¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

El sol nos acompañó y alentó en un informal picadito de fútbol con mis primos, en casa de la abuela, durante toda la tarde. Luego fue cayendo detrás del maizal con lentitud. Alargaba las sombras y nos regaló el momento propicio para jugar a las escondidas.

—¿Quién cuenta? —dijo Carlitos.

—¡Piedra, papel o tijera! —gritó Sonia. Y, como siempre, perdieron: contaban las chicas.

Enseguida, Carlitos y yo corrimos a escondernos en el fondo. Siempre creímos que el terreno de la abuela terminaba en el alambrado del fondo cubierto por una espesa enredadera trepadora que no dejaba ver nada más allá.

Fue toda una sorpresa descubrir aquella puerta de alambre, camuflada entre tanta maraña de hojas. Pero lo más sorprendente estaba del otro lado.


Ilustración: Oriana Kanishka

Cuando cruzamos quedamos frente a una pequeña casa caída en el abandono. La enredadera revestía el patio como una alfombra, parecía un monstruo de hojas verdes que ya había trepado buena parte de la vivienda y se la iba tragando.

Caminamos sobre las hojas hasta la puerta. La abrimos y distinguimos un bulto sobre una silla en el centro de la cocina. Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad nos dimos cuenta: era una vieja. Sentada, en silencio, totalmente a oscuras. Iluminada a medias por la escasa luz que ingresaba con nosotros. El pestilente olor a encierro y a viejo impregnó nuestras curiosas narices.

De lo flaca parecía un cadáver, un espectro en la penumbra. Su piel transparente era como una hoja de calcar. Me imaginé que podría marcarle los huesos con un lápiz.

El pelo blanco y desprolijo era tan largo que se desparramaba por el suelo. Aunque una fea cicatriz le cruzaba de lado a lado una mejilla, lo que más nos impactó fueron sus ojos: dos traslúcidas esferas flotando en la cavidad craneana.

—¡¿Quién anda ahí?! —preguntó la vieja con voz cascada—.¿Quién perturba la soledad de esta ciega anciana?

—Somos… somos los nietos de doña Rosa —contesté como pude, entrecortado por el susto. Y a la vez fascinado por el aspecto de aquella mujer.

—¡Aaah! Los hermosos nietos de Rosa.

—¿Y cómo sabe usted que somos hermosos? —dijo mi primo—. ¿Cómo sabe, si no puede vernos?

La Vieja lanzó una siniestra carcajada:

—Porque conozco a tu abuela y a tus padres —dijo con la cabeza erguida, como mirando al frente—. Ustedes no pueden ser menos.

—¿Y usted quién es? La abuela nunca nos habló de usted ni de esta casa.

—Mi nombre es Nazarena, pero pueden decirme Vizcacha. Así me llama la gente: Vieja Vizcacha me dicen todos.

—¿Porque está escondida en esta madriguera como una vizcacha?

La vieja sonrío ante la pregunta de Carlitos, dejando ver su único diente.

—¡No está mal lo que decís vos! —dijo—. Pero me llaman Vizcacha porque antes de tener la desgracia de quedar ciega tuve la desgracia de quedar bizca.

—¿Y no tiene miedo de estar ciega? —pregunté yo.

Lanzó otra carcajada, y nos asustamos.

—Vengan, chicos, acérquense un poquito. No tengan miedo de esta pobre vieja. Déjenme que les toque la cara.

Carlitos me miró y levantó los hombros. Yo le hice señas con la cabeza para acercarnos.

De cerca, la Vieja daba mucho más miedo: se realzaban los detalles.

Con gran esfuerzo la dejé pasear sus manos descarnadas por mi cara. Hizo lo mismo con mi primo.


Ilustración: Oriana Kanishka

—¡Aaah! —repitió, con otra leve sonrisa—. Yo tenía razón, son los chicos más hermosos que mis manos hayan visto.

