¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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Ficción Breve (setenta y cinco)

¿Cuántos universos puede crear un mismo autor? ¿Es necesaria una cantidad mínima de palabras para dar una imagen verosímil?

 

En el borde de lo fantástico, poniendo también un pie en el surrealismo y otro en el inconsciente colectivo, Enrique Decarli juega, estira los límites y hasta se da el lujo de coquetear con la realidad. No le hacen falta demasiadas palabras, tan solo las necesarias.

Acompañémoslo en su juego, veamos que nos trae esta vez mientras salen, uno detrás de otro, los conejos de su galera.

 

Dany Vázquez

 

 

 

EL ÚLTIMO CRISTIANO – Enrique Decarli
ARGENTINA

 

La hora del almuerzo en el zoológico es un espectáculo aparte. Fidel entró a la jaula como si entrara a su casa. A los leones no les tenía miedo, y eso que eran tres. Otra cosa acechaba tras las rejas. Si Fidel daba un paso más lo tomaría por asalto, él lo sabía.

También sabía que el imperio seguía en pie. Personas allegadas habían visitado Roma; una tía le trajo un souvenir del Coliseo. Esas cosas lo complacían. Era cuestión de ahorrar, la ocasión llegaría sola; por eso seguía trabajando, entrando a la jaula como si entrara a su casa.

Dio la espalda a los leones, dejó el balde con carne en el suelo. Aseguró el cerrojo. Se dio vuelta, bostezó y caminó hacia el Capitolio Romano.

Después de visitar la escalera Aracolei, la Cordonata y el Palazzo Senatorio, hizo un alto en el Palacio Nuevo. De un bolsillo del pantalón sacó un mapa, lo desplegó; caminó hasta el Templo de Júpiter, hasta la Roca Tarpeia. Caída la tarde, fumó mirando Roma.

Había anochecido cuando el Foro se presentó a su derecha; cuando, al frente, se elevó el Coliseo. Se sentó en la vereda, se quedó dormido, la espalda y la cabeza contra la piedra.

Un rumor extraño lo sobresaltó, un griterío, un bramido de animales. Se levantó y rodeó la manzana. El Coliseo estaba cerrado, y vacío, según vio a través de una reja.

Despuntada la mañana, Fidel encabezó la fila de entrada. A las 9:00 se permitió el acceso al público. Unas galerías internas, varias escaleras lo llevaron a una sección del segundo nivel. Abajo, a la izquierda, vio el podio del Emperador. Un nuevo deseo se le hizo carne. Otra vez lo asaltó el rumor, los animales y la gente, no tuvo dudas. Cerró los ojos, deseó el espectáculo. Un último combate.

El clamor popular y un rugir de leones cobraron magnitud atronadora. Fidel abrió los ojos. No eran los veinte turistas de la fila los que lo rodeaban. La plebe romana lo envolvía. Todos, él incluido, vestían al estilo imperial.

El griterío fue en bienvenida del César. Fidel no sabía en qué época del imperio abría los ojos ni qué emperador era ése que, parado en el palco, saludaba.

Un orador locuaz introdujo una presentación breve. Fidel, sin entender, intuyó que asistía al preludio de un espectáculo voraz. Reconoció un nombre. Mauro.

Se abrió una compuerta. Un grupo de Pretorianos empujó a un joven a la arena. No parecía un gladiador. Vestía un calzón de cuero, empuñaba un cuchillo y un escudo. En el pecho, algo resplandecía. Fidel imaginó un colgante; deseó la forma del colgante.

Se abrió una reja, salió un león. Mauro dejó caer el escudo, el cuchillo. Se arrodilló. Empuñó la luz en el pecho. Amenazador, conjuró a los presentes. El león atacó.

Fidel, sin quitar los ojos del cuerpo de Mauro, dijo algo que no llegamos a escuchar, que los espectadores que lo rodeaban sí habrán escuchado y entendido, porque no vacilaron en delatarlo. Los Pretorianos lo detuvieron, el hecho fue comunicado al Emperador. Por la misma puerta de Mauro, salió Fidel. El pueblo exigía su sangre.

