¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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URUGUAY

 

 

—1—

 


Ilustración: Pedro Belushi

Llamaron a Paterson al despacho central de Tertius.

—¿Qué ocurre? —dijo en un acento plagado de consonantes que era suyo propio—. ¿Es algo que no pueda esperar quince minutos?

Tenía la barba tan larga que le llegaba hasta el pecho, los negros ojos se perdían en la profundidad de unas pobladas cejas.

—Está sucediendo ya mismo —respondió el enjuto administrativo.

—¡¡¡NO ENTIENDO!!! —gritó, salpicando saliva a metro y medio de distancia.

—Mire por la ventana.

Obedeció. Una fulgurante estela de todas las gamas del rojo cruzaba el nítido cielo boreal de este a oeste.

—¿Es un meteorito?

—No. Es una nave.

—¿Una nave?

—Está ingresando en la atmósfera, sin control. Creemos que podría no estar tripulada. Un resto espacial reingresando a Tertius.

—¿Es Orblog?

—No estoy seguro —intentó resumir—. Lo solicitan en el despacho.

De mala gana Paterson soltó la máquina con la que estaba soldando varias piezas metálicas. Bajó de un salto del andamio y se puso en marcha. Atravesó toda la sala de maquinarias y las salas de pruebas. Subió diez pisos en un ascensor con el diminuto hombrecito a su lado. Seguramente la máquina que manejaba pesaba más que él.

Recorrió un largo y vacío corredor en el que sus pisadas producían un eco cada vez más cercano. Al final, entró en el despacho sin golpear a la puerta.

—Ulrich —dijo casi gritando una vez adentro.

El aludido se sintió sorprendido y casi salta de la silla en la que estaba sentado.

—Paterson —dijo exaltado.

—¿Qué demonios está ocurriendo aquí? —su agrio tono traslucía perfectamente su fastidio de ser molestado.

El otro se recompuso como pudo, acomodó los papeles que tenía delante y se arregló instintivamente el pelo.

—Bueno —dijo al fin—. No lo sabemos.

—Una nave está entrando en la atmósfera de Tertius —y sonó a un reproche.

—Sí, lo hemos visto.

—¿Cree que es el resto de una nave Orblog que ha quedado orbitando el planeta después de la guerra?

—No. Sabemos que es humana.

—¿Humana? ¿Y ha quedado orbitando el planeta? Digamos… ¿Es un escombro reingresando en el planeta?

Ulrich se sintió acalorado. Intentó con un sólo movimiento desabrocharse el primer botón de la camisa con una mano y con la otra alcanzar el control del aire acondicionado y no hizo bien ninguna de las dos cosas por lo que se detuvo, reconsideró y sólo desabrochó el botón.

—No. La hemos detectado hace semanas. Viene de fuera del sistema planetario.

Paterson se acercó hasta la mesa de vidrio.

—¿Está seguro?

—Sí. Pero no es una nave oficial. Ha aparecido de la nada.

Paterson se sentó estrepitosamente en la silla que lo enfrentaba a Ulrich y ésta hizo un angustioso crujido.

—Me está diciendo que una nave nuestra pero no identificada ni anunciada ha llegado hasta aquí desde un impreciso punto fuera del sistema planetario para desintegrarse en nuestra atmósfera.

—Eso parece.

—¿Y me quiere decir por qué demonios me han ido a buscar? —subió el tono de voz y amenazó golpear la mesa con el puño.

—Porque eso es tan sólo lo que parece —respondió el otro de inmediato—. Creemos que están haciendo un peligroso intento de aterrizaje.

—¿Y por qué demonios creen eso? Es un pedazo de chatarra candente que se está desintegrando —señaló el cielo que se veía a través de una de las ventanas pero sólo quedaba humo.

Ulrich lo miró con gesto triunfante. En cierto sentido disfrutaba de la impaciencia del otro.

—Se han comunicado con nosotros en el momento de ingresar en la atmósfera —dijo.

—¿Cómo?

