¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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. 17 .

Por los bares

 

 

Cuando finalmente establecieron contacto con el capitán de un barco que trasladaba emigrados a Montevideo, hacía ya dos días que habían recorrido una y otra vez los más ínfimos bares de San Clemente, Las Toninas, Mar del Tuyú y Santa Teresita. Se habían enfrascado en interminables conversaciones con mozos y parroquianos sobre el estado del tiempo, las ventajas y desventajas de la costa sobre Buenos Aires, fútbol, marcas de automóviles y apenas habían probado los cortados o las ginebras. Javier lucía su versatilidad ante la imposibilidad absoluta de Bernardo de articular tres frases coherentes sobre la campaña de San Lorenzo, las bondades de distintos modelos de la fábrica Chevrolet o la relación directa entre la exposición al aire salobre y las afecciones reumáticas.

Aunque lo disimulaba, la desesperación de Javier iba en aumento: no había en existencia un solo cospel en todo el Partido de la Costa. Se mordía los labios y apretaba sus puños viendo los inútiles teléfonos públicos con los que, con un simple cospel, podría averiguar cómo andaba su hijo. Por otra parte, se acercaba el día de la partida de Claudia: eso también lo tenía a maltraer.

—¿Estás seguro de que ésta es la mejor manera de que nos contacten? ¿No será mejor que vayamos directamente al Puerto y tratemos de hablar con algún capitán de barco? —ya al final del segundo día, preguntó Bernardo, escéptico.

—No estoy seguro: estoy segurísimo. Vos no te preocupes, ya nos van a contactar. No se la van a perder.

En un bar cercano a la estación de micros de Santa Teresita —un chalé reconvertido en improvisado merendero con tres mesas y seis sillas—, una señora en chanclos y batín le dice a Javier mientras seca tazas con un repasador:

—¿Y, don, consiguió los cospeles para hablar con su hijo?

Javier evita hacer la pregunta de cómo lo sabía: en los pueblos chicos las noticias, por insignificantes que sean, corren rápido.

—No, no conseguí.

—Es que hace como cuatro meses que no vienen de la telefónica a abrirlos. Están todos los cospeles ahí, en la panza de los teléfonos, don. ¿Y por dónde anda su hijo, trabajando o noviando?

—No, qué va. Está en el Servicio Patriótico. En Uspallata, Mendoza.

—¡En el Servicio Patriótico! De ahí salen hechos hombres… los que salen. ¿Y hace cuánto que no habla con su hijo, si se puede saber?

—No mucho, pero tengo la sensación de que está en problemas. ¿Usted no conoce a alguien que me pueda facilitar un teléfono?

La señora detiene la limpieza de las tazas, y lo mira fijo.

Javier tiene la inexplicable sensación de que esta vez dará en el blanco, vio un brillo de inteligencia en la hasta ese momento anodina cara de la señora. Los habían estado sondeando, no tenía dudas.

Su intuición le dicta que están muy cerca del desenlace.

—Si quiere, pase. A lo mejor anda con suerte y se puede comunicar. Tenemos teléfono, pero no anda casi nunca.

—Gracias. No sabe cuánto le agradezco…

Cuando entran en el interior de la vivienda, la señora increpa a Javier:

—¿Qué es lo que andan buscando por acá? Turistas no son, y 4C tampoco.

Javier toma aire y se zambulle:

—Necesitamos embarcarnos. A Montevideo, o cualquier lugar de la costa uruguaya…

Tras un silencio tenso, en el cual la señora lo mira de arriba abajo, finalmente descerraja:

—¿Cuántos son?

Javier respira aliviado. La búsqueda terminó.

—Dos. Mi amigo y su hijo.

A la señora se le ensombrece la cara.

—¿Un menor? ¿Ustedes tienen idea de cuánto les puede salir sacar a un menor? ¿La madre está de acuerdo?

La inteligentísima mirada de la señora radiografía sus pensamientos. Entiende que no puede mentir. Habla mirándola a los ojos:

—Creo que sí… creo… pero haga de cuenta que no.

—¿El que viaja es usted?

—No, mi amigo.

—¿Cuánto para usted?

Javier tarda en entender la pregunta. Decide, momentáneamente, eludir el tema. Teme quedar como un imbécil.

—¿Cuánto de cuánto?

—¿Con qué van a pagar?

—Diamantes.

