¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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. 21 .

La cabalgata de las walkyrias

 

 

Marita colgó el teléfono todavía sin entender del todo la extraña conversación con Archimbaldo. Había hablado aún acostada, sin siquiera prender la luz, en su cama, la misma que compartiera durante quince años con Bernardo.

Cuando Archimbaldo la llamó estaba en medio de un sueño particularmente vívido, y ahora cierra los ojos tratando de atrapar las imágenes antes de que se difuminen tras el velo que separa los sueños de la vigilia.

Recuerda Marita:

Que estaban con Bernardo y Jaime en un recreo del Tigre, que habían llegado con una lancha del Interisleñas.

Que era un día soleado, hermoso.

Que Bernardo fumaba en pipa, como cuando era más joven.

Que sacaba cuidadosamente las hebras de tabaco de una bolsita, y las aplastaba en la cazoleta con un pequeño trípode metálico.

Que el dulce olor a tabaco se mezclaba con los olores rancios del río.

Que en el recreo no había nadie más que ellos.

Que Jaime, inmediatamente, se puso a correr tras una pelota de fútbol.

Que ella se sorprendía de la felicidad que le proporcionaba estar con Bernardo.

Que en una mesa de cemento iba ordenando las pocas cosas que habían llevado: el termo, la yerba, el Off, el diario del domingo, un libro de Bernardo: Flavio Josefo.

Que las olitas del agua marrón lamían la arena sin estridencias, que ella deseó caminar descalza junto a Bernardo por entre esas olitas.

Que una mesera se acercaba, solícita, a preguntar si necesitaban algo.

Que la mesera era casi una niña.

Que la mesera llevaba de la brida una yegüita, igual a la del acto de su hijo.

Que la mesera le pregunta con su voz infantil: ¿Cómo, el milico no vino?

Que Bernardo le pregunta: ¿Cómo, el milico no vino?

Que Jaime le pregunta: ¿Cómo, el milico no vino?

En el diario del domingo, lee en la tapa: ¿Cómo, el milico no vino?

Desde un bote a remos, el timonel se dirige a ella con su megáfono: ¿Cómo, el milico no vino?

Marita huye. Se interna en los cañaverales del fondo de la isla. Huye, ante todo, por la vergüenza; no desea que nadie la vea, no desea ver a nadie. Los cañaverales son cerrados, cruza algunas rías sobre unos puentecitos angostos de madera. El terreno es barro puro, se felicita de tener excelentes zapatillas, regalo de Archimbaldo. Esas zapatillas impedirán, también, que la muerdan las víboras. Marita desea quedarse en el cañaveral, no quiere retornar.Agitada, se detiene en un claro que da al río, un claro pequeño, en el cual solamente se ve un muelle de madera, con un banco. Ahoga un grito, en el banco están esperando Jaime y Bernardo la lancha de regreso. Intenta gritar pero no puede, y comienza a hacer señas. No puede abandonar el cañaveral, éste es tan cerrado que las gruesas varas de bambú le impiden el paso.

Sin poder hacer nada, ve cómo se acerca lentamente el Interisleñas. Cuando Bernardo sube a Jaime de las axilas a la puertecita de la lancha, ella siente un sollozo, se abre paso como puede por entre las duras cañas, se abre paso lastimándose y desgarrándose la ropa, se abre paso sintiendo el dolor físico y el llanto incontenible, entonces siente el sonido del motor de la lancha, un zumbido, un sonido chirriante, un ruido como un

 

RIIIIIIIING RIIIIIIING RIIIIIING

 

Manotea el despertador. “Me quedé dormida”. Prende el velador. “¡Las seis y media! Pero entonces… el sonido no era del despertador. Ah sí, el teléfono”. Lentamente, comienza a recordar retazos de su conversación con Archimbaldo.

Se levanta, se dirige al baño, se lava la cara. “¿Puede ser que Archimbaldo me haya dicho que no vaya a trabajar? ¿Lo soñé?”.

Calienta café. Se toma dos aspirinas sorbiendo el agua directamente de la canilla. En el comedor, marca el número de Archimbaldo. La atiende el contestador automático: HAGAN JUEGO SEÑORESSS —ruido de ruleta— DEJAME TU MENSAJE LUEGO DE QUE SALGA EL NÚMEROO ¡CEEEERO! ¡LA BANCA GANA! Piiiip.

“Le dije a ese boludo que saque de una vez ese mensaje en el contestador. Es horroroso, un mersada total”. No deja ningún mensaje. “Achimbaldo estará yendo rumbo a la oficina, o ya debe estar allí. ¿Me habló de algo relacionado con Bernardo, o eso también lo soñé? Marca el número del ministerio, para que la deriven al interno.

Como siempre, la atiende la música de Wagner, La cabalgata de las walkyrias. Como siempre, la más insignificante comunicación con el ministerio implica una enervante pérdida de tiempo, que la grosera pedantería de la música acentúa… “Argentina, Buenos Ayres, el ministerio, no tienen media corchea en común con La cabalgata de las walkyrias“, piensa Marita, fastidiada.

Luego de esperar a veces unos quince o veinte minutos, ni siquiera podía tener la seguridad de ser bien derivada: era común terminar hablando con Lavandería, Imprenta o Calderas.

