¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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. 15 .

T. O. C.

 

 

“Borracho pero no pelotudo. Borracho pero no pelotudo. Borracho pero no pelotudo”, mastica el concepto Pocho en el viaje desde la Base Aérea del Palomar hasta el pueblo de Etcheverry. Otro mantra que se introduce de a ratos en su mente es “Claudia cincuenta mil dólares puta. Claudia cincuenta mil dólares puta. Claudia cincuenta mil dólares puta”. Pisa el acelerador, como si la velocidad inaudita que le imprime al BMW coupé deportivo por la Orcadas del Sur sirviera para aplacar algo de su furia. Los vehículos se abren a su paso, nadie ignora que sólo un militar es capaz de atravesar cualquier ruta a toda velocidad, y ni necesita activar la sirena.

Finalmente, un mantra mucho más sencillo expresa mejor sus confusas sensaciones: “PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA”.

Por momentos logra pensar con algo de lucidez: “Cómo el estúpido de Sánchez los perdió, un Fitito de morondanga y lo pierde uno de mis mejores hombres. Más le vale que tenga una buena excusa, se va a arrepentir de haberlos perdido, el inútil, lo encano por lo menos dos meses”. Elude con torpeza un camión-jaula, un Citroen 3CV, un Peugeot 404. No piensa desacelerar y ni por un segundo se le ocurre que puede chocar. Más bien cree, en forma difusa y sin siquiera planteárselo, que su poder también puede dominar la materia, y que si choca, por alguna extraña razón, lo único perjudicado será lo que se le oponga, así sea un camión, un poste o una pared.

“Ya envié télex a todos los retenes alrededor de la zona, un operativo cerrojo perfecto, de manual. Un anillo de cincuenta kilómetros a la redonda, las principales vías de escape tomadas. Y nada, se los tragó la tierra. Al final yo tengo que hacer todo personalmente, no puede ser que desaparezcan. Nadie desaparece si yo no lo ordeno, y Claudia menos que menos. Y mi guita menos que menos que menos. Inútiles, una manga de inútiles. Cursos y más cursos para que un perejil me camine como a un cadete”.

Una sospecha lo carcome. “Quizá el gallito que se consiguió Claudia no es tan perejil, quizá esta vez me topé con un rival de fuste”. Esta sensación a la vez lo molesta y lo excita; está cansado de que la gente y las cosas se rindan a su voluntad omnímoda y quiere ganarle a un rival que esté a su altura.

“Y el gallito ese, que se prepare”. Se toca el arma, cerca de la axila. “Le traje un regalito y los voy a seguir hasta el culo del mundo si es necesario”. En su mente explota un escena: Claudia arrodillada, suplicando por su vida, despeinada, el rímel corrido, en ropa interior.

Apreta más el acelerador, si de él dependiera lo desfondaría. El BMW vuela sobre el asfalto de la Orcadas del Sur.

A la altura del kilómetro 49 una curva muy pronunciada hace que suceda lo previsible: Pocho no logra estabilizar el vehículo y derrapa. El BMW gira en trompo, abriendo surcos en el pasto húmedo de la cuneta. Es un segundo, que ni siquiera aplaca su furia. Intenta arrancar el vehículo pero éste no responde. Ni se le pasa por la cabeza el hecho de que está vivo de milagro. Baja del auto para abrir el capó del que sale humo.

A su alrededor, el horizonte del campo. Lo enfurecen los graznidos de los teros, el cielo límpido, el verde infinito, el olor a clorofila, un cuzco que le ladra tras un alambrado.

“Se rajó el caño que alimenta el agua del radiador”. Saca del vehículo una petaca, toma un trago directo de la botella y la tira contra el perro que le sigue ladrando. Un animal lamentable, una maraña de colgajos marrones y amarillos sobre un cuerpo flaco, una cabeza enorme. Luego de esquivar el botellazo le ladra con más furia.

“PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA”.

Un ronquido carrasposo a sus espaldas le llama la atención, gira y vé un muchacho que se acerca en un tractor. Un joven de boina ladeada, pañuelo al cuello, pantalón con presillas y alpargatas.

—¿Qué le pasó, don? ¿Se siente bien, se lastimó, lo acerco a la salita?

Pocho nunca vió un tractor de cerca. “Mejor esto, que nada”.

Se acerca a una de las cubiertas enormes que le llegan a la altura de la cabeza.

