¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

Tengo miedo del encuentro

con el pasado que vuelve

a enfrentarse con mi vida.

Tengo miedo de las noches

que, pobladas de recuerdos,

encadenan mi soñar…

C. Gardel y A. Le Pera,«Volver»

 

 

 

1

Bienvenidos al tren fantasma

 

 

Primer mandamiento: No especularás.

Yo lo ignoraba hace tres años, cuando tomé por primera vez la ruta a Trascendencia. Tenía treinta, estaba desempleado y no quería convertirme en una carga para mis tíos. En estos tres años tuve que aprender todo de nuevo, como quien se queda ciego y tiene que reeducar sus otros sentidos.

Trascendencia es un pueblito que está treinta kilómetros serranía adentro. Hace veinticinco años esa localidad cobró notoriedad a causa de la Guerra, pero en aquel entonces se llamaba Redención. Le pusieron Trascendencia después de la Guerra, durante la reconstrucción. A pocos kilómetros de allí, del otro lado de la sierra que marca el límite de Trascendencia, está el Primer Epicentro del que tanto hablaron los diarios. El único epicentro, si vamos al caso.

La Guerra, tal como la recuerdo de mi infancia, duró apenas quince días: los epics llegaron desde lo profundo del espacio, hicieron mucho ruido y se fueron con la cola entre las patas cuando empezamos a dispararles. Pero al final pasó algo. Un temblor que empezó del otro lado de la sierra arrasó con media Redención. También hubo un incendio que nadie vio. Los militares, con su afición por las palabras altisonantes, llamaron a ese sitio Primer Epicentro. Creían que la catástrofe era consecuencia de un ataque de los epics y esperaban más terremotos e incendios si la guerra se prolongaba, pero eso no ocurrió. Los epics ya se habían ido. La Guerra había terminado.

Sobre el incidente de Primer Epicentro corrieron muchas versiones: que invasores del espacio nos habían atacado con un proyectil o con un rayo sónico, que estábamos ensayando un arma para emplearla contra ellos y algo salió mal, que hubo un ataque de histeria masivo y que la mitad de los habitantes de Redención se había suicidado a lo bonzo en las laderas de la sierra, que alguien estaba experimentando con un virus cerebral. Estas versiones tenían variantes donde el ataque, el virus, los locos suicidas y la explosión de nuestras armas se combinaban en un complot mucho mayor. Yo leía todo lo que salía en los diarios y escuchaba todo lo que decían en la radio. Amaba esa excitación.

La versión que más circulaba en mi ciudad, la capital de la provincia, era que habíamos derribado una nave epic. Pero las únicas evidencias del incidente que llegaron a los periódicos (las fotos de un cráter y de la ladera norte de la sierra cristalizada) no probaban nada. Después de mucho meditar sobre la escasa documentación disponible (más escasa y menos disponible aún debido a mi edad) concluí que esa versión era tan buena como cualquier otra y me aferré a ella. Para los demás, el derribamiento se convirtió en un artículo de fe. Para mí fue el primer escalón en la búsqueda de la verdad. Pero esa búsqueda entró en letargo con la muerte de mi madre. La pérdida me partió en dos. La mudanza a la casa de mis tíos, el cambio de rutina y las nuevas relaciones adormecieron mi entusiasmo por los epics.

Al final, la excitación se fue apagando y Primer Epicentro entró en una zona gris saturada de evasivas, comentarios venenosos, fábulas color rosa y escepticismo. Todas las investigaciones encaradas por los diarios o las radios estaban sospechadas de buscar el escándalo para aumentar la circulación o la audiencia. Y allí donde había huecos en la información, la gente construía mitos que se desmoronaban al día siguiente sin dejar el menor rastro. Se decía que los únicos que podían saber la verdad sobre Primer Epicentro eran nuestros generales y políticos, los altos mandos de algunas potencias o los científicos de toda procedencia que durante un corto período desfilaron por allí.

Imagino que hoy ese mismo manto de fábula y escepticismo rodea a la segunda guerra, que fue fulminante y devastadora. Yo estuve ahí, puedo atestiguarlo.

Hace tres años partí hacia Trascendencia con la sensación de estar comenzando tan sólo un viaje de trabajo. Me fui con la bendición de mis tíos. Como dije, mamá había muerto algunos meses después de la Guerra. En cuanto a mi padre, no lo conocí ni llevo su apellido. Después de la muerte de mamá, me mudé a la casa de mis tíos maternos y mi primo Rolando. Esa nueva vida en familia fue buena por un tiempo. Después, Lando-Rolando se fue. Era mayor que yo y cuando cumplió los veintiuno decidió enrolarse en la Gendarmería. Yo ocupé su lugar, pasé a ser el hijo oficial, pero todos sentimos su partida como una pérdida.

