¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

 

 


Ilustración: Pedro Belushi

En mitad de la cordillera Nagatea, custodiada por imponentes farallones de roca volcánica, se encuentra acoplado a la piedra, como una vieja escultura, un vetusto edificio donde se dio albergue a los últimos vestigios del conocimiento Bassa.

El bastión, refugio de antiguas instituciones planetarias, alberga diversas fundaciones, una universidad y su biblioteca. Allí nos dirigimos en busca de respuestas.

Pasamos por admisión, donde nos dan el habitual plácet a los papeles. A mí me dan la tableta de Biblioteca. Mis compañeros son adscritos a diferentes institutos para recabar los datos para el informe final.

El que nos trajo aquí, a las puertas de la institución, fue un viaje largo, no exento de peligros. Expedito el paso gracias a la tableta recibida, cruzo el umbral de un inmenso lugar vacío. Me corrijo: lleno de ordenadores, lectores virtuales y antiguos medios de visualización: lectores de microfilm, de microfichas, reproductores de cintas, videos, dvds. Todo tipo de medios de lectura, incluso los más antiguos en papel, los libros.

El lugar está solitario, sin gente, silente mundo de letras magnéticas e impresas.

Mi tableta me guía por los pasillos, a seguir flanqueado por interminables estanterías que llegan al techo, calles y calles de edificios sin ventanas ocupando los espacios entre baldas decenas de libros apretujados que llegan a ser miles, cientos de miles.

Mi paso no es firme ni decidido, es plomizo, apabullado por las centenas de estanterías y armarios que cubren todo el espacio que alcanza mi vista. Tras un lapso indefinible, luego de haber cubierto una enorme distancia orientado por la tableta-guía, me encuentro con una doble cancela cerrada a la que nunca echaron la llave. Da paso a un pequeño hall oscuro, negro como la pez: negrura que parece robar, asumiéndola, la luz de su entorno.

La tenue luz que me acompañó por el camino casi no existe aquí. Cruzo el escaso espacio tras la puerta, algo me hace temer algún error en la guía. Ésta parpadea, me indica que me aparte y entorne la hoja de la puerta, llevándola hacia mis espaldas, como si fuera a cerrarla y, entonces, por el hilo de luz que se filtra por el quicio de la puerta se descubre la existencia de otro vano, apenas visible si no se entorna antes el primer batiente.

La entrada escondida da paso a una modesta habitación con las paredes repletas de armarios. Tras cristales, los viejos libros que nos sirvieron para dominar el mundo. El poco espacio que dejan las estanterías que llenan la habitación y que reflejan los cristales de los armarios, está ocupado por una mesa y una silla. Ese es el lugar que me corresponde en el entramado de la pesquisa a la que estoy abocado.

Las indicaciones de la tableta parpadean, marcando cada uno de los estantes donde reposan los documentos que debo consultar. Con cuidado, los apilo sobre la mesa: legajos, libros, floppies, CDs y otros soportes viejos. Debo recurrir a los manuales insertos en la tableta, y en vista rápida entender su forma de lectura.

Comienza mi tarea, circunspecta y cautelosa. Sólo el sonido seco de las hojas del viejo y grueso papel al pasar las páginas, o el áspero discurrir de una vieja cinta en su reproductor, rompen la quietud en las horas del concentrado estudio.

Será el tiempo que paso allí. Será el enfrascarse de tamaña manera en la investigación o la frustración de tener al alcance la solución para ver como se esfumaba cuando creía que ya la podía asir con mis manos. El caso es que a veces me distrae una vaga inquietud, proveniente de no se sabe dónde. La chocante presunción de alguien mirando por encima del hombro, un ligero soplo de aire en la nuca…

Me vuelvo, para descubrir que no hay nada. Este juego de extrañas apariencias me tiene desasosegado, inquieto, en un exagerado estado de ánimo en el que el vello de la piel se eriza ante el miedo, o por frío.

Sigo investigando, concentrado, anotando en la tableta el producto de mi estudio, día tras día. Ya lo decía mi tutor de tesis: pasados los primeros entusiasmos, viene la monotonía, el aburrimiento, esperar el descubrimiento que tarda en llegar. Un cansancio acumulado me hace cabecear, debo dejarlo por hoy y volver a ello más tarde.

Monotonía, repetición, insistencia. Hay en cada investigación un punto de crisis en el que el tedio ataca, en el que las dudas sobre la propia competencia te hacen dudar de tu trabajo y sólo la inercia, el dejarse llevar por la rutina, presagian un final, una meta conseguida, aunque a veces no sea brillante.