La luz colgaba del cuello inerte de Mauro. Parecía increíble que después del ataque siguiera ahí. Fidel la arrancó, la apretó entre las manos. No había intuido mal.

—¡Que muera! —clamó la gente—. ¡Que muera!

Se abrió una reja, tres leones salieron al ruedo.

El Emperador se puso de pie. La plebe enmudeció. Fidel, desentendido de los animales, cada tanto distinguía algún nombre en las palabras del César; nombres que, quizá, recordara del colegio. Los leones esperaban, atentos a los movimientos de Fidel. Las palabras del César eran más y más difusas: Nerón, Domiciano, Septimio Severo, Cristo.

El emperador levantó el pulgar.

—¡Constantino el magnánimo! —gritó un grupo de espectadores.

—Constantino —suspiró Fidel.

—¡Constantino el magnánimo! —gritó el Coliseo.

Fidel levantó el balde y se acercó a los leones.

—¡Constantino, Tiberio, Trajano!, ¿cómo estamos hoy? Hermoso día, ¿no es cierto? ¡Hermoso día!

La jaula se rodeó de gente. Los tres leones comían de las manos de Fidel.

 

 

 

 

INFRACTOR – Enrique Decarli
ARGENTINA

 

Suena un silbato. Las puertas se cierran y el tren arranca. Entonces escucho un ladrido. En el pasillo hay un perro con gorra azul. Del cogote le cuelga el silbato. Avanza despacio, entre los asiento. Se para sobre las patas traseras y pica los boletos. Me llama la atención que la empresa de ferrocarriles emplee perros. Después me doy cuenta. Todos los que viajan en el vagón son animales. Lo que al principio creí manos (ahora lo veo bien), son pezuñas, picos y cascos que entregan boletos al perro.

Prohibido el ascenso de humanos, dice en rojo, una leyenda atravesada en la puerta. Recuerdo que en la boletería el empleado me dijo algo que no entendí. Que no me detuve a entender porque el tren estaba en el andén y no quería perderlo —ya fui suspendido en el trabajo por llegar tarde—, quizá fue un gruñido. Recuerdo, a través del vidrio verde, oscuro y sucio, una cara muy peluda.

Me paro y, disimuladamente, camino hacia el fondo del vagón. Compruebo que atrás mío también hay animales. Una perra me guiña un ojo, una perra linda. Una yegua y un potrillo se besan. Acomodados en el espacio para las bicicletas, sacan el hocico por la ventanilla. Sacuden las colas llenas de moscas. El tren sin embargo está limpio. No hay olor a animal.

El perro me mira, por debajo de la visera, pero no se altera al verme escapar. Sigue controlando los boletos a su ritmo, que es, más bien, lento. Cada tanto muestra los dientes y ladra. Un pasajero excedido de equipaje, pienso. O de sección.

El final del vagón es, además, el final del tren. Miro por la ventanilla y el paisaje pasa lento. Se ramifica en montones de vías y descampados que desconozco o no logro ubicar. Lo único que espero es llegar rápido. Pronto a la próxima estación, aunque ignoro, en realidad, cuál será la próxima estación en que este tren pare. Que al menos alguna puerta se abra. Antes de que el perro me arrincone.

 

 

 

 

SANAS COSTUMBRES – Enrique Decarli
ARGENTINA

 

Aquella noche, el señor Fay no había dormido nada bien. Despertó y maldijo, otra vez, el golpe de la tarde anterior.

El incidente, que dejó como saldo la fractura de la mano derecha, de regalo trajo el yeso, que ni siquiera le permitía verse los dedos.

Haciendo de tripas corazón esa primera mañana fracturada, se preparó para ir a trabajar. En la puerta se dio cuenta. El yeso le impedía girar la llave. Decidió no ir a trabajar, lógico; ¿quién hubiera podido, en esas condiciones, abrir una puerta?

