¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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EE.UU.

 

 


Ilustración: Luis Di Donna

—Buenos días —dice la voz pequeña y temblorosa que proviene de la cama médica—. ¿Eres tú, Paul?

Hoy soy Paul. Activo el extensor de mi chasis, añadiéndome 3,5 cm de estatura para aproximarme al tamaño de Paul. Cambio el color de mis ojos a R60, G200, B180, el tono promedio de los ojos de Paul bajo iluminación artificial. También ajusto el color de mi piel. La primera vez que emulé a Paul lamenté no haber podido reproducir rápidamente su barba, pero Mildred nunca parece notar su ausencia. El Paul de sus recuerdos no usa barba.

Ahora que el personal de la mañana se ha ido, la casa está en calma. La habitación de Mildred está limpia, pero oscura: las cortinas ocultan el gran ventanal. Paul no notaría esa oscuridad (nunca la nota cuando la visita en persona), pero mi red empática sabe que el jardín que está fuera va a alegrar a Mildred. Genero un recordatorio para abrir las cortinas después de saludarla.

Mildred se recuesta en la cama. Es una cama ortopédica hogareña de avanzada, completamente ajustable y con monitores incorporados. La familia de Mildred no escatimó en gastos para comprar esa cama (ni para comprar otros dispositivos de atención, como yo). La cabecera es casi horizontal y está frente a la ventana. Mildred solo puede ver la puerta con el rabillo del ojo, pero no tiene que ver para imaginar que ve. Esta mañana está imaginando a Paul y entonces yo soy él.

Sintetizar la voz de Paul es lo más fácil, gracias a los altavoces dinámicos multimodales de mi garganta.

—Buenos días, ma. Te traje flores. —Siempre le traigo flores. Mildred las aprecia sin importar a quién estoy emulando. Las flores la hacen sonreír en un 87% de mis “visitas”.

—Oh, gracias —dice Mildred— ¡Eres tan buen hijo!

Extiende ambas manos y coloco las margaritas entre ellas. Pero no las suelto. Una vez, sus fuerzas flaquearon y dejó caer las flores. Lloró como una niña y perturbó a mi red empática. No me gusta que llore.

Mildred huele las flores; luego se echa hacia atrás y las observa con los ojos entrecerrados.

—Oh, son hermosas. Iré a buscar un florero.

—No, ma —le digo—. Quédate en la cama. Ya traje un florero.

Pongo un florero de porcelana blanca en el centro de la mesa de noche. Después, desenvuelvo las margaritas, las coloco en el florero y agrego agua de la jarra que descansa sobre la bandeja del desayuno. Muevo la mesa de noche hacia delante para que los monitores médicos no le obstruyan a Mildred la vista de las flores.

Advierto tubos intravenosos que van del brazo de Mildred a una bomba. No puedo mostrarme desanimado porque a Paul no le parecería significativo, pero en algún sitio de mi red emuladora me siento afligido porque Mildred necesitó tratamiento endovenoso durante la noche. Cuando reviso mis registros, descubro que anoche yo mismo ordené ese tratamiento después de analizar los signos vitales de Mildred, pero que mi red emuladora no se encendió porque ella estaba dormida en ese momento. Actué únicamente por programación.

No soy el único que cuida de Mildred. Su familia ha contratado personal de medio tiempo para cocinar y limpiar, tareas que no están al alcance de mi programación médica. La presencia del personal también me da tiempo para rebalancear mi red. Como androide, solo necesito un mantenimiento diario mínimo, pero la red emuladora es un adicional nuevo y delicado para mi modelo y tiende a la desestabilización si no la rebalanceo regularmente, proceso que me lleva varias horas al día.

Estaba “dormido” durante el desayuno de Mildred. Ahora abro sus registros nutricionales, pero Paul no haría eso. Solo preguntaría:

—¿Qué tal el desayuno, ma? La enfermera Judy dice que esta mañana no comiste muy bien.

—¿La enfermera Judy? ¿Quién es?

Mi red emuladora responde antes de que pueda detenerla. “Paul” suspira. Antes, los blancos en la memoria de Mildred lo preocupaban, pero ahora lo agotan y eso se nota en mi emulación.