—Mire, usted me cae bien. Su amigo es un porteño medio opa, pero usted me cae bien. Pero por menos de veinte mil dólares no podemos hacer nada. Eso sí: le hacemos lugar para uno más. Por el mismo precio usted también se puede ir.

Incontenibles, las palabras “Costa Rica” y “Claudia” explotan en su cerebro.

“Pasearía de la mano de Claudia por las calles de San José. Viviría en un edificio limpio, donde el ascensor obedece, donde diseñaría casas en un tablero de dibujo que de a un ventanal amplio donde la luz entre a raudales. Habría una pared donde colgaría mi diploma de arquitecto. Leería por las mañanas un diario normal, no un vómito fascista. Tendría Internet. Un aire acondicionado. Y uno de esos autos con forma de huevo, brillantes, nuevos. Sobre todo, tendría noches y más noches con Claudia. En ningún lugar está escrito que mi vida siga siendo una letanía de jornadas deplorables”.

Piensa en su hijo, en Sergio. Ni soñarlo. No way. Vuelta a la realidad. Le cuesta contestar que no.

—Yo no viajo. Le agradezco sinceramente. Mire, mi amigo se puede estirar hasta doce mil dólares, más no tiene. Hasta ahí llegó mi amor.

—¿Y cuánto para usted?

Javier, nuevamente, tarda en entender la pregunta.

—Nada. Para mí nada.

—Por quince lo hacemos, pero sólo porque usted me cae bien. Por menos, ni se moleste. Mire: el capitán del barco es mi hijo, ¿sabe lo que le harían los milicos si lo agarran? ¿Piensa que le incautarían el barco? ¿Qué iría preso, que le pondrían una multa? ¡No! Le tostarían las pelotas, lentamente. Acá, en San Clemente, ya desaparecieron cuatro capitanes de barco… sólo en los dos últimos años. Tarde o temprano, mi hijo va a caer —se le empañan los ojos a la señora—. Lo sabemos. Pero mi marido, que en paz descanse, puso caños durante la Resistencia, fue concejal de la Intendencia… y lo mató la Triple A. Y lo único que nos quedó es ese barco, la bronca y la impotencia. No sé por qué le cuento estas cosas. En realidad, en lugar de quince podría pedirle treinta, o cuarenta, no hay muchas opciones para salir…

Javier reacciona con velocidad ante el errático devenir de los pensamientos de la señora:

—Hecho. Quince. Yastá, no problem.

—Espero que los diamantes sean buenos. ¿Sabe la cantidad de gente que se enteró acá que tenía sólo pedacitos de vidrio? Me acuerdo una vez que eran cuatro para salir y habían venido de Santiago del Estero, de La Banda. Habían vendido un consultorio odontológico completo, una chica preciosa que estuvo acá llorando como tres días…

—Sé que mi amigo tiene familia joyera, créame que yo lo conozco y…

—No —lo corta la señora—. No le creo. No porque usted me quiera mentir. Es porque de diamantes usted entiende tanto como yo o mi perro Colita.

—¿Y entonces…?

—Los diamantes los va a tasar nuestro joyero de confianza… Eso sí: la tasación es inapelable.

“Nos tienen agarrados de los huevos, pero también se juegan lo suyo”, piensa Javier.

—¿Y dónde tiene la joyería, podríamos ir mañana…?

Por la sonrisa sobradora de la señora Javier se da cuenta de que preguntó una idiotez.

—¿Usted piensa que puede ir y tocar el timbre de una joyería para pagar un viaje clandestino, como si le fuera a comprar un par de aros a su mujer?

“Lo mismo le pregunté yo a Bernardo, o casi. Esta tipa me gana, es más rápida que yo”, se asombra Javier y se dispone a escucharla.

—Hoy a la noche, a la una, vayan a la playa que está entre Aguas Verdes y La Lucila. Son dos kilómetros. Busquen un refugio de ramas, va a haber un pequeño fuego, o una linterna. Ahí se encuentran con mi hijo y el joyero.

Javier está atento a la más mínima nota en falso para detectar un posible timo.

—¿Con diamantes por la playa, de noche? —hace el intento resignado, sabiendo que su pregunta es inútil—. ¿No es un poco peligroso?

—¿Prefiere en la confitería Richmond de la peatonal Chacho Peñaloza, al mediodía? ¿O realizar directamente el pago en la Base Naval de San Clemente, para mayor seguridad? Pregunte por el Capitán Zúñiga, alias Capitán Escarlata, alias Popeye, alias Tiburón. Lo va a atender encantado. Y después me cuenta si es peligroso —con fastidio, contesta la señora.

