¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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CUATRO

Pájaro Burlón

 

 

Ladyé fluyó más que caminó por los callejones, con la soltura del que los conoce tan bien como al fondo raído de su bolsa. Se topó con una patrulla de conejos tras una esquina, con los destellos de las torretas y la armadura de acerámica dispuestos en modo de guerra. Estaban asaltando un inmueble del que salían volando las ratas, de dos o más patas, como si alguien hubiese echado una bomba de gas por debajo de la puerta.

Ladyé no mostró más interés por el cuadro de lo necesario. Uno de los conejos la miró y pudo sentir cómo la analizaba en el espacio operador, invocando matemática del mismo aire para cachearla, indagar un poco en sus secretos y llegar a la conclusión de que no suponía una amenaza. Ladyé siguió andando hacia la siguiente esquina, oyendo sin oír las detonaciones de vibroarmas dentro del inmueble.

Dejó atrás ese barrio y cruzó por la arcada de los navegantes, puro escapismo para ricos donde uno podía grabar su nombre en la estela de los gloriosos desaparecidos en el Lejano por una buena cantidad de fids (aunque ni de lejos tan elevada como la que les había ofrecido Noir). Daba igual que no hubiesen pisado una nave o un candelero en sus vidas, lo importante era el dinero.

Un gigoló que se hacía pasar por neurocortador le guiñó un ojo con una pupila divergente. Sus cinco clientes mantenían arrugado el rostro en expresiones de amenaza juvenil, mientras dirigían hacia cualquier otro lado la frustración por saberse menos que un glorioso perdido de verdad. Era difícil saber cuán extraviada estaba una persona, igual que era difícil para esa persona saber a qué distancia estaba de los demás.

Ladyé no tuvo que callejear demasiado hasta encontrar lo que buscaba. Un astronauta que llevaba arremangada la mitad superior del traje de vacío y hacía señas de auto-stop, como si en cualquier momento una nave (o una estrella) pudiese descender para recogerlo, le indicó una dirección junto a los invernaderos colgantes de Sauvy. Esos edificios de cristal no estaban en la zona pobre, pero tampoco le extrañó: si la cortadora había hecho fortuna con sus trabajos, era lógico que hubiese acabado comprando un piso en el barrio alto.

Sauvy era un laberinto de edificios de cristal, alzados a modo de descomunales invernaderos y conectados unos con otros mediante una selva de puentes colgantes, pasillos, túneles y pérgolas del más fino cristal decorado, endurecido mediante inyecciones nanométricas de metal. Contaban que el sol sabía muy bien adónde se dirigía salvo cuando entraba en este barrio. Una vez encarcelado en los boscajes de metal y vidrio, ni siquiera él era capaz de encontrar la salida. Era como regresar a un periodo geológico anterior (o muy adentrado en el mañana) milimetrado para encajar en el diseño inteligente de las dolomías.

Ladyé tableteó con los nudillos en una puerta que parecía un rosetón, con un rostro humano cincelado en cuarzo en el centro.

Un sistema automático de alarma se activó al otro lado.

—Váyase, se ha equivocado de sitio —advirtió una voz que sonaba más a acordes de cítara que a un altavoz convencional.

—Soy amiga de Visnú —dijo Ladyé. Si los sobreentendidos no funcionaban con aquella máquina, se había acabado su búsqueda.

—Márchese, está en un lugar peligroso —insistió la voz.

—Conozco a Visnú, del Foro Melancolía. Es por él que estoy aquí, y…

—Este no es un lugar seguro para los de su especie. Desande el camino, es un consejo.

La situación se prolongó quizá tres minutos, hasta que apareció una sombra al otro lado del rosetón y apagó de un manotazo el altavoz. El rostro de cuarzo se iluminó como si alguien hubiera encendido una lámpara dentro del cráneo, y una voz de mujer preguntó:

—¿De verdad es amiga de Visnú?

—Sí. He venido a propósito de una intervención que usted le hizo hace años, con respecto a su Ópera.

