¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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CINCO

La Nueva Ola

 

 

Ladyé sólo había estado en las pistas del astropuerto una vez, justo cuando llegó a Margen, y por aquel entonces no era más que un número en una larguísima fila de personas, con una tarjeta de residente en una mano y un bocadillo a medio acabar en la otra. Una vez traspasó las puertas de la estación, no volvió a cruzarlas nunca, no fuera a ser que el servicio de Inmigración se arrepintiera y decidiera revocarle el permiso.

Por eso, cuando cruzó la verja de seguridad y se encaminó al hangar diez, no pudo evitar una sensación de congoja.

El tráfico de naves había sido desviado a las pistas exteriores, mientras que las del centro habían sido valladas y aseguradas por el Ejército. Podía apreciarse a simple vista la frenética actividad que llevaban a cabo los operarios y sus máquinas, preparando el pozo central de despegue para las navesluz.

Slad tenía razón: algo muy gordo se estaba cociendo.

Ladyé tomó un transporte de zona para que la llevara al otro lado de las pistas, donde hangares de un kilómetro de largo perdían su silueta en la distancia, frente a naves posadas que eran tan grandes que se divisaban como manchas difusas en la neblina. Una luz prismática se reflejaba en los motores de aquellas cosas, subrayándolas con esquejes de fosforescencia. Zánganos robot subían y bajaban por la geometría del metal reparando pequeñas taras y haciendo comprobaciones de rutina. Algunos eran atrapados por la luz y asimilados por la estructura de la nave, como si siempre hubiesen formado parte de ella. Estas bajas de guerra al momento eran reemplazadas por nuevos zánganos inmunes a tal parasitismo, construidos sobre la marcha por las fábricas de herramientas antígenas.

Ladyé evitó mirar esos impulsores, esas máquinas gigantescas que movían las circunnavegadoras, pues lo que albergaban no era lógica humana, sino un lapso feroz de mecánicas cuánticas, de instantes de luz y calor que apenas eran descriptibles como “reales”. Conceptos del viaje espacial en los que más valía no pensar para no volverse esquizofrénico.

El hangar diez era una porción (una muy pequeña) de un edificio que albergaba talleres, oficinas, centros de adiestramiento e incluso viviendas para los pilotos en tránsito. La Soñadora atravesó una puerta de cincuenta metros de altura y miró a lo lejos, en la distancia, a lo que contenía aquel extraordinario recinto.

Había un pequeño escuadrón de naves de salto alineado frente a las grúas. Otros zánganos más pequeños cuidaban de estas máquinas y las ponían a punto, mientras los pilotos paseaban a su alrededor y vigilaban que tales manipulaciones no afectaran al resto de los sistemas.

Uno de estos pilotos era Noir.

Ladyé se acercó a él y permaneció quieta a su lado, en silencio, mientras el corsario (que ya no vestía aquella chaqueta estrafalaria, sino un mono gris) repartía instrucciones a los mecánicos.

En cuanto terminó, Noir se giró hacia ella con una radiante sonrisa.

—Vaya, me alegra que usted también haya venido —comentó.

Ladyé frunció el ceño.

—¿”También”?

—Su compañero llegó hará una hora, pero he estado ocupado con el manifiesto de reparaciones.

Como para ilustrar sus palabras, un aburrido Visnú surgió como un títere alto y delgado de detrás de una grúa, con cara de haber estado dormitando mientras Noir ponía orden en el hangar. Vestía unas sedas andróginas que lo confundían a la vez con un caballero y su respectiva damisela cortejada.

Al ver a Ladyé, dobló un poco el torso desde la cintura, en un asomo de reverencia con la cabeza ladeada hacia atrás, para que el vestido la ofreciera envuelta en seda.

—Conque no merece la pena preocuparse por este asunto, ¿eh? —le recriminó Ladyé—. Es una locura a la que no debemos prestar la menor atención, ¿eh?

