¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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MÉXICO

 

 

I

 

Don Gonzalo nos dijo que esperáramos todos en la sala mientras él lo recibía en la parte de atrás de la casa. Ahí nos quedamos, obedientes y nerviosos, algunos mordiéndonos los labios, otros apretándose las manos, otros más moviendo los pies con las piernas cruzadas y fumando mientras se amontonaban las colillas en el cenicero.

Se oyó un ruido como de alas presurosas y en seguida el de todas las gallinas poniéndose alerta como cuando el tlacuache entra al gallinero a comerse los huevos; todos nos miramos entre nosotros. Mamá dio un brinco en su silla cuando Don Gonzalo entró con el señor aquél. Yo también me asusté al verlos. El señor venía sudando y se secaba la cara con un paliacate rojo, tenía la mirada baja, llevaba un morral tejido y un sombrero que sostenía con una mano.

—Buenas tardes tengan todos —dijo. Saludamos en coro medio asustados, medio por educación y un poquito menos por costumbre.

—Voy a llevar a Antonio a ver a la niña —dijo Don Gonzalo, y comenzó a subir las escaleras. El señor asintió con la cabeza y lo fue siguiendo desde dos escalones abajo.

Yo sentí que se tardaron cosa de nada en el cuarto de Martha cuando Don Gonzalo salió, se paró en la parte de arriba y llamó a mi mamá que se levantó y se acercó al pie de la escalera.

—Dígame Don Gonzalo —dijo ella.

—Por favor, permita que Anastasia suba, no le va a pasar nada; Antonio le quiere hacer unas cuantas preguntas solamente.

Vi clarito cómo mi mamá tragaba saliva, decía que sí con la cabeza y me llamaba con la mano. Yo no tenía miedo, lo que quería era que mi amiga se salvara, por eso subí y vi a Martha acostada en esa cama enorme que tiene, rodeada por varias almohadas como un bebé para evitar que se ruede y se caiga, y vi las veladoras encendidas en la cómoda y las flores delante de un cuadro con la imagen de Santa Rocío.

—Anastasia es amiga de Marthita —explicó Don Gonzalo—, y también ha visto y oído cosas, ¿verdad Anastasia? Cuéntale a Antonio lo que viste la otra vez, cuando Martha se enfermó.

Le expliqué que estábamos jugando en el cerro grande, debajo de los grandes árboles para no asolearnos. El señor preguntó si era el mediodía. Le dije que sí porque el sol estaba en medio del cielo. Él miró a Don Gonzalo y le dijo muy serio que esa es la hora en que el sol se detiene indeciso, sin saber si continuar su recorrido o no, y todas las criaturas de la tierra aprovechan para salirse de los hoyos, de las cuevas y de los agujeros en que viven y hacer de las suyas. Le conté que Martha decía que escuchaba a alguien que la llamaba por su nombre pero yo no oía nada. El señor miró una foto de ella que estaba en la pared y explicó otra vez que la habían llamado porque les había gustado el color de sus ojos, verdes como el agua de los pozos y el color de su pelo, amarillo como las barbas del maíz. Martha respiraba muy bajito y el señor Antonio dijo que era porque estaba en un lugar que está entre dos lugares y que tenía que haber una puerta en el monte pero que la puerta no era de madera sino un hueco, y que tenía que haber un ídolo antiguo cerca de ahí.

Dijo que tenía que subir al otro día al lugar dónde habíamos andado jugando y buscar ese agujero a pleno mediodía. Le preguntó a Don Gonzalo si había visto algo extraño por esos días. Yo vi clarito cómo Don Gonzalo se puso a sudar cuando contó que iba a caballo por el camino angosto que va del río al cementerio viejo y sintió que alguien se le montaba atrás, en ancas. El caballo había reparado y se le había encabritado pero lo había controlado apenas. Luego miró pero no vio a nadie. Cuando iba pasando cerca del árbol de anono alguien lo abrazó por la cintura, como una mujer asustada, y a él casi le dio un infarto, miró y vio a un niño como de dos años que apretaba su cabeza pelona contra su espalda.