—En realidad no fue una comunicación en lo más estricto del término. Tan sólo recibimos un mensaje.

—¿Y por qué no empezó por ahí? ¿Se trata de una misión de rescate?

—El piloto se ha identificado —le dijo. Y tras una pausa agregó: —Y ha preguntado por usted.

Paterson lo miró silencioso. Era como si el gigante barbado se hubiera congelado.

—HRS-456-B12.

—Eso es imposible —exclamó Paterson y se levantó de un salto. La silla se encorvó y permaneció girando un buen rato—. ¡ES IMPOSIBLE! —gritó.

—Eso pensamos. Es la identificación de Albanny. ¿Quiere ver las imágenes que nos llegaron…?

Paterson parecía perdido en sus propios pensamientos por lo que el otro procedió sin más trámites. En una pantalla en la pared del fondo apareció una imagen difusa y llena de estática. Franjas blancas y grises cruzaban la imagen. En el centro se distinguía una larga cabellera dorada, debajo se adivinaban los contornos de una mujer. Paterson se acercó a la pantalla.

—Parece Albanny, pero no puede serlo. Ella desapareció hace once años, durante el desastre de Aldair Gamma. Los Orblog destruyeron por completo la colonia. Cuando la fuerza de choque llegó, ya era tarde, incluso para ellos mismos. Nada quedó. Y nadie sobrevivió. Es imposible que Albanny…

Orblog era tan sólo un nombre genérico. Nadie sabía cómo se llamaban a sí mismos y tampoco nadie vivo había visto uno. Por donde habían pasado, sólo habían dejado muerte y destrucción. Esa había sido la respuesta a la ingenua expansión del hombre por la galaxia.

—Ha preguntado por usted.

—Eso no significa nada. Esa no es Albanny.

—Entiendo que entre ustedes había un lazo que excedía…

Paterson se le acercó tan enérgico que el otro no pudo completar la frase.

—¡¡¡¿QUÉ ESTÁ QUERIENDO DECIR?!!! —dijo como en un bramido, una vez más, cargado de consonantes.

—Bueno… Lo que digo —tartamudeó Ulrich—. Es que es comprensible que si fuera Albanny preguntara por usted. Esto siempre manejando el hecho de que el lazo que los unía excedía las funciones que desempeñaban. Tenían un lazo afectivo.

Paterson lo miró conteniéndose para no caerle encima.

—¡¡¡ESA NO ES ALBANNY!!! —grito—. ¡¡¡ELLA ESTÁ MUERTA!!!

Y golpeó con el puño la mesa de vidrio, la que siguió vibrando aun cuando el sonido de sus pasos ya no se escuchaba en el fondo del corredor.

 

 

—2—

 

Paterson regresó a la sala de maquinarias con el funcionario que lo había convocado, siguiéndolo de cerca a una prudente distancia. Al enorme hombre le había bastado el descenso de diez pisos para decidir su proceder. Cuando llegó tomó una pesada caja y se puso una mochila a la espalda. Luego abrió un armario y comenzó a sacar herramientas.

A esas alturas toda la ciudad se daba por enterada del inusual suceso y la base militar, y en particular la sala de maquinarias, estaban evidentemente alteradas. Paterson habló con un jefe de ingenieros, con un jefe de máquinas y con varios mecánicos y técnicos. A los diez minutos todos estaban sobre un pesado transporte listos para salir de la base. El silencioso funcionario, que había observado todo con una envidiable cualidad camaleónica, se comunicó con la sala diez pisos arriba, y en torno a la mesa de vidrio, Ulrich sonrió satisfecho.

El trasporte levantó el amarillento polvo del camino, tomó una curva pronunciada hacia la derecha y amenazó salirse de la calzada. El conductor no disminuyó la velocidad; el transporte se sacudió violentamente pero al dejar la curva retomó con prolijidad el camino. Paterson observaba serio el trayecto. Detrás de su tupida barba ningún gesto se adivinaba, pero sus ojos estaban cargados de un brillo intenso.