—Tiene razón, disculpe.

—Está disculpado. No hay porteño que no pregunte la misma boludez.

—Respecto al pago…

—Lleve todo. Se paga el cien por ciento en el momento del embarque. Hoy el joyero guarda los diamantes en una cajita que usted se lleva pero de la cual él tiene la llave. Nosotros les avisamos cuando estén dadas las condiciones. Avísele a su amigo que salimos, justamente, en las peores condiciones. Con niebla o con tormenta, nunca con buen tiempo. Que lleve unas cuantas bolsitas de plástico, si nunca navegó. Dígale que se va a arrepentir de tener un estómago. En cuatro horitas trasbordan a una lancha de Memoria Argentina, en altamar. Que lleve buen calzado, no sea cosa que se caiga. Nunca nos pasó, pero con estos porteños boludos nunca se sabe.

—En eso estoy de acuerdo. Señora…

—Nelly.

—Javier.

—Ya lo sabía.

Javier estrecha la mano de Nelly.

—Entonces a la una, en la playa entre La Lucila y Aguas Verdes.

—El costo de la tasación lo pagan ustedes. Ah, otra cosa. Ni se les ocurra andar por el puerto hasta la salida, está lleno de 4C. Los imbéciles que van a preguntar al puerto caen como moscas en la lengua del sapo.

Javier sonríe, la última información confirma lo certero de su intuición.

Salen del interior de la vivienda. Bernardo lo mira con los ojos abiertos como platos.

—Qué se le va a hacer, doña, no nos pudimos comunicar…

—Pero qué barbaridá, algún lugar tiene que vender cospeles. Pruebe en la estación de micros. Que tenga suerte. Ojalá su hijo esté bien.

Bernardo se levanta. La mirada de Javier es significativa. Salen a la calle.

—¿Qué hicieron ahí adentro? ¿Te encamaste con la vieja?

—Sí, fue espectacular. Nunca disfruté de un mejor sexo. Lo que es la experiencia. Mata Hari versión Doña Petrona C. de Gandulfo. Insaciable, me exprimió.

Caminan en silencio, Bernardo está expectante. Ya comienza a anochecer.

—¿Te acordás que te dije que te quedaras tranquilo, que ya nos iban a encontrar?

—Cómo olvidarlo, me lo repetiste unas veinte veces.

—Bueno, nos encontraron. Prepará los diamantes. Hoy a la una vemos al capitán del barco.

—¿A la una? Si son las siete y media.

—A la una de la noche. Y en la playa. Con las olas, el viento, el frío del mar, y el sucundún sucundún.

Un viento arremolinado hace bailar hojas secas en medio de la calle. Se siente el rugir amortiguado de un relámpago lejano.

—Y algo me dice que te embarcás antes de lo que imaginamos.

Bernardo escucha absorto, demudado. Siente gotas de sudor sobre su frente a pesar del frío. Trata de no pensar en ese mar viscoso, horrible. “¿Cómo era el mantra tibetano? Pocitos, Canelones, Carmelo, Durazno. Cómo me ayudó Javier, qué amigazo”.

—Javier, si es que me embarco… te quiero pedir dos cosas.

—Venga.

—La primera, que te quedes con el auto. También lo aprovechás para volver. Te lo ganaste, lo justo es justo. Si no fuera por vos todavía estaría mirando el río desde la Costanera Sur y sin la más puta idea de cómo rajar.

Javier ya había pensado en esa posibilidad, por otra parte muy lógica…

—Msé.

—La segunda… la difícil. Que veas a Marita, que le digas…

—Mirá, yo a Marita le digo todo lo que vos quieras. Pero una sola cosa no me podés pedir bajo ningún punto de vista. Una sola cosa que sería demasiado cruel e inhumana. Injusta, incumplible, insólita e incalificablemente insensata.

Bernardo se la ve venir. Igual pregunta, resignado:

—¿Qué cosa?

—Que no tenga una erección cuando la vea. O dos. ¿Sigue tan linda?

Bernardo, que va un poco atrás, le patea el trasero. “Este Javier es terrible. No se le puede dar medio milímetro de ventaja”.

—Ni lo sueñes. Te hago la segunda circuncisión.

—La solución ideal para mandarle un mensaje a Marita es que te consigas un eunuco.

“Y que los eunucos bufen”, recuerda la frase Bernardo.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 275

Novela de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Ucronía, Distopía : Argentina : Argentino).


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