¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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UCRANIA

 

 


Ilustración: Tut

La señora Greta, dama del tercer piso, le regaló el ventilador antes de mudarse. Un viejo Sanyo hecho todo de piezas plásticas. Agrietado y decolorado por el sol, debía haber servido como ventilador de patio o de terraza. Parecía tan viejo como la señora Greta.

Al dárselo, no sin cierta nostalgia en la expresión, le dijo: “Tenga Arnaldo, yo ya no voy a usarlo más.” Arnaldo, el portero, le respondió: “Gracias señora, usted siempre tan amable.” Los dos sabían que la frase era incorrecta. Él nunca le había caído bien y ella nunca había sido amable. Los dos se permitían una pequeña última hipocresía.

La vieja Greta casi nunca saludaba en sus infrecuentes salidas o entradas al edificio. En ocasiones llamaba a la portería para preguntar si había llegado algún paquete. Los paquetes llegaban sagradamente el once de cada mes durante los trece años que Arnaldo había sido portero del edificio en la calle Bolívar. Algún once trató de no estar en la portería para incomodar a la vieja. Arnaldo pensaba que los paquetes contenían la pensión de Greta. Dio parte de enfermo y se quedó en el sucucho que tenía por vivienda en el fondo del inmueble. Varios días después, y sintiéndose un poco avergonzado por su proceder, trató de no faltar los onces. Los paquetes seguían llegando.

Para la señora Greta, Arnaldo era un vago. Las pocas veces que salía del edificio para consultar un médico o visitar alguna amistad lo encontraba dormitando en su silla, parado en la entrada mirando jovencitas o fumando un cigarrillo en actitud de guapo mientras charlaba a los gritos y con el menor decoro del resultado del turf del domingo anterior con Pepe, el quiosquero de la esquina.

El destino sabrá juzgar si no fue precisamente por ser un alma sencilla y pequeña que la vieja Greta decidió heredarle el ventilador a Arnaldo y no a algún otro personaje más avivado.

“Cuídemelo mucho” le dijo la vieja a modo de despedida mientras se giraba y, bastón en mano, emprendía su salida definitiva del edificio y tal vez del mundo. Arnaldo dio un vistazo al aparato entre manos. Estaba un poco sucio, recientemente usado, destartalado. Pensó si no sería una última broma de la vieja el dejarle tal pedazo de basura, sabiendo además que Arnaldo contaba con un potente ventilador Philips que había comprado el año anterior, a cuotas.

El Philips era todo de piezas metálicas excepto el cable. Giraba majestuoso y en silencio, dominando los vientos. Durante el verano se lo podía ver, erguido y noble junto a la mesita del portero, encarando a Arnaldo los días de más calor.

Arnaldo abandonó el antiguo Sanyo en una esquina de su sucucho donde también había una cocina destartalada y esqueletos varios de electrodomésticos; en medio de una oscuridad húmeda y sucia y digna de olvido.

El épico verano del 2016 Arnaldo mantenía a plena potencia su querido Philips, que ya dejaba entrever los desgastes del servicio y de la edad. Sintió un leve olor a quemado, aquel olor particular que no es el mismo del pasto quemado, ni de la carne quemada, ni de la madera quemada; sino del plástico quemado.

El Philips se jubiló. Arnaldo se llevó la mano a la frente. El termómetro daba treinta y cuatro grados pero la sensación térmica era de treinta y ocho. Estaba difícil. La mayoría de los inquilinos había huido de la ciudad ese fin de semana hacia lugares más benevolentes con la humanidad, buscando la cercanía del agua, o las tierras del sur. Arnaldo, que era humilde, tenía que soportar el capricho de la providencia.

Después de lanzar algunos improperios a manera de lamento por su suerte, recordó aquel viejo ventilador Sanyo que la mujer del tercer piso le regalara hacía ya un par de veranos. Sintiéndose igualmente tan afortunado como desafortunado corrió al sucucho, prendió la luz y escarbó en el rincón oscuro y húmedo y destinado al olvido. Encontró el ventilador debajo de algunas piezas que se fueron agregando con el tiempo. Se sintió salvado, magistral, como si hubiese descubierto la pólvora.

Limpió un poco el viejo ventilador, le dio una ojeada mientras lo sostenía en sus manos. No parecía más viejo de lo que ya era cuando lo recibió. Lo llevó al lugar que otrora hubiera ocupado su precioso Philips, lo acomodó, conectó, y giró la perilla.

No es un secreto que al viejo Sanyo le costó arrancar. Emitió un zumbido eléctrico que parecía un lamento de desahuciado, las aspas parecían querer girar pero se encontraban demoradas por la mugre o la falta de práctica. Poco a poco, como recordando lo que debía hacer, el viejo ventilador empezó a funcionar.

Arnaldo se sintió aliviado al encontrarse con las primeras corrientes de aire que el viejo Sanyo le ofrecía. Reclinó la cabeza, cerró los ojos y expuso su cuello al viento. Habiéndose refrescado un poco volvió a encarar el ventilador y a recordar a la vieja del tercer piso. Se llamaba Greta, como una famosa actriz de los años treinta, antes de que él naciera. La había conocido por una revista a blanco y negro que su padre guardaba bajo llave en aquel cajón hace tantos años.

¿Qué sería de la vida de la vieja? ¿Habrá muerto? ¿Se habrá vuelto senil y estará internada en algún geriátrico? Arnaldo noto que no sabía mucho de la vieja Greta. Vivía sola, salía muy poco, había alguna chica que venía dos veces por semana, seguramente a limpiar, porque cada tanto tenía otra cara y nunca se quedaban a dormir. Nadie venía a visitarla, ni en las fiestas; excepto aquel hombre de lentes que todos los once de cada mes traía el paquete.

