¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

Y la puerta se levantará en medio de la jungla,
en un planeta lejano y desconocido.
Y nadie jamás podrá atravesarla
sin confiar en el deseo de su propio corazón.

 

Anónimo, Pergaminos hallados en La Colina

 


Ilustración: Valeria Uccelli

El doctor Moor depositó en el congelador los cilindros metálicos que contenían las moléculas de ADN reparadas. Aquella semana, con ellas se inocularían a diez mil hombres. Diez mil hombres que se volverían más jóvenes. Diez mil hombres y mujeres que tal vez se suicidarían en los próximos veinticinco años.

Pero… ¿los humanos no hemos querido desde siempre ser jóvenes? Hoy, después de tantos años de civilización, por fin lo hemos logrado.

Moor se miró las manos enguantadas: manos que brindaban juventud, que prevenían enfermedades, que hacían danzar a las células en combinaciones infinitas.

Antes de salir del laboratorio, controló la temperatura y la humedad del gabinete de cultivo, de los hornos de hibridación, de las incubadoras.

Después se quitó el traje Inmunoscience® y entró en la calidez de su despacho.

Allí echó un nuevo vistazo a los documentos que le habían dejado los arqueólogos hacía ya varios meses, y que él había escaneado cuidadosamente.

—”La Selva de la Incandescente Felicidad” —leyó por enésima vez, y sintió que se sonrojaba.

Esos pergaminos narraban la más grandiosa acaso de todas las leyendas: en aquella Shangri-La, un hombre podía arder de felicidad. Emborracharse de felicidad. Aunque era difícil pensar en términos de “felicidad” cuando los siglos transcurrían idénticos, implacables. Ineludiblemente aburridos.

A juzgar por la información de aquellos manuscritos, faltaban fragmentos. Por eso no había descripciones minuciosas que ayudasen a reconocer la Selva, en caso de que alguien la encontrara. Sólo se revelaban algunos datos exiguos: un mapa con las constelaciones —allí titilaba el Séptimo Cinturón, una cordillera de estrellas—, un punto tan específico como incógnito señalado en rojo, una puerta marcada a fuego con una espiral. Y todo, en el corazón de una jungla inexplorada, en un planeta de los confines del universo.

Pero él sospechaba que los manuscritos no narraban sólo antiguas leyendas. O tal vez sí, y Moor se empecinaba en creer en una realidad que no existía. Al menos ese deseo había logrado reavivarle la sangre —cosa que no había conseguido ni manipulando su ADN—, y esto no era poca cosa.

¿Cómo sería la Selva de la Incandescente Felicidad? ¿Con solamente adentrarse en ella, la felicidad se le colaría a uno por los poros? Tal vez habría que comer alguno de sus seguramente múltiples frutos, que acaso esconderían la felicidad en las semillas de sus corazones. ¿Quizá la Selva contendría máquinas de felicidad urdidas por seres más inteligentes que los terrícolas? ¿En ese paraíso latiría una felicidad común a todos los hombres?

Y pensaba en tales cuestiones —expresiones de deseo, en suma— mientras abría el contenedor del IDE y guardaba lo necesario para el viaje. Sonreía: en la tapa del contenedor se leía pomposamente IDENTIFICADOR DE ESPECIES, pero para él desde el primer día había sido el IDE.

—Hola, doctor Moor —Rachel entró envuelta en un dulce torbellino—. ¿Escuchando la vieja música otra vez?

Agua de jazmín, pensó Moor. El metro ochenta de su secretaria se lucía erguido en aquel traje oscuro, el pelo negro le caía en ondas suaves sobre los hombros. Al doctor le gustaba pensar que ella no era humana: tantas veces lo había tentado la posibilidad de pedirle que le permitiera acercar el oído a su pecho. Soñaba con escuchar, en vez del latir del corazón, el ronroneo de la máquina central bombeando el Animus Metallum al perfecto y polimérico esqueleto. Pero por supuesto que Rachel no era un androide: el mismo organizador le había asignado una secretaria cien por ciento humana.

—A veces necesito sentir que puedo elegir algo, Rachel. Odio la música funcional.

—A mí también me gusta esta música, doctor —dijo Rachel, acercándose a un reproductor del siglo XXI. Leyó en voz alta lo que decía el visor del aparato: —Vangelis —dijo ceremoniosa, y atravesó el despacho hasta el escritorio del doctor. Antes de llegar, encendió la holopantalla.

El doctor la siguió con la vista, suspiró: Rachel, la única morena que quedaba. Al menos la única morena en esa ciudad. Las mujeres se habían vuelto rubias —a pesar de que el suministro diario de feomelanina para obtener el dorado provocaba horribles padecimientos estomacales— y se habían hecho los correspondientes implantes de iris azules. Porque era la moda. En el futuro quizá les tocaría convertirse en pelirrojas de ojos verdes. Pero Rachel aún conservaba los iris negros y el pelo muy negro, debido a que su estómago no había resistido el cambio.

