¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 


Ilustración: Luis Di Donna

—Tendríamos que comprar uno nuevo —sugirió Lili, mientras levantaba los platos sucios de la mesa—. El otro día vi el que me gusta en una tienda del centro.

—El que tenemos está en perfectas condiciones —afirmó Edgardo, sin apartar la vista de la pantalla.

—Todo blanco. Siempre quise uno blanco. Con luces blancas y estrella blanca…

Edgardo apuró el último sorbo de vino, se levantó de la mesa, y dijo, lapidario:

—Vamos a usar el que tenemos.

Empujó la puerta de chapa y salió al patio trasero. El alcohol no menguaba sus habilidades motrices, pero lo volvía intolerante a los berrinches de su esposa. Por otra parte, él mismo había embalado cuidadosamente el arbolito del año anterior y sabía que se encontraba en buen estado. Como para dos navidades más, calculó.

Abrió la puerta del cuartucho del fondo, en el que se amontonaban cacharros y demás objetos inservibles, y oprimió el interruptor. La enclenque lamparita parpadeó, arrojando un débil destello ambarino; Edgardo le dio unos golpecitos con dos dedos y la luz se volvió blanca. Varias arañas furtivas escaparon en todas direcciones. Hacía tiempo que no entraba allí. Todos los objetos exhibían una gruesa costra de polvo y telarañas.

Se inclinó y rebuscó entre los cajones de cerveza, detrás de viejas cajas de cartón atiborradas de caños y baldosas, y entre húmedos tablones apilados en los rincones. No había rastros del arbolito por ninguna parte. Traicionera, murmuró Edgardo, lo tiraste a la basura… Ahora sí no había más opción que comprar otro.

Mientras cerraba la puerta del depósito distinguió unos palitos metálicos que sobresalían del techo de chapa. ¿Sería acaso el trípode de la base del árbol? Estiró el brazo y tiró de una de las puntas.

El objeto que cayó a su lado era una especie de bola, del tamaño de una pelota de goma número cuatro, pero con una superficie oscura y oleaginosa similar a la de una canica petrolera. De su parte inferior emergían tres patas rectas y en el otro extremo, una vara del doble de longitud que remataba en un pequeño pico curvo, como el mango de un paraguas.

Edgardo examinó la esfera con detenimiento. A pesar de la sencillez de su estructura era el objeto más extraño que había visto en su vida. ¿Chatarra espacial? Tal vez, aunque la teoría de que aquello fuera un pedazo de satélite descarriado no lo convencía del todo… La alzó por el extremo curvo y notó que era más liviana de lo que aparentaba. En ese instante, la esfera tembló y súbitamente las tres patitas inferiores desaparecieron en el interior del opaco volumen. Sin embargo, en la superficie, extremadamente lisa y patinosa, no había rastros de orificios por los que pudiera salir o entrar nada…

 

Edgardo apoyó la bola en el centro de la mesa, todavía cubierta por el mantel de diseño cuadrillé, y exclamó, con voz lírica y sonora:

—¡Feliz Navidad!

A pesar de haber ocultado las tres patas de soporte, la bola mantenía el equilibrio, y exhibía el mástil en perfecta posición vertical.

—¿Qué es eso? —preguntó Lili, asomándose desde la cocina.

—Un regalo del cielo. A juzgar por su comportamiento diría que está vivo.

—¿No será del Gringo? Siempre tira cosas para este lado, es un roñoso.

—Si está en mi patio, me pertenece.

—No me gusta —declaró Lili, mientras avanzaba hacia el objeto, con precaución—. Sacalo de arriba de la mesa.

Edgardo se interpuso en su camino.

—No lo toques —la previno, repentinamente serio. Había en su voz una nota de hostilidad—. Si corre la misma suerte que el arbolito te juro que te encierro en el fondo.

Aquella tarde, por la siesta, Edgardo tuvo sueños confusos. Vio miles de objetos iguales a su bola, alineados en una gigantesca rampa de acero, y más arriba, en un puente, largas filas de seres muy delgados, cuyas extremidades superiores formaban un travesaño rígido sobre el que no se distinguía ninguna cabeza. Aquellos seres en forma de T se doblaban contra la cornisa, dejando caer las bolas desde lo alto, y luego se retiraban, con aire reverencial. Luego las imágenes se tornaron confusas, incoherentes. Edgardo experimentó una oleada de sentimientos angustiantes. Soledad, vértigo infinito. La desolación de una consciencia perdida en la vasta inmensidad del espacio y el eco de una sílaba que resonaba sin cesar…

Despertó turbado, con aquel balbuceo todavía retumbando en su cabeza. A través de la puerta entreabierta vio la esfera, inmóvil y alerta.