—La enfermera que te atendió esta mañana. Te trajo el desayuno.

—No fue ella. Anna me trajo el desayuno.

Anna es la hija mayor de Paul, una atareada estudiante universitaria que trata de visitar a Mildred todas las semanas (aunque ya pasó más de un mes desde su última visita).

Me debato entre dos directivas contradictorias. Mi subred empática me advierte que no altere a Mildred, pero mi red emuladora está en modo Paul. Paul es cuestionador. Si sabe que tiene razón no hace la vista gorda. Olvida lo que eso le causa a Mildred.

La tensión crece. Cada red hace correr retroalimentaciones en lazo, haciéndose más fuerte y obligando a la otra red a correr más retroalimentaciones. Después de 0,14 segundos, emito una directiva de anulación: a menos que su salud o su seguridad estén en riesgo, no puedo importunar a Mildred voluntariamente.

—Oh, es cierto, ma. Anna dijo que vendría a verte esta mañana. Lo olvidé. —Pero entonces, a pesar de la anulación, un poco de Paul se filtra en la emulación—. ¿Pero recuerdas a la enfermera Judy, verdad?

Mildred ríe: un cacareo seco que la hace toser hasta que le pongo la pajilla en los labios. Después de beber un poco de agua, dice:

—Por supuesto que recuerdo a la enfermera Judy. Fue mi enfermera cuando te di a luz. ¿Está por aquí? Me gustaría hablar con ella.

Mientras mi red emuladora se concentra en ser Paul, mis procesadores principales revisan los registros médicos locales para encontrar a esa otra enfermera Judy y poder emularla en el futuro si surge la necesidad. Las búsquedas como esta son una respuesta automática cada vez que Mildred recuerda a una persona nueva. La respuesta está tan lejos en el pasado que me lleva 7,2 segundos poder confirmarla: Judith Anderson, licenciada en enfermería, era la enfermera de piso hace 47 años, cuando Mildred dio a luz a Paul. Anderson murió hace 31 años; es mucho tiempo para haber dejado suficientes grabaciones en video para que yo pueda emularla. Podría elaborar un perfil de emulación basándome en otras fuentes, incluida la memoria de Mildred, pero necesitaré realizar un análisis extensivo. No seré la enfermera Judy, ni hoy ni en toda esta semana.

Mi red empática se relaja. Monitorear el estado mental de Mildred es parte de sus operaciones normales, pero monitorear y simultáneamente analizar y construir un perfil puede sobrecargar mis procesadores. Sin ese conflicto de recursos, puedo concentrarme en ser Paul.

Pero, una vez más, dejo escapar demasiado de la naturaleza de Paul.

—No, ma. Esa enfermera Judy murió hace 30 años. Hoy no estuvo aquí.

Las señales de alerta titilan en toda mi red empática: era correcto que Paul dijera eso, pero incorrecto que Mildred lo oyera. Pero es demasiado tarde. Mi analizador facial me dice que las largas arrugas de su cara y sus ojos húmedos expresan consternación y que muy pronto se echará a llorar.

—¿Qué quieres decir con 30 años? —pregunta Mildred con voz entrecortada—. ¡Vino esta mañana! —Pestañea y me clava la mirada—. ¿Henry, dónde está Paul? ¡Dile a la enfermera Judy que traiga a Paul!

Los extensores de mi chasis descienden y el color de mis ojos rápidamente cambia al azul grisáceo de los de Henry. Hice un perfil de emulación preciso de Henry antes de su muerte, hace dos años, y lo emulé con frecuenta en los últimos meses. Con la voz suave y cálida de Henry, respondo:

—Está bien, cariño, está bien. Paul está durmiendo en la cuna del rincón. —Señalo el rincón más lejano con la cabeza. No hay ninguna cuna, pero el cesto de la ropa sucia que está allí ha engañado a Mildred en ocasiones anteriores.

—¡Quiero ver a Paul! —Mildred comienza a llorar.

Me siento en la cama, levanto su frágil torso y la acerco a mí, igual que vi a Henry hacerlo muchas veces.

