¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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EE.UU.

 

 


Ilustración: Tut

Había una vez, cuando el mundo era nuevo y cada cosa que se hacía, se hacía por primera vez, una anciana con una hermosa hija. La hija era dorada como la luna de la cosecha y brillante como el sol y su risa era como las alas de los pájaros. Desde luego, su madre la amaba. La anciana y su hija pasaban los días atendiendo los campos y el jardín y la anciana plantaba flores todas las primaveras. Su actividad favorita era sentarse a la sombra y ver a su hija bailar con el viento y la hierba. Juntas eran felices, pero la hija de la anciana era una criatura del verano y, por lo tanto, esa felicidad no podía durar.

Conforme las hojas cambiaban de color, volviéndose amarillas fuego y anaranjadas fuego y rojas fuego, la hermosa hija de la anciana se fue poniendo pálida. El bronce de sus mejillas se tornó gris y el sol de sus ojos se transformó en ocaso. La anciana observaba con impotencia cómo su hija comenzaba a esfumarse. El viento y la hierba seguían bailando, pero ahora su danza era la del otoño y ningún hijo del verano podía conocer esos movimientos. Las hojas de los árboles se secaron y la anciana comenzó a rezar. Quizás porque eran las primeras plegarias, no tuvieron respuesta, pero tampoco la tuvieron muchas otras que vinieron después.

Con las primeras nieves, la hermosa hija de la anciana murió.

La anciana nunca había sentido tanto dolor. Gritó, lloró y se mesó los cabellos, pero no pudo lograr que su hija volviera a respirar. Pasó la primera noche inclinada sobre el cuerpo, aferrándolo y deseando que su corazón latiera, pero el cadáver se enfrió y la anciana supo que esa ya no era su hija. Cuando llegó la mañana, la anciana arrastró el cuerpo hasta el bosque y lo dejó allí para que lo cubriera la nieve. Tal vez lo habría sepultado, pero la anciana era menuda y encorvada (quizás más menuda y más encorvada que antes) y la tierra estaba dura por el frío.

La anciana pasó el invierno sola, cubierta con pieles para abrigarse y sin energía para recolectar comida, derretir hielo para tener agua ni encender el fuego. En primavera, cuando la anciana descubrió que aún seguía viva, vio que la hierba se había puesto verde otra vez y que en los árboles habían crecido hojas nuevas. Aunque su hija estaba muerta, nada había cambiado. La anciana dejó la pila de pieles y salió de la choza vacía; dio unos pasos fuera y respiró. Por un momento, con el sabor de la primavera en la lengua, la anciana fue feliz. Luego recordó que su hija estaba muerta y supo que no debía volver a ser feliz nunca más. Entonces, fue a los campos y plantó semillas, y fue al jardín y plantó vegetales. Le pareció que tardaba mucho más que antes en hacerlo.

Ese año, la anciana no plantó flores.

De día trabajaba y de noche dormía, y siempre trataba de no pensar, porque hasta sus mejores recuerdos se habían vuelto terribles por la pérdida de su hija. Algunos días trabajaba tanto y estaba tan atareada que apenas tenía tiempo para pensar, y esos días eran los más fáciles. Estuvo ocupada toda la primavera y el verano, y pasó todo el otoño cosechando, sin pensar en las manos frías de su hija. Con la llegada del invierno, la anciana tenía menos cosas que hacer. Deseaba hacer algo para ocupar las manos y, sobre todo, deseaba tener compañía. Pero, en medio de su sufrimiento y su diligencia, le ocurría algo tremendo.

Le costaba recordar el rostro de su hija.

Advirtió que olvidar había sido egoísta de su parte. La anciana sabía que un día, muy pronto, también moriría. Y cuando muriera, ¿quién iba a recordar a su hermosa hija del verano? Porque la anciana sabía que su hija había sido una criatura única y maravillosa y no podía permitir que simplemente desapareciera.