 

—¿Qué pasa, Lili? ¿No estás contenta con el nuevo arbolito? —Hacía media hora que cenaban en silencio. Durante toda la tarde, tras la aparición de la bola, Edgardo había notado una sombra extraña en el rostro de su esposa.

—Quiero que te deshagas de esa… cosa —murmuró, mirando de reojo a la bola.

—Se llama brgoo, o al menos eso es lo que escuché en el sueño.

Lili cruzó ruidosamente los cubiertos sobre su plato, en señal de disgusto.

—No repitas ese nombre. —Su voz era trémula y susurrante—. Yo también soñé cosas extrañas, pero no tengo ningún interés en averiguar de qué se trata. ¿Podés sacarlo a la calle ahora, por favor?

—Tengo una teoría —dijo Edgardo—. Todos esos miles de brgoo dentro de naves espaciales… Hablamos obviamente de una invasión ¿no?, pero con una estrategia muy diferente a la que estamos acostumbrados.

—¿Diferente? —Lili mantenía la mirada baja, mientras deshacía con sus dedos unas migas de pan—. ¿En qué sentido?

—En las películas, las invasiones extraterrestres siempre se llevan a cabo con fuerzas armadas —explicó Edgardo—. Los alienígenas que desembarcan en la Tierra equivalen a nuestras fuerzas de ocupación, salvo que en vez de portar fusiles llevan pistolas de rayos láser y otro tipo de tecnología avanzada…

Lili había levantado la cabeza y ahora lo miraba de costado, incrédula.

—En definitiva —prosiguió Edgardo— los brgoo vienen de otro planeta, pero no creo que sean una raza militar. Mi sensación es que son una clase oprimida de ese planeta en cuestión. Una casta inferior, digamos. Tal vez incluso sean mascotas de los otros seres delgados que aparecían en el sueño. —Se sirvió otra medida de vino, entusiasmado—. Si te ponés a pensar tiene sentido: También nosotros lanzamos al espacio nuestros perros y monos y no se nos movió ni un pelo.

Hizo una pausa, para retomar el hilo, y agregó:

—Otra opción es que sean antenas o sondas diseñadas para transmitir información sobre nosotros, aunque la verdad, lo que yo sentí fue algo más fuerte, algo que no corresponde a un simple mecanismo espía. Un sentimiento de destierro, de sufrimiento… El «brgoo» sonaba casi como un largo lamento de desconsuelo… ¿no te pareció lo mismo?

Lili negó con un lento movimiento de cabeza.

—No… —titubeó—. Para mí, lo que esas figuras espantosas hacían era arrojar sus propias cabezas dentro de la nave.

Edgardo tragó saliva. Era una idea retorcida pero no carecía de lógica. Después de todo, la aberrante anatomía de aquellos seres delgados sugería algún tipo de decapitación. La posibilidad de que aquello fuera una cabeza alienígena, desprendida de su cuerpo pero todavía con vida, lo inquietó. Se giró para observar al brgoo. Su curva superficie pulimentada reflejaba los juegos de luces y las ramas blancas del arbolito que habían comprado esa tarde en el centro. En algún momento durante la conversación había expulsado sus patas inferiores, volviéndose más alto.

Esa noche también tuvieron sueños densos y de naturaleza inexplicable. Diseños en espiral de galaxias lejanas y un profundo sentimiento de desamparo. Pero a la mañana siguiente, cuando despertaron, ninguno de los dos recordaba nada. Esto no les pareció extraño: desde que vivían juntos nunca recordaban los sueños nocturnos, solo los que tenían durante las siestas.

Por la mañana, mientras mateaban en silencio cerca del brgoo —que ahora había vuelto a esconder las patas— sonó el timbre.

—Yo voy —dijo Lili.

Un minuto después apareció en la cocina con el Gringo.

—¡Gardito! —exclamó el Gringo, mientras le pellizcaba amistosamente el cuello—. Nomás venía a pedirte el taladro, pero la Lili me habló de otras novedades. ¿Qué parece?

