¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

“Facilis descensus Averni”

Virgilio, La Eneida.

 

 

. 1 .

Javier

 

 

Como todas las tardes, en el viejo bar de Independencia esquina Aramburu, Javier se ubica en la mesa que da al gran ventanal. Tras las ornamentadas letras invertidas que anuncian formando un arco Bar Asturias – Minutas – Desayunos, ve los mismos autos de siempre, los de antes del embargo: esos Torino, esos Peugeot 504 y 404, esos taxis Renault 12, esos Falcon trabajados infinitamente por manos de chapistas, de rectificadores de tapas de cilindros, de gomeros. Esos automóviles destruidos pero andadores le son conocidos como si fueran un pariente más, sensación que lo lleva a murmurar por enésima vez: “¿Y yo de dónde saco una bujía nueva, cuando cada vez me cuesta más que se produzca alguna chispa en mi motor?”. Decide no pensar, se siente tiritar de frío y grita:

—¡Gaita, un café con leche con tres medialunas y rápido, que me congelo!

El dueño del bar, casi ciego, flaca y seca su triste figura, le responde en el mismo tono:

—Jo’er con el tío Javier y su puñetero apuro, que yo no soy tu mare ni tu pare para que me apuréis así.

—Gaita, que no sos mi madre me lo puedo imaginar, pero por qué no mi padre. ¿Vendías café a domicilio en Agronomía en el año ’61? Mirá que la primera palabra que dije fue “coño”.

—Pues os tengo malas noticias, chaval. En Agronomía estaba la distribuidora de café, así que ese “coño” bien se lo podéis enrostrar a unos vente gaiegos que hacían la zona. Y tú, Marito, llévale rápido el pedido a este desalmao hijo’sumare, que no respeta ni su puñetera memoria. Cinco medialunas, dos a la memoria’e su santa mare.

Javier abre, como todas las tardes, el maletín para hacer balance de lo vendido e ingresado en el día. Había sido una jornada especialmente productiva: cinco chocolates (así se había acostumbrado a llamar a los cheques robados) en el bar de la estación de subte de Leopoldo Lugones —apenas un mostrador de mármol grasiento, moscas muertas e incómodos taburetes—. Tres chocolates a un comerciante de camperas de Murillo con quien se encontró en un banco de la plaza Curutchet. Un chocolatito a un octogenario que tuvo la humorada de decirle que con ese cheque pensaba pagar su entierro así que le preocupaba poco que luego se lo reclamasen, en el bar de Oribe y Vuelta de Obligado, casi frente a Tribunales. Y los tres chocolates en La Giralda.

“Linda mina la boga que se llevó los chocolates en La Giralda”, piensa. No tiene la certeza de que fuera abogada, pero rara vez su intuición falla. “Piola, las preguntas justas, y un brillo juguetón en la mirada”. Por un momento había pensado en abordarla, pero el eterno miedo de que fuera una 4C de civil lo frenó, y terminó la operación clandestina rapidito y sin distraerse. Le había dado a la abogada los mejores chocolates que tenía; uno del Banco de la Dignidad Hispano-Americana y dos del Macro-Victoria, todos de las Lomas de San Isidro.

“Cagón”, se incrimina cuando recuerda con especial nitidez el brillo de los ojos de la mujer, y siente impotencia y zozobra. Vuelve a mirar hacia fuera. No lo satisface lo que ve, “debería cambiar de barrio, o cambiar algo. No sé qué”.

Ávido, cuenta las ganancias del día: veinte mil patriotas. Separa los billetes grandes de los chicos. Alisa los billetes arrugados, acariciando sin querer las caras de Farrel, Rojas y Hernán Sosa. Cuando se da cuenta de lo que hace, tiene ganas de lavarse las manos, siente un asco indefinido pegado a sus yemas.

—¿Buenas ventas, don Javier?

Marito le alcanza, además de la humeante bebida y las facturas, dos periódicos: el Diario del Pueblo y El Caudillo. Javier toma el primero y tira el otro sobre una mesa cercana.

—Gracias, Marito. Me alcanza para mandarle algo al pibe, de vez en cuando. La comida en el Servicio Patriótico quizá hasta sea peor que la que ustedes venden acá, así que imaginate.

Marito sonríe, su cara es un mapa de arrugas:

—¿Cuánto le falta al muchacho, don Javier?

—Un año. El primer año lo hizo en Cangrejillos, en Jujuy, y el segundo en Uspallata, en Mendoza.

