extraña pero con talento para la música. Se llamaban a sí mismos “humanos” y decían que podían hacer música de lo que sea. A Jacques nunca le cayeron muy bien, pues parecían bastante soberbios. Sin embargo, algunas de las obras humanas que escuchó le parecían maravillosas y hasta mejores que las de su propia dimensión, por lo que en secreto les tenía un profundo respeto y admiración. Además, entre todas las estupideces que decían, cada tanto se les escapaban frases interesantísimas, como “la música es la misteriosa forma del tiempo”; tenían labia.

Lo que más envidiaba de ellos era la voz. Siendo Jacques de una raza anfibia, tenía cuerdas vocales diferentes a los humanos; le servían para comunicarse, pero no para cantar. Quizás fuera por la escasez de mucosidad entre ellas, o simplemente por el vicio de tragar cada mañana un vaso de cera de atrómpuro, hirviendo y sin destilar. Sea como fuere, no podía emular su voz. Y esto lo hacía sentirse un impotente musical, lo cual era insoportable para Jacques. Él nunca fue impotente en nada.

Una vez ubicados en la mesa, la Señorama Trimar Bingen procedió a presentar a los integrantes del coro. Como era costumbre en los coros interdimensionales, aquellos que lograban ser admitidos perdían inmediatamente el nombre que utilizaban hasta entonces, y pasaban a ser reconocidos mediante un número primo que se les otorgaba dependiendo de su habilidad musical. Salvo a Fenrir —quien tenía permitido usar su nombre original debido a su superioridad musical frente a los demás, sólo sobrepasada por la directora del coro— la madre de Muriel los presentó uno a uno, apuntándolos mientras recitaba en voz alta y en orden la cadena de números primos: 2, 3, 5, 7, etc. Se rumoreaba que estos coros eran muy competitivos y que el llegar a perder posiciones era una deshonra total.

 

Jacques se hallaba intrigado por la figura de Fenrir. Creía reconocerlo de algún tiempo, secreción y lugar. Estaba casi seguro de haber fornicado con él durante su auge como arpista nusiano. En esa época tenía un fetiche por los exo-trajes y las plantas de jardín. Toda esa cosa ancestral de la fotosíntesis produciéndose por dentro de ellos y luego exhalando el oxígeno puro sobre su cuerpo desnudo le excitaba sobremanera. Y sí; ahora que se acomodaba, empujando la silla de Muriel un poco hacia la derecha y se ubicaba frente a él, estaba del todo seguro. Esas sensuales prolongaciones llenas de endorfinas verdes, habían sido suyas en su juventud. “Tal vez lo mejor sea no comentarle nada a Muriel. Me pregunto si Fenrir se acordará de mí… Tenía una memoria extraordinaria, pero los detalles que recordaba eran siempre los menos importantes, por alguna razón. Supongo que mudar tu mente a una planta puede joderte de esa manera.” Jacques volvió repentinamente a la realidad por un codazo de parte de Muriel. Su mirada amenazadora le recriminaba que estaba siendo muy descortés, pues se había quedado mirando a Fenrir más de lo normal.

—Acomódense, por favor. La comida no tardará en llegar… —dijo ella, a la vez que miraba a Jacques como diciendo “…¿verdad?” Jacques comprendió inmediatamente y salió a buscar la comida quemando cubiertas.

Los invitados encendieron ceremoniosamente sus plataformas anti-gravitatorias, situadas alrededor del ramillete de tubos dispensadores de comida. Los humanos, quejumbrosos como siempre, habían pedido sentarse en la barra que rodeaba a los tubos mientras Trimar, Muriel y Fenrir (que nació como humano pero era mucho más abierto que sus compatriotas) flotaban en columnas de gravedad cero detrás de ellos. Decían que les parecía más cómodo de esa manera. No había forma de convencer al resto del coro de que comer con baja gravedad hacía que el pasaje de la comida de un estómago al otro fuera más placentero. Mientras tanto, Jacques le daba los últimos toques a la carne de roble, la cual enviaba a los comensales directamente a través de los tubos subterráneos que conectaban la pileta con el comedor. “Por poco nos sale todo para el carajo. Es una suerte que no hayan habido más contratiempos” pensaba, mientras ajustaba su cinturón para salir a la superficie y reunirse con los invitados. Sin embargo, si hay una ley que rige para cualquier planeta dentro de cualquier galaxia bajo cualquier dimensión, es la que dice que “A Loki le gustan los desafíos”; basta con decir que todo saldrá bien para que todo salga mal. En efecto, Jacques no se daba cuenta de que la herida hecha por el tierno pero irritable topo-bot seguía sangrando, y cada vez más. Para cuando se dio cuenta ya era tarde: se vendó la mano con un pedazo de piel que le había sobrado de la última muda y que guardaba en el botiquín de su prótesis coxal, pero no advirtió que la sangre se había esparcido por toda la pileta, manchando la comida y llegando a las plataformas de los desprevenidos coreutas.