El estrecho panel corredero se disparó hacia atrás. Encuadrados en la abertura había un par de ojos marrones y una porción de piel negra y pecosa. Las pupilas se dilataron por la diferencia de luz y examinaron a Ladyé de la cabeza a los pies.

La puerta se abrió. Pájaro Burlón, si es que se trataba de ella, seguía siendo una mujer, pero su aspecto impactó a Ladyé más por lo arriesgado de sus fisiocortes que por la manera como aquellos ojos, de un marrón hundido entre pestañas de carbón, la escrutaban.

Pájaro tenía la piel muy oscura, casi azul espacio, con erupciones de granos blancos aquí y allá que semejaban distantes constelaciones. Tenía los labios muy anchos y la nariz chata, unos rasgos negroides que contrastaban con el platino de su cabello, tan blanco a la luz de la farola que parecía brillar. Vestía un collage de trozos de tela rectangulares con borlas en los extremos, un gorro frigio (del que se derramaba su melena como una cascada salpicada de bucles), y una falda que al llegar a la pelvis se ensanchaba de manera desproporcionada.

Todo ese genotipo alterado venía a confirmar las dudas que había manifestado Visnú sobre la apariencia de la cortadora: este tipo de profesionales no sólo intervenían el cerebro, sino también el resto del cuerpo. Probaban sobre sí mismos sus diseños y luego los vendían como lo último en DNArte.

—Entre —la invitó Pájaro.

La sala estaba impregnada de una humedad que brotaba del suelo. Enormes plantas nacían de los mismos cristales de las ventanas y se enramaban formando bóvedas, redes vestidas con camisones de telarañas y flores que rompían a llorar con cada estimulación lumínica de los pistilos. Esporádicas lluvias de lágrimas, destiladas en sus pétalos, se desataban aquí y allá bañando el pavimento y a los otros ocupantes de la estancia, pequeños robots con forma de payasos de juguete.

Uno de los payasos se volvió de repente hacia Ladyé y alargó los dedos bajo su nariz.

—¿A qué saben mis uñas? —preguntó.

Ladyé lo miró, sorprendida, pero al momento entendió que era una prueba. Sólo un bohemio sabría qué responder a eso.

Sacó la punta de la lengua y le lamió una uña.

—A pétalos —respondió—. A salitre y atardecer, tal vez.

Pájaro asintió, complacida, y le acercó una silla. Ella se sentó en otra (no había más mobiliario presente) y pidió a los enanos que les sirvieran un té. Tomaron el agua de los charcos de lágrimas de flores.

—Así que una amiga de Visnú, ¿eh? ¿Qué quiere de mí? —preguntó Pájaro. Ahora que estaba sentada, sus glúteos sobresalían por detrás de los muslos como alerones de caza hechos de gelatina. La mujer explicó—: Fisiocorte colonial. Experimento con él antes de ofertárselo a mis clientes.

Ladyé se sonrojó, intuyendo que sus miradas de soslayo no habían sido todo lo discretas que pretendía.

—No hace falta que se explique, yo…

—No me importa, se supone que esto tiene que resultar estético. —Cruzó las piernas y la nalga derecha fluctuó como un flan dulce—. Aún no me ha dicho su nombre.

—Me llamo Ladyé. Trabajo con Visnú en el Foro. Él me contó la historia de su Ópera, y de cómo acabó aquí. —Sintió la necesidad de precisar—: Con usted.

—Es cierto. Le hice un favor hace años que, por cierto, no me ha devuelto. Al menos, no con el grado de satisfacción que me gustaría —sonrió la cortadora, eligiendo una taza de la bandeja que trajo uno de los robots. Ladyé aceptó la otra. Olía a mujer con mejillas coloradas después de haberse desahogado llorando durante horas—. ¿Es usted Soñadora?

—Sí.

—¿Para otros?

—Sí.

—Entiendo. Muy interesante… —Uno de los payasos se situó con discreción en una zona de penumbra, cerca de su señora. Parecía el mayordomo perfecto, de no ser por la estatura y el maquillaje escarificado—. ¿Qué le interesa saber sobre Visnú?

