¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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BRASIL

 

 


Ilustración: Laura Paggi

La historia que relataré me la contó un compañero de Lavalle.

Lo fui a visitar a la penitenciaría local en cuanto supe de su detención. Los cargos eran graves y si bien las circunstancias eran confusas, lo más probable es que lo recluyeran un largo tiempo.

Mi compañero es un hombre de campo, pero no es del común. Es un hombre cuya profunda y heredada calidad política e ideológica lo ha convertido en un hombre muy instruido en ciencias, en filosofía, en literatura, y en muchas otras artes y materias humanísticas. No es nada proclive a la superstición y a la mentira, cualidades que, en general, no posee el gauchaje.

También es un hombre rudo y de pocas palabras.

Hasta su arresto trabajaba en su finca, de alrededor de una hectárea, donde se dedicaba a la agricultura en pequeña escala.

De allí obtenía la mayor parte de su sustento, y vendía el excedente para pagar los gastos de combustible de maquinarias y generadores. Si no fuera por esto, se diría que su modo de vida era del siglo 19, considerando que utilizaba faroles a queroseno como iluminación, ya que no disponía aún de red eléctrica, aunque creo que no se habría conectado si la tuviera; tan a gusto estaba con su vida.

Una vez me dijo algo muy cierto, que consideré como una especie de sabiduría ancestral: —Si yo hiciera traer la luz eléctrica hasta aquí —explicó—, no tendría control sobre mi consumo hasta tener la factura con lo que a la empresa se le antoje cobrarme… Y como ya lo he consumido, no tengo derecho a patalear. Además, cuando uno tiene en abundancia, olvida apreciar lo que posee. Como yo lo hago, m´hijo, tengo que cuidar de no quedarme sin combustible, tengo que ser austero, y además, solo dependo de mi capacidad de previsión… En cambio, si la empresa te corta el servicio de electricidad, no hay nada que puedas hacer. Y si te acostumbras a ello, estás perdido.

Tal vez yo ya estaba perdido, pero no dejaba de fascinarme su coherencia de pensamiento, y por eso me rehúso a pensar que haya cometido un crimen que él niega. Es la clase de persona que no dudaría en confesar el mayor de los crímenes y luego explicar el porqué de su acto, porque todo para él es acción ideológica.

Esta misma ideología lo había llevado en algunas ocasiones a altercados con las fuerzas policiales, y este era uno de los motivos por los cuales yo sospechaba que su situación no se solucionaría con facilidad, mucho menos si continuaba insistiendo en su versión.

La versión que yo les muestro tiene más palabras porque, a diferencia de mi querido acusado, no he aprendido a ser austero con ellas.

El problema, en primer lugar, es que nunca aclaró de dónde salió el muchacho. Intenté explicarle que esa actitud lo hacía parecer aún más sospechoso ante el fiscal.

Algunos vecinos declararon que solían ver a diario al dueño de la finca, en las labranzas, con un muchacho delgado de tez muy blanca; casi, o quizás, albino. También habían visto que el muchacho esperaba fuera de la tienda cuando él iba a abastecerse de algunos productos que él no producía.

Nunca nadie escuchó hablar al joven.

Esto me sorprendió mucho en principio, ya que, si bien yo no era su más frecuente visita, al menos iba a su finca una vez cada quincena desde La Costa a aprovisionarme de vegetales, que siempre se negaba a cobrarme, como se negaba a cobrarle a todo aquel que fuera hasta allí a buscarlos (eso si, debía cosechárselos uno mismo), y en todas esas oportunidades nunca vi al pálido sujeto que describían.

Un testigo al que yo no conocía, y que vive en las cercanías, declaró que sospechó del asesinato cuando su perro empezó a ladrarle al horno de barro que mi compañero había construido pocos días atrás, justamente pocos días antes de que se dejara de ver al muchacho. Y cómo los perros enloquecían cuando el muchacho pasaba cerca de ellos…

Esa afirmación la hicieron varias personas, incluso el acusado admitió que una de las heridas que tenía en su brazo se debían a un intento de proteger al jovencito del ataque de un grupo de perros.