Lando estuvo alejado de la familia más de quince años, comunicándose ocasionalmente por teléfono o por telegrama. O bien sorprendiéndonos con visitas de médico, entre una asignación y otra, hasta que quedó confinado en Trascendencia como comisario. Él era la verdadera causa del viaje. Después de todo ese tiempo en que yo me había hecho cargo de los tíos, Rolando me mandaba llamar a través de una carta: sé que estás sin trabajo, nuestro decano del periodismo está por jubilarse y alguien tendrá que ocuparse del diario, y mientras te vas aclimatando te puedo encontrar alguna changa.

Así que el viaje era también una oportunidad de volverlo a ver.

Soy periodista, y fui secretario de redacción en un par de revistas de la capital. Dirigir un diario de pueblo no podía ser tan difícil.

 

 


Ilustración: Tut

Llegando a Trascendencia tuve las primeras señales de que algo estaba fuera de lugar. Más precisamente, en los últimos quince kilómetros de la ruta, después del desvío y del puesto de Gendarmería. No es un puesto fronterizo: Trascendencia está en el corazón de la provincia. Tampoco supe de ningún conflicto que justificara la presencia armada, exceptuando aquél que ya llevaba más de veinte años enterrado en mi memoria.

—Por favor, arrímese al borde y baje. Tenemos que revisar el coche.

Los gendarmes chequearon todo: mi identidad, mi parentesco, la vacante que yo iba a cubrir, la radio del coche. Verificaron que el guardabarros no escondiera nada, que las valijas no tuvieran doble fondo.

—¿Qué hay en ese paquete? —dijo el gendarme.

—Son longplays, se los llevo a mi primo para que se ponga al día con su música.

—Ya veo. Por favor, quítele la tapa a esa máquina de escribir. Tengo que revisarla.

Por mucho que rogué, la tapa de mi cámara fotográfica también terminó abierta, y la película velada. Lo lamenté: era un rollo color y no sabía si conseguiría otro igual en el pueblo.

—Todo en regla, señor —me dijo el gendarme con una sonrisa que pretendía aflojar la tensión de la requisa. No lo logró—. Guarde este pase por si se lo piden en el pueblo. Bienvenido al tren fantasma.

Pensaba decirle cuatro cosas al mequetrefe de uniforme, pero aquella bienvenida me desarmó.

—¿El qué? —dije.

—El tren fantasma, señor. La ruta a Trascendencia. ¿Es la primera vez que viene?

Asentí.

—Escuche bien, porque es mejor que lo sepa antes de entrar: en el camino va a ver cosas raras, estelas. No les lleve el apunte, maneje como si no hubiera nada. Son como hologramas.

—¿Hologramas?

—Sí, figuras tridimensionales —dijo con tono sobrador.

—Conozco la palabra, pero no sé de qué me habla.

Sacudió la cabeza.

—Lo importante es que siga mi recomendación. Esta ruta es como el tren fantasma, el del parque de diversiones. Esas estelas no pueden hacerle daño, no existen. Es todo lo que necesita saber por ahora. Cuando llegue al pueblo lo van a instruir al respecto. Puede ser que haya algún auto en la ruta, pero el mayor tráfico se da los días de feria, y eso fue antes de ayer. Lo demás son estelas. Si no está seguro, vaya a treinta o cuarenta kilómetros por hora.

—Gracias por el consejo —dije, tragando bilis—. ¿Falta mucho para llegar?

—No, señor. Siga el camino. Pasando las granjas.

Lo que llamaban «granjas» era más bien una docena de sembradíos y establecimientos rurales. Algunos tenían animales, en otros se cultivaban frutales y otros procesaban el resultante y hacían quesos y dulces artesanales.

Como me había dicho el gendarme, la ruta no estaba muy transitada. No estaba nada transitada, en realidad.

Hice el primer kilómetro sin inconvenientes, pero con la sospecha de que podía ocurrirme algo malo. Sólo después de cinco o diez minutos de andar, noté que el paisaje no estaba como debería. El costado del camino estaba cubierto por una bruma que, sin ser demasiado espesa, daba la sensación de que todo estuviera fuera de foco. Se me hizo un nudo en la boca del estómago y tuve ganas de pegar la vuelta hacia la capital.

Pisé el acelerador.

A la altura de la primera granja, una camioneta roja se me vino encima desde la mano contraria y maniobró descuidadamente para entrar por una tranquera. El conductor no pareció verme, ni oír el bocinazo ni los chirridos de mi frenada. El auto siguió moviéndose aún con las ruedas bloqueadas para terminar incrustándose en el otro vehículo. Pero no hubo choque. La trompa de mi coche entró poco más de un metro en el costado de la camioneta, pero sin golpe ni ruido. Allí no había nada.

La camioneta roja se perdió de vista y el conductor —un tipo calvo, corpulento y más o menos de mi edad— salió de la casa y corrió hasta la tranquera. Seguramente para disculparse.

—¿Está bien? —gritó.

No contesté en seguida. No podía contestar: había preparado mi cuerpo y mi mente para un impacto. El volante no quería despegarse de mis manos.

