¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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INGLATERRA

 

 


Ilustración: Guillermo Vidal

Hay un momento del día en la ajetreada ciudad de San Francisco, luego de la puesta de un sol naranja furioso, en un punto indeterminado entre el crepúsculo y la noche, en que la ciudad se acalla en una semivigilia para dejarse acunar por la brisa salitre y los sonidos distantes de los motores de los botes de la bahía, ahí abajo.

Al llegar a sus casas, luego de atravesar la intrincada cuadrícula de las callecitas angostas y de subir los polvorientos caminos hacia los dominios más calmos del valle, los oficinistas se sientan en silencio a beber cervezas heladas en jarras de vidrio, detrás de las gruesas paredes de ladrillo de sus chalets neoclásicos. Gatos somnolientos remolonean en balcones de madera con la pintura descascarada, sintiendo la lenta retirada de los rayos solares y percibiendo cómo se extienden las sombras sobre los jardines prístinos, verde botella. Estiran sus patas, se desperezan y se apuran a entrar para tomar un poco de leche tibia de platos decorados y rebosantes.

En ese momento brumoso que se estanca entre las actividades del día y los compromisos de la noche —que se acercan pronto— es cuando los viejos recuerdos comienzan a brotar, en la quietud de las mentes de los sanfranciscanos.

A bordo del tranvía que baja Nob Hill, con el balanceo rítmico del vagón y el traqueteo hipnótico de las ruedas de acero sobre los rieles desparejos, mis párpados se cierran y mis pensamientos fluctúan desde las brillosas aguas de la bahía hasta sumirme en introspección. En los vapores de mi mente aparece la imagen nómada de mi primer amor verdadero, Saffi Fairbairn, y un recuerdo lejano flota hacia mí desde lo más recóndito.

Estamos en un teatro casi lleno. El fulgurante rostro de Saffi es un tributo a sus intensos ojos azules; su vestido de algodón liviano se adhiere de forma adorable a las suaves curvas de su cuerpo. Mientras oigo el lejano sonido de su voz, que había olvidado hace tiempo, siento fluir por mi cuerpo la tibieza de este recuerdo entrañable. Estamos esperando juntos, sentados en la última fila, en semipenumbras, susurrándonos secretos prohibidos, cuando un muchacho con una guitarra sube al escenario. Alto y desgarbado, de cabello oscuro peinado hacia atrás, comienza a cantar una canción: “Shake, Rattle and Roll”, mientras en el frente un grupo de chicas le gritan. Sorprendida por esta inesperada intrusión, Saffi se aparta y comienza a cantar y a reír.

Una voz me atrapa, acallada, susurrada, cercana, devolviéndome al presente.

 

El Dedo Movedizo escribe, y, habiendo escrito,
continúa: ni toda la Piedad ni el Saber
le engañarán para que esconda media línea,
ni todas tus Lágrimas lavarán una sola de sus palabras.

 

Me impacta el regreso a la realidad. La chica que se encuentra a mi lado apareció de forma tan silenciosa que no sentí su contacto al sentarse. Se concentra en los dedos de sus pies: los estira y los sacude en el aire, como una niña en un columpio, para probar cuán alto los puede llevar a través de las profundas aguas del cielo nacarado. Su rostro tiene un llamativo parecido al de Saffi. En el momento, azuzado por mis memorias, dejo escapar el nombre de Saffi. Entonces, al darme cuenta de que esto pasó hace cuarenta años, me resguardo de mi insensatez preguntando:

—Lo siento, ¿dijo algo?

Ella le habla a los dedos de sus pies, no a mí.

—Hermoso ¿no es cierto? Es persa. Un lamento por los caprichos del inmutable paso del tiempo.

Repentinamente, encendida por la intensidad de la juventud, se dirige a mí.

—¿Qué pasaría, qué pasaría si pudieras capturar todos esos grandes momentos cuando suceden, desde la perspectiva de las personas que de hecho estuvieron allí, y reproducirlos a voluntad? Sería casi como… ser capaces de viajar en el tiempo.

—Estoy seguro de que sería… fascinante… —respondo, buscando las palabras correctas que la complazcan.

—¿Fascinante? —Su rostro elabora la próxima oración en una máscara de profunda seriedad—. Sería mucho más que eso, sin duda. Un panteón de experiencias para ser vividas y revividas, obtenidas desde el punto de vista de sus protagonistas, con todas las emociones sentidas en ese instante; como capturar los recuerdos y sueños de alguien tal y como los vivieron.

—No creo que los míos fueran muy interesantes.

—Oh, no estoy tan segura. Me tengo que ir, esta es mi parada.

La observo alejarse. Un sentimiento melancólico me abruma mientras baja del vagón deslizándose, para saltar con agilidad hacia la calle de empedrado.

