¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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HOLANDA

 

 

Debo haber divisado al Autómata después de tres días de estar en el Exprimidor. Verlo me alegró. Me venía bien algo de conversación y conocía la manera de lograr que se detuviera y me hablara. Los Autómatas Animales eran fáciles de impresionar.

Lo había visto aproximarse desde lejos, ya que el cruce de caminos estaba en una llanura amplia y virtualmente sin árboles, cubierta de hierba oscura y de tristes arbustos espinosos. De hecho, el único árbol en mi campo de visión era el ubicado a mi derecha, de cuya rama más baja pendía la cadena oxidada de la que colgaba el Exprimidor. Era casi como si el árbol hubiese sido plantado allí deliberadamente para marcar el cruce de caminos. Pero esa idea era una tontería. Por supuesto que era al revés: habían construido el camino que conectaba la Ciudad con el puerto junto al árbol solitario, igual que la autopista paralela a la costa.


Ilustración: Guillermo Vidal

El artefacto con aspecto de caballo estaba acercándose al cruce. Mientras lo veía trotar hacia mí, recorrí el repertorio de deslizamientos y contracciones musculares de medio centímetro que aliviaban la peor parte del dolor y la rigidez. Hasta ahora, mi régimen de ejercicios minimalistas parecía cumplir con su propósito: asegurar que yo no me paralizara en mi posición semi agachada. El Exprimidor no permitía mucho más que algunas crispaciones y movimientos minúsculos, pero considerábamos que con eso era suficiente.

Con cuidado, mucho cuidado, le resté peso a mi nalga derecha apretando los hombros contra los barrotes curvos de ambos lados y contrayendo los músculos de la espalda mientras respiraba lentamente. Cuando sentí que la pequeña pieza de madera comenzaba a desbalancearse, me desplacé a la derecha un poco y volví a quedarme quieto. Perfecto. La mayor parte de mi peso ahora descansaba allí. Sabía que sin esa pieza de madera el estrecho borde del barrote que estaba directamente debajo de mis nalgas me provocaría rápidamente un dolor insoportable. Había intentado empujarla hacia delante y hacia abajo con los pies para aliviar un poco las nalgas, pero había descubierto que me daban calambres y los calambres significaban el fin dentro de ese aparato infernal.

Moví los pies, permitiendo que distintas partes de las plantas presionaran los barrotes horizontales. Deslicé las manos sobre mis antebrazos y roté los hombros. Finalmente, flexioné el cuello y dejé que mi cabeza fuera de un hombro al otro, bendiciendo los crujidos que me decían que mi cuello todavía funcionaba bien.

Después oriné, cerrando los ojos para experimentar el completo alivio de poder vaciarme. Calculé bien el tiempo. Cuando el fluido caliente llegó al charco que estaba a un metro por debajo de mí, oí el gemido grave del Autómata al detenerse y la discordancia mecánica de su consternación.

—Oh —dijo, tan cerca de tartamudear como jamás lo estuvo un Autómata—. Discúlpeme.

—Estás disculpado —murmuré, mientras las últimas gotas caían en el charco. Abriendo los ojos, me tomé mi tiempo para admirar a la criatura.

Decir que era un caballo mecánico sería una grosera exageración. Los Autómatas eran asombrosos de muchas maneras, pero ninguna de esas maneras se relacionaba con la belleza o el encanto físico. Parecía más un asno mecánico, un asno construido de acero templado, poleas, correas de cuero y cables. En este caso en particular, el Animador se había tomado el trabajo de diseñar una boca con una convincente hilera de dientes de hierro oxidado. Tal atención al detalle contrastaba extrañamente con la casi completa falta de revestimiento en el cuerpo. Era casi como si delante de mí hubiera un esqueleto metálico de asno con una musculatura parcial, pero con una cabeza de metal completa. Extraño, sí, pero yo habría podido adivinar quién había sido su Animador aunque no lo hubiese visto casi terminado unas semanas antes. Era una dulce ironía que fuera un Autómata de ese Animador en especial el que se presentaba ante mí, mientras yo colgaba del Exprimidor esperando mi fin. Pero tal vez no era una coincidencia.

—Gracias. ¿Puedo preguntar qué está haciendo allí arriba?

—Esperando la muerte —le dije y luego, tratando de cambiar de tema, añadí—: Te apuesto que puedo adivinar quién te animó, Maestro Asno.

Lanzó una imitación aceptable de un relincho, confirmando la identidad de su hacedor.

—En realidad, siempre me consideré un caballo. —Le habían puesto una voz profunda y nada desagradable que combinaba notablemente bien con su cabeza, aunque no con su cuerpo—.Pero puede llamarme Barno. ¿Quién supone que me animó, entonces?

—Estoy casi seguro de que fue el viejo Petar.

—Está en lo cierto —reconoció Barno, asintiendo con la cabeza para enfatizar—. Petar es mi padre. Muy perceptivo de su parte, señor…

—Hace bastante que no estoy en situación de que me llamen “señor”, pero mi nombre es Markus.

Barno volvió a relinchar y, abruptamente, levantó la cabeza. La ilusión de ver a un caballo sobresaltado fue inquietante.

—¿Markus dijo? ¿Usted es Markus?

Sonreí. Me imaginé el contraste entre la sombría imagen del infame Markus que indudablemente había pintado la Policía y la lamentable figura exprimida que ahora tenía delante. Yo estaba desnudo y lastimado, con costras de tierra y sangre seca en casi todo el cuerpo. Tenía el cabello castaño enredado, la barba enmarañada y debía parecerme más a un Salvaje de Glens que al muy temido salteador de caminos. Incluso de pie, probablemente habría sorprendido y decepcionado a Barno. Con 1,76 metros de estatura, podría haber mirado a los ojos biselados de Barno al mismo nivel, pero no a la parte superior de su cabeza. Tampoco era el manojo de músculos inflados que él debía haber esperado; mi contextura era más como la de un bailarín o montañista profesional, compacta y fibrosa.

Pero lo que más le pesaba, supongo, era el simple hecho de que se me había acercado cuando estaba meando.

—Sí, soy Markus. Y antes de que me lo preguntes: sí, soy ese Markus.

—Entonces es verdad —masculló Barno—. ¡Atraparon a Markus! Había rumores en la Ciudad, pero casi nadie creyó en los informes. La Policía hacía alarde por todas partes, pero incluso ellos parecían estar sorprendidos, como si lo hubieran capturado por accidente. A decir verdad, eso se dice en la calle: que una patrulla policial tropezó con usted cuando estaba dormido en algún sitio. Yo soy uno de los pocos curiosos que se atrevió a venir aquí a echar un vistazo. Y aquí está usted.

—Sí, aquí estoy —respondí con suficiencia, indicando mi circunstancia con un rápido giro de cabeza.

—Si no le molesta que le pregunte, Markus, ¿cómo terminó dentro de ese aparato?

Lo pensé un momento. No me molestaba para nada que Barno me lo preguntara, pero era reacio a revelarle demasiado a un Autómata, aunque fuera un Autómata animado por Petar. Barno parecía ser un Independiente, pero, por lo que yo sabía, Nico lo había encontrado y adoptado, y eso significaba que Nico sabía todo lo que sabía Barno. Me decidí por una sola palabra lo bastante significativa para evitar más preguntas, pero demasiado insignificante para transmitirle a Barno algo de importancia.

—El destino —contesté.

Barno asintió sabiamente.

—Tiene sentido. En su momento, usted se ganó bastantes enemigos. Alguno de ellos tenía que atraparlo, tarde o temprano. Ahora dígame, Markus, ¿cómo adivinó que mi hacedor es Petar?

Lo pensé un momento. La verdad no serviría de nada, pero podía darle a Barno una aproximación.

—No fue una adivinanza, en realidad. El viejo Petar siempre presta especial atención a la cabeza y la voz de sus Autómatas. Lo considero uno de los grandes artistas Animadores. Hasta este Exprimidor revela claramente sus pinceladas.

