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¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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Inglaterra

 

 

Vi al soldado a través de la ventana del desván.

—Alice Petrag —gritó en su megáfono.

Hice una mueca. No me gustó que usara mi antiguo nombre.

—Queremos que se una a nosotros. Tiene las habilidades y conocimientos que necesitamos.

Eso es algo altamente improbable. No me iba a esconder en un búnker subterráneo con una pandilla de científicos y cobardes que son la nada misma. El soldado no conocía su verdadero deber.

—Muchos de sus compañeros vigilantes se han incorporado —gritó.

Otra mentira; la mayor parte de las fuerzas armadas se habían unido a los vigilantes.

—Te necesitamos. Su voz se apagó. Me pareció que le había dado vergüenza.

Después de una hora de gritar inútilmente, regresó a su camioneta para un cigarrillo y una lata de Coca-Cola, antes de conducir hasta la siguiente ciudad, a la siguiente campaña de reclutamiento infructífero.

Los soldados se dejaban caer cada pocos meses. No eran una gran molestia.

 

#

 

Para las diez y media estaba en casa. El soldado ése había revuelto mis cosas, pero no se había llevado nada. Tal vez debería haber hablado con él. Después de todo, los dos queríamos lo mismo. Tal vez podría haberlo reclutado para los vigilantes.

Me había perdido mi ejercicio de la mañana y la búsqueda de armas. Era el momento de investigar el foro. Revisé la batería de mi computadora portátil y me conecté. Internet aún funcionaba. La red sigue siendo un lugar de especulación salvaje y distracciones improductivas, no hay cambios allí.

Me conecté a Las Furias. Es bueno mantener contacto con personas de ideas afines. Las Furias es un foro únicamente para mujeres. Aunque preciso es admitir, no hay manera de comprobarlo. Yo misma tenía un sinnúmero de avatares y he utilizado un montón de nombres diferentes.

Vi que StoneHeart estaba en línea, y le envié un «hola». Me gustaba StoneHeart. Tenía un áspero sentido del humor.

Ella respondió: —¿Has visto los nuevos mensajes del gobierno? Se están ridiculizando a sí mismos.

Me metí en el sitio del gobierno. «Ciudadanos, por su propia seguridad, les instamos a trasladarse a una instalación subterránea oficial. Estamos desarrollando una estrategia cohesiva. Necesitamos a cada persona sana. Aislados, vamos a fracasar. Si usted es uno de los llamados combatientes vigilantes, le instamos a reconsiderarlo. Únase a nosotros. Juntos, vamos a tener éxito».

Siempre el mismo mensaje, reformulado cada pocas semanas, para tentarnos a los así llamados «combatientes vigilantes».

—Tienes razón, StoneHeart. Son unos ridículos.

Nos mandábamos mensajes de ida y vuelta. Le envié los detalles del ácido que había inventado. Parecía tener un leve efecto en la concha ovoide.

Fue entonces que me envió un mensaje que no me gustó para nada. «Me encantaría que pudiéramos conocernos. Dijiste que eras de Derbyshire. Yo también».

Me desconecté inmediatamente.

Todo mal con mi agenda esa mañana. En lugar de emplear el tiempo en algo útil, sólo daba vueltas de arriba abajo por el jardín.

A las once y media me forcé a sentarme en mi silla para la observación de patrones. Me sentía mejor rodeada de mis armas: cuchillos, una motosierra, diversos ácidos, una variada gama de mezclas químicas, algunas de uso común y otras, más esotéricas. El barril de agua, nunca se sabe. Y luego estaba el lanzallamas. Tenía un buen presentimiento con el lanzallamas.

Tracé los movimientos en la superficie del ovoide, descargando los datos para un grupo que supervisa los patrones. Algunos vigilantes trabajaban en equipos, tenían sus propios búnkeres. No me importa compartir mis datos con ellos pero yo trabajaba sola.

Estaba escaneando los foros de vigilantes, cuando apareció un mensaje de StoneHeart. Esa chica no se daba cuenta de nada. Eliminé el mensaje sin leerlo.

Era mediodía, la hora del almuerzo. Tenía una agenda muy apretada, los ejercicios, la investigación, el entrenamiento con armas, todo a la vista del ovoide.

Una vez más miré mi reloj. No era el momento todavía. Calenté una lata de estofado de pollo para el almuerzo.

Después del almuerzo sí era el momento: la media hora donde me permito pensar en el pasado.

Toqué la piel del ovoide, sentí su calor. Lo extraño que era. Ahora consumía toda mi vida. Cuando era una niña era diferente. El ovoide en nuestro jardín no era más que un lugar sin complicaciones para ocultarse jugando a las escondidas.

—¿Por qué siempre eliges ese lugar? me preguntaba María. —Tú sabes que es el primer lugar donde busco.

Yo era tres años menor que María.

La familiaridad engendra indiferencia. Los ovoides eran sólo formas extrañas que, una generación atrás, habían crecido por todo el mundo. Los ovoides no hicieron nada.

Hasta que vinieron sus padres.

Hace diez años, miramos hacia arriba y nos encontramos con un cielo poblado de formas amenazantes, masivas montañas de carne retorcida, desovando a diferentes escalas de tiempo. Les tomó dos años para completar lo que debía ser, para ellos, un espasmo de éxtasis reproductivo. Eran indiferentes a nuestras desesperadas armas, tal vez enrulados en una realidad alterna.

Cuando llegaron, sus gametos colgaron durante días, oscureciendo el cielo. Hasta que, a instancias de algún estímulo invisible, rasgaron nuestro mundo de papel tisú, nuestras vidas frágiles. Me senté frente a mi casa en ruinas, donde en algún lugar, debajo de los escombros, estaban los cuerpos de mi madre, mi padre y María.


Ilustración: Saurio

Un pequeño porcentaje de gametos llegó al destino previsto y fertilizó los ovoides que aguardaban por ello.

Yo fui uno de los afortunados. Ahora, espero. Mis armas están a mi lado.

He eliminado otro mensaje de StoneHeart. Ella es una molestia, una distracción. Debería cambiar mi avatar y mi nombre. Entonces no podría encontrarme.

Estoy esperando. No voy a permitir que nada me distraiga. Estoy esperando a que el ovoide se parta, estoy esperando que dé a luz a su progenie.

Y cuando emerja, no encontrará lugar donde esconderse.

 

 

Título original: Ovoids © Deborah Walker
Traducción: Pablo Martínez Burkett, © 2016

 

 


Este relato fue publicado por primera vez en Nature’s Futures (2010). Deborah Walker creció en la ciudad más inglesa de su país, Ripley, pero pronto se mudó a Londres, donde ahora vive con su pareja, Chris, y sus dos pequeños hijos. Pueden encontrar a Deborah en el Museo Británico deambulando entre el pasado para conseguir inspiración futura o en su blog. Sus relatos han aparecido en Nature’s Futures, Cosmos, Daily of Science Fiction y en Year Best SF 18.

Ha publicado previamente en Axxón sus cuentos SIBYL, VÁLIDA PARA ALGO y LA TÍA MERKEL.


Este cuento se vincula temáticamente con EL FRENTE DE BATALLA, de Silvia Spruck Wrigley.


Axxón 273

Cuento de autora europea (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Invasión, Supervivecia : Inglaterra : Inglesa).


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