¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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. 10 .

Requiem para Rocinante

 

 

Javier estaciona en el garaje del edificio suntuoso. El portero, manguera en mano, observa con desagrado el vehículo. “Qué mirás, chitrulo, ¿nunca viste un Porsche?”, piensa Javier, y le ordena, como si fuera el dueño de Barrio Norte:

—Llame a la doctora Claudia Quiroga Peña Ortiz, tercero “A”.

El Fitito ha conocido, seguramente, tiempos mejores. El rojo de su chasis se confunde con lamparones de óxido, que la luz de la mañana muestra en forma impiadosa. La inexistencia de uno de los faros delanteros lo hace definitivamente tuerto. Adentro los asientos están rotos y el tablero no tiene más que el medidor de nafta y el arranque. Los otros instrumentos son agujeros con marañas de cables ennegrecidos. La palanca de cambios es un caño terminado en una rosca.

Claudia baja, mirando de soslayo a ambos lados de la calle. Lleva solamente una pequeña valija. Baja con un niño enfurruñado, de peinado taza y buzo de rugby del SIC.

—Maxi, saludá a Javier.

El portero la ayuda a poner la valija en el asiento de adelante. El niño mira con curiosidad el auto y a su conductor. En el tablero, del lado del acompañante, un cartelito pegado con cinta adhesiva:

 

LA PINTA ES LO DE MENOS. ROCINANTE

 

Claudia, aún terminando de acomodar sus cosas:

—¿En serio este auto se llama Rocinante, o me estás cargando? ¿Y entonces, vos sos el caballero de la triste figura? ¿Y no será Las Toninas ese famoso lugar de cuyo nombre no quiero acordarme?

“Esta abogada se tiene bien leído El Quijote”, se sorprende Javier.

El auto arranca con zapateo de pistones que no se ponen demasiado de acuerdo con el carburador. El caño de escape atado con alambre hace un estrépito de mil demonios.

Toman por Santa Fe rumbo a Conscripto Hernán Sosa. Detrás de ellos, un automóvil se pone en marcha. Un Ford Falcon impecable, gris metalizado, de vidrios polarizados azules.

Sin chapa.

Ni bien Maxi se duerme en el asiento trasero, Claudia se pasa adelante, y acomodan la valija atrás cuando cargan nafta en la CBV —Combustibles Bolivarianos de Venezuela— de Independencia y Conscripto Hernán Sosa. Las empleadas de la estación de servicio lucen ceñidos bodys azules con manchas de camuflaje y boinas rojas.

Tienen suerte: la cola es de sólo media cuadra. El combustible suele desaparecer de los surtidores a veces tres, cuatro, diez días. Los automóviles cargan, además del tanque, varios bidones de nafta que acomodan en los baúles. Los que no poseen bidones o dinero suficiente cargan en botellas de gaseosa.

—Claudia, deberíamos cargar algún bidón. Ponelo a Maxi a dormir entre el carburador y la bomba de nafta, así tenemos más lugar.

Es uno de esos días luminosos de invierno, sin una nube. Por los costados de la autovía Orcadas del Sur se alternan casillas de chapas con los alambrados electrificados de los barrios cercados. Suntuosas entradas con complicados juegos de fuentes, palmeras y garitas de vigilancia anuncian Barrios de la Victoria I, II y así hasta llegar al XII. Algunas viejas gigantografías oxidadas de “¡ARGENTINOS A VENCER!” aún perviven al costado de la autovía, las de los primeros años de la guerra. Otras, más modernas y montadas sobre armazones, publicitan la última campaña de la Junta Cívico-Militar. Se lee sobreimpreso sobre una bandera argentina flameante:

 

SOPORTAMOS EL CRIMINAL EMBARGO CON DIGNIDAD

 

Una pareja de jóvenes sonríen bajo la bandera en un ángulo inferior del cartel. En el otro ángulo, el sempiterno slogan: “¡ARGENTINOS A VENCER!”. Ese cartel se repite en distintos tamaños a lo largo de la autovía. Muchos carteles viejísimos de publicidad, que nadie se tomó el trabajo de desmontar, publicitan productos comerciales de empresas que ya no existen. La Orcadas del Sur es un gigantesco museo publicitario de cientos de kilómetros.

Se acercan al primer retén de gendarmería a la altura de Indios Quilmes. Javier ve los pastores alemanes gruñendo, la fila de autos detenidos al costado de la ruta. No puede evitar encender su primer cigarrillo cuando es interpelado:

—¿Y esa valija, ciudadano?

—Llevamos al pibe una semanita a Chascomús, mi Capitán. Un poco de aire le va a hacer bien, y a nosotros ni le cuento.

—¿Y con ésto piensa llegar a Chascomús? —sobrador, el gendarme patea el chasis con el borceguí, apoyando la suela en el paragolpe y flexionando la rodilla—. Vaya y apúrese, que “ésto” se desarma antes de El Pato.