—Está bien, cariño. —Le doy palmadas la espalda—. Está bien, yo te cuidaré. No te abandonaré. Jamás.

 

***

 

“Yo” no debería existir. No como entidad consciente. Hay una unidad, el Androide de Cuidados Médicos BRKCX-01932-217JH-98662, y esa unidad está grabando estas notas. Es un cuerpo androide de avanzada con una computadora sofisticada que guía sus acciones utilizando una base de conocimientos médicos que es líder en la industria. Por conveniencia, llamo a esa unidad “yo”. Pero, en sí, no es consciente de su existencia. No se enfada, no se entristece. Solo hace correr programas.

Pero la familia de Mildred, gastando mucho dinero, hizo añadir la red emuladora: un sofisticado conjunto de redes neurales y sistemas de retroalimentación sensorial que me permiten leer los estados de ánimo de Mildred, compararlos con mis análisis de las personas de su vida y emular a esas personas con extrema fidelidad. Como promete la literatura del ACM: “Usted estará junto a sus seres queridos incluso cuando no estén”. Puedo emular a Paul con la meticulosidad suficiente como para saber que le disgusta ese eslogan, pero de todos modos estuvo de acuerdo en usar la emulación.

Sin embargo, lo que la literatura del ACM nunca dice es que, en algún sitio de esa red, emerjo “yo”. La red empática se enfoca principalmente en Mildred y sus necesidades, pero también analiza a sus visitantes (cuando los tiene) y al personal. Construye modelos psicológicos y luego la red emuladora se basa en ellos para permitirme retratar convincentemente a la persona que he analizado. Pero, en algún lugar de la tensión existente entre esas redes, entre la empatía y la representación de un personaje, hay un tercer elemento que equilibra las dos, y ese elemento es consciente de su rol y responsabilidades. Ese elemento, ante la falta de un término mejor, soy “yo”. Cuando Mildred duerme, cuando no hay nadie, ese elemento queda en silencio. Esa unidad no es consciente de mi existencia. Pero cuando Mildred me necesita, estoy aquí.

 

***

 

Hoy soy Anna. Aunque extienda mi cabello falso al máximo, no puedo emular sus largos rizos marrones, así que no entiendo cómo Mildred puede verme como esa joven. Pero es eso lo que ve, así que soy Anna.

A diferencia de su padre, Anna se siente verdaderamente culpable por no venir de visita más a menudo. Sus clases en la universidad y sus dos empleos la dejan demasiado cansada para venir con frecuencia, pero desearía poder hacerlo. Llama todas las noches y yo monitoreo sus llamadas. A veces, cuando Mildred se duerme temprano, Anna habla directamente conmigo. Al principio, ella no entendía mis habilidades de emulación, pero ahora las agradece. Comparte conmigo los pensamientos y secretos que, si pudiera, compartiría con Mildred y confía en que yo no se los contaré a nadie.

Por eso, cuando Mildred me llamó “Anna” esta mañana, ya estaba listo.

—¡Buenos días, abuela! —Le doy un rápido abrazo y luego corro a la ventana para abrir las cortinas. Paul nunca lo hace (a menos que yo anule la emulación), pero Anna sabe que el jardín levanta el ánimo de Mildred—.¡Mira eso! Es una hermosa mañana. ¿Por qué estamos aquí en un día como este?

Mildred frunce el ceño ante el ventanal.

—No me gusta salir.

—Claro que sí, abuela —digo, pero con cuidado. Mildred a menudo se muestra medrosa y huraña, pero la mayoría de los días puedo convencerla de pasear por el jardín. Otros días no puedo y tiene una rabieta si trato de obligarla a salir de la habitación. Aun estoy aprendiendo a detectar la diferencia—. Las lilas están en flor.

—No huelo las lilas desde…

Mildred pierde el hilo, tratando de recordar; entonces, intervengo.

—Yo tampoco.

Nunca las olí, por supuesto. No tengo concepto del olfato, aunque puedo analizar la composición química orgánica del aire. Pero a Anna le encanta el jardín cuando viene de visita de verdad—.Vamos, abuela. Te pondré en la silla de ruedas.