—Sí, gracias por preguntar —dije. Me bajé del coche para recuperar la sensación de realidad y caminé hacia el portón con ganas de descargar adrenalina en la cara de alguien—. ¿A qué juegan?

—No le entiendo —dijo el tipo.

—¿Qué son esos hologramas?

—¿Quién quiere saber?

Otro granjero se acercó al anterior. No, era el mismo granjero corriendo hacia la tranquera. Me pregunté si eran gemelos.

—¿Está bien? —preguntó el segundo granjero.

En ese momento supe que las cosas no iban a mejorar. La hierba del borde del camino, los árboles del otro lado de la tranquera y todo lo que se movía en ese sitio parecía estar rodeado por la bruma. No era una sensación agradable.

El segundo granjero se metió en el cuerpo del primero y ambos se fundieron en una imagen desenfocada. Una mujer salió de la casa y un tercer granjero, idéntico a los otros dos, salió tras ella y la traspasó. El destino obvio del tercero era ocupar las posiciones que sucesivamente habían ocupado los dos anteriores.

<¿Está bien?>

Me apoyé en la tranquera para disimular el temblor de mis piernas.

<No le entiendo.>

El gendarme había usado la palabra «estela». En aquel momento no sabía que esa bruma, la bruma eventual, era sólo un efecto óptico de la acumulación de estelas.

<¿Quién quiere saber?>

—Antonio Segura. No soy de acá, vine a Trascendencia a ver a un pariente.

—Segura… ¿Usted es el periodista? ¿El primo del comisario?

Evidentemente todos estaban al tanto de mi llegada. Nunca había vivido en pueblos chicos, pero sabía cómo eran las cosas. La gente se reúne y comparte experiencias. Sin embargo, Trascendencia era algo más que un pueblo chico: estaba aislado del resto de la provincia por los gendarmes. Me pregunté cuánto habría dicho Rolando sobre mí, y si todo ese tiempo sin hablarnos se debía a su indiferencia o a una imposición ajena. Por extraño que parezca, nunca me había hecho esa pregunta.

<¿Está bien?>

—Apague el proyector, señor —dije—. Es un peligro.

—No hay ningún proyector. —El tipo, no sé cuál de todos, me miró y diagnosticó acertadamente que yo estaba en estado de shock—. Hagamos una cosa: déjeme el coche acá y yo lo llevo al pueblo. Manejar por esta ruta puede ser peligroso para usted, con esto de las estelas.

—¿Qué son las estelas?

<¿Quién quiere saberlo?>

—Bueno, quisiera explicarle bien para que lo entienda. Pero seguro que su primo puede hacerlo mejor —dijo el hombre—. Somos nosotros, pero en otro tiempo. Aguante un cachito que saco la camioneta.

La mujer también se acercó a la tranquera. Era morocha, menuda y bastante atractiva. Frotaba una taza de café con un repasador viejo, como si pretendiera sacar un genio de aquel pocillo. Usaba un enorme reloj de pulsera. Noté que el hombre también tenía uno similar.

—Me llamo Clara y mi marido se llama Eduardo —dijo—. Fuimos de los primeros trascendis. No como su primo, que llegó después.

—¿Trascendis?

—Como dice mi marido, va a ser mejor que le explique su primo.

—¿Tiene algo que ver con las estelas? —pregunté.

—Sí, y con el primer epicentro.

El hombre interrumpió la conversación.

—Eduardo Sanguineti —dijo, extendiendo la mano para presentarse—. Cuando usted quiera nos vamos.

<No hay ningún proyector… déjeme el coche acá.>

Vacilé con la llave del auto en la mano.

—Déjele la llave a Clara… Entrá el auto, amor, que ya vengo. —El granjero me miró con aire divertido—. Voy a llevar al nuevo ayudante del comisario.

 

 

Eduardo me llevó hasta el pueblo y en ese viaje nos cruzamos con seis o siete estelas. Eran imágenes insustanciales, pero algunas parecían sólidas.

Al pasar a través de la primera tuve la sensación de estar en otro lado: en mi casa de la capital, cenando. Ese recuerdo era del día anterior. Hasta sentí el sabor del vino con que había regado la pasta.

—¿Qué fue eso? —pregunté.

—Otra estela. De ayer, probablemente. Es la 4×4 de Raúl Dominici, llevando los quesos al… ¿Qué le pasa?

—Sentí algo raro. Hace rato que siento un mareo espantoso.

—Ah, eso. Ya se va a acostumbrar. Les pasa a todos los tridis, así que no se preocupe. Es que nosotros no vemos las cosas como ustedes.

—¿Cómo me llamó?

—Tridi, así les decimos a los de afuera. Pregúntele al comisario.

—¿No hay más estelas de usted?