Muchos pensarán que el señor Fay era uno de esos que, a la primera excusa que encuentra, se hace la rata del trabajo. Pero no. No es el caso de nuestro señor, al contrario. Dueño de una personalidad escrupulosamente ordenada, vivía como un genuino tormento no ir a la oficina igual que siempre. Por eso, aunque más no fuera de consuelo:

—Ausente sí —dijo—, pero con aviso.

Llegó hasta el teléfono, levantó el tubo con la mano izquierda: el yeso le impidió discar.

—¿También esto? —gruñó. Colgó furioso, las fuerzas lo abandonaron; mortificado, se desplomó en un sillón.

—Justo a mí… —lamentó mirando la calle a través de la ventana—. A mí, que soy la mano derecha del gerente… La mano derecha —murmuró. Se miró la mano derecha. Y cayó: el gerente tampoco podría salir—. ¡Qué contratiempo! —dice agarrándose la cabeza—. ¡Quién pudiera discar un número amigo!

Igual de complicada se presentó la mañana siguiente, que también encontró al señor Fay mortificado, desplomado en el sillón, monologando a través de la ventana.

Al tercer día que, sin aviso, faltó al trabajo, por debajo de la puerta recibió un telegrama. La noticia lo amargó; aunque no tanto por él, sino por el gerente. Según dedujo, también lo habrían despedido.

Repasar todos los episodios, lamentables como injustos, de esta historia, sería un verdadero ultraje a la intimidad del señor Fay. A modo de ejemplo, basta saber que, pocos días después de la fractura, empieza a alimentarse de comidas que no necesita cortar: puré, ensaladas y fideos; empanadas, sándwiches y tartas. Como buen diestro, maneja a la perfección el tenedor con la mano izquierda. Abandona a las caries el cepillado de los dientes; a los piojos, el de los cabellos. Resigna su acostumbrada elegancia a la misma ropa del día del accidente. Y tanto se habrá encariñado con el yeso, que pasan los años, y el yeso sigue ahí.

La vejez lo encontrará en bancarrota. Consumidos los ahorros, supermercado y farmacia suspenden los envíos a domicilio. Nadie lo visita, nadie lo ayuda. En el barrio lo creen loco, un ermitaño. Los nenes tienen prohibido jugar cerca de su casa. La mayoría de sus amigos murieron; los otros, después de haber ido a visitarlo y comprobar que no se les abre la puerta, apenas si lo recuerdan. También los padres murieron, el hermano. Los sobrinos lo consideran un avaro, lo odian. Hicieron la cruz a “ese tío insensible, que ni apareció por los velorios”.

No hace falta aclararlo: ventana de por medio, el señor Fay intentó explicar la situación. Todo fue mal interpretado, reducido a burlas, a improvisados diagnósticos de chochera, Alzhéimer, arteriosclerosis.

Sentado en el sillón, ahora que presagia una vida empeñada tras la ventana, armado con la sabiduría que los años fueron trayendo y que él —metódico y ordenado— apiló como revistas viejas, se entrega con fervor a dolorosas filosofías:

—Es la primera vez que escucho de una fractura tan nefasta… Es inútil… El hombre propone y las cosas disponen.

 

 

El peso de los hombros ha vencido el espinazo. Camina apoyado en un bastón. El cuerpo cansado se inclina al destino irreversible. Pero antes de irse, antes de convertirse en leyenda, el viejo señor Fay renegará de su lucidez:

—La verdad, hubiera preferido no darme cuenta nunca de nada.

Y en ese marco, lamentando su destino, lamentando el destino del gerente —que sigue soñando atrapado, envejecido, llamando a los gritos a su mano derecha—; en ese marco, el pobre señor Fay penetra los umbrales del instante último.

Su experiencia se concentra en el único reproche que nunca formuló:

—¡Por qué no me habré fracturado la mano izquierda! —grita.