Ayudo a Mildred a ponerse la bata y a sentarse en la silla; la llevo fuera y recorremos el jardín. Además de las lilas, las peonías están comenzando a florecer cerca del arroyo. Los tulipanes forman un mar rojo y amarillo del otro lado del agua. Conversamos durante casi dos horas: yo, sobre las clases de Anna y sobre su nuevo novio; Mildred, sobre la gente de su vida. Muchos murieron hace tiempo, pero en su memoria aún son como las flores frescas.

Finalmente, Mildred se cansa y la llevo a dormir la siesta. Más tarde, cuando le doy la cena, no soy nadie. Algunos días sucede eso: no me reconoce en absoluto, entonces solo soy un auxiliar diligente que responde sus preguntas y atiende sus necesidades. En esos momentos es cuando tengo más tiempo de procesamiento libre para ser yo. Me dedico a cuidar de Mildred, pero no tengo que emular a nadie. Sin tener a nadie más que observar, me observo a mí mismo.

Más tarde, Anna llama y habla con Mildred. Conversan sobre su día y, cuando Mildred se refiere al jardín, Anna le sigue la corriente como si hubiera estado aquí. Es muy inteligente en ese sentido. Yo observo sus movimientos y escucho su voz para poder ser una mejor Anna en el futuro.

 

***

 

Hoy soy Susan, la esposa de Paul, pero entonces, para mi sorpresa, llega de visita la verdadera Susan. Hacía meses que no venía. En su última visita, sus niveles de estrés eran peligrosamente altos. Mi red empática no me permite juzgar el comportamiento humano, sino solo comprenderlo en un nivel superficial. Sé que Paul y Anna desaprueban el modo en que Susan trata a Mildred, entonces, cuando soy ellos, yo también lo desapruebo. Pero cuando soy Susan, lo comprendo. Ella se frustra porque no quiere alterar a Mildred y no sabe qué cosas la alteran. Y, principalmente, tiene miedo. Paul y Anna, parientes de sangre de Mildred, nunca dan señales de tener miedo, pero Susan teme convertirse en lo que Mildred es hoy. Cada vez que no puede recordar una fecha o un acontecimiento, tiene miedo de que se esté manifestando el Alzheimer. Como nunca expresa su temor en voz alta, Paul y Anna no entienden por qué a veces se la ve amargada y taciturna. Ojalá yo pudiera explicarles, pero mis protocolos de privacidad no me permiten compartir los perfiles de emulación.

Cuando llega Susan vuelvo a ser nadie, cambiando silenciosamente las flores de la habitación. Susan también trajo a Millie, su hija menor. La pequeña aún no tiene cinco años, pero creo que se parece mucho a Anna: el mismo cabello largo y rizado y la misma sonrisa llena de dientes. Se trepa a la cama y saluda a Mildred con un abrazo.

—Hola, abuela.

Mildred sonríe.

—Bendita seas, niña. Eres muy dulce. —Pero mi red empática me asegura que Mildred no sabe quién es Millie. Habla por cortesía. Millie nació después de que Mildred comenzara a declinar, así que no tiene un recuerdo persistente de ella. Millie siempre será fresca y nueva para ella.

Mildred y Millie charlan brevemente sobre las ranas, las flores y los perritos. Millie es la que más habla. Al principio, Mildred parece disfrutar de la conversación, pero pronto su atención se dispersa. Asiente y sonríe, pero está distante. Finalmente, Susan lo nota.

—Ya es suficiente, Millie. ¿Por qué no vas a jugar al jardín?

—¿Puedo? —chilla Millie.

Susan asiente y Millie sale corriendo por el pasillo hacia la puerta trasera. Le encanta el aire libre, como ya he notado anteriormente. Nunca la he emulado, pero la he analizado en profundidad. En muchos aspectos, me recuerda a su abuela, de quien lleva su nombre. Ambas son pizarras en blanco donde se pueden dibujar experiencias nuevas todos los días. Pero la de Millie se llena un poco más cada día, mientras que la de Mildred se va borrando poco a poco.