—Yo… sólo quiero saber si es posible retirar una Ópera de un cerebro de modo que el paciente siga teniendo acceso a algunas de sus prestaciones. Es decir… —Esto le sonó disparatado ya desde la primera palabra, pero en el fondo era lo que había venido a buscar—. Quiero saber si una persona sin una Ópera puede descargar sueños del espacio operador. Y engañar al cerebro para que piense que son suyos.

La pregunta impresionó a la cortadora. Parecía una profesional que estuviera a punto de colocar sobre la mesa la suma de su experiencia y la de sus antepasados, pero que en el último momento se retiraba, dudosa de las consecuencias.

—¿Me está preguntando… si se puede extraer información del limbo de control sin tener una interfaz instalada? ¿Es eso? —A priori, la respuesta a esa cuestión era tan obvia, tan de niño que empezaba a abrir sus primeros libros sobre tecnoempatía, que el simple hecho de que alguien se la formulara ya sugería que había truco.

—Me temo que sí.

Pájaro sorbió un poco más de su infusión de tragedia botánica.

—Hace unas horas se me acercó un individuo que quería contratarme por una elevada suma. Necesitaba un sueño, como los demás —resumió Ladyé—. Pero no tiene interfaz.

—Entonces está loco.

Esa frase desalentó a Ladyé.

—Entonces es cierto. No hay forma de resolver el problema de la descarga libre.

La cuchara de la cortadora hizo surcos en el té, curvas de pensamiento que parecían tirantes en aquella pátina elástica.

—No tire la toalla tan rápido —murmuró—. Yo no he dicho que sea imposible.

—¿Entonces es factible? ¿Se puede hacer?

—¿Qué interés tiene en que así sea?

Ladyé alzó los hombros.

—Económico —dijo con sinceridad—. Si ese tipo no está loco ni está intentando estafarnos, y yo tengo dentro de mi cabeza lo que él busca, podré retirarme después de este trabajo. Comprarme una casita en otro mundo lejos de las órbitas de atraque.

Pájaro sonrió. Sí, eso era lo que ansiaban todos, incluso los que ya vivían en aquellos mundos idílicos.

—Lo que dije fue “entonces está loco” —dijo la cortadora—, porque la cordura es un aleteo de mariposa que cuesta prolongar en el tiempo una vez se ha extirpado una Ópera. ¿Acaso Visnú te parece cuerdo?

El hombro de Ladyé fue a encontrar su barbilla. No, desde luego que no se lo parecía. No era un loco peligroso, sino más bien uno egregio y petulante, pero cualquiera que siguiese el hilo de una de sus extrañagantes conversaciones se daría cuenta de que había un cable pelado haciendo masa en alguna parte.

—La locura es buena, es una antigua amiga de los pilotos —dijo Pájaro Burlón—. Les aporta el combustible sensorial necesario cuando toda referencia exterior se ha convertido en humo. —Hablaba como si ella misma hubiese estado allá arriba y supiera bien cómo dolía esa sensación, así que Ladyé se limitó a mirarla con asombro y dejarla hablar—: Todo el mundo ha oído hablar de la Ópera. Casi todos los jóvenes se la implantan en cuanto cumplen la mayoría de edad para resultar competitivos en el mercado de los Insomnes, pero pocos saben que como interfaz es sólo el más eficiente, no el único. Ni el menos nocivo.

Le tocó a Ladyé remover la mezcla de su taza.

—¿A qué se refiere?

—La Ópera no es más que un juguete caro, comercializado como si fuese la panacea de la nueva sociedad. Pero si hablamos de tecnología debemos hablar también de matemáticas. Y no sólo de las actuales, sino del álgebra antigua, la que hoy se considera pasada de moda. —Antes de que Ladyé pudiese decir nada, la mujer de piel oscura y glúteos como barreños de aceite continuó, pisándose su propia frase—: No crea que todos los paradigmas lógicos son eternos: existen porque explican cosas, pero cuando la explicación se vuelve demasiado compleja o demasiado metafísica, las pizarras son borradas y se empiezan a buscar nuevas ecuaciones, no necesariamente cabales, pero sí útiles.

—¿Existieron… antiguamente otras versiones de la Ópera?