Marito se inclina y le susurra:

—Don Javier, mi hermano tiene un almacén en Brandsen. Un negocio chico, que apenas le da para vivir, pero anda con problemas…

Un sonido de crujir de papel corta la frase del mozo: un seco e inconfundible sonido de papel perforado que se desprende. Como un prestidigitador, Javier extrae del maletín un rectangulito rosado. El anciano lo toma y lo hace desaparecer con presteza en el bolsillo de su pantalón negro, bajo el delantal mugriento. Agradece, y se aleja arrastrando los pies.

“Siempre lo mismo, primero te miran como si fueras leproso y después te usan cuando tienen que salir de algún apuro”, piensa, y hace un esfuerzo para que el fastidio no se le note.

Revisa minuciosamente la información de policiales del Diario del Pueblo. Hoy informan cinco asesinatos con robos: uno en Turdera, en la guardia del hospital: algo relacionado con psicofármacos; una mujer en la puerta de un banco en Bernal; dos hermanos en un suntuoso chalet en Martínez; y por último un cadete en el microcentro, ultimado por un motociclista que huyó por la avenida Soberanía Nacional.

Anota pacientemente los nombres, las zonas y alguna característica del robo en una pequeña libreta.

Luego, al recibir chequeras nuevas, descartará las que suponga estén conectadas con estos hechos de sangre. Este pobre mecanismo, lo sabe, no quita que algún cheque, por ejemplo el que le acaba de dar a Marito, pueda proceder de un hecho sangriento que no haya salido en los diarios, y un regusto amargo le queda en la boca cuando realiza esta tarea. Y eso que, probablemente, él sea el único chocolatero que tiene semejantes pruritos. Otros ni eso, y venden tan tranquilos cheques que seguramente estén siendo rastreados por los sabuesos del 4C.

“Basta por hoy”. Se dirige al baño con el maletín. Como todos los días, soportando el hedor a orines mal lavados y chapoteando en el agua turbia que pierde de la junta del inodoro con los cerámicos flojos y descoloridos, levanta la tapa y se para sobre él. Estirando los brazos, corre un panel del cielorraso, dejando una abertura suficientemente grande como para introducir su maletín dentro. Vuelve a colocar la placa de yeso en su lugar. Se le llenan las manos de polvo, y se las lava rápidamente.

“Una vez dejé el maletín abierto y al otro día las libretas de cheques aparecieron mordisqueadas por las ratas”, recuerda asqueado.

Sin el maletín se siente liviano. “Si los 4C reventaran mi departamento no encontrarían nada de nada”. Decide ser generoso y deja un arrugado billete de quinientos patriotas bajo el tazón de cerámica blanca.

Sale al frío para caminar las pocas cuadras que lo separan de su casa.

Intenta no mirar lo que lo rodea. En especial los afiches de la última campaña publicitaria que se repiten en las viejas pantallas municipales: JUGAR A LA LOTERIA OFICIAL ES SERVIR A LA PATRIA, ilustrados por la imagen de un conscripto tullido en uniforme que sostiene, sonriente, una papeleta con el brazo que le queda. Ya hace demasiados años que camina así, realizando la difícil operación mental de abstraerse. No es el único: en la calle se ven transeúntes hablando solos, con gestos enajenados. Javier no puede evitar cruzarse con los mendigos que se arrellanan en los zócalos de los innumerables locales cerrados del Once. Mientras camina por Castelli, cuenta sólo tres locales abiertos en la cuadra que va desde Facundo Quiroga a Soberanía Nacional. Los carteles de SE ALQUILA atados con alambre son el único toque de color sobre las cortinas metálicas oxidadas.

En las esquinas de Soberanía Nacional, muchachos sin brazos o en sillas de ruedas con camisas de camuflaje militar piden limosna. Las monedas caen en quepis militares dados vuelta en el piso. Uno, con la cara quemada, lo saluda sonriente con una mano en la que faltan tres dedos. Javier le responde; ni sabe quién es pero no descarta haber conversado con él en alguna oportunidad. “No descartaría haber conversado en alguna oportunidad con el Diablo mismo si éste se me presentara”.

A pesar de que hace ya siete meses que no funciona, igual aprieta el botón del ascensor en la planta baja de su edificio. Nada sucede tras pulsar el botón: ni un ruido de cables moviéndose, ni un zumbido, tampoco se enciende la luz verde del pulsador.

El cartel de cartón escrito que informa NO FUNCIONA se despegó y nadie se tomó la molestia de levantarlo del suelo. Javier lo pisa con bronca.

Para llegar al cuarto piso debe detenerse, frecuentemente, en los rellanos de la escalera para recobrar el aliento. El edificio tiene ocho pisos, varios vecinos están bastante peor que él. Llega a su puerta jadeando, con palpitaciones y el corazón desbocado.