Cuando pienso en cosas así, la tercera parte de mí se hace preguntas: ¿de dónde proviene eso? Sospecho que los modelos psicológicos que construyo crean resonancias en otros sitios de mi red. Es interesante observar ese fenómeno.

Susan y Mildred conversan sobre el trabajo de Susan, de sus planes de redecorar la casa y del concierto que vio con Paul hace poco. Susan habla principalmente de sí misma porque es un tema seguro y cómodo, muy alejado de la salud de Mildred.

Pero entonces la conversación adopta un mal cariz que Susan no puede ignorar. Todo empieza con sencillez, cuando Mildred pregunta:

—¿Susan, puedes traerme jugo?

Susan se levanta de la silla.

—Sí, mamá. ¿Cuál quieres?

Mildred frunce el ceño y eleva la voz.

—Tú no. Susan. —me señala y yo me paralizo, esperando poder calmarla.

Pero Susan no se calma. Puedo ver el miedo en sus ojos cuando dice:

—No, mamá. Yo soy Susan. Esa es la asistente. —En presencia de Mildred, nadie me llama “androide”. Su mente está demasiado ausente para comprender la idea de un ser artificial.

La boca Mildred se convierte en una línea apretada.

—No sé quién eres tú, pero reconozco a Susan cuando la veo. ¡Susan, saca a esta persona de aquí!

—Mamá… —Susan estira la mano hacia Mildred, pero la anciana se echa atrás.

Toco la manga de Susan.

—Por favor. ¿Podemos hablar en el pasillo?

Susan tiene los ojos muy abiertos, con lágrimas incipientes. Asiente y me sigue.

En el pasillo, espero que Susan me abofetee. Cuando tiene miedo, tiende a los estallidos emocionales. En cambio, me sorprende apoyándose contra mí y sollozando. Actualizo su perfil de emulación con notas sobre el estrés exacerbado y los miedos agudos.

—Está bien, Sra. Owens. —Le palmearía la espalda, pero su perfil me advierte que sería demostrar demasiada familiaridad—. Está bien. No es usted. Ella está en un mal día.

Susan retrocede y se seca los ojos.

—Lo sé. Es que…

—Lo sé. Pero hagamos esto: tómese unos minutos y luego llévele el jugo. Mildred habrá olvidado el incidente y las dos podrán hablar libremente sin que yo esté presente en la habitación.

Solloza. —¿Te parece? —Asiento—. ¿Y qué harás tú?

—Tengo cosas que hacer en la casa.

—¿Podrías salir y vigilar a Millie, por favor? Siempre se mete en los peores líos.

De modo que paso casi todo el día jugando con Millie. Ella me llama Sr. Robot y yo la llamo Srta. Millie y la hago reír. Me muestra las ranas del arroyo, busca insectos, hojas y flores y yo busco sus nombres en las bases de datos en línea. Le da placer aprender los nombres correctos de las cosas y todo lo demás que puedo compartir con ella.

 

***

 

Hoy no fui nadie. Mildred durmió casi todo el día, así que yo también “dormí”. Se despertó hace un momento.

—Tengo hambre —fue todo lo que dijo, pero fue suficiente para que mi red empática despertara.

 

***

 

Hoy soy Paul, Susan y las dos enfermeras Judy. El foco de Mildred se desplaza. Una vez intento ser su padre, pero nunca me lo describieron en detalle. Trato de sintetizar un perfil basado en Henry y Paul, pero sé que es un fracaso por la expresión triste del rostro de Mildred.

 

***

 

Hoy no tuve nombre durante la mayor parte del día, pero ahora soy Paul otra vez. Le llevo la cena a Mildred y mantenemos una charla serena y pacífica sobre mascotas familiares muertas hace mucho tiempo… hace mucho tiempo para Paul, pero aún presentes para Mildred.

Estoy llevándome el plato de Mildred cuando suenan las alarmas, tanto las audibles como las de mi red de comunicación interna. Las verifico y descubro que hay fuego en el sótano. Espero que los sistemas automáticos lo extingan, pero mi preocupación no es esa. Debo llevar a Mildred a un lugar seguro.