Un técnico a su derecha observaba una pantalla plagada de semicírculos y líneas fosforescentes.

—Ha caído detrás de Blumont —dijo en voz alta, como para que lo escucharan todos. Paterson pareció salir de su somnolencia.

—Eso es a 4 kilómetros —dijo.

—3.6, señor.

Paterson manipuló su comunicador.

—¡ULRICH! —gritó para superar el ruido que hacía el transporte.

—Lo oigo Paterson —se escuchó distorsionado.

—Cayó… O aterrizó, detrás de la Montaña Azul.

El otro demoró unos segundos en responder.

—¿Me quiere decir que eso es muy cerca?

Paterson tragó saliva y respiró hondo. Ese hombre le caía rematadamente mal. Un burócrata aniñado que sólo se envalentonaba cuando lo tenía lejos.

—Le estoy diciendo que ha aterrizado casi encima de nosotros. Eso no sólo me resulta demasiado cerca, sino que me lleva a pensar en intencionalidad. De ninguna forma se trata de una chatarra espacial reingresando en órbita. Alguien lo ha dirigido para llegar a nosotros.

—Eso es lo que yo le he dicho —se escuchó entrecortado.

—Yo también le he dicho otras cosas a usted y en las cuales aun creo y reafirmo —dijo entre dientes aunque a buen volumen.

Hubo unos segundos de silencio, sólo interrumpidos por la estática que producía cada salto del transporte.

—No sé si me corresponda decírselo pero lo haré —dijo por fin Ulrich.

—No lo haga —dijo Paterson en voz baja, como si fuera para sí mismo.

—Creo entender por lo que está pasando —continuó Ulrich demostrando que no lo había escuchado o que no le importaba—, pero tiene que manejar la posibilidad, aunque sea remota, de que realmente sea ella volviendo a casa.

Paterson pensó un instante qué y cómo responderle sin perder la compostura.

—No estaría aquí si no existiera una posibilidad, pero es a usted y a sus científicos y burócratas a los que le corresponde averiguar cuán remota es esa posibilidad. ¡HÁGALO! —agregó y cortó la comunicación.

El transporte avanzó a través de los primeros escombros. Al superar una elevación, el valle cercano quedó a la vista y el conductor disminuyó la marcha. Adelante se veía humo; una larga herida como labrada en el verdor de la pradera señalaba la huella del violento aterrizaje. A ambos lados había una gran cantidad de restos humeantes.

Siguieron paralelamente a la huella unos doscientos metros y luego se detuvieron. Los técnicos se adelantaron con su equipo fluorescente. A los pocos minutos uno de ellos, que oficiaba de jefe de sector, se acercó hasta Paterson.

—Ha recibido una buena sacudida al ingresar a la atmósfera, pero, aunque vieja, es una nave dura, lo mejor que fabricaba la Federación. El casco exterior prácticamente se ha desintegrado. Supongo que no volverá a volar —dijo y Paterson sonrió por el chiste—. Pero el casco interior está intacto —agregó.

Paterson lo miró serio.

—Continúe.

—Si estaba tripulada, y si la cámara de sueño o un dispositivo similar funcionaba, y si han tenido un poco de suerte, tal vez haya aún alguien con vida en su interior.

—Entiendo.

—Hemos evaluado varios puntos por donde podríamos penetrar el casco interior, pero aún no sabemos cuál es el más adecuado. Tuvimos suerte en que haya caído en un terreno tan plano.

—¿Pudieron haber intentado aterrizarla? —preguntó Paterson.

—Bueno… Parece coherente que buscaran este tipo de terreno, pero por otro lado sería necesaria una experiencia… sorprendente. Si hubiera errado por un kilómetro se habría estampado contra Blumont. El sistema de navegación de la nave está estropeado, pero por la forma en que ha quedado desparramado por el terreno, me atrevería a aventurar que no lo ha hecho hasta ingresar a la atmósfera.

—¿Algo más?

—No, señor. Continuaremos con la evaluación del casco.