—¿Pinceladas? —Los dos ganchos metálicos ubicados por encima de los ojos de Barno se contrajeron, expresando confusión. Yo me habría golpeado la frente si hubiera tenido esa libertad de movimientos. Los Autómatas son notablemente inútiles para entender los simbolismos.

—Me refiero a su toque, su estilo. —Esperé que Barno asintiera, que comprendiera, y luego continué—. ¿Ves que la jaula tiene la forma de una cabeza grande, con los orificios oculares frente a mis rótulas y la nariz donde tengo las piernas? Los orificios nasales están donde tengo los pies. Petar hizo este Exprimidor.

Petar debía haber instalado pequeñas velas u otras luces detrás de los ojos de Barno, porque se iluminaron ante el repentino descubrimiento. Las comisuras de su boca estaban articuladas, porque se estiraron formando lo que, sin lugar a dudas, era una sonrisa de placer. Petar, eres un verdadero artista.

—Ah, ya veo. ¡Qué maravilla! Eso debe significar que usted estaba… ¿meando por la barbilla?

La risa que me sacudió me hizo doler el cuerpo de maneras que nunca había pensado que eran posibles, pero valió la pena. No fue solo por el comentario de la barbilla en sí. Simplemente, no tenía precio escuchar la palabra “mear” de boca de un Autómata, porque habitualmente hablaban con corrección.

—Tienes razón, Barno, tienes razón. —Dejé salir otra larga y profunda carcajada antes de ajustar mi posición y hacer otro ciclo de mini ejercicios con gestos de dolor—. Y ahora, ¿te molesta que yo te haga unas preguntas a ti?

Barno inclinó la cabeza a un lado, adoptando una pose pensativa que debe haber sido completamente falsa. Yo nunca había oído de un Autómata que realmente pensara la respuesta a una pregunta cualquiera. Petar había hecho esto por diversión.

—Por favor, hágalo —me invitó Barno, sentándose sobre las ancas—. Esta es una de las conversaciones más interesantes que he tenido últimamente.

—De acuerdo —dije, descubriendo la primera y única ventaja de mi posición: el hecho de que era fácil ocultar la repentina tensión que estaba sintiendo—. Hace solo un minuto, me dijiste que eras uno de los pocos curiosos que habían venido aquí.

—¿Sí? —Sus ojos de vidrio ahora tenían una mirada de confusión, como si me estuviera preguntando “¿En serio?”. Opté por continuar—. ¿Puedes decirme quién más vendrá a verme?

—A decir verdad, puedo. El único interesado en venir aquí parece ser… Nico. Probablemente llegará en medio día, al final de la tarde.

¡Nico!

¡Sólo tres días en el Exprimidor y Nico ya iba a venir a divertirse conmigo? ¡Tres días! No tuve que fingir perplejidad y sorpresa… las sentí. ¡Tres días! El fin llegaría mucho más rápido de lo que había esperado.

—Veo que lo toma por sorpresa, Markus. Yo mismo me sorprendí de que el Cosechador se interesara en usted.

—Bueno, estoy sorprendido principalmente de que venga tan pronto, pero sí esperaba que viniera. Hay una pequeña historia entre nosotros.

 

***

 

Historia. Daylia. Papá, gritando de dolor. Una columna de humo elevándose en la Fortaleza. El río de sangre corriendo por el muro de la fachada. El olor a carne humana quemada. Historia.

 

***

 

—Oh. —Barno arqueó los dos ganchos metálicos, invitándome a explayarme. Mentalmente, ahuyenté los recuerdos que se apiñaban en la parte frontal de mi mente. Me di cuenta de que quería contarle toda la historia a alguien, a cualquiera. Sería un alivio sacármela del pecho antes de que llegara Nico y acabara con todo. Incluso podría reavivar un poco la antigua furia y hacer que la confrontación final fuera más fácil.

—Puedo contártela, si quieres. Me ayudará a pasar el tiempo. ¿Pero estás seguro de que quieres escuchar la historia? No es muy conocida y a Nico no le agrada que se sepa. No trata con amabilidad a los que conocen sus secretos.

Esta vez fue Barno el que rió, haciendo repicar su cuerpo metálico con un sonido discordante.

—Probablementeno, pero ¿cómo se va a enterar de que yo sé algo? Solo usted sabrá que me la contó y… no quiero ser grosero, pero no durará mucho allí dentro. Particularmente si Nico y su historia se están acercando.

—Creo que es un buen argumento. Pero antes de empezar ¿podrías darme agua? Hay una botella de agua allí abajo, entre las raíces.

Chirriando, Barno se levantó y caminó sin prisa hacia el árbol.

—Vaya, ¿qué es esto? Por cierto, hay una botella, pero también está su ropa, su espada y… ¿qué motivó a sus captores a dejar todas sus cosas aquí?

Me encogí de hombros lo mejor que pude.

—Por lo que entiendo, es el procedimiento normal. Me desnudaron, me metieron aquí y me colgaron. Después arrojaron mi ropa sobre ese montículo y me mostraron la botella llena de agua antes de dejarla allí. En los últimos días tuve la suerte de que lloviera, pero con otro clima ver esa botella habría sido una tortura, créeme.

Mencionar la lluvia fue un descuido, pero Barno asintió.

—Ya veo que está aquí. Y la espada también. ¡Es un arma hermosa!

—¡Por favor, no la toques!

Barno, que estaba a punto de tocar la empuñadura con el hocico, retrocedió ante mi grito.

—Perdón, Barno, pero esa espada es muy valiosa para mí. Es una reliquia familiar, en realidad. La dejaron aquí para que los viajeros la usen para molestarme y pincharme, o para que se la roben. Es lo que más me duele. Que dejaran así a Shamlick.

—¿Shamlick?

—Sí, así se llama. Y es parte de la historia que iba a contarte. Sé bueno y dame la botella, ¿quieres?

Bruno sujetó la botella entre sus dientes de hierro y me la trajo, pero luego vaciló.

—No estoy seguro de que deba calmar la sed de un prisionero exprimido de la Policía.

—Vamos, Barno, por favor. No hay un alma a la vista en kilómetros a la redonda y nadie se enterará. Además, necesitaré un trago de agua para contarte toda la historia.

—Oh. Supongo que no hay nada de malo. Aquí tiene. —Estiró el cuello y me acercó la botella a los labios. Le quité el corcho con los dientes y bebí largamente—. Gracias, Barno.

Volvió a dejar la botella entre dos raíces, cerciorándose de que quedara en posición vertical. Después se sentó otra vez y me miró, expectante.

Inspiré profundamente y le conté mi historia.

 

***

 

Hay un hermoso lugar en las Planicies del Norte donde el río Lussy cae espumoso de los desfiladeros y luego fluye hacia las tierras bajas. Allí las montañas se elevan abruptamente y el Lussy, en un tramo de menos de un kilómetro y medio, pasa de ser un curso de rápidos no navegables que corre entre los riscos y las rocas afiladas a ser un río ancho y tranquilo que discurre entre llanuras. Después de abandonar los desfiladeros, el Lussy abraza su nueva libertad y desborda por su margen sur, formando un gran lago con cisnes, lirios y cañaverales. Es bueno para pescar y navegar en bote, si uno se mantiene bien alejado de la zona donde el Lussy entra en el lago, pues allí sus aguas bullen y se agitan, aunque el resto del lago es muy tranquilo.

En la margen norte del Lussy hay una enorme estribación irregular de rocas caídas de las montañas cuya forma es muy parecida al pie de una lagartija con cinco dedos bien abiertos. En medio de esas rocas se elevaba un castillo.

 

***

 

—Oiga, yo conozco ese lugar —me interrumpió Barno—. He visto las ruinas.

—Ese es el lugar, sin duda.

 

***

 

Aún hay un foso que rodea el Pie de la Lagartija y que conecta el escarpado peñón que está detrás del castillo y el norte de la estribación con el Lussy al sur. Entre el segundo y el tercer dedo del Pie de la Lagartija había un robusto puente levadizo que se usaba para cruzar el foso y conducía a la empinada rampa de acceso, que serpenteaba sobre y alrededor de los dedos hasta llegar a otro puente levadizo que pasaba por encima de una profunda grieta del primer dedo y que atravesaba la fachada del castillo en el Portón Sur.