—Bueno, ya sabes cómo funciona esto: si existe la más mínima posibilidad de que un trato salga adelante, ¿por qué no aprovecharlo?

Ladyé sintió crecer su enfado. Hacía unas cuantas horas ese mismo fantasmón relamido y obtuso la había intentado convencer para que lo dejara. Y ahora se personaba en el hangar antes que ella.

—Quisiste engañarme para que no viniera y poder quedarte el trabajo para ti, ¿es eso? —Los dientes le rechinaban.

Visnú retrocedió, no fuera a pegarle.

—Vamos, cariño, no te lo tomes tan a la tremenda… Sigo pensando que es una locura, pero tu optimismo me convenció. Imitar a los decididos es lo mejor cuando no se tiene impulso propio… —Se sonrió brevemente ante su ingenio.

Ladyé alzó el puño para darle su merecido, pero Noir se interpuso.

—Calma, calma, señores, ¿qué va a pensar un servidor de la calidad de su servicio si dirimen sus disputas abiertamente? —preguntó—. Además, ya les he dicho que hay suficiente dinero para los dos. No es mi intención quedarme con el primer sueño que me ofrezcan y desechar los otros. Por este precio espero que ustedes dos trabajen a fondo durante los próximos días, antes de que me vea obligado a partir.

Ladyé bajó el puño. Sí, profesionalidad, entereza, también eran parte del oficio. El vapuleo que le propinaría a Visnú en cuanto se quedasen a solas, también.

—Enséñenos el dinero —entró directamente en el asunto—. Prometió que nos lo enseñaría, y que incluso podríamos tocarlo.

—Eso, muéstrenos el material —la apoyó Visnú.

Noir asintió.

—Como quieran. Verlo, lo que se dice verlo, ya lo están haciendo. Respecto a tocarlo… creo que aún le quedan algunas costras de ultravioleta duro sobre el casco. Deberán esperar a que los zánganos lo limpien.

Ladyé tardó unos segundos en entender a qué se refería. Pero cuando lo hizo, las cejas salieron repelidas de sus párpados.

Miró a la nave de Noir, la saltadora biplaza de morro chato y aspecto similar a una gaviota con grandes alas retráctiles, y exhaló una bocanada de aire. En un costado llevaba escarificado el número de serie y el nombre de su Inteligencia, que por extensión designaba a todo el aparato: Dura Luz.

—¿Quiere decir… —balbució— que lo que nos está ofreciendo es… es…?

—¿…su nave? —completó Visnú, no menos patidifuso que ella.

Esta sí que era una situación insólita. Un piloto raras veces se deshacía de su nave, y nunca la vendía a terceros. Noir estaba en lo cierto: su precio oscilaba entre los ochenta y los cien millones de fids, pero subjetivamente valía mucho, muchísimo más.

Para la gente normal, de la calle, que soñaba con trabajar durante décadas para poder pagarse el consabido billete-a-ninguna-parte que los sacaría del atolladero, tener una nave en propiedad, un bajel celeste que llamar suyo, era un sueño más allá de la mera fantasía. Era uno de esos objetivos que uno podía marcarse en la vida y no llegar a acercarse ni un milímetro a él, por muchos años que se partiera el espinazo trabajando.

Ladyé y Visnú cruzaron una mirada y clavaron la vista en Noir, que seguía sonriendo como si esperase esa reacción.

—Deje de tomarnos el pelo —amenazó Visnú—. Como broma, no tiene la más mínima gracia.

—No es ninguna broma —aseguró el piloto—. Hay momentos en la vida en que llegamos a una comprensión tardía pero preclara de las cosas. Para mí, ese momento ha llegado. Hasta ahora me ganaba la vida como saltador cercano, llevando mercancías por las rutas cuarenta o cincuenta pozos de gravedad más abajo. Pero ese periodo, esa finalidad vitad, concluyó. Como les dije, he sido elegido para ir al Lejano en una naveluz. —Barrió el aire con una mano—. Eso eclipsa todo lo demás.