Cuando Jacques llegó al comedor y se situó en su plataforma, todos estaban escuchando atentamente a 2, el terrícola barítono, que no paraba de hablar de las virtudes de la cultura humana.

—La conjetura del ilustre señor Goldbach nos dice que todo número entero par mayor que 2 puede escribirse como la suma de dos números primos. Aplicando este principio a nuestro excelentísimo Coro Intergaláctico Interdimensional, y usando complicadas teorías numerológicas, he llegado a la conclusión de que es posible viajar en el tiempo. Simplemente se trata de combinar nuestras voces en tonos específicos y de manera que la suma de nuestros nombres dé exactamente 102. No he logrado confirmar mi teoría por el momento, pues necesitamos más miembros del Coro para lograr tal hazaña. Además, mis colegas no me apoyan por algún sentimiento de falsa superioridad que les impide reconocer mi genio. Envidia encubierta, sin duda. ¡Y falta de sentido común, por cierto! Es fácil ver que el C.I.I. lleva en sus mismas siglas la clave de todo: CII es 102, en números romanos. Si además de eso dividimos la cantidad de…

Todos odiaban a 2. Especialmente Trimar, que estaba obligada a admitir que por más pedante que fuera el terrícola, tenía una voz celestial. La única absolutamente fascinada con el extraño relato verborrágico del humano era Muriel. De alguna manera toda esa palabrería la excitaba sobremanera. De hecho, estaba tan inmersa en lo que decía, que fue ella la que lo interrumpió para preguntarle qué era eso de “números romanos”, aunque Trimar y Jacques tampoco tenían idea. Pero el terrícola no tuvo tiempo para responder. Cuando abrió la boca para tragar otro bocado antes de hablar, sintió la sangre de Jacques quemándole la lengua.

Desesperado, tomó una botella de mercurio rebajado-saborizado y se la empinó para intentar apagar el fuego de su garganta. Luego de bajarse casi medio litro apenas si podía formar una palabra; estaba casi ebrio. Todos notaron su reacción. Lo miraron, observaron sus platos con comida, dejaron los cubiertos en la mesa y giraron hacia Jacques, buscando una explicación.

—¿Qué significa esto? —dijeron todos al mismo tiempo, pero divididos por notas según su registro, sonando como un gran bloque armónico de voces recriminatorias. Jacques se preguntó si acaso ensayarían para cosas como ésa. Sonrió un poco ante la idea, pero inmediatamente se dio cuenta del aprieto en que estaba.

Intentó mantener la sonrisa, transformándola en un gesto divertido y un poco altanero. Tomó los cubiertos, cortó un poco de la carne manchada de su sangre, se la metió en la boca y la tragó casi sin masticar.

Y luego sólo deslizó un comentario mordaz:

—Parece que los humanos no saben soportar un poco de aderezo picante en sus comidas.

Hubo un largo silencio y varios cuchicheos. La mirada de Muriel estaba atenta hacia Jacques, pues sabía que había algo raro. Pero tampoco le convenía que la reunión se arruinara; su madre jamás se lo dejaría olvidar. Y lo menos que ella quería era darle más material para que la tratase como inferior a su hermana mayor, la gran y sosa germinadora de testículos, así que pensó rápido y acudió en apoyo de Jacques:

—Bueno, pero no importa —dijo entonces Muriel, cortando a su vez un trozo de la carne manchada—, si no les gusta pueden quitarla, e incluso ponerle un poco de extracto de memigiri para endulzarla —luego tragó sin masticar, sintiendo cómo la cosa roja que bañaba la carne de roble iba lijándole la garganta por dentro—. Delicioso como siempre amor —agregó sin inmutarse, sonriendo, levantando la copa hacia Jacques y aprovechando la excusa para empujar la carne con la bebida.