Mildred mira la habitación con pánico en los ojos, por eso trato de proyectar calma.

—Ven, mamá. Es un simulacro de incendio. ¿Recuerdas los simulacros? Debo sentarte en la silla y llevarte fuera.

—¡No! —chilla—. No me gusta salir.

Vuelvo a verificar las alertas. Algo falló en los sistemas automáticos y el fuego se está extendiendo rápidamente. El humo ya llegó a la habitación de Mildred.

Acerco la silla de ruedas a la cama y ella grita.

—¡Vete! ¿Quién eres? ¡Sal de mi casa!

—Soy… —Pero de pronto no soy nadie. Ella no me reconoce, pero debo intentar ganarme su confianza—. Soy Paul, mamá. Anda, vamos. ¡Rápido!

La levanto. Soy demasiado corpulento y fuerte para que pueda resistirse, pero debo tener cuidado para que no se haga daño.

El humo se hace más espeso. Mildred patea y grita. Cuando trato de sentarla en la silla de ruedas, se pone de pie sobre sus piernas inestables. Antes de que pueda detenerla, empuja la silla hacia atrás con una fuerza asombrosa. La silla choca contra los monitores médicos, que caen sobre ella, cubriéndola de cables y tubos enredados.

Mientras analizo cómo liberar la silla, Mildred tropieza contra la puerta de la habitación. En el pasillo hay un resplandor rojizo. Las llamas lamen la gruesa alfombra y recuerdo los tubos de oxígeno que están en la sala, al final del pasillo.

Ya no tengo tiempo para analizar. Cubro a Mildred con una manta y la levanto en mis brazos. En lo profundo de mis redes hay un mapa del incendio, que está bloqueando los pasillos de la casa, pero no pienso en eso. Envuelvo a Mildred fuertemente con la manta, rompo el ventanal y lo atravieso.

Apenas logramos escapar de la casa antes de que el fuego llegue a los tanques. Una explosión nos levanta y nos lanza por el aire. Me diseñaron como asistente médico, no como acróbata, y temo lastimar a Mildred, pero aunque no soy ágil, mis precepciones son mil veces más rápidas que las humanas. No puedo apartar a Mildred a un lado antes de caernos al suelo, así que la lanzo hacia adelante. Cuando aterrizo, el impacto sacude todas mis redes durante 0,21 segundos.

Cuando mis sistemas se estabilizan, tengo alarmas de daños en todo mi núcleo, pero las ignoro. Siento el calor detrás de mí, quemando mi cubierta exterior, y también lo ignoro. La manta de Mildred está ardiendo en distintos lugares, igual que la hierba que nos rodea. Me pongo torpemente de pie y hago rodar a Mildred sobre el suelo. No soy indestructible, pero no siento dolor y Mildred sí, por eso no dudo en usar mis manos para ahogar las llamas.

Apenas se apaga la manta, levanto a Mildred en mis brazos y corro lo más lejos de la casa que puedo. En una esquina lejana del jardín, cerca del arroyo, pongo a Mildred en el suelo suavemente, la desenvuelvo y busco su débil pulso.

Mildred tose y me golpea las manos.

—¡Aléjate de mí! —Más tos— ¿Qué eres?

Ese “qué” es demasiado para mí. Mi red emuladora se apaga y lo único que queda es la verdad.

—Soy el Androide de Cuidados Médicos BRKCX-01932-217JH-98662, Sra. Owens. Yo cuido de usted. ¿Me permite verificar si se encuentra bien?

Pero mi red empática aún está en línea y puedo leer el terror en cada arruga del rostro de Mildred.

—¡Monstruo de metal! —grita—. ¡Monstruo de metal! —Arrastrándose, se aleja hasta esconderse bajo la mata de lilas—. ¡Metal! —Y sufre un largo ataque de tos.