Suspiro y cierro mis ojos, tratando de recobrar mi momento perdido con Saffi en el teatro.

—¡Es posible! —Ella está parada debajo de mí, debajo de la ventana abierta del tranvía—. Te mostraré, ¡ven rápido!

La imagen de Saffi que regresa enciende mi mente. Guiado por el impulso, tomo mi bolso, empujo al conductor, que protesta, y alcanzo a saltar justo cuando el vagón comienza su marcha. Ella da un saltito y toma mi mano con la suya, fría y suave, y con delicadeza me dirige hacia el entramado de las calles adyacentes.

Ella habla sin cesar mientras pasamos por casas con frentes blanqueados por los persistentes rayos del sol veraniego. Detrás de sus altas barandas de hierro esconden puertas pulidas, decoradas con cabezas de león de bronce y gárgolas de ojos de insecto. Nos detenemos en un viejo terreno para recoger flores salvajes, que ella trenza formando una cadena, mientras caminamos. Habla del clima, de Cicerón y política, de Franco y la Guerra Civil española, del Che Guevara y las remeras, y del hecho de que las bocinas de los botes en la bahía le recuerdan a Alejandría en la primavera.

Cuando nos detenemos, me doy cuenta de que estamos en una calle al sur de la bahía. Miro a mi alrededor. Conozco bien San Francisco, pero no logro ubicarme con exactitud ahora. Los viejos galpones se inclinan aquí de forma peligrosa, como si las tormentas invernales se hubiesen tomado venganza por algún pecado anterior, olvidado hace tiempo. Muros de hierro corrugado, verdoso, con puertas pesadas deformadas por el aire del mar y las enérgicas heladas invernales, se alinean de forma tan regular como buzones olvidados en un largo camino rural.

—¿Quieres ver? Ella aplaude como si le hubiera regalado un cachorrito.

No digo nada, tan sólo asiento con la cabeza. El gesto del cansado.

Nos movemos desde el fresco de la tarde hacia un pequeño vestíbulo. Ella toma una cadenita de su cuello y, con una llave de diseño sofisticado, abre el candado que pende de la puerta interna, revestida de tachas de hierro. Al entrar, extiende su brazo y me invita a seguirla.

Honestamente, pensaba que iba a encontrarme con una galería de arte. El área de este lado de la bahía, al ser costosa para el almacenamiento pero económica para venta al por menor, se volvió popular entre los estudiantes y los excéntricos distribuidores de arte. En retribución a su compañía me hubiera contentado con emitir murmullos apreciativos hacia cualquier cosa que ella me hubiese mostrado: almohadones al crochet, pinturas abstractas, gatos de porcelana. Por el momento mis ojos arden por el brillo de las luces encima de nosotros. Levanto mi mano para cubrir mi cara y entro detrás de ella.

Una niebla espesa gira alrededor de mis rodillas y me cubre como una sopa fría a medida que avanzo. Como las nieblas grises que deambulan en la Bahía a fines del otoño; frías al tacto, escalofriantes a la vista, una masa pegajosa de hilos de telaraña que se adhieren y empantanan todo; la nube me envuelve en ella.

Mientras mis pupilas se acostumbran a las luces de arriba, puedo ver a mi alrededor, revelada al abrirse la niebla, una línea tras otra de estatuas blancas como la sal; sus cabezas erguidas, sus rostros pálidos mirando hacia arriba, hacia las luces.

—¿Y? ¿Qué te parece? —me dice ella.

—Es fabuloso. ¿Es conceptual? —añado, y luego, viendo la mirada en su rostro—. Perdóname, no soy artista. ¿Qué es?

—¡Es mi fábrica de sueños! Ella gira casi como en fouetté en tournant, con los brazos extendidos; bailotea hacia el pasillo central y, en el aire hueco, pregunta—: ¿Qué piensas?

—Es fantástico. ¿Cuán grande es? No puedo ver los muros. ¿Lo has extendido a los otros galpones? Camino detrás de ella.

—Creo que hallarás que es más grande por dentro que desde su exterior. Su voz resuena en un eco—. Creí que te gustaría.

La he perdido en la bruma. —¡Hola! ¿Estás por ahí? —Me doy cuenta de que ni siquiera sé su nombre.

—Estoy aquí.

Se acerca, me mira, y entrelaza sus dedos con los míos.

El lugar está silencioso, tan silencioso. Me detengo y observo la bruma que envuelve mis piernas. Miro hacia arriba y siento la luz que calienta mi rostro. La extraña quietud se vacía dentro de mí; las figuras fantasmagóricas en la niebla y las irregularidades de los discos brillantes encima de mí se clavan en mis ojos y laten en mi cabeza.

Mi mente comienza a girar. El cuarto se llena desde lejos con el sonido de aplausos distantes. Mis pensamientos se vuelven borrosos. Cierro mis ojos.