Pájaro entregó la taza al payaso y éste la premió con un movimiento de su naricilla pintada, como si él fuera el amo y ella la sirvienta.

—Mira a la costa. A cualquier costa —sugirió—. A las olas que apilan sus propios restos contra las rocas. Eso es la ciencia, ola sobre ola sobre reflujo de olas. Lo que hoy es cierto, ayer fue un mito y mañana una vergüenza. Los humanos hemos conseguido acceder al limbo igual que hacen nuestras naves, extrayendo de él más problemas que soluciones, aunque pocos quieran admitirlo. Sin embargo, antes que nosotros, otros lo lograron. —Afiló los ojos. Ladyé tragó saliva. Sentía la garganta reseca, a pesar del té—. Es una simple cuestión de perspectiva, de centripetismo cultural. Puede que tu amigo el astronauta haya descubierto retazos de esa ola primigenia que llegó a nuestra playa antes que la actual. Que pueda leer su onda y saborear su espuma, o bien sepa cómo recolectar las conchas que abandonó como testigos.

—Olas sobre olas… —repitió la Soñadora, fascinada. En todos los años que llevaba ejerciendo su oficio, nadie le había hablado así, de una forma tan profunda y tan críptica al mismo tiempo. Era como una emboscada para empujarla al interior de sí misma, en busca de aquellos planteamientos que nunca le habían importado porque no eran necesarios para ejercer su oficio—. Pero… ¿quién pudo poseer esta tecnología de neurocorte antes que nosotros? ¿Quién compartió el espacio con las naves antes de…?

Enmudeció.

Por supuesto. La respuesta era totalmente lógica.

Pájaro Burlón se levantó y le tendió la mano.

—Ya tiene lo que buscaba. Espero que algún día pase por aquí para agradecérmelo, no como su colega Visnú.

—Claro… —susurró Ladyé, aturullada por sus propios pensamientos. Comprendió que estaban hablando de un precio—. Claro, claro, claro. ¿Qué le debo por su ayuda?

—Lo que usted vende. Un sueño. Pero uno bonito, verdaderamente hermoso, que tenga que ver con plantas que lloran y sus amores perdidos…

La mujer abrió los brazos coincidiendo con la intrusión de un rayo de luz, y una cascada de pesares herbarios llovió sobre ella. Sólo entonces Ladyé tuvo una visión fugaz del taller que se escondía tras el muro de vegetación, y que era donde Pájaro practicaba su arte. Las ramas con hojas se apartaron y vio camillas con cuerpos tendidos. Extrañas máquinas provistas de apéndices de insecto y ojos de cristal los tejían (no los esculpían, modelando carne o huesos, sino que los tejían a partir de finas hebras de un material rojizo).

Aquellos cuerpos le dieron mala espina: ¿estaba viendo clones sin vida, proyectos inacabados… o a verdaderos clientes en plena metamorfosis de un concepto vital a otro?

Era imposible saberlo. Igual que los cuadros, los trabajos de cirugía sólo podían juzgarse cuando se contemplaban desde lejos, con visión de conjunto.

Ladyé abandonó aquel palacio de plantas que sufrían y enanos que reían eternamente. Se preguntó si la razón que se escondía detrás de ambas emociones era la misma, y salió a la calle, a la trastienda en mal estado de la ciudad.

El nombre que había surgido de su memoria cuando Pájaro recondujo sus pensamientos volvió a ella.

Por supuesto que existía alguien que había vivido la anterior ola de la ciencia. De hecho, era más que probable que la hubiese provocado ella. El problema era que, aunque habitaba en la ciudad junto con los humanos, raramente conversaba con ellos. Vivía en un paradigma de la realidad tan distinto, tan egocéntrico y absurdo y sofisticado y pseudo-divino, que nada de lo que los hombres pudieran aportar le interesaba lo más mínimo.

Ladyé volvió sobre sus pasos al Foro Melancolía, fraguando en su atareada cabeza una manera de interrogar, sin morir en el intento, a la IA estagilita.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 274

Novela corta de autor europeo (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Viaje espacial, Implantes neuronales, Sueños : España : Español).


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