—¿A cuánto estamos de Etcheverry? —ordena, más que pregunta.

—Seis kilómetros. Pero, ¿qué es lo que le pasa?, está loco… Oiga… deje eso…

—¿Cómo mierda se maneja esto? —pregunta Pocho mientras le apunta con el arma.

—¿Usted está loco? Oíme porteño, qué te pensás…

El militar amartilla el arma. El chasquido se escucha perfectamente a pesar del estrépito del motor, que todavía está regulando.

—Bajate o te mato.

Pocho se sorprende, el motor del tractor en su ritmo produce un ruido que dice: PUTA PUTA PUTA PUTA.

El muchacho baja de un salto ágil. Mira al Brigadier, perplejo.

—¿Esto es una joda?

—¿A vos qué te parece?—dice Pocho, apunta y dispara.

Los teros y otros pájaros vuelan, unas vacas que pastaban en la cercanía huyen en estampida mugiendo aterrorizadas. El aullido de dolor es terrible. “Donde pongo el ojo pongo la bala”, se regodea Pocho.

Ve al muchacho correr. Contra el alambrado se desangra, aullando horriblemente, el perro.

Pocho se sube al tractor, estudia la palanca de cambio, el acelerador. Pone en primera, acelera, la bestia enorme se comienza a mover, el motor grita más rápido: PUTA PUTA PUTA PUTA.

En la Rotonda de Etcheverry espera Sánchez, fumando un cigarrillo tras otro apoyado en el Falcon detenido. Está temeroso: intuye que la furia de Iribarne será olímpica, lo conoce. Pero, por otra parte, está fastidiado de que su superior lo consigne para perseguir a una mujer, piensa que no lo prepararon para eso. Que sus conocimientos para pilotear aviones son un poco más sofisticados que los de andar haciendo de alcahuete, rezonga. Iribarne lo tiene harto, desde que se obsesionó con esta mujer moviliza media base, retenes, télex, para un lío que, en definitiva, es de polleras. Sánchez ingresó a la Fuerza Aérea para pelear contra los ingleses, y ahí está, en el medio de la nada, esperando a un loco al que se le escapó una mujer, sigue pensando y chupa los cigarrillos que después aplasta contra el pasto cuando están por la mitad. “Así nos va, en cualquier momento los ingleses nos dan vuelta la tortilla y estos jefazos ya ni se acuerdan de que estamos en guerra”. Un ruido raro lo saca de sus cavilaciones. Lo que ve lo deja atónito.

El brigadier, sucio, embarrado, viene por la banquina de la ruta manejando un tractor enorme.

Sánchez se pellizca. “Otra vez me pasé de merca”.

 

 

—Acá es donde los perdí de vista.

Pocho mira la Ruta 6. “Imposible perder a nadie acá”. La ruta es una línea recta que se hace finita en el horizonte. No lo sabe, pero está en el exacto punto en que Javier también viera lo mismo. “Por acá no siguió, el gallito no es idiota”.

Mira al costado y vé la gomería cerrada. Se enfurece.

—Decime, pelotudo, ¿esa gomería, la requisaste?

—Mi Brigadier, la gomería tenía la persiana baja. Estaba cerrada.

Pocho habla con sarcasmo:

—¿Así que la persiana baja? Y desaparecieron. Qué coincidencia ¿no?

Sánchez se pone colorado. “Sólo pudo ser ahí. Me engañaron como a un novato”, piensa, avergonzado de su estupidez.

—Mi Brigadier, llámeme pelotudo las veces que quiera. Soy un pelotudo. Mándeme preso por pelotudo, mi Brigadier. El tiempo que quiera. Me lo gané bien ganado.

Sánchez sabe que ha dicho la única frase que puede calmar la ira de su superior, y ni se anima a mirarlo a los ojos. Por ahora, dirige su furia hacia la gomería.

Baja un arma larga del Falcon y empieza a los gritos y patadas contra la cortina.

 

 

Sánchez descarga los cadenazos con parsimonia. En el rostro, en la espalda, en los hombros, la cadena es una serpiente enloquecida que se enrosca sobre el cuerpo con mordidas de dolor.

El gomero está atado a una de las sillas, al lado del Fiat 600 a medio pintar, ahora mitad verde y mitad rojo. El rostro sangrante, aterrorizado, totalmente consciente de que Sánchez en cualquier momento puede empezar con la electricidad. Con su voz finita, argumenta:

—Cómo podía yo saber que los perseguían.