Ya en su departamento, pone a calentar agua para el mate y se queda abrigado como cuando entró. Por atrasos en el pago de expensas le cortaron la calefacción central.

Pasa mecánicamente la perilla de su pequeño televisor panzudo y rojo de un canal a otro, de Al-Jazeera a Telesur, a China Cultura TV, a Novedades Apostólicas.

En Novedades Apostólicas mira el milagro del día: un bebé que nació con una mancha que es la réplica exacta del mapa de las Islas. Los peregrinos hacen largas colas ante el rancho de chapa para tocar al bebé. Javier mira fascinado y masculla: “Hijos de puta, no tienen vergüenza. Hasta se notan las marcas de la birome”.

Tampoco le interesan los otros canales de la televisión local: El Caudillo TV, TeleTeatro, TelePueblo, Telejército. En TeleNostalgia, que ese día tiene pésima señal, emiten un capítulo de “Viendo a Biondi”, justo el tipo de programa de antes de la guerra que a él le gusta. Escupe el primer mate frío mientras en la pequeña pantalla en blanco y negro el cómico, con camiseta a rayas y sombrero chato, se da de estrepitosas cachetadas con un gordito de traje de marinero.

En algún lugar del pequeño departamento, detrás del armario, duerme en antinatural vertical una mesa de dibujo. Unos tubos rojos contienen amarillentos papeles vegetales con bocetos que nunca pasaron a obra. El diploma de la Facultad de Arquitectura ni siquiera adorna alguna de las paredes descascaradas, sino que acompaña a la mesa de dibujo dentro de un marco con el vidrio rajado.

Cuelga la bufanda de un perchero, deja el saco sobre una silla, abre la heladera, pone dos huevos a hervir. En la heladera hay sólo media Gaucho-Cola, una Soja-Up, una ginebra y algunas fetas de fiambre en un paquete de papel. Toma mate mirando distraídamente, ahora, a un abogado con lentes de carey que sella papeles en forma frenética y habla con voz pastosa de beodo.

Mientras los huevos se cocinan, Javier revisa meticulosamente unas estilográficas Rotring, desarmándolas, limpiándolas y volviéndolas a armar. Las Rotring están en un lujoso estuche plástico, y parecen ser el único artículo suntuario de la casa.

La chicharra del teléfono lo saca de sus cavilaciones. Suena irritante, como el timbre de una casa vieja.

—Diga.

—Señor Martínez, queríamos informarle que la mercadería que pidió está lista, queríamos saber si mañana pasa a retirarla. De las diez unidades que pidió, tenemos siete.

“Es el Bebe Chorizo, con siete chequeras robadas”, piensa.

—¿Quién habla, Balbuena?

—Sí, señor Martínez, habla Balbuena.

Balbuena es la clave para decir “compro”. Santagada, “no compro”. Y Javier no se apellida Martínez ni remotamente.

—Y digamé, ¿cómo anda de la operación su sobrina, señor Balbuena?

Su sobrina es Almirante Rojas y Urquiza. Otros parientes son la clave para encontrarse en otras esquinas: su suegra es Oribe y Pasteur, su yerno Soberanía Nacional y Ríobamba.

—Muy bien, señor Martínez. ¿Lo esperamos mañana a eso de las diez, le parece?

Las diez serían las doce.

—Mañana a las diez, Balbuena. En el depósito. Y la próxima vez, llámeme más temprano si no es mucha molestia, Balbuena.

—¿Sabe qué pasa, Martínez? La mercadería está fresquita, acaba de entrar. Lo veo mañana.

Cansado, apaga el televisor. Luego de comer dos huevos duros acompañados por el mate, las cáscaras quedan sobre la mesada. Un zumbido hace vibrar un punto blanco que queda suspendido en el centro de la pantalla, como si no se quisiera ir.

Apaga las luces antes de acostarse. Aunque las apague todas, puede desvestirse perfectamente pues su habitación parpadea como todas las noches. Entre los postigos de la ventana entra la luz titilante del enorme cartel publicitario que hay en el frente de su edificio y que tapa todas las ventanas desde el segundo al octavo piso. La luz pasa del naranja al rojo, del rojo al violeta, del violeta al azul, del azul al verde, del verde al amarillo y del amarillo nuevamente al naranja. Javier sabe que, desde afuera, se lee desde varias cuadras:

 

¡ARGENTINOS A VENCER!