El testigo principal al que hago referencia, quien de hecho fue el que encontró el cadáver, dijo que un día le había extrañado, al pasar por la finca, que su vecino estaba enfrascado en una labor que parecía un horno de barro, pero que no lo estaba construyendo de la manera apropiada.

Y todo hombre de campo sabe reconocer cuando estas cosas se están haciendo mal. Y así se lo hizo notar.

Como respuesta, únicamente recibió un: —Ya verá usted.

Luego continuó la labor, que parecía ser urgente para él.

Ese día no vio al muchacho, de hecho, ya no volvería a verlo hasta que fue tarde…

Los testigos también afirmaron que al interrogarlo, aquel paisano solo respondía:

—Es un amigo, tiene problemas. —Y dejaba claro con la mirada que no respondería más preguntas.

Creo que el sabio gaucho no había aprendido que al chismoso hay que contarle una historia muy aburrida, porque si le presentas un misterio, seguirá indagando e inventando hasta el hartazgo.

Cuando yo le pregunté si la afirmación acerca de su “amigo” era cierta, no fue de chismoso. De verdad quería encontrar la forma de ayudarlo; me parecía imposible que él cometiese un crimen.

Por toda respuesta, recibí otra pregunta, acusatoria:

—¿Alguna vez te he mentido? —Y vaya que me sentí mal de lo que él leía en mis pensamientos. Sabía que me estaba costando creerle, y yo sabía que si él volvía a ver eso ya no hablaría conmigo; quien sabe, tal vez nunca más.

Le dije que haría todo lo posible para ayudarlo, y entonces continuó la charla.

Teníamos poco tiempo para hablar. Afortunadamente, yo ya había leído la denuncia del testigo principal.

Explicaba allí cómo, tras la desaparición del muchacho, aquel testigo empezó a sospechar, por el comportamiento de su perro, y porque aquel “horno” no tenía abertura, que su construcción no era para esa función: que el joven podía estar dentro de él.

Entonces una tarde mi compañero fue interrogado, de manera casual, sobre el paradero del amigo que solía acompañarlo en la finca.

Él sólo dijo que el muchacho se encontraba afiebrado y descansaba para recuperarse.

Como los días pasaban y el muchacho seguía sin aparecer, aquel hombre del testimonio se escabulló dentro de la finca una noche con luna, sin el perro, y tras recorrer a hurtadillas por detrás de la casa unas tres o cuatro decenas de metros, se acercó al “horno” y con una pequeña herramienta abrió un boquete en la estructura de barro.

Al iluminar con una pequeña linterna de bolsillo, se encontró con el macabro espectáculo: allí estaba el muchacho, echado de lado en posición fetal, con una coloración azulada en la piel y sin señales de vida.

Como es razonable, el hombre corrió espantado fuera del campo en dirección a una vieja pulpería a unos 300 metros de la finca, donde van los borrachos de los alrededores a olvidar sus penas, porque allí podría usar un teléfono para llamar a la policía.

Pero cuando las personas en la pulpería escucharon lo que el hombre denunciaba, se alzaron y empezaron a preguntar sobre el asunto, muy excitados.

El propietario de aquella finca de la que hablaban era un hombre sumamente respetado por todos, y les resultaba difícil creer que hubiera cometido algo tan aberrante.

No está claro aún quién de ellos instó a ir a ver con sus propios ojos, pero al fin un grupo compuesto por cinco hombres ebrios y un sobrio asaltó cerca de la madrugada la finca de mi compañero, y mientras dos llamaban a los gritos para que el dueño saliera de la casa, el resto de ellos, con un par de linternas y liderado por quien había visto el cuerpo, fueron rápidamente a comprobar.

El dueño de casa salió casi desnudo, pero con el facón en la mano, dispuesto a entrar en duelo con quien fuera.

—¡Qué tanto grito! ¿Qué carajo pasa? —les gritó.

—Dice el Nieto que escondé un muerto… Ahí se fue con los demá a ver el horno tuyo ése. Quedáte tranquilo y no te hagá el bravo que somo más y estamos tomaos —respondieron los gauchos ebrios.