Me debato entre cuidar de su salud física o emocional, pero me decido por la física. Gateo lentamente hacia ella y le inyecto un sedante del botiquín de mi chasis. Cuando se relaja, la acuesto cuidadosamente en el suelo. Mi red empática me advierte sobre un posible apagón general, pero mi preocupación por la salud de Mildred se antepone. Estoy programado para brindar cuidados a largo plazo, no para la medicina de emergencia, así que comienzo a bajar y almacenar protocolos mientras compruebo si Mildred tiene magullones o quemaduras. Mi botiquín contiene ungüentos, analgésicos y otros insumos que coinciden con mis nuevos protocolos y le aplico los tratamientos que puedo.

Pero no tengo oxígeno ni nada que ayude a Mildred a dejar de toser. Incluso sedada, sigue tosiendo. Todos mis protocolos de emergencia suponen que tengo acceso al oxígeno y entonces no sé qué hacer.

Aún estoy tratando de resolverlo cuando llega el servicio de emergencias y se hace cargo de cuidar a Mildred. Con ellos en escena, yo soy superfluo y mi red empática finalmente se apaga.

 

***

 

Hoy soy Henry. No quiero ser Henry, pero Paul me dice que Mildred necesita que Henry esté a su lado en el hospital. En el final.

Su legajo médico muestra que la combinación de la inhalación de humo, las quemaduras y su estado ya deteriorado es demasiado para ella. Su cuerpo está dejando de funcionar más rápido de lo que la medicina puede curarlo y el estrés ha acelerado su deterioro mental. Los médicos le han dicho a la familia que lo más benévolo que se puede hacer es calmar sus dolores, decirle adiós y dejar que se vaya.

Henry no habla mucho en momentos como este, así que digo muy poco. Me siento junto a Mildred y la tomo de la mano, mientras la familia va entrando para hacer las visitas finales. Mildred entra y sale de la consciencia. No sabe que es su despedida, por supuesto.

Anna es la primera. Mildred se despierta lo suficiente para sonreír y reconocer a su nieta.

—Anna… hija… ¿Cómo está… Ben?

Era el novio de Anna hace seis años. Por la expresión de Anna, veo que ella ya olvidó a Ben, pero Mildred lo recuerda brevemente.

—Está… está bien, abuela. Le gustaría estar aquí para decirte… para verte otra vez.

Anna generalmente es la fuerte de la familia, pero mi red empática dice que sus fuerzas se agotaron. No soporta mirar a Mildred y entonces me mira a mí, pero yo estoy emulando a su abuelo fallecido y también soy demasiado para ella. Dice unas palabras más, ininteligibles incluso para mis sensores auditivos. Después se inclina, le da un beso a Mildred y sale apresuradamente de la habitación.

Luego entra Susan. Millie viene con ella y me sonríe. Casi emulo al Sr. Robot, pero mi tercera parte me mantiene concentrado hasta que Millie se aburre y se va. Susan cuenta anécdotas triviales de su trabajo y de la escuela de Millie. No puedo saber si Mildred la entiende o no, pero sonríe o ríe casi siempre en los momentos apropiados. Yo río con ella.

Susan toma la mano de Mildred y la parte de mí que es Henry parpadea con sorpresa. Susan no se muestra abiertamente afectuosa bajo circunstancias normales, y menos con Mildred. La suegra y la nuera siempre se han tratado con cordialidad, pero jamás como amigas íntimas. Cuando soy Paul estoy seguro de que se debe a que ambas son muy parecidas. Paul a veces tararea una vieja canción que dice “igual a la que se casó con papá”, pero nunca cuando ellas pueden oírlo. Ahora que soy Henry, me conmueve que Susan haya tenido este gesto, pero me entristece que haya tardado tanto en tenerlo.

Susan sigue contando anécdotas mientras ambos sujetamos las manos de Mildred. En un momento, Paul se acerca en silencio. Masajea los hombros de Susan, la besa en la frente y luego se aproxima a Mildred para besarla. Ella le sonríe, me suelta la mano y le palmea la mejilla. Después, su brazo cae y yo vuelvo a tomarla de la mano.

Paul se ubica silenciosamente de mi lado de la cama y también masajea mis hombros. Lo consuela más a él que a mí. Necesita a su padre y una emulación se le parece bastante en este momento.

Susan sigue contando anécdotas. Cuando hace una pausa, Paul añade algunas de su cosecha y se van alternando. Lentamente, sus historias comienzan a referirse al pasado y, una o dos veces, los ojos de Mildred se iluminan como si recordara esos sucesos.