El muro semicircular de la fachada conectaba el peñón con el norte y el sur del castillo en sí. Tenía cinco grandes torres de defensa alineadas con los cinco dedos y contenía un amplio patio empedrado. En medio del patio, contra el peñón pero sin tocarlo, se erguía la Fortaleza.

La Fortaleza fue mi hogar durante quince años. Jugaba en el patio y detrás de las almenas en la cima del muro; trepaba los dedos de roca del Pie de la Lagartija y sufrí mis primeras fracturas; robé mi primer beso en el callejón de roca irregular que había entre la Fortaleza y el peñón. Tomaz, el Maestro Espadachín, me enseñaba los movimientos en el patio; aprendí a montar, a disparar la ballesta, a bailar, a leer.

Mi padre era el Amo de la Fortaleza. La mayor parte de mi vida lo conocí como mi padre, pero su nombre era Jomez.

 

***

 

—¿Jomez? ¿Su padre era Jomez?

—Sí.

—Ese es un detalle que nadie menciona en las historias sobre usted: que es hijo de Jomez. ¡Qué extraño! ¿No hubo una batalla entre las tropas de Jomez y de Nico hace años? ¿Y un asedio?

—¡Ja! Podríamos llamarlo así…

 

***

 

El Amo Jomez, como lo llamaba su gente, era un buen hombre. Así de simple. Quizás yo sea un poco subjetivo en este tema pero, por lo que yo veía, él era un buen administrador, un justo amo de sus dominios y un buen padre para mi hermana y para mí. Nunca había conflictos graves entre sus vasallos y él; se esforzaba por ser accesible para todos y, cosa poco habitual, por escuchar las quejas y sugerencias que sus vasallos y otros empleados se sentían libres de expresarle. Creo que era muy querido y respetado.

Mi madre había muerto cuando Daylia y yo éramos muy pequeños, pero mi padre nunca se volvió a casar y, de algún modo, encontraba el tiempo para intervenir en nuestra crianza. Aunque pasaba mucho tiempo ocupado administrando las tierras circundantes, tengo muchos recuerdos de nosotros tres cabalgando juntos o jugando, o de mi padre enseñándonos a leer y escribir. Era un hombre alegre y amable con una energía sin límites.

A pesar de sus diversas ocupaciones, se reservaba un tiempo para su gran pasión. Estudiando y trabajando con el viejo Petar, mi padre se había convertido en un hábil Animador por derecho propio. En mi juventud, durante cinco años, mi compañero inseparable fue un perro Autómata que mi padre creó para mí. La mascota de Daylia, mi hermana, era un búho que incluso podía volar. Ambos terminamos por romper nuestros Autómatas accidentalmente pero, aunque mi padre nos dio una buena paliza, muy pronto nos perdonó y lo olvidó.

Papá nunca fue un artista como Petar. Tenía la voluntad y mucha destreza, pero carecía del talento. Simplemente, no era un Mago. A pesar de ello, siempre había una cantidad diversa de Autómatas trajinando en el patio y dos guardias Autómatas en la puerta. Había ganado algo de fama por sus Animaciones.

Y eso fue su perdición.

Cuando yo tenía quince años y Daylia dos años más, comenzaron a llegar los primeros informes sobre un nuevo y despiadado Mago que había surgido en el sur, entre la Fortaleza y la Ciudad. Su nombre era Nico y había adquirido tierras y riquezas a gran velocidad, usurpando o convirtiendo a todos los Amos y propiedades ubicados en un amplio perímetro alrededor de su mansión original. Había historias de destrucción, de violaciones y matanzas generalizadas y…

 

***

 

—¿Sabes por qué lo llaman Cosechador? —le pregunté a Barno.

—No, aunque sospecho que se relaciona con la guadaña que lleva consigo.

—No es por la guadaña —dije—, aunque eso tiene algo que ver, por supuesto.

 

***

 

Un pequeñísimo número de refugiados logró llegar a la Fortaleza. Mi padre les dio amparo, sin excepción. Como mi padre me estaba entrenando para ser su sucesor, presencié una de sus entrevistas con esa gente. Recuerdo que estaba sentado a la derecha de papá, un escalón más abajo que su trono, y que escuché con creciente horror lo que contaba un hombre.

Se llamaba Mano y era un aldeano de unas decenas de kilómetros al sur de la Fortaleza que había vivido en paz hasta que aparecieron las tropas de Nico y destruyeron la aldea. Mano no sabía qué crimen habían cometido los aldeanos, según Nico, para que se justificara semejante ultraje. Por lo que sabemos, la aldea simplemente le estorbaba para su expansión.

Mano, aterrado, se ocultó en una pila de basura, escapando de la muerte segura en manos de Nico, y se odiaba por lo cobarde que creía que había sido. Escondido, vio a los mercenarios de Nico rodear a los pobladores de su aldea y atarles las manos a la espalda. Eran ancianos, mujeres, niños. A los hombres ya los habían tomado prisioneros y desterrado. Los mercenarios formaron a los aldeanos en fila y se pusieron en guardia detrás de ellos y en ambos extremos de la fila.

Entonces apareció Nico.

Nico observó a los acobardados aldeanos que tenía delante. Recorrió toda la fila de ida y de vuelta, mirando a cada una de esas pobres personas a los ojos dos veces y deleitándose con su miedo. De vuelta en el comienzo de la fila, estiró la mano hacia atrás para tomar la guadaña.

Los niños no entendían lo que estaba sucediendo y probablemente fue una bendición para ellos. Algunos adultos de la fila escucharon un rumor y al menos uno de los ancianos se quebró, sollozando histéricamente. El mercenario que estaba detrás lo sacudió por el cuello para que se enderezara.

Y Nico procedió a Cosechar.

Según relató Mano, cuando Nico estaba en la mitad de la fila, uno de sus mercenarios no soportó más y salió corriendo. Sin dejar de caminar, Nico le hizo un gesto a uno de los guardias. Diez segundos más tarde, el mercenario fugitivo cayó al suelo con una flecha de ballesta en la nuca.

Después de llegar al final de la fila, Nico limpió la hoja de la guadaña con la túnica del hombre que yacía, sangrando, a sus pies. Luego hizo señas a los mercenarios para que empacaran y se fueran.

Ese fue el mayor horror de lo que escuché ese día, lo que se metió en mi mente y me acosó en mis pesadillas durante las semanas y meses que siguieron. Nico había cortado a cada uno de los aldeanos, para luego darles la espalda y dejarlos morir desangrados. Yo tenía una imaginación muy vívida y podía visualizar a los aldeanos sufriendo un dolor terrible y arrastrándose por el suelo, sangrando por las heridas abiertas y sintiendo que la muerte se acercaba lenta e inevitablemente.

Después de que Nico y los mercenarios se marcharan, Mano estuvo muchas horas demasiado asustado como para salir de su escondite. Cuando lo hizo, temblaba descontroladamente y tenía ganas de vomitar. El Anciano de la aldea lo vio y lo llamó, ordenándole que huyera a la Fortaleza y diera aviso sobre lo que había hecho Nico. Mano estaba destrozado por tener que abandonar a sus coterráneos, pero escapó de todos modos. Era incapaz de hacer cualquier otra cosa. Llegó a la Fortaleza al día siguiente.

Mi padre le dio la mejor habitación de huéspedes de la Fortaleza y ordenó que lo vigilaran las veinticuatro horas. Pero no sirvió de nada. Mano se arrojó por la ventana esa misma noche; cayó y encontró la muerte en el empedrado del patio.

 

***

 

—¡Qué terrible! —exclamó Barno.

—Sí,y más que eso.

 

***

 

Mi padre quedó profundamente perturbado con la historia de Mano. Era demasiado sensato como para culparse por el suicidio del hombre, pero el hecho de que hubiera sucedido subrayaba la horrible y fundamental veracidad de su historia.