—Te presento a brgoo —dijo Edgardo, señalando hacia la bola con un movimiento del mentón—. Cuando pierde la timidez le crecen tres patas.

Estuvieron un buen rato en cuclillas, examinando la esfera por todos los ángulos posibles. Edgardo le comentó sobre el extraño comportamiento retráctil de las extremidades.

—Y fuera de eso, ¿se comunicó con ustedes de alguna forma? —preguntó el Gringo, mientras seguía su inspección, ahora con la cabeza casi al ras del piso.

Edgardo cruzó una mirada con su esposa.

—Solo en sueños. Envía imágenes.

—Y un gemido horrible —añadió Lili.

Intercambiaron opiniones y conjeturas, pero no lograron ponerse de acuerdo respecto a la naturaleza inescrutrable del brgoo. ¿Era un artefacto inteligente? ¿Un organismo biológico radicalmente distinto a los que poblaban la Tierra?

—Creo que podrías sacarle un billete si lo publicás —observó el Gringo, incorporándose de un salto—. Pero ojo; ni se te ocurra llevarlo al Observatorio de La Punta: te lo van a confiscar y chau, no lo ves más.

El Gringo sujetó al brgoo del mango curvo y trató de levantarlo. Hizo fuerza con ambas manos y las rodillas flexionadas pero no consiguió moverlo. Ridículo, pensó Edgardo, el Gringo es más atlético que yo. Sospechando una broma de su vecino, Edgardo se agachó, aprisionó la bola con las manos y trató de alzarla. Pero era cierto: de algún modo su peso había aumentado exponencialmente en el transcurso de la noche. Entre los dos no pudieron separarla ni un centímetro del suelo.

—No entiendo. Ayer nomás la entré del patio sin problemas.

—Te dije que la tirés mientras podías… —replicó Lili, restregándose las palmas en el vestido, y al borde de un ataque de nervios.

El Gringo se quedó un momento serio y callado, con las manos todavía alrededor del asta. Parecía fascinado con la negra superficie de la bola. Después sonrió, murmuró unas palabras incomprensibles y salió, olvidándose el taladro sobre la mesada.

El episodio matutino les borró el apetito y no almorzaron. A eso de las tres de la tarde Edgardo informó que se iría a dormir una siesta. Lili estaba sentada frente a la tele del comedor, que tenía el sonido casi inaudible, con una innegable expresión de abatimiento en su rostro. Le devolvió la mirada, como si supiera lo que aquello significaba, y no pronunció palabra.

Edgardo se quedó dormido muy rápido, a pesar de que casi no tenía sueño. Supo que el brgoo se estaba comunicando con él porque su visión tenía una claridad y nitidez que le pareció inusual aun en el más lúcido de los sueños vespertinos. Esta vez no eran nebulosas o cielos estrellados. Lo que tenía enfrente parecía una vista aérea de su propia casa. La cámara, por así decirlo, descendía grácilmente hasta que aterrizaba en el techo del cuartito del fondo, donde quedaba posada. La imagen enfocó después a una mujer de espaldas, que acababa de salir del depósito. Edgardo reconoció en ella a su propia mujer, Lili, porque tenía puesto el mismo vestido con flores que él le había regalado la navidad pasada. Y también por esa fatigosa manera de caminar, casi arrastrando los pies. Llevaba en la mano derecha el taladro, y con la izquierda arrastraba un cuerpo alargado, envuelto en una bolsa de consorcio negra, y amarrado con varias vueltas de cinta scotch marrón: el arbolito de Navidad. En el marco de la puerta trasera que daba al patio distinguió la silueta de una figura masculina. En un principio creyó que era él mismo, pero cuando el hombre emergió del rectángulo de sombra que arrojaba la casa, se dio cuenta de que no era otro que el Gringo. Lili avanzó a su encuentro y en el camino dejó caer el arbolito, que quedó tendido en medio del patio como un pequeño cadáver. Se prendió al cuello del Gringo, mientras éste le rodeaba la cintura con su brazo izquierdo, en el que se veía la inconfundible marca del bronceado que trepaba hasta el codo. La escena no tenía sonido pero, al igual que en el sueño del exilio forzado de los brgoo, Edgardo reconoció una marea de sentimientos mezclados. Burla, indiferencia, lujuria. La imagen se volvió cada vez más difusa hasta que estalló en sus retinas mentales como una diapositiva prendiéndose fuego.