Luego de eso, la cena se tornó en algo distendido. Al parecer, la combinación del extracto de memigiri con un poco de la sangre de Jacques le daba a la comida un sabor particular y exquisito. Debía tenerlo presente para futuras ocasiones.

Al momento de los postres, fueron dándose variadas conversaciones donde Jacques intentaba una y otra vez hacer notar su gran conocimiento sobre la música.

—Me parece que una de las grandes falencias en la música de ustedes, los humanos, es la de rechazar la idea de los injertos en sus intérpretes —decía Jacques, agitando sutilmente por encima de su cabeza dos de sus seis brazos que eran prótesis de metal, cuero y plástico—. Yo, por dar un ejemplo, en mis días de juventud perdí dos falanges en un accidente musical; ustedes saben cómo es —dijo guiñando el ojo y haciendo rugir un poco el motor de su prótesis coxal para acompañar su risa burbujeante—, ¿pero con esto bastó para alejarme de la música? No, para nada. Claro, ya no soy capaz de tocar el arpa nusiana. Pero con estos dos brazos que me hice agregar y mi sentido del ritmo, puedo asegurarles que no hay en esta dimensión mejor percusionista que yo.

Ahí estaba. Por fin empezaba a desarrollarse la verdadera razón por la cual soportaba a esa gente en su casa. Ahora sólo debía buscar una excusa para mostrarles sus dotes como intérprete. Y luego estaba seguro; no podrían aguantarse las ganas de llevarlo de gira interdimensional junto a ellos.

—¡Es cierto! ¡¡ES CIERTO!! —dijo 27 poniéndose de pie, gritando y golpeando la mesa—. Todo el mundo sabe que soy mucho mejor que la inepta proto-soprano de 23. Yo debería de encabezar la vigésima línea. Pero como soy xilo-soprano y tengo estos injertos de madera hueca no me permiten avanzar. Es una injusticia. Una barbaridad tan obvia que cualquier estúpido de cualquier dimensión podría verlo. Además, ¿qué la hace tan especial, eh? ¡¿EH?! Sólo porque con su registro abarca los sobre-sobreagudos ¿A quién puede importarle eso? Los perros son los únicos que pueden escuchar esas notas.

Jacques no entendía qué estaba pasando. De repente, luego del comentario de 27, los miembros del coro se enfrascaron en una discusión que parecía llevar a una resolución violenta. Todos estaban terriblemente alterados, y Jaques se preguntó si el haber ingerido carne bañada en su sangre, su orina y la lluvia radioactiva tendría algo que ver con eso.

Mientras todos discutían, y Muriel y su madre trataban de poner paños fríos a la situación, Jacques pudo sentir cómo algo lo tocaba por debajo de su prótesis coxal y acariciaba su cintura. Al agacharse un poco, pudo ver que era una de las extremidades del exo-traje de Fenrir, de cuyo ápice abierto se asomaba un racimo de sus sensuales hojas. Por suerte, nadie había notado la obscena insinuación. Jacques recordaba, con un poco de nostalgia, que Fenrir siempre fue sexualmente insaciable. Tal vez fuera otro efecto secundario de su transplante mental, pero lo cierto era que no podía contenerse cuando se excitaba. Sí podía (y lo hacía con la maestría propia de una enredadera) buscar lenta y estratégicamente la manera de conseguir lo que quería y a quien quería, para atraparlo irresistiblemente hasta que encontrase algún lugar mejor adonde seguir trepando. Sus víctimas, por lo tanto, se volvían irremediablemente cómplices frente a sus encantos. Jacques tenía la teoría de que tenía algo que ver con las esporas que exudaba constantemente, pero no le importaba. La sensación que le producía ver esos esporangios abiertos y seductores lo volvía loco aun antes de ser afectado por las sustancias que emanaban de Fenrir, pues le traía recuerdos hermosos de viejas épocas llenas de viajes interminables de placer omni-erótico.