—¿Quién eres niño, cómo te montaste? —le preguntó.

—Sí, soy un niñito —le contestó con voz como de viejito—, pero ya tengo dientitos…

El niño le enseñó esos dientes largos como de perro. Don Gonzalo gritó y quiso tirar de un manotazo a esa cosa detrás de él, pero los dedos se le hundieron en la cabeza porque la tenía blanda, como sin huesos, aguada, como vacía.

—¡Duende cabeza de anona! —gritó y espoleó al caballo que echó a correr y no se detuvo hasta llegar a la casa.

Fue por entonces cuando Martha dio en jugar y hablar a pleno sol con alguien que no se podía ver, y la tarde sólo se le iba en puro dormir hasta que ya sólo se la pasaba durmiendo, y así estaban las cosas cuando llamaron al señor Antonio y le contamos todo eso.

Don Gonzalo puso a la cocinera y a la mamá de Martha a hacer bocoles de masa de maíz, tortillas y tamales, y a mí me pidió que amasara barro mojado para formar cazuelitas y canicas y toda clase de utensilios de barro en miniatura, porque el señor Antonio le había dicho que sólo la compañera de juegos de Martha podía fabricarlos, y que eran juguetes para una ofrenda. Luego todo lo metieron los dos hermanos de Don Gonzalo en el horno de pan que está en el patio para que se cociera en las llamas.

Mi mamá y yo nos quedamos a dormir en casa de Martha, porque al otro día me pidieron que acompañara a Don Gonzalo y al señor Antonio al cerro. Íbamos cargados con la comida y los juguetes de barro, y el señor Antonio se había vestido de blanco y llevaba su sombrero al que le había puesto una cinta con los siete colores del Arco Iris, como las que llevan los que bailan la danza de la Malinche, y en el pecho se había colgado una concha grabada con una figura que a mí me recordaba a una sirena, pero que en lugar de cola de pez tenía cola de serpiente, y que en una mano sostenía un niño muerto con cabeza de calavera y en la otra siete caracoles.

Mientras subíamos al lugar que yo recordaba que era nuestro preferido nos fue contando de los tiempos de antes, cuando los españoles todavía no llegaban a estas tierras y de sus antiguos pobladores y de cómo se ensoberbecieron cuando empezaron a construir ciudades. Los Tének, nos dijo, adoraban a Pijchal, la Señora del Arco Iris, patrona de las aguas que vive en los ríos que serpentean como culebras bajo el sol, y que tiene cuerpo de serpiente, ella es la dueña de los pozos, de los lagos y las lagunas y de todo lo que en estos vive, crece y se mueve.

Un día, después de una intensa lluvia, nos contó que Pijchal había puesto su puente de colores en el cielo para que los Tének la recordaran como a su protectora, pero ellos estaban tan ocupados construyendo sus ciudades que ni siquiera miraron hacia arriba. Pero Pijchal era tan buena que hizo llover cada vez para que las cosechas fueran abundantes, y cuando la lluvia pasaba hacía aparecer otra vez su puente colorido, pero los Tének cada vez tenían menos tiempo de mirar el cielo. Entonces ella decidió aparecer entre los hombres, acompañada de un terremoto que destruyó los templos y casas de piedra que soberbiamente habían construido dónde murieron aplastados, al mismo tiempo que otros morían ahogados por varias inundaciones que arrasaron con los campos.

—Vendrá un día en que yo habré de aparecer otra vez entre ustedes, hijos míos —así habló Pijchal a su pueblo—, mientras tanto deben confiar en que no habrá más terremotos ni más inundaciones, y habrán de recordarme cuando aparezca el Arco Iris en el cielo. Lo único que les pido a cambio es una pequeña cantidad de cada uno de los frutos de la primera cosecha que levanten en ofrenda.