—No, por ahora. Nos estamos moviendo. Pero tarde o temprano nos van a alcanzar, no se preocupe. O por lo menos a mí. —Tomó aire y empezó a cantar—: Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida. Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos…

Desafinaba, y su voz saturaba el espacio de la cabina. Probablemente algún gesto involuntario delató mi incomodidad, porque Eduardo se detuvo.

—Es el pasado que vuelve —me aclaró—. Siempre vuelve.

La bruma seguía al costado del camino. No en las cosas fijas, como carteles y casas, pero sí en las que se movían. Esa bruma estaba literalmente poblada de recuerdos. La sensación de déjà vu era impresionante, palpable.

—¿Y el futuro? ¿Están en el futuro? —dije, tratando de provocar a mi interlocutor. En mi estado de estupefacción, su aire de despreocupación campechana me molestaba más que la bruma eventual.

—El futuro también está ahí —contestó Eduardo—. Usted se va a bajar, va a ver a su primo y no le va a gustar lo que verá.

Un sudor frío corrió por mi espalda. Sólo entonces comprendí cabalmente lo que me había dicho Clara.

—¿Él también es trascendi?

—Sí. Un trac por elección.

—¿Trac? —rezongué. Me estaba cansando de las palabras misteriosas.

—Trascendi —explicó Eduardo—. Para ser comisario, su primo tenía que ser como el resto de nosotros.

—Pero él era un tipo…

—Un tipo normal, sí. Un tridi. Ustedes son tridis, nosotros somos tracs.

—¿Y qué le pasó?

—Tranquilo. No es tan malo. Cuando llegue a Trascendencia, él le va a explicar. Va a ser una noche larga, se lo aseguro.

—¿Cómo sabe?

—Mañana Rolando me va a contar. Les va a contar a todos en la asamblea. No hay mucho de qué hablar fuera de lo que le pasa a cada uno.

Me acordé del gendarme. Bienvenido al tren fantasma.

—¿Y la gente de afuera no sabe nada? —dije—. Yo no sabía nada.

—Los gendarmes quieren hacer un cerco para que nada salga de Trascendencia, pero no se engañe: muchos en Hastings ya saben, y en Lacroix… y en Santos Pérez. Ni siquiera la sierra puede frenar los rumores. Imagínese: fueron más de veinte años desde el final de la Guerra. —Tomó aire y volvió al ataque con los alaridos—: Que veinte años no es nada, que febril la mirada…

—¿Y por qué no informaron a los medios? —interrumpí con cara de pocos amigos.

—A la gente de por acá no le gustan las visitas —dijo, recuperando la seriedad—. No viven del turismo. Viven de las granjas, de algunas manufactureras y de lo que les pasa el Gobierno por dejarse investigar. Hay un centro de investigación en Primer Epicentro.

Estábamos llegando al pueblo. Y «pueblo» era la palabra exacta. Parecía uno de esos caseríos que crecen en la ribera de los ríos, lejos de los centros urbanos.

—¿Cuántos son en el pueblo? —pregunté.

—Unos doscientos, si contamos las granjas. Hastings y Lacroix tienen más o menos la misma cantidad.

—Pero ellos son tridis…

—Y nosotros somos fenómenos de circo —completó Eduardo, guiñándome el ojo—. No se preocupe, las cosas son así. No nos molesta.

Eduardo frenó la camioneta y bajó. Yo no. Ni siquiera sentía ansiedad por ver a mi primo.

El comisario se adelantó y me abrió la puerta de la camioneta. Lo reconocí a duras penas por su altura y por el uniforme. No se parecía en nada al muchacho que había dejado su casa a los veintiuno, ni al otro de uniforme militar y corte al rape que nos visitaba cada tanto. Tenía el pelo rubio hasta el hombro y estaba más corpulento. Diez kilos más, por lo menos.

Me pregunté si era mi primo.

Por supuesto que era mi primo. La chapa prendida en el uniforme decía R. Segura.

Nos miramos y él sonrió. No sé por cuánto tiempo mantuvo esa sonrisa bobalicona.

—Hola, Tony. Bienvenido a Trascendencia.

—Hola.

La primera estela se acercó furtivamente a Rolando para reiterarme la bienvenida. Entonces noté que me había pasado casi un minuto sentado sin decidirme a bajar de la camioneta. Sentí el impulso de disculparme y volver a casa.

—Es temporada alta —explicó Eduardo, tratando de calmarme. Estaba bajando mis cosas de la camioneta, pero no dejaba de hablar—. Tiene que ver con el ciclo de las manchas solares. Ahora tenemos estelas en uno, dos, cuatro minutos y pico, diez, veinte… Estamos saturados de estelas. Pero en unos meses volveremos a la normalidad: con una primera estela en cinco minutos, otra en diez y así.

Lando le indicó a Eduardo que le pasara los bolsos, pero ni bien bajé del vehículo dejó todo y me dio un abrazo.

—Tony, hermano.

No sé por qué usó esa palabra. A lo mejor él se sentía mi hermano mayor. Yo no me sentía su hermano: nunca fuimos tan unidos.