Luego me acarició las palmas, los dedos. Estaba fría, helada. Y me dijo:

—¿Me preguntás si tengo miedo? ¿Miedo, yo? Tal vez de ver el mundo como es hoy tendría miedo. Mis ojos ya vieron todo lo que tenían que ver allí afuera; ahora miran hacia adentro. Lo tengo todo grabado aquí. —Se tocó la sien—. Tengo muchas imágenes que de joven no les presté la debida atención. Y ahora las disfruto y las recorro detalladamente como a una obra de arte a cada una de ellas.

—Entonces…, usted ve más o menos como cuando soñamos —le dije.

—¡Claro! Algo así. A ver, hagamos una prueba. Cierren los ojos y piensen que están frente a la puerta de calle de la abuela.

Con Carlitos cerramos los ojos.

—¿Ven la casa? ¿Los rosales a la entrada hacia los costados? ¿Los colores, los ven? Sientan el viento acariciarles la piel, escuchen el rugir del ferrocarril trabajando a sus espaldas. ¿Lo ven? ¿Lo sienten? ¿Lo escuchan?

Esas palabras oprimieron una tecla mágica, y se encendió una luz en mi cabeza. Las imágenes fueron apareciendo. En mi mente lo vi todo: abrí la puerta de calle y seguí el serpenteante caminito de ladrillos hasta la galería. Pasé por el aljibe y… ¡y hasta sentí el aroma de los naranjos! Entré en la casa de mi abuela y la recorrí toda. Es más, parecía que tenía ojos en la nuca, como si mirara en trecientos sesenta grados, como si fuera un juego de computadora pero real.

—¡Guau! —dijo mi entusiasmado primo—. Es verdad, lo puedo ver todo claramente, como si estuviera ahí.

—¡Muy bien, muy bien! —graznó la Vieja Vizcacha—. Ahora cierren los ojos nuevamente, imagínense frente al mar.

—Yo nunca estuve en el mar —dije.

—Yo tampoco —me siguió Carlitos.

—¡Ah! están ciegos de mar —nos dijo la vieja huesuda.

—Bueno entonces imagínense frente a las montañas.

Mi primo y yo abrimos los ojos, y negamos con la cabeza.

—Creo que también estamos ciegos de montañas —dije.

—Ajá. ¿Vieron? Ciega y todo, tengo mucho más que ustedes para ver —dijo ella y lanzó otra de sus burlonas carcajadas.

Mientras se reía, me quedé pensando de cuántas cosas más estaría ciego.

—¿Y usted… —Carlitos la hizo callar con una pregunta—, de que está ciega todavía?

La Vieja Vizcacha interrumpió la carcajada. Se puso seria de golpe, como si buscara imágenes en su mente que no podía encontrar.

Tomó aire y aire y aire —juro por Dios que vi sus pulmones inflarse como un globo— y exhaló la respuesta con un suspiro:

—De amor. Estoy ciega de amor.

Se encogió de hombros, y pareció sumirse en sus recuerdos. Yo comprendí que era el momento de retirarnos, y le señalé la puerta a mi primo.

—Creo que la abuela nos está buscando —le dije a la vieja—. Volveremos en otro momento.

—Por favor cierren bien la puerta: la claridad no me deja ver —dijo—. Además, esa maldita enredadera se está queriendo meter por cualquier lado.

Por miedo a una represalia de la abuela, no contamos nada de lo sucedido con la Vieja Vizcacha. No dijimos nada ese día ni en todo el verano.

 

 

Por fin llegó el verano, por fin estaba de nuevo en Carhué. El año se me había estirado como un chicle.

Carlitos me estaba esperando en la casa de la abuela. No perdimos tiempo y fuimos en busca de la Vieja Vizcacha.

Llegamos hasta el alambrado, pero no podíamos encontrar la puerta. La enredadera estaba mucho más densa que el verano anterior.

Una vez que cruzamos al otro lado, vimos que…

…no se veía nada.

¡La trepadora había devorado por completo la casa de la Vieja! ¡No se veían puertas ni ventanas! Todo estaba tapizado de hojas: el monstruo verde había tomado la forma de la casa.