El tiempo pasaba, y el pueblo Tének se impacientaba. Aquellos que decidieron no esperar a Pijchal huyeron a los montes y los cerros, dónde se volvieron huraños, les creció el pelo en el que se les enredaron espinas y hojas y ramas de los árboles, sus vestidos largos y antes blanquísimos se pusieron mugrosos, y les crecieron las uñas de las manos y los pies. Otros perdieron el pelo y los huesos, porque su alma estaba vacía y sin esperanza. Todos prefirieron cazar a los animales salvajes con las manos y comérselos crudos y hurtar las pertenencias y los niños de los habitantes de los pueblos para divertirse con ellos, vaciarlos del alma y llevarlos a un lugar que está entre dos lugares, que es dónde ellos habitan. Y ahí viven, a salto de mata, asustando a las buenas gentes y pidiendo ofrendas de comida hecha de maíz, como hiciera una vez la Señora del Arco Iris, porque son unos herejes que han olvidado cómo cocinar los alimentos.


Ilustración: Pedro Belushi

El señor Antonio se quedó en silencio cuando le avisé que habíamos llegado al lugar dónde nos gustaba jugar a Martha y a mí.

—La puerta debe estar por aquí —dijo, y nos pidió la comida y los utensilios de barro—. Ahora deben volver y dejar que la busque yo solo. Váyanse y no volteen. Bajen con cuidado que yo me encontraré con Marthita y las Tepas que la tienen secuestrada, y la traeré de vuelta.

Así dijo el señor Antonio, y debió llevarle muchas horas encontrar la puerta porque nos dio tiempo de regresar a la casa, subir al cuarto de Martha y esperar a que ella despertara. Estábamos sentados alrededor de su cama cuando comenzó a mover la cabeza de un lado a otro pero sin abrir los ojos. Se le formaron gotitas de sudor en la frente que su mamá le secaba con un pañuelo.

—No encuentro el agujero… no… no… —decía Martha en sueños— ¿Quién es ese niño entre la niebla, ese que tiene dientes de conejo y esa niña con cara de muerta que ahora se ve y ahora no se ve? No… no voy a ir contigo… ¿Mamá estás ahí?

—¡Aquí estoy Marthita, y no te dejaré, ven con nosotros y regresa! —Y su mamá lloraba y a mí me entraron unas ganas muy grandes de llorar también cuando Don Gonzalo se puso a rezar, y las lágrimas nomás le rodaban por las mejillas. Mi mamá salió muy asustada del cuarto, cerrando la puerta detrás de ella, y no volvió a entrar.

Abajo habían llegado muchas personas del pueblo que tenían en alta estima a Don Gonzalo y todos oraban sin parar en compañía de los tíos de Martha y de la cocinera, mi mamá y los peones del rancho. Los parpados de Martha parecían querer abrirse cuando dijo otra vez aquello del agujero.

—¿Quieres que vaya contigo? Es que ella me llama, dice que me llevará a ver a mi mamá. ¿Tú me llevarás?… ¿Volando?… ¿Y quién eres tú y cómo sabes mi nombre?… ¿Ojos azules… cuáles ojos azules?

Todos nos quedamos en silencio cuando escuchamos la voz del señor Antonio ahí mismo, en el cuarto, pero como cayendo desde el techo o brotando de las paredes.

—Les traigo comida cocida porque no saben ustedes lo que es la comida cocida. Les traigo juguetes hechos por una niña porque ustedes son ahora como niños pero deben dejar libre a esta pequeña porque no les pertenece.

Y luego otra vez pero gritando:

—¡Marthita, coge mi mano!

En ese momento escuchamos el ruido como de alas presurosas y el escándalo en el gallinero, como cuando el tlacuache o el tejón entran a buscar los huevos, y la gente abajo exclamó aliviada al ver al señor Antonio entrar en la sala con Martha entre los brazos.