Mi padre quiso marchar contra Nico inmediatamente, pero nunca habíamos sido una familia guerrera y nuestro ejército sólo alcanzaba para defender la Fortaleza. Era frustrante sentirse tan impotente, tan incapaz de actuar, pero esa era la situación. Mi padre siguió cobijando refugiados, entrevistando testigos y escuchando historias espeluznantes. No podía actuar directamente contra Nico, pero estaba decidido a ayudar a sus víctimas y, sencillamente, quería estar al tanto de las atrocidades que cometía.

Y entonces, hace seis años, Nico llegó a la Fortaleza.

Vino con una pequeña tropa de soldados, complementados por media docena de guerreros mecánicos torpes y chirriantes. Para entonces, ya había comenzado a reemplazar a sus mercenarios poco confiables y excesivamente sentimentales con Autómatas hechos por él mismo. Mientras avanzaban por la rampa de acceso, vimos que eran horribles y ruidosos y que, en general, estaban mal construidos, pero que parecían hacer su trabajo bastante bien, según el atónito testimonio de los aterrados sobrevivientes.

Nico marchó por la rampa de acceso con sus hombres y máquinas con la ecuánime arrogancia de un rey malvado. El guardia de la torre lo vio justo a tiempo para que mi padre fuera a enfrentarlo en el Portón Sur. Me llamó para que fuera con él, pero cuando llegué al Portón Nico ya estaba allí.

Fue una escena extraña e inquietante, entre las puertas abiertas y directamente debajo de la reja levadiza con barrotes negros como el petróleo. Mi padre estaba flanqueado por dos guardias humanos y dos Autómatas. Aparentemente, Nico había ordenado a sus guardaespaldas que esperaran en el puente levadizo.

Mi padre siempre había tenido una presencia imponente, no sólo por su elevada estatura, sino también por su pecho ancho y su barriga contundente.

 

***

 

—Parece que usted no ha heredado el cuerpo de su padre, entonces.

—No. Me parezco a mi madre.

 

***

 

De rostro rubicundo y barba generosa, siempre había sido una figura destacada y poderosa en cualquier reunión, en virtud de su superioridad física. Se sabía que, en los festines del Gran Salón, hacía callar a todo el mundo por el simple e inconsciente hecho de atravesar la puerta y pararse en la cabecera de la mesa.

Nico, por otro lado, era una figura esquelética con rostro de calavera, un descolorido estropajo de cabello desordenado y hombros estrechos como los de un pájaro. Vestía unos pantalones de montar pegados al cuerpo y una chaqueta azul que acentuaba su barriga prominente y su limitado desarrollo muscular. A mi padre le llegaba a los hombros y más bien parecía un mendigo o uno de los refugiados medio muertos de hambre que habíamos estado recibiendo. Excepto por la ropa azul y el fuego salvaje de su mirada, era invisible al lado de mi padre.

Pero, por un momento, mientras me acercaba y mi padre y Nico se miraban bajo la reja levadiza, me pareció que papá era el más pequeño de los dos. ¿Y acaso detecté un poco de miedo de su parte? ¡Claro que no! ¡Mi padre no! Pero, cuando me acerqué más, oí una jactancia en la voz de mi padre que contradecía lo que debía haber sido una afirmación de su poder. Era perturbador y espantoso. ¿Cómo era posible que mi padre quedara reducido a fingir una demostración de poderío cuando estaba de pie en el Portón como Amo de la Fortaleza? Inconscientemente, aminoré el paso, pero no puede evitar acercarme lo suficiente como para escuchar lo que estaban diciendo.

—Analízalo con cuidado, Amo Jomez —estaba diciendo Nico. Su voz era como la capa de limo del lomo escamoso y áspero de una rana, como el vestido de novia de satín y papel de lija de una vieja bruja, como el…

 

***

 

—Bastante dramático, Markus, y nada típico de usted…

—Lo sé, Barno. Pero tienes que imaginarte esa voz. De verdad, me dio escalofríos, pero decir eso no transmite la manera en que se me erizó la piel cuando lo escuché hablar.

—Está bien. Yo mismo lo escuché hablar y estoy de acuerdo.

 

***

 

—No te apresures a responder. Como aliado, puedo garantizarte más riquezas y más poder del que puedes imaginar. Como enemigo, yo seguiría teniendo todo ese poder. Pero en ese caso no lo compartiría…

Estiró la mano hacia atrás y tocó la oxidada hoja de la guadaña. Pero no era óxido, por supuesto. Me di cuenta y temblé.

Me acerqué más y le toqué el brazo a mi padre para hacerle saber que estaba a su lado. Mi padre me echó un rápido vistazo, reconociendo mi presencia con un movimiento de cabeza. No me dedicó ni la más breve sonrisa; su expresión permaneció adusta. Aunque más no fuera, eso confirmaba que las cosas estaban tremendamente mal entre Nico y él.

Nico se volvió para mirarme, fingiendo que me veía por primera vez. Lo miré a los ojos y vi un destello de la mente fría, calculadora y ajena que estaba detrás. Sabía de mi presencia desde el momento en que aparecí en escena, estoy seguro de eso. Mantuvo el contacto visual conmigo, pero retomó la conversación con mi padre.

—Piensa también en tus cachorros, Amo Jomez. Piensa en lo que podría pasarles después de tu fallecimiento. Por causas naturales, por supuesto —añadió, como si fuera un comentario despreocupado.

Su voz seguía provocándome escalofríos en la espalda, pero su frase había herido mi orgullo juvenil. Aferrando la empuñadura de mi espada, dije:

—¿Cachorros? Yo…

Mi padre, sin siquiera mirarme, estiró el brazo izquierdo con los dedos abiertos y me hizo callar al instante. En cambio, habló él con voz temblorosa.

—Nico, te recibí en mi puerta y tuvimos una conversación civilizada. Me hiciste una pregunta y yo te di mi respuesta. ¿Y ahora te rebajas a amenazar a mis hijos? Creo que esta conversación terminó.

La última palabra retumbó y resonó en la bóveda de la entrada. Sin embargo, Nico no se inmutó. Inclinó la cabeza a un lado y después al otro, con los ojos fijos en el rostro de mi padre como si estuviera examinando una especie de planta desconocida. Después, continuó hablando como si aquella fuera una conversación entre dos vecinos amigables.

—También está la cuestión de los pocos enemigos míos que amablemente alojaste entre tus muros. Estoy listo para llevármelos conmigo. Ve a buscarlos por favor, ¿sí?

Oí que mi padre inhalaba intensamente por la nariz; normalmente, era una señal segura de que Daylia y yo debíamos disculparnos profusamente por cualquier transgresión que hubiéramos cometido o que debíamos salir corriendo. Estaba temblando de furia contenida. Entonces, increíblemente, sacó su espada y acercó la punta a pocos centímetros del pecho de Nico. Escuché que los dos guardias humanos jadeaban, sorprendidos ante esta violación sin precedentes de las reglas de la hospitalidad. Casi sin darme cuenta, bufé “¡Padre!”. Nico sonreía como si no pasara nada.

—¡Sé muy bien cómo tratas a tus enemigos, Cosechador! Esas personas están bajo mi protección y si quieres llevártelas tendrás que pasar sobre mi cadáver. Te dije que nuestra conversación terminó. ¡No me obligues a usar la fuerza para hacer valer mis palabras!

—Muy bien, Amo Jomez. Formulé mi pregunta y recibí tu respuesta, como tú dices. Elegiste ser mi enemigo y no mi aliado. Una imprudencia, debo agregar, pero eres un hombre libre, con derecho a tus propias elecciones y prejuicios, aunque sean las elecciones de un tonto y los prejuicios de un padre indigno. La próxima vez que nos encontremos no estaré de humor para una charla amistosa.

—¿Más amenazas? ¡Vete! —Creí escuchar que las rejas se sacudían con el tronar de la voz de mi padre—. ¡Guardias! ¡Acompañen a la salida a este… visitante!

Los dos guardias humanos dudaron, pero los Autómatas eran incapaces de sentir miedo. Levantaron sus alabardas y dieron dos pasos perfectamente sincronizados hacia Nico.