Caminamos por el colchón de hojas y raíces hasta la casita. Buscamos la puerta.

No aparecía, pero finalmente Carlitos gritó:

—¡Acá está!

La enredadera se había aferrado con tanta fuerza que no pudimos abrirla.

Corté algunas hojas y raíces con mi cortaplumas y miré por el ojo de la cerradura. Todo oscuridad.

—¿Trajiste tu linterna? —le dije a mi primo.

—Sí, tomá —Carlitos sacó la linternita de uno de los bolsillos del pantalón.

—¡No puede ser! —grité—. ¡Es increíble!

Carlitos se asustó, y dio un salto hacia atrás.

—¡No me digas! —dijo tomándose la cabeza—. ¿La vieja está muerta en la silla?

—No Carlitos, no puedo creer lo rápido que crece ésta enredadera: ¡¡¡ya tapó otra vez la cerradura!!!

—¿Cómo? Esperá que yo la corto con el cortaplumas.

Era algo increíble de ver, cuanto más cortaba la enredadera, más rápido crecía. Más y más. Nos pusimos como locos y arrancamos las hojas y las raíces con las manos. Hice tiempo apenas para espiar por la cerradura.

—¡No está! —grité—. ¡La vieja no está!

Mi primo, en el piso, arrancaba las tripas de la enredadera. Se detuvo en seco.

—¿Cómo que no está?

—¡Y…, no está! —le dije—. La silla está vacía, ya la cubre la trepadora.

—¿A ver? ¡Dame la linterna! ¡Quiero ver!

—¡Tomá, desconfiado! —le dije.

Miró por el agujero de la cerradura.

—¡Es verdad! —gritó también—. ¡No está! ¿Dónde habrá ido?

En eso… ¡la enredadera cubría por completo las zapatillas de mi primo! Y le trepaba por los pantalones.

—¡Carlitos! —grite señalándolo.

El también gritó, señalando los míos. No me había dado cuenta: en cuestión de segundos, la trepadora nos tenía enredados a los dos.

Mi primo, cortaplumas en mano, emprendió una encarnizada lucha contra la trepadora. Mientras, yo hacía lo que podía con mis manos.

Carlitos se liberó rápidamente, y me ayudó.

Salimos corriendo, pero debimos detenernos para abrir la puerta del alambrado. No había caso, el pasador ya estaba enredado, cubierto. La trepadora avanzaba sobre nosotros.

Desesperadas, nuestras manos luchaban por abrir la puerta de alambre.

—¡Apurá, Carlitos, Dale! ¡Ya me agarró la zapatilla! ¡Daleeeee!

Felizmente, lo conseguimos. Antes de que la maldita enredadera pudiera atraparnos, estábamos fuera de su alcance.

Increíble y extraño a la vez: aunque adentro lo había acaparado todo, la enredadera no pasaba los límites de la propiedad de la Vieja Vizcacha. Hasta las dos flacas y largas palmeras a los costados de la casa habían sido víctimas del monstruo de hojas verdes. Ya no podían mover sus melenas al viento. La enredadera había trepado tan alto, que las tenía agarradas de los pelos.

No aguantamos más con el misterio, fuimos y le contamos todo a la abuela, incluyendo lo del verano anterior.

La abuela nos dijo que la Vieja Vizcacha había muerto durante el invierno. La trepadora había cubierto toda la casa: puertas, ventanas, chimenea, todo. Se había ido metiendo en la vivienda por cada rendija o pequeño agujero que encontró a su paso.

—¡Fue algo tremendo! —dijo la abuela—. Tuvimos que llamar a los bomberos. Cortaban la enredadera con la motosierra, y volvía a crecer. Muy rápido. ¡Nunca se vio nada igual! Cuando los bomberos pudieron entrar, se encontraron con una escena escalofriante. Todo el interior de la casa estaba revestido de verde. La trepadora cubría los pisos, las paredes, las aberturas, los muebles, el cielo raso. Trepada a la silla donde estaba sentada la vieja, la enredó y la envolvió, igual que una araña cuando atrapa su presa. Y lo peor, la trepadora ingresó por todos los orificios de la humanidad de la anciana y le recorrió los órganos, buscando llegarle al corazón. Lo envolvió, lo apretó, hasta que el viejo y cansado músculo dejó de latir.