Apoyada la cabeza en los brazos sobre la mesa, cierro los ojos para descargarlos de la fatiga acumulada. Con los párpados semicerrados vislumbro una sombra oscilar en la sala vacía —una luz fundida, una corriente de aire, flashes de pensamiento, unos intentos elementales de racionalizar la sombra— un segundo de los lentos, en los que tu cuerpo contradice el reloj alargándose, para en un instante, un roce casi imperceptible en la espalda, producir en el cuerpo la tensión de un escalofrío.

El súbito temor me despeja. Alguien me ha tocado, abro los ojos en toda su extensión. Ojos como platos gigantes, alucinados, mirando alrededor, intentando descubrir esa gélida presencia que noto cada vez más claramente.

En contra de lo que creía, no estoy solo en el cubículo. Enfrente de mí el cristal del armario traslúcido me devuelve, sobre el fondo de los libros, dos imágenes: la mía, casi irreconocible, y otra más tenue. Noto sus ojos clavados en mí. Me envuelve el frío asociado a los espectros; el pulso desbocado amaga con un colapso que cubre mi conciencia.

He despertado en una sala del hospital universitario con el pelo prematuramente encanecido y la turbulenta sensación de un horror de siglos en mis entrañas, con la convicción indudable de haberme perdido en un laberinto.

Desde entonces contesto con silencio a las nerviosas preguntas de los médicos o de mis compañeros.

En la mesilla distingo la tableta reclamando mi atención. Por primera vez me doy cuenta del tiempo transcurrido ante la cascada de correos sin abrir. Un impulso me hace marcarlos todos y mandarlos a la papelera. No me apetece saber nada de nadie.

Entro en la biblioteca virtual y recorro el camino que hice durante semanas en presencia, sigo por los pasillos que muestra la pantalla, recuperando las sensaciones de mis primeras veces, deteniéndome siempre ante la última puerta que no consigo flanquear. Una y otra vez repito la rutina atascado en este juego de la Oca moderno en el que siempre caigo en la misma casilla: la de volver a empezar, una y otra vez.

El psicólogo ha conseguido arrancarme monosílabos y alguna respuesta más extensa; insiste en mi dependencia de la tableta, en que debo dejarlo. Los parpadeos del juego de la biblioteca desatan algunos ataques de epilepsia debido a las luces estroboscópicas que terminan en inconsciencia. Le confirmo mi disposición a utilizarla sólo como distracción, esporádicamente. No quiero que me tomen por un adicto a las máquinas; de esos que chatean con su tableta y parecen irritados cuando les preguntas algo, o esperas una contestación más larga que un gruñido. No, yo no soy de esos, sus temores son infundados. De acuerdo que paso muchas horas con ella en la mano, pero es por mi afición a la lectura; podría decir que enfermiza. Me he pillado a mí mismo leyendo las instrucciones de los aparatos o el prospecto de las aspirinas. Mi comentario ha arrancado una sonrisa al doctor y me augura un pronto restablecimiento.

Van transcurriendo los días sin más distracción que los paseos hasta la consulta desde mi habitación y mis lecturas.

Un ligero parpadeo y paso a comprobar el aviso, una nueva aplicación de la guía. Aunque sea presuntuoso, pienso: es una pérdida de tiempo, conozco todos los recovecos; aún así, por diversión, ejecuto la aplicación y me doy un garbeo virtual por las salas de la biblioteca. Siempre me ha gustado pararme en el estante virtual, coger un libro para hojearlo y, si me gusta, descargarlo en préstamo. Reconozco que es un reflejo atávico de los libros impresos. La ductilidad de la tecnología remeda las texturas y los olores de antaño, el placer de perderse entre libros, descubrir casi oculto un título sugerente y la sensación del explorador cuando cae entre mis manos, ante mis ojos, el libro hasta ahora desconocido: montaña, selva o desierto. Estoy dejando divagar la imaginación, mi espíritu racional me obliga a encauzar los pasos virtuales para ser más sistemático, y como si estuviera retomando mis viejas rutinas releo los documentos que fui salvando en la pesquisa que me trajo al gran centro de la cultura Bassa.

Su lectura me lleva por caminos que ya había recorrido y me asaltan flashes minúsculos de lo que creía olvidado, enterrado en algún lugar recóndito de mi cerebro. Leo y camino con el evidente riesgo de tropezar. Acelero el paso con evidente nerviosismo, me impulsa la curiosidad, la investigación que sigue pendiente. Nerviosamente paso las paginas en lectura rápida, tanto que a la tableta le cuesta seguirme, y la agito como si eso hiciera posible que corriera más ágilmente.