—La música es de una película antiquísima —dijo el doctor intentando cerrar el maletín, que rebalsaba—. En aquel film, unos replicantes querían asesinar a los humanos.

—¿Asesinar? —Rachel se llevó una mano a la boca—. ¿Replicantes matando humanos, dijo? ¿Qué clase de película asquerosa era esa? —Fue hasta la holopantalla, deslizó los dedos, y las ráfagas de luz colapsaron y encarpetaron los archivos.

—Sí, ya sé, Rachel: he traído a tu aséptica vida una película muy inapropiada. Y presuntuosa. Excentricidades de aquella lejana ciencia ficción. ¡Pero la música es extraordinaria!

—Con razón el cine se ha extinguido —Rachel le alcanzó unas tarjetas y siguió ordenando nuevas ráfagas de luz—. Son los permisos para volar, doctor —aclaró, sin quitar la vista de la holopantalla.

El doctor cerró su maletín. Verificó los chips de vuelo, de coordenadas, de salida del planeta. Todo en orden.

—Perfecto, Rachel —dijo. Exhausto, se sentó en su sillón. Vio que ella (la luz suave del despacho y los hologramas envolviéndola en resplandores) no se molestaba en contestarle—. Perdón, Rachel —Moor se arrellanó—: ¿puedo hacerle una pregunta?

La secretaria se volvió hacia él.

—Claro —dijo—. Aunque, si se trata de la entrega de la nueva droga sintét…

—¿Es usted feliz, Rachel?

Con una mano por encima de la holopantalla, la chica lo miraba fijo, los ojos brillando de indignación ante una pregunta tan incorrecta. Moor pensó en todos los mundos que esos ojos habían visto, cuando era modelo publicitaria de una agencia de viajes interplanetarios: tal vez sí habían sido azules, y ahora se habían vuelto negros de tanto mirar el espacio.

—Claro que soy feliz —dijo ella, como programada para esa respuesta—. Todos lo somos ahora.

—¿Está segura, Rachel? —Moor se apretó las sienes—. Porque yo no lo estoy. Lo que si estoy es aburrido. Aburrido de saber qué cenaré mañana y pasado y la semana que viene. Y de saber cuándo voy a morir. Y además… siento curiosidad, Rachel. Curiosidad por la vida anterior a esta.

—Ahora que lo menciona—dijo Rachel casi entusiasmada—, a veces yo también estoy aburrida. ¡Pero me gusta vivir así! Me hace sentir segura. Tengo todas las respuestas que necesito… y tengo los pies en la tierra. No podría vivir de otro modo. —Volvió la vista a la holopantalla, pero más parecía mirar hacia un punto indeterminado.

—Usted es muy joven, Rachel —dijo Moor, sintiéndose más viejo que nunca—. En cambio, yo cargo con doscientos cuarenta y siete años.

La chica lo miró.

—Doscientos cuarenta y siete años —repitió, incrédula.

—El reemplazo de células y códigos en mi ADN me han mantenido joven la mayor parte de la vida, no puedo quejarme. Lo mismo le sucederá a usted. Todavía mis huesos soportan los más largos viajes interplanetarios. Cualquiera me daría unos cuarenta años. Pero… ¿sabe algo, Rachel? A veces, esta vida tan larga se parece mucho a una no-vida.

Rachel se apartó, y una mano traspasó la holopantalla, apagándola. La chica no le dio importancia. Se cruzó de brazos, acaso resignada a escuchar nuevas tonterías. Pero… ¿también había asombro en su mirada?

—¿No siente curiosidad, Rachel? ¿Cómo fue el hombre de otros siglos? ¿Cómo era cuando se enfermaba, sufría de hambre y de sed, o envejecía?

—¿Y a quién le importa el hombre antiguo? —Rachel soltó una risita, y después se puso seria—. ¿Se siente bien, doctor? ¿No recuerda que la vida del hombre de antes era repugnante? Ahora somos perfectos, en un mundo perfecto. Un mundo feliz. ¿Para qué querríamos saber?

—Yo no soy perfecto, Rachel. Si lo fuera, no estaría preguntándome estas cosas. Y tampoco estaría a punto de viajar en busca de una quimera. Pero discúlpeme si la molesté con mis preguntas.

—¿Ahora puedo hacerle yo una, doctor? —Rachel rodeó el escritorio—. ¿Qué piensa encontrar exactamente en Selva IV?

—No lo sé. Algo, quizá, que nos permita seguir viviendo sin este horrible sentimiento. Aunque todo puede tratarse de una leyenda.

—¿Horrible sentimiento? ¿Qué tiene de malo esta vida? ¿Por qué se gasta en viajar hasta Selva IV, si todo puede tratarse de una estúpida leyenda? Con todo respeto, doctor, me parece un disparate. ¿Por qué no viaja por placer, como todo el mundo, en lugar de perseguir una quimera?