En medio de estas cavilaciones Arnaldo bajó la mirada hacia el ventilador. Vio una especie de destello sobre las aspas, era intermitente, plateado; sintió que no podía apartar la mirada, que algo lo había atrapado. Siguió mirando sin pestañear, y allí le sucedió por primera vez.

Tuvo la sensación de despertar de un sueño de aquellos en que uno no sabía que estaba soñando. Se encontraba sentado frente al ventilador. Inmediatamente notó que algunos detalles habían cambiado. Por ejemplo, la camisa que se había puesto esa mañana era definitivamente blanca, la que llevaba puesta ahora era terminantemente beige. Estaba seguro de haberse afeitado en la mañana, al igual que todas las mañanas de su vida. Ahora tenía una barba de dos días; no recordaba que los zapatos le apretaran y no había tanto calor como hacía unos minutos. Se puso un poco nervioso. Se levantó y caminó hasta la puerta del edificio. La calle le sorprendió aún más.

Era la calle Bolívar, pero ¡algunos edificios habían cambiado de lugar! Donde estaba el negocio de extractores ahora había una casita de dos pisos. La casa tomada de la otra vereda era un conjunto de dos pequeñas torres de cuatro pisos, la librería ya no estaba, ni el bar. Con el pulso muy acelerado Arnaldo corrió a la esquina, donde estaba el quiosco. Preguntó por Pepe. “¿Quien?”, le respondió un muchacho altanero desde el otro lado.

Arnaldo se sintió mareado. Volvió al edificio, entró y se sentó en su silla, que parecía menos vieja que de costumbre. Alguien salía del ascensor. “Hola Hernando”, le saludó sonriente una mujer que nunca había visto. Con los ojos desorbitados corrió de vuelta a la puerta y miró en el portero eléctrico, tercer piso B: Greta Leben. Trataba sin éxito de organizar su cabeza mientras su cuerpo automáticamente caminaba escalera arriba hasta el tercero B. Tocó el timbre. Abrió una señora mayor. “Hernando, querido, ¿cómo va?”. No era Greta, al menos no era esa Greta. Se dio media vuelta y encaró la escalera. “¿Te sentís bien querido? ¿Querés un mate?” Le escuchó decir a la mujer mientras bajaba la escalera.

De vuelta en su silla, más atolondrado que asustado, se fijó en el ventilador: era el mismo viejo Sanyo. Exactamente igual al que recordaba. Miró las aspas y el destello plateado. Nuevamente sintió que algo lo capturaba. Presa del destello plateado, continuó mirando…

Otra vez sintió que salía de un sueño. Esta vez las cosas le resultaban más conocidas, la antigua ropa, la vieja silla. Pepe en el quiosco de la esquina, el negocio de extractores. Encontró sosiego en la repetición. Volvió a llamarse Arnaldo.

Durante días prefirió el calor a las visiones del viejo Sanyo. La máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres. La simplicidad de los hombres era harto compleja para la simplicidad de Arnaldo, que disfrutaba del turf, de un cigarrillo en compañía de Pepe, del pasar de las jovencitas.

Cuando tuvo coraje fue Herminio, Armando, Fernando, Hilario, y muchos otros. Visitó una calle Bolívar de casas bajas, otra de edificios, una de solo negocios, una en guerra, otra destruida por la guerra, una en la que el color rojo era el amarillo de la otra, una en que las despedidas duraban horas y otra en el que se vivía de noche y se dormía de día. Nunca se aventuró a otra calle; tal vez aquello suponía tentar a la suerte.

Con el paso del tiempo y de sus viajes se halló imposibilitado para argumentar que su realidad —la que juzgaba inicial, al menos— era superior a otras realidades que le mostraba el ventilador y que, quizás debido a un azar desconocido, lo único real era el destello plateado que reproducían sus aspas.

No en pocas ocasiones tomó coraje para compartir su experiencia. Terminó aceptando la realidad de ser un alma sencilla y se afirmó incapaz para comprender o explicar hechos semejantes. Decidió callar. Aquello último le dio una idea de por qué la vieja del tercer piso le había regalado el ventilador justo a él.

Con el paso de los años sus viajes se hicieron menos frecuentes; limitados exclusivamente a los veranos calurosos, cuando el ventilador también funcionaba como solución al bochorno y no como espejo de otras realidades. Finalmente su recuerdo de Greta Leben —al menos de aquella Greta Leben— se fue haciendo menos hosco.

 

 


Alexander Cruz-Aponasenko nació en Ucrania, pero a los cinco años de edad se mudó con sus padres a Colombia. Luego, en 2007, se radicó en la Argentina. Psicoanalista, trabaja en diversos lugares públicos y privados, y la mayor parte de su escritura ha estado dedicada a esa especialidad, coordinando incluso talleres de ensayo orientados al psicoanálisis. Es un apasionado de la ciencia ficción, gran amante de las obras de Phillip K. Dick, Jorge Luis Borges y H. P. Lovecraft, y hace unos años comenzó a escribir cuentos de ciencia ficción y fantasía de manera regular.

Ha publicado en Axxón EL GLITCH, SUEÑO Y LABERINTO y EL NIÑO DE CENIZA.


Este cuento se vincula temáticamente con LA TÍA MERKEL, de Deborah Walker.


Axxón 277

Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Universos Paralelos : Ucrania : Ucraniano).


Una Respuesta a ““El ventilador”, Alexander Cruz-Aponasenko”
  1. William dice:

    Muy interesante Dr alexander

  2.  
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