Con mi primo quedamos horrorizados ante semejante manera de morir. Le preguntamos a la abuela por qué nunca nos habló de La Vieja Vizcacha. Esa misma noche, la abuela nos contó toda la historia, y resulta que había sido prima segunda de ella.

 

 

—Como saben, se llamaba Nazarena. Y dicen que de joven fue una hermosa mujer, por la cual los muchachos del pueblo suspiraban.

»Pero el corazón de la bella muchacha tenía dueño; latía con fuerza, cuando sus ojos turquesa se cruzaban con los de Ezequiel Ramírez. Un joven distinguido, bien parecido y con mucho dinero.

»Eran inseparables. Se habían sentado juntos en la escuela primaria desde el primer día y nunca más se separaron hasta el último, cuando egresaron. Se juraron amor eterno durante la adolescencia. Y recorrieron el país de norte a sur, en innumerables viajes. Cada vez que volvían de uno, todo el pueblo esperaba el anuncio de casamiento. Hasta que ocurrió el accidente.

»Nazarena y Ezequiel solían ir a cabalgar los domingos. Él era el hijo de un hacendado importante de Carhué. Esa tarde, fueron a cabalgar por uno de los campos que el padre de Ezequiel les había regalado para cuando formaran una familia y construyeran su propio rancho. Ellos habían clavado unas estacas donde pensaban levantar su hogar. Y jugaron una carrera, a ver quién llegaba primero hasta las estacas. Ganó Nazarena. Pero al llegar, su caballo se asustó. Había allí una enorme yarará y el animal lanzó a Nazarena contra la estaca, ella rodó sobre unos cardos silvestres por donde la víbora escapó.

»Ezequiel, que venía un par de metros más atrás, lo vio todo, y prácticamente se lanzó del caballo al galope. Cuando rescató a Nazarena y la tuvo entre sus brazos, vio que tenía un profundo corte en el rostro. Ese que le dejaría una cicatriz para siempre. Pero lo peor, fueron los cardos que se incrustaron en sus ojos.

»Ezequiel llevó de urgencia a su novia al hospital, montada a caballo. Tras una larga operación, extrajeron los restos de cardo de los ojos de Nazarena, pero la chica quedó bizca para toda la vida.

»Y todo cambió, Ezequiel, en lugar de permanecer al lado de su amada fue tomando distancia hasta dejar de frecuentar por completo a la desdichada Nazarena, quien con el tiempo se fue recluyendo en su casa; en su pequeña casa, lejos de la esquiva mirada de la gente, que comenzó a llamarla Vizcacha. En un pueblo chico, lo que se desarrolla con más rapidez es soltar la lengua.

»Pasaron varios años, y Ezequiel anunció con bombos y platillos, su casamiento con una joven extranjera que había conocido en uno de sus tantos viajes para “olvidar a Nazarena”.

—¡Qué pedazo de traidor! —gritó Carlitos.

—Tranquilo —dijo la abuela—. No te adelantes a los hechos.

—¿Entonces, que pasó? —le pregunté ansioso.

—Pasó, que la noche anterior a la boda, Ezequiel salió a cabalgar. Y cuatro horas después regresó el caballo sin su jinete. Ezequiel desapareció y nunca más se supo de él.

—¿Enserio, abue? —dije.

—Lo buscaron por años, y jamás lo encontraron. Se dijeron muchas cosas, hasta se habló de la maldición de Nazarena.

»Pero solamente yo sé lo que pasó aquella noche.

—¿Que pasó, abuela? —suplicó Carlitos—. Por favor…

—Esa noche… —continuó la abuela—, esa noche yo me levanté para ir al baño, que en ese entonces, era un baño provisorio de madera y estaba afuera, detrás de la casa donde ahora se encuentra el gallinero.