—¿No tiene socios o familiares a los que legarles la saltadora? —preguntó Visnú—. ¿Un consorcio de comerciantes que quiera recuperarla? ¿Por qué dárnosla a nosotros?

—Ya se lo he dicho. Quiero soñar, pasarme la vida entera soñando, desde ahora hasta que muera o me trague el Lejano. Es tan simple y tan complejo como eso.

—Usted nos pidió un sueño que lo acompañara en su viaje —terció Ladyé—, pero los sueños no duran para siempre. Y cuando haya partido, ya no podremos proveerle de más.

—Eso lo discutiremos en su momento… —murmuró Noir, enigmático—. Ahora, ¿quieren subir a examinar desde dentro su capital?

Una fisura se abrió en el casco de la saltadora, casi a ras de suelo. De ella surgió un resplandor virgen, de una pureza extrasensorial, como si la noción de calor y protección acabase de llegar al mundo.

Ladyé y Visnú temblaron, ansiosos por explorar aquel útero de alta tecnología. Noir entró primero; en esa acción encontraron el valor que necesitaban para cruzar la puerta y penetrar… en un sitio tan diferente a los escenarios consuetudinarios a su vida que casi parecía soñado.

—Dama, caballero… —dijo con voz de catedral— bienvenidos al interior de mi nave, la Dura Luz.

¡Por el Algebrista!

¿Las entrañas de todas las saltadoras eran así de enigmáticas y de maravillosas?, se preguntó Ladyé. Y si estos aparatos débiles y rudos, anticuados en su diseño y en sus prestaciones, se ofrecían al ojo humano como la encarnación del propósito de una deidad que hablara en máquinas, ¿cómo serían las míticas navesluz, con su geometría no euclidiana y su física dependiente del instante concreto de su existencia?

Aquello era tan distinto de los ambientes asépticos y cómodos, casi domesticados, de una nave comercial, un entorno tan de… de bajel estelar, que Ladyé no sabía si horrorizarse y huir despavorida o quedarse y disfrutar de la sensación de no entender nada.

¿Qué información le estaban transmitiendo sus ojos? Un espacio abierto, no, una suma de espacios, intercalados pero a la vez solapados, con distintos propósitos pero formando parte de una sola cosa, cada uno con su función, cada cual con su propia conjuración técnica.

Las paredes sabían que ellos estaban allí. El suelo y el techo sabían que estaban allí. La matemática del limbo reaccionaba a la presencia de sus cerebros y los añadía como discos duros externos a la mente global. Hacía cosquillas. La nave era un artefacto, pero también un ser vivo, recio y permeable, como un músico que tocase contra sí mismo y después contra el yo así creado.

Todo eso y mucho más, era una nave estelar auténtica.

 

Noir los dejó a solas para que pudieran disfrutar de la sensación de saberse parte de algo más grande. Algo capaz de cabalgar como un potro desbocado sobre las cromosferas solares. La saltadora era un insecto en comparación con la majestad de una circunnavegadora, sin ir más lejos, pero para ellos era la puerta a un universo lleno de posibilidades.

—Aunque aceptáramos el trato y pudiéramos darle lo que quiere —dijo Visnú, cuando Noir se hubo alejado—, no seríamos capaces de pilotarla. ¿Lo has pensado? Hay que nacer para esto, y pasar media vida en la academia para poder sencillamente sacar estas cosas de la órbita de atraque.

—Lo sé —asintió su compañera, acariciando un nódulo de control. Podía sentir el código moviéndose bajo los dedos, aferrándose como cremalleras a las mitocondrias de las células—. Pero conozco pilotos retirados que venderían su alma por otra oportunidad de volar. Si esta nave fuera nuestra… podríamos contratar los servicios de alguno.