—Lando… ¡Tanto tiempo! —dije, y me sentí tonto por usar ese lugar común.

—Perdoná que no te escribí, pero acá el correo hacia afuera es… —Hizo un gesto vago que malinterpreté como de impotencia—. Pasá. Tengo mucho para contarte.

Rolando tomó los bolsos y me llevó a la oficina del comisario. Allí el aire estaba cargado de presencias insustanciales y recuerdos ominosos. Lando me invitó a sentarme. El ocupó la silla del comisario, del otro lado del escritorio. No dijo nada, sólo me miraba.

Al final me convidó un vaso de agua fresca.

Eduardo tenía razón: esa noche nadie durmió. Lando tenía mucho para contarme y yo, como cualquier tridi que cayera en este sitio dejado de la mano de Dios, quería saberlo todo.

 

 

Si Lando esperaba que esa noche le preguntara por qué se había convertido en trascendi, lo defraudé. Aunque él estuviera preparado para darme una explicación, yo no estaba preparado para escucharla. Yo no estaba frente a mi hermano postizo, sino frente a un extraño. Habría sido como preguntarle a la mujer barbuda por qué estaba en el circo.

—¿Por qué me llamaste? —pregunté en cambio.

Y él no estaba preparado para contestar eso. No sin antes admitir más de diez años de lastimosa ausencia.

<Vas a vivir a unas cuadras de aquí, en una casa pública. Éstas son las llaves. Pero por ahora dejá las cosas ahí.>

—Estabas sin trabajo, ¿no? —contestó sin mirarme. Me pareció que se ponía a la defensiva—. ¿Los viejos bien?

—Sí, te mandan saludos. Mamá está un poco mal de la cadera. Ya sabés: se cayó y ahora anda con bastón. El viejo está bien. Es un toro.

—Sí, el viejo es un toro.

Lando también era un toro. Un metro noventa, rubio, corpulento como los guardaespaldas de las películas de acción. El pelo desmelenado le daba un aspecto salvaje. Era bastante guapo, al margen de esas estelas que insistían en sentarse en su regazo. Mi madre y su padre eran hermanos, así que compartíamos la dotación de genes. Pero yo no era un toro, ni era corpulento ni rubio. Soy morocho como mi padre ausente y menudo como mi madre biológica. Los ojos claros vienen de mamá: en eso Lando y yo nos parecíamos.

—Lo que quiero saber es por qué me llamaste ahora. Pasó mucho tiempo… y no es la primera vez que me quedo sin laburo. No nos llamaste ni siquiera cuando mamá se cayó. ¿No te llegaban las cartas o qué?

Lando no contestó en seguida.

—Adaptarse a esta vida nueva es más difícil de lo que parece —dijo—. Soy el primer voluntario, casi un experimento. Después hubo otros voluntarios, pero yo fui el primero porque necesitaban un comisario. Además, el ejército controla la telefónica y el correo.

—¿Y por qué no se rebelan? ¿Por qué no te fuiste?

—No, no me entendés. Nosotros se lo pedimos.

—¿Por?

<Estabas sin trabajo, ¿no?>

—Preferimos que la relación con los tridis la manejen ellos. Cuando vivas un tiempo acá te vas a dar cuenta de cómo funciona todo. Es mejor así, creéme.

—Pero… siempre hay un pero, Rolando.

—Pero las cosas podrían cambiar. Por eso te llamé.

—No entiendo.

—Ya vas a entender.

<¿Los viejos bien?>

—Sí, te dije que los viejos están bien.

—¿Qué?

—Ah, perdonáme. Le contestaba a tu estela de hace un minuto.

Después de dos o tres horas de estelas, me acostumbré a filtrar los ecos. A distinguir al Lando real de las estelas de un minuto o dos atrás. El enorme reloj, con su display luminoso de diez centímetros, marcaba la diferencia.

—¿Te gusta? —me preguntó Lando irónicamente. Se sacó el reloj y me lo mostró—. Son lindos. Están sincronizados con un faro radial, que es la hora oficial en Trascendencia.

—¿Para qué sirven?

—Mirando el reloj, los tridis pueden identificar las estelas. La estela que tiene la hora más avanzada es el trascendi de carne y hueso. Los demás son fantasmas.

Los relojes eran incómodos pero obligatorios, me explicó. Me contó que en la capital una compañía estaba experimentando con matrices de melanina: relojes-tatuaje. Era de las pocas noticias del exterior que les despertaba algún genuino interés.

—De todos modos, verás que las estelas de hace un minuto parecen más reales que las de hace diez. Aunque en temporada alta hay excepciones.

—Eduardo dijo algo del futuro.

—Ustedes no pueden ver las estelas del futuro. Al menos no hasta que se transforman en presente.

Le devolví el reloj.

<¿Los viejos bien?>

Lando bajó la mirada y suspiró. Lo sentí vencido.

