¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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. 26 .

Peatonal 1 y Avenida 26

 

 

La oscuridad es absoluta, la tarde se transformó en noche sin el consuelo de la iluminación eléctrica. A medida que se acercan a las calles céntricas de Las Toninas ven un espectáculo extraño: los vecinos caminan hacia el centro iluminándose con quinqués y linternas. En las esquinas se improvisan fogatas con cajones, muebles viejos, piñas, troncos. El resplandor del fuego la da a la gente un aire a criaturas de una fragua infernal.

Claudia y Bernardo están boquiabiertos.

“Lo que menos esperaba era estar en una… ¿manifestación? ¿esa palabra que no escucho hace treinta años?”, piensa Bernardo.

—¿El té que me dio Lucía era alucinógeno o lo que estoy viendo es de verdad? —pregunta, ya olvidado de su fiebre.

—Yo no lo probé y sin embargo creo que estoy viendo lo mismo que vos —contesta Claudia, atónita.

—Ma, ¿los señores que queman cosas son malos? Tengo miedo —pregunta Maxi.

—No en este caso, hijo. Queman cosas para tener luz. Siempre después de la oscuridad viene la luz.

—Omein. ¿Cómo era eso de “bienaventurados los que creen”? —pregunta Javier con sorna.

Claudia le tapa la boca con un sonoro beso que casi lo hace chocar contra un árbol. Abre la ventanilla y grita eufórica:

—¡Bienaventurados los que creen!

—Pa, ¿qué te pasó hoy que saliste envuelto en una sábana? —pregunta Jaime.

—Cosas que pasan, hijo. Le puede pasar a cualquiera, salir envuelto en una sábana a citar a Julio César es una situación normal. ¿Por qué no bajamos y nos acercamos a alguna fogata?

—Vamos al centro. Vas a conocer a mi amigo Habib —cortante, Javier.

“Este saca amigos como conejos de una galera. Igualito que en el secundario”, piensa Bernardo.

—¿Qué es eso de tu amigo Habib?

—El que empezó esto. Rompiendo los teléfonos públicos para sacar los cospeles. El farmacéutico. Ah, ahí tenés los antivomitivos, en la guantera; pero no creo que los necesites. Llegamos, bajemos que es por acá.

En la intersección de la peatonal Chacho Peñaloza y la avenida Mártires del Crucero General Belgrano, está el farmacéutico subido a una larga escalera.

Los vecinos se juntan a la lumbre de una fogata inmensa. El clima es circunspecto. Todos escuchan a Habib en silencio. Está junto al cartel de las intersecciones de las dos calles.

—Parece más un entierro que una manifestación —se sorprende hablando a nadie Bernardo.

—¿Y qué esperaba, un carnaval carioca? —le contesta un desconocido.

Cesó la llovizna pero todo está empapado, el asfalto refulge como cristal. El viento marino sopla sobre la llama de la fogata.

La gente está mojada, cansada, se miran los unos a los otros en forma furtiva, como si temieran aún la posibilidad de la delación, como si al otro día fueran a despertar de la borrachera y todo volviera a ser como antes, y un entusiasmo excesivo pudiera tener un precio, también, excesivo.

Habib tiene un martillo en la mano y dos carteles en la base de la escalera que rezan: “Avenida 26” y “Peatonal 1”, los nombres de antes de la guerra. Esos nombres que vuelven a ver la luz luego de treinta años. Nadie se ríe de Habib. Nadie lo aplaude. Todos escuchan en silencio, y se calientan al calor de las fogatas.

Cuando Habib arranca las señalizaciones a martillazos, recién se empiezan a escuchar algunos gritos de aliento. Pero una frase de Habib hace enrojecer a los hombres, que reaccionan y comienzan a levantar los puños y a gritar “¡Vamo’ arriba, turco!”:

—¡Manga de cagones, gritan más en una carrera de sortijas que acá, que estamos recuperando los nombres que nos robaron!

Javier toma de la cintura a Claudia y le habla sin mirarla.

—Me pude comunicar con la base donde estaba mi hijo.

Ella intuye, por el tono, que hay malas noticias. El espectáculo que vé la pone eufórica, repentinamente comprende que ponerse contenta es de una frivolidad inadmisible. Mira a Javier a los ojos. Decide ser directa.

—¿Lo mandaron a las Islas?

Javier baja los ojos.

—Sí.

—¿Sabés algo más?

—No.

Claudialo abraza, y repite bajito, como una letanía: mi amor, mi amor, mi amor…

Él se deja abrazar. Por una vez en muchos, muchísimos años se permite ser débil. “No se está nada mal en el cobijo de Claudia”.

Al abrazarlo, ella había dado la espalda al espectáculo. Una visión la aterroriza, no puede creerlo pero allí, a cuatro metros, está Iribarne. Mojado, la mira fijo. Se aprieta contra Javier. Siente, nuevamente, que mientras que esté con él está a salvo. Que Javier es una columna sobre la cual se puede aferrar segura. Una idea horrorosa toma forma en su mente, se da vuelta y siente un alivio que casi la hace llorar: Maxi está sobre los hombros de Bernardo.

Pero hay algo extraño en la actitud de Iribarne. La mira y no la mira, es como si la mirara a través o como si no mirara nada. El militar hace movimientos extraños con la boca, como si quisiera decir algo y cada palabra fuera un trozo demasiado grande para pasar por la garganta.

“Boquea como un pez. Es una maqueta de Pocho, un robot. Maqueta o no, me voy ya”.

Bernardo desearía ser él quien esté subido a la escalera. “Estoy seguro de que mi discurso sería más brillante, tendría mejor sintaxis y un corpus filosófico que lo respaldaría. Hace diez minutos que Habib habla y ni una cita bíblica, ni en latín, ni literaria…”.