—¿Te refieres a Slad? —Torció el gesto—. ¿Ese despojo de taberna? ¿Pondrías esta maravilla en sus manos?

—¿Desde cuándo las manos tienen algo que ver con pilotar una nave, Visnú? Es la mente lo que cuenta. Y la suya, cuando está sobrio, parece capaz.

Visnú resopló, apartándose las sedas de la cara. El código trenzaba sus hebras en ellas oliendo a ozono, a rayo recién caído. Si permanecían mucho tiempo dentro de la nave, su maravilloso tul acabaría por convertirse en otra cosa, o bien siendo integrado en el sistema de navegación.

—Encontré a Pájaro Burlón —confesó Ladyé, apoyándose en uno de los divanes de aceleración. Estaba hecho de gas ralentizado para que pareciera plástico—. Le pregunté si fue ella quien te había cortado. Vive rodeada de payasos y de plantas que sufren.

—¿Sigue siendo una mujer?

—Un poco estrambótica, pero sí.

Visnú sacó su pipa e intentó encenderla. El fuego no surgió. Levantó un dedo y amenazó con dispararle a la consola de mando.

—Dentro de este chisme no se puede fumar. Seguro que el fuego ni siquiera existe como posibilidad física. Ya no sé si quiero comprarlo. —Miró a Ladyé—. ¿Te contó Pájaro los secretos del neurocortado? ¿O se limitó a tomarte el pelo mientras te bombardeaba con jerga mística?

—Ambas cosas. Pero me dijo algo muy interesante.

Visnú esperó a que acabara la frase, y cuando fue obvio que no iba a hacerlo, añadió:

—Aún somos amigos, Ladyé. Creo que podremos seguir siéndolo en el futuro. No merezco tu desprecio.

—No es desprecio. Es… cautela. Todavía no sé si sacaremos algo en claro de esto, pero si es así, quiero estar segura de que no me dejarás en la estacada.

—Soy un hombre muy solitario —concluyó Visnú para sí mismo. Ladyé pensó que ni él sabía qué parte de su frustración era auténtica y cuál era una pantomima. Le pareció increíble, eso sí, cómo de bien equipado estaba su rostro para simular emociones que no eran apropiadas para ninguna conversación imaginable—. No quiero tomarme esto a broma. Esta mañana, cuando me levanté, me juré a mí mismo que dejaría las burlas y el cinismo a un lado cuando pensase en este asunto.

Ladyé asintió, conforme con ese pensamiento.

—Y hablando de sueños… —Se reclinó en el gas lento—. ¿Has pensado en cuál le brindarás a nuestro cliente? A mí, a priori, no se me ocurre ninguno que pueda mantener su frescura o su inocencia durante más de una noche.

—Inocencia… de eso se trata, al fin y al cabo. —Visnú blandió la pipa como un sable infestado de metáforas—. De darles a los hombres lo que perdieron cuando se volvieron medio máquinas. ¿Pero cómo vamos a soñar para un navegante del cielo, cuando su vida es lo que anhelamos nosotros por encima de todo? ¿Cómo seremos capaces de tejerle una fantasía, si cuando cerramos los ojos lo que vemos es lo que él disfruta cada día? —Negó con la cabeza—. No estamos preparados para algo tan sutil. Uno mira a los humanos y los ve ataviados con cualidades interesantes… —Se palpó las sedas empapadas de código. Dentro de poco ya podrían decidir por sí solas si uno más uno era una operación con números reales o no—. Pero en el fondo están confusos. No saben cuándo aparecerá la siguiente encrucijada, ni qué camino tomarán. Y cuando nos piden que los anclemos a la tierra, a la realidad de la noche… nos están diciendo: “Por favor, no dejes que la nube pase sin que para mí signifique nada. Quiero volver a ver los malditos castillos, en lugar de sólo tormentas…”

—Has dado en el clavo, amigo —murmuró la joven—. Pero eso no resuelve nuestro problema. Ese tipo de ahí fuera quiere ver de nuevo los castillos. En realidad es un problema muy simple.