—Me borré, Tony. Me borré de los viejos y de vos. Ya me había borrado antes, incluso. Mucho antes de la trascención.

—¿Por qué?

—Por celos, supongo. No sé por qué. Cuando llegaste a casa yo tendría diecisiete o dieciocho años. Tuve la sensación de que mi tiempo se había acabado. Que era el tuyo. Por eso no me quedé.

—Yo esperaba que pelearas por ese espacio.

Lando no contestó.

<Sí, el viejo es un toro.>

—Cuando te fuiste les dejaste un vacío a los viejos —insistí—. Y a mí… porque yo quería en serio tener un hermano mayor. Aunque ese hermano fuera postizo.

—Pobre Tony. Primero le deserta el padre, después se le muere la vieja y después el primo se borra. Menos mal que estaban los viejos.

<Cuando vivas un tiempo acá te vas a dar cuenta de cómo funciona todo.>

Lo miré a los ojos para ver si era una burla. La conversación parecía de telenovela. Para peor, yo aún no sabía o no quería saber con quién estaba hablando. Me había acostumbrado a odiarlo por habernos abandonado. No, a odiarlo no… a desdeñar la necesidad que yo tenía de él.

Me resultó difícil distinguir su expresión en ese bosque de estelas. Pero mientras trataba de enfocar una de ellas, Lando se levantó, dio tres pasos y se puso a la luz. La lámpara alumbró sus rasgos con claridad.

Tuve un minuto entero para comprobar que él hablaba de corazón.

 

 

Hace rato que no necesito un hermano mayor. Ya soy grandecito. Pero viví esas primeras semanas en Trascendencia como un simulacro de los días que no había compartido con mi primo hermano. La memoria emocional pretende ahora que recuerde todo aquello como una secuencia compacta: mamá murió, yo me mudé a lo de mis tíos, mi primo se fue y luego me llamó para que le hiciera compañía.

La memoria es caprichosa. Quiere que el mismo adulto que ahora cuenta todo esto sea el que vivió cada uno de esos hechos. Pero el Tony que sufrió la pérdida de su madre tenía diez años, y quien ahora cuenta esta historia tiene treinta y tres. Esta arbitrariedad de la memoria fue mi primer punto en común con los trascendis.

Lando enfrentaba un dilema. Y a pesar de su intrínseca cobardía (que lo llevó a dilatar una decisión por dos o tres años) se las había ingeniado para encontrar un camino de salida. No era un asunto sencillo. Para entenderlo tuve que remontarme veintidós años hacia el pasado y pedir explicaciones sobre ese secreto que la milicia y los tracs se empecinaban en guardar.

Decidí entrevistar a mi propio hermano. Es decir, a mi primo. Lando. Yo buscaba certezas que me permitieran conocer la verdad sobre Trascendencia. No me sentía cómodo interrogando a mi jefe, pero Lando me había llamado para eso.

<No, no estamos encerrados contra nuestra voluntad. ¿Me dejás que te explique?>

—Caminemos, Tony. Así podemos dejar atrás las estelas por un rato. Para mí es más difícil, pero ya estoy acostumbrado.

—Sí, gracias —dije yo, consciente de que tenía que entrenarme en el arte de ignorar las sensaciones que me producía la bruma eventual—. Necesito que me aclares algo: ¿derribamos o no derribamos una nave en Primer Epicentro?

—El incendio y el terremoto se produjeron porque cayó una nave epic. Al principio creímos que era un ataque, pero ahora los físicos de Primer Epicentro tienen otras teorías.

—Que en términos profanos son…

—Un intríngulis con el tiempo. ¿Fumás?

—Sí, pero no mientras camino.

Lando sacó un cigarrillo, lo encendió y guardó la cajetilla.

—Hasta donde sabemos —dijo con la primera bocanada de humo—, los epics vinieron del espacio exterior. Sus naves se movieron a una velocidad fabulosa durante el combate, prácticamente sin sufrir fuerzas inerciales ni gravitatorias.

—Sí, eran escurridizos los desgraciados.

—Las armas convencionales no pudieron acertarles un solo tiro. Las teledirigidas funcionaron mejor, incluso algunas dieron en el blanco, pero tampoco les hicieron daño.

—Me acuerdo de eso. Era como si los proyectiles perdieran fuerza después de acertarles.

—Precisamente. Después de esas escaramuzas, simplemente se borraron. Suponemos, a falta de otras evidencias, que se movieron por el espacio hacia el centro galáctico, o se escondieron detrás de algún planeta. En todo caso no están al alcance de nuestros radares y telescopios.

—¿Nadie los vio?

—Desaparecieron —contestó Lando—. Pero para desaparecer así tuvieron que moverse a una velocidad muy grande. Tenían que superar la velocidad de la luz.

—Yo creía que eso era imposible.

Esimposible. Por eso los físicos pensaron que los tipos tenían algún mecanismo para manipular el espacio-tiempo. Hay un montón de teorías sobre ese tema.