Despertó sobresaltado. Al abrir los ojos descubrió el rostro redondeado de Lili, casi pegado al suyo. La mujer le acariciaba con dulzura la frente, perlada de gotitas de sudor.

—Cielo —susurró—, creo que tenés fiebre…

—No me toqués, atorranta —graznó Edgardo—. Te estuviste revolcando con el Gringo, lo vi todo clarito a través de los ojos del brgoo.

—¡¿Qué decís?! ¿Estás loco? —Le volvió a apoyar la palma en la frente—. Estás delirando de fiebre, cielo…

—No tengo fiebre —gruñió—. Y no me digas cielo.

Se desembarazó de los brazos de Lili, se incorporó y fue al comedor. El brgoo había escondido las patas y giraba frenéticamente sobre su eje.

—Imbécil. Es esa bola de mierda la que te está volviendo loco.

Ofuscada, con lágrimas en los ojos, Lili metió unas prendas y unos escasos artículos de tocador dentro de una mochila. Edgardo seguía sentado en su silla de madera, con la vista clavada en el brgoo.

—Me voy a lo de mi hermana —amenazó Lili, y como no obtuvo respuesta se marchó, dando un sonoro portazo.

El brgoo empezó a girar cada vez más despacio hasta que quedó inmóvil. Un segundo después sacó muy lentamente sus patas. El gancho, de aspecto amenazante, quedó a la altura de los ojos de Edgardo. Parecía que miraban hacia un punto en común.

Un poco más tarde, acostado en la amplia cama de dos plazas y con el brgoo apoyado a su lado, Edgardo oyó los primeros rujidos de una tormenta de verano que se avecinaba. Cerró los ojos, instintivamente. Lo alegró que ya no hiciera falta caer dormido para establecer contacto con el brgoo. Sintió que ahora le era posible enviar señales cifradas al visitante y que éste lo comprendía a la perfección. Su mensaje hablaba de traición, tristeza y desconsuelo. En retribución, el brgoo lo reconfortó con la imagen sobrecogedora de millares de brgoos desperdigados por la faz del planeta. Caían lentamente, como burbujas, en techos, patios y balcones de Helsinski, Borneo, Arizona y Rosario, donde eran rápidamente adoptados por individuos íntegros y compasivos. Como él mismo. Sí, pensó, ahora pertenezco a una familia de seres humanos excepcionales. Somos custodios fieles, unidos para siempre por el amor y la devoción a los brgoo…

Y con este dulce pensamiento en la cabeza, Edgardo se quedó dormido, mientras el cielo descargaba una violenta tormenta de verano.

 

 


Maximiliano Ponce nació el 25 de septiembre de 1984 en Castelar, Buenos Aires. Desde 2011 vive en San Luis, donde trabaja como profesor de inglés en escuelas rurales. Sus faros literarios son Kafka, Rulfo, Dick y Orwell. Es autor de poemas, crónicas y textos de ficción. Este es su primer cuento publicado y forma parte de una colección de relatos en plena elaboración. Dice que aunque incursionó en otros géneros, es en la ciencia ficción donde encontró los medios expresivos apropiados para plasmar sus ideas.

Ha publicado en Axxón DEMOLICIÓN DEL LOTE 37.


Este cuento se vincula temáticamente con OVOIDES, de Deborah Walker.


Axxón 274

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Invasión extraterrestre : Argentina : Argentino).


4 Respuestas a ““La invasión de los brgoo”, Maximiliano Ponce”
  1. Blagaich dice:

    Genial, Maxi. Te sigo. Eres un grosso.
    Por cierto, esta es la segunda obra publicada de Maxi en Axxon (dice la primera… ¬¬). Sigan así, wiiiiiiiiiiiiiii.
    Carpe diem.

  2. Aline dice:

    Muy bueno! Me encantó.

  3. Fabian Garcia dice:

    Hola, quiero saber si puedo publicar este cuento en una revista que estoy haciendo para un curso de mi universidad, teniendo claro que va con todos sus créditos.

    • dany dice:

      Hola Fabián, gracias por escribirnos.
      Los derechos sobre las obras le pertenecen a cada autor. Le haremos llegar tu invitación a Maximiliano para que te contacte.

  4.  
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