—Vale, pero… ¿cómo hacer que alguien que flota entre estrellas vea castillos en las nubes, Ladyé? —Visnú se desesperaba (y sufría, sufría mucho) con la genuina y desgraciada angustia de un poeta—. ¿Cómo puedes inyectar esperanza en el corazón de una persona, si bogar entre enjambres de auroras boreales y resbalar por la superficie de mundos jamás hollados no lo consigue? ¿Cómo mostrarle paisajes de grandes horizontes, si la curva de la luz sobre las lunas engullidas por el índigo de los agujeros negros no le basta? ¿Te das cuenta de la paradoja?

—Más o menos.

Ladyé se levantó, haciéndole un gesto para que se callara. Noir había vuelto a entrar en la nave.

—¿Y bien? —preguntó, de buen talante—. ¿Les gusta mi humilde carroza?

—Es digna de príncipes —dijo Ladyé.

Eso arrancó una carcajada del piloto.

—Sí, siempre que estén en la ruina. Pero para la gente normal, como nosotros, viene bien. El impulsor a veces se atasca en entornos de más de cien atmósferas, y la Inteligencia es una engreída cuando se le habla de política, pero de resto va bien. —Palpó la pared como un jinete acariciando con orgullo la crin del caballo—. Es un buen potro.

—Mire, Noir, queremos ayudarle, pero…

—¿No van a poder hacerlo?

—Sí —aseguró Ladyé. Sabía que se arriesgaba a faltar a un contrato de trabajo, pero era mejor mentir ahora que perder al cliente—. Por supuesto que lo haremos. Sólo necesitamos un poco de tiempo para prepararlo. ¿Cuándo partirá?

—Dentro de una semana —dijo Noir, y le estrechó la mano—. Muchas gracias. Sabía que podía contar con ustedes.

—Le avisaré en cuanto estemos listos —concluyó Ladyé, y se llevó casi a rastras a su compañero fuera de la nave.

Cuando se montaron en el vehículo que los llevaría hasta la salida, Visnú preguntó, disgustado:

—¿Es que has perdido la cabeza? ¡Habíamos venido para ver su dinero, no para hacer promesas imposibles!

—No es imposible. Pájaro Burlón me dijo que existe una manera. Quizás.

Visnú emborronó sus cejas.

—Demasiados condicionales en una sola frase. “Pudiera”, “quizás”… ¿Qué más te dijo esa zorra de culo inquieto?

—No sabes bien lo del culo… Venga, ve pensando en un sueño, y que sea de los buenos —sugirió—. Voy a seguir el rastro que dejó Pájaro.

—¡Espera, voy contigo!

—No. Pájaro me advirtió que tendría que hacer esto sola —mintió. Era la única forma de sacarse a su insistente compañero de encima—. Nos veremos en el Foro, esta noche.

—Estupendo. Otro gato sin cola que afeitar. —Lo que quería decir en argot era: “Te aprovechas de que posees información privilegiada para tenerme bailando a tu antojo”.

Visnú obedeció, de todas formas, y la dejó marchar por los callejones, otra vez en busca de una quimera. Ladyé pretendía encontrar la manera de llevar a cabo un milagro en alguna parte de aquella apestosa ciudad. Visnú nunca había creído en las intervenciones divinas, pero si había alguna manera de hacerse con aquella nave, de tenerla en propiedad, dejaría que Ladyé se volviese todo lo loca que quisiera.

Se marchó a seguir sus propias pistas mientras se preguntaba, cabizbajo, qué le habría contado esa zorra juguetona de Pájaro a su amiga para tenerla comiendo de su mano. Y, sobre todo, a qué se había referido Ladyé cuando mencionó lo del culo…

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 274

Novela corta de autor europeo (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Viaje espacial, Implantes neuronales, Sueños : España : Español).


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