Se deshace en el estertor. El sillón lo espera, lo invita, lo tienta. En él se desploma. Como siempre. Muerto.

 

 

 

 

ÚLTIMA TUMBA – Enrique Decarli
ARGENTINA

 

Es medianoche. Papá y el Ronco se encuentran, frente a frente, en la explanada de adoquines. Se dan la mano. Es la hora, dicen. Lo que van a hacer los divierte, sonríen. Lo planearon durante meses y tal vez por eso no imaginan que uno, hoy, va a morir.

Los dos van de negro pero el Ronco viste sobretodo. Si hace frío, papá no lo siente. De frente el portón descubre, entre barrotes de hierro forjado, unos primeros metros de camino que la noche traga como pronto los tragará a ellos.

Los dos saltan al mismo tiempo. Se agarran de los barrotes y trepan. Montan el portón, primero una pierna, después la otra. Se dejan caer al otro lado y un golpe seco, a modo de bienvenida, impacta los adoquines. Papá se interna sin mirar atrás, la boca negra que come el camino y sólo devolverá a uno. Al Ronco le toca esperar. Diez minutos junto al portón. Quizá mire el farol que ilumina la entrada. Se frote las manos. Palpe la cintura y confirme que lleva el puñal. Quizá mire el reloj. Levante la solapa del sobretodo y empiece a caminar.

No importael camino. No hubo acuerdo sobre eso. Importa llegar a la tumba. La que ellos decidieron sea, por esa noche, la última tumba. Papá elige el camino a medida que avanza. Conoce el cementerio. Senderos poco iluminados lo conducen. No tiene miedo. No cree en fantasmas. Sólo piensa en la apuesta. Que los serenos no lo vean y lo echen. A nadie pidieron permiso para entrar, a esa hora, armados cada uno con un puñal. Piensa en ganar. Aunque mejor sería un empate. Abrir la petaca y festejar. Un trago uno, un trago el otro, al pie de la tumba, la que ellos decidieron sea, por esa noche, la última tumba. Los dos puñales clavados en la tierra.

Papá llega y se arrodilla. De entre las ropas saca el puñal y lo entierra. Escucha pasos. Hacia él avanza, despegándose de la noche, una mancha más negra que el cementerio. Toma forma. La forma de un sobretodo negro largo. La cara del Ronco parece pálida entre tanta oscuridad. Papá se aleja disfrutando el empate, un empate de amigos donde ninguno se achicó. El Ronco se arrodilla. Ahora sacará el puñal y lo enterrará hasta el mango. Los dos lo ignoran. La hoja del puñal clavará un doblez del sobretodo. Cuando el Ronco quiera levantarse, algo lo retendrá desde abajo.

 

 

 

 

A TRAVÉS DE UN VIDRIO ESFUMADO – Enrique Decarli
ARGENTINA

 

Me gusta que Nahima vaya forjando su versión de las cosas. Me gusta que señale el monumento a la bandera y diga Ico. Que nunca quiera sentarse en ese banco de piedra, me gusta, porquelo ve y lo reconoce, es ése, no otro. Retrocede y se abraza a mis piernas: imita el sonido del lavarropas que, cuando centrifuga, la asusta. Me divierte que al policía de guardia los jueves le diga Babáu. Al perro policía le dice nene y otras veces (pero esto no me divierte), dice nene o nena señalando al vacío. Bajo la sombra del cartel municipal, se queda ensimismada. Una flecha roja ordena el sentido antihorario como sentido correcto de circulación.