»Yo misma lo vi con mis propios ojos. Cuando miré hacia al fondo del terreno, ahí estaba la Nazarena bajo la luz de la luna. Ella también me vio, pero ninguna de las dos dijo nada. Yo iba al baño y ella arrastraba un bulto enorme envuelto en tela como de arpillera.

»Entré al baño. Y ya sentada, miré por entre las tablas que hacían de pared. La vi a Nazarena arrojar el bulto a un pozo, que seguro había cavado previamente. Lo último que alcancé a distinguir fueron un par de botas de hombre que sobresalían de la envoltura.

»Cuando salí del baño, Nazarena estaba con una pala en la mano. Acababa de enterrar a… ¿a Ezequiel? Y lo había hecho exactamente en el mismo lugar donde tiempo después apareció y comenzó a crecer la enredadera trepadora.

»Yo la miré, y ella me miró con sus ojos bizcos… Luego nos fuimos a dormir; sin decir una sola palabra, nos fuimos a dormir.

 

 

Cuando la abuela acabó con el cuento, la cara de Carlitos era de horror. Y, por cómo me miraba, me di cuenta de que la mía también. El solo hecho de pensar que la trepadora podría ingresar por mi dormitorio y envolverme como a una mosca, ya me perturbaba bastante, y ni hablemos de ingresar por mis orificios.

Le preguntamos a la abuela dónde habían enterrado a la Vieja Vizcacha. Nos dijo que no la enterraron, que la cremaron.

—Yo tengo las cenizas en un cofrecito sobre el hogar a leña.

Con Carlitos nos miramos, y enseguida se nos ocurrió una magistral idea.

A la hora de la siesta, mientras la abuela dormía, agarramos el cofrecito y fuimos para el fondo del terreno, ahí donde nacía la enredadera trepadora. En el lugar donde, según la abuela, estaba enterrado Ezequiel, arrojamos las cenizas.

Aún hoy se me eriza la piel recordando aquel momento. Fue increíble ver cómo la enredadera cambió de color, igual que un río de aguas turbias que avanza tras un alud, la enredadera trepadora pasaba del verdor de la vida al marrón amarillento de su inevitable muerte en cuestión de segundos. La enredadera se secaba.

Nos quedamos mirando la sorprendente escena con el cofrecito vacío en la mano. El viento comenzó a soplar y soplar y soplar, llevando las hojas secas de Ezequiel y las cenizas de Nazarena, mezclados en un gran remolino. Recorrieron así un par de kilómetros campo adentro, hasta que el viento cesó y el remolino se deshizo dejando caer las hojas secas y las cenizas exactamente en el mismo sitio donde aún siguen clavadas las estacas. Donde muchos años atrás Nazarena y Ezequiel habían elegido vivir juntos. Y ahora la muerte los unía ahí mismo, para siempre.

 

 


Hugo A Ramos Gambier es argentino. Ciudad natal: Pellegrini (1962). Escribe cuentos del género fantástico, Ciencia Ficción, y Terror. Algunos de sus cuentos están publicados en las revistas Fantasía Austral de Chile, Cosmocápsula de Colombia, Valinor de España, Alfa Eridiani de España y Axxón de Argentina. Recientemente fue publicado en una antología de cuentos de la editorial Dunken. Forma parte del taller literario de Claudia Cortalezzi.

Hemos publicado en Axxón, además de algunos cuentos breves, sus cuentos UNA CANALLADA y LAS BRUJAS DE CARHUÉ.


Este cuento se vincula temáticamente con LAS BRUJAS DE CARHUÉ, de Hugo A. Ramos Gambier, PARÁBOLA DE LA YARARÁ, de Ricardo Giorno y EL BOSQUE QUE CRECE POR LAS NOCHES, de Pablo Dobrinin.


Axxón 268

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Terror : Maldición : Argentina : Argentino).


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