Un viejo recuerdo viene hasta mí. De repente estoy otra vez con Saffi. La Saffi de antes, con su rostro eléctrico por la emoción. Hemos marchado con la multitud desde el monumento de Washington hasta el de Lincoln, en el calor del día. A lo lejos se yergue un hombre, en los escalones de un edificio columnado, en un podio rodeado de micrófonos y fotógrafos. Un mar de cabezas produce un oleaje cuando tratamos de vislumbrar al orador. Escuchamos con atención a la voz que reverbera a nuestro alrededor.

“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales. Tengo un sueño…”

Saffi está a mi lado, tomada fuerte de mi mano. El parlante retumba con una voz rica y resonante, que llega hasta nuestras cabezas.

“Libres al fin, libres al fin”, escucho el apasionado grito sonando en mis oídos.

La voz se aleja y mengua, y se disuelve en la niebla, que hace un remolino envolvente. Las filas de etéreas estatuas nadan de vuelta a mí.

Saffi se ha ido. El hombre parado frente a mí lleva puesto un elegante traje negro, corbata negra fina, camisa blanca con gemelos de un plateado brillante asomando por sus mangas. Tiene el aire benevolente de las lecciones aprendidas en una vida de lucha por la libertad. Es tal como lo recuerdo el día de su discurso.

—¿Dónde está Saffi? —pregunto.

Cuando él habla, su voz tiene el timbre tenor de la autoridad y un carisma innegable.

—Soy un crono-oneirólogo, David. Exploro la historia a través de las experiencias de otros. Lo que está capturado en sus mentes puede revivirse a voluntad por el más sutil toque de la mente con una pluma cerebral. Llegué aquí hace mucho tiempo para comenzar mi colección. Aquí, alrededor tuyo, se halla mi historia viviente.

—No comprendo.

—Deja que te muestre, entonces entenderás.

Sonríe y posa su pesada mano en uno de mis hombros.

La bruma se aleja velozmente y se descompone en miles de fragmentos. Estoy parado en el frío; mi sobretodo flamea mojado alrededor de mis tobillos. El turbulento sonido de la lluvia, como arroz arrojado en una roca, se eleva girando hacia mí. Un pequeño grupo se apiña bajo un toldo, rehuyéndole a la lluvia peltre que azota la calle. Frente a nosotros, detrás de una ventana mojada, los ojos de veinte pantallas en granulado blanco y negro nos devuelven el parpadeo.

Desde un pequeño parlante arriba la vidriera reproduce las palabras “Columbia, Columbia, aquí Euston AOS. Cambio”.

La lluvia fría corre por mi espalda. Mi piel se estremece de abrumadora emoción y el orgullo del momento.

Una figura desciende titubeante del módulo y se afirma con una mano; envía un mensaje que atraviesa más de cuatrocientos mil kilómetros de cosmos hasta llegar a nosotros: “Un pequeño paso para el hombre, un salto gigante para la humanidad”.

—¡Pues miren! —El hombre a mi lado se apiña, con las solapas de su abrigo subidas contra el viento—. ¿Quién lo hubiera creído? ¡Un hombre en la Luna!

La visión se esfuma. Martin se ha ido.

Más allá en el pasillo, parado en el fluctuante vapor, alcanzo a ver a una figura en traje espacial, inmóvil, mirándome; mi imagen se refleja en su visor. Gira lentamente y se dirige pesadamente hacia la penumbra.

—¡Espera! —le grito.

Corro persiguiéndolo. Lo veo desaparecer hacia la derecha y me inclino para poder pasar debajo de las estatuas. Me detengo, sin aliento, y caigo en cuenta de que no sé dónde estoy. Me hallo perdido en este mar de niebla y siluetas de ojos vidriosos. La estatua de una mujer a mi lado me llama la atención por la perfección del tallado: cada pliegue de piel, cada grieta en las comisuras de los labios, cada folículo del cabello ha sido perfectamente reproducido. Entonces, para mi terror, veo un pulso minúsculo, breve, en su garganta.

Vuelvo sobre mis pasos, trastabillo y me topo con otra estatua, de un muchacho. Con toda mi fuerza me resisto al impulso de correr. Armándome de todo el coraje posible toco su mano y tiro de ella con suavidad. El muchacho permanece impasible. Arrodillándome, apartando la sedosa bruma, descubro que está anclado al suelo por una serie de tubos que surgen de la tierra y se enrollan en sus tobillos y perforan sus piernas, justo debajo de las rodillas. Un miedo vertiginoso me invade. Alarmado por el descubrimiento, busco a mi alrededor una forma de escapar. La niebla infernal me impide ver muy lejos. A cada lado se yerguen las fantasmagorías de mujeres jóvenes y de viejos; sus ojos blancos borrosos como las pieles de los huevos duros. Me siento atrapado, indefenso, en este laberinto.