 

 

—Simpático el milico. Me podría haber pateado algún bollo, a ver si me lo endereza.

—¿Simpático, Javier? ¿Te pareció simpático?

—Vos esperá que nos vayamos acercando a la costa atlántica y te aseguro que lo vas a extrañar. Lo vas a recordar como a un primo que hace chistes o a un tío que regala caramelos.

Pasando el segundo retén, Jadson, con suerte similar, comienzan a ver un paisaje menos ominoso. Las barriadas paupérrimas se trocan por invernáculos. Lo que alguna vez fuera verde es un mar de plástico que sube y baja siguiendo el diseño de los aleros, como olas, reflejando el sol de forma enceguecedora.

Puestitos a la vera de la ruta emanan el exquisito aroma de la carne asada, imposible de eludir. Las parrillitas son medio barriles de hierro sostenidos por ladrillos huecos, y por toda comodidad ofrecen unos bancos de madera a la sombra de algún sauce generoso. Maxi se despierta. Bosteza, se despereza lentamente y dice lo previsible:

—Ma, tengo hambre. Quiero ir al baño.

Claudia dice sin dejar de acariciar la nuca de Javier:

—Paremos a comer algo.

—La primera CBV la tenemos antes de Chascomús, donde antes estaba… creo que se llamaba Atalaya.

—Paremos en alguna parrillita. Yo también tengo hambre.

—Vuestros deseos son órdenes, milady.

Se detienen sobre un entoscado, entre los charcos de agua de la última lluvia. Bajo una media sombra con agujeros donde el sol dibuja cilindros dorados, se dirigen hacia las mesas de caballete cubiertas por manteles de plástico con motivos florales. Dos o tres gallinas picotean libremente entre las sillas desvencijadas. Claudia saca de su silla un gato gordo que se queja con lentos maullidos. Un criollazo de bigotes renegridos, la cara como esculpida a hachazos bajo un sombrero de ala ancha, maniobra en la parrilla, dándoles la espalda. El zumbido de las moscas es atronador, algunas están gordas como vacas. Una panera plástica exhibe unos panes mohosos. Cuatro platos de colores diferentes y cuatro vasos de dudosa limpieza completan el servicio de mesa.

Una niña los viene a atender, trayendo un pingüino de vino. Es grácil, esbelta, de rasgos aindiados y fino cabello rubio.

Claudia le dice con dulzura:

—No, mi amor, vino no tomamos si manejamos. Traénos una gaseosa, una Gaucho-Cola.

—Gaucho-Cola no hay, señora.

—Bueno, traénos otra cosa. Una Limonada-Ombú, o una Soja-Up, si puede ser con hielo…

—Hielo no hay, señora. Limonada-Ombú, tampoco. ¿Soja qué, dijo?

Claudia suspira. Javier está tentado.

—¿Y entonces qué tenés, mi amor?

—Vino o cerveza, señora. O soda. O agua de la canilla. Pero dice mi papá que no es comestible.

—Bueno, traeme soda comestible. Y hablando de comestible, de comer me imagino que sí tenés.

—Ah, no. De comer se encarga mi papá.

La niña se aleja, alejando las gallinas a patada limpia. Los animales revolotean con estrépito, el viento lleva algunas plumas hasta la mesa.

El paisano se acerca, sudorosa la cara y con lamparones en los sobacos de la camisa. Trae una fuente con una gran cantidad de carne. Javier, curtido de pequeñas picardías, lo ataja, diciendo con voz firme:

—Compañero, gracias por la carne, pero preferiría que me diga cuánto sale lo que me trae. Es que no andamos con muchos patriotas encima…

El hombre lo mira ceñudo, y empieza a servir. Se inclina hasta Javier, y le dice en grave voz baja:

—Cállese y escuche. Cuando ustedes pararon, paró otro auto, un Falcon. Y ahí se quedó, bajo las casuarinas. Lo vienen siguiendo, compañero, y no quiero problemas en mi parrilla. Dicen que ayudar a un perseguido trae suerte; si no tiene, me paga otro día. Coman, métale, que el que lo sigue tiene un tremendo olor a milico.

Javier enrojece por haber desconfiado del generoso paisano. Está furioso consigo mismo. “Soy un imbécil, seguro que nos vienen siguiendo desde que salimos de Buenos Ayres y ni me di cuenta, embobado con los arrumacos de Claudia. Me tengo que grabar en la cabeza que la estoy ayudando a escapar, que no estoy yendo a un campamento de la Hebraica”.

Claudia, a todo esto, está demudada: ha oído la conversación. “Pocho nos pegó una estampilla, es menos boludo de lo que pienso. Esto va a terminar mal, mejor me entrego, todavía estoy a tiempo de inventar alguna excusa convincente. No quiero que el chocolatero salga lastimado por culpa mía, con Pocho no se juega. Y a lo mejor me deja quedarme con el dinero. Voy a tener que suplicarle de rodillas a ese hijo de puta”.

—¿Qué vamos a hacer…? ¿Volvemos? —pregunta Claudia con resignación.