Entonces, la anciana miró las oscuras paredes de su choza y no supo qué hacer. ¿Cómo podía dejar una prueba de la vida de su hija? A la anciana nunca le había importado la ropa que se ponía, mientras fuera abrigada, y su hija prefería no usarla, como suelen hacerlo las criaturas del verano. Pero la anciana sabía coser y pensó que al menos podía hacer eso. Con cuidado, comenzó a coser una figura, un óvalo largo y delgado al que le dio forma de reloj de arena. Primero rellenó la figura con paja, pero su sonido seco no le pareció bien. Después la rellenó con plumas, pero el cuerpo de su hija nunca había sido tan suave y blando. Intentó con lana e incluso con tela, pero nada quedaba bien. Entonces, la anciana la dejó como estaba, le cosió brazos y piernas, manos y pies, y finalmente, con inquietud, un rostro cuidadosamente moldeado. Usó todos los colores de su hija: el negro del limo del río para sus ojos, el rojo de las rosas para sus labios y el bronce para la piel bendecida por el sol. Aunque su hija no había apreciado la ropa, la anciana hizo ropa para la muñeca vacía, porque sin ella no podía evitar verle las costuras. Una noche, después de terminar de coser el vestidito, dejó la ropa y la pequeña figura humana en el suelo, cerca de su cabeza, y eso le inspiró un sueño extraño. En el sueño, la figura de tela se puso de pie.

—Madre —susurró—. No estoy terminada. ¿Madre, por qué me dejas así?

La anciana durmió intranquila y creyó oír el eco de la voz de su hija.

La noche siguiente, la voz de la muñeca que había hecho regresó.

—Madre —susurró—. No estoy terminada. ¿Madre, por qué me dejas así?

Esa mañana, cuando despertó, la anciana escondió la figura de tela y su vestido para que no perturbara sus sueños, pero la tercera noche apareció otra vez.

—Madre —susurró—. Madre, no debes dejarme de lado. Llévame con tu otra hija y sabrás qué hacer.

Por la mañana, la anciana volvió a sacar la figura de tela y la observó un largo rato. Ahora los ojos parecían más brillantes y la miraban fijamente, aunque no tenían pupilas. La anciana se lamió los labios. No había vuelto a la parte del bosque donde había dejado el cuerpo de su hija por miedo a lo que podría ver. No podía soportar pensar en su hermosa hija destrozada por los lobos o carcomida por la muerte; la idea de esos ojos vacíos la aterraba. Pero la anciana miró el rostro de la figura que había hecho y supo que debía ir.

—Madre, llévame con tu otra hija —susurró la muñeca.

—No puedo —dijo la anciana—. Me romperá el corazón.

Pero la muñeca la miró y la anciana cerró los ojos y accedió.

Llevó la muñeca a lo profundo del bosque, mucho más allá de lo que recordaba haber ido, porque el cuerpo de su hija era pesado y el frío le había congelado los huesos. La anciana se preguntó cómo había podido caminar tanto, pero el dolor es poderoso y seguramente la había impulsado a llegar más lejos de lo que creía.

Entonces, llegó a una parte del bosque donde la nieve crujía bajo sus pies. La anciana se asustó porque, aunque era invierno y hacía frío, no había nevado.

—Sigue adelante —susurró la muñeca—. Madre, sigue adelante.

Y la anciana siguió.

Caminó cada vez más lejos, hasta que los brillantes rojos y púrpuras del atardecer desaparecieron, reemplazados únicamente por un negro terrible. La anciana tenía miedo, pero la muñeca la urgía a continuar. Más tarde, salió la luna y la nieve reflejó su luz, iluminando todo. En lugar de ser un consuelo, esto asustó más a la anciana, porque la mañana en que había partido de la choza había luna nueva.

Por fin, la anciana llegó a una parte del bosque que reconocía porque, mientras su corazón se hacía pedazos, había memorizado esos árboles, esos centinelas que esperaba que, de algún modo, protegieran el cuerpo de su hija.