—Háganlo. Pero no lo abran hasta que yo se los indique.

El técnico afirmó con la cabeza y se perdió entre el humo que traía a ráfagas la brisa que subía del valle.

Paterson permaneció inmutable. Los mecánicos a su alrededor lo miraban en silencio. Lo conocían, algunos en forma casi íntima, y todos sabían que esa seriedad y ese silencio eran signos de lo alterado que se encontraba. Ninguno de los presentes quería ser parte de los turbios pensamientos de ese hombre. Paterson volvió a tomar el comunicador.

—¡Ulrich! —exclamó.

—Paterson —respondió el otro y su voz se escuchó claramente—. Tengo información que le podrá ser útil.

—Muy bien. Es una vieja nave de la Federación, de al menos cincuenta años.

—¿Una nave de la Fuerza de Choque?

Paterson tragó saliva antes de responder.

—Eso parece.

—¿En qué estado se encuentra?

—El casco interior está intacto. Si había tripulantes es probable que estén a salvo.

—Eso es alentador —dijo en tono jocoso.

El otro no respondió por lo que Ulrich continuó.

—Déjeme decirle que nuestros científicos poco han averiguado que ya no supiéramos. Ha ingresado al sistema planetario hace veinte días, siguiendo un curso gravitacional estable hasta aquí. No ha hecho variaciones de trayectoria ni virajes notorios en todo el recorrido. Pero al ingresar a la atmósfera no sólo ha virado, sino que ha hecho verdaderas maniobras de aterrizaje forzoso.

—Esto no demuestra que estuviera tripulada.

—¿A qué se refiere?

—A que las naves como ésta contaban con sistemas de navegación robóticos. Eso explicaría la uniformidad de la trayectoria y no el azar o la intencionalidad humana. Las computadoras han calculado el viaje antes de ingresar al sistema planetario y sólo lo han corregido cuando la presión del ingreso destrozó el sistema mecánico de navegación.

—Es posible. ¿Pero cómo explica la transmisión que recibimos?

—También podría ser parte de la programación de los sistemas de navegación.

—Lo que me está diciendo es que la nave de Albanny pudo haber vuelto a casa… ¿vacía?

—Puede no ser la nave de Albanny. No es la única nave de su tipo que fue enviada a Aldair Gamma.

Permanecieron unos segundos en silencio.

—¿Eso es lo que usted piensa mientras, tal vez, Albanny esté ahí adentro, intacta?

—No pretenda saber lo que pienso —dijo Paterson y fue como una sentencia.

—Abra el casco, Paterson. Es la única forma en la que sabremos la verdad.

—Lo sé —respondió secamente.

—Esa nave no respondió a nuestros intentos de comunicación aunque lo hemos intentado desde que la detectamos hace casi tres semanas.

Paterson se tomó unos segundos Veía como el jefe de técnicos atravesaba el humo en su dirección.

—Lo haré —dijo.

—Muy bien.

—Lo mantendré informado —y cortó la comunicación.

 

 

—3—

 

El agudo chirrido se detuvo y a los pocos segundos lo hizo el chisporroteo, dando lugar a una seguidilla de sonidos secos y repetitivos, como si se golpeara un enorme y metálico tambor. Luego, un estrépito de metal contra metal y de un gran peso cayendo.

La luz del sol sacudió el polvo dentro de la nave. El primer técnico ingresó con su máquina de análisis que levantó reflejos fosforescentes en el interior de las paredes ovaladas.

—Señor —dijo en un tono de voz muy bajo—. La atmósfera interior está intacta.

Paterson ingresó en la nave. El cuerpo principal era un óvalo alargado. El puente y las salas de soporte vital estaban elevados con respecto del resto.

Se dirigió de inmediato hacia las partes altas sin prestar mayor atención al destrozo por el que caminaba. La nave había extinguido automáticamente todos los incendios, pero un agrio olor a quemado viciaba el aire volviéndolo por momentos apenas respirable. A pesar de esto continuó adelante con los técnicos siguiéndolo de cerca. Pronto llegaron a la sala de soporte vital. En otro tiempo la puerta había sido transparente, ahora era gris y nada se veía a través de ella. Paterson se detuvo y los técnicos lo imitaron expectantes.