Resultaba extraño escuchar a mi primo dándome cátedra. Siempre pensé en él como en un soldado típico. Sus vacilaciones y la voz engolada probaban que esa actitud era artificial. Noté que el pueblo lo condicionaba. Ese discurso ordenadito le ayudaba a sentirse seguro sobre quién (o qué) era.

—¿Qué tiene que ver eso con Primer Epicentro? —pregunté.

—Cuando terminó la Guerra, los tridis analizaron el incidente según un esquema de tiempo lineal. Primero llegaron los epics, después cayó la nave en Primer Epicentro o la derribamos nosotros, y después se fueron. Pero a medida que los tracs nos metíamos en la investigación, empezamos a sospechar que la interpretación tenía que ser otra. Una interpretación no lineal.

—Estoy tratando de seguirte, no creas que no…

—Te la hago fácil. Esa cosa cayó y los epics venían siguiéndola para evitar un desastre. Pero al llegar se encontraron con nuestra agresión. Ellos se defendieron, claro. Pero deben haber considerado que su intervención nos iba a dañar aún más, así que se fueron dejándonos el regalito.

—Pero eso no es lo que pasó. Ellos atacaron primero.

—Es lo que nosotros vimos. Pero si lo vemos desde el marco temporal de ellos, no. Es una teoría que tiene cada vez más adeptos en el centro de investigación.

—¿Hay físicos tracs en Primer Epicentro?

—Sí, claro.

Lando terminó el cigarrillo y lo apagó con la bota. Se tomó su tiempo. Poco a poco sus estelas nos alcanzaron.

<Por eso los físicos pensaron que los tipos tenían algún mecanismo para manipular el espacio-tiempo. Hay un montón de teorías sobre ese tema.>

—Cuando los militares empezaron a repasar la situación —continuó Lando—, se dieron cuenta de que le habían acertado a una nave que no podían detectar. Cuando buscaron al héroe que había dado en el blanco, nadie quiso hacerse cargo de esa hazaña, ni tampoco había registro del impacto. Eso apoya la teoría de que la nave cayó sin nuestra intervención.

—¡Mierda!

—Y eso también explica nuestra condición de trascendis.

—¿Cómo es eso?

—El motor que impulsaba esa nave podía manejar el espacio-tiempo. ¿Se entiende? Los tripulantes de la nave, si los había, tenían que actuar en ese espacio-tiempo distorsionado. Es posible que ellos también estuviesen distorsionados.

—¿Distorsionados cómo?

—Así, como yo. Cuando la nave chocó en Primer Epicentro, esa distorsión que traía alcanzó a todos en un radio de diez kilómetros a la redonda. Los habitantes de Redención empezaron a desdoblarse en estelas.

Tragué saliva, conmocionado. Lando siguió caminando en silencio y tuve que apurarme para no perderle el paso.

—Recuerdo que los diarios hablaban de una epidemia cerebral o algo así —dije cuando lo alcancé.

—Ese desdoblamiento en estelas vuelve loco a cualquiera. —Rolando alzó la vista y miró en derredor, como si ese pasado estuviera todavía ahí—. Porque no es solamente la apariencia: toda la conciencia empieza a desdoblarse. Es terrible al principio.

Noté que cuando Lando hablaba de las estelas no se refería a los hologramas ni a los ecos que tanto me molestaban. Tal vez era como me había resumido Eduardo: eran ellos, pero en otro tiempo.

—Y si no sabés lo que te pasa —siguió Lando—, el pasaje de tridi a trascendi es un infierno.

—Ya me vas a contar —dije para evitarle el mal trago—. Después llegaron los militares.

—Sí. Dijeron que había una epidemia, lo cual no era del todo errado, y cercaron el pueblo. Así estamos desde entonces. Pero si no lo abrieron hasta ahora fue por mutuo acuerdo.

Lando se detuvo una vez más y saludó a una mujer que pasaba de la mano de sus dos hijos.

—Clara los puede cuidar —dijo. La mujer asintió y siguió su camino.

—¿A qué viene eso? —pregunté.

—Ayer me hizo una pregunta y se la estoy respondiendo.

—Buena memoria.

—No, Tony. Estamos ahí, en la puerta de la comisaría, charlando. Acaba de hacerme esa pregunta. Ahora sé la respuesta, eso es todo.

Me quedé pensando y Lando aprovechó para encender un segundo cigarrillo.

—Tengo que dejar esta mierda.

—¿El pueblo?

—Los cigarrillos.

La pausa duró dos o tres minutos, y en ese tiempo dos de sus estelas se acoplaron al original. Oí el eco de las explicaciones que me había dado.

<Cuando la nave chocó en Primer Epicentro, esa distorsión…>

<El motor que impulsaba esa nave podía manejar el espacio-tiempo. ¿Se entiende?>

—Todavía está funcionando —dijo Lando—. Los físicos que analizaron el proceso eran tridis, pero ya no lo son. Yo tampoco.