Moor la miró frunciendo el cejo. Agarró un pequeño barquito en una botella que tenía sobre el escritorio. Lo había comprado hacía ya muchísimo tiempo, en una feria de antigüedades. No sabía bien por qué, pero le encantaba este objeto. Lo observó unos instantes, como si aquel Titanic en miniatura fuera capaz de llevarlo lejos. ¿De dónde derivaba tanta nostalgia? Quizá los recuerdos de su pasado como soldado, antes de ser investigador, significaban que en realidad había sido marinero. No, de eso estaba seguro: su carrera militar no había incluido jamás asaltos anfibios ni ninguna otra operación reservada a la infantería de marina.

Finalmente dijo:

—Porque perseguir una leyenda, mi querida, es siempre mejor que quedarse sentado y ver cómo las personas terminan eligiendo el suicidio asistido.

—Nadie me explicó todavía cómo es esa forma de morir.

—Usted es demasiado joven. No se le ocurriría apelar a… a eso. Todavía.

—Lo único que sé es que tal manera de morir no es precisamente catastrófica. Solo basta con oprimir un simple botón, y el suicida muere con una sonrisa.

—Es cierto, Rachel. Solo se trata de oprimir un simple botón.

—¿Y qué sucede después?

—Ya no hay marcha atrás, aunque no se conoce hasta ahora a ningún arrepentido.

—No entiendo, doctor —dijo Rachel, confundida—. ¿Hay margen para… arrepentirse?

—En apenas minutos llega el “delivery mortuorio”, como se lo llama en ciertos ámbitos: dos enfermeros y el enterrador. Si es un día lunes, quizá tarden un poco más en llegar: el lunes es el día preferido de los suicidas. Mucha demanda.

Rachel se mostró curiosa.

—Sí, sí. Pero después… ¿qué sucede?

—Los enfermeros recuestan al cliente en la camilla de multipolímero plegable. Lo arropan, lo hacen sentirse mejor que si estuviese en un centro de estética.

—No suena nada mal —dijo Rachel acariciándose el pelo—. ¿Y entonces?

—Entonces conectan al suicida a la máquina central de la guardia. Mientras la máquina va elaborando la papelería correspondiente a la baja del sujeto, el deadcóctel lo va matando, al tiempo que le induce los más hermosos sueños. Ilusiones programadas, de acuerdo con el perfil.

—Qué maravillosa muerte —Rachel suspiró, soñadora—. Un final ideal.

—Qué curioso —dijo Moor y frunció el entrecejo—. Ya nadie se maravilla con la vida: ¿para eso investigo cómo alargarle la vida a la humanidad? Pero veo que la muerte fascina al hombre moderno. Lo puedo sentir. Es un vacío más aterrador que la oscuridad de las estrellas.

—No entiendo cómo se le pueden ocurrir semejantes ideas.

—Yo tampoco, Rachel—dijo el doctor.

Y realmente no lo sabía. Este era el problema del borrado de memoria: el programa no lograba vaciar el cerebro de un hombre, no se podía arrasar con aquellos recuerdos marcados a fuego. Solo podía quebrarlos, particionarlos. Pero siempre quedaban ramalazos de pasado, pequeñas impresiones. Tal vez esas “semejantes ideas” suyas fueran el resultado de toda una vida colmada de brevísimos estremecimientos sueltos, células aisladas en el cerebro. Acaso debido a ese azar, Moor intuía que a los hombres les faltaba algo similar a una misteriosa chispa, a un brillo en los ojos, a una sonrisa cómplice. Quizás elementos de tiempos auténticamente felices. Algo, en suma, que los distinguiera de las máquinas.

Evocó un cementerio, cualquiera de ellos: los muertos, maniquíes caros envueltos en papeles de seda, abandonados en algún depósito. Sin lápida. Sin amigos que los lloren. Sin nadie que ponga su foto en un portarretratos.

Sí: debía ir a Selva IV.

—Hoy los enamorados se recuestan sobre el césped de PVC, oliendo las falsas rosas, a contemplar la luna —el doctor controló y guardó las tarjetas en la chaqueta—. ¿Acaso ese amor no será tan falso como las rosas?

—¿Falso? Las rosas de PVC me parecen muy bonitas.

—Y este es el problema, Rachel. Solo se puede decir de ellas que son… “bonitas”. En cuanto al amor, yo tampoco podría explicar qué es el amor. Según investigué, tiene que ver con cuestiones químicas. Pero además es… como una luz en el fin de un camino. Una señal que palpita, un signo vivo y ajeno a nosotros. ¿Sabía, Rachel, que los grillos del Jurásico entonaban canciones de amor? Al menos, esos simples insectos se comunicaban mejor que nosotros.

—Con o sin grillos, a mí nunca me invitaron a ver la luna. —Con un gesto de fastidio, Rachel dio por finalizada la conversación. Caminó hasta la puerta y desde allí le preguntó—: ¿Puedo irme ya? Debo pasar a buscar la robomascota que le compré a mi hijo.

El doctor no recordaba la última vez que había tenido contacto con una mascota que no fuera artificial. Ni la última vez que había disfrutado de un Manhattan preparado por un barman de carne y hueso.

—Sí, Rachel, váyase. Nos vemos a la vuelta.