—Oh,por favor, no se molesten. Conozco el camino —masculló alegremente, saludando con la mano con un gesto afeminado. Después subvocalizó una frase corta que no pude entender. La frase pareció relucir en el aire delante de él y luego, de repente, salió disparada hacia el primer guardia mecánico y luego hacia el segundo. Girando con arrogancia, Nico ni siquiera esperó para ver a los Autómatas detenerse y volver a sus posiciones con un confuso chirrido metálico.

—¡Nico! —grit ómi padre—.¡Nico! ¡Te detendrán! ¡Nunca usarás mi ejército de Autómatas mientras yo esté vivo!

Nico se alejó con calma, con sus guardaespaldas detrás.

—¡Nico!

Mi padre enfundó la espada y me apretó un hombro. Sentí que estaba temblando.

Después de ese incidente, por las noches se cerraba el Portón Sur y se levantaban ambos puentes. Mi padre intensificó la guardia y envió mensajeros para advertir a los granjeros cercanos. Le ordenó al Maestro Espadachín que duplicara el régimen de entrenamiento diario de los guardias, de mi hermana y mío. Muy pronto, Daylia y yo comenzamos a pasar parte de las mañanas y todas las tardes en el patio, practicando con el Maestro Espadachín o entre nosotros, a veces bajo la mirada de aprobación de mi padre, cuando no estaba reunido con sus tres Capitanes y discutiendo estrategias de defensa. Durante las primeras dos semanas, no permitió que Daylia y yo saliéramos de la Fortaleza; después sí, pero con tres guardaespaldas cada uno.

En los meses que siguieron, la Fortaleza se tranquilizó. La afluencia de refugiados, nunca más que unos pocos, se interrumpió por completo y junto con eso nuestra fuente principal de noticias. Mi padre enviaba espías y mensajeros —voluntarios—y la mayoría regresaba con relatos de Nico consolidando su posición, tomando las riendas de la Ciudad, asesinando implacablemente a los que se opusieran. Algunos de los espías no regresaban.

Incluso sabiendo de la expansión del mini-imperio de Nico y su reinado del terror, creo que lentamente volvimos a los viejos hábitos. Era el comienzo de lo que prometía ser un hermoso verano y los campos alrededor del Pie florecían en todo su esplendor. Muchos de nuestros granjeros habían regresado a sus hogares para atender las cosechas y el ganado. Algunos refugiados fueron con ellos, decididos a construir una nueva vida como trabajadores del campo bajo la protección del Amo Jomez. Aunque la guardia seguía alerta las veinticuatro horas, comenzamos a sentir que habíamos eludido el embate de la expansión y la ira de Nico gracias a la resistencia de mi padre.

Pero resultó que Nico sólo estaba jugando con nosotros.

Recuerdo aquel día vívidamente. Recuerdo que practiqué esgrima con Tomaz y puedo describir en detalle el chaleco de cuero que él tenía puesto, el modo en que su bigote se movía con el viento, el sol reflejado en su espada. Puedo evocar sin esfuerzo los olores de la cocina, los caballos, el heno, todos mezclados. Aún oigo los golpes de martillo sobre el yunque en la herrería, un caballo relinchando, el clamor casi musical de nuestras espadas. Cada detalle de ese día está grabado a fuego en mi memoria.

Recuerdo muy claramente cómo me sentía esa mañana.

Atípicamente, los días previos Tomaz me había estado elogiando por la velocidad de mis ataques y la precisión de mis bloqueos. Habíamos estado practicando durante horas con algunos descansos breves y yo me sentía invencible. Era un hermoso día y yo estaba empujando a Tomaz hacia el Portón Sur. Tenía dificultades para esquivarme, aunque yo estaba peleando cuesta arriba. Mi espada era veloz y yo sonreía constantemente mientras lo obligaba a retroceder. Tan inmerso estaba en nuestra práctica de espadas que apenas vi a mi hermana cuando pasó cabalgando junto a mí con sus guardaespaldas. Salieron por el Portón Sur y cruzaron el puente levadizo.

Daylia. Desde que tengo memoria, mi hermana y yo habíamos tenido una relación tan cercana como lo permitía la decencia. Era dos años mayor que yo y automáticamente había asumido el rol de protectora, al que se había dedicado hasta que mi crecimiento físico lo hizo obviamente superfluo. Y esa no fue la única manera en que trató de demostrarle innecesariamente a mi padre que ella era tan buena y tan fuerte como un varón. Tenía muy presente que era la primogénita y nadie podía sacarle de la cabeza la idea de que una hija primogénita había significado una vergüenza para mi padre, a pesar de que él lo negaba con vehemencia. Aunque nunca hubo ninguna duda de que yo sería su sucesor, ella insistía en participar de las mismas lecciones que yo, en soportar el mismo régimen de entrenamiento e incluso en vestir pantalones de montar.

Todo había sido perfecto para nosotros dos. Por mi parte, yo gozaba del compañerismo y de la ruda jocosidad del hermano que hubiera querido tener y también de la belleza, el buen corazón y la profunda gracia de una hermana. Habíamos sido inseparables la mayor parte de nuestra infancia, explorando juntos el Pie, navegando en bote por el lago, acompañando a mi padre en sus visitas a las granjas periféricas.

Últimamente, su desarrollo y transformación en joven mujer se había vuelto más evidente y, en consecuencia, mis sentimientos hacia ella eran confusos. Eso había afectado nuestra intimidad de un modo que no estaba seguro de que me agradara. Pero, en general, la nuestra era una amistad fraternal profunda e inquebrantable como la que se observa en los mellizos. Casi podíamos leernos la mente.

Pasó a mi lado para ir a pasear tranquilamente por los campos inundados de sol y, según recuerdo, ni siquiera la saludé. Eso aún me tortura: que mi hermana se fue y yo estaba tan enfocado en la pelea con Tomaz, deleitándome excesivamente con mis proezas físicas, que ni siquiera levanté una mano para decirle adiós.

El sonido de los cascos sobre el puente levadizo se extinguió, al tiempo que Tomaz me hacía una seña para que descansáramos. Almorzamos pan liviano y frutas, sentados en un hueco natural de una pila de heno, junto a los establos, y bebimos abundante agua que nos trajo una de las criadas. Nada de cerveza, nada de vino. Teníamos que seguir entrenando toda la tarde.

Mi padre se acercó, tomó una manzana y comenzó a debatir con Tomaz sobre algunos puntos referidos al entrenamiento de los guardias. Yo me trepé a un punto más alto de la pila de heno y me adormecí con el sonido de sus voces graves, mientras el heno me pinchaba el cuello y mi nariz sentía su aroma fresco y terrenal. Y comencé a soñar.

En el sueño, Daylia pasaba cabalgando junto a mí como lo había hecho hacía una hora. Yo la llamaba y cabalgaba junto a ella con un caballo que se había materializado debajo de mí, como suele suceder en los sueños. Galopábamos por la rampa de acceso, sus guardaespaldas desaparecían y corríamos nuestra carrera favorita a lo largo del foso, en el sentido de las agujas del reloj, hasta que llegábamos al pequeño valle al pie del peñón, jadeando y riendo. Después, la escena cambiaba y aparecíamos explorando el profundo valle sombrío entre el tercer y cuarto Dedo, descubriendo charcos de agua estancada, profundas grietas en la roca, serpientes… Daylia se volvía para mirarme y me tocaba el hombro con la mano, presionándolo con suavidad.

La presión se transformó en sacudón.

—¡Amo Markus! ¡Este maldito muchacho se queda dormido en cualquier parte! —La voz de Tomaz y la risa de mi padre no invadieron mi sueño fácilmente, pero Tomaz me había sacudido del hombro y por eso me había despertado. Me esforcé por espabilarme y me reí con ellos.

—Lo sé, Tomaz. Recuerdo que el cocinero encontró a mi hijo acurrucado en un caldero y que le dio un tremendo susto al pobre Arthur, que estuvo a punto de verter muchos litros de agua en ese recipiente.