—Dijiste que habías sido el primero.

—El primer voluntario, sí. Lo de los físicos fue un accidente. Pero gracias a esas transformaciones logramos avanzar en la investigación.

—Un sacrificio en aras de la ciencia —dije.

—Algo así.

<Clara los puede cuidar.>

—Sí, un sacrificio en aras de la ciencia —repitió Lando con la mirada perdida en la dirección en que se había ido la mujer.

<Ese desdoblamiento en estelas vuelve loco a cualquiera…Es terrible al principio.>

—Lo primero que notamos —dijo con esfuerzo, como si quisiera retomar las cosas desde donde las había dejado y no lo consiguiera del todo— es que la distribución de las estelas es parecida a la de las armónicas de una señal electromagnética. Nuestra conciencia se desdobla con cierta atenuación que es función de la distancia al eje de trascención…

—No entiendo.

—Somos muy conscientes de lo que pasa en un radio de diez o veinte horas, como si todo estuviera pasando al mismo tiempo. Percibir lo que pasa a dos días de distancia es más difícil. Cuatro días ya es conciencia periférica, hay que prestarle mucha atención.

Eso explicaba su dificultad para hilvanar el discurso. Como buen tridi, en aquel momento lo atribuí al cansancio: no habíamos dormido casi nada. Pero en realidad eran las estelas, todas esas escenas diferentes que se agolpaban en su cabeza.

<Los habitantes de Redención empezaron a desdoblarse en estelas.>

—Lo segundo que notamos —siguió Lando— se relaciona con nuestro eje de trascención. El eje es el punto cero desde donde las estelas se desdoblan hacia el pasado y hacia el futuro.

—Sí, sé lo que es un eje.

—Ese eje coincide con el presente de los tridis. Pero, por lo que vimos del incidente en Primer Epicentro, los modelos matemáticos y demás, el eje podría haber estado en cualquier otro tiempo. De hecho, hay una treintena de personas que todavía no pudimos encontrar. Ni siquiera los cuerpos. Creemos que están en otro eje de trascención hacia el futuro. La verdad es que el motor de la nave sigue ahí, así que cabe esperar cualquier cosa.

—¿Eso fue al final de la Guerra?

—No, pasó mucho después. Yo ya era comisario de Trascendencia. —Lando alzó los hombros en un gesto de impotencia—. Desaparecieron todos al mismo tiempo, dejando casa, mujer, hijos, trabajo…

—¡Mierda!

<Tengo que dejar esta mierda.>

—Te comento todo esto para que te des una idea de nuestro dilema. Algunos tracs consideran que ya es tiempo de abrir el juego. De salir de Trascendencia. No tanto por ellos como por sus hijos, que ya tienen diez o doce años.

—¿Y cuál es el dilema, Lando?

—El dilema es si podemos hacerlo o no. Si podemos afrontar el riesgo de que otros se enteren. —Lando bajó la cabeza—. Más allá de que nos transformemos en una atracción turística durante un tiempo, la verdad es que resulta muy difícil saber qué pasaría si la gente supiera todo esto y quisiera hacer la trascención masivamente. O qué pasaría si nos consideraran una amenaza. Nosotros, los tracs, no estamos en condiciones de ver todo el panorama.

—¿Y por qué yo?

—Primero vos, después serán otros. Te elegí porque sos periodista. Se supone que podés analizar las cosas desde la perspectiva de la gente. Y además yo sé que no vas a hacer nada que me haga daño: sos mi hermano.

—¿Así de fácil? ¿Y cómo convenciste a los militares?

—En realidad, están hasta las pelotas de nosotros. Ni siquiera pueden usarnos como arma secreta. Tenemos ciertos problemas… psicológicos, ya los irás viendo. Cuando les ofrecí un plan, una posible salida, aceptaron sin vacilar. Y los demás tracs también.

Dijo algo más, pero en voz tan baja que no le entendí. Alguien se acercaba y evidentemente Lando no quería que oyera nuestra conversación.

—Ahora la seguimos —dijo, y se fue a atender al trascendi.

Estuve en vilo durante un minuto, hasta que la estela de Lando llegó a mi posición.

<Cuando les ofrecí un plan, una posible salida, aceptaron sin vacilar. Y los demás tracs también… Vos sos la parte principal de mi plan.>

Y yo que creía que me había llamado porque me extrañaba.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 263 – febrero de 2015

Cuento de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Tiempo alterado : Argentina : Argentino).


Una Respuesta a ““La ruta a Trascendencia – 1 – Bienvenidos al tren fantasma”, Alejandro Alonso”
  1. […] Concretamente, al cuento “Demasiado tiempo”, que luego originaría la novela corta “La ruta a Trascendencia”, ganadora en 2002 el premio a novela corta de ciencia-ficción de la Universidad Politécnica de […]

  2.  
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