¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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2

No especularás

 

 

Lando había cambiado y la causa no era precisamente el tiempo transcurrido en Trascendencia. No era una cuestión de adaptación a este nuevo destino. Antes hablé de su cobardía intrínseca, pero vi eso mismo en otros tracs. Era algo más y estaba en la naturaleza de todos los trascendis.

En los días que siguieron a las primeras conversaciones, noté que Lando se mostraba esquivo y que después de nuestras charlas parecía enfermizo. Las largas parrafadas de sus primeras explicaciones sobre la Guerra contrastaban ahora con las interminables pausas que usaba para acomodar las ideas.

Eso no era normal.

O sí. Eduardo, el hombre que me había llevado al pueblo, se portaba del mismo modo. Hablaba, se interrumpía, arrancaba de nuevo, cambiaba de tema. Por lo general no eran conscientes de esas lagunas y disgresiones. Y al retomar la charla lo hacían con dificultad, como si sufrieran un tremendo dolor de cabeza.

Lo mismo pasaba con Clara, la mujer de Eduardo. Una tarde en que me había cansado de mirar a Lando sentado lánguidamente en el frente de la comisaría, tomé el auto y fui a la casa de los Sanguineti. La cosa no cambió demasiado. Eduardo estaba en la granja y su mujer se empecinaba en sacar las manchas de las paredes.

—Mañana Eduardo va a morir —dijo la mujer sin la menor emoción, mientras enjuagaba el cepillo.

—¿Por qué? ¿De qué se va a morir?

—En el pueblo va a haber una riña y Eduardo va a participar. Eso lo va a dejar alterado y va a desbarrancarse en la ruta. Un accidente.

—¿Y si no va al pueblo, si se queda en casa?

—Tiene que llevar la camioneta al mecánico.

—La puedo llevar yo cuando vaya de regreso; te dejo el coche. Nadie tiene que morir.

—¿Quién habló de morir? —dijo Clara Sanguineti.

<Mañana Eduardo va a morir.>

Me acerqué un poco para ver su rostro. Había lágrimas en sus mejillas, pero su sonrisa no se condecía con esas lágrimas. Ella seguía cepillando la pared como una maniática. ¿Hablaba en broma o estaba loca de remate?

<Un accidente.>

—Vos hablaste de morir. Eduardo va a morir mañana al volver del pueblo.

—Yo nunca hablé de… —Se interrumpió y sonrió con incredulidad—. Ni siquiera tiene que ir al pueblo. ¿Podrías llevar la camioneta al mecánico?

—Sí, dame las llaves. Me voy ahora.

—No hay apuro.

—Está bien —improvisé—. Quiero darle una mano a Lando con el trabajo atrasado.

—Mentiroso —dijo ella y fue a buscar las llaves.

Intrigado por ese comportamiento, hice pruebas con un grabador. Registré lo que decían, cambié las condiciones de entorno de esas afirmaciones, obligándolos a pensar en nuevos eventos, y después les pasé las declaraciones originales.

Me preguntaban cómo lo hacía. Creían que era un truco.

Aparentemente los tracs no sólo tenían problemas para hilvanar sus palabras, sino que también se olvidaban de lo que decían. Y eso solía pasar cuando hablábamos del futuro.

Decidí viajar a Hastings en busca de respuestas. Allí había un psicólogo, Enrique Cisneros, que estaba relacionado con los militares y a veces trabajaba con tracs.

—Es normal —dijo Cisneros—. No pueden recordar un futuro que no se cumplirá. Pero tampoco pueden recordar las alusiones a ese futuro. Es un mecanismo de defensa. Y tan efectivo que funciona en todos los tracs, sin excepción. El cerebro humano se adapta maravillosamente a cualquier situación.

—¿Pero cuál sería el trauma al que tienen que adaptarse?

—Muy buena pregunta. No lo sé. Pero creo que se relaciona con el hecho de que ese futuro sea coherente con el resto de su estructura de pensamiento. Se olvidan de los futuros que no ocurrirán. Usted lo comprobó con esas grabaciones, pero no es nuevo. Hace mucho que lo estudiamos. Desgraciadamente, muy pocos trascendis cooperan en el estudio de una psicología trac. Hay muchos huecos en mis teorías.

Cisneros se levantó de su escritorio y se dirigió a un archivero.

—Verá, los trascendis tienen muchas particularidades. —Me mostró una foto. La cámara había registrado a Lando, unos años más joven, sentado en su oficina—. ¿Le parece familiar?