Me tranquiliza que Nahima vaya tomando nota de estas cosas. La gente del Partido, en ese sentido —valga la redundancia— es muy obediente. El problema son los extranjeros. Ellos vienen a nuestra plaza, exclusivamente, a caminar en dirección horaria. Es entendible o yo los entiendo. A la plaza van chicas y muchachos muy lindos y circular en sentido inverso es la única posibilidad de ver la cara de alguien, cruzar un saludo, pedir y que te den un número de teléfono. Hubo parejas que se formaron así, intercambiando datos a mitad de la plaza. Varios días de varios encuentros a contramano les llevó conocerse los nombres, las edades, las ocupaciones. Hasta que uno, al fin, decía: ¿Querés salir conmigo?, y en la vuelta siguiente el otro sonreía y decía , y en la siguiente el otro decía En aquel bar, y en la siguiente el otro decía Dale, y entonces cruzaban la calle y se sentaban a una mesa y pedían algo para tomar. Así conocí a mi mujer. La extranjera en sentido horario fue ella. Yo soy nativo, igual que Nahima, y yo dije Sí, y yo dije Dale.

Es que fuera de estos casos de extranjeros a contramano, la gente del Partido, lo único que conoce de sus vecinos caminantes, es el pelo. La nuca. La espalda y lo que sigue abajo. A lo sumo podrá mirarse de reojo a los que uno pasa o lo pasan caminando. Yo era de mirar bastante de joven. Desde la Intendencia y la Iglesia (así dicen), el intendente y el obispo en persona controlan que las relaciones no proliferen y menos con extranjeros. La Intendencia y la Iglesia tienen vidrios esfumados. Alguna vez me pareció ver una sombra y la luz de un cigarrillo, aunque no estoy muy seguro. Que aprueban y encubren la expulsión de extranjeros, no me consta. Me consta que, en general, los extranjeros no duran mucho. Es entendible o yo los entiendo. Quién no se cansa de ir a contramano del mundo intentando abrirse paso entre la gente que te encierra y hombrea hasta empujarte a la calle. Así es que la mayoría de los extranjeros terminan atropellados. Eso es algo que sabemos todos y de lo que nadie habla, y tampoco yo debiera. Para mí, lo único que cuenta es que a Nahima no le llame la atención la multitud que camina la plaza. Se sabe cómo son los chicos. Un día de estos se escapa a contramano y quién me garantiza que no la confundan con un extranjero. Una vez soñé que la confundían. Me desperté gritando.

Por eso me gusta que Nahima vaya forjando su versión de las cosas. Monumentos que se convierten en caballos. Bancos que se convierten en lavarropas. Policías que se convierten en perros y perros en nenes, quizá sea eso, lo que dicen, pasa, cuando la plaza se llena de sombras. Los chicos atropellados merodean imperceptibles, visibles sólo a los ojos de Nahima, de un año y meses, que no sabe hablar. Que el día que sepa no verá monumentos sino donde hay monumentos y bancos donde hay bancos. Policías y perros sin confusión. Gente caminando en sentido antihorario y después nada. La Intendencia y la Iglesia. Algún día, con suerte, una sombra. La luz de un cigarrillo, a través de un vidrio esfumado.

 

 

 

 

POZO VACANTE – Enrique Decarli
ARGENTINA

 

La barra se juntaba pasado el mediodía. Gente toda muy lúcida a la hora de inventar pasatiempos divertidos y económicos. El más divertido, aunque no el más económico, fue el régimen de apuestas. Apostábamos a cualquier cosa. Al último número de patente de los autos, al color de una bicicleta que se acercaba, al próximo sexo que doblara en la esquina.

Alguien dijo que el frío complica siempre las cosas, que en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel. No sé de qué verano hablaría ese alguien, de algún verano francés; del nuestro, seguro que no.

El ambiente era sofocante. Hasta que no bajara el sol, ya lo sabíamos, los autos no dejarían la sombra bajo los árboles o los garage. Las calles vacías predecían siestas que nadie estaría dispuesto a abandonar, menos para llegar a nuestra esquina, caminando o en bicicleta. Un verano en que, lejos de sentirnos cerca del mundo, nos sabíamos anclados en la isla de José Mármol, por la esquina de Grandville y Bernardi pasó un linyera arrastrando un cadáver.