—¡Tranquilo las pelotas! El que entra como ladrón, sale en un cajón.

Y ahí nomás se fue corriendo hacia donde estaba el resto del grupo, dispuesto a desparramarle las tripas a todos.

Pero al llegar ya habían arrancado las paredes de barro y se podía ver al muchacho acurrucado y desnudo sobre la plataforma.

Uno de los hombres alumbraba el cuerpo con la linterna y éste parecía brillar internamente, como cuando se alumbra a un cubo de hielo. Pero los hombres ebrios no reparaban en eso.

—¿Qué le hiciste al borrego, degenerao de mierda? —preguntó uno de ellos.

Y mientras le alumbraban la cara a un gaucho furioso con un facón en mano, uno de los hombres intento mover con una mano el cuerpo del muchacho para comprobar su estado.

Pero entonces, al grito de “¡No lo toqués!” de mi compañero, la mano de aquel que intentaba empujar el cuerpo atravesó la piel del muchacho con un crujido de cáscara de huevo, y un montón de líquido salió a borbotones por el agujero… Uno de los gauchos lanzó un vómito casi al instante.

El cuerpo entero de mi compañero tembló de furia, y con un alarido se abalanzó sobre los intrusos.

Cuando la batahola se armó, se pudo evitar una tragedia mayor gracias a que, encandilados por la luz de las linternas acusatorias, no pudieron distinguir bien las figuras ni dirigir las estocadas, y entre gritos, golpes y estocadas al aire los gauchos se abalanzaban unos sobre otros.

Mi compañero estuvo a punto de ser linchado allí mismo, cuando llegó el primer móvil policial y los redujo a todos a punta de pistola.

El resto son informes de los oficiales, que no aportan absolutamente nada más a la causa de lo que ya se ha contado aquí.

Por algún motivo no me habían dado acceso aún al informe de la autopsia, nadie había reclamado el cuerpo del muchacho, no tenia ningún familiar ni conocido que pudiera dar una identificación, un nombre o algo.

El acusado se negaba a dar detalles.

Yo sabía perfectamente que si no lograba hacerlo hablar, terminaría por pasar las siguientes dos décadas en la cárcel.

—Escuchame —le dije ese día— ¿Qué le pasó al pibe? Te quiero ayudar… Decime por qué lo metiste ahí, y qué carajo le pasó para terminar como una bolsa de babas.

—Se estaba transformando…—respondió en voz igual de baja que su mirada—. Los borrachos de mierda lo mataron…

—¿Transformando?… ¿En qué se estaba transformando?

—¿Y YO CÓMO MIERDA VOY A SABER? —gritó—. ¿ACASO VOS SABÉS EN QUÉ TE ESTÁS TRANSFORMANDO, BOLUDO?

Hice una pausa, sabiendo que estaba llevando a mi compañero al límite de su tolerancia.

Al cabo de un tiempo, le dije:

—Tenemos que conseguir un abogado y empezar a pensar otra historia… Yo te creo, pero entendé que no te van a soltar si seguís sosteniendo eso.

—Ya sé que no me van a soltar —dijo tras un suspiro, y luego mirándome a los ojos, agregó: —Me pueden sacar todo lo que quieran… pero si cedo voluntariamente a la mentira y a la hipocresía, voy a estar regalándoles algo que no podrían obtenerlo por si mismos: mi integridad.

Conocía bien a mi compañero, sabía que no cedería su ideología ni su moral.

Salí del penal con la sensación de haber sido derrotado.

 

 


Ricardo Manuel Hermida nació en 1982 en el Estado de San Pablo, Brasil, de inmigrantes argentinos, regresando a su país finalizada la dictadura civico-militar. Algunos poemas y cuentos han sido publicados en selecciones de autores independientes. Actualmente reside en San Clemente del Tuyú, Partido de La Costa, en la Provincia de Buenos Aires.

Con este cuento debuta en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con DONACIANO, de Fernando José Cots.


Axxón 265

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Extraterrestres, seres extraños, primer contacto : Brasil : Brasileño).


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