—Buen viaje, doctor. —La secretaria lo miró por sobre el hombro—. Y ojalá que encuentre lo que busca.

 

 

 

Moor salía del laboratorio, y el sistema lumínico se iba atenuando tras él. Cuando cerró la puerta, le echó un vistazo a la placa que relumbraba orgullosa: DOCTOR ALDOUS MOOR, ESPECIALISTA EN BIOGENÉTICA. ¿Esto era lo que siempre había querido? Ya no estaba tan seguro.

—Codificar —le ordenó a la puerta.

Mientras caminaba por el pasillo de salida, oyó la voz metálica:

Orden aceptada, doctor Moor —le decía la puerta, y el doctor supo que ya nada volvería a ser igual.

 

 

 

Se pasó de mano el maletín, maldiciéndose por haber traído tanto equipo de reconocimiento, y se adentró aun más en la espesura de Selva iv.

Allí, aventurándose en aquella laberíntica maraña, la cuarta selva del Planeta Diecisiete del Séptimo Cinturón, entre colinas de fango verdoso, mandrágoras gigantescas y polen venenoso, se acercaba a la zona que señalaba el mapa virtual.

Y se sentía libre. Libre de aquella sociedad repulsivamente perfecta que había dejado en la Tierra. Ese viaje lo hizo sentirse fuera del sistema. Contrarrevolucionario.

El doctor consultó el mapa y dobló hacia el oeste.

El corazón le palpitó con todo. ¿Y si no la hallaba? ¿Y si el viaje resultaba inútil, como le había anticipado Rachel? Esto le preocupó mucho más que el hecho de que la Century se hubiese averiado durante el aterrizaje. Una señal hololux bastaba, y enviarían otra nave. Y antes del anochecer regresaría a la Tierra. Regresaría feliz, por primera vez en su vida.

La selva se extendía vasta, amenazadora, más húmeda de lo que había previsto en sus estudios. Fuera de su traje, el clima sería insoportable. Ajustó el reloj, encendió el dispositivo del clima, y la imagen holográfica le arrojó los tremendos datos que necesitaba: Temperatura: 36º. Humedad: 100%. Presión atmosférica: 770 hpa. Y el IDE también arrojó lo suyo: Especies venenosas: 47. Especies carnívoras: 23. Especies proteicas: 7… Y el holograma seguía titilando frente a sus ojos, mostrándole más y más peligros. Pero se sintió muy seguro en su traje presurizado: por suerte, no tenía nada que ver con el viejo Biosuit. Y pensó también en aquellos ridículos trajes espaciales provistos de esquemas de movilidad.

Se abrió paso entre los matorrales. Pronto sería mediodía, y él debería detenerse a tomar su tercer cóctel diario.

El aire le empapaba de vapor el traje. Decenas de especies de hongos infestaban los troncos de los árboles, colgaban de las ramas. El doctor distinguió sus púas, y en ellas su ponzoña fluorescente. Un par de gotas bastarían para morir del dolor: un dolor inimaginable para el lego.

Moor penetró aun más en el follaje. Un matojo de flores de carmín intenso se inclinó con una reverencia. El IDE lanzó una alarma: Carnívora, anunció la voz robótica. Peligro.

Se detuvo.

 

 

 

Sintió cómo la planta lo estudiaba, lo medía. El kukri machete de Moor no tardó en cercenar de un tajo la grosura del tallo. Una savia espesa y azul cayó al suelo en viscosos movimientos. Él bien sabía que si la planta alertaba a las demás de su visita clandestina, jamás saldría vivo de allí. La curiosidad lo conminaba a tomar una muestra viva de ese espécimen. Pero, antes que un científico, Aldous Moor era un soldado. Un guerrero de heroicas batallas interplanetarias que ya ni recordaba.

¿En qué año se había librado el último combate? Lejos habían quedado para Moor aquellos tiempos de guerra: la humanidad ahora rebozaba de paz. Deseó con su alma que estallara al menos un pequeño conflicto, una maldición lanzada al aire. Pero sabía que eso nunca sucedería. Nunca habría conflicto entre los nuevos hombres perfectos.

Malditas pastillas antígeras, se dijo Moor. Los hombres del siglo xxi no las necesitaron. Pero tampoco eran felices: envejecían.

Se detuvo ante una idea inquietante. ¿Y yo qué soy?, se preguntó, como preguntándoselo también a aquella jungla alienígena. Hombre mitad antiguo, mitad moderno. Padeciendo los siglos. Dejándose consumir por la vorágine de un nuevo tiempo.

Recordó los viejos carruseles, siempre girando, obligando al incauto a quedarse arriba del caballo de madera: imposible bajarse sin salir herido. ¿Y de dónde recordaba la sensación de vértigo de los carruseles? Él era un hombre buscando la felicidad, sí, pero… ¿qué era realmente la felicidad?