—¿La persona o la actitud? Son muy pasivos, sí. Pueden estar sentados durante horas, mirando pasar el tiempo.

—Y mientras están sentados, las estelas se van acoplando al original. —Acercó su silla al sillón donde yo estaba—. Imagínelo de esta forma: poco a poco la conciencia deja de estar dividida en muchos espacios y situaciones distintas, y se reagrupa en un único escenario. Los mismos pensamientos, las mismas percepciones, los mismos sentimientos.

—Debe darles una sensación de integridad —dije.

—Exacto. Por eso son tan pasivos.

—Una vez le pregunté a Lando en qué estaba pensando y él me dijo que en nada. Que estaba pensando que se iba a quedar toda la tarde en la comisaría. Después recibió una llamada telefónica de los gendarmes y tuvo que irse. Pero cuando volví a preguntarle ya no recordaba haberme dado esa respuesta.

—Eso también forma parte de la búsqueda de integridad. No sólo se reagrupan las estelas del pasado, también se alinean las del futuro. Si él cree firmemente que nada pasará, entonces todas las estelas vivirán ese futuro que él ve. Tranquilos, todos juntos en el mismo sitio, con idénticas percepciones. Cuando alguien hace algo para cambiar ese futuro, la realidad se altera y ellos lo olvidan.

—¿Y si sólo lo piensa? ¿Si no lo hace concretamente?

—Debe haber un punto en que resulta inevitable que ese pensamiento se transforme en acción, entonces el futuro cambia. Ésa es la razón por la que se ponen enfermos cuando están cerca de los tridis. Los tridis especulamos sobre el futuro. Constantemente. Y esa especulación debe afectar los mecanismos mentales de los tracs. Es la única explicación que encontré hasta ahora.

Dejé el consultorio con una sensación de vacío. Como si a ese rompecabezas le faltaran piezas que no venían en la caja.

 

 

Después de aquella charla en Hastings, me acostumbré a poner la mente en blanco cuando estaba cerca de un trac. Como por arte de magia, las pausas y las muecas de dolor desaparecieron y algunos empezaron a confiar en mí.

La mayoría de los tracs nunca supo por qué me evitaba. Creían que era una cuestión de piel.

El truco con los tracs era no adelantarse nunca a los hechos. Pero exigía tener la mente ociosa durante mucho tiempo. Esa actitud pasiva tenía consecuencias. Lando me recomendó que tomara pastillas. Me notaba hiperactivo y obsesionado con actividades de menor importancia.

Una tarde me pidió que lo acompañara a ver un caso, sin darme mayores explicaciones.

—Tomás apuntes todo el tiempo, como un energúmeno —me dijo mientras viajábamos en el coche—. Tratá de que las cosas sean más naturales. De que esas experiencias se te hagan carne de a poco, si no te vas a desquiciar.

—Los trascendis no son los más autorizados del mundo para opinar sobre obsesiones, ¿no te parece? Algunos son obsesivos hasta la locura.

—Clara —dijo él con una sonrisa.

—Sí, Clara. Limpia las paredes hasta la segunda capa de pintura. Después no le gusta como queda y las vuelve a pintar o a empapelar. Y al poco tiempo las vuelve a rasquetear. No sé cómo la soporta Eduardo.

—Eduardo también es obsesivo: se hace traer rompecabezas desde la capital. Rompecabezas tridis. No sé qué les ve: los arma y los desarma y los vuelve a armar.

—¿Te acordás de la época en que a la vieja le dio por hacer esas cosas de mazapán?

—Sí, me acuerdo: mazapán, modelado de azúcar, tarjetas de salutación, bordado, pintura en acrílico, craquelado, bonsai, origami. Podría poner una academia de todo eso acá.

—Sí. No creas que no lo pensé. Hablando de obsesiones, Lando: una duda me carcome desde que llegué.

—Dispará.

—¿Por qué dijiste que era difícil comunicarse con la gente de afuera?

—Ah, sí. ¿Qué día es hoy?

—¿No lo sabés?

—No estoy seguro. Yo estoy hablando con vos ahora y estoy manejando el auto, pero también estoy sentado en la puerta de la comisaría y conversando con Eduardo, y al mismo tiempo estoy limpiando el sótano.

—¿Cuándo limpiaste el sótano?

—Mañana. En algún lugar tenemos que poner tu oficina.

—Pensé que iba a ser en el diario.

—No, todavía no. El viejo Lucio no quiere saber nada.

—¿Cuánto podés ver en el futuro?