 

Ve ya sin ver cómo sus cobijas, su cocina, su mesa, se tiñen de los distintos colores a intervalos de treinta segundos. Cuando la luz pasa nuevamente al amarillo, una pequeña línea le llama la atención sobre el bolsillo delantero del saco colgado sobre una silla, al lado de la cama. Prende el velador: una tarjeta asoma de su bolsillo rígida, impecable, las letras sobredoradas y una bandera argentina en uno de sus ángulos.

 

Dra. Claudia Quiroga Peña Ortiz

Abogada – Estudio Quiroga Peña Ortiz

QUIEBRAS

Talcahuano 623 – 4to. “C”     49-5643

Buenos Ayres – Capital de la Dignidad Nacional

 

No recuerda haber recibido esa tarjeta, pero puede ser que en los momentos de tensión la haya tomado y se la haya puesto mecánicamente en el bolsillo, sin darse cuenta de lo que hacía. También cabe la posibilidad, piensa, de que la abogada de La Giralda se la hubiera introducido subrepticiamente en el bolsillo. Mirando la tarjeta, mientras prende un cigarrillo, se dedica plácidamente a recordarla en detalle. Sí, era bonita: tendría aproximadamente su edad, los pequeños anteojos y los rulos rojizos enmarcaban una mirada inteligente. “¿Y qué hacía una tal Quiroga-Peña-Ortiz-etcétera comprándome chocolates?”.


Ilustración: Tut

Un estado de repentina lucidez le hace sonreír. “¿Y si la compra fue sólo una excusa para introducir su tarjeta en mi bolsillo? Una abogada especialista en quiebras bien puede darse el lujo de ‘quemar’ cinco mil patriotas sólo para conocer un hombre que le gusta”, razona. A pesar de las calamidades, Javier sabe que aún conserva cierto aire de dandy-en-decadencia que atrae a las mujeres.

“¿Y si fuera una 4C de civil? No parecía, pero ¿alguna vez lo parecen?”.

“¿Y si fuera lo que parecía que era, ni más ni menos que una mujer intentando establecer un contacto conmigo?”. El humo del cigarrillo pasa por los diferentes estados cromáticos del cartel. Javier mira su departamento y no sabe si reírse o llorar. “¿Y acá pretendo traer a una mina así? ¿A subir cuatro pisos por escalera para mirar románticamente un cartel del lado de atrás?”. Las casas de citas —”telos”, como las llamaban— habían sido demolidas en la intendencia de “Topadora” Astiz, recuerda.

Javier mantiene una casita en Las Toninas. Hace dos años que no va, desde que Sergio, su hijo, entró al servicio patriótico. “Quizás…”.

Apaga el velador. Se desea a sí mismo, como hace años, buenas noches. Por fin se queda dormido, casi como un niño, con una mano sosteniendo la tarjeta y la otra aprisionando su miembro enhiesto.

 

 


¡ARGENTINOS A VENCER!

Manual del Alumno Patriota – Editorial Sudatlántica

Hojas de Trabajo Nros. 45-46 – Tercera graduación (Alferecitos)

Con Supervisión del Ministerio de Planificación Escolar Estratégica

(Pruebas de galera)

 

INFANCIA DE HERNÁN SOSA

 

Alguna vez nuestro venerado prócer Hernán Sosa fue un niñito como ustedes. Allá en el humilde pueblito de Yapeyú, en la provincia de Corrientes, Hernán Sosa nació en un pobrísimo ranchito como el que muestra la ilustración, el día 2 de abril de 1963, para alegría de su padre carpintero y de su Santa Madre, entre los animales de su pequeña granja. Un tiro de bengala que se le escapó a un gendarme iluminó la noche en el momento del alumbramiento.

ILUSTRACIÓN. Alumbramiento de Hernán Sosa – Bengala ilumina la noche.

Ya de pequeño Hernancito mostró su celo patriótico. Jamás faltó a clase y enseñaba a leer a sus numerosos hermanitos. Ayudaba a su padre en sus tareas carpinteriles y a su Santa Madre en el cuidado de sus numerosos animalitos.

Hernancito aceptaba con sumisión las órdenes paternas. Todos los domingos, con frío o con calor, iba descalzo a misa de la pequeña capilla de Yapeyú distante 12 kilómetros de su humilde hogar. ¡Reflexionen sobre ello, pequeños patriotas, cuando desobedecen una orden paterna o cuando desean permanecer en las tibias cobijas del lecho los domingos a la mañana, en lugar de regocijar el espíritu al calor de la Santa Iglesia!

3 ILUSTRACIONES. 1-Hernancito atraviesa la nieve. 2-Hernancito atraviesa el sol calcinante. 3-Hernancito atraviesa la lluvia torrencial.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 275

Novela de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Ucronía, Distopía : Argentina : Argentino).


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