Moor se sintió un Ponce de León. Siglos atrás, el español había navegado la vastedad de los mares, y ahora él navegaba la infinitud de las estrellas. Imaginó aquellas tierras vírgenes del viejo Puerto Rico, colmadas de indios, oro, palmeras y sangre. Y la “Pascua Florida”, que escondía en sus entrañas la Fuente de la Eterna Juventud. Pensó en aquellas aguas mágicas. Si el Adelantado hubiese sabido que después de mil seiscientos noventa y seis años de su tiempo se repararía algo llamado ADN para conservar la juventud, se habría abocado a fabricar una máquina del tiempo.

Antes de seguir, Moor tomó su cóctel antígero y el traje le inoculó la dosis diaria de adrenalina.

 

 

 

Mientras sus venas recibían el elíxir, pensó que mantenerse joven no garantizaba nada. Ser feliz era algo muy distinto. Ninguna ciencia —él lo había comprobado— aseguraba la felicidad. Por eso su búsqueda era acaso más ambiciosa que la del navegante español.

Las Escrituras de aquella remota civilización —los pergaminos hallados en La Colina— afirmaban que en ese oasis se podía ser viejo o joven; se podían ejercer las profesiones de científico, de soldado, de medidor del tiempo. Pero, a la vez, los Pergaminos aseguraban también que se podía vivir ebrio de felicidad. Siempre. La tan buscada felicidad irrevocable, perfecta. Irrevocable como la tristeza y la finitud. Perfecta como la vida impostada del mundo presente. Perfecta como la muerte planificada y asistida. Esa clase de felicidad absoluta aseguraban los Pergaminos.

 

 

 

Avanzaba bajo el sol, un sol como el de las cinco de la tarde en la Tierra. Entre la enramada, advirtió un brillo: algo metálico. Al acercarse, descubrió los herrajes de una cerradura. Una herradura sobrecargada de remaches y engranajes. Le sorprendió el estilo fusionado del trabajo: una especie de steampunk trascendido. ¿Sería esta la puerta grabada a fuego, la de la espiral?

Desenvainó el kukri y apartó la maleza.

Sí, era una puerta. Recordó las Escrituras: “Una puerta en una jungla de un planeta lejano“.

Y la puerta, según los Pergaminos, debía estar señalada con “un símbolo“.

Y allí brillaba el símbolo, como algo vivo: una espiral hundida en aquel metal. Moor supuso que se trataba de hierro. A pesar de notársele la pátina del tiempo, no había óxido a simple vista. Pasó el bioescáner: MATERIAL DESCONOCIDO.

A ambos lados, y más allá de la fronda, altos paredones escoltaban aquel portal, se internaban en la selva. ¿Dónde terminarían? El mapa no arrojó ninguna cifra.

Moor se volvió, y sus dedos enguantados siguieron las sinuosidades del símbolo. Todo aquello sucedía como lo había soñado. Temió que, si no dejaba de tocar la espiral, la puerta desaparecería como si solo se tratara de una ilusión.

Pero no desapareció. Entonces decidió empujarla.

La puerta se entreabrió en un chirrido, recordándole los puentes levadizos de la Edad Media, puentes que sólo había visto en las películas. Las cadenas tintinearon, las bisagras se descuajaron, y la puerta cayó pesadamente entre una música de viejos metales.

Moor contempló un páramo.

El IDE no arrojaba aún los primeros datos del ecosistema. Su traje también callaba, y el reloj enloquecía emitiendo al unísono números y letras rojas. La holopantalla del traje se había apagado. Sintió un calor repentino y comprobó el dispositivo regulador del oxígeno: muerto.

Pulsó “DESPRESURIZAR”. Y el traje se aflojó. Moor se quitó el casco y lo tiró a un costado.

Pensó que hubiera resultado mucho más racional lanzar la señal de auxilio y esperar el rescate. Pero la suerte ya estaba echada.

Cruzó el umbral, intuyendo que ya nunca más sería el DOCTOR ALDOUS MOOR, ESPECIALISTA EN BIOGENÉTICA.

Un viento fresco y salino le hostigó la cara. Moor se mojó los labios con la lengua: ¡agua salada! ¿Era olor a mar ese aroma que le inundaba las fosas nasales? ¡Sí! ¡Podía divisar a lo lejos las olas rompiendo contra la costa! Los nubarrones opacaban el atardecer, un retazo de niebla le empapaba las mejillas.

Hacía más de cincuenta años que no veía un océano natural: todos eran artificiales en el Nuevo Viejo Mundo. Una sola vez había disfrutado del mar verdadero, en su infancia. Y ninguna unidad borradora había logrado limpiarle todo. Recordaba sensaciones: el calor del sol, la aspereza de la arena mojada, la muerta espuma de las olas espoleándole los tobillos.

De ese lado, paredones amurallados flanqueaban la puerta, separaban el páramo de la selva y se internaban en el mar, más allá del horizonte.

¿Quién habría levantado la fortificación? A pesar de ser un erial de rocas y arena, el paisaje parecía evocarlas ruinas de un antiguo imperio. Lo asombró la semejanza con los desaparecidos paisajes de la Tierra.