Levantándose y tomando su espada envainada, Tomaz rió, aunque debía haber escuchado esa anécdota decenas de veces. Parecía estar con la guardia baja y me estaba dando la espalda. Salté de la pila de heno con una mano alrededor de la vaina y la otra en la empuñadura y desenfundé la espada al llegar al suelo. Esta vez, por fin, casi logré desenvainar antes que Tomaz. Pero él no era el Maestro Espadachín de la Fortaleza por nada. Con una velocidad y una destreza increíbles, me esquivó sin volverse, prediciendo correctamente la dirección de mi ataque, y desenvainó su espada a tiempo para defenderse de mi segundo ataque. Mi espada quedó trabada debajo de la suya un segundo y él me miró a los ojos y sonrió.

—Nada mal, joven Amo. Nada mal.

Moví la muñeca, liberé mi espada y nuestro ejercicio continuó bajo la mirada de beneplácito de mi padre. Pasada una hora, la mayor experiencia y mejor resistencia de Tomaz empezaron a notarse. Le hice una seña para terminar con el entrenamiento y me retiré a una de las troneras de la fachada para observar a Tomaz trabajar con los guardias, mostrándoles algunas técnicas para eludir a múltiples atacantes al mismo tiempo.

Entonces se produjo el quiebre y nunca nada volvió a ser como antes.

Primero, fue una expresión repentina en el rostro de Tomaz, una expresión de conmoción y miedo que nunca le había visto, que nunca había soñado posible en Tomaz. Después fue el modo en que siguió agitando la espada, pero sin mover los pies y sin mirar a sus atacantes. En cambio, tenía la vista fija en el Portón y los ojos abiertos como platos. Después, sentí una completa e insuperable resistencia a mover un solo músculo de mi cuerpo para poder ver lo que estaba viendo Tomaz.

Finalmente, miré a mi derecha y los vi.

Sobre la cota de malla, los guardaespaldas de Daylia vestían una túnica blanca con tres lirios bordados, el emblema que ella había elegido para sí. Uno de ellos estaba atravesando el Portón y venía hacia nosotros. Un lado de su túnica era de color rojo brillante y la sangre borraba la mayor parte de los lirios. Se balanceaba en la montura, inclinándose hacia un lado. Tenía una flecha de ballesta profundamente clavada entre las costillas.

Estaba solo. Estaba llorando.

Tomaz ladró unas órdenes. Los guardias ayudaron al hombre a bajar del caballo; otros corrieron a buscar a mi padre. Muy lentamente, obligando a mis pies a avanzar por pura fuerza de voluntad, me acerqué al grupo reunido alrededor del herido. Tomaz estaba palpándolo alrededor de la flecha mientras el hombre mordía una correa de cuero. Se llamaba Geral, según recuerdo vagamente.

—¿Dónde está Daylia? —susurré. Nadie me oyó. Levanté la voz—. ¿Dónde está Daylia? —Las cabezas se volvieron, pero nadie respondió. Un dique se rompió dentro de mí—. ¿Dónde está Daylia? —grité. Me lancé hacia delante y me incliné sobre el hombre ensangrentado—. ¿Dónde está? —Entonces, mi ira se disipó tan rápido como había llegado y murmuré—: ¿Dónde está mi hermana?

—Deja que le cure la herida, Markus —dijo Tomaz, apoyándome la mano en la espalda. Me la quité de encima de un sacudón y el guardaespaldas dijo:

—Nico… Nico se la llevó. Perdóneme, mi Señor.

 

***

 

Galopando a toda velocidad por los campos bañados de sol, con su caballo despidiendo gotas de espuma por la boca e inclinado hacia delante en la montura, mi padre nos guiaba. Tomaz estaba a su lado y yo iba detrás, muy cerca. Éramos una columna de 60 hombres y todos llevábamos armadura completa y armas de todo tipo. Por primera vez, no había alegría en la cabalgata; sólo urgencia y furia. Y miedo.

Los habían emboscado a dos horas de cabalgata de la Fortaleza. Sus ballestas despacharon a los guardaespaldas con una eficiencia implacable, matando a los otros dos instantáneamente y errándole al corazón de Geral por un centímetro. Daylia desmontó con la espada desenvainada, lista para pelear, pero la desmayaron, golpeándola con un martillo envuelto en tela. La pusieron sobre su caballo y se marcharon.

—¿Dónde, amigo? ¿Dónde se la llevó? —le preguntó mi padre a Geral. La desesperación en la voz de papá me habría roto el corazón si no me hubiera sentido como si me estuvieran partiendo en dos.

—A su fortaleza, mi Señor —le dijo Geral, jadeando—. Quiere tenerla de rehén.

Reunimos el ejército más grande que pudimos y cabalgamos a la fortaleza de Nico. El sol se ocultaría en pocas horas. Podía pasar cualquier cosa en el tiempo que nos llevaría llegar al sitio donde Daylia podía estar sufriendo tormentos inimaginables mientras corríamos a rescatarla. Cabalgamos impulsados por los dioses. Los cascos de nuestros caballos marcaban el ritmo como tambores de guerra y dejaban un reguero de polvo a su paso. Nadie hablaba.

Cuando llegó el ocaso y las luces se encendieron en las ventanas de las granjas que dejábamos atrás, penetramos cada vez más profundo en el reino de Nico. Por cada granja con la titilante luz amarilla de una chimenea encendida, había dos convertidas ruinas negras y humeantes con sólo la chimenea de pie. Los campos estaban quemados y pisoteados; habían matado al ganado y lo habían dejado allí para que se pudriera. Afortunadamente, estaba demasiado oscuro para identificar las hileras que cosas que parecían zapatos en la profunda oscuridad.

Las estrellas centelleaban en el cielo oriental y el cielo occidental era de un color índigo cada vez más oscuro cuando finalmente llegamos a la Fortaleza. Había antorchas encendidas en todo el largo del muro exterior, pero por lo demás reinaba la quietud. Me pregunté vagamente qué podía significar la gran cruz pálida que estaba pintada en las enormes puertas dobles. Entonces escuché que mi padre ahogaba un sollozo y que Tomaz retenía la respiración, conmocionado, mientras un escalofrío audible sacudía a nuestras tropas.

Era Daylia. Estaba muerta.

De inmediato, los tres desmontamos junto a las puertas. No tengo absolutamente ningún recuerdo de haber espoleado a mi caballo para cubrir la distancia intermedia. Sin pensar en el peligro al que podríamos exponernos, sin considerar la idea de ponernos a cubierto, nos acercamos al cuerpo de Daylia clavado a las puertas con los brazos abiertos, aún chorreando sangre de los tobillos y con el dolor y el terror grabados en su mirada descolorida.

Papá se quebró. Cayó de rodillas sobre la sangre de Daylia con los puños cerrados, la cabeza inclinada hacia atrás y las venas dilatadas, aullando de dolor. Me di cuenta de que mi boca estaba abierta para gritar con él, pero de mi garganta cerrada no salía aire.

Tomaz se arrodilló y le quitó los clavos de las pantorrillas; luego estiró la mano para arrancar el clavo que atravesaba su mano derecha. Se oyó un horrible chirrido acuoso cuando el clavo se salió de la madera empapada de sangre. Deslizando un brazo detrás de la cintura de mi hermana, arrancó el último clavo y el cuerpo cayó sobre su hombro. Tomaz lo tendió en el suelo con suavidad.

Tenía algo dentro de la boca, una bola de tela. Una ancha tira salía de sus labios y caía sobre su pecho. Tomaz agarró el extremo de la tela para que pudiéramos leer las palabras que escritas en rojo:

“Papá, ¿quién está cuidando la Fortaleza?”

 

***

 

Escogimos los caballos más fuertes y descansados y emprendimos nuestra loca carrera de regreso, pero cuando llegamos a la rampa de acceso los tres animales echaban espuma por la boca y temblaban de agotamiento. Desmontamos y dejamos los caballos; no habrían podido subir la rampa que conducía a la Puerta Sur. Yo estaba medio loco de dolor, impotencia y furia.

De la Fortaleza salía humo y por los muros corrían anchos hilos de líquido negro. Mientras subíamos a la Puerta, vimos figuras indefinidas colgando de las almenas, figuras de las que fluía el líquido negro. Estaba demasiado oscuro para distinguir los rostros, pero eran muchos cuerpos. Muchísimos.