Y allí, pálida bajo la luz de la luna, yacía la niña. No había cambiado desde el día en que su madre la había dejado. La anciana se preguntó si había pasado el tiempo, pero sentía la tibieza de la muñeca en su mano y era una prueba suficiente.

—Ah —suspiró la muñeca—. Madre, llévame con ella.

La anciana obedeció y entonces vio que, en realidad, su hija sí había cambiado en algo: su cabello, que había seguido creciendo, se extendía alrededor de su hija en densos rizos negros, más largos de lo que jamás habían sido cuando estaba viva.

—Madre —susurró la muñeca—. Ya sabes qué hacer.

La anciana se arrodilló junto a su hija muerta, sacó una pequeña navaja del cinturón y, con mano suave y movimientos respetuosos, le cortó un poco de cabello. Cuidadosamente, rellenó la muñeca, preguntándose si su hija la estaría observando. Cuando terminó, la muñeca volvió a suspirar y, aunque la anciana había traído hilo y aguja para coserla, no hubo necesidad de usarlos porque, cuando la muñeca estuvo llena, la herida de su espalda se cerró sola.

—Ahora —susurró la muñeca—, madre, tienes que terminarme porque debo tener un corazón.

La muñeca movió una de sus manos y se golpeó el pecho. La anciana la miró, confundida; luego, se volvió para mirar el cuerpo de su hija y descubrió que había cambiado.

Su hija ya no era la imagen perfecta de lo que había sido en vida, ya no era joven ni deslumbrante, ni parecía estar dormida. Donde antes había yacido su hija, ahora solo había huesos. Huesos, advirtió la anciana, y largos rizos de grueso cabello negro.

—No —gimió—. No. ¿Adónde fue mi hija? ¿Qué le has hecho?

Pero la muñeca solo sacudió su cabecita.

—Tu otra hija ahora está en mí, pero no estoy terminada. Toda muñeca debe tener un corazón.

—Pero aquí no hay un corazón —dijo la anciana—. Solo hay huesos.

—Y los huesos servirán, madre, porque soy solo una muñeca y lo que me pongas dentro se transformará en mi corazón. Me rellenaste con el cabello de tu hija y ya soy ella. Ahora debes darme un hueso de tu hija para estar completa.

La anciana miró de la muñeca a su hija y, con ternura, bajó la mano y tomó uno de los pequeños huesos de la mano de la niña. Hizo una pequeña abertura en el pecho de la muñeca y después, con mucho cuidado, metió el trocito de hueso en el pecho de la muñeca. Siguió presionando la herida con un dedo y sintió que el orificio se cerraba contra su piel. Pasado un momento, el corazón de la muñeca comenzó a latir, tan débil que la anciana apenas pudo percibirlo.

—Gracias —suspiró la muñeca—. Gracias, madre. Estoy terminada.

La anciana miró primero a la muñeca, después al hermoso cabello en crecimiento de su hija y por último a los hermosos huesos de su hija. Y supo que tenía muchas más muñecas que hacer.

 

 

Título original: The Skeleton Doll © Caspian Gray
Traducción: Claudia De Bella, © 2016

 

 


Caspian Gray es una vendedora de autos usados que ha trabajado anteriormente como aprendiz de director de funeraria, como especialista en nutrición de mascotas, profesora de Inglés en Japón y de Japonés en América. Actualmente vive en el medio oeste de Estados Unidos, donde comparte una casa con un hombre alto y un pequeño perro salchicha.

Esta es su primera publicación en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con CONVERSACIÓN CON UN CABALLO MECÁNICO, de Floris M. Kleijne, SOBRE LOS DIVERSOS USOS DEL CEDRO, de Geoffrey W. Cole, y LA DAMA DE LA LUNA, de E. Verónica Figueirido.


Axxón 269

Cuento de autor norteamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Magia, Animismo : EE.UU. : Estadounidense).


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