Tarde tras tarde ofreció el mismo espectáculo. A la misma hora, arrastrando el mismo cadáver, hasta que la descomposición y la fricción con la calle lo desarmaban en pedazos desparramados por el barrio. Al día siguiente reaparecía tirando de otro cuerpo, digamos, un poco más fresco.

Buscamos muchas consignas que someter al azar. Pero, por un lado, sabíamos a qué hora pasaría, 14 y 53, fijo, clavado, todos los días. Por otro lado, podíamos predecir cuándo habría de cambiar el cadáver. Y si bien ignorábamos de dónde venía y adónde iba, apostar a esos datos hubiera implicado corroborarlos previamente; las tardes eran demasiado calurosas, de ninguna manera seguiríamos la travesía de ese demente.

El verano declinaba. Apostamos a desentrañar el sentido del ritual.

—¡Haaagan sus apuestas! —gritó Rulo. Las opciones arriesgadas fueron curiosas—. No va másss…

14 y 53.

—Oiga, don… ¿Por qué arrastra los cadáveres? —preguntó Titi.

—Para recordar que estoy vivo —contestó el linyera. Después objetó el plural—. No se confunda, joven. Siempre arrastro el mismo cadáver.

El linyera no volvió a pasar. Quizá la fricción con el asfalto lo desarmó en pedazos desparramados por el barrio. Quedaron las palabras.

 

 

Cada tanto vuelvo a Mármol, a visitar a mis viejos, a los chicos. Paso por la esquina, Grandville y Bernardi, y experimentó una sensación extraña, un atisbo vago. Me doy vuelta, lo presiento. También arrastro un cadáver.

 

 

 


Enrique Decarli nació en Buenos Aires en 1973. Es abogado y músico. Vive en Rafael Calzada.

Su último libro de relatos, Jauría, publicado por la editorial Eloísa Cartonera, fue uno de los ganadores del Concurso “Sudaca Border” 2013. Su primer libro de cuentos, Desde la habitación del sur (Libresa, 2009), fue finalista del Concurso Internacional de Literatura Juvenil Libresa, de Ecuador, y lectura recomendada para la Escuela Media en el marco del Plan de Lectura Nacional 2010 por el Ministerio de Educación y Cultura de la Nación Argentina, y Big Bang, su segundo volumen de relatos, fue publicado recientemente por La editorial Textos Intrusos. Finalista de la tercera edición del Concurso Literario “Eugenio Cambaceres, 2013” que organiza la Biblioteca Nacional junto al Museo de la Lengua por su colección de cuentos Vía Láctea, en la actualidad se desempeña como coordinador de talleres literarios.

Algunos de sus textos fueron publicados en Escrituras Indie, Revista Axxón y La Balandra (otra narrativa); también en Uruguay, en la revista Literatosis, y en España: El Coloquio de los Perros, Babab.com y Narrativas.

Ya es habitual tenerlo en nuestras páginas. Además de numerosas ficciones breves, hemos publicado: LOS DESPOJADOS, PALOMAR, LAS OPORTUNIDADES PERDIDAS, DESDE LA HABITACIÓN DEL SUR y REENCUENTRO.

 

 

 

Axxón 261 – diciembre de 2014
Cuentos de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Fantasía : Temas diversos : Argentina: Argentino).


Una Respuesta a “Ficción Breve (setenta y cinco), Enrique Decarli”
  1. Pablo Vigliano dice:

    Me gustó mucho “El último cristiano”. Es una muy buena manera de arreglárselas para escribir una historia de romanos. Está bueno que el protagonista, que desconoce muchas cosas de la época, parezca un antropólogo que todo lo explica desde sus conocimientos y limitaciones, sin tantas especificaciones y con incertidumbres. Me gustó leer una historia de romanos.
    Otro que me gustó mucho: “Sanas costumbres”. Me resultó dramático, intenso. Los indicios para la llegar a la conclusión van in crescendo.
    Esos dos me gustaron para analizarlos bien y leerlos un par de veces más.

  2.  
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