El IDE no volvió a funcionar. Pero Moor intuyó que los matorrales que se esparcían —túmulos sin lápida— no contenían vida animal.

Apartó unos arbustos y se sentó en medio de las rocas.

Cansado, contempló el horizonte. Desde allí divisó un fuste y una torreta.

¿Acaso un faro? No quería pensar en negativo, pero no pudo evitarlo: ¿La Selva de la Incandescente Felicidad era… esto? Se la había imaginado deslumbrante, exuberante… y solo era un maldito páramo, un desierto al borde del mar. Un engaño de estúpidos fabuladores que no tenían otra cosa en qué ocupar el tiempo.

Leyendas, doctor, solo leyendas, repitió la lejana voz de Rachel.

—¡¡¡Quiero sentir!!! —le gritó al páramo. Y el páramo le devolvió su voz en un eco frío.

¿Cómo saber si era este el lugar indicado? Las Escrituras no podían equivocarse: él había visto la puerta, y era la correcta. Se consoló pensando que, si la Selva de la Incandescente Felicidad existía, debía de crecer allí, verde y fuerte, en alguna parte detrás de aquel espantoso decorado.

Recorrió el páramo. Ya no podía usar su mapa virtual: desde que había cruzado la puerta marcaba en letras rojas 0º lat./0º long. Punto Muerto.

 

 

 

Silencio. No oía ningún sonido, excepto el viento y el mar, que susurraban con voces sempiternas.

El crepúsculo daba un último resplandor, acaso anunciando la caducidad de todas las cosas.

Después de caminar durante —supuso— largas horas viendo el mar romper en la orilla, llegó hasta el faro.

¿Había confundido su luz con la de la agonía de la tarde? ¿El faro estaba encendido?

No, no podía ser. ¿Para qué encender los faros, cuando los barcos ya no se fabricaban desde hacía siglos? ¿Y quién había encendido este? Pero, por más que el paisaje le resultara conocido, no olvidaba que se encontraba en otro planeta. Acaso acá sí tenían barcos y faros y navegantes. No había nada que evocase al género humano, aunque también era cierto que nadie antes que él había cruzado aquella puerta en Selva iv.

Se le ocurrió que ese paisaje bien podría haber formado parte de una aventura, una aventura de la que él era protagonista. Y recordó su viejo barquito en la botella, las velas resplandeciendo contra el vidrio…

El ahora el niño explorador subió por las escaleras de piedra, los caracoles crujiendo bajo sus botas. Buscó a su alrededor las placas solares que podrían dar energía al faro.

Nada. A simple vista no había combustible de ningún tipo.

—Hola —dijo—, ¿hay alguien?

Pero nadie respondió.

Sólo el faro, que aumentó la intensidad de la luz. El faro encendido por alguna clase de hechicería. Cosas que solo se leían en las viejas fábulas de la Tierra. Aunque una vieja frase de la Tierra proponía que una tecnología suficientemente avanzada era indistinguible de la magia. Además: ¿un científico creyendo en la magia? Ahogó una risita. Sí, había sentido unas ganas repentinas de reír. ¡Imbécil!

La puerta del faro lo recibió entreabierta.

—¡Hola! —llamó de nuevo.

El mar pareció hablarle: una voz de naufragios, de barcos hundidos.

Adelante, pequeño Aldous, gimió el mar.

Y el niño explorador, obediente, entró y subió las escaleras. Y mientras ascendía envuelto en la espiral, vio una inscripción en la piedra. Trazos torpes, apurados:

 

Aquí Kongre abandonó su barco en 1905

 

Mil novecientos cinco, se dijo. Eso fue hace mucho tiempo. Demasiado.

¿Kongre? Le sonaba a nombre de pirata. ¿De dónde…? Pero no le importó, así que fue subiendo y subiendo, hipnotizado por la espiral, sintiéndose dentro de un caracol gigante.

Cuando llegó a la cámara de servicio, lo envolvió un ligero vaho, un aroma que no reconocía. Mejor dicho, que jamás había olido en la Tierra.

En las últimas sombras que proyectaba la tarde, Moor encontró una biblioteca. ¡Una biblioteca de verdad! Revolvió entre los volúmenes: Juventud, de Conrad, Moby-Dick, de Melville, Los misterios de la jungla negra, Los piratas de la Malasia y Sandokán de Emilio Salgari…y los títulos se sucedían.

Eligió El viejo y el mar, lo tomó con devoción. Jamás había sostenido un libro. Solo recordaba haber visto documentales acerca de la Biblioteca de la Universidad de Helsinki, en la antigua Finlandia. O de la Biblioteca Nacional de Viena. Pero el abandono y la falta de presupuesto —para mantener vejestorios inútiles como las bibliotecas— habían destruido la mayoría de ellas.

Algunas hojas del libro volaron y cayeron al piso, leves como plumas. Estornudó una vez, y otra vez. En las hojas desperdigadas, distinguió mares refulgiendo al sol, peces gigantes, gaviotas en los márgenes.