Esta vez la atienden en forma inmediata.

—Ministerio de Planificación Escolar Estratégica, soy el alférez Hugo Espinoza, ordene con quién desea comunicarse. Le recuerdo que esta conversación puede estar siendo grabada para la seguridad de la Patria.

—Con el Interno 4521. Cua-tro-cin-co-dos-u-no.

—Lo lamento, señora. Hoy no se pasan llamadas.

—¿Pero usted no me preguntó con quién deseaba comunicarme?

—Es la costumbre, señora. Hoy no se transfieren comunicaciones.

—¿Se puede saber quién dio la orden, alférez?

—Órdenes estrictas del Almirantazgo. ¿En qué otra cosa le puedo ser útil?

—En irte… al carajo. Mandale saludos a las walkyrias. Y grabalo para seguridad de tu abuela.

Corta, sorprendida de su propia audacia. “¿Qué ocurrió que hoy no se pasan llamadas? ¿Se volvieron locos? Acá hay algo raro. Necesito una ducha. Necesito pensar con claridad”. No sabe por qué, pero tiene la sensación de estar viviendo momentos definitivos.

Cuando se está bañando vuelve a sonar el teléfono.

No llega a atenderlo, el timbre enmudece cuando ella llega, empapada, mojando el parqué del comedor. “Sé que era Archimbaldo, seguro que tiene algo importante que decirme. ¿Algo relacionado con Jaime, con Bernardo?”.

Se viste. Debe decidir si ir a trabajar, o quedarse a esperar que vuelva a sonar el teléfono.Vuelve a llamar a Archimbaldo.Vuelve a contestar la grabación. Decide salir para la oficina.

Escucha, esperando el ascensor, que vuelve a sonar el teléfono. Corre, manipula nerviosa el manojo de llaves como si nunca hubiera abierto esa puerta, como si no supiera que la llave correcta es la panzona de tres patitas iguales. Se abalanza sobre el teléfono. Atiende y responde una grabación:

—Buenos días. Usted es uno de los afortunados ganadores del sorteo de un Fiat 125 casi nuevo, y un viaje a Tandil con todos los gastos pagos. Acérquese a nuestra concesiona…

Corta con bronca, con demasiada bronca. El teléfono se rompe en sus manos, se desarma. Nada que hacer, Marita mira impávida el pedazo de auricular que cuelga de su mano derecha.

Se corta la luz. Escucha un chispazo en el motor de su heladera, tres segundos antes de sentir el olor a quemado. “Se quemó el motor”, piensa, recordando que la última vez se volvió loca tres meses hasta conseguir alguien que haga el bobinado. Escucha el sonido del ascensor que se detiene, un grito amortiguado: “ensoooor” y, también, ruidos de agua llenando ollas, bidones, piletas, bañeras.

“Tengo que llenar las ollas antes de que se vacíe el tanque del edificio. Y la bañadera. Todos los vecinos están haciendo exactamente lo mismo, tengo que ser más rápida que ellos. ¿Hoy no me entregaban la garrafa de gas? La pedí hace quince días. Sin ascensor, la tengo que subir por la escalera. Sin electricidad no hay timbre, probablemente el reparto se vaya cuando yo no conteste el portero eléctrico. ¿Cuánto gas tengo? Nada, casi nada, no creo que me alcance ni para dos cafés…”.

No tiene fuerzas. No aguanta más. En su mente, suena la melodía de La cabalgata de las walkyrias.

Estalla.

—¡Ni un teléfono decente tengo la puta que lo parió al reboludo de Archimbaldo cuántas veces le dije de comprar un aparato como la gente y no esta mierda que compré en el Mundial del ’78! ¡Y un lavarropa, y una heladera, y tres platos iguales, y sillas! ¡Y un edificio donde no se corte la luz! Y dónde está Bernardo que no llama dónde estará… dónde… qué pasa hoy… qué me pasa hoy… Jaime… Jaime… mi hijo… que se vaya de acá… que lo saque de acá…

En su cabeza se mezclan imágenes del ministerio y de Jaime enarbolando la cabeza de goma. Se le nubla la vista. No puede dejar de escuchar la melodía de Wagner, y se tapa los oídos.

El sollozo le brota incontenible, ese sollozo que jamás se permitió desde que nació Jaime.

Ese sollozo que jamás se permitió ni ante sí misma ni muchísimo menos ante terceros.

Ese sollozo que jamás se permitiría si esos terceros fueran hombres.

Ese sollozo que quizá sea la continuación del que inició cuando la muerte de su madre.

Ese sollozo que, a fines prácticos, le impide escuchar el insistente zumbido de su celular, sepultado en el fondo de una cartera, sepultada en el fondo de un armario, sepultado en el fondo de un departamentito segundo piso al contrafrente, sepultado en el triste barrio de Primera Junta.

“Sepultados en la Patria dignísima y soberana del orto”, piensa, y a duras penas puede reprimir el grito que siente estallar en la boca de su estómago, y que no sabe bien si está gritando o imaginando que grita:

—¡SEPULTADOS EN LA PATRIA SOBERANA DEL ORTOOOOOO!

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 275

Novela de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Ucronía, Distopía : Argentina : Argentino).


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