Bajamos corriendo. Ahí estaban. Iban sucios y sudorosos o mojados y bastante cansados. El señor Antonio puso a Martha de pie en el suelo y ella se le echó encima a su papá, abrazándolo del cuello porque él se había agachado para cargarla.

 

 

II

 

Esto pasó hace casi un año. Martha me contó lo que vio en ese lugar entre dos lugares. Me habló de sus cascadas, de sus ríos, de sus pozos profundos, de su naturaleza fecunda y de los juegos acuáticos eternos (esa es la palabra que ella usó) que ahí se acostumbran jugar. Pero no me habló de las Tepas. Dijo que tampoco se les ve mucho en su propio reino, que más bien se les siente. Entonces se les percibe, le dije yo, usando una palabra aún más bonita que la que ella usó. Una palabra de esas que me gusta mucho usar cuando hablo.

Ya casi no platico con Martha, ella ha vuelto a la escuela y se ha vuelto más popular que antes, al contrario de lo que pensaba su papá, que le iban a tener miedo, que iban a apartarse de ella, que le iban a separar del resto. Supongo que una niña que regresa de un lugar tan bonito para contarlo debe despertar envidia.

Yo no le tengo envidia a Martha y no me hacen falta ni ella ni los otros chicos. Al mediodía subo al cerro y me siento en esa posición de yoga que me enseñó mi tía, la que vive en la ciudad, y me pongo a escuchar los árboles. También, con los ojos entrecerrados, puedo ver a los árboles y a las hierbas vibrar o latir cuando la puerta se abre y ellas aparecen. Me rodean, me cantan, me dicen lo bonita que soy y cómo les fascina el color de mis ojos. Dicen que les recuerda el color del cielo reflejado en las aguas, cuando el Arco Iris era una promesa, una esperanza de abundantes cosechas y habitaban en ciudades y entre los hombres. Todavía no me atrevo a seguirlos. Todavía no les he hecho caso, pero sus cantos son tan hermosos que quizá me decida, un día de estos, a ver esos lugares acuáticos y ver por fin si es cierto que mis ojos son tan azules como las aguas vivas que fluyen debajo de la tierra.

 

 


Pedro Paunero es un narrador, ensayista, crítico de cine y biólogo mexicano que ha hecho activismo y performance. Ha publicado novela erótica y ha sido antalogado en latinoamérica, Australia y España. En el género de la Ciencia Ficción ha publicado el ensayo “Las cinco grandes utopías del Siglo XX” en la web española Alfa Eridiani.

En Axxón hemos publicado, además de varias ficciones breves: EL HOMBRE EQUIVOCADO, EL OTRO MESÍAS, NOCHES DE BANTIAN, LA NOCHE DE TEMPOAL, AHÍ FUERA, LA BÚSQUEDA DE AUSENCIA, DESPOJOS, ASÍ PERMANECE HERMOSA LISA MARIE (ANTICUADA CANCIÓN PARA SONÁMBULOS), UNA MUERTE EN CASA, UNA PEQUEÑA MENTIRA, LAS ENSEÑANZAS DE GAN BAO, LA IMPRONTA, EL HOMBRE DEL SIGILO, UN FAQUIR DE ESNAPUR, MEDIODÍA, CÁNTICO DE UN AMANTE QUE GIRA BAJO GIRASOLES UNA MAÑANA DE PRIMAVERA, EL PAISAJE DESDE EL PARAPETO y LA HISTORIA MÁS GRACIOSA CONTRA LA HISTORIA MÁS TRISTE DEL MUNDO.


Este cuento se vincula temáticamente con DESPOJOS, de Pedro Paunero, y ¿HA OÍDO LLORAR A LOS LOBOS?, de Daniel Flores.

Axxón 265

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Sobrenatural : México : Mexicano).


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