El corazón —¿se habría excedido con la dosis de adrenalina?— le palpitaba más y más. Sentía, bajo los guantes, las manos transpiradas y calientes. Se quitó los guantes, pero… ¡horror! ¿Cuántos ácaros y hongos infectos se habrían criado entre las páginas durante todos esos siglos? El libro cayó en las lajas y terminó de desarmarse en una nube de polvo.

Moor sacó del maletín un spray antibacterial y se roció las manos, los brazos. Pero cedió al terrible impulso de levantar los restos del libro: había llevado suficiente spray y vacunas.

Leyó atentamente un fragmento:

Miró por sobre el mar, y se dio cuenta de cuán solo se encontraba.

Y más abajo decía —un mar furioso de azul mordía los márgenes—:

El hombre no es gran cosa junto a las grandes aves y las fieras. Con todo, él preferiría ser esa bestia que está allá abajo en las tinieblas del mar.

 

 

 

Dejó el libro. Decidió que no le importaba. Que aquello no le podía importar.

Vine a buscar la felicidad, se dijo, y encuentro libros que se me deshacen entre los dedos. Historias que hablan de piratas, aventuras, mares tan lejanos que sería imposible conocerlos aunque uno se pasara la vida arriba de un barco. Pasarse la vida arriba de un barco… ¿De dónde había sacado esa idea?

Pensó que eso no tenía por qué importarle. Podría volver a la agonizante Century y enviar la señal. Pero esas ilustraciones… ¡tan bellas!

Entonces oyó un graznido: ¡las gaviotas salían del papel! Y vio las olas romper en la costa y vio barcos naufragar y sirenas elevarse sobre el agua como pájaros de plata. Y vio monstruos marinos y costas imposibles y veleros y patas de palo y espadas reclamando tesoros… Y Moor se entregó a la lectura, al fascinante resplandor de un faro en el Fin del Mundo.

 

 

 

Anochece.

La luna, lente que amplía el universo, se inclina en el horizonte. Desde la torreta, Moor contempla el mar refulgente, estudia la negrura del cielo. Se le ocurre que tal vez algún dios lo observa desde esa lente.

Y la luz del faro gira, filos penetrando las tinieblas, esperando barcos que quizá nunca llegarán.

 

 

 

Dos horas atrás, el niño aventurero arrojó las pastillas antígeras: decenas de tubos de colores duermen en el fondo de aquella vastedad marina.

Tiene ganas de llorar. Hace décadas que no llora. ¿Será capaz? Ha recorrido el Séptimo Cinturón en busca de la felicidad… y vuelve a sentir la tristeza. Y al final, ¿en qué se habían convertido ahora los hombres? Combinaciones de células, códigos, tejidos intercambiables. Y, sin embargo, todavía algo se ocultaba en lo secreto. Los años seguirían sucediéndose, y sobrevendría la caída del hombre.

Ahora esos libros evocan para él recuerdos extraños. ¿Cómo es posible? No sabe si esas memorias son suyas, o de quién.

Frente a sus ojos discurre una tarde de domingo, bajo el sol. Y Moor huele en el aire cálido el pasto recién cortado, saborea un helado de crema. Oye un carrillón a lo lejos. Una anciana lee historias de piratas, héroes y santos.

Y un súbito recuerdo le hace levantar la vista del libro: ¡su abuelo había sido navegante!

¡Y también su bisabuelo!

Y este recuerdo hila toda una eternidad de recuerdos, que ahora Moor puede ver claramente.

—¡Qué bello era el mundo!

Sí, un recuerdo que las máquinas no habían podido robarle: zarpaba hacia aguas tranquilas, acunado por el sol… Su abuelo con manos de pergamino mostrándole el derrotero. Enseñándole a izar velas, a enlazar nudos. Este nudo se llama “As de guía”, pequeño Aldous… decía aquel viejo, y lo sigue repitiendo desde el infinito.

Vio arder decenas de faros distintos, avivándose, apagándose, como si quisieran encender al mundo y a la noche eterna. Vio piratas a la luz de la Luna —la Luna verdadera—, desperdigándose por los océanos como doblones de un tesoro.

Pero ahora, en la Tierra, nadie navegaba los mares. Sólo existían los navegantes de estrellas.

 

 

 

Ya no hay salvación posible para el doctor Aldous Moor, paradojal especialista en biogenética. Y todos los años sobrevividos se manifiestan, le atraviesan el corazón en un espasmo, lo golpean como si él estuviese en la rompiente que canta desde la playa.

Por la ventana entran las estrellas, iluminan los libros. Los garfios de algún pirata resplandecen, se izan las velas como si fueran el preámbulo de alguna aventura.

Recostado sobre aquellos viejos papeles —jirones de mares y tormentas y navíos encallados—, el soñador Moor piensa qué estarán haciendo los hombres en su planeta. ¿Cenarán el cóctel nocturno? ¿Se habrán inyectado adrenalina extra para fingir felicidad? ¿Los robojardineros cortarán el césped de PVC? Y el hijo de Rachel… ¿estará torturando a su nueva mascota artificial?