Ahora tiene a Jaime sobre los hombros para que vea mejor, y toma de la mano a Maxi. Cada tanto los intercambia. Entre la multitud, trata de buscar a Lucía. Reconoce a un hombre: Papadópulos. Se alegra infantilmente:

—¡Eh, Don Joyero! ¡Poderoso caballero es Don Joyero!

Papadópulos se demuda:

Shh, cáyese… pedazo de boludo —no se puede contener—. Vine a buscarlo. Oiga, váyanse de acá inmediatamente, ¿escuchó bien? IN-ME-DIA-TA-MEN-TE. Los están buscando. De la base de San Clemente tienen la data de los diamantes. Están desesperados, y necesitan guita más que nunca.

Bernardo cree que el joyero le está haciendo una broma y sonríe como un estúpido. Sonríe hasta que la sonrisa se le congela en la cara. “No parece una broma. No es una broma. Pero es imposible…”.

—¿Y cómo se enteraron? ¿Agarraron a Juan Domingo?

—No. Fui yo. Los vendí. A usted lo buscan de Buenos Ayres, por su hijo. Si embarcaban hoy, los detenían.

“¡El milico!”, piensa y empalidece. Le empiezan a temblar las piernas. “La cosa viene en serio. Realmente, no hay tiempo que perder”. Mira con desprecio a Papadópulos:

—Hijo de puta, ni sueñe con que le agradezca.

—Llámeme como quiera. Pero váyase ya, ¿entiende?

Cuando está moviéndose para avisarle a Javier ve llegar a Lucía con un niño. Ella lo mira y le sonríe.

Bernardo ve solamente la sonrisa. “Como el gato de Alicia”.

Javier tiene los ojos enrojecidos; nuevamente es llevado a la rastra. Entre Bernardo y Claudia parecieran entablar una competencia de quién está más urgido de subir al auto. Embuten a los chicos y a Javier en el vehículo y parten velozmente.

Cuando llegan a la casa no lo pueden creer: está totalmente revuelta. Claudia busca en la heladera los envases de chocolate Suchard. “¡Están! Pero Pocho anda rondando. Hay que huir YA”.

Bernardo no se acuerda dónde dejó los diamantes, busca nervioso. “El milico anda atrás mío, cómo no se me ocurrió. Y dónde habré dejado esa cajita… siempre hago lo mismo… cómo puedo ser tan desbolado”. Finalmente los encuentra en la guantera del auto.

Javier está demudado, mirando los destrozos. Siente una cierta indiferencia, un deseo de dormir o estar solo. Comprende que deben huir cuanto antes, pero está como anestesiado. Va cerrando las llaves de gas, agua, electricidad: en cinco minutos la casa está lista para ser abandonada.

Maxi y Jaime no entienden nada, protestan cuando les explican que se van; ellos la están pasando bárbaro y además ya son mejores amigos. Pero no hay protesta que valga y suben resignados al auto.

La casa queda con las sillas volteadas, vidrios en el piso, las frazadas tiradas, los sillones dados vuelta, los libros desparramados, las revistas por cualquier lado. La salamandra, que tanto calor les dió, queda con la ventanilla de mica abierta, y algunas partículas de ceniza que fueron parte del libro de Bernardo, en el enorme lapso de tiempo de cuatro días atrás. La heladera Siam, si tuviera el privilegio de la consciencia, protestaría por otro injusto período de hibernación. Se rompió el casquete plástico del Ludo-matic, y los dados que vivieron en su interior cuarenta años están bajo la mesada de la cocina, junto a algunas fichas plásticas rojas, verdes, amarillas y azules. En la cama de Bernardo, las sábanas aún conservan los olores agrios de su sudor, y una taza vacía de té tiene pequeños pedacitos de ralladura de cítricos en su fondo, de los que los hongos quizá se alimenten hasta saciarse.

El Torino arranca patinando en la arena. Ven por el espejo retrovisor que los siguen. Bernardo apreta el acelerador a fondo.Se escucha un estampido seco, como un disparo. Instintivamente, tanto Javier como Bernardo cierran los ojos por un segundo.

—¿Qué fue eso? —pregunta Claudia, horrorizada.

Se miran, volviendo a abrir los ojos. Están vivos los cinco. Los chicos están vivos.

Por el espejo retrovisor ven empequeñecerse el otro auto, rengo de una cubierta.

“No fue un tiro. El auto que nos sigue reventó una cubierta”, piensan todos.

Bernardo acelera por la Ruta 11, el Torino desarrolla una velocidad considerable. Rápidamente pierden el pueblo de vista.

Mira su reloj.

—¡Las diez! ¡Tengo que embarcar! Houston, tenemos un problema.

—Y yo tengo que ir a Costa Rica, dejame directo en Ezeiza.

Ni Javier ni Bernardo saben si Claudia está bromeando o no. Claudia no sabe si está bromeando o no.

—Mamá ¿y a mí me vas a llevar? —se anima a preguntar Maxi.

—¿Y yo voy a poder ir a tu casa a jugar? —pregunta Jaime.

 

 

Desandan el camino que hicieran hace apenas cuatro días. Los chicos se duermen, las cabecitas apoyadas una en el hombro del otro. Javier, exhausto, se duerme.

Bernardo empieza a hablar de Marita. De cómo la conoció. De los negocios que fundió mientras estuvo con ella. De las noches que la miraba dormir y no podía creer que esa mujer estuviera a su lado. Ahora, en la ruta, sólo tiene presente la sonrisa del gato de Alicia, y el relato de su vida con Marita le suena a hueco. Aun así, sigue hablando. Pero le habla a la nada: atrás, Claudia también se quedó dormida.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 275

Novela de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Ucronía, Distopía : Argentina : Argentino).


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