“Que no venga Otilia, que no venga Otilia”, piensa el gomero como una letanía.

—Ah sí, ¿y por qué bajaste la persiana, hijo de puta? ¿Te pensás que soy boludo? Decime dónde fueron.

—Los vino a buscar un amigo. Qué sé yo adónde fueron. Yo compro y vendo autos. No es el primer gil que cae acá. ¿Qué me importa lo que hace, después, cada uno?

“Por eso pasaron los retenes. Ya atravesaron el cerrojo, vaya uno a saber adónde andarán”, piensa Pocho, fumando sentado en un sillón, los pies sobre el escritorio roñoso de la gomería. “El gomero no tiene pinta de héroe. Si no habla es porque no sabe nada”, supone.

—Oíme turrito, gomerito de cuarta, te prendemos fuego la piojera con vos adentro. Acordate adónde iban, más vale que te acuerdes —Sánchez interroga y golpea.

Pocho está aburrido, oyendo cómo el gomero gime tras cada golpe. Sabe que el hombre, en su desesperación, puede darles cualquier pista falsa. “A Tandil, a Cipoletti, a Australia, a Júpiter”. No puede creer la torpeza y la idiotez de Sánchez. El gomero le parece bastante inteligente. Como sabe que les diga lo que les diga no le creerían nada, no dice nada. “El problema no es el gomero, somos nosotros”, reconoce con lucidez.

“Tiene que haber un solo dato, por pequeño que sea, que pueda ser verosímil”.

Decide cambiar de táctica.

—Pará un minuto —ordena.

Sánchezse queda detenido con la cadena levantada, justo cuando iba a descargar otro golpe. Mira al Brigadier.

—¿Cómo vino el amigo? —interroga Pocho.

—Ya les dije que lo llamaron por teléfono.

—¿Qué auto tenía?

—No llegué a verlo. Aunque ahora que recuerdo… creo que era un Torino… creo.

Pocho da golpecitos con los nudillos en el escritorio. “Un Torino”. “Un amigo”. “La puta y el gallito”. “Cincuenta mil dólares”. “Un Torino”. “Un amigo”, piensa intentando unir los cabos.

“¿Adónde iría yo en el lugar de ellos por Orcadas del Sur? ¿Adónde iría si me persigue un tipo como yo?”.

—¿Se acuerda de qué color era el Torino?

—Creo que blanco.

“Todavía puedo comunicarme con los retenes preguntando por dónde pasó un Torino con los tres. ¿Y qué hago con el gomero?”, se pregunta, recorriendo con mirada curiosa la gomería.

Se incorpora. Camina asqueado sobre el aserrín, sin querer patea un tacho de aguarrás y el olor picante del químico le llega a su nariz en forma inmediata. Le agrada el olor, ligeramente parecido al del whisky.

—Vamos, Sánchez, ya no tenemos nada que hacer acá. Y pasemos por algún lado a comprar algo para tomar, si es que hay algo así en este pueblo de mierda.

Mira la figura atada del gomero, y nuevamente vuelve a sentir la furia que lo inundaba en el viaje. Lo asalta una imagen: Claudia de rodillas, en ropa interior, el rímel corrido, suplicándole que la perdone. “PUTA PUTA PUTA PUTA”.

Saliendo de la gomería, piensa en hacer puntería a ver si acierta a tirar la colilla encendida del cigarrillo en el charco de aguarrás. Cruza el portón, cuenta siete pasos, gira y tira la colilla.

“Donde pongo el ojo pongo la bala”, se regodea.

Se dirigen al Falcon, su cerebro es un torbellino con epicentro en una sola palabra: “PUTA PUTA PUTA PUTA”. Ordena:

—Sánchez, comuníquese con todos los retenes. Pregunte por un Torino blanco con tres personas. Pero especialmente busque por el lado de Orcadas, y de la 36. Creo que me imagino por dónde rumbearon esos hijos de puta, y no creo que me equivoque. Arranque, hombre, y no crea que me olvido tan fácil de la cagada que hizo.

Por el espejo retrovisor ven la columna de humo negro durante varios kilómetros.

A Pocho lo asalta una imagen: Claudia suplicándole perdón, arrodillada, el rímel corrido…

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 275

Novela de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Ucronía, Distopía : Argentina : Argentino).


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