—En temporada alta, como ahora, cuatro o cinco días. Los días más alejados en el tiempo son como un sueño, los olvido con facilidad. Pero están ahí, en mi cabeza, todo a la vez. Ésa es la razón por la que no hacemos más de tres o cuatro cosas y por la que no podemos estar muy pendientes de las fechas y de los tridis de afuera. Funcionamos en automático. A la larga, muchas cosas dejan de importarte: te olvidás de todo.

—Eso es terrible.

—Pero es así. El único pasado más o menos relevante es el que podemos vivir en un radio de cuatro días, más o menos. Más allá de ese radio, todo se vuelve irreal. Otros tracs lo manejan mejor, a mí me cuesta mucho.

—Sin embargo, te nombraron comisario.

—Además de haber sido milico, soy el más tridi de todos los tracs. Soy un buen enlace con el resto del mundo.

—¿Los otros son peores que vos?

—Son un poco más tracs. Punto.

Tuve la sensación de que Lando se estaba cansando de esta charla.

—¿Adónde vamos? —pregunté para cambiar de tema—. Vos ya lo sabés, ¿no?

—Sí, pero prefiero que lo veas por vos mismo. Sin prejuicios. Vamos cerca de Primer Epicentro.

—¿Me vas a convertir en trac? —Lo dije un poco en broma, un poco en serio.

—No vamos tan cerca.

La ruta estaba despejada, aunque la bruma eventual distorsionaba las cosas, arrastrándolas hacia una posición anterior y remota. Y no sólo las cosas. Al pasar por un túnel, creí estar en otro vehículo, yendo hacia otro lugar. Recordé las palabras de Eduardo. Les pasa a todos los tridis.

El camino nos llevó al otro lado de la sierra y por primera vez vi en persona aquello que tantas veces había visto en fotos: la ladera de cristal. Con la caída de la nave derribada al final de la Guerra, la temperatura de esa zona había aumentado súbitamente. La pared de la sierra quedó cristalizada.

—Vamos a la sierra, a unas cuevas que hay cerca de la base.

—¿Qué hay ahí?

—Había gente. Ahora sólo son cuerpos.

—¿Se murieron?

Lando hizo una pausa y frenó al costado del camino.

—Manejá vos —dijo.

Bajó del auto y encendió un cigarrillo.

Después de que cambiamos de posición, yo puse la mente en blanco. Ahora lo único que existía para mí era el camino que tenía delante.

<No vamos tan cerca.>

—Se murieron —dijo Lando—. De una forma terrible.

Noté que mi primo estaba emocionado. Quizás estaba aprendiendo a leer sus sentimientos. Los tracs decían las cosas más tremendas sin mosquearse, pero eran personas sumamente sensibles. El impacto de una emoción se distribuía en el tiempo. Sabían las cosas mucho antes de que les sucedieran. Se iban enterando gradualmente, como quien recibe una mala noticia por partes. Yo sabía cómo era. Tengo una mala noticia, sentáte. Mami tuvo un accidente, está internada. Vas a estar un tiempo con nosotros, Tony. No está nada bien, vamos a ir a verla. Tu mamá murió hace una hora.

Llegamos lo más cerca que pudimos e hicimos el último tramo a pie.

—¿Murieron durante el impacto? —pregunté al ver que el lugar estaba bastante abandonado.

—No, esto es reciente.

—¿Y de qué murieron?

—Murieron de nosotros.

Preferí no preguntar más.

En la entrada de la cueva había un equipo de gendarmes. Saludaron a Lando como si fuera un superior. También había una mujer rubia alta y corpulenta, más o menos de mi estatura. Tenía una mirada suspicaz; no esa mirada bovina, marca registrada de los tracs. Lando la presentó como Susana Malevich, especialista en física. Formaba parte del grupo de científicos trascendis de Primer Epicentro.

—¿Qué tal, comisario? —saludó ella—. Son muy malas noticias.

Parecía abatida por las circunstancias, pero sus gestos eran eléctricos como los de una ardilla, y hablaba a todo volumen.

—¿Cómo fue? —preguntó Lando.

—Véalo usted mismo. La verdad es que yo sólo tengo teorías.

Avanzamos hasta la boca de la cueva. Toda la ladera estaba cristalizada, salvo por unos manchones de hierba allí donde los movimientos del suelo habían producido grietas. Entramos.