Hay un punto en el que me detengo, físicamente y en la lectura, aquí es el punto donde me quedé. Paso el dedo sobre las letras para apoyar la lectura parsimoniosa, obligándome a una gran concentración. No me parece un pasaje especialmente abstruso. No hay nada que justifique mi fatiga, ese desvanecimiento que me trajo al hospital. Desde el centro de la pantalla, al principio, de forma agradable, se proyecta una imagen en 3D que se lanza hacia mí hasta engullirme.

 

He despertado en una sala del hospital universitario, con el pelo prematuramente encanecido y la turbulenta sensación de un horror de siglos en mis entrañas, con la convicción indudable de haberme perdido en un laberinto.

 

La ronda del hospital me visita y hay consenso: consideran a la tableta y sus luces la causa de mi recaída, además, señalan mis manos crispadas sobre la máquina para confirmarlo, e intentan confiscarla, lo que me produce fuertes convulsiones que acaban en otro colapso.

Una nueva medicación de urgencia estabiliza las constantes y vuelve la normalidad, por lo menos a mi contexto corporal.

Desde ese día sufro de extrañas ensoñaciones que no llego a calificar de pesadillas pero que reconozco me producen desazón y nerviosismo. Un sueño repetitivo, donde me veo, en los días previos al suceso, rebuscando entre libros y demás materiales librarios.

Repito mis pasos, consolido la línea maestra del estudio paulatinamente. Creo que lo voy a lograr, se atisban indicios, es posible que la solución esté a mi alcance. Satisfecho, me yergo, desperezándome, y al levantar la vista de los legajos…

 

He despertado en una sala del hospital universitario, con el pelo prematuramente encanecido y la turbulenta sensación de un horror de siglos en mis entrañas, con la convicción indudable de haberme perdido en un laberinto.

 

Desconcertado vuelvo a la conciencia. Tumbado en el lecho de una cama de hospital con la tableta aferrada a las manos, durante un tiempo indiferente, sumido en ese estado de duermevela, de un pero no del que cuesta despertar, y en el que todas las articulaciones, todos los músculos del cuerpo, parecen rebelarse en tu contra, arrastrándote hacia el sopor, a un mejor estuviese dormido.

En ese momento llega la enfermera, hace el comentario evidente de un “vaya, estás despierto” y se pone a pasarme la revisión. Un repaso rutinario a mi presión, a mi pulso, temperatura, con el displicente apego de quién esta deseando terminar para volver a ocupaciones más de su agrado. Una vez anotado todo convenientemente, inicia un discurso/regañina al que me costó en principio seguir y del que fui sacando alguna cosa en limpio. Parece ser que soy un adicto a las maquinitas y que necesito un tratamiento de desintoxicación; para ello han programado mi tableta en periodos estables de encendidos y apagados. Solo tengo acceso a las aplicaciones que ha decidido el equipo medico y por tiempos definidos con escrupulosidad, imposible de manipular, aparte de ser continuamente monitorizado, y que se procederá al apagado ante una alteración significativa de las constantes vitales. De reojo miro la tableta mientras aparento prestar atención, y debe ser cierto lo que dice: llevo un rato presionando el encendido lateral y la pantalla no se enciende.

La enfermera parece que ha terminado, se despide con esa sonrisa estudiada que sabe a condescendencia, y a la que siempre contesto con la mía ladeando la cabeza, dando las gracias más melifluas, que saben a contemporizador desprecio.

De nuevo miro la tableta y un destello surge de su pantalla: los logos de la compañía con esa animación, con esos acordes, que se repiten siempre al empezar. Siempre miro para otro lado cuando se inicia, mostrando una indiferencia que no poseo. Hay una novedad esta vez, un mensaje fijo y un reloj desgranándose: tableta en stand by: faltan 15 segundos.

Me esperan.

 

 


Dice Felipe Fernández Sánchez: “Vine al mundo en Madrid mediado el siglo veinte, por azares del destino terminé trabajando en el mundo bibliotecario. Sin motivo aparente, soy de los que disfrutan leyendo.

»Pasado el tiempo me dio por escribir. Se me ocurrió lanzarme a Internet y han tenido a bien publicarme pequeños relatos en Sci-Fdi, Prosofagia, Planetas Prohibidos, Ariadna rc, Letralia Tierra de Letras, Palabras Diversas.

»Además han salido poemas en las revistas Ariadna rc, Almiar: margencero, Destiempos y Palabras Diversas.”

Esta es su primera publicación en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con LA BIBLIOTECA DE SILENCIO, de Mauricio del Castillo y RECURRENCIA, de John Mavin.


Axxón 269

Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Psicológico, Adicciones : España : Español).


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