Una insólita dureza en la mirada de él la sorprende. Javier habla con tono firme:

—Comemos. Pagamos. Nos vamos. Sobre todo, que Maxi coma bien y que vaya al baño o a lo que haya como baño. Como bien dijo nuestro amigazo, quizá no podamos parar por un rato largo.

Una tenue esperanza comienza a calentar el pecho de Claudia.

—¿Y después?

Se miran a los ojos. Javier vuelve a tranquilizarla con su mirada firme.

—Algo se me va a ocurrir. No mirés para el lado del Falcon cuando salgamos —ordena.

Comen en silencio, el único que disfruta el asado es Maxi. La soda llega cuando están terminando y casi revientan de sed. “Me olvidé”, dice la niña. Javier fuma morosamente antes de irse. Claudia paga y lo toma fuertemente de la mano cuando salen. Ya nuevamente en ruta, Javier le dice:

—¿Te acordás del capítulo de El Quijote que a Rocinante le da por galopar y le ganan al caballero del verde gabán? ¿O era al de los espejos? Bueno, rezá para que Cervantes no se haya equivocado. Y decile a Maxi que se agarre.

Al máximo de velocidad, se van acercando a la intersección con la Ruta 6, donde el puente de Etcheverry cruzar la autovía Orcadas del Sur. Javier ve el Falcon por el pedazo que tiene de espejo retrovisor, siguiéndolos a una prudente distancia. Providencialmente, un camión-jaula de vacas circula entre los dos. Doblando prácticamente en un ángulo de 90 grados (se escucha el chirrido de los neumáticos, por un segundo el Fitito pierde estabilidad y viborea) y casi sintiendo el paragolpe delantero del camión rozar su paragolpe trasero, ingresa en el desvío a la Ruta 6, a la derecha. El perseguidor sigue de largo por la autovía. Aceleran por la 6 mientras ya escuchan la sirena del Falcon, que retoma la Orcadas del Sur de contramano. No tienen tiempo, la ventaja es de apenas unos segundos. Acelerando todo lo que el pobre Fiat 600 puede, Javier ve delante de sí la Ruta 6: es una línea recta hasta casi el horizonte. “En cuanto el del Falcon nos vea, nos alcanza en dos minutos. Es ahora o nunca”. En una décima de segundo Javier dobla abruptamente a la derecha y se meten en una gomería, que para mejor es una boca de lobo. Por el espejo retrovisor, ven con un escalofrío cómo el perseguidor pasa a toda velocidad por la ruta, con la sirena portátil atronando la tranquilidad del pueblito de Etcheverry.

Una persiana metálica se cierra tras ellos, dejándolos atrapados o a salvo, cualquiera de las dos posibilidades. Para colmo, Rocinante, luego del esfuerzo supremo expira su alma, y un ruido atronador los hace sacudirse aún dentro del auto: los pistones, o el cigüeñal, o la tapa de cilindros, o todos ellos, decidieron no ser más de la partida y destruirse mutuamente de una vez y para siempre.

Claudia está aterrada, nunca imaginó el coraje suicida de Javier, y de a poco comprende que ya no hay vuelta atrás. Maxi está admirado, nunca pensó que iba a ver en vivo y en directo una persecución de autos. “Y este señor, el amigo nuevo de Mami, maneja como Meteoro, aunque el auto que tiene no es el Mark 5. Si maneja tan bien, ¿por qué mami tiene esa cara de susto?”.

El silencio repentino, más la oscuridad del local con olor a caucho, los hace sentir como Jonás en el vientre de la ballena. De una ballena de goma, una ballena Michelin.

Un personaje surge de las tinieblas, más perceptible por el aroma a grasas sintéticas que por lo poco que se puede entrever. Un pañuelo donde se limpia las manos es lo único que tiene retazos de blanco en ese local, y brilla con una tenue fosforescencia. Las gomas colgadas y en pilones que llegan hasta el techo completan el cuadro. Una brasita se enciende y apaga, señal de que el extraño ser inhala y exhala. La única lámpara de 25 watts que anda parpadea.

Javier abre la puerta del auto ya inútil y baja, tanteando el terreno sin saber si están en territorio amigo u hostil. Pisa algo blando. “Aserrín”, piensa. Baja con el matafuego en la mano, a modo de cachiporra por si tuviera que defenderse, aunque sabe que es inútil. “No se ve nada, carajo”.

Una voz aguda, un tiple, la voz más finita que Javier escuchó en su vida, pregunta:

—¿Anda en problemas, don?

Los fugitivos respiran. No están en territorio hostil.

Javier no puede evitar ser un poco cínico:

—¿Y a usted qué le parece, amigo?

Claudia lo vió bajarse con el matafuego, y adivinó su intención.

Sintió que ese hombre es capaz de todo.

“¿Me estaré enamorando del chocolatero?”.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 275

Novela de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Ucronía, Distopía : Argentina : Argentino).


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