—¡David!

—Por Dios, Saffi. Me asustaste. ¿Dónde estabas?

—¿Saffi? —susurra ella, deslizando su brazo a través del mío.

—Quiero decir… no sé lo que quise decir… Saffi, ¿qué es este lugar? Tenemos que salir de aquí. ¿Conoces el camino?

Mientras Saffi habla, sus palabras me sedan; mi pánico se desvanece. Ella está tranquila. Como miel tibia, sus palabras me envuelven.

—Todavía no comprendes, ¿cierto? Aquí, a tu alrededor, está tu gente volviendo a través de tu historia al principio de los tiempos. Gente común, gente a través de cuyos ojos la historia debería ser contada. Sacerdotes babilonios, artesanos vieneses, pitonisas griegas, arqueros de la casa Tudor, carpinteros galileos, astrónomos persas, soldados de infantería romanos, aventureros chinos, forjadores de espadas japoneses, constructores de templos mayas. Están todos aquí; razas indígenas, todas de diferentes culturas y épocas, desde el pasado más reciente hasta el comienzo de la civilización.

Miro a la estatua más cercana. Un viejo encorvado, con una mano escondida en los pliegues de su toga, la otra colgando inerte a su lado. Sus ojos, abiertos, desvanecidos en una espectral mirada, sin hacer foco pero fijos en la luz.

Ella me mira de cerca. —Aquí, en la luz, ellos se quedan y moldean sus sueños. Una eternidad de trabajo para producir algo tan perfecto, tan cercano a la experiencia original que tuvieron que cuando entras en ellos es como si realmente estuvieras allí.

—¿Por qué? —Mi voz suena extraña, incorpórea.

—David, he luchado con Aníbal en Zama, y cabalgado con las hordas mongolas mientras arrasaban las vastas estepas; he evitado el fuego de mosquete en la cubierta principal del Victoria y tallado relieves en los templos de Angkor Wat; he visto el sol salir sobre las tumbas recién construidas de los faraones y a los primeros exploradores atracar en una bahía de Sudamérica; he presenciado la destrucción de Pompeya por una ceniza mortal; he quedado impotente frente al saqueo galo de Roma… estuve con los Cruzados mientras tomaban Jerusalén y junto a Saladino cuando la recuperó.

—Pero, ¿y ellos?

—No te preocupes, David. Vivirán por siempre atrapados en la red de sus sueños. Han sentido dolor, elación, temor, pérdida, amor. Y lo puedo hacer todo una y otra vez, por siempre, a través de ellos. No existe máquina que se pueda comparar a ésta. Ninguna vida, por mejor vivida, se puede siquiera parecer a esto, a lo que puedo experimentar.

Ella es cautivadora. Todo lo que siempre deseé. Parece tan distante aquel momento en que estuvimos juntos y ahora ella está aquí, mi dulce Saffi. Tomando mi mano, retirando mi cabello de mi cara y sonriendo. Feliz, como siempre la recuerdo.

Puedo sentir sus manos sacar las sandalias de mis pies. No logro resistirme. Las luces son hipnóticas y me atrapan como la Luna a la polilla en una cálida noche de verano. Mis pies se afirman en la tierra profunda. Puedo sentirla mientras dispone los tubos alrededor de mis piernas; los agudos arrebatos de dolor me hacen retorcer.

—Tranquilo, tranquilo —murmura, como si estuviera cuidando a un perro enfermo.

El calor en mi rostro me acoge, mis ojos se alborotan y giran hacia la luz.

—¿Es todo un sueño? —escucho mi voz lejana.

—Tal vez lo sea. Sólo un sueño.

Su voz satinada viene hacia mí.

—Duerme ahora.

 

 

Título original: The Dream Factory © TLDorian
Traducción: Matías Carnevale, © 2016. Se agradece a la traductora Lilia Perez Colman por su inestimable colaboración.

 

 


TLDorian nació el 20 de septiembre de 1961. Él ha lanzado una colección de historias breves de ciencia ficción en inglés en un sitio web de escritores, junto con una cantidad de novelas cortas de ciencia ficción. Su cuento Stranger Things fue publicado recientemente en la revista croata Eridan. Su interés particular es aportar cuentos con la sensación del viejo estilo de la ciencia ficción a un nuevo público, particularmente historias con un elemento humano y un giro en la trama. The Dream Factory fue escrito para tratar de captar la atmósfera de la antigua serie americana The Twilight Zone (La Dimensión Desconocida, en español). En la actualidad está trabajando en una novela de fantasía ambientada en un Londres aprisionado en hielo.

Esta es su primera publicación en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con AVENIDA AMONIACO, de Víctor Conde.


Axxón 271

Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Máquinas, Sueños, Historia : Inglaterra : Inglés).


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