—Comprueben la integridad de la sala de máquinas —dijo luego de unos segundos en su habitual tono cavernoso.

Los técnicos se miraron entre sí.

—Señor —dijo dubitativo el que lo había estado informando—. Las salas de máquinas son inaccesibles, estaban en la parte inferior de la nave. Temo que poco pudo haber quedado de ellas.

—Háganlo igual —ordenó secamente.

—Señor —volvió a decir el técnico—. Deberíamos analizar la sala de sueño. Hemos detectado una alta posibilidad de que allí se encuentre alguien vivo.

—Lo sé —casi gritó—. Yo lo haré.

—¿Entrará solo?

Paterson no respondió.

Los técnicos se volvieron a mirar. Lo que se les ordenaba los alejaba peligrosamente del protocolo, pero ninguno se atrevió a volver a protestar. Uno a uno fue abandonando el corredor hasta dejar al gigante barbado solo. Éste limpió con la manga del uniforme un costado de la ventana hasta que dejó al descubierto el sistema que la abría. Luego miró hacia atrás, comprobó que estaba solo y la accionó. La puerta se desplazó silenciosamente a un costado.

Ingresó con paso decidido. Examinó con ojos bien abiertos por la expectación, cada una de las destrozadas cámaras de suspensión. La última era la única intacta, pero estaba cerrada.

Se dirigió hacia ella, tanteó los mandos a su derecha y ésta se abrió con un siseo al despresurizarse.

Paterson cayó de rodillas junto a la cámara sin poder dar crédito a lo que veía. Con una insospechada delicadeza, tomó el cuerpo de la mujer que allí se encontraba, como si estuviera hecha de cristal, y la llevó hasta la mesa de controles frente a las cámaras. La depositó con dulzura, se sacó el abrigo y cubrió su desnudez.

Ella abrió los ojos.

—¿Alba? —dijo él con un tembloroso tono articulado y carente de las exageradas consonantes.

—¿Joseph? —preguntó ella y por respuesta se abrazaron. Un abrazo intenso que trascendía el espacio y el tiempo.

—¿Cómo es posible? —tartamudeó él—. Ha pasado tanto tiempo; once años Albanny. Te había dado por muerta.

—No importa, amor. Ya no. Ahora tan sólo importa que estemos juntos. De nuevo.

—Alba —pronunció su nombre con una infinita ternura y dejó que el llanto contenido escapara libremente.

Lloró larga e intensamente. Todas las lágrimas que había retenido durante tanto tiempo.

La besó y la acarició como si fuera un espejismo a punto de evaporarse. Su cara se hundió en la rubia cabellera y sintió la tibia firmeza de su cuerpo debajo de él. Ella lo acarició y retiró el abrigo que los separaba. Sintió su cuerpo y su sexo. Lo fue ayudando a quitarse el uniforme. Él la siguió decidido. La penetró como un torbellino furioso; sintió el húmedo calor de su interior como un sueño largamente anhelado. Ella se sacudió gimiendo, lo atrapó con las piernas y lo impulsó aún más contra su cuerpo. Él gritó de placer. Repitió innumerables veces su nombre como si la invocara. Ella giró sobre sí misma y lo dejó debajo. Comenzó un movimiento rítmico con las caderas; se alzó altiva con los senos erguidos como dos torres.

—Alba —gimió Paterson. Al mirarla más de cerca presintió que algo andaba mal.

—Estaremos juntos —dijo, y sonó a pregunta.

—Por siempre —respondió ella mientras su ritmo se aceleraba—. Estaremos juntos por siempre.