Mientras Jacques deliraba dentro de su propia plataforma, los invitados subían cada vez más el volumen y el tono de las agresiones. Por momentos, sus voces lograban una bellísima armonía discordante, lo cual tal vez explicaría que Fenrir estuviera cada vez más excitado. Pero justo cuando todo estaba a punto de estallar en una guerra orgiástica interdimensional, una docena de calamares plomeros aparecieron abruptamente de los tubos dispensadores de comida. Sus afinados sentidos habían percibido, desde el galpón de herramientas, el olor y la atractiva viscosidad de la sangre de Jacques, que había manchado cada bocado de comida. A través de los tubos subterráneos habían logrado absorber cada centilitro de sangre que encontraron. Ahora sólo les faltaba buscar dentro de los estómagos de la gente.

Ninguno de los presentes tuvo tiempo de reaccionar; los calamares eran tan ágiles como voraces. Enajenados, nadaban en un frenesí de violencia desgarradora, atacando sin la más mínima misericordia a cada uno de los comensales y degustando piel, xilema, plástico y metal por igual, como si fuera un festín celestial. Mientras gritaba y se retorcía en su plataforma, Jacques se lamentaba profundamente por no haber cerrado la puerta del galpón de herramientas. Un pequeño desliz era todo lo que se necesitaba para terminar en una tragedia de tal magnitud. “Si tan sólo hubiera comprado el cierra-puertas automático… Todo lo que tenía que hacer era prometerle mi primogénito al vendedor. ¡Idiota cabezadura!”

Pero algo extraordinario ocurrió en ese preciso momento: el ruido combinado de los gritos formaron por un instante la melodía más bella jamás escuchada, olida o misfrada. Era una música de otro mundo, o mejor, de otro plano de existencia, más allá incluso de todas las dimensiones conocidas y que se puedan conocer. Todos en la sala lloraban, pero no por las heridas mortales, sino por la emoción inmortal que sufrían en sus corazones y radícula. El intenso dolor-feliz-felicidad-dolorosa duró poco, de cualquier manera. Un minuto estándar más tarde habían desaparecido para siempre. ¿A dónde? ¿A cuándo? ¿A qué secreción?

Nadie lo sabe.

 

 


Federico Andrés Caivano nació en Buenos Aires en 1990. Estudió Filosofía en la UCA y actualmente está investigando acerca de los mitos platónicos para su tesis de licenciatura. Forma parte del taller literario “Los clanes de la luna dickeana” y tiene cuentos publicados en los blogs Litterulae e In girum imus nocte, y en la revista PROXIMA.

Facundo E. Córdoba nació en Buenos Aires en 1983. Es Profesor de Artes en Música, graduado de la EMPA y actualmente trabaja dando clases en nivel Primario e Inicial. Forma parte del taller literario “Los clanes de la luna dickeana” y publicó cuentos en PROXIMA, en la sección Ficciones Breves de Axxón y en la antología Psychopomp II: Bunny Love, de la editorial Gutter Glitter.

Este es el primer cuento de ambos en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con DISMNESIA TEMPORAL, de José Vicente Ortuño, y PIG BANG, de Saurio.


Axxón 258 – septiembre de 2014

Cuento de autores latinoamericanos (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Humor : Universos paralelos: Música : Argentina : Argentinos).


6 Respuestas a ““Música incidental para helecho y cuarenta comensales”, Federico Caivano y Facundo Córdoba”
  1. Juan D. dice:

    Muy buen cuento, pero 27 no es primo.

  2. Guillermo dice:

    Fede, Facu felicitaciones !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Por favor lean este cuento es excepcional.

    Un abrazo

    Guille

  3. Ric dice:

    Imaginación a full. Eso me gusta.

  4. Teresa dice:

    Dos escritores excelentes. Dos voces jóvenes que están empezando, pero que no son dos “jóvenes promesas” sino dos contundentes autores hechos y derechos. ¡Y encima juntos! Felicitaciones.

  5. Laura Ponce dice:

    Jeje. Cuanto alucinógeno hay acá… Cada letrita brilla, incandescente, más que el carbonoide.
    Felicitaciones, chicos: excelente trabajo :-)

  6.  
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