Moor se duerme, sabiendo que ya no se despertará.

Y sueña. Sueña después de décadas de estar sepultado bajo las yermas regiones de una mente sin sueños. Y ahora su mente se abre en laberintos, celdas que dejan escapar el mar. Un mar que estalla y se desgrana en golondrinas negras. Y cada una de ellas le trae en sus alas otro recuerdo de los días felices.

Y mientras el pelo se reseca y cae, las uñas se vuelven amarillas y su piel se arruga más que la de las inmemoriales crónicas que lo acunan, Aldous Moor sueña que ha encontrado la Selva de la Incandescente Felicidad.

Y, aunque ya su esqueleto se ha vuelto polvo que se confunde con el polvo de los infolios, en el sueño también es noche cerrada. Él lo sabe. Porque ya divisa una luz que titila en el horizonte, como si fuese la de un barco acercándose a la costa.

Es la de un barco acercándose a la costa.

 

 


María Laura Sánchez nació en 1980 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Estudió Filosofía y Letras en la U.B.A.

Menciones y premios destacados: En el año 2008 obtuvo mención de honor en el Certamen Internacional de Junín País 2008 con el poema “¿Dónde estás?”. Participó en la antología de dicho certamen con la publicación de cinco poemas. Su poemario Cristales Vampíricos obtuvo mención especial en el VI Concurso Nacional Macedonio Fernández. Sexta Mención especial en el Premio Nacional de Literatura – Tres de Febrero 2009, con el poema “Premonición”. Participó en el libro-antología de dicho certamen. Un jurado internacional otorgó a su poema “Fénix” el 2do Premio en el concurso PREMIO MOROSOLI INSTITUCIONAL 2009, 2ºs Juegos Florales del Siglo XXI, organizado por Movimiento Cultural aBrace, de Uruguay. Mención de Honor en el VII Concurso Hespérides de Cuento y Poesía. Primera Mención en el II CERTAMEN NACIONAL DE POESÍA RAMON EMILIO CHARRAS. Semifinalista en el concurso del Centro de Estudios Poéticos, de Madrid. Con la obra Primera Sangre obtuvo el Primer Premio en el Certamen Nuevas Promociones SESAM de Poesía 2010, organizado por la Sociedad de Escritores de San Martín.

Este año, el jurado del II CONCURSO LITERARIO DE CUENTO Y POESÍA “MARIO NESTOROFF” le otorgó el Segundo Premio en la categoría poesía a su obra “La voz humana”.

Es miembro de La Abadía de Carfax, círculo de escritores de horror y fantasía, y secretaria de redacción del diario informativo cultural Fin, de elaleph.com.

Ha publicado en Axxón sus obras UNA BATALLA PERSONAL, UN ARMANI y AMARILLO.


Este cuento se vincula temáticamente con TIERA CALCINADA, de José Vicente Ortuño.


Axxón 265

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Exploración espacial, Eutanasia, Búsqueda de la felicidad, Distopía : Argentina : Argentino).


14 Respuestas a ““La Selva de la Incandescente Felicidad”, María Laura Sánchez”
  1. Ricardo Giorno dice:

    ¡Qué cuentazo impresionante, por Dios!

  2. María Laura dice:

    ¡¡¡GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS!!! Cuando Ricky Giorno me avisó de esta nueva publicación, yo estaba en la calle. ¡Volví corriendo a la oficina para verla! Corriendo, en el sentido literal de la palabra. Y, mientras el corazón se me salía y tipeaba nerviosa en la web buscando la página, pensaba si esto no es la verdadera felicidad para los que pretendemos ser escritores. Si esto no lo es, entonces ni siquiera Moor me la puede explicar.

    Gracias, Axxón, por hacerme tan feliz. Un gran honor, una vez más. ¡Y gracias, Valeria! Bellísima ilustración.

    Y, por supuesto, gracias a Marcelo di Marco y a Ricky Giorno por los invaluables aportes que le hicieron a este cuento.

    Un gran abrazo para todos.
    María Laura

  3. Florencia dice:

    Muy Bueno…. Me encanto Felicitaciones geniaaa!!!

  4. Un cuento realmente espléndido.

  5. Dani Bola dice:

    Muy bonito y emotivo, me ha gustado mucho.

  6. Judith Shapiro dice:

    Me gustó mucho el cuento. Lo leí en varias partes porque no pude darle de corrido y todas las veces me quedaba impregnada de la historia, queriendo seguir! Qué ganas de sacudir a esos humanos, a Rachel, de sacarlos de la rutina!! Sólo me pareció que algunas cosas Moor las tendría que haber previsto, siendo que es un científico especialista en biogenética… como que él se quedaba atrás de la lógica por momentos. Pero nada muy serio.
    Te mando un abrazo y felicitaciones!!

    Judith.

  7. Robert dice:

    Sorprendido, no pude cortar la lectura, me atrapo esta historia. Como esta contada con un toque de poesia, queria que no termine nunca, imaginaba varios finales. Escritora, hicistes que mi imaginacion vuele, te felicito!

  8.  
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