Él sintió un agudo dolor. La miró de cerca, intentó penetrar la profundidad de sus ojos y cuando al fin lo hizo, sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. Percibió que ella lo examinaba desde adentro, escarbando en cada recóndito rincón de su mente y de su cuerpo. Se sintió débil, incapaz de sacársela de encima. Ella lo aprisionó aún más fuerte con las piernas y con las caderas. Continuó con su vaivén sobrehumano. Paterson la miró, una vez más, confundido, paralizado por un terror que iba creciendo en su interior.

—¿Albanny? —repitió con esfuerzo.

Entonces ella lo miró. Sus ojos eran dos mares negros sin ninguna expresividad. Su boca, esa boca tantas veces soñada y deseada, destino de tantos besos imaginados como antes, dulces, reales, se abrió exageradamente y un grito que había generado leyendas surgió desde su profundo interior.

—Ooorrrrbluuug…

 

 

—4—

 

Paterson salió de la nave y el humo lo rodeó. Avanzó hacia el grupo de técnicos y mecánicos que lo esperaban impacientes junto al transporte.

—No hay nadie en la sala de sueño. La nave no estaba tripulada.

Los técnicos se miraron sorprendidos.

—Señor —intervino el que oficiaba de jefe—. Nuestros instrumentos señalaban un tripulante vivo.

—Pero se equivocaban. Le repito que adentro no hay nada vivo. Seis de las siete cámaras están estropeadas; dentro de la séptima, que está intacta, sólo hay un resto carcomido y consumido por medio siglo de tiempo de lo que una vez fue una mujer de cabellera rubia.

—Señor… —insistió el técnico.

—Compruébelo usted mismo —respondió Paterson.

El técnico obedeció al instante procurando no entablar una inconveniente discusión y se perdió por el boquete en el interior de la nave.

—Debo hablar con el líder de Tertius, la última ciudad humana en el planeta —exclamó Paterson.

Los hombres en torno suyo se miraron sin saber cómo responder.

—Ulrich… —dijo uno de ellos.

—Llámelo por el comunicador —completó otro.

Paterson los miró serio. El viento le sacudía el pelo en la cara.

—No. Debo hablar con él en persona —dijo. Hay cosas importantes de las que debemos hablar. Pero en persona. ¿Hacia dónde está Tertius?

Uno de los técnicos señaló la dirección correcta sin poder salir de su asombro.

La alta figura se perdió en el humo y en la fina llovizna que había comenzado a caer sobre la verde pradera, con destino a la ciudad, del otro lado de las Montañas Azules.

 

 


Álvaro Germán Morales Collazo tiene 37 años y es uruguayo. Estudia psicología. Relatos de su autoría han quedado seleccionados en alrededor de quince antologías. Entre ellos: “Alejandría”, en el IV Certamen de Relatos Breves de la Asociación Cultural Las Alcublas. “Niños”, y “El despertar”, en el VII Concurso de Microrelatos de Terror y Gore (2013), que organiza el Festival de Cine de Terror de Molins de Reis. “Espejo 10?, en la antología Homenaje a Julio Cortazar de la editorial ArtGerust. “Juego de niños 3?, en la I antología de Calabacines en el Ático, Grand Guignol, organizada por Saco de Huesos. “Al final del negro laberinto”, finalista en el I Concurso de Relato Breve Encuentros en la Tercera Frase, organizado conjuntamente por Letras Inquietas y Fata Libelli. “Sótanos”, en el III Concurso de Terror ArtGerust. Homenaje a Edgar Allan Poe. “El zurdo Villalba”, obtuvo una mención en el 8vo concurso “El saber no ocupa lugar”, Tala, Canelones, Uruguay. “El juego de la arena”, finalista en el Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro. “Recorridos”, finalista en el I Concurso de Microrelatos de Terror, Librerío de la Plata.

Ha publicado en Axxón el microcuento 5100.


Este cuento se vincula temáticamente con ROADKILL JOE, de Milo James Fowler y CRONOELIPSIS, de Alejandro Alonso.


Axxón 272

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Invasión extraterrestre, Guerra interplanetaria : Uruguay : Uruguayo).


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