Desenvainando nuestras espadas simultáneamente, pasamos entre los guardias Autómatas y nos detuvimos al borde del patio.

La Fortaleza estaba en ruinas, destruida por el fuego y por lo que deben haber sido Artilugios de Mago. El humo y las brasas estaban por todos lados y todavía había llamas en los pisos superiores. Había cuerpos esparcidos por todas partes, más cuerpos, y se sentía el olor a carne humana quemada. Y en todo el largo de la pared sur, iluminada por una vacilante luz amarilla y anaranjada, había una hilera de objetos pequeños de formas extrañas, como si todos hubieran dejado allí sus zapatos y sus botas. El olor a sangre era enfermante.

—Dioses —susurró mi padre.

Y en medio de la matanza y las ruinas de todo lo que alguna vez había sido un tesoro para mí, algo me inquietaba. Algo no estaba bien. Incluso ante semejante horror, yo percibía una maldad a más profunda que me helaba la sangre. De pronto, supe con absoluta certeza que corríamos un peligro inminente.

Y entonces Tomaz puso en palabras lo que yo sentía.

—¿Cómo entraron? —susurró.

Y cuando lo dijo, lo supe.

—¡Agáchense! —grité, levantando la espada y girando. Tomaz estaba conmigo, moviéndose más rápido de lo que yo jamás hubiera podido hacerlo. Pero los Autómatas estaban demasiado cerca. Atacaron simultáneamente, bajando las alabardas al tiempo que se lanzaban hacia delante. Apenas logré esquivar el primer golpe del que estaba a mi lado. Tomaz estaba en desventaja y se vio obligado a defenderse con su desprotegido brazo izquierdo. La alabarda lo hirió profundamente y perdió mucha sangre. Mientras yo me esforzaba por mantener mi posición contra el arma que se balanceaba frente a mí, el segundo Autómata golpeó con el brazo la cabeza de Tomaz y luego a buscar a mi padre.

No pudo hacer nada. Exhausto y paralizado de dolor, con su antigua habilidad de espadachín oxidada por la edad, desvió a medias el primer embate del Autómata. Pero un instante antes de que Tomaz lograra golpear y decapitar al aparato, éste lo golpeo por segunda vez. La punta de la alabarda se hundió profundamente en la garganta de mi padre. Cuando logré doblegar a mi oponente, mi padre ya había muerto en los brazos ensangrentados de Tomaz.

 

***

 


Ilustración: Laura Paggi

—Cielos. Oh, cielos —masculló Barno meneando la cabeza—. Es mucho peor de lo que imaginaba. ¿Y entonces se convirtió en salteador de caminos?

Abrí los ojos y me obligué a retornar al presente. Me las había ingeniado para contener las lágrimas, pero contarle la historia me había resultado más difícil de lo que esperaba.

—Lo dices como si hubiera elegido esa profesión, Barno —dije con una sonrisa triste—. Les dimos a las víctimas una sepultura decente y enterramos a mi padre y a Daylia en la cripta familiar, que luego sellamos. Le escribí una carta a Nico y salimos a los caminos.

Se elevaron los ganchos de metal. —¿Una carta, dice usted?

—Sí, una carta.

—¿Qué decía?

—Sospecho que lo averiguarás en un rato. Hay movimiento en el horizonte.

—¿Nico?

—¿Quién más puede ser? Y seguro que me traerá la carta y me la leerá para regodearse. ¿Te molestaría moverte hacia mi izquierda?

Barno me miró inquisitivamente pero me hizo caso, trotando alrededor del Exprimidor y colocándose del otro lado. Luego se quedó en silencio, cosa que agradecí. Necesitaba tranquilidad para recuperar la compostura, aliviarme, hacer el último ciclo de ejercicios. Y elevar una plegaria por papá y Daylia.

Media hora después, el grupo que se acercaba estaba lo bastante cerca como para reconocer a Nico y distinguir a sus guardaespaldas Autómatas. Como Petar y Tomaz lo habían previsto, Nico había desechado a todos los soldados humanos. Los Autómatas estaban bajo su constante control mental. Marchaban al unísono en triple fila y Nico los guiaba hacia el cruce.

Era el momento del fin.

Nico se detuvo a un metro del Exprimidor, lo bastante cerca para escupirme en el ojo, pero lo bastante lejos para no pisar el charco.

—Veo que te ganaste un amigo, cachorro —dijo—. Qué bonito.

—No es de los tuyos, cerdo. Este sí funciona.

Nico sonrió, ignorando mi burla.

—Parece que es obra de Petar, ¿verdad? Qué bueno saber que ese viejo imbécil sigue trabajando. Por casualidad no sabes dónde puedo encontrarlo, ¿no?

—¡Ja! Si lo supiera, ¿qué me ofrecerías a cambio? ¿Mi libertad? Mejor diviértete y terminemos con esto, Nico.

Nico metió la mano en su abrigo azul y sacó una hoja de papel plegada. Yo sabía qué era. Yo la había escrito.

—Recibí tu carta después del desafortunado incidente de tu familia. ¡Qué amable de tu parte informarme de tus sentimientos, cachorro. Sin embargo, parece que sobreestimaste un poco tus capacidades. ¿Puedo leerte algunas de tus propias palabras? “La próxima vez que nos veamos será bajo mis condiciones. Y en esa ocasión morirás”. Y mira dónde estás ahora. Desnudo, encerrado en una jaula, mugriento, indefenso y con un asno por toda compañía. ¿Estos son tus términos, cachorro? ¿Esta es la ocasión que tenías en mente?

—Sí& #151;dije.

 

***

 

—Olvídalo —dijo Tomaz por milésima vez—. No hay manera. Nico es un cobarde. Si hay algo obvio es que sólo se atreve con los indefensos, los desarmados. Mata a las mujeres y los niños, a los heridos, a los enfermos. No puedes acercarte a él con un arma a un kilómetro a la redonda. No hay manera.

—¡Debe haber una manera! No puedo olvidarlo; así, no. ¿Qué más hay? ¿Tú quieres olvidarlo? ¿Dejar la muerte de mi padre, la muerte de Daylia, sin venganza? ¡Nunca! Debe haber una manera de acercarse. Sólo que aún no se nos ocurrió.

—¿Te enteraste de lo que le sucedió al último magnicida? Tenía una daga escondida en su bastón. Se disfrazó de anciano. Se tiñó el cabello y simuló tener arrugas en el rostro. Incluso hizo que le hirieran las piernas a propósito para cojear de modo convincente. Tenía el disfraz perfecto, pero fue capturado en las puertas de la Ciudad y ejecutado en el acto. ¿Cómo piensas conseguir lo que un asesino entrenado no logró hacer? ¡Eres Markus, por los dioses! Te reconocerán inmediatamente.

Desde su mesa de trabajo, Petar se aclaró la garganta. Ambos quedamos en silencio de inmediato. Durante nuestras discusiones, Petar tendía a mantener la calma hasta que tuviera algo que decir, pero cuando se decidía a hablar siempre tenía razón y a menudo era brillante.

—Los dos están en lo cierto, amigos míos —dijo Petar. Parecía que estaba conteniendo una carcajada—. Tomaz, sí. Nico es un hombre cobarde que sólo mata a los que no pueden defenderse; se acerca sólo a los que están desarmados y se esconde de todo peligro. Y sí, por supuesto, Markus es Markus y Nico lo reconocerá. Markus, sí. Hay una manera.

—¿Tienes una idea? —le pregunté con entusiasmo.

—Oh, sí —rió Petar—. ¡Como siempre!

 

***

 

—Realmente debería tenerte entre mis empleados, cachorro. Un estratega como tú sería invalorable. Si estos son tus términos, los prefiero antes que a los míos, debo admitir.

Después rió: una carcajada aguda que me puso los nervios de punta.

—Oh. ¿Por qué no me matas y acabamos con esto?

Nico inclinó la cabeza, primero a un lado, después al otro, como si estuviera considerando mi sugerencia.