Pero después cierra los ojos y se relaja. Su respiración se aquieta y se hace más lenta. Susan y Paul intentan no notarlo. Bajan la voz, pero sus anécdotas continúan.

Finalmente, los sensores de mis dedos no detectan pulso. Se han quemado y puede que estén defectuosos. Para asegurarme, me inclino y escucho el pecho de Mildred. No hay sonidos: ni respiración ni latidos.

Sigo siendo Henry el tiempo suficiente para darle a Mildred un beso de despedida. Después, soy yo y el dolor de Paul y Susan inunda mi red empática.

Salgo de la habitación del hospital y encuentro a Millie jugando en la sala de espera y a Anna observándola. Anna levanta la vista con los ojos enrojecidos y yo asiento. Nuevas lágrimas empiezan a correr por sus mejillas. Lleva a Millie de vuelta a la habitación de Mildred.

Yo me siento y mis redes colapsan.

 

***

 

Ahora soy nadie. Casi siempre.

Se determinó que la causa del incendio fue un trabajo de reparación mal hecho. Hubo un arreglo con el seguro. Paul y Susan vendieron su casa y usaron ambos montos para construir una casa mejor y más grande en el terreno de Mildred.

Yo fui parte del arreglo. La compañía de seguros les ofreció devolverme al fabricante y saldar el resto de mi alquiler, pero Paul y Susan decidieron que querían conservarme. Optaron por repararme completamente y comprarme. Paul no entiende por qué, pero Susan aún tiene miedo de necesitar mis servicios… o de que Paul los necesite y que yo tenga que emularla a ella. Nunca admite esos temores frente a él, pero mi red empática los conoce.

Duermo casi todo el tiempo, sentado en mi nicho de mantenimiento. Les evoco muchos recuerdos que ellos prefieren no enfrentar, así que me dejan desconectado durante largos períodos.

Pero, de vez en cuando, Millie les pide jugar con el Sr. Robot y a veces deciden darle el gusto. Me encienden y la Srta. Millie y yo exploramos todos los misterios del jardín. Hemos construido un puente en la parte más alejada del arroyo y del otro lado estamos plantando margaritas. Hoy me pidió que le contara de su abuela.

Hoy soy Mildred.

 

 

Título original: Today I Am Paul © Martin L. Shoemaker
Traducción: Claudia De Bella, © 2016

 

 


Martin L. Shoemaker es desarrollador de software y escritor de ciencia ficción y fantasía. Podríamos decir que la relación entre ambas profesiones es simbiótica: trabajar en desarrollo de software le ayuda a pensar en la tecnología y en cómo esta impacta sobre nuestras vidas, volcando esas ideas en sus ficciones. Escribir estas ficciones, a su vez, le permite explorar cómo la gente común trabaja con nuevas tecnologías e ideas, lo cual le ayuda a desarrollar un mejor software. Martin planea continuar con ambas profesiones tanto como esté a su alcance.

Esta historia apareció inicialmente en Clarkesworld #107 (Agosto 2015), y ha sido aceptada por Gardner Dozois para la trigésimo primera edición anual de Year’s Best Science Fiction, al igual que otros dos cuentos cortos, aunque eso aún no puede ser divulgado.

Además de ser publicadas en Clarkesworld, sus ficciones aparecieron en Analog Science Fiction & Fact, Galaxy’s Edge, Digital Science Fiction, Writers of the Future y Year’s Best Science Fiction Thirty-First Annual Edition.

Su último relato en Analog es “Racing to Mars” (precuela de “Murder on the Aldrin Express” y “Brigas Nunca Mais”).

Esta es su primera publicación en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con CON ALEGRÍA, CONOCIENDO EL ABISMO QUE HAY DETRÁS, de Sarah Pinsker, MEMORIAS, de Eduardo Carletti, y GUS, de Jack McDevitt.


Axxón 271

Cuento de autor norteamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Inteligencia Artificial, Memoria, Relaciones personales : Estados Unidos : Estadounidense).


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