¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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. 24 .

La batalla de los cospeles

 

El muelle está desierto, sólo un hombre bajo un nailon soporta estoico la tormenta. Las olas rompen contra los pilotes de madera creando espumarajos grises que barren el piso de hormigón.

Gaviotas pelean por vísceras de pescado con ratas enormes. Una de ellas, de lomo erizado, tiene el tamaño de un perro pequeño y ninguna gaviota se acerca a su territorio.

Javier mira fascinado las batallas de las gaviotas y las ratas. No desea estar en ningún otro lugar, salvo en ese limbo. Él sabe que es ridículo, pero en la punta del muelle se siente más cerca de Sergio. Si tuviera la más ínfima posibilidad de llegar hasta él, no dudaría un segundo en arrojarse a las aguas e irse nadando.

Si vuelve sobre sus pasos, lo sabe, ya nada será igual. No está seguro de poder convivir con la incertidumbre, ni siquiera una, dos horas… porque después sobreviene lo peor, y él lo sabe. Y lo peor es el acostumbramiento: “Algún pequeño disfrute, mientras que mi hijo quizá esté soportando hambre y frío… en el mejor de los casos”.

Su boca mastica lentamente una sola palabra… asesinos… asesinos… La vista se le nubla.

Es asaltado por un recuerdo que tiene una nitidez demencial: una tarde de invierno, Sergio aprendiendo a andar en bicicleta, en el parque Centenario. Recuerda hasta qué vestía su hijo ese día: un pulóver a rayas celestes y amarillas, un pantalón de gimnasia negro, zapatillas verdes. Recuerda que, juntos, tiraron las rueditas de la bicicleta en el cesto de basura: a partir de ese momento Sergio ya no las usaría más. Ese día aprendería que sin golpes no hay orgullo, que ningún mérito se gana sin dolor. Sergio, que se desgarró una rodillera, y pálido y todo siguió intentando estabilizar la bici con la boca apretada.

Abre los ojos, ya casi ni recuerda dónde está. El mar lo rodea hasta donde abarcan sus ojos.

“Al mar no le importa nada. Seguirá con o sin mi hijo, igual a sí mismo, indiferente e infinito”. Recuerda una tarde de mar con Gabriela embarazada. Espléndida, joven, el vientre enorme.

“¿Para eso crié un hijo? ¿Para que estos hijos de puta lo…”.

Alguien le tira de la punta de la manga.

Vuelve a hacer foco trabajosamente en lo que lo rodea.

Es el farmacéutico.

—Mire, disculpe, pero le rogaría que me acompañe a la farmacia. Hay algo que quiero que escuche conmigo. Es importante.

Extiende su mano, ceremonioso:

—Hamid Habib, mucho gusto, joven…

Javier lo mira desencajado. Finalmente, se deja llevar casi a la rastra hasta la farmacia.

Nada le importa.

En el laboratorio en penumbras hay una radio antigua. Entre frascos etiquetados, la mayoría vacíos, balanzas y morteros, hay un cacharrito metálico de mate humeante que el farmacéutico le convida. Los dos se van secando al calor de una estufa a querosén, que impregna el ambiente de olor a combustible. En las paredes cuelgan ojos de vidrio color turquesa colgados de cintas rojas y manecitas contra el mal de ojo. Sobre la estufa hay una cafetera de bronce con manija.

—Mire, joven, hoy estuvimos todo el día sin electricidad. Pero esta radio es a pilas, y tiene muy buena señal. Todos los días, desde hace veintitrés años, desde que se llevaron a mi esposa, escucho aquí las radios uruguayas, mientra preparo las recetas magistrales. Es una manera de sentirme más libre. Imagino que estoy en una farmacia en Uruguay y que mi esposa está viva. Haga el favor, joven, de escuchar la radio hoy conmigo. Puede interesarle.

El farmacéutico acciona una perilla, hasta llegar a una voz que grita, frenética:

—Cayooooó cayooooó cayooó Puerto Stanleyyyyy cayoooó.

INNN-MI-NENNN-TE rendiciónnnnn argennntiiiina. Repetimos el cable recién llegado. Cayoooó cayooó cayoooó Puerto Stanleyyyy INNN-MI-NENNN-TE comunicado de la Embajada Inglesa en Montevideo. MUL-TI-TU-DES sobre la 18 de Julio aguardan la palabra de la embajadora inglesa…

El farmacéutico apaga la radio.

—¿Será verdad, joven? ¿Se terminó, nomás, esto?

—¿Usted qué espera que le diga? —contesta Javier con indiferencia.

—Lo que hacer —afirma el farmacéutico sin dudar—. Acá hace falta alguien que diga lo que hacer. Yo conozco a todo el pueblo, pero permítame decirle, joven: nadie tiene ni la mitad de los… huevos que aparenta tener usted.

—Mi hijo está en las Islas. Me siento sin fuerzas ni para bañarme —titubea Javier después de un silencio espeso.

—Me di cuenta que su hijo está en las Islas.

—¿Cómo supo que yo estaba en el muelle?

—Porque yo hubiera hecho lo mismo. Cuando se llevaron a mi mujer, yo iba allí todos los días.

—Si usted no me hubiera ido a buscar…

—Ni lo diga. Sé lo que se siente. Pero si estos hijos de puta le sacaron un hijo, perdóneme la crudeza, ¿no le parece que ya es hora que nosotros le saquemos algo a ellos?

—¿Algo como qué?

Una pequeña luz vuelve a calentar el pecho de Javier, una luz de vida.

—Qué se yo. Mire, acá son muchos los que escuchan radios uruguayas. Pero en el resto del país esa posibilidad no existe. ¿Nos vamos a quedar acá, incomunicados, sin hacer nada, cuando los milicos quizá estén rajando? ¿Como opas, perdone la expresión? ¿Después, cómo vamos a explicar que nos quedamos quietos cuando ni siquiera nos vigilaban?

Javier mira, ya casi con admiración, al enjuto anciano. Por primera vez nota el reflejo enfebrecido que hay en su mirada, la dureza insólita.

—Este quizá sea el día que soñé toda mi vida, joven.

—¿Usted qué sugiere?

La mirada del farmacéutico se ilumina aún más.

—¿Se acuerda dónde están los cospeles? Hay cientos en las panzas de los teléfonos. Hay que llamar a todo el país, a primos, amigos, a cualquiera que atienda el teléfono. Hay que hacer correr la noticia, joven, con lo que tenemos. Cospeles.

Abre un cajón y saca dos martillos.

—No necesitamos más que esto. Discúlpeme la franqueza, pero si sale mal usted se va y nadie lo conoce. Es muchísimo más difícil hacerlo con la gente del pueblo.

Javier comprende que el farmacéutico es inteligentísimo y, además, que tiene razón. Toma un martillo. Lo sopesa, lo mueve.

Se siente mejor. “Por Sergio”.

—Vamos —dice—. Por esos putos cospeles.

—Yo sabía, ni bien lo vi, que usted era la persona indicada. Ish allah.

—¿Por dónde empezamos?

—¿Le parece la estación de micros, joven?

—Sea. Ah, pero necesito genioles para mi amigo, y antivomitivo.

—Acá tiene. Vamos.

Bajo la lluvia, se introducen en el Torino y parten rumbo a la estación de micros.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 275

Novela de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Ucronía, Distopía : Argentina : Argentino).


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