—Creo que todavía no lo haré. De hecho, quizás esperaré aquí un rato para observarte hasta que mueras.

Tensé todos los músculos de mi cuerpo.

—O quizás no —bufé, cerrando los dedos de mi mano izquierda sobre uno de los barrotes y abriendo el pestillo que había instalado Petar.

 

***

 

—Otra vez —dijo Tomaz mientras yo reposicionaba la espada contra la réplica absurdamente exacta del retorcido árbol de la encrucijada. Tomaz había insistido en que esto fuera tan parecido al original como fuera posible—. Tienes que vivir y respirar la maniobra, Markus. Tienes que familiarizarte con cada rama, con cada hoja.

—Sí, sí, pero ¿quién tendrá que recrear esas ramas y esas hojas?

Pero sabíamos que a Petar no le molestaba hacerlo.

—¿Otra vez? —protesté—. Vamos, Tomaz. Ya fue suficiente. Lo hice perfectamente al menos dos docenas de veces. Estoy listo. Puedo hacerlo.

—¡No! —rugió Tomaz—. ¡Estarás listo cuando yo lo diga! Lo repetiremos una y otra vez, y cuando yo esté satisfecho te pondremos allí dentro un día entero, luego dos y luego tres, y después una semana si yo creo que lo necesitas. Después te mancharemos con lodo y sangre de cerdo y practicaremos un poco más. Y francamente estoy harto de tener que decírtelo una y otra vez. ¡Entra allí y lo haremos de nuevo!

Suspiré, pero sabía que él tenía razón. Me ubiqué debajo del Exprimidor abierto y me acomodé achicando los hombros. Después crucé los brazos delante de mí y agarré los barrotes que estaban al lado mis hombros, con cuidado de dejar libre el pestillo de apertura rápida. Levanté los pies y doblé las piernas contra mi pecho, mientras Tomaz cerraba con llave la mitad inferior del Exprimidor. Luego dio un paso atrás y se desató el cordón del pantalón.

—¿Qué estás haciendo?

—Me satisface que la maniobra básica ya esté programada en tus huesos y tus músculos. Ahora añadiremos un toque de realismo.

—¿De qué hablas?

—Puede que estés encerrado en esta cosa durante días y vas a necesitar vaciar la vejiga. Habrá un charco debajo de ti. No voy a permitir que esto fracase porque, a último momento, te repugne sentir la orina tibia debajo de tus pies.

Por lo tanto, para la siguiente ronda de práctica, dejó un charco de orina fresca bajo el Exprimidor colgado de la réplica del árbol en el taller de Petar.

 

***

 

El trabajo de Petar siempre era perfecto. Con un fuerte ruido metálico, el fondo del Exprimidor se abrió hacia abajo y hacia atrás y las secciones que me apretaban las mejillas saltaron de mis sienes. Yo ya estaba desplegándome y bajando, aterrizando medio en cuclillas, con el pie izquierdo delante y el derecho atrás. Caí un poco hacia mi derecha, sujetándome con la mano derecha y estirando la izquierda para apoderarme de mi espada. Al tiempo que enderezaba las piernas y saltaba sobre Nico, oí la letanía de Petar en el fondo de mi mente: “Nico es un Mago vocal. Nico es un Mago vocal”.

Yo sabía que había sido increíblemente rápido y, cuando ataqué, vi en los ojos de Nico que apenas comprendía a medias lo que estaba sucediendo. Eso me vino muy bien. La punta de mi espada se hundió en su cuello, perfectamente apuntada para cortarle las cuerdas vocales. Sus ojos se abrieron de sorpresa y conmoción.

—No me llames cachorro —bufé.

Demasiado tarde, el primer puñado de Autómatas avanzó hacia mí. Solo uno de ellos pudo desplazarse hacia Nico y acercarse. Barno giró y lo pateó con las patas traseras, golpeando en la parte media del aparato y demoliéndolo.

Liberé mi espada, la giré con las dos manos sobre mi cabeza y la descargué en el cuello de Nico. Su cabeza cayó, pero su cuerpo quedó de pie un momento más. Cuando se desmoronó, comprobé que Petar estaba en lo cierto: los guardias de Nico se desmoronaron con él.

—Oh, cielos —dijo Barno a mis espaldas, pero había placer en su voz—. Creí que había dicho que estaba esperando la muerte.

—La mía no, Barno. La mía no.

 

***

 

—¿Y ahora qué, Markus? —preguntó Tomaz. Habían pasado tres días desde la confrontación con Nico y estábamos cabalgando hacia las montañas y el taller de Petar para contarle del éxito de su artimaña.

—¿Ahora? Sabes tan bien como yo lo que debemos hacer. Tenemos que reconstruir un castillo, hacer reparaciones, revertir los daños. Cuando eso esté en marcha, quiero erigir una estatua a mi padre en la encrucijada. Y un templo para mi hermana. Después, me gustaría mucho erradicar a todos los mercenarios que podamos encontrar y enviarlos lo más lejos posible. Y mientras tanto quiero visitar a cada uno de nuestros granjeros y devolver en alguna medida la seguridad y el orden a sus vidas.

—No estaba pensando sólo en tu propiedad, Markus. Estaba pensando en todas las tierras de las que Nico se apoderó y en la Ciudad. ¿Puedes imaginar lo que está sucediendo en la Ciudad?

—Probablemente se están preguntando qué les pasó a los Autómatas de Nico.

—¿Preguntando? Deben estar festejando, Markus. Celebrando. Seguro que ahora hay una pila de partes de Autómata en el mercado y que la gente está bailando alrededor. No se trata sólo de nuestra venganza, Markus… los hemos liberado. ¿Sabes lo que ocurrirá cuando descubran quién mató a Nico?

—¿Ofrecerán una celebración en nuestro honor?

Tomaz rió, negando con la cabeza.

—¿Te das cuenta de que te van a pedir que seas Rey, verdad?

Detuve al caballo y me volví para mirarlo. Tomaz y Barno también se detuvieron.

—¿Rey?

—Oh, sí. Estoy seguro. Petar lo esperaba desde el principio.

—Mmm. No lo había pensado para nada. ¿Rey, eh?

Sonreí con desconcierto y le clavé las espuelas al caballo con suavidad para seguir nuestro camino. Tendría mucho tiempo para pensar en todo eso más adelante. Por ahora, me bastaba con cabalgar como un hombre libre otra vez. Sentía el viento en el cabello, el sol en la espalda; olía las flores y sabía que nos esperaba un nuevo comienzo. Espoleando al caballo para que iniciara el galope, me apresuré a llegar al valle, mientras los cascos se multiplicaban en ecos, anunciándole a Petar nuestra inminente llegada y nuestra victoria.

 

 

Título original: Conversation with a mechanical horse © Floris M. Kleijne

Traducción: Claudia De Bella © 2015

 

 


“Conversation with a mechanical horse” fue publicado originalmente en Writers of the Future Vol.XX (2004).

Otras publicaciones del autor son la novela corta de ciencia ficción “Meeting the Sculptor”, ganadora en el primer lugar del reconocido concurso Writers of the Future y publicada en la antología Writers of the Future, Vol.XXI (2005), el cuento de ciencia ficción “Mashup” en Daily Science Fiction (2013) y el cuento de terror “A cold welcome” en la e-revista Penumbra (2014).

Floris M. Kleijne fue el primer holandés en ser miembro activo de la SFWA. Y, con este cuento fantástico, es también el primer autor de su nacionalidad en publicar en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con CUENTAN LOS SOLDADOS, de Yoss.


Axxón 264

Cuento de autor Europeo (Cuento : Fantástico : Fantasía : Objetos animados : Holanda : Holandés).


Una Respuesta a ““Conversación con un caballo mecánico”, Floris M. Kleijne”
  1. ¡Qué relato más increíble! Me dejó perplejó, invadió mi imaginación de imágenes. Y el final… brillante, sorprendente, inesperado. Una suerte de ciencia-ficción medieval, con una soberbia historia que va completando con cada párrafo. Merece tener su adaptación al cine. Me la re imagino bajo el nombre “Autómatas” o algo así…

  2.  
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