—Estas cuevas son naturales, pero fueron acondicionadas después de la Guerra —me dijo Lando—. Las usaron los militares para almacenar materiales mientras reconstruían el camino y empezaban a planificar el centro de investigación. Fue y vino gente durante seis o siete años, después las clausuraron. Anoche tres auxiliares de Hastings llegaron hasta acá y notaron que alguien había despejado la entrada. Después entraron y…

Y vieron lo que yo vi.

Paquetes de comida, linternas, cigarrillos. Un almanaque de dos años atrás pintarrajeado con crayón verde. Tres o cuatro cavidades que hacían las veces de aparadores naturales con ropa perfectamente doblada y apilada. Y seis momias carbonizadas: cuatro adultos, dos pequeños.

<Murieron de nosotros.>

—¿Qué pasó acá? —pregunté, conmovido por la escena.

Lando no preguntó. Obviamente ya lo sabía.

Susana Malevich se abrió paso entre los gendarmes. No fue muy sutil.

—Son seis de los que estábamos buscando.

—¿Y qué hacían acá?

—Huían de nosotros. Quién sabe en qué momento habrán muerto.

<Véalo usted mismo, la verdad es que yo sólo tengo teorías.>

—¿Eran criminales o algo así? ¿Quién los perseguía?

—Nadie los perseguía —intervino Lando—. Esta gente no estaba en nuestro tiempo.

—¿Qué significa eso?

—¿Te acordás de todo eso que te dije de hacer la trascención con otro eje?

—Sí, pero me cuesta digerirlo.

—Hacé el esfuerzo, si querés entender.

—¿Pero qué les pasó?

—Se toparon con los auxiliares —dijo Susana—. Estaban durmiendo, así que no pudieron evitarlos.

<Estas cuevas son naturales, pero fueron acondicionadas después de la Guerra.>

—Sigo sin entender.

—Esta gente vivía en el futuro —dijo Susana—. Pasaban casi todo el tiempo evitando cualquier contacto con los tracs del presente.

—Para eso usaban sus percepciones periféricas —dijo Lando—. Las estelas de cuatro o cinco días antes de su eje de trascención.

—¿Nadie los vio?

—No —dijo Lando—. Nadie los vio.

Yo sabía el porqué, pero seguía sin entender.

—¿Por qué no pueden encontrarse con nosotros? —pregunté—. ¿Qué les pasó?

—Es difícil de explicar —dijo Susana, abiertamente entusiasmada por tener que intentarlo—. Les pasó lo mismo que a una hilera de fichas de dominó cuando se derriba la primera. Se viene todo abajo.

Me gustó el modo en que lo dijo. Y me gustaba esa mirada suspicaz.

—¿Qué es todo, Susana? —pregunté—. ¿Puedo llamarla Susana?

—Sí, claro. Se desmoronó su realidad en esta cueva.

—Sigo sin entender.

Susana se plantó frente a mí y me empujó hacia el interior de la cueva para ocupar mi lugar. Lo hizo con una sonrisa agresiva que terminó de conquistarme. Estaba provocándome.

—No podemos ocupar el mismo lugar al mismo tiempo.

—Ya veo.

—Trate de imaginar qué pasaría si yo fuera de este tiempo y usted del futuro. Usted ya vivió ese momento en el cual ocupaba este lugar, pero resulta que ahora vengo yo y ejecuto en mi presente un acto que no es coherente con su pasado. Cuando el universo no puede manejar algo coherentemente lo desecha. Ellos lo sabían, así que se aislaban.

Mientras hacía su demostración, tocó con el pie uno de los cuerpos carbonizados. Un cuerpo pequeño que se desmoronó al instante. El entusiasmo de Susana se quebró.

El mío también.

Ella no pudo seguir hablando. Le alcancé un pañuelo, pero no quiso aceptarlo. Fue la primera vez que vi llorar a un trac.

Susana salió de la cueva y Lando la acompañó, visiblemente perturbado.

<Estaban durmiendo, así que no pudieron evitarlos.>

Lo que me había dicho Susana tenía ramificaciones tremendas. Me costaba imaginarlo: una tribu de perseguidos cuyo único propósito en la vida era impedir que arrasaran con su realidad. Y otra tribu de indolentes que vivía y sufría su presente extenso, y cambiaba el futuro a cada minuto como si fuera la cosa más natural del mundo.

Intenté aprehender la escala de la tragedia y sus consecuencias, pero en ese proceso rompí la regla más importante de convivencia con los trascendis: No especularás.

Cuando salí de la cueva, todos los tracs se habían ido.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 263 – febrero de 2015

Cuento de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